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El triunfo y la Muerte

 

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Después de haber instruido a sus discípulos en el monte Meru, Krishna fue con ellos a las orillas del Djamena y del Gangueés, para convertir al pueblo. Entraba en las cabañas y se detenían en las poblaciones. Al atardecer, en los alrededores de las aldeas, la multitud se agrupaba a su alrededor. Lo que predicaba ante todo al pueblo era la caridad hacia el prójimo. “Los males con que afligimos a nuestros semejantes, decía, nos persiguen como la sombra al cuerpo. Las obras que tienen como base el amor al prójimo, son las que deben ser ambicionadas por el justo, pues serán las que pesen más en la balanza celeste. Si acompañas a los buenos, tus ejemplos serán inútiles; no temas el vivir entre los malos para conducirlos hacia el bien. El hombre virtuoso es semejante al árbol gigantesco, cuya bienhechora sombra da las plantas que le rodean la frescura de la vida”. A veces, Krishna, cuya alma desbordada ahora un perfume de amor, hablaba de la abnegación y del sacrificio con suave voz e imágenes seductoras: “Como la tierra soporta a quienes la pisotean y desgarran su seno al labrarla, así debemos devolver el bien por el mal. El hombre honrado debe caer bajo los golpes de los perversos como el árbol sándalo, que cuando se le corta, perfuma el hacha que le ha herido”. Cuando los semisabios, los incrédulos, le pedían les explicara la naturaleza de Dios, respondía con sentencias como ésta: “la ciencia del hombre sólo es vanidad: todas sus buenas acciones son ilusorias cuando no sabe relacionarlas a Dios. El que es humilde de corazón y de espíritu, es amado por Dios y no tiene necesidad de otra cosa. El infinito y el espacio pueden únicamente comprender lo infinito; solo Dios puede comprender a Dios.

 

No era esas las únicas cosas nuevas de sus enseñanzas. Embelesaba y arrastraba a la multitud, sobre todo por lo que decía del Dios vivo, de Vishnu. Enseñaba que el señor del universo se había encarnado ya más de una vez entre los hombres; se había manifestado sucesivamente en los siete Rishis, en Vyasa y en Vasichta, y se manifestaría aún de nuevo. Pero Vishnu, al decir de Krishna, gustaba a veces de hablar por bocas de los humildes: en un mendigo, en una mujer arrepentida, en un niño. Contaba al pueblo la parábola del pobre pescador Durga, que había encontrado a un niño medio muerto de hambre bajo un tamarindo. El buen Durga, aunque abrumado por la miseria y cargado de numerosa familia, que no sabia como alimentar, se emocionó de piedad por el pobre niño y lo llevó a su casa. El sol se había puesto, la luna subía sobre el Gangues, la familia había pronunciado la oración de la noche, cuando el niño murmuró a media voz: “El fruto del kataca purifica el agua; de igual modo las buenas acciones purifican el alma. Toma tus redes, Durga; tu barca flota sobre el Gangues”. Durga echó sus redes y cuando las retiró se rompían bajo el peso del pescado. El niño había desaparecido. Así, decía Krishna, cuando el hombre olvida su propia miseria por la de los demás, Vishnu se manifiesta y les hace dichoso en su corazón. Por medio de tales ejemplos, Krishna predicaba el culto de Vishnu. Todos se maravillaban de encontrar a Dios tan cerca de su corazón cuando hablaba el hijo de Devaki.

 

El renombre del profeta del monte Meru se difundió por la India. Los pastores que le habían visto crecer y habían visto crecer y habían asistido a sus primeras hazañas, no podían creer que aquel santo personaje fuera el Héroe impetuoso que habían conocido. El viejo Nanda había muerto. Pero sus dos hijas. Sarasvati y Nichdali, que Krishna amaba, Vivian aún. Diverso había sido su destino. Sarasvati, irritada por la partida de Krishna, había buscado el olvido en el matrimonio; había sido la mujer de casta noble, que la tomo por su belleza, pero en seguida la había repudiado y vendido a un Wayshia o comerciante. Sarasvati había dejado por desprecio a aquel hombre, para convertirse en una mujer de mala vida. Luego, un día, desolada en su corazón, llena de remordimientos y de asco, volvió hacia su país y fue a buscar secretamente a su hermana Nichdali.

 

Esta, pensando siempre en Krishna como si estuviera presente, no se había casado. Y vivía con un hermano como sirvienta. Sarasvati le contó sus infortunios y su vergüenza, y Nichdali le respondió:

 

__¡Pobre Hermana mía! Te perdono; pero mi hermano no te perdonará. Sólo Krishna podría salvarte.

 

Una llama brillo en los apagados ojos de Sarasvati.

 

__¡Krishna __dijo__. ¿Qué ha sido de él?

 

__es un santo, un profeta. Ahora predica en las orillas del Gangues.

 

__Vamos a buscarle __dijo Sarasvati__. Y las dos hermanas se pusieron en camino: la una agotada por las pasiones, la otra perfumada de inocencia, y, sin embargo, las dos consumidas por un mismo amor.

 

Krishna se disponía a enseñar su doctrina a los guerreros o Kchatryas. Por que por turno predicaba a los brahmanes, a los hombres de la casta militar y al pueblo. A los brahmanes les explicaba, con calma de la edad madura, las verdades profundas de la ciencia divina; ante los rajás celebraba las virtudes guerreras y familiares con el fuego de la juventud; al pueblo le hablaba, con la sencillez de la infancia, de caridad, de resignación y de esperanza.

 

Krishna estaba sentado a la mesa de un festín, en casa de un jefe renombrado, cuando dos mujeres pidieron ser presentadas al profeta. Las dejaron entrar a causa de su traje de penitentes: Sarasvati y Nichdali fueron a prosternarse ante los pies de Krishna. Sarasvati exclamó con emoción e inundada en lagrimas:

 

__Desde que nos dejaste, he pasado mi vida en el error y el pecado; pero si tú lo quieres, Krishna, puedes salvarme...

 

Nichdali añadió:

 

__¡OH, Krishna! Cuando te oí en otro tiempo, supe que te amaba para siempre; ahora que te vuelvo a encontrar en tu gloria, sé que eres el hijo de Mahàdeva.

 

Y las dos besaron sus pies. Los rajás dijeron:

 

__¿Por qué, santo rishi, dejas a esas mujeres del pueblo insultarle con sus palabras insensatas?

 

Krishna les respondió:

 

__Dejadlas expansionar su corazón: valen ellas más que vosotros. Porque esta tiene la fe y la otra el amor. Sarasvati, la pecadora, queda salvada desde este momento, porque ha creído en mi, y Nichdali, en su silencio, ha amado más la verdad que vosotros con todos vuestros gritos. Sabed, pues, que mi madre radiante, que vive en el sol de Mahàdeva, les enseñara los misterios del amor eterno, cuando todos vosotros estéis aún sumergidos en las tinieblas de las vidas inferiores.

 

A partir de aquel día, Sarasvati y Nichdali siguieron los pasos de Krishna con sus discípulos. E inspiradas por él, enseñaron a las otras mujeres.

 

Kansa reinaba aún en Madura. Después del asesinato del anciano Vasichta, el rey no había encontrado paz sobre su trono. La profecía del anacoreta se había realizado: el hijo de Devaki vivía. El rey le había visto, y ante su mirada había sentido fundirse su fuerza y su reinado. Temblaba por su vida como hoja seca, y frecuentemente, a pesar de sus guardias, se volvía bruscamente, esperando ver al joven héroe, terrible y radiante, ante su puerta. Por su parte, Nysumba, acostada en su lecho, en el fondo del gineceo, pensaba en sus poderes perdidos. Cuando supo que Krishna predicaba a las orillas del Gangueés, persuadió al rey a que enviara contra él una tropa, para que lo trajera atado. Cuando Krishna vio a los soldados, sonrió y les dijo:

 

__Sé quienes sois y por qué venís. Presto estoy a seguiros ante vuestro rey; pero antes dejadme hablaros del rey del cielo, que es el mío.

 

Y comenzó a hablar de Mahàdeva, de su esplendor y de sus manifestaciones. Cuando termino, los soldad0os rindieron sus armas a Krishna, diciendo:

 

__Enviale los personajes principales del reino.

 

Así se hizo. Fueron a la población en que Krishna predicaba. Habían prometido no escucharle. Pero cuando vieron el brillo de su mirada, la majestad de su aspecto, y el respecto que le tenia la muchedumbre, no pudieron privarse de escucharle. Krishna les hablo de la servidumbre interior de los que hacen el mal, y de la libertad celeste de los que hacen el bien.

 

Los Kchatryas quedaron sobrecogidos de gozo y de sorpresa, porque se sintieron como libertados de un peso enorme.

 

__En verdad, eres un gran mago __dijeron__, porque habíamos jurado conducirte ante el rey con cadenas de hierro; pero nos es imposible hacerlo, puesto que nos has libertado de las nuestras.

 

Fueron, pues, ante Kansa y le dijeron:

 

__No podemos traerte ese hombre. Es un profeta muy grande, y no tienes nada que temer de él.

 

El rey, viendo que todo era inútil, hizo triplicar sus guardias y poner férreas cadenas a todas las puertas de su palacio. Sin embargo, un día oyó un gran ruido en la ciudad, gritos de alegría y de triunfo. Los guardias vinieron a decirle: “Es Krishna, que entra en Madura, el pueblo hunde las puertas y rompe las cadenas de hierro”: Kansa quiso huir, pero los guardias mismos le obligaron a permanecer en su trono.

 

En efecto: Krishna, seguido de sus discípulos y de un gran numero de anacoretas, hacia su entrada en Madura, empavesada con estandartes, en medio de una multitud nutrida de hombres, que parecía un mar agitado por el viento. Entraba bajo la lluvia de guirnaldas y de flores. Todos le aclamaban, ante los templos, los brahmanes se agrupaban bajo plátanos sagrados, para saludar al hijo de Devaki, al vencedor de la serpiente, al héroe del monte Meru; pero sobre todo profeta de Vishnu. Seguido de brillante cortejo, y saludando como un libertador por el pueblo y los Kchatryas, Krishna se presento ante el rey y la reina.

 

__solo has reinado por la violencia y el mal __dijo Krishna a Kansa__, y has merecido mil muertes, por que has matado al santo anciano Vasichta. Sin embargo, no morirás aun. Quiero probar al mundo que no es quitándoles la vida como se triunfa de los enemigos vencidos, sino perdonándoles.

 

__Mago malvado __dijo Kansa__, me has robado mi corona y mi reino. Matame.

 

__Hablas como insensato __dijo Krishna__. Porque si murieras en tu estado de locura, de endurecimiento y de crimen, serias irremediablemente perdido en la otra vida. Si, al contrario, comienzas a comprender tu locura y a arrepentirte de ella, tu castigo será menor, y por la intercesión de los espíritus puros; Mahàdeva te salvara un día.

 

Nysumba, inclinada al oído del rey, murmuró:

 

__¡Insensato!, aprovecha la locura de su orgullo. En tanto que se vive, queda la esperanza de vengarse.

 

Krishna comprendió lo que había dicho, sin haberlo oído y le lanzó una mirada severa, de penetrante piedad.

 

__¡AH desgraciada!; siempre tu veneno. Corruptora, maga negra, tú no tienes ya en tu corazón más que el veneno de las serpientes. Extirpátelo, o algún día me vera obligado a aplastar tu cabeza. Y ahora irás con el rey a un lugar de penitencia para expiar tus crímenes, bajo la vigilancia de los brahmanes.

 

Después de estos acontecimientos, Krishna, con el consentimiento de los grandes del reino y del pueblo, consagro a Arjuna, su discípulo , el más ilustre descendiente de la raza solar, como rey de Madura, y dijo la autoridad suprema a los brahmanes, que se convirtieron en sus instructores de los reyes. Krishna continuo siendo el jefe de los anacoretas que formaron el consejo superior de brahmanes. A fin de substraer este consejo a las persecuciones, hizo construir para ellos y para sí una ciudad fuerte en medio de las montañas, defendía por una alta muralla y por la población escogida. Se llamaba Dwarka. En el centro de esta ciudad se encontraba el templo de los iniciados, cuya parte más importante estaba oculta en los subterráneos.

 

Entre tanto, cuando los reyes del culto lunar supieron que un rey del culto solar había subido al trono de Madura y que los brahmanes iban a ser los dueños de la india, formaron entre si una poderosa liga para arrojarle del trono. Arjuna, por su parte, agrupó a su alrededor a todos los reyes del culto solar, de la tradición blanca, aria, védica. Desde el fondo del templo de Dwarka, Krishna le seguía, les dirigía.. los dos ejércitos se encontraban en presencia, y la batalla decisiva era eminente. Sin embargo, Arjuna, al faltarle a su lado el maestro, sentía turbarse su espíritu y debilitarse su valor. Una mañana, al romper el día, Krishna apareció ante la tienda del rey, su discípulo.

 

__¿Por qué __dijo severamente el maestro__ no has comenzado el combate que ha de decidir si los ojos del sol o los de la luna van a reinar sobre la tierra?

 

__Sin ti no puedo hacerlo __dijo Arjuna__. Mira esos dos ejércitos inmensos y esas multitudes que van a padecer.

 

Desde la eminencia en que estaban colocados, el señor de los espíritus y el rey de Madura contemplaron los dos ejércitos innumerables alineados en orden, uno frente al otro. Se veían brillar las costas de malla dorada de los jefes; millares de guerreros, caballos y elefantes, esperaban la señal del combate. En este momento, el jefe del ejercito enemigos, el más anciano de los Kuravas, soplo en su caracola marina, en la gran caracola cuyo sonido parecía el rugido de un león. A este ruido pronto se oyó sobre el vasto campo de batalla un inmenso rumor, el relinchar de los caballos, un ruido confuso de armas, de tambores y de trompetas. Arjuna no tenia más que montar sobre su carro arrastrado por caballos blancos y soplar en su caracola azulada, de un azul celeste, para dar la señal de combate a los hijos del Sol. Pero, he aquí que el rey sintió fundirse su corazón, sumergido en la piedad y dijo muy abatido:

 

__Al ver esta multitud venir a la mano, siento decaer mis miembros: mi boca se seca, mi cuerpo tiembla, mis cabellos se erizan sobre mi cabeza, mi piel arde, mi espíritu gira en torbellinos. Veo malos augurios. Ningún bien puede venir de esa matanza. ¿Qué haremos con reinos, placeres y alegrías, en pie están ahí para batirse, olvidando su vida y sus bienes. Preceptores, padres, hijos, abuelos, nietos, tíos, parientes, van a degollarse. No tengo ganas de hacerlos morir para reinar sobre los tres mundos, y mucho menos aún para reinar sobre esa tierra. ¿Qué placer experimentaría yo en matar a mis enemigos? Una vez muertos los traidores, el pecado recaerá sobre nosotros.

 

__¿Cómo te ha sorprendido __dijo Krishna__, ese azote del miedo, indigno del sabio, fuente de infamia que nos arroja del cielo? No seas afeminado- ¡En pie!

 

Pero Arjuna, descorazonado, se sentó en silencio y dijo:

 

__No combatiré.

 

Entonces Krishna, el rey de los espíritus, replico con ligera sonrisa:

 

__¡OH, Arjuna! Te he llamado el rey del sueño para que tu espíritu esté siempre en vela. Pero tu espíritu se ha dormido, y tu cuerpo ha vencido a tu alma. Lloras sobre lo que no debiera llorar, y tus palabras están desprovistas de sabiduría. Los hombres instruidos no se lamentan ni por los vivos ni por los muertos. Yo y tú y esos conductores de hombres, siempre hemos existido, y jamás dejaremos de ser el futuro. De igual modo que el alma experimentara la infancia, la juventud y la vejez en este cuerpo, así también las sufrirá en otros cuerpos. Un hombre de discernimiento no se turba por ello. ¡Hijo de Bhâzrata!, soporta la pena y el placer con ecuanimidad. Aquellos a quienes estas cosas no alcanzan ya, merecen la inmortalidad. Los que ven la esencia real, ven la verdad eterna que domina al alma y al cuerpo. Sabelo pues: destruir lo Inagotable. Todos esos cuerpos no duraran: tu lo sabes. Pero los videntes saben también que el alma encarnada es eterna, indestructible e infinita. Por la razón, ¡Ve al combate, descendiente de Barata! Los que creen que el alma mata o muere, y no puede perder el ser que siempre ha tenido. Al modo como una persona se quita vestidos viejos para tomar otros nuevos, así el alma encarnada rechaza su cuerpo para tomar otros. Ni la espada la corta, ni el fuego la quema, ni el agua la moja, ni el aire la seca. Es impermeable e incombustible. Duradera, firme, eterna, ella atraviesa todo. Tu no deberías, pues, inquietarte del nacimiento ni de la muerte, ¡OH Arjuna!, porque para el que nace, la muerte es cierta, y para el que muere, lo es el renacimiento. Da frente a tu deber sin pestañear; porque para un Kchatryas nada hay mejor que un combate justo. ¡Dichosos los guerreros que consideran la batalla como la puerta abierta al cielo! Pero si no quieres combatir en este justo combate, caerás en el pecado, abandonando tu deber y tu fama. Todos los seres hablaran de tu infamia es peor que la muerte para el que ha sido elevado a los hombres.

 

A estas palabras del maestro, Arjuna quedo sobrecogido de vergüenza, y sintió hervir su sangre real con su valor. Entonces se lanzo sobre su carro y dio la señal del combate. Krishna dijo adiós a su discípulo y dejo el campo de batalla, porque estaba seguro de la victoria de los hijos del Sol.

 

Krishna había comprendido que, para hacer aceptar su religión a los vencidos, le era preciso ganar sobre su alma una ultima victoria, más difícil que la de las armas. De igual modo que el santo Vasichta había muerto, atravesado por una flecha por revelar la verdad suprema de Krishna, así Krishna debía morir voluntariamente bajo los golpes de un enemigo mortal, para implantar hasta el corazón de sus adversarios la fe que él había predicado a sus discípulos y al mundo. Sabia que el antiguo rey de Madura, lejos de hacer penitencia, se había refugiado en casa de su suegro Kalayeni, el rey de las serpientes. En su odio, siempre excitado por Nysumba, hacia vigilar a Krishna por espiás,  acechando la hora propicia para matarle. Krishna sentía, por otra parte, que su misión había terminado, y no pedía para ser completada más que el sello supremo del sacrificio. Por esta razón, ceso de evitar y de paralizar a su enemigo por el poder de su voluntad. Sabia que, si cesaba de defenderse por esta fuerza oculta, el golpe por el largo tiempo meditado le alcanzaría en la sombra. Pero el hijo de Devaki quería morir lejos de los hombres, en las soledades del Himavat. Allí se sentarían más cerca de su madre radiante, del sublime anciano, y del sol de Mahàdeva.

 

Krishna partió, pues, para una ermita que se encontraba en un lugar silvestre y desolado, al pie de las altas cimas del Himavat. Ninguno de sus discípulos había penetrado sus designios. Sólo Sarasvati y Nichdali los leyeron en los ojos del maestro por la adivinación que reside en la mujer y en el amor. Cuando Sarasvati comprendió que él quería morir. Se echó a sus pies, los beso con fuerza, y exclamó:

 

__¡Maestro, no nos dejes!

Nichdali le miró, y le dijo sencillamente:

 

__sé adonde vas. Puesto que te hemos amado, dejanos seguirte.

 

Krishna respondió:

 

__en el cielo, nada se rehusará al amor. Venid.

 

Después de un largo viaje, el profeta y las santas mujeres llegaron a unas cabañas agrupadas alrededor de un gran cedro sin hojas, sobre una montaña amarillenta y rocosa. Por un lado, las inmensas cúpulas de nieve del Himavat. Del otro, en la profundidad, un dédalo de montañas; a lo lejos, la llanura, la India perdida como un sueño en una bruma dorada. En aquella ermita vivían algunos penitentes vestidos con cortezas de árbol, con los cabellos en desorden y la barba larga sobre un cuerpo lleno de fango y de polvo, con miembros disecados por el soplo del viento y el calor del sol. Algunos sólo tenían su piel seca sobre el esqueleto. Viendo aquel lugar triste, Sarasvati exclamó:

 

__La tierra esta lejos y el cielo es mudo. Señor ¿Por qué nos has conducido a este desierto abandonado de Dios y de los hombres?

 

__Ora __respondió Krishna__, si quieres que la tierra se acerque y que el cielo te hable.

 

__Contigo el cielo siempre está presente __dijo Nichdali__; pero ¿Por qué el cielo quiere abandonarnos?

 

__Es preciso __dijo Krishna__ que el hijo de Mahàdeva muera atravesado por una flecha, para que el mundo crea en su palabra.

 

__Explicanos ese misterio.

 

__Ya lo comprenderéis después de mi muerte. Oremos.

 

Durante siete días hicieron rezos y abluciones. El semblante de Krishna se transfiguraba y parecía más radiante. El séptimo día, hacia la puesta del sol, las dos mujeres vieron a unos arqueros subir hacia la ermita.

 

__Ahí están los arqueros de Kansa que te buscan __dijo Sarasvati__. Maestro, defiéndete.

 

Pero Krishna, de rodillas al lado del cedro, no salía de su oración. Los arqueros llegaron y miraron a las mujeres y a los penitentes. Eran soldados rudos, de caras amarillas y negras. Al ver la figura estática del santo, se detuvieron. Al pronto, trataron de sacarle de su éxtasis dirigiéndole preguntas, injuriándole y arrojándole piedras. Pero nada pudo hacerle salir de su inmovilidad. Entonces se arrojaron sobre él y le ataron al tronco del cedro. Krishna dejo hacer todo esto como un sueño. Luego, los arqueros, colocándose a distancia, se pusieron a tirar sobre él, excitándose los unos a los otros. A la primera flecha que lo atravesó, broto la sangre, y Krishna exclamó: “Vasichta, los hijos del sol han vencido”. Cuando la segunda flecha vibro en su carne, dijo: “Madre mía radiante, que los que me aman entren conmigo a la luz”. A la tercera, dijo solamente: “¡Mahàdeva!” y luego, con el nombre de Brahma, entrego el espíritu.

 

Se había puesto el Sol. Un gran viento se elevó, una tempestad de nieve bajo del Himavat sobre la tierra. El cielo se veló. Un torbellino negro barrió las montañas. Aterrados de lo que habían hecho, los asesinos huyeron, y las dos mujeres, heladas de espanto, rodearon desvanecidas sobre el suelo como bajo una lluvia de sangre. El cuerpo de Krishna fue quemado por sus discípulos en la ciudad santa de Dwarka. Sarasvati y Nichdali se arrojaron a la hoguera para unirse a su dueño y maestro, y la multitud creyó ver al hijo de Mahàdeva lleno de luz, con sus dos esposas.

 

Después de esto, una gran parte de la India adopto el culto de Vishnu, que conciliaba los cultos solares y lunares en la religión de Brahma.

 

 

 

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