La vista acuosa y la sonrisa de anciano apacible provenían de los recuerdos de hechos que pocas horas antes le embriagaron el cuerpo y conmovían ahora su corazón, que latía despacio, como el vértigo de la ciudad cuya grisácea fisonomía se escurría a través de la ventanilla.
En la cansada materia gris del Viejo, como lo llaman desde hace décadas los vecinos y sus amigos todos, se sucedían intermitentemente y de manera inconexa pero abrasadora las siguientes imágenes y reflexiones:
-¿Angélica se llamaba? ¿O era Ana? Hoy estaba más linda que la primera vez que la vi: el jumper a cuadros escoceses era verde inglés; la camisa ceñida de un blanco sin mácula; ella misma era blanca y sin mácula. Qué coqueta con sus zapatitos negros, relucientes. Me pareció extraño tanto cuidado y pulcritud en alguien de su edad. Generalmente llevan la ropa sucia y los cordones desatados y las medias caídas de tanto juego, corrida y torpeza pueril. Pero ella no. No mi Angélica de mejillas ruborosas; de pelo negrísimo y abundante como mis olvidos de viejo.
Hace ya tres meses que supe casualmente de su existencia jovial. Es cierto que me costo tiempo y no pocos esfuerzos averiguar el resto: dónde vivía, con quién, a qué colegio asistía. Es raro que recuerde todos esos datos pero no pueda evocar su nombre con exactitud.
En todo caso, recuerdo lo indispensable. Y hoy el cielo me concedió benévolo la imprudencia de Angélica. jajaja ¡Dios Mío, escaparse del colegio!