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Ella -un bulto borroso- siguió hablando con voz tranquila,
sosegada, pero yo todavía no podía prestarle atención; ya no entendí nada
más.
Estaba tratando de situarme, sin éxito.
La potente luz de la mañana inundaba mi apartamento sin
piedad...
Mis cansados ojos no podían soportar esa luz más allá de
unos segundos.
Sobre mi frente, lo que sentía como un lienzo húmedo, que
hice intención de quitarme, o tan solo tocar. Pero el brazo no obedeció.
Volví a cerrar los ojos, porque lo notaba todo desenfocado,
me costaba demasiado trabajo soportar la luz y no conseguía fijar mi visión...
-Duerme, si quieres –oí de nuevo-.
No entendía mi situación, pero obedecí, agradecido y más
sosegado: Estaba con Eugène, en mi apartamento. Estaba seguro.
Hacia mediodía -la luz del sol ya no llegaba directa-,
volví a despertar.
Pero de inmediato volví a cerrar los ojos. Más bien, mis
párpados no pudieron mantenerse abiertos.
No sentía dolor de ningún tipo; sólo cansancio: Un inmenso
cansancio físico y moral.
Y un vacío en cuanto a mi propia individualidad.
Frente a mí no había nada, nadie.
Pero reconocí la voz de Eugène, en la cocina.
¿Hablando con,...? ¿Mila?
Aquella voz, la de Mila, despertó en mi interior un recuerdo
confuso, pero indudablemente doloroso. Relacionado con su voz, con ella.
De inmediato sentí dolor físico, en el interior de mi
cabeza, y sucumbí de nuevo, sin siquiera hacer intento de volver a lo que
pudiera ser la realidad, mi realidad.
Hasta esa noche -el sol ya no estaba-, debí dormir, sin
soñar.
Era noche cerrada. A la luz artificial de una lámpara vi a
Eugène a mi lado.
Me miraba, esperando mi reacción.
Seria pero no preocupada.
Intenté, poco a poco, coordinar mis sentidos. Si la
secuencia que recordaba más cercana era correcta, habían pasado al menos
veinticuatro horas desde...
Algún mecanismo interno evitó que siguiera coordinando.
Su cara, la de Eugène, apareció, por fin, nítida.
No había nadie más, pero recordaba vagamente que Mila
anduvo en algún momento por allí. Eso me volvió a producir un calambre, un
escalofrío, cuya causa me era negado conocer.
Mientras, al abrir mis ojos, Eugène me había mirado con
atención, tocado mi frente, como tratando de detectar algo de fiebre, lo que
debió dar resultado negativo, a juzgar por su expresión.
-¿Qué tal? –dijo al fin.
Me ayudó a incorporarme, y me ofreció un vaso de agua, que
agoté de un trago.
Sin contestar nada.
Al tercer vaso, note signos de saciedad.
Pero bebí otro. Como si me fuera a faltar, como si estuviera
haciendo provisión, como un animal desesperado....
Ella sostuvo mi nuca mientras yo apuraba vaso tras vaso. Yo
notaba mi pelo húmedo, sudoroso.
Por fin, pude hablar. Con gran esfuerzo.
-Creo que bien –intenté contestar a su pregunta- ¿Cuánto
tiempo llevo aquí? -dije despacio. Para probarme-.
Mi sensación general era de total desvalimiento. Aún no
había sido capaz de sostener el vaso, de levantar los brazos.
Vagamente, me recordaba situaciones infantiles, donde la
elevada fiebre me había provocado visiones alucinatorias. Relacionadas con la
religión, porque asistía a un colegio de monjas y su interés didáctico se
limitaba a la historia sagrada y el martirologio, tema muy apropiado para
desencadenar ese tipo de alucinación...
Pero me esforcé en desechar aquella derivación, porque me
estaba conduciendo, a través de imágenes conocidas, que había llegado a
interpretar como familiares, a otras diferentes, extrañas, oscuras, que repelí
de inmediato.
Con esfuerzo que se debió reflejar en mi cara, levanté la
vista, para contemplar la cálida expresión de Eugène, e intenté una sonrisa.
Sin decir nada, ella me abrazó, en posición incómoda. Me
estrechó un buen rato contra sí, rozando su cara contra la mía, y
revolviéndome el húmedo cabello.
Tuvo la precaución de no mostrarme su cara, su expresión
sin duda angustiada. Pero entre susurros ininteligibles, noté por su tono que,
a su manera, rezaba una especie de acción de gracias.
Yo me sentía reconfortado, aunque incómodo. Bañado en
sudor, desnudo, salvo la húmeda camiseta, desvalido e inerme. A pesar de la
cantidad de agua ingerida, mi boca reseca conservaba el paladar agrio...
Finalmente, Eugène me soltó. Se irguió, y se quedó
mirándome un rato, sonriente de nuevo.
-¿Dónde te duele? –dijo por fin.
Pude al fin levantar mi mano derecha, hasta indicar mi
corazón, esbozando una sonrisa.
-¡Ya!. –se rió.
-¿Cuánto tiempo llevo aquí, tirado? –repetí mi
cuestión.
-Unas,... veinte horas.
-¡Vaya siesta!
-Sí.
Me quitó la camiseta, despacio. Entreteniéndose más de lo
necesario, al tiempo que comentaba:
-Hueles mal. Te debes dar una ducha urgentemente ¿Te parece?
-Sí. –admití, pero no hice nada.
-¿Qué ha pasado con Hugo? –me salió de improviso.
-¿Hugo?¿Qué Hugo? El novio de Mila ... –concluyó,
reflexiva, tras detenerse un momento, mirando al techo para concentrarse.
-Luego hablamos –decidió por fin, tirando la camiseta que
había terminado de sacarme a un rincón.
-¿Puedes levantarte? Voy a prepararte la ducha, mientras.
Se fue hacia el baño, sin esperar respuesta, dejando que me
las arreglara sólo.
Noté que, salvo un leve mareo, mi cuerpo respondía bastante
bien. Me concentré en mantener la verticalidad, poco a poco, hasta verme de
pie, ahora sí completamente desnudo. Apoyado sobre la pared, me sentía
ridículo, pero bien.
La actividad hizo que, concentrado en mantenerme firme, sin
apoyo, mi mente se vaciara por el momento de cualquier otra idea.
Me concentré en la ducha, que estaba oyendo correr ya...
(...)
-Por favor, explícame qué ha pasado.
-Me tienes que ayudar ¿Te encuentras bien?
-Creo que sí. Pero confuso, y algo asustado...
-¿Puedes recordar?
-Me cuesta trabajo. Me asusta.
-Siéntate. Relájate.
A mi espalda, sobre la cama, de rodillas, primero me secó
despacio. Después tiró la toalla e inició un suave masaje, desde mi cuello,
sobre mis hombros.
-¿Te sientes mejor?
-Sí –Afirmé convencido-.
-Te diré lo que yo supongo. Luego será más sencillo
recomponer el puzzle.
Aún, durante un rato, continuó masajeándome, sin decir
nada.
-Cuando salí de la Tetería –empezó- tuve la sensación
de que algo iba a suceder. Pero estaba, ya sabes, algo indispuesta.
-Ya.
Se iniciaba la reconstrucción.
-Sin embargo, al ir a recoger el coche pensé que debiera
haberte acompañado a casa, al menos.
No hice ningún comentario. Recordaba la situación. Yo
también, creo, pensé lo mismo, quizá al mismo tiempo...
-No me decidía a irme. Dejé el coche e intenté pasear al
fresco de la noche. No sé con seguridad cuánto tiempo, ni hacia dónde. Un
cuarto de hora,... media hora. Por los alrededores del pub no se veía a nadie.
Yo ahora, mientras escuchaba su relato, intentaba disfrutar
del masaje. En silencio.
-Cuando vi pasar el coche de los municipales, las luces de
emergencia activadas, una repentina llamada interior me impulso a seguirlo. Se
detuvo dos manzanas más abajo. Bajo la luz intermitente vi un bulto en el suelo
rodeado por un par de vecinos, que lo señalaban a los municipales. Algo me dijo
que eras tú, así que me apresuré. Al llegar, te identifiqué y me identifique
como amiga tuya, mientras comprobábamos que parecías, sin más, aturdido; en
absoluto herido.
-Me permitieron llevarte a casa, condescendientes. Algo
burlones al suponer que se trataba de una gran borrachera que no precisaba de
atención médica. Tu aspecto, tu equilibrio inestable y expresión aturdida
parecían indicar eso.
-Estoy seguro- comenté.
-La versión oficial indica tan sólo una incidencia en la
noche, la atención a un transeúnte caído en una esquina, que se vuelve a casa
por su propio pie. No explica quién avisó a la policía, ni por qué. Se
fueron enseguida, porque ya los estaban avisando desde otro lugar.
-Mejor.
-Cuando me convencí de que no tenías nada grave, traté de
averiguar por el vecino que había permanecido con nosotros, entre curioso y
solidario, qué había pasado. Sin preguntarle, me explicó que su ventana -la
señaló, en el primer piso de la esquina frente a la nuestra-, estando abierta
por razón del calor, permitió que lo que supuso entre sueños una gran
explosión, seguida de un fogonazo, lo despertara de golpe. Él lo justificaba a
posteriori por la brusca rotura de la bombilla de la farola apagada bajo la que
permanecíamos, que ciertamente parecía chamuscada por el interior de su
acristalado.
-De eso no recuerdo nada.
-Te creo. En cualquier caso, ante la súbita oscuridad, el
vecino se asomó al balcón, desde donde un bulto, claramente un cuerpo tendido
sobre la acera, lo impelió a llamar a la policía. Supuso que habías tenido un
accidente debido al brusco apagón. Te miraba ahora, calibrando esa posibilidad,
aunque parecía inclinarse en ese momento por la versión policial: Le resultaba
más coherente con tu estado y mi actitud, que debía reflejar una preocupación
contenida, quizá culpable a sus ojos.
-¿Tan mal estaba?
-Sí. Tu expresión parecía indicarlo. Como yo no intenté
disuadirle, él se despidió, después de ofrecerse, por cortesía tan sólo, a
acompañarnos hasta mi coche, que yo sabía cercano. Aliviado por no tener que
hacerlo, porque te sostenías perfectamente, se despidió de nosotros dos, nos
contempló subiendo la calle un rato, y luego se dirigió a su portal con la
probable intención de continuar durmiendo, si le resultaba posible.
-Comprendo.
-Parecía reflexionar sobre la coherencia entre lo visto y lo
que le había despertado. Pero, entre sueños, la relación quedaba establecida
aparentemente, así que supongo que ya habrá olvidado su primera versión,
atribuyéndola a su estado de semi vigilia.
-¿Lo crees así? –Yo comenzaba a inquietarme de nuevo, sin
razón aparente.
-Es posible que finalmente se convenciera de que fue así.
-Pero tú sabes... –aventuré.
-Tienes razón. Cuando describió su alarma, yo identifiqué
una situación conocida.
-Ya vamos llegando.
-No sé si debiera. No quiero influir en tus conclusiones, ni
falsear lo objetivo.
Noté que de nuevo me ponía tenso.
-Antes has nombrado a Hugo –dijo por fin.
-Recuerdo haberlo hecho. Y que se relacionaba con lo que me
ha pasado. En forma negativa...
-Me pareció que era así. Pero algo te impide ser consciente
de la razón.
Eugène dejó de masajearme los hombros, para poder mirarme a
la cara.
Seria y meditativa.
Yo no quería tomar ninguna decisión, ni esforzarme en
recordar algo que, indudablemente, me resultaba desagradable. Prefería la
irresponsabilidad.
Además, me desagradaba el cariz que tomaba nuestro proyecto.
Estaba convencido, y ella también, de que existía una relación directa entre
mi accidente y la búsqueda en la que Eugène y el doctor me habían envuelto.
Hasta ahora todo había ido discurriendo como una aventura divertida, que por
momentos se iba convirtiendo en algo desagradable.
Eugène seguía investigando en mis ojos, que sin duda le
estaban ofreciendo mis pensamientos y sensaciones, a la vez que, en
compensación por el abandonado masaje, se abrazaba a mí, acariciándome
despacio, con evidentes intenciones...
Tras un largo y profundo beso, que me reconcilió un tanto
con el mundo y apartó mi mente de toda reflexión negativa, separó sus labios
de los míos, me sonrió, enfrentando mi mirada, preocupada por algo por venir
-mi ceño fruncido-, y se decidió a decirmee, al oído, para no tener que
mirarme, para que no adivinara sus intenciones, como otras veces:
-Hay una forma...
Mi preocupación aumentó de inmediato, lo que tuvo que notar
por mi tensión muscular. Ella acarició mis hombros y mi espalda, para vencer
mi desconfianza, sin dejar de susurrarme...
Hay una forma –repitió despacio-. Pero necesito tu
permiso.
Yo me negaba a contestar.
-Necesito que me autorices a explorar tu mente. Tus recuerdos
ocultos. Tu cerebro. Necesito tu colaboración. Tu confianza.
Había contactado conmigo, finalmente, de esa forma que no
precisaba de palabras, y sus intenciones, en forma de pregunta, me acosaban
interiormente.
Sentí desagrado al principio, porque no me cabía duda de
que aquel desgraciado incidente que me negaba a recordar procedía de una
invasión similar. Lo sentía con claridad irracional.
Ella se esforzaba por penetrarme con suavidad, segura de que
mi reacción iba a ser la que era.
Conscientemente -consciente también de mi insensatez, que ya
había quedado probada en varias ocasiones- escuché...
"Si me permites adentrarme en tu mente, sólo si me lo
permites, puedo extraer tus recuerdos más desagradables. Puedo traerlos a mí.
Puedo analizarlos y ayudarte a comprenderlos y enfrentarlos, para que dejen de
acosarte...
Puedo, si me lo permites, hacerlo.
No quiero, no podría, asaltar tu intimidad, porque tú no me
lo permitirías. Dentro de ti está la decisión de autorizarme a ello, y no lo
deseo tampoco.
Pero me puedes mostrar justamente aquello que tú quieres
ocultarte a ti mismo, para que lo compartamos y analicemos juntos".
Su argumentación, y su tono empático, me derrotaban de
nuevo.
El pasaporte que se me pedía fue expedido, sin más
trámites: De forma voluntaria, permití que Eugène entrara en mis recuerdos
recientes.
Mi sensación de desagrado, mi natural oposición, fueron
gradualmente vencidos.
Eugène me exploró.
Paso, sin rozarlos, por mis recuerdos infantiles; no quiso
saber nada de mis aventuras juveniles, de mis amores y desamores; evitó
averiguar mis sentimientos íntimos hacia ella, lo que le agradecí.
Encontró a Marta, a Ángel, a Brigitte, a Mila, a Gema, a
Ginger, al doctor, ... se volvió a encontrar a sí misma, y se ocultó de
nuevo, púdicamente.
Mi aparente abandono ante su potencia mental, que me
investigaba con sutileza, no era auténtico: Yo me dejaba observar, pero
vigilaba con prevención cada uno de sus movimientos, para asegurarme de que no
tuviera acceso a mis sentimientos más recónditos e inconfesables.
Su actividad física, que me excitaba como nunca, me
respetaba igualmente, comprendiendo mi orgullo. Su superioridad, evidente,
estaba claramente controlada, dedicada a mi bienestar.
Encontró a Hugo y, ante mi reacción, dedujo con facilidad
que ahí estaba el problema.
Me condujo a otro lugar, placentero e inconsciente, donde yo
ya no podía ver lo que ella hacía. Y estirpó de golpe, como en una operación
quirúrgica, la totalidad del atemorizante recuerdo.
Permanecí inconsciente por un tiempo indeterminado, mientras
ella analizaba, extraía, desechaba, devolvía, ocultaba y hacía aflorar
secuencias completas y parciales del interior de mi mente...
Porque así lo deseamos, la experiencia culminó, como en
otras ocasiones, en un lento y largo clímax, tanto más profundo como que se
extendía más allá de los sentidos físicos, en una fusión que incluía la
confusión de mentes, el descontrol voluntario.
Entendí, de paso, lo que Mila y ella habían querido
expresarse mutuamente. Sentí a Mila dentro de Eugène, a Eugène dentro de mí,
en agradable revoltijo.
El cansancio nos derrotó, enlazados.
Era tarde.
(...)
Cuando desperté, entrada la mañana, oí con agrado a
Eugène en la cocina cacharreando, sin duda preparando un desayuno tardío y
sustancioso.
Aunque me sentía liberado de un gran peso, realmente este
tipo de experiencias -y lo que las acompañan-, resultan agotadores...
Cuando salí de la ducha, me enfrenté agradecido con una
orgía culinaria de la que Eugène se había adelantado a dar cuenta.
Sin apenas hablar, decidimos salir.
Después de comer en un restaurante de una población cercana
que yo nunca había sospechado, paseamos por su reducido casco urbano hasta
desentrañar cada rincón, cada misterio, que me era revelado por la elocuencia
y la sabiduría de la futura doctora Eugène.
Mi atención, embobada, no era en cualquier caso muy
profunda. Seguía convaleciente de una perniciosa enfermedad.
Como escritor, habituado, en cierta medida, a desnudarme en
público, pensaba que la situación que había vivido me resultaría familiar.
No era así, sin embargo; y no tenía prisa por analizar. Mi capacidad de
introspección se encontraba aletargada, inhábil.
Hasta esa tarde -y lo agradecí-, no hubo ningún comentario
que recordara esos dos últimos días que para mí parecían permanecer casi en
blanco.
Cuando, ya en Aranjuez, nos sorprendió el ocaso, nos
reunimos con nosotros mismos en la Tetería, que aún escaseaba de clientela.
Después de un vaso largo ligero, con poco alcohol, Eugène
me contó.
No entró en detalles, porque no era necesario; ni yo lo
deseaba:
Yo había sufrido un ataque, con intención de utilizarme
para llegar a ella o al doctor, para arrebatarnos nuestros conocimientos. La
persona física, Hugo, intentó poseerme.
Mi imaginación desbordada lo había impedido; y yo lo había
eliminado.
Aunque no insistió en esto, parecía sentirse orgullosa de
que yo hubiera podido aguantar y vencer, como si eso le confirmara algo
sospechado.
Pero yo me centré en la última idea:
-¿Eliminado?
-Lo has hecho desaparecer –ella estaba seria ahora.
-¿Quién?¿Yo?
-Sin duda.
-No puede ser. Yo no...
-No te preocupes ahora. Cuando veamos a Mila, conoceremos los
detalles..
Noté su preocupación, por Mila.
-Pero, ¿Que he hecho yo para...?
-Olvídalo, de momento. Tu imaginación, admítelo, es
superior a la de Hugo. Pero todo eso se puede aclarar después. Lo que ni tú ni
yo podemos aclarar con facilidad, lo importante, es conocer la identidad de la
figura negra del fondo, de quien permanecía en segundo plano.
-La sombra negra... – las secuencias recordadas me
producían un tipo de dolor interior nuevo para mí.
-Sí. Sospecho, aunque lo he de confirmar, que Hugo era
simplemente la tapadera de otra potencia...
-¿Superior, quieres decir?
-Eso creo.
De nuevo, un escalofrío, que no se justificaba por mi
escasez de ropa, ni por el clima suave, me subió por la espina dorsal.
-Déjalo ahora –insistió Eugène, abrazándome por la
espalda-.
Pero la oí murmurar, sin dirigirse a nadie:
"¿Qué paso con la sombra negra del fondo?¿Quién
es?¿Qué ha podido averiguar?"
Preferí no prestarle atención.
(...)
Con Mila la cosa fue muy diferente.
Si bien ella podía entender lo que había sucedido, cosa que
a mi me estaba vedado, la mera comprensión no cambiaba los sentimientos que yo
suponía en ella arraigados.
Por supuesto me negué -acertadamente creo-, a ser testigo
del encuentro donde Eugène comunicó a Mila mi "accidente", y sus
consecuencias directas.
Además, no quería yo añadir a mi natural inseguridad la
alta posibilidad de que las demostraciones afectivas de Eugène y Mila me
alteraran.
Me sentía egoísta. Posesivo. Celoso.
Y no creía ser capaz de soportar de nuevo una situación
como la que ya me había tocado vivir, casualmente, en su particular relación,
que yo no tenía en absoluto superada, aunque tratara de asumirlo.
No quise ni imaginarlo.
Sin convicción, Eugène me ofreció la posibilidad de
hacerlo; sabía que yo me negaría. Después, quizá.
Por otro lado, yo necesitaba meditar en lo posible sobre lo
pasado. La velocidad con que se precipitaban los hechos me solicitaba una pausa.
No estaba satisfecho con lo que me estaba sucediendo.
Cuando Eugène no estaba delante, me acordaba de mis
obligaciones, no porque sufriera un ataque repentino de responsabilidad -eso sí
hubiera sido extraño-, sino porque el trabajo representaba la seguridad, mi
propio mundo, por mi elaborado, al que yo controlaba sin demasiada dificultad.
Y ella y su entorno me controlaban a mí, sin apenas margen
de maniobra.
Mis sentimientos hacia Mila se habían acrecentado, sin duda,
pero yo me sentía cansado, incapaz de ofrecerle la ayuda moral que precisaría.
Por eso no me importó tanto mi reacción egocéntrica.
No ofrecí mi apartamento para la cita, ni fue solicitado.
No he querido saber dónde ni cómo se desarrolló.
Las ojeras de Mila, después, me hablaron de lo que debió
sufrir.
Pero su voz, sus ideas, habían optado por la resistencia. La
contagiosa locura de Eugène se había integrado en su potente personalidad, lo
que de alguna manera me preocupó; prefería mi propia ignorancia.
Yo desaparecí en el interior de mi apartamento; generé
frenéticamente una cantidad de folios inusual, sobre un tema absurdo,
radicalmente diferente de lo que solía hacer; y sólo sé que me tranquilizaba.
Quizá trataba de describir, endulzándolo, mi reciente
experiencia, pero no lo creo, porque me sabía incapaz de asumirlo. Esa tarea,
como tantas otras, quedó pospuesta.
Cuando volvimos a vernos, Mila parecía otra persona: Sólo
hablaba del proyecto, de la Puerta, del documento, de la misión... Supuse que
era su forma de asumir su desventura.
Yo no me atreví a interferir.
Eugène pareció satisfecha, dentro de lo que cabía, y la
inestimable colaboración de Mila se hizo más asidua si cabe. No razonaba sino
para aquel confuso intento.
Sin embargo, sin explicaciones ni motivos que yo pudiera
entender, no quiso participar en la inmediata exploración que Eugène y yo
íbamos a emprender.
Yo, como no entendía nada -tan sólo me dejaba arrastrar-,
apenas sentí extrañeza, y admití sin preguntar que había razones técnicas,
a las que vagamente aludió el doctor, con su apoyo, para que fuéramos los dos
solos.
Los preparativos, urgentes -no acertaba yo a ver por qué-,
nos ocuparon el tiempo lo suficiente como para no pensar en otra cosa.
En un momento, sin palabras, con una mirada, quise
transmitirle a Mila mi condolencia, mi solidaridad.
Me fueron aceptadas con una sonrisa triste y un abrazo
lánguido.
No volvimos a hacer ver que nos acordáramos más del asunto.
Un enfermizo entusiasmo nos invadía a todos.
Incluso a mí...
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