Los ojos pueden decirnos muchas cosas. Nos comunican que alguien se siente a gusto con nosotros. Nos comunican que alguien nos odia. Nos comunican que alguien nos va a robar. En esta ocasi�n, �l pens� que esos ojos le transmit�an una apat�a absoluta. La apat�a de alguien que est� en la suya y que no quiere ser molestado.

- Puede redondear por favor. Estoy algo apurada.

- S�, disc�lpeme. Usted es Beatriz Alonso. �Verdad?

- S�.

El hombre vacil� un instante. No pens� que el asunto ser�a tan complicado y no sab�a c�mo continuar.

- Yo le� algo acerca de usted. Es dif�cil de creer pero ver�, seis personas dispuestas en c�rculo me han dado�

- �Seis personas que podr�an sintetizarse en una?

El hombre vacil� un segundo. Mir� a la mujer sorprendido y asinti�.

- Mire. La carta Magna de los Mariones ya la he vendido. No la tengo m�s conmigo. B�squela en otra parte. No tengo nada m�s que ver con eso. Si usted es tan amable, tengo muchas cosas que hacer.

Beatriz cerr� la puerta con estr�pito y el hombre permaneci� mirando esa puerta un buen rato hasta que pareci� como despertar de un hechizo.

�La Carta Magna de los Mariones? �De qu� se trataba eso?� Qu� tendr�a que ver con esas seis personas? �Qu� tendr�a que ver con Beatriz? �Qu� tendr�a que ver con ese legajo?

Confundido se sent� en un escal�n y permaneci� all� pensativo. En un momento, otro hombre, el Poeta, se acerc� a la puerta de Beatriz y toc� timbre. Ella sali�, lo bes� y juntos entraron a la casa. El esp�a mir� todo desde su escal�n y pareci� encontrar la descripci�n exacta a la fisonom�a de ese hombre en la narraci�n sobre una relaci�n neur�tica de Beatriz con un escritor fracasado que estaba en la p�gina doce del legajo mil ciento once.

Comenzaba a anochecer.

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