Era el aire enfermizo y el vientre enorme y abundante lo que siempre le mantenía el rostro severo, terriblemente despótico y anticuado. Además, siempre que se subía al colectivo tenía que luchar por un asiento, y eso la ponía de mal talante.

De todos modos, no dejaba de ser un ser deleznable ni aún en los detalles más pequeños. La amargura, el desprecio, la ignorancia. Incluso venía pensando en unos versos que uno de sus hijos había compuesto para la escuela, y este pensamiento contenía esa soberbia desagradable que los padres proyectan sobre los hijos para hablar, subrepticiamente, bien de uno mismo. De Uno, Uno, Una. Pensaba que su hijo era un genio al expresar en un poema que "el suelo besaba tus pasos al caminar"; ciertamente es una buena figura. Ella ignoraba que era plagiada.

¡Pero señor! ¿Importa acaso eso? La mujer dejó pasar su sexualidad como lágrimas de sal que nunca tocan el suelo, que se evaporan con el calor del cuello, que llevan la belleza hasta lo paranoico. Y ahora está asexuada y sólo espera llegar pronto a casa a preparar la comida, y lo único que le importa es que el condenado chofer no choque, que los imbéciles que se suben al colectivo la dejen en paz, que ni la miren. Cada Doña Rosa es un insulto al género femenino, malditas sean.

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