IX.
>Nononononononó
-escribió Sergio.
Ya
estaba por cumplirse un mes. Si el primo iba a visitar a Sergio aún
lo encontraría en el retiro. Cómo se le había pasado
el tiempo, entre una realidad en la pantalla y una tras la lente. Cómo
disfrutaba mostrarles a Sebastián, al otro Sebastián,
a los amigos de Sebastián. Cómo se entendía con
Alejandra, asumiendo los gustos y la memoria de Sebastián. Cómo
coqueteaba oblicuamente con Erika. Cómo se reía y le daba
ternura la conversación monotemática del primo, primo.
Cómo disfrutaba la malicia subversiva de Flavio y el desconcierto
de Quique. Pero carajo, cómo se acababan las cosas.
>No
primo, no puedes hacer eso.
>¿Por
qué no?
>Porque
es un retiro. Si recibo visitas me expulsan. Mejor nos vemos la próxima
semana cuando regrese y te llevo la foto de Mapplethorpe.
>Yo
diría que a eso ya no te arriesgues, Flavio, mira: mejor haz
esto, si puedes: mete las cosas robadas en la oficina de otras personas,
de los que peor te caigan.
>¡Claro!
¿Cómo no lo había pensado?
>Y
ya ahí le dejas, Flavio.
>Cómo
nos hemos reído Sebastián.
>Yo
arreglo todo, Quique, la gente en este país no sabe de estrategias
financieras.
>Dame
el teléfono de Erika para que le llame mi amigo, sobre nosotros
te voy a proponer algo.
>Bueno...
Es 55543144. ¿Qué me vas a proponer, Sebastián?
>Mañana
voy a hablar con Elena, y no sé qué le voy a decir, no
puedo asegurarte nada, pero te voy a pedir algo: llámame pasado
mañana y, antes de que yo diga nada pregúntame: Entonces
Sebastián ¿vas a salir conmigo?... ¿Sí?
Llámame.
>Pero...
Está bien.
Sergio
apagó por última vez la computadora. Guardó el
número de Erika en su cartera, desarmó el cuarto oscuro,
comenzó a hacer su maleta. Bajó a la cava de Sebastián,
tomó un vino alemán, lo abrió a mitad de la sala,
bebió una copa a manera de despedida del lugar, y cuando iba
a servirse la segunda golpeó accidentalmente la botella, que
se rompió y se desparramó sobre la blanca alfombra inmaculada.
X.
Abrió
con sus propias llaves, Sebastián. Encontró a Sergio sentado
en la sala, hojeando la Sección Amarilla.
-¿Se
divirtieron? -preguntó Sergio.
Elena puso cara de "no fuimos a divertirnos" y se dedicó
a observar a Sergio con curiosidad científica, o como si lo mirara
a través de un cristal para reconocer delincuentes.
-Estuvo
muy bien -dijo Sebastián-. ¿Tú qué tal te
la pasaste?
-Ahí...
recordando viejos tiempos.
-¿Ninguna
noticia?
-Esto
nada más -dijo Sergio, señalando la mancha en la alfombra-.
Pasó ayer. No he tenido tiempo de llamar a alguien para que lo
laven, justo ahora miraba números de servicio.
Los
tres miraron la mancha en la alfombra. Parecía una explosión
solar. Roja, violenta. Sebastián sonrió.
-No
te preocupes -dijo-, así como está como que le da un toque
interesante a la sala.
-Ay,
Sebastián, qué tonterías dices -exclamó
Elena, y se dio la vuelta rumbo a la cocina.
-Espero
que no te cause mucha bronca… -dijo Sergio.
-No,
hombre, nomás una botella derramada es buen buen saldo para haber
dejado tanto tiempo mi casa... Nada grave.
-Nada
con mala voluntad, al menos.
Sebastián
meditó unos segundos, luego, melancólico, o eso le pareció
a Sergio, dijo:
-Quiero
contarte algo importante.
Sergio
lo atajó con un gesto:
-Mejor
hablamos después, tengo que irme.
-¿Seguro?
Es importante.
-Seguro,
así me cuentas qué más te sucede en estos días.
Te llamo el fin de semana.
Se dieron
un abrazo. Sergio salió. Miró la casa desde la acera de
enfrente. Sacó la cámara y la colocó en el pequeño
trípode, sobre una banca, para ponerla en automático y
fotografiarse en el quicio de la puerta. Se detuvo a media calle. Regresó,
tomó una foto a la casa, sin él, guardó el equipo
y empezó a buscar una caseta telefónica.