Fue la incertidumbre del cuerpo, en parte, pero también fue el reflejo de sus ojos tiznados en el espejo, como hoyos densos de nada y, por qué no, también, acaso, el alboroto del aula púber y ella en la indiferencia, asomada a montones de dientes ajenos de su risa, de su brillo a ella vedado.

El vagabundeo incógnito de ella en la noche y en la mentira recién nacida fueron, sobre todo y al amparo del cielo urbano, vacío de estrellas.

Porque, en realidad, no hubo un motivo preciso para hurgar en la letra.

Mentiría si dijese que leyó llorando, o riendo. Mentiría si dijese que leyó.

Sin embargo, y por buscar quizás en el lugar equivocado, se encontró cierta vez con estos versos:

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Los dedos quietos trepan como sobre un mito de cuerpo

inerte

escandido y fluyen

duros al torso

a empantanarse en la hondura del ombligo

que succiona sólo un poco

y ahuyenta una incursión más aventurada

menos tímida y descienden

la ladera de nombre oblicuo.

Pero la masa inerte colea

y se unta en la sábana

no se anima de más.

Son lentos los dedos desprendidos

de una mano que no se sabe,

pero se hunde y se olvida de si misma.

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Será por esto que el Universo giró su enorme ojo hacia Angélica.

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