Parecía que había sido ayer cuando Angélica estaba jugando con el osito Bobby que le había regalado su papá. Las nenas crecen, experimentan sensaciones vedadas; hay un calor, una oscuridad en la entrepierna, una búsqueda extraña que lleva al dolor.
Siempre fue una chica retraída: las compañeras de escuela suelen ser muy malas y los chicos le causaban un miedo inexplicable -por otra parte, tampoco se fijaban mucho en ella-. Recién en estos últimos meses parecía estar saliendo de la pubertad: ese cuerpecito juvenil, tan de nenita, empezaba a experimentar rubores en los senos, sus caderas tenían las curvas de una jarra, el carácter explosivo forjaba.
Unas páginas de literatura la ayudaron a ser mejor estudiante, lo cual le daba un placer perverso, porque se encerraba en los más sutiles versos para alejarse de sus compañeras, esas perras desesperadas, de las cuales algunas se jactaban de haber perdido la virginidad.
Qué la habrá llevado a juntarse con el Viejo, no lo sabe muy bien. Tal vez la madurez, el habla correcta, la mano firme, la personalidad persuasiva. Acaso haya sido la transgresión llena de adrenalina. Es cierto que hizo algo de lo que se arrepiente, y tiene tanta vergüenza que ni siquiera se lo contará a su única amiga y confidente, Karina. Ahora sólo quiere llegar a casa y dormir abrazada fuertemente a su osito Bobby.