Angélica y el viejo se encontraron en la calle. No se saludaron con un beso porque ambos eran concientes de que si se los veía el terminaría preso por abuso y los padres de ella se notificarían de la situación. Es por eso que por mutuo acuerdo fueron a un parque y se sentaron en el suelo verde a dejar que la conversación fluyera. A Angélica le atraía quizás el peligro, quizás un no se qué. Al viejo lo atraía la juventud. Sabía que lo que hacía estaba mal visto por la sociedad, pero pensaba que en cualquier momento moriría y qué importa la sociedad cuando uno está aprovechando sus últimos momentos de vida.

Después de estar allí un largo rato tendidos en el suelo, disfrutando de conversaciones donde él intentaba no parecer demasiado viejo y ella intentaba no parecer demasiado chiquilina, llegó el momento de despedirse. Antes de irse, Angélica le contó al viejo su situación. Ese fin de semana sus padres se irían, y ella quería invitarlo a estar con ella. “Ningún problema”, dijo él, “segura que tus viejos no van a aparecer ¿no?”. “No. No hay problema”.

Ambos se fueron cada uno para su lado. El viejo al llegar a su casa se miró ante un espejo antiguo y sonrió. El zorro pierde el pelo pero no la maña. Ese fin de semana sería seguramente sensacional.

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