Imbéciles. No podían ser más que eso. Mocosos malcriados. Esa gente a la que no conmueve la desgracia ajena; esa gente a la que no se le ocurre pensar que su propia madre podría ser objeto de su desenfadada displicencia. Se los podía disfrazar, ocultar, olvidar, pero siempre estaban allí impidiendo que una señora gruesa como ella pudiera descansar la inmensa humanidad que la constituía. Con lo que disfrutaba el cómodo sentir del almohadón de cuero negro amortiguando el enorme trasero, en esos viajes que terminan pero que uno espera no terminen nunca.
En un momento determinado un hombre no tan joven alcanzó a sentarse en un asiento. De repente, antes que este hombre se parase, una mujer joven sentada algo más adelante que él cedió su asiento a una embarazada que acababa de subir. La gorda no pudo dejar de meter su bocadillo: “Se sube una embarazada y ningún hombre es capaz de cederle el asiento.” El hombre no tan joven apresura una respuesta cargada de una filosofía que profesa una bronca contenida por innumerables silencios, estallando en un grito cargado de desprecio y asco. Una filosofía de un hombre desterrado y dispuesto en toda su extensión a estallar por cualquier insignificancia que amerite un soplo de existencia. No soporta ver semejante insulto a la humanidad meterse en cosas que no le competen. Persona que no tiene idea de las profundidades de cada uno de los ocupantes del colectivo y que se aventura a hablar por su sólo deseo despótico de querer meter siempre sus repugnantes narices en cualquier suceso que acontezca a su alrededor. Juzgar es más fácil que actuar. En el hígado de este pasajero se revuelve un líquido más espeso que la bilis, arrojando todo su espíritu a un discurso que, si bien es sordo a todo oído inmediato, estalla en argumentos imponentes y busca arrebatar del contexto una dignidad que se sabía olvidada a sí misma.
La asquerosa gorda ve su orgullo jugado en una lucha verbal con el Poeta, una persona a la que personas como ella dan verdadero asco.