La Importancia de llamarse S. por Yuri Herrera
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IV.


A la mañana siguiente encendió la computadora desde temprano. Entre los Favoritos estaba el sitio de una tienda en el que se podían rentar DVD's en línea. La tarjeta de crédito de Sebastián ya estaba predeterminada en la ventana correspondiente. La tienda tenía un gran catálogo. Sergio ordenó que le llevaran un documental de Man Ray, un concierto en vivo de los Rolling Stones, y dos discos con la filmografía completa (siete realizaciones) de Zuza Calver, la reina del hard core danés. Qué talento el de esa señorita.
Luego abrió el Messenger. Aún no sabía bien qué iba a hacer. Fue lo que le dijo Flavio apenas entró lo que lo hizo hacer lo que hizo:
          >Te tengo que decir un secreto.
          Sergio no contestó.
          >Ya sé lo que me vas a contestar, pero igual somos amigos y a alguien tengo qué contárselo.
          >¿Qué?
          >Hoy me robé algo.
          >¿Qué?
          >Un teléfono celular.
          >¿Tú no tienes un teléfono celular?
          >Claro que lo tengo. Pero es que este es el teléfono del jefe, Perezgrovas, el que cada lunes nos reúne           en el lobby para decir a coro "We are the best!".
          >¿Te robaste el celular del jefe? ¿Sólo por chingarlo?
          >Sí.
          >¡Bien por ti!
          >Me sorprendes, no pensé que fueras a reaccionar así.
          >Ah, es que todavía no me conoces
          >Sí... Oye me tengo que ir... Me da gusto haberte contado, Sebastián.
          >Confía en mí.
          Flavio se desconectó y Sergio empezó a charlar con los otros.
     Estaba Quique, compañero de trabajo de Sebastián en la casa de bolsa. Escribía frenéticamente, con cada falta de ortografía que se le cruzaba, contándole siempre una jugada maestra de su inspiración:
          >Una mierda, ese Paco Bueno, UNA MIERDA, Sebastián, lo estuve persiguiendo toda la mañana porque sabía que el cabrón tenía una opción cañona, ca-ño-na, y que no quería compartir, entonces me moví y hablé con uno que conoce al que le había pasado el tip a Paco Bueno y mi gente es más eficiente, tú sabes, no como los güevones con los que trabaja ese MIERDA de Paco Bueno, y lo confirmé antes, así que para cuando el PENDEJO empezó a comprar ya me le había yo adelantado, Sebastián, no sabes qué bien estuvo hoy el trabajo.
          >Sí -escribió Sergio- ... de tantas cosas que hace uno ahí y tanto que nos pagan de repente uno piensa que de verdad está haciendo algo de provecho ¿no?
          >¿Qué?... No entendí qué quieres decir Sebastián.
          >Nada, Quique. Olvídalo. Tengo que ir a misa. Elena me está esperando. Después hablamos.
Irrumpió la pantalla de Andrés. Andrés era un primo que se dirigía a él siempre añadiendo la palabra "primo":
          >En serio primo, la próxima temporada voy a ser el safety de los borregos salvajes, y me dijeron que va a estar escauteando un observador de los steelers, ¿te imaginas? ¿Poder jugar en un país donde no se adora la nacada del pambol?
          Sergio respondía sí, no, qué bien primo, o cosas como:
          >Es cierto primo, allá podrías quedar tarado de tantos golpes ¡en cadena nacional!
El contacto "Alejandra" aparecía ahí, conectado, pero no le dijo nada esos primeros días. Cuando lo hizo, esa noche, lo hizo prometedoramente:
          >Pensé que me ibas a sacar de tu lista de contactos... Además ¿no te ibas a lo de tu curso?
          >¿Por qué te habría de quitar de mis contactos?
          >Por lo que me dijiste la última vez que nos vimos...
          >Recuérdame lo que dije.
          >¿Para qué?
          >Por favor.
          >...Que a estas alturas de la vida ya no podías andarte enamorando de alguien que conociste en la calle, que ya tenías bien claras tus metas y estabas con una mujer que te iba a ayudar a conseguirlas.
          >Eso dije...
          >Sí.
          >¿Qué más te dije? Dime algo bonito que te haya dicho.
>Que... que cuando estábamos juntos era como si estuviéramos en un cuarto con ventanas a nosotros mismos.
          >¡Eso dije!
          >Sí.
          >No está mal.
          >Pero tú estás allá con tu novia ¿no?
          >No... Eso se... pospuso... Estoy en otra parte, en un congreso al que me mandaron del trabajo.
          >Siempre trabajando...
          >Pero también pienso en otras cosas. Físicamente, ¿qué fue lo que más te gustó de lo nuestro?
          >... No hicimos mucho, pero los besos eran muy buenos, y también cuando nos quedábamos mucho rato abrazados.
          >Sin hacer el amor... ¿verdad?
          >Decías que jamás habías tenido tantas ganas de hacerlo, pero que sabías que al hacerlo te ibas a desprender de otras cosas de las que no te podías desprender.
          >Bueno, siempre tendremos otra oportunidad para hacerlo.
Alejandra no contestó. Pasó un minuto. Se desconectó después.

V.


     Siguió con paisajes. Se trepó a un rascacielos y quiso atrapar los valles de cemento, las montañas de cristal, los lagos de gente. Al revelar esos rollos vio que sus fotos no eran ya las de una quinceañera, pero tampoco las de un artista, apenas como los esfuerzos de un reportero novato. Quiso charlar con alguien. Estaba conectado su primo.
          >Primo, primo -escribió Sergio.
          >Dime primo.
          >Estaba pensando cómo puedes irte haciendo buena fama con el observador de los steelers.
          >¿Cómo?
          >Diles que te han dicho que eres tan talentoso como Robert Mapplethorpe.
          >¿Quién?
          >Robert Mapplethorpe. Era safety de los Santos.
          >De los Saints? ¿Seguro?
          >Claro, pero se lesionó en su tercera temporada. Tú di eso, que eres igual de macho que él y se van a dar una idea de tu talento.
          >Bueno primo, si tú lo dices. Gracias.
          >¿Por qué me dijiste eso ayer? -apareció la ventana de Alejandra.
          >No sé... ¿Es imposible lo que dije?
          >Por supuesto, tú ya te vas a casar ¿no ibas a eso a tu curso?
     Se casa el perro, pensó Sergio, y no me ha dicho nada.
          >Pero tú viste que estuve dudando, ¿no es cierto? -aventuró.
          >Y eso ya qué importa.
          >Quizá no soy tan malo como piensas.
          >No creo que seas malo, nomás eres muy bien portado.
Bien portado. A Sergio le fastidiaba que Sebastián fuera tan bien portado, que hubiera borrado las lujurieces de su idioma, que dejara siempre quince por ciento de propina, que defendiera religiosamente el papel de la empresa porque ahí lo que importaba, decía, no era el dinero, sino la gente. Simón. Cabroncito bien portado. Pero, Sergio reconocía, también le envidiaba a Sebastián algo de ese tesón yuppie: que nada lo había distraído de cumplir sus sueños (dinero, estabilidad) aunque Sergio antes no sospechara que esos eran sus sueños.
          >Tengo un amigo, se llama Sergio -escribió Sergio- que me ha servido como ejemplo de lo que no quiero ser.
          >¿Cómo es?
          >No es tonto, pero es un güevón, es borracho, es mariguano, se siente artista.
          >Suena como a que ya no es tu amigo.
          >No sé, nada más pienso que no tiene remedio.
          >¿Por qué eran amigos?
          Sergio lo pensó un poco.
          >Nos reíamos de todo.
          >Está bien... Tú me llegaste a decir que querías una foto de mi riéndome, decías que era como más te gustaba.
          >¿Me la diste?
          >No. La siguiente vez que nos vimos me dijiste lo de tu boda.
     La hizo recordarle dónde trabajaba: en una vinatería La Europea que pertenecía al padre de ella, al sur ¿no recordaba él, Sebastián, que así se habían conocido, una vez que entró él a comprar un Rioja? Claro, lo recordaba. Y ella tenía el turno de la mañana ¿no? Pues claro.
      A la mañana siguiente fue a La Europea. Compró un tequila, miró a las despachadoras. Dos candidatas: una suave, bronceada, pequeñita, sencilla, no como las que de un tiempo a acá seducían a Sebastián; la otra más alta, blanca, de ojos verdes, nalgona, simpática y un poco vulgar, tampoco de las de Sebastián, aunque ésta a él le inquietó. Salió. Se apostó en la banqueta y estuvo tomándoles fotos durante media hora: en sus placas las dos chicas sonreían a un cliente (siempre tienen la razón esos hijos de puta, se dijo Sergio), explicaban las virtudes de tal vino, se decían un secreto al pasar, contaban dinero, ambas miraban desconcertadas un queso que les mostraba el dueño de la vinatería. Las reveló y digitalizó una, en la que se reían: una con timidez, la otra escandalosamente.
          >¿Qué crees? -le dijo a Alejandra-, ya la tengo.
          >¿Qué?
          >Tu foto, la foto donde te estás riendo. Le pedí a ese amigo que fuera a fotografiarte.
          >¿En serio? Déjame verla.
          Sergio envió el archivo.
          >¿Qué opinas?
          >Ay, Erika siempre me hace ver chaparra en las fotos.
Alejandra, la suave mujer bajita, esa era la que le había movido el tapete a Sebastián. Y la otra:
          >Erika, la grandota... es guapa.
          >Sí, y es muy reventada, a lo mejor hasta le gustaría a tu amigo.
          >¿Le gusta la fotografía?
          >Quién sabe, pero el cine sí, sobre todo las películas viejas.
     Esa noche Sergio se durmió mientras ensoñaba plácidamente con la imagen de Erika y él en un cine: él intentaba meterle mano, ella le golpeaba los brazos, decía "qué tentón eres, Sergio", y se reía.
 

 

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