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Iniciación
T U T 69
Entre tanto el rey Kansa, al saber que su
hermana Devaki había vivido con los anacoretas, sin haberla podido descubrir,
empezó a perseguirlos como bestias feroces, teniendo aquellos que refugiarse en
la parte más recóndita y más salvaje de la selva. Entonces su jefe, el viejo
Vasichta, el centenario, se puso en camino para hablar al rey de Madura. Los
guardias vieron con admiración aparecer ante las puertas del palacio un anciano
ciego, guiado por una gacela que llevaba atada. Llenos de respeto al rishi, le
dejaron pasar. Básica se aproximo al trono, donde Kansa estaba sentado al lado
de Nysumba, y le dijo:
__Kansa, el rey de Madura, desgraciado de
ti, hijo del Toro, que persigues a los solitarios de la selva santa. Desgraciada de ti hija de la serpiente, que le
inspiras el odio. Vuestro castigo esta próximo. Sabed que el hijo de Devaki
vive. Vendrá cubierto con una armadura invulnerable y te arrojara desde tu
trono a la ignominia. Ahora, temblad y temed; es el castigo que los Devas os
asignan.
Los guerreros, los guardias, los
servidores, se habían prosternado ante el santo centenario, que volvió a salir
conducido por su gacela, sin que nadie se atreviera a tocarle. Pero a partir de
aquel día, Kansa y Nysumba pensaron en los medios de hacer morir secretamente
al rey de los anacoretas. Devaki había muerto, y nadie, aparte de Vasichta,
sabia que Krishna era su hijo. El ruido de las hazañas de este había llegado a
oídos del rey. Kansa pensó: “tengo necesidad de un hombre fuerte para
defenderme. El que ha matado a la gran serpiente de Kalayeni, no tendrá miedo
del anacoreta”. Kansa mando decir al patriarca Nanda: “Enviame al joven héroe
Krishna para que sea el conductor de mi carro y mi primer consejero”. Nanda comunico a Krishna la orden del rey
y Krishna respondió. “Iré”. Aparte pensaba: “¿Ela rey da Madura será Aquel que
no cambia jamás? Por que él sabré donde esta mi madre”.
Kansa, viendo la fuerza, la destreza y la
inteligencia de Krishna, le estimaba mucho y le confió la guardia de su reino.
Nysumba, al ver al héroe del monte Meru, se estremeció en su carne con un deseo
impuro, y su espíritu sutil tramo un proyecto tenebroso a la luz de un
pensamiento criminal.
Sin que el rey lo supiera, llamo a su
gineceo al conductor del carro. Como maga que era poesía el arte de
rejuvenecerse momentáneamente por medio de filtros poderosos. El hijo de Devaki
encontró a Nysumba, la de los senos de ébano, casi desnuda, sobre un lecho de
púrpura: anillos de oro ceñían sus tobillos y sus brazos; una diadema de
piedras preciosas chispeaba sobre su cabeza. A sus pies ardía un pebetero de
cobre, del que se escapaba una nube de perfumes.
__Krishna __dijo la hija del rey de las
serpientes__; tu frente es más tranquila que la nieve del Himavat y tu corazón
es como la punta del rayo. En tu inocencia resplandeces sobre los reyes de la
tierra. Aquí, nadie te ha reconocido; tú te ignoras a ti mismo. Solo yo se
quien eres; los Devas han hecho de ti el dueño de los hombres; sólo yo puedo
hacer de ti el dueño del mundo: ¿Quiénes?
__Si Mahàdeva habla por tu boca __dijo
Krishna con grave acento me dirás dónde está mi madre y donde la encontrare al
gran anciano que me habló bajo los cedros del monte Meru.
__¿Tu madre? __dijo Nysumba con desdeñosa
sonrisa__; no soy yo ciertamente quien te lo enseñara; en cuanto a tu anciano,
no le conozco.
Mientras hablaba así, la reina se había
levantado imperiosa, fascinante, terrible como una hermosa serpiente. En pie
sobre su lecho, lanzo con sus ojos negros una llama tan sombría en los ojos
límpidos de Krishna, que esté se estremeció espantado. En aquella mirada, el infierno
apareció. Vio el abismo del templo de Kali, diosa del Deseo y de la Muerte, y
las serpientes que allí se retorcían en una agonía eterna. Entonces,
repentinamente, los ojos de Krishna parecieron como dos dagas. Sus miradas
traspasaron a la reina de parte a parte, y el héroe del Monte Meru exclamó:
__Soy fiel al rey que me ha tomado por
defensor; pero tú, sabelo; morirás.
Nysumba lanzo un grito penetrante, y rodó
sobre su cama, mordiendo la púrpura. Toda su juventud ficticia se había
desvanecido, volviéndose vieja y arrugada. Krishna, dejándola con su cólera,
salio.
Perseguido noche y día por las palabras
del anacoreta, el rey de Madura dijo a su conductor de carro:
__desde que el enemigo ha puesto el pie
en mi palacio, no duermo ya en paz sobre mi trono. Un mago infernal llamado
Vasichta, que vive en una profunda selva, ha venido a lanzarme su maldición.
Desde entonces, no respiro: el anciano ha emponzoñado mis días. Pero contigo no
temo nada, no le temo. Ven conmigo a la selva maldita. Un espiá que conoce
todos los senderos nos conducirá.
En cuando le veas, corre hacia él y
hiérele, sin darle tiempo a decirte una palabra o lanzarte una mirada. Cuando
esté herido mortalmente, preguntale donde esta el hijo de mi hermana Devaki, y
cual es su nombre. La paz de mi reino depende de este misterio.
__En verdad __respondió Krishna__ no he
tenido miedo de Lalayerni ni de la serpiente de Kali. ¿Quién podría hacerme
temblar ahora? Por poderoso que sea ese hombre, sabré lo que te oculta.
Disfrazados de cazadores, marchaban sobre
un carro tirado por caballos fogosos; el espiá que había explorado la selva,
iba detrás. Era el principio de la estación de lluvias. Los ríos se henchían,
las plantas recubrían los caminos, y la línea blanca de las cigüeñas surcaba
las brumas. Cuando se aproximaron al bosque sagrado, el horizonte se
ensombreció, el sol se velo, la atmósfera se lleno de una niebla cobriza. Del
cielo tempestuoso pendían nubes como trombas, sobre la cabellera asustada de
los bosques.
__¿Por qué __dijo Krishna al rey__ el
cielo se ha obscurecido de repente, y la selva se pone negra?
__Lo sé __dijo el rey de Madura__: es
Vasichata, el malvado solitario, que ensombrece el cielo y eriza contra mi el
bosque maldito. Pero, Krishna, ¿tienes miedo?
__Aunque el cielo cambie de aspecto y la
tierra de color, nada temo.
__Entonces, avanza.
Krishna fustigo a los caballos, y el
carro entro bajo la sombra espesa de los baobab, corriendo algún tiempo con
velocidad maravillosa. Pero la selva se volvía cada vez más salvaje y más
terrible. Los relámpagos la iluminaron; el trueno retumbó.
__jamás __dijo Krishna__ he visto el
cielo tan negro ni retorcerse así los arbolés. ¡bien poderoso es tu mago!
__Krishna, matador de serpientes, héroe
del monte Meru, ¿tiene miedo?
__Aunque la tierra tiemble y el cielo se
hunda, no tengo miedo.
__Entonces, ¡adelante!
De nuevo el intrépido conductor fustigo a
los caballos, y el carro continuo su carrera. Entonces, la tempestad se volvió
tan espantosa que los arbolés gigantes se inclinaron. La selva sacudida gimió
como estremecida por el alarido de mil demonios. El rayo cayo al lado de los
viajeros; un boabad roto obstruyó el camino; los caballos se detuvieron, y la
tierra tembló.
__¿Es, pues, un dios tu enemigo? __dijo
Krishna__. Porque Indra mismo le protege.
__Tocamos al objetivo __dijo el espiá del
rey__: mira este sendero entre el césped. Al final se ve una cabaña miserable.
Allí habita Vasichta, el gran muni, el que alimenta a los pájaros, temido por
las fieras y protegido por una gacela. Pero ni por una corona de rey daré un
paso más.
A estas palabras, el rey de madura se
había puesto libido. “¿es allí, realmente, detrás de los arbolés?” Y cogiéndose
tembloroso a Krishna, murmuro en voz baja, estremeciéndose todos sus miembros:
__Vasichta, Vasichta, el que medita mi
muerte, esta allí. Me ve desde el fondo de su retiro... Su ojo me persigue:::
¡Liberame de él!
__Si, por Mahàdeva __dijo Krishna,
bajando del carro y saltando por encima del tronco de boabad__ , quiero ver al
que te hace temblar así.
El muni centenario Vasichta vivía hacia
un año en aquella cabaña escondido en lo libertado de la prisión de la materia.
Sus ojos se habían extinguido, pero vivía en una unidad perfecta con el
espíritu soberano. No veía ya las cosas de este mundo más que a través de la
luz de Brahma, rezando, meditando sin cesar. Un discípulo fiel le llevaba
diariamente a la ermita los granos de arroz de que vivía. La gacela, que comía
en su mano, le advertía bramando de la proximidad de las fieras. Entonces las
alejaba murmurando mantra, y extendiendo su bastón de bambú de siete nudos. En
cuanto a los hombres, quienesquiera que fuesen, los veía venir por medio de su
mirada interna, desde varias leguas de distancia.
Krishna marchando por el estrecho sendero, se encontró de repente
a Vasichta. El rey de los anacoretas estaba sentado, las piernas cruzadas sobre
una estera, apoyado contra el poste que sostenía su cabaña, en paz profunda. De
sus ojos de ciego salía un resplandor interno de vidente. En cuanto Krishna le
vio, reconoció que era “¡el sublime anciano!”. Sintió una conmoción de alegría,
y el respeto inclino hacia él su alma entera. Olvidando al rey, su carro y su
reino, se arrodillo ante el santo y le adoró.
Vasichta parecía verle. Su cuerpo,
apoyando en la cabaña, se enderezó por una ligera oscilación, extendió los dos
brazos para bendecir a su huésped y sus labios murmuraron la silaba sagrada: ¡AUM!
El rey de Kansa, al no oír nada, ni ver
volver a su conductor, se deslizo con furtivo paso por el sendero y quedo
petrificado de asombro viendo a Krishna arrollidado ante el santo anacoreta.
Este dirigió a Kansa sus ojos de ciego y, levantando su bastón, dijo: __Rey de
Madura, vienes a matarme; está bien. Porque vas a libertarme de la miseria de
este cuerpo. ¿quieres saber donde esta el hijo de tu hermana Devaki, que ha de
destronarte? Helo aquí, inclinado ante mi y ante Mahàdeva, y es Krishna, tu
enemigo más terrible es ese mismo. Me lo has traído para que yo le diga que es
el predestinado. ¿Tiembla! Estas perdido, pues tu alma infernal va a ser presa
de los demonios.
Kansa escuchaba estupefacto. No osaba
mirar al anciano cara a cara pálido de ira y viendo a Krishna de rodillas,
cogió su arco, y teniéndolo con toda su fuerza, lanzo una flecha contra el hijo
de Devaki. Pero el brazo había temblando, y la flecha se desvió, yéndose a
clavar en el pecho de Vasichta, que con los brazos en cruz, parecía esperarla
como en éxtasis.
Un grito se oyó, un grito terrible, no
del pecho del anciano, sino del Krishna. El había sentido vibrar la flecha en
su oído, la había visto en la carne del santo... y le parecía que se había
identificado con la del rishi. Con esta flecha aguda, todo el dolor del mundo
traspaso el alma de Krishna, la desgarro hasta sus profundidades.
Entre tanto. Vasichta, con la flecha en
su pecho, sin cambiar de postura, agitaba aún los labios y murmuró:
__Hijo de Mahàdeva, ¿Por qué lanzar ese grito? Matar es vano. La
flecha no puede herir el alma, y la victima es el verdadero asesino: triunfa,
Krishna; el destino se cumple; yo vuelvo a Aquel que no cambia Jamás. Que
Brahma reciba mi alma. Pero tú, su elegido, el salvador del mundo, ¡en pie!,
¡Krishna! ¡Krishna!
Y Krishna se levanto con la mano en su
espada; quiso volverse contra el rey. Pero Kansa había huido.
Entonces un resplandor hendió el negro
cielo, y Krishna cayo a tierra como herido por el rayo bajo una luz
deslumbradora. Mientras su cuerpo permanecía insensibles, su alma, unida a la
del anciano, por que el poder de la simpatía, subió en los espacios. La tierra,
con sus ríos, sus mares, sus continentes, desapareció como una esfera y los dos
se elevaron al séptimo cielo de los de Devas, hasta el padre de los seres, el
sol de los soles, Mahàdeva, la inteligencia divina. Ambos se sumergieron en un
océano de luz que se abría ante ellos. En el centro de la esfera, Krishna vio a
Devaki, su madre radiante, su madre glorificada, que con su sonrisa inefable,
le tendía los brazos, le atraía a su seno. Millares de Devas venían a beber en
la radiación de la Virgen-Madre, como en un foco incandescente. Y Krishna se
sintió reabsorbido en una mirada de amor de Devaki. Entonces, del corazón de la
madre luminosa, su ser irradio a través de todos los cielos. Sintió que él era
el Hijo, el alma divina de todos los seres, la palabra de Vida, el Verbo
creador superior a la vida universal: él la penetraba, sin embargo, por la
esencia del dolor, por el fuego de la oración y de la felicidad de un divino
sacrificio*.
Cuando Krishna volvió en sí, el trueno
retumbaba aún en el cielo, la selva estaba sombría y torrentes de lluvia caían
sobre la cabaña. Una gacela lamía la sangre sobre el cuerpo del asceta
atravesado, “El anciano sublime” ya no era más que un cadáver. Pero Krishna se
levanto como resucitado. Un abismo le separaba del mundo y de sus vanas
apariencias. El había percibido la gran verdad y comprendió su misión. En
cuanto al rey Kansa, lleno de espanto, huía sobre su carro perseguido por la
tempestad, y sus cabellos se encarnizaban como fustigados por mil demonios.
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