PORTADA INTRODUCCI�N LA PARROQUIA EL CAMINO  EL MAGISTERIO LA COMUNIDAD  ENLACES

UTILIDADES

Discurso de Juan Pablo II en la Gran Vigilia de Tor Vergata, 19 de agosto del 2000

11 de Agosto
12 de Agosto
14 de Agosto
15 de Agosto
16 de Agosto
17 de Agosto
18 de Agosto
19 de Agosto
20 de Agosto

Homil�a de Juan Pablo II en la Misa de Clausura de la XV Jornada Mundial de la Juventud � Tor Vergata, Roma 20 de agosto del 2000

Palabras del Papa en el �ngelus final de la XV Jornada Mundial de la Juventud

Discurso de Juan Pablo II en la Gran Vigilia de Tor Vergata, 19 de agosto del 2000

Rito de Acogida de los J�venes de Roma e Italia en la Plaza de San Juan de Letr�n, 15 de agosto de 2000

Rito de Acogida de los J�venes de los cinco continente en la Plaza San Pedro, 15 de agosto de 2000

Discurso del Santo Padre Juan Pablo II en la Plaza San Pedro, 15 de agosto de 2000

 

1. "Y vosotros �qui�n dec�s que soy yo?" (Mt 16,15).

Queridos j�venes, con gran alegr�a me re�no de nuevo con vosotros, con ocasi�n de esta vigilia de oraci�n, durante la cual queremos ponernos juntos a la escucha de Cristo, que sentimos presente entre nosotros. Es �l quien nos habla.

�Y vosotros �qui�n dec�s que soy yo?�. Jes�s plantea esta pregunta a sus disc�pulos en la regi�n de Cesarea de Filipo. Sim�n Pedro contesta: �T� eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo� (Mt 16,16). A su vez el Maestro les dirige estas sorprendentes palabras: �Bienaventurado eres Sim�n, hijo de Jon�s, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que est� en los cielos� (Mt 16,17). �Cu�l es el significado de este di�logo? �Por qu� Jes�s quiere escuchar lo que los hombres piensan de �l? �Por qu� quiere saber lo que piensan sus disc�pulos de �l?

Jes�s quiere que los disc�pulos se den cuenta de lo que est� escondido en sus mentes y en sus corazones y que expresen su convicci�n. Al mismo tiempo, sin embargo, sabe que el juicio que har�n no ser� s�lo el de ellos, porque en el mismo se revelar� lo que Dios ha derramado en sus corazones por la gracia de la fe.

Este acontecimiento en la regi�n de Cesarea de Filipo nos introduce, en cierto modo, en el �laboratorio de la fe�. Ah� se desvela el misterio del inicio y de la maduraci�n de la fe. En primer lugar est� la gracia de la revelaci�n: un �ntimo e inexpresable darse de Dios al hombre; despu�s sigue la llamada a dar una respuesta y, finalmente, est� la respuesta del hombre, respuesta que desde ese momento en adelante tendr� que dar sentido y forma a toda su vida.

Aqu� tenemos lo que es la fe. Es la respuesta a la palabra del Dios vivo por parte del hombre racional y libre. Las cuestiones que Cristo plantea, las respuestas de los Ap�stoles y la de Sim�n Pedro, son como una prueba de la madurez de la fe de los que est�n m�s cerca de Cristo.

2. El di�logo en Cesarea de Filipo tuvo lugar en el tiempo prepascual, es decir, antes de la pasi�n y resurrecci�n de Cristo. Convendr�a recordar tambi�n otro acontecimiento durante el cual Cristo, ya resucitado, prob� la madurez de la fe de sus Ap�stoles. Se trata del encuentro con Tom�s Ap�stol. Era el �nico ausente cuando, despu�s de la resurrecci�n, Cristo fue por primera vez al Cen�culo. Cuando los otros disc�pulos le dijeron que hab�an visto al Se�or �l no quiso creer. Dec�a: �Si no veo en sus manos la se�al de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creer� (Jn 20,25). Ocho d�as despu�s, estaban otra vez reunidos los disc�pulos y Tom�s estaba con ellos. Entr� Jes�s estando la puerta cerrada, salud� a los Ap�stoles con estas palabras: �La paz con vosotros� (Jn 20,26) y acto seguido se dirigi� a Tom�s: �Acerca
aqu� tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y m�tela en mi costado, y nos seas incr�dulo sino creyente� (Jn 20,27). Tom�s le contest�: �Se�or m�o y Dios m�o� (Jn 20,28).

Tambi�n el Cen�culo de Jerusal�n fue para los Ap�stoles una especie de "laboratorio de la fe". Lo que all� sucedi� con Tom�s va, en cierto sentido m�s all� de lo que ocurri� en la regi�n de Cesarea de Filipo. En el Cen�culo nos encontramos ante una dial�ctica de la fe y de la incredulidad m�s radical y, al mismo tiempo, ante una confesi�n a�n m�s profunda de la verdad sobre Cristo. Verdaderamente no era f�cil creer que estuviese vivo Aqu�l que tres d�as antes hab�a sido depositado en el sepulcro.

El divino Maestro hab�a anunciado varias veces que iba a resucitar de entre los muertos y ya hab�a dado tambi�n pruebas de ser el Se�or de la vida. Sin embargo, la experiencia de su muerte hab�a sido tan fuerte que todos ten�an necesidad de un encuentro directo con �l para creer en su resurrecci�n: los Ap�stoles en el Cen�culo, los disc�pulos en el camino a Ema�s, las piadosas  mujeres junto al sepulcro... Tambi�n Tom�s lo necesitaba. Cuando su incredulidad se encontr� con la experiencia directa de la presencia de Cristo, el Ap�stol que hab�a dudado pronunci� esas palabras con las que se expresa el n�cleo m�s �ntimo de la fe: Si es as�, si T� verdaderamente est�s vivo aunque te mataron, quiere decir que eres �mi Se�or y mi Dios�.

Con el caso de Tom�s el �laboratorio de la fe� se ha enriquecido con un nuevo elemento. La revelaci�n divina, la pregunta de Cristo y la respuesta del hombre se han completado con el encuentro personal del disc�pulo con Cristo vivo, con el Resucitado. Ese encuentro pasa a ser el inicio de una nueva relaci�n entre el hombre y Cristo, una relaci�n en la que el hombre reconoce existencialmente que Cristo es Se�or y Dios; no s�lo Se�or y Dios del mundo y de la humanidad, sino Se�or y Dios de esta existencia humana m�a concreta. Un d�a San Pablo escribir�: �Cerca de ti est� la palabra: en tu boca y en tu coraz�n, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jes�s es Se�or y crees en tu coraz�n que Dios le resucit� de entre los muertos, ser�s salvo� (Rm 10,8-9).

3. En las lecturas de la Liturgia de hoy est�n descritos los elementos de los que se compone ese �laboratorio de la fe�, del cual los Ap�stoles salen como hombres plenamente conscientes de la verdad que Dios hab�a revelado en Jesucristo, verdad que habr�a modelado su vida personal y la de la Iglesia en el curso de la historia. Este encuentro romano, queridos j�venes, es tambi�n una especie de �laboratorio de la fe� para vosotros, disc�pulos de hoy, para quienes confiesan a Cristo en los umbrales del tercer milenio.

Cada uno de vosotros puede encontrar en s� mismo la dial�ctica de preguntas y respuestas que hemos se�alado anteriormente. Cada uno puede analizar sus propias dificultades para creer e incluso sentir la tentaci�n de la incredulidad. Al mismo tiempo, sin embargo, puede tambi�n experimentar una progresiva maduraci�n de la convicci�n consciente de la propia adhesi�n de fe. En efecto, siempre en este admirable laboratorio del esp�ritu humano, el laboratorio de la fe, se encuentran mutuamente Dios y el hombre. Cristo resucitado entra en el cen�culo de nuestra vida y permite a cada uno experimentar su presencia y confesar: T�, Cristo, eres �mi Se�or y mi Dios�. Cristo dijo a Tom�s: �Porque me has visto has cre�do. Dichosos los que no han visto y han cre�do� (Jn 20,29). Todo ser humano tiene en su interior algo del Ap�stol Tom�s. Es tentado por la incredulidad y se plantea las preguntas fundamentales: �Es verdad que Dios existe? �Es verdad que el mundo ha sido creado por �l? �Es verdad que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado? La respuesta surge junto con la experiencia que la persona hace de su divina presencia. Es necesario abrir los ojos y el coraz�n a la luz del Esp�ritu Santo. Entonces a cada uno le hablar�n las heridas abiertas de Cristo resucitado: �Porque me has visto has cre�do. Dichosos los que no han visto y han cre�do�.

4. Queridos amigos, tambi�n hoy creer en Jes�s, seguir a Jes�s siguiendo las huellas de Pedro, de Tom�s, de los primeros Ap�stoles y testigos, conlleva una opci�n por �l y, no pocas veces, es como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente para seguir al divino Maestro, para seguir �al Cordero a dondequiera que vaya� (Ap 14,4). No por casualidad, queridos j�venes, he querido que durante el A�o Santo fueran recordados en el Coliseo los testigos de la fe del siglo XX.

Quiz�s a vosotros no se os pedir� la sangre, pero s� ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada d�a. Estoy pensando en los novios y su dificultad de vivir, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio. Pienso tambi�n en los matrimonios j�venes y en las pruebas a las que se expone su compromiso de mutua fidelidad. Pienso, asimismo, en las relaciones entre amigos y en la tentaci�n de deslealtad que puede darse entre ellos. Estoy pensando tambi�n en el que ha empezado un camino de especial consagraci�n y en las dificultades que a veces tiene que afrontar para perseverar en su entrega a Dios y a los hermanos. Me refiero igualmente al que quiere vivir unas relaciones de solidaridad y de amor en un mundo donde �nicamente parece valer la l�gica del provecho y del inter�s personal o de grupo. As� mismo, pienso en el que trabaja por la paz y ve nacer y estallar nuevos focos de guerra en diversas partes del mundo; tambi�n en quien act�a en favor de la libertad del hombre y lo ve a�n esclavo de s� mismo y de los dem�s; pienso en el que lucha por el amor y el respeto a la vida humana y
ha de asistir frecuentemente a atentados contra la misma y contra el
respeto que se le debe.

5. Queridos j�venes, �es dif�cil creer en un mundo as�? En el a�o 2000, �es dif�cil creer? S�, es dif�cil. No hay que ocultarlo. Es dif�cil, pero con la ayuda de la gracia es posible, como Jes�s dijo a Pedro: �No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que est� en los cielos� (Mt 16,17).

Esta tarde os entregar� el Evangelio. Es el regalo que el Papa os deja en esta vigilia inolvidable. La palabra que contiene es la palabra de Jes�s. Si la escuch�is en silencio, en oraci�n, dej�ndoos ayudar por el sabio consejo de vuestros sacerdotes y educadores con el fin de comprenderla para vuestra vida, entonces encontrar�is a Cristo y lo seguir�is, entregando d�a a d�a la vida por �l. En realidad, es a Jes�s a quien busc�is cuando so��is la felicidad; es �l quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontr�is; es �l la belleza que tanto os atrae; es �l quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es �l quien os empuja a dejar las m�scaras que falsean la vida; es �l quien os lee en el coraz�n las decisiones m�s aut�nticas que otros querr�an sofocar. Es Jes�s el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valent�a de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haci�ndola m�s humana y fraterna.

Queridos j�venes, para estos nobles objetivos no est�is solos. Con vosotros ten�is a vuestras familias, a vuestras comunidades, a vuestros sacerdotes y educadores y a tantos de vosotros que, en lo oculto, no se cansan de amar a Cristo y de creer en �l. En la lucha contra el pecado no est�is solos: �muchos como vosotros luchan y con la gracia del Se�or vencen! 

6. Queridos amigos, en vosotros veo a los �centinelas de la ma�ana� (cf. Is 21,11-12) en este amanecer del tercer milenio. A lo largo del siglo que termina, j�venes como vosotros eran convocados en reuniones masivas para aprender a odiar, eran enviados para combatir los unos contra los otros. Los diversos mesianismos secularizados, que han intentado sustituir la esperanza cristiana, se han revelado despu�s como verdaderos y propios infiernos. Hoy est�is reunidos aqu� para afirmar que en el nuevo siglo no os prestar�is a ser instrumentos de violencia y destrucci�n; defender�is la paz, incluso a costa de vuestra vida si fuera necesario. No os conformar�is con un mundo en el que otros seres humanos mueren de hambre, son analfabetos, est�n sin trabajo. Defender�is la vida en cada momento de su desarrollo terreno; os esforzar�is con todas vuestras energ�as en hacer que esta tierra sea cada vez m�s habitable para todos.

Queridos j�venes del siglo que comienza, diciendo �s�� a Cristo dec�s �s�� a todos vuestros ideales m�s nobles. Le pido que reine en vuestros corazones y en la humanidad del nuevo siglo y milenio. No teng�is miedo de entregaros a �l. �l os guiar�, os dar� la fuerza para seguirlo todos los d�as y en cada situaci�n.

Que Mar�a Sant�sima, la Virgen que dijo �s�� a Dios durante toda su vida, que los Santos Ap�stoles Pedro y Pablo y todos los Santos y Santas que han marcado el camino de la Iglesia a trav�s de los siglos, os conserven siempre en este santo prop�sito.

A todos y a cada uno de vosotros os imparto con afecto mi Bendici�n.
 

3� Comunidad Neocatecumenal de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Merced (Burriana - Castell�n - Espa�a)

Hosted by www.Geocities.ws

1