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Ciertamente, habíamos coincidido en alguna ocasión, pero no
recuerdo haberle oído decir nada memorable. O puede ser que simplemente no me
interesara lo que decía, lo que casi equivale a lo mismo.
Por Mila sabía de su afición a las motos -otra más que no
compartíamos-, junto con sus gustos musicales, que deduje de su indumentaria; y
poco más.
Sin embargo, estaba claro, y el tiempo lo iba demostrando,
que mis juicios eran bastante temerarios e infundados. No acertaba una, a decir
verdad...
Si no fuera a través de Eugène, y de las experiencias que
acabamos viviendo juntos, Mila para mí no hubiera sido más que una joven
provinciana a la que yo no atribuía gran cosa bajo su morena cabellera,
prejuicio que se ha venido desmintiendo día a día, para sonrojo mío.
Por no hablar de cómo mi inicial simpatía por Gema se
había transformado en algo parecido a la repulsión, por obra de las
circunstancias. Continuamente me venía a la cabeza comentar con Eugène aquella
increíble historia: Pero como ella parecía ciega a todo lo que no estuviera
relacionado con su "proyecto", ocupada en otros intereses que la
absorbían más, nunca encontraba el momento.
Y para mí, posponer es una norma.
Era curioso en cualquier caso comprobar cómo ella, tan
perspicaz en general, no había detectado en mí nada sospechoso al respecto,
porque era algo que no dejaba de preocuparme: Cuando en otras ocasiones ella
parecía leerme el pensamiento.
Lo convertí, así, en una especie de triunfo que yo me
guardaba en la manga: Una prueba de que Eugène no me controlaba por completo.
Además de mi natural pudor, que hacía que me resistiera a
compartir con ella rincones de mi vida privada, que de otro modo dejaría de
serlo.
Realmente me habían impresionado las confidencias de Gema,
si bien quería juzgarlas dudosas; tan sólo me inquietaba esa leve sensación
de peligro que era lo único que me hubiera obligado a compartir con Eugène esa
parte de mi vida.
Sensación compensada por mi sobrada autoestima, por mi
optimismo majadero que -bien lo sabía yo-, no tenían ningún fundamento real.
Me resultaba muy complicado, en cualquier caso, pensar en la
posibilidad de que en Hugo se pudiera dar tan compleja metamorfosis como la
sufrida por su novia, ni para bien ni para mal, aun admitiendo que Mila tuviera
sus razones privadas para preferirle.
Yo lo encontraba anodino, previsible.
Tengo que hacer notar, por otro lado, que, hasta donde se me
alcanza, el desinterés era mutuo: Hugo no dio nunca ningún síntoma de
interesarse por mí más que por un buzón de correo al que rodeas para no
chocar con él cuando no tienes ninguna carta que echar, ni intención de
escribirla -por ser una operación demasiado compleja-, pero ni lo has visto.
Cuando me lo tropecé por mi escalera -clásico rockero
folclórico, sin afeitar, deportivas, vaqueros, jackect con el logotipo de
algún grupo heavy, o vaya usted a saber cómo definirlo, que me resultaba
desconocido, a su espalda-, aunque no podía decir que no le conocía,
ciertamente me sobresaltó.
(No por el atuendo o las formas, no se me malinterprete: Yo
suelo afeitarme con escasa regularidad y mi ropa no es muy convencional, por lo
que me resisto a juzgar a nadie desde el punto de vista de la estética
personal; aunque no carezco de prejuicios)
Como él se limitó a sonreír inocentemente, saludar con un
gesto, y desaparecer escaleras abajo, no podía yo albergar sospecha alguna
sobre que no existiera una justificación lógica a su estancia por aquellos
parajes.
Contesté breve y educadamente a su saludo, y continué
subiendo la escalera.
Con posterioridad, sí que me percaté de que las
circunstancias eran levemente extrañas. Pero, con mi habitual perspicacia, no
le di ninguna importancia.
Quizá mi inconsciente captó, en su prisa, alguna acción
elusiva o digna de desconfianza; no lo sé. Tengo que reconocer que lo hubiera
olvidado si no fuera por que...
(Estoy, por supuesto, reconstruyendo).
Debíamos, en cualquier caso, tener el mismo tipo de alergia
al ascensor, que funcionaba correctamente; y él bajaba por la escalera.
¿De dónde?
Cuando llegué a mi puerta, un rellano más arriba, y
mientras abría tanteando para no encender la luz de la escalera -imprescindible
pero insuficiente a cualquier hora del día-, el inconsciente me dio otro aviso,
que no aproveché, olvidando de inmediato un incidente que tan solo había
interrumpido un instante mi cadena de pensamientos sobre otros menesteres en los
que estaba más interesado.
(Aunque no me fiaba de Gema, su historia emanaba cierto
aspecto de certeza que me obsesionaba)
Lo cierto es que no oí -y debiera haberlo hecho, por ser
notable-, el ruido del portal de la calle abriéndose, y sobre todo cerrándose,
operación que se detectaba hasta en la habitación más alejada del piso más
alejado del portal de la finca, dadas las fechas de construcción del edificio:
Al menos yo tenía esa impresión, aunque me guardé mucho de comentarlo con la
vecina de arriba, por miedo a que ella pegase la hebra y quisiera investigar en
mi vida privada aprovechando la coyuntura. Peligro cierto.
En fin, pude no haberlo oído porque no sonó, pienso ahora.
No parecía haber motivo para preguntarse qué hacía Hugo
allí, viniendo quizá de mi planta, y deteniéndose quizá en otra más abajo,
hechos que yo no podía deducir de ninguna información fidedigna. Ni negarlas.
Aun con tal desinterés, sí que me pasaron por la mente
algunas preguntas del tipo de si tendría algún conocido o familiar en la que
ahora era mi vecindad, si trabajaba allí, ¿en qué trabajaba Hugo?
-¿Trabajaba? Nunca antes me lo había preguuntado-: Sería estudiante, o parado,
decidí para terminar.
El caso es que, nada más entrar en mi casa, antes incluso de
cerrar la puerta, un extraño escalofrío causado por una brusca corriente de
aire rodeó mi cuerpo, en forma aparentemente injustificada a finales de la
primavera, corriente que yo, con mi conocida agudeza, atribuí a la conexión de
la ventana abierta de la escalera con la que absorbía la ventana abierta de mi
cocina, que, dado mi descuido habitual, tenía camino a través de la puerta
abierta de la cocina, que daba al pasillo, que daba a la puerta de entrada,
cerrando el circuito en el patio de luces a través de la mencionada puerta que
daba a la escalera.
Conque todo era debido a mi cultivado despiste, lo que le
restaba importancia y le sumaba normalidad.
Recogí varios papeles que habían volado sobre la citada
corriente desde la ventana abierta de mi despacho-dormitorio hasta el pasillo, y
me dirigí al ordenador, (¿qué iba a hacer allí?, me preguntaba de camino),
sin cerrar la ventana de la cocina, ya que todo lo que podía arrastrar por
allí el aire ya estaba por el suelo, y no iba a ir más lejos.
Sin razón aparente, empecé a hacerme preguntas sobre Hugo
que nunca antes me había planteado ¡Como si no tuviera otra cosa que hacer!
Su imagen, por un instante, tomó un aspecto siniestro que no
le cuadraba, y que deseché de inmediato; sin embargo, ya no me pareció normal
su sonrisa amistosa, ni que deambulara por mi bloque, ni que viniera como de mi
casa, ni que no se hubiera ido; ¿y desde cuando dormía yo con las ventanas
abiertas?
Sería cosa de Eugène, de Gema,...
¿Y de qué parte de mi inconsciente procedía esa sensación
desconocida?
La incongruencia, desde mi punto de vista, estribaba en el
lugar: No imaginaba a Hugo en mi casa, para nada; ni en mi escalera.
Mi inconsciente, más alerta que yo, debió hacer alguna
anotación importante.
(...)
Igual que avisa el teléfono móvil de que vas a recibir una
llamada interfiriendo el programa de radio que estás escuchando o rayando la
imagen de tu programa favorito de televisión, antes de sonar, una extraña
interferencia mental, similar, pero de más intensidad, a la sensación
inconsciente de que alguien a tu espalda tiene los ojos fijos sobre tu nuca, me
avisó de su presencia.
No tan extraña ahora para mí, que empezaba a asimilar el
mundo de sensaciones mentales donde discurría, paralelamente al mundo
sensorial, la vida y actividades de Eugène, de Mila, del doctor,... ¿de quién
más?.
El caso es que, sin verlo, supe sin duda que tras la esquina
oscura que me faltaban unos diez metros para alcanzar, estaba Hugo.
Además supe que sus intenciones suponían algo malo para
mí.
Y que su poder mental, que se manifestaba impúdico, era muy
superior al mío casi inexistente.
Me pregunté por qué hoy, entre tantos otros días, había
decidido volver sólo a mi apartamento, en lugar de esperar dócilmente a que
Eugène me sugiriera acompañarme esa noche, o al menos llevarme en su Golf
hasta mi portal.
Me contesté que, en realidad, no había sido una decisión
voluntaria, sino que probablemente tenía relación con los ciclos naturales
femeninos, que en Eugène se manifestaban al parecer como etapas de humor
ácido, mal disimulado, que la volvían especialmente insociable, al parecer
durante el final del cuarto menguante lunar.
Lo que a mí me ponía a su vez -desconsideradamente, he de
admitir-, de mal humor.
Deduciéndose un final sombrío de los encuentros en tales
circunstancias, que, por otro lado, resultaban pasajeros.
Esta reflexión rápida, y la sensación de lo que parecía
avecinarse, me hicieron echarla de menos, de nuevo.
Calculé rápidamente si podía evitar el encuentro, huir.
Pensé dar la vuelta y evitar aquella esquina, cruzar la
calle, correr.
No hice nada. Una presión ineludible me obligó a continuar,
sabiendo que me acercaba, paso a paso, que ni siquiera alteré en su ritmo, a mi
perdición.
Supongo que ya estaba bajo su influencia, porque la necesidad
de enfrentarme a tal fuerza con posibilidades de éxito tuvo que ser inspirada
en mí, toda vez que yo era muy consciente de mi inferioridad.
Creo que cuando detecté el peligro ya estaba
irremediablemente perdido.
Y esto de alguna forma me tranquilizó: Se siente miedo ante
la duda; cuando se conoce la derrota con antelación, el miedo ya está
superado.
Un observador casual no hubiera, por otro lado, detectado
ningún cambio en mi actitud general.
Sin embargo, no hubiera imaginado nunca lo que iba a ser
aquello.
Lo que estaba a punto de producirse, aunque en detalle me
resultaba desconocido, era un enfrentamiento mental en el que yo tenía, desde
cualquier punto de vista, todas las posibilidades de perder.
Tengo que aclarar que todas estas reflexiones y sensaciones
se produjeron de golpe, en décimas de segundo: Como cuando, ante la evidencia
de la muerte rememoramos toda nuestra vida en un instante. Me veía impelido a
improvisar una defensa ante algo que, en realidad, me resultaba enteramente
desconocido, y ninguna experiencia previa podía venir en mi socorro.
Primero tuve conciencia de mi debilidad e inexperiencia;
después empecé a estudiar estrategias elusivas dado que mi desventaja era
manifiesta:
Las opciones de tipo físico -huir, correr, retroceder,
esconderme, dejarme tragar por la tierra-, fueron descartadas ante la carencia
de tiempo material para tales intentos; estaba convencido de que cualquier
acción en ese sentido simplemente haría que la trampa se cerrara con más
facilidad.
La posibilidad de caer en una trampa de la que desconocía
sus cualidades me aterró, aun sin tener experiencia en semejantes lides, y la
presencia que esperaba no hacía intento de ocultar su hostilidad, sino que
parecía perversamente feliz en mostrarla.
Por otro lado, aunque ahora lo despersonalizo como si se
tratara de alguien desconocido, desde un principio, sin disponer de contacto
visual, yo sabía que esa persona que me acechaba era Hugo, aunque en ningún
momento hasta el presente había yo detectado el más mínimo síntoma de
animadversión, simpatía o antipatía entre nosotros: Nuestra relación había
sido en todo momento, como ya he comentado, anodina, al menos por mi parte.
Ahora me pregunto por qué. Quizá se había tratado de una
actitud premeditada por su parte.
Antes de poder reaccionar en cualquier sentido, sufrí una
primera acometida.
No puedo hablar de dolor.
Era un efecto de anulación, de perdida de control de mi
propia mente.
La sensación interna es primero de profunda tristeza.
Luego nada.
La duración no debió ser muy corta, sin embargo, porque
cuando recuperé o me fue devuelta la conciencia de mí mismo, yo ya había
recorrido automáticamente un gran trecho, y encaraba directamente a Hugo.
Aunque en realidad no podía verle, porque él estaba fuera
de la cobertura de la luz de la farola de la esquina, estando yo en cambio justo
bajo su foco.
Noté entonces como si aquello explorara mi cerebro en busca
de yo no sé qué, siendo para mí imposible oponerme a su escrutinio. Sentí
vergüenza por mi impotencia.
No tenía control sobre mí mismo, tan solo una conciencia
vaga de lo que estaba sucediendo, como si fuera el espectador de mi propia
película, y en algún lugar profundo sentí que mi voluntad, sometida, trataba
aún de resistirse: Sentía que si fuera liberado en ese instante de aquella
posesión aflorarían en mí instintos agresivos de una profundidad insospechada
en un pacífico novelista, en respuesta a aquella agresión íntima. Sentí a
Hugo, o lo que fuera que él representara, como a un enemigo visceral, sobre la
vida, la muerte, o la inmortalidad.
Y en mí surgió también una extraña valentía, que en
ningún modo me era característica. Quizá externa. Quizá añadida o sugerida.
No sé, no podía saber, en ausencia de luz, cómo iba él
vestido: Su figura estaba sustituida por el cliché imaginario que yo había
formado de él, pero pensar en eso, tratar de imaginarlo, me tranquilizaba. La
imagen conservada en mi memoria de otros encuentros era más divertida que
amenazante, y nunca, tengo que repetir, le presté gran atención.
(Salvo, claro, cuando nos cruzamos por la escalera de mi
apartamento...)
Era un conjunto de sensaciones sin justificación visual, a
la que yo intentaba dar forma: Imaginé que frente a mí se alzaba el despiadado
guerrero clásico -Aquiles, Goliat-, físicamente gigantesco, armado de hierro,
bronce y oro, cubierto completamente, protegido y amenazante -escudo, espada,
hacha, lanza, ballesta, espingarda, pistola, florete...-, mientras que yo,
físicamente inferior, ni poseía arma alguna, ni sabría cómo usarla en su
caso, ni veía posibilidad de defensa.
Pensé en Eugène: ¿Qué haría ella? ¿Cómo reaccionaría?
Sin duda no estaría tan inerme como yo.
Para hacerme comprender, para explicármelo a mí mismo,
necesito todos estos preámbulos, aún cuando la situación se desarrolló en
muy pocos segundos, en total; intento, para mi propia satisfacción, imponer un
orden lógico, aunque no se ajuste a la realidad, porque las ideas y sensaciones
eran simultáneas, se solapaban en el tiempo, con lo que técnicamente no
existía una secuencia lógica.
Por ejemplo, la sensación de reconocimiento y de espanto se
daban superpuestas, aunque debieran estar claramente separadas y ordenadas.
Pero no es así como funciona la transmisión mental, parece.
Es sólo que siento la necesidad de racionalizar la situación, para no volverme
loco antes de tiempo: Y con objeto de poder transmitirla, compartirla.
Digamos en simplificado resumen que mientras caminaba absorto
en mi enfado reciente con Eugène hacia un cruce conocido, de paso habitual para
mi costumbre, y que en cualquier otra ocasión no hubiera registrado en mi
memoria, y justo unos pasos antes de llegar a la esquina, que hacia la izquierda
carecía de iluminación, me invadió la sensación de que alguien se ocultaba
esperándome tras ella.
Además no se trataba de un desconocido, ni de una persona
corriente, porque la sensación no era abstracta sino concreta y afirmativa.
Esa fuerza que se asentaba en mi mente, que se estaba
haciendo notar en forma voluntaria, me conocía, me nombraba y tenía unas
intenciones claramente perjudiciales para mi integridad mental y física.
No lo ocultaba, sino que intencionadamente lo mostraba.
Tenía además un nombre, Hugo, aunque de momento la
incoherencia entre lo que yo creía conocer de tal persona y lo que mostraba sin
pudor, no ajustaba con ninguna lógica.
La siguiente secuencia, décimas de segundo después, provino
de mi interior, de considerar la posibilidad de hacer algo.
Posibilidad que se me antojaba remota.
Intenté situarme.
Y la imagen tomó forma.
Como en los efectos especiales de una película, se iba
dibujando poco a poco: Tenía la sensación de que el escenario salía de dentro
de mí, generado desde mi interior.
En cualquier caso, estaba claro que eran reflejo de mis
sentimientos... de pánico.
La lógica, abatida, dejó de regir mis actos, mis
sensaciones y mi voluntad.
Primero empezó a cambiar el fondo, el escenario:
Como si amaneciera, la noche empezó a marcharse, y en poco
tiempo, un sol de justicia se elevó hasta casi su zenit, de cara a mí.
La acera y el asfalto no estaban; se habían transmutado en
tierra, llana y yerma, y al fondo suaves colinas se perfilan y se van trufando
de cercillos de vid y escaramujos.
Tras la inmensa silueta de Hugo, también a contraluz, el
carro, con dos caballos de batalla, de gran alzada, negros, relucientes,
brillantes de sudor, que esperan impacientes el regreso de su amo, escarbando
nerviosos.
Sobre la alta protección del carro parado asoma la silueta
del auriga, sosteniendo con descuido las riendas con la mano izquierda, mientras
que en su mano derecha, elevadas, destacan dos jabalinas, verticales, largas,
finas y rectas, de aquella madera particular que usaban las falanges macedonias.
La silueta del auriga, a contraluz, no parece tener cara, ni
perfil, a pleno sol, sino que se muestra tan sólo como una sombra negra,
inmaterial, cubierta por completo de una clámide, negra, que no permite deducir
nada de su portador; pero la sensación que transmite es de atención tensa,
aplomada. El oscuro y amenazante conjunto produce escalofríos.
Al desenfocar el fondo y la oscura sombra que controlaba a
los negros caballos, para poder adaptar mi vista deslumbrada por el sol hacia el
primer plano, la inmensa mole de Hugo, que en dos cortas zancadas tapa mi
visión, parece crecer en altura y anchura, mientras su recortada sombra se
aproxima a mis pies.
Yo debo elevar la vista, mucho, para tratar de enfocar su
cara. (Hugo no era tan alto, me dijo algo racional en mi cerebro).
Su barba, más descuidada de lo normal, empezó a desaparecer
bajo el casco, que se iba cerrando, por los lados, por arriba, por la frente,
sobre la nariz. Un casco de bronce pulido al que le crecía un penacho de plumas
negras, azules y rojas. El temido casco corintio.
Su cara (¿la de Hugo?), se reducía al brillo oscuro de unos
ojos que parecían emitir su propia luz detrás del casco que cubría su nariz y
sus pómulos, y a la barba hirsuta que rodea casi por completo los labios
delgados y claros cuyas comisuras se elevan levemente, dibujando una sonrisa que
tiene un algo de lascivo.
Al irse adaptando mi visión a la semipenumbra del contraluz,
se van perfilando los detalles del reluciente casco de bronce pulido, cuya
cresta emplumada eclipsa el sol, enviándome reflejos rojos, azules y amarillos
intensos, en movimiento por una leve, fría brisa, que no puedo soportar, y cuya
procedencia es indemostrable.
Me concentro en los detalles, porque no puedo hacer otra
cosa, y porque la enumeración posee una cualidad protectora, según entiendo,
aunque no podría deslindar el recuerdo de lo añadido con posterioridad:
Sobre el pecho, el peto; la clámide bajo el faldellín, el
quitón, las bellas grevas arqueadas hasta más arriba de las rodillas. Brazos
desnudos, escudo de bronce forrado en piel, repujado en plata y oro, sobre la
mano izquierda, mostrando abominables dibujos que recuerdan a Medusa, las
Gorgonas, o a algún ser extra terrestre escapado de los desquiciados relatos de
Lovecraft.
Espada larga, recta, reluciente, de doble filo, de trabajada
empuñadura, fuera del tahalí, casi hasta el suelo. Mandoble pesado -¿Arma
incongruente?-.
Sólo los ojos descubiertos en su rostro, y un mínimo
resquicio de cuello, lo imprescindible par poder mover la cabeza. Bajo la sombra
de la visera, sus ojos devuelven un reflejo brillante, atemorizador.
El efecto es mareante, y me aferro a la atenta repetición de
los detalles, con objeto de ganar tiempo. Con la intención de, a través de la
incongruencia, desarmar a tan potente enemigo...
Las mandíbulas, cubiertas desde los lados, parecían
permitir que asomasen tan sólo las comisuras de los labios, entre la barba
cerrada, en sonrisa de suficiencia. Lo único visiblemente expresivo, salvo los
ojos.
Los músculos de los hombros, tensos, cubiertos a medias de
cuero negro, antebrazo y brazo derecho marcados de venas, mano derecha firme
sobre la empuñadura de la espada, a punto, tensa, lista para elevarse. Mano
izquierda invisible tras el escudo, rodela, adarga, redondo, amplio, cuadrado,
pequeño, con diseños agresivos, ofensivos, paralizantes, que podía tapar el
cuello y la cara de ser preciso.
Muslos apenas descubiertos, afianzados, firmes; hermosas
grevas aqueas, trabajadas con arte, livianas pero sólidas, hasta el empeine
desde más arriba del muslo.
Pies desnudos, sujetos por las tiras de cuero de becerro de
las sandalias; los talones, invisibles.
La distancia que nos separa, una espada y media, según me
parece, es mi escaso margen de maniobra.
Suave brisa a mi favor, procedente de la nada, mueve su
penacho, en muda y colorida amenaza.
Hugo levanta la espada hasta que su codo forma ángulo recto
con su torso, perpendicular a mi pecho; su brazo derecho apunta hacia mi costado
izquierdo, mi corazón, que aumenta, más, si cabe, el ritmo de sus pulsaciones.
Y yo sin ninguna reacción, paralizado sobre la tierra, con
un leve quitón de lino crudo que deja mis piernas desnudas; mis pies calzados
de sandalias de tiras de cuero de cerdo como única protección, por debajo de
los muslos. Y descubierto el arranque del cuerpo, el tórax.
Desearía, al observar el aplomo con que las piernas de Hugo
-o quien fuera-, se asientan sobre la tierrra, que se tratara de Anteo, el hijo
de la tierra, de la que obtiene sus fuerza, para saber que bastaría hacerle
perder el contacto con ella para que sucumba impotente:
Pero yo no soy Hércules, eso es claro...
Para confirmarlo, siento el roce de la tela, áspera pero
ligera, sobre mi pecho apenas cubierto, mis hombros y brazos descubiertos, las
palmas de mis manos abiertas, sudorosas, vacías; ¿muñecas adornadas?
Algo cubre parcialmente mi muñeca izquierda: Una tira de
cuero, estrecha y flexible, que rodea mi muñeca, y se prolonga hacia la tierra.
Sostengo un peso leve pero mortal.
Hugo crece más en altura, al tiempo que su armadura cambia y
cambia de forma. Su cota de malla, oscura, cubre cada trozo de su piel y se
funde, desaparece despacio, dejando ver la morena piel, otra vez...
Lo que tengo arrollado a la muñeca es una honda.
Ya no me enfrento a Aquiles, sino a Goliat.
Siento que ahora tengo toda la ventaja.
Creo tenerla.
El yelmo corintio, que antes cubría su frente, se ha
transformado en otro, de materiales y adornos más preciosos, brillante de
piedras incrustadas sobre el pulido metal, pero que ofrece amplio blanco al
oponente.
Que soy yo.
El sudor en la frente, los temblores nerviosos, los dientes
apretados para ocultar la expresión de pánico, vacío en el estómago, y en el
corazón, excitación sexual, ¿injustificada?...
Mi oportunidad aparece de pronto. La acción ha de ser
inmediata y segura. Sólo necesito espacio. Sólo necesito, deseo alejar la
espada, la armadura, al guerrero, lejos, para poder maniobrar.
Y Hugo se aleja hacia atrás, de pronto, expelido por una
repentina y potente fuerza, unos quince metros.
Volteo con fiereza la honda, mientras apunto.
No puedo fallar: Sólo tengo una oportunidad.
El giro hace invisible la correa, de tan veloz y rabioso, en
zumbido ascendente.
Suelto la correa...
Él no ha podido reaccionar a mi repulsión súbita, y el
guijarro se clava en su frente, antes de comprender qué ha sucedido. Su
expresión no ha tenido tiempo de cambiar.
Yo –David- bailo y canto ante Yaveh –Eugène-, en loca y
absurda danza, al son de un invisible caramillo.
Un instante, la he sentido a mi lado, animándome,
sosteniéndome.
De golpe, toda la escena se borra.
Me derrumbo en la esquina, exhausto.
(...)
El municipal que me ayuda no ha visto a nadie más que a
algún vecino curioso.
Eugène me sostiene por un hombro para levantarme.
Me sostiene aún doliente, delirando.
Al lado, las azuladas luces intermitentes de los municipales
muestran el nocturno paisaje urbano en secuencia circular: El asfalto, la acera,
el asfalto...
¡Estos turistas!, pensaba, o dijo, el municipal que me
sostenía por el otro hombro,...
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