El misterio de la fórmula de los encuentros fortuitos era, sin embargo, asimilable para una mente cotidiana; el misterio de la fórmula que lo había colocado frente a un consorcio de espectros desvaídos esa misma mañana era, de ser posible, aún más misterioso y siniestro, no tanto por el hecho de que le haya tocado en suerte a él ver fantasmas –el prestigio de la locura esta sobre dimensionado, solía decir a sus pocos amigos- sino más bien porque aquello no había sido una alucinación. El mohoso legajo mil ciento once lo confirmaba desde la oscuridad de su mochila. Una frenada brusca lo sustrajo de sus caóticas reflexiones, faltaba poco para llegar, casi tuvo que arrastrar la mochila hasta la puerta. No le gustó demasiado lo que vio por las ventanas. En alguna parte, entre ese amasijo de casas derruidas, vivía esa conocida suya que vería por primera vez.
El barrio donde lo dejó el colectivo le resultó extraño. Las casas se sucedían unas a otras de modo impreciso, como unidas en un bosquejo trazado con carbonilla. Empezaba a anochecer, vaciló un momento ante la posibilidad de volver al otro día, pero lo urgía la necesidad casi física de respuestas, y aquella mujer era la clave.
La dirección señalaba al único edificio de la cuadra, de no más de tres pisos. Tenía la fachada cubierta de graffitis descoloridos y obscenos. Se paró frente a la puerta agobiado por el peso de la mochila, que había ido aumentando aceleradamente desde que dejó su casa. –Todo esto es tan raro. ¿Cómo puede una simple carpeta pesar tanto?-se preguntó mientras buscaba el número del departamento entre los números de la chapa del portero eléctrico. Pulsó el botón y acercó la oreja para oír mejor.
-¿Hola?- Una voz algo áspera retumbó en su oreja.
-Buenas noches…quisiera hablar con la señorita Beatriz Alonso… ¿es usted?
Por un momento lo único que alcanzó a oír fue una respiración agitada a través del portero eléctrico. –Sí, soy yo. ¿Qué desea?- preguntó la voz, casi imperceptible.
- Vea…no me lo va a creer. Nunca nos hemos visto, pero yo la conozco…- empezó él, ensayando una respuesta planificada a medias durante el viaje en colectivo. El sonido chirriante de la puerta dejó trunca la frase. Los ojos alucinados de la mujer del legajo mil ciento once lo fulminaban desde la entrada.