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Irradiación del Verbo Solar

 

 

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Tal es la leyenda del Krishna, reconstituida en su conjunto orgánico y colocada en la perspectiva de la historia.

 

Ella arroja una viva luz sobre los orígenes del Brahmanismo. Claro que es imposible probar por documentos positivos que tras del mito de Krishna se oculta un personaje real. El triple velo que cubre el embrión de todas las religiones orientales, es más espeso en la India que en parte alguna, porque los brahmanes, dueños absolutos de la sociedad India, únicos guardianes de sus tradiciones, las han modelado y reformado con frecuencia en el curso de las edades. Pero es justo añadir que han conservado fielmente todos los elementos constitutivos, y que, si su doctrina sagrada se ha desarrollado con los siglos su centro no se ha desplazado jamás. No podemos, pues, como lo hace la mayor parte de los sabios europeos, explicar una figura como la de Krishna, diciendo: “Es un cuento de nodriza injertado en un mito solar, con una fantasía filosófica hilvanada sobre conjunto”. No es así, creemos, como se funda una religión que dura miles de años, engendra una poesía maravillosa, varias grandes filosofías, reside al ataque formidable del budismo; a las invasiones mongolas, mahometanas, a la conquista Inglesa, y conserva hasta en su decadencia profunda el sentimiento de su inmemorial y alto origen.

 

No: siempre hay un grande hombre en el origen de una gran institución. Considerando el papel predominante del personaje Krishna en la tradición épica y religiosa, sus aspectos humanos por una parte, y por la otra, su identificación constante con Dios manifestado o Vishnu, fuerza nos es creer que él fue creador del culto Vishnuita, que dio al Brahmanismo su virtud y su prestigio. Es, pues, lógico admitir que en medio del caos religioso y social que creaba en la India primitiva la invasión de los cultos naturistas y apasionados, apareció un reformador luminoso que renovó la pura doctrina aria por la idea de la Trinidad y del Verbo divino manifestado, que puso el sello a su obra por el sacrificio de su vida, y dio así a la India su alma religiosa, su forma nacional y su organización definitiva.

 

La importancia de Krishna no parecerá aún mayor y de un carácter realmente universal, si notamos que su doctrina encierra dos ideas madres, dos principios organizadores de la religiones y de la filosofía esotérica. Estos son: la doctrina orgánica de la inmortalidad del alma o de las existencias progresivas por la reencarnación, y la que corresponde a la Trinidad o Verbo divino revelado en el hombre. No he hecho más que indicar el alcance filosófico de esta concepción central que, bien comprendida, tiene su repercusión animadora en todos los dominios de la ciencia, del arte y de la vida. Debo limitarme, para concluir, a una histórica.

 

La idea de que Dios, la Verdad, la belleza y la bondad infinita se revelan en el hombre conciente con un poder redentor que resalta hasta las profundidades del cielo por fuerza del amor y del sacrificio, esa idea fecunda entre todas, aparece por primera vez Krishna. Ella se personifica en el momento en que, saliendo de su juventud aria, la humanidad va a hundirse más y más en el culto de la materia. Krishna le releva la idea del Verbo divino; ella no lo olvidará ya. Y tendrá tantas más sed de redentores y de hijos de Dios, cuanto más profundamente sienta su descenso. Después de Krishna, hay como una poderosa irradiación del verbo solar a través de los templos de Asia, de Africa y de Europa. En Persia, es Mitras, el reconciliador del luminoso Ormuzd y del sombrío Ahrimán; en Egipto, es Horas, el hijo de Osiris y de Isis; en Grecia, es Apolo, el Dios del Sol y de la Lira; Dionisos, el resucitador de las almas. En todas partes el Dios solar es un Dios mediador, y la luz es también la palabra de vida. ¿No es de ella también de donde broto la idea mesiánica? Sea ello lo que quiera, por Krishna entró esa idea en el mundo antiguo: por Jesús irradiara sobre toda la tierra.

 

Mostraré en lo que sigue de esta historia secreta de las religiones, como la doctrina del ternario divino se liga a la del alma y de su evolución, cómo y por qué ellas se suponen y se completan recíprocamente. Digamos ante todo que su punto de contacto, forma el centro vital, el foco luminoso de la doctrina esotérica. A no considerar las grandes religiones de la India, del Egipto, de Grecia y de Judea más que por el lado exterior, no ve otra cosa que discordia, superstición y caos. Pero sondead los símbolos, interrogad a los misterios, buscad la doctrina madre de los fundadores y de tortuosos, se llegara al mismo punto; de suerte que penetrar en el arcano de una de esas religiones, es también penetrar en los de las otras. Entonces se produce un fenómeno extraño. Poco a poco en una esfera creciente, se ve brillar la doctrina de los iniciados en el centro de las religiones, como un sol que disipa su nebulosa. Cada religión aparece como un planeta distinto. Con cada una de ellas cambiamos de atmósfera y de orientación celeste, pero siempre el mismo Sol nos ilumina. La India, la gran soñadora nos sumerge con ella en el sueño de la eternidad. El Egipto grandioso, austero como la muerte, nos invita al viaje de la ultratumba. La Grecia encantadora nos arrastra a las fiestas mágicas de la vida, y da a sus misterios la seducción de las formas, tan encantadoras como terribles, de su alma siempre apasionada. Pitágoras, en fin, formula científicamente la doctrina esotérica, la da quizá la expresión más completa y más sólida que haya jamás tenido; platón y los Alejandrinos no fueron más que sus vulgarizadotes. Acabamos de remontarnos hasta su fuente en los juncares del Gangueés y las soledades del Himalaya.

 

 

 

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