I.
No puede decirse que la propuesta haya sorprendido a Sergio, sólo
fue una constatación: nada quedaba de la amistad adolescente
que habían prolongado a través de los: "Luego nos
hablamos
/ A ver cuándo comemos / Habríamos de vernos, ¿no?".
Se toparon, se saludaron y luego, como quien descubre una corbata en
oferta, a Sebastián se le había iluminado la cara y le
había ofrecido a Sergio quedarse un mes en su casa, mientras
él iba a un retiro espiritual con su novia. Sebastián
no se lo dijo, pero se trataba de un curso prematrimonial con curas
del Opus -aún dudaba si invitar o no a Sergio a la boda.
- Siéntete
como en tu casa -le había dicho al despedirse, pero Sergio entendió
las limitaciones de la oferta. No era como en la prepa, cuando los padres
de Sebastián se habían largado un fin de semana y ellos
se quedaron ahí, emborrachándose, comiendo en cualquier
parte y con las manos, como dos puercos felices; incluso habían
llevado una bailarina que los manoseó pero no la habían
encamado por falta de dinero. Años después, cuando Sergio
le recordó con añoranza aquel fin de semana, Sebastián
dijo que había sido una suerte no tener dinero para "degradarse"
pagándole a una prostituta.
Claro, el dinero. De un tiempo acá
de eso se trataba. La invitación de Sebastián era para
que le cuidara el dinero: el que había invertido en su estéreo,
en sus cuadros de pintores de moda, en sus muebles de diseñador;
en su estilo de vida. Era justo: el joven empresario podía irse
sin temer por la integridad de las cosas que lo definían así;
y el fotografito pobretón cumpliría un trabajo improductivo
que lo refrendaba como fotografito pobretón. Sergio había
traído su cámara, mas la cámara era una coartada
para disimular la apatía desde algún tiempo y depresiones
atrás.
- Es que
ha habido varios asaltos por aquí últimamente -había
explicado Sebastián-.
No te digo que seas mi velador, basta con que se vea que la casa está
habitada.
Así que lo quería
de su velador. Sergio sintió en el bolsillo el alarido de su
cartera, se alzó de hombros mentalmente, mentalmente se dijo
¿y qué? Y aceptó. Acordaron dos pagos, uno por
adelantado y el segundo al regreso de Sebastián.
-Siéntete como en tu casa -dijo Sebastián, maleta en mano,
la novia que no presentó aguardando en el Jetta-, verás
que te la pasas bien.
Se van. Hasta la vista, que mediten mucho.
Se fueron.
Sergio recogió en la sala su maleta,
subió al cuarto de huéspedes que le había sido
indicado mas, por un rabillo, atisbó la pieza de Sebastián.
Detour. Mmm. Cuánto más amplia. Televisión, DVD,
cama king size, roperote, espejo de cuerpo entero, ventana con vista
al parque, advirtió Sergio.
Se miró en el espejo de Sebastián.
Cómo no, musitó. Desempacó
en esa habitación y se preparó a recorrer sus posesiones.
II.
Fue hacia el sexto día que se le cruzó la computadora.
El primero sólo desempacó y durmió, los siguientes
tres estuvo viendo la serie completa de Mad about you en DVD, el quinto
había revisado la biblioteca pero desistió cuando, sobre
una mesita a la entrada, encontró dos libros, uno de Francis
Fukuyama y el otro de Paulo Coelho. Una nota encima: "Me gustaría
que leyeras estas obras. ¡Disfruta el verano! Sebastián."
Caja idiota. O libro idiota. Esa era la perspectiva.
Vio en el
estudio, junto a la computadora, los discos de Age of empires, la versión
más reciente. Cabroncito consentido, sonrió Sergio. Tomó
asiento, prendió la computadora, una belleza veloz.
Qué
no haría si tuviera una así, pensó, y una buena
cámara digital...
- A lo mejor
no haría nada -dijo en voz alta.
Ya metía
el disco del juego cuando escuchó las primeras notas de Yesterday
y advirtió un oso rojo titilando en el extremo inferior derecho
de la pantalla. Clicó en él, apareció una ventana
del Red Bear Messenger, en ella una carita feliz, en el siguiente renglón:
>¿Y
tú qué haces aquí?
Y en el
siguiente otra carita feliz.
Las frases
"¿me habla a mí?", "yo no hice nada",
y "¿quién carajos sabe que estoy aquí?"
se le enredaron a Sergio en la cabeza sin que ninguna terminara de formularse.
En la pantalla apareció:
>¿No
que te ibas a lo del curso con Elena?
>Sebastián
está en el curso con Elena, a mí me dejó en su
casa y encendí la computadora sin saber que se conectaba automáticamente
el chat -escribió Sergio, pero no envió el mensaje instantáneo;
iba a enviarlo cuando en la pantalla apareció otra carita feliz
y a Sergio se le encimó de pronto el fastidio. Mamoncito, murmuró.
Miró arriba en la ventana: "Quique", era el interlocutor.
Y Sebastián aparecía como "S".
Apagó
la computadora. Subió a la habitación, miró un
par de capítulos de Mad about you y luego se durmió enojado,
sin saber por qué.
III.
Salió temprano a su casa. Cargó químicos, guantes,
papel, focos negros. Volvió a lo de Sebastián e improvisó
un cuarto oscuro en uno de los baños de la planta baja. Aún
tuvo tiempo para salir y tomar fotos durante dos horas antes del crepúsculo.
Iba emocionado cuando salió, con un ímpetu que hacía
varias perezas no sentía. Sin embargo, en esas dos horas se sintió
como si cumpliera órdenes de una señora imbécil
que le ha pedido un estudio de su quinceañera. Sí, la
ciudad era una quinceañera vestida de rosa en sus fotos: cursi,
folclórica, sin aliento.
Volvió
con ganas de perder el tiempo. Encendió la computadora y estuvo
construyendo ciudades y matando cartagineses hasta las dos de la madrugada,
sin hacer caso de las notas de Yesterday ni del oso rojo en la pantalla.
Antes de irse a acostar abrió la ventana del chat y comprobó
que tres personas distintas le habían estado enviando mensajes,
todos preguntando qué hacía ahí ¿no que
se había ido al curso con Elena? Uno de ellos, "Flavio",
seguía en línea.
>¿Qué
te pasa que no contestas?
>Estaba
jugando -respondió Sergio.
>¿Entonces
sí estás en tu casa?
>No,
acá también hay computadoras.
Flavio tardó
un poco en contestar.
>Entiendo...
Yo también buscaría una computadora si fuera a estar un
mes encerrado con una virgen, jajaja.
Y añadió,
inmediatamente:
>Perdón
Sebastián, se me pasó, sé que no te gusta que haga
bromas con eso, disculpa.
>No hay
problema, puedes decir lo que quieras -escribió Sergio. Parecía
buena persona ese Flavio.