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La juventud de Krishna
T U T 69
Al pie del monte Meru se extendía un
fresco valle lleno de praderas y dominado por vastos bosques de cedros, por
donde pasaba el soplo puro del Himavat. En este alto valle habitaba un pueblo
de pastores sobre el cual reinaba el patriarca Nanda, amigo de los anacoretas.
Allí Devaki encontró un refugió contra las persecuciones del tirano de Madura;
y allí, en la morada de Nanda, nació su hijo Krishna. A excepción de Nanda,
nadie supo quien era la extranjera y donde procedía aquel hijo. Las mujeres del
país dijeron únicamente: “Es hijo de los Gandharvas. Por que
los músicos de Indra deben haber presidido a los amores de esa mujer que parece
una ninfa celeste, una Apsara”. El hijo maravilloso de la mujer desconocida
creció entre los rebaños y los pastores, ante los ojos de su madre. Le llamaban
“el Radiante”, por que su sola presencia, su sonrisa y sus grandes ojos tenían
el don de difundir la alegría. Animales, niños, mujeres, hombres, todo el mundo
le quería, y él parecía querer a todo el mundo, sonriendo su madre, jugando con
las ovejas y los niños de su edad o hablando con los viejos. El niño Krishna no-tenia
temor alguno; lleno de audacia ejecutaba acciones sorprendentes. A veces se le
encontraba en los bosques, recostado sobre el musgo, abrazando a jóvenes panteras
y abriéndoles la boca sin que se atreviesen morderle. Tenia también inmovilidades
repentinas, admiraciones profundas, tristezas extrañas. Entonces se apartaba de
todos los seres. Krishna adoraba a su joven madre, tan bella, tan radiante, que
le hablaba del cielo de los Devas, de combates heroicos y de cosas maravillosas
que ella había aprendido con los anacoretas. Y los pastores que conducían sus
rebaños bajo los cedros del monte Meru, decían: “¿Quién es esta madre y quien
su hijo? Aunque vestida como nuestras mujeres, parece una reina. El hijo
maravilloso se ha criado con los nuestros, y sin embargo no se les parece. ¿Es
un genio? ¿Es un Dios? Quienquiera que sea, nos traerá felicidad”.
Cuando Krishna tuvo quince años, su madre
Devaki fue vuelta a llamar por el jefe de los anacoretas. Un día desapareció
sin decir adiós a su hijo. Krishna, no viéndola ya, fue a buscar al patriarca
Nanda y le dijo:
__¿Dónde esta mi madre?
Nanda respondió, inclinando la cabeza:
__Hijo mío, no me lo preguntes. Tu madre
ha partido para largo viaje. Ha vuelto al país de donde vino, y no sé cuando
volverá.
Krishna no respondió nada, pero cayo en
una meditación tan profunda que todos los niños se apartaban de él como
sobrecogidos por un temor supersticioso. Krishna abandono a sus compañeros,
dejo sus juegos, y perdido en sus pensamientos, se fue solo por el monte Meru y
erró así durante varias semanas. Una mañana llego a una alta cima cubierta de arbolés,
desde donde la vista se extendía sobre la cordillera del Himavat. De repente
diviso cerca de él un anciano, de elevada estatura, vestido con el traje blanco
de los anacoretas, en pie bajo los cedros gigantescos, bañado por la luz
matutina. Parecía un centenario; su barba de nieve y su frente brillaban con majestad.
La joven complacencia sobre Krishna. Este quedo tan maravillado al verle, que enmudeció
lleno de admiración. Aunque por primera vez le veía, le pareció
__¿A quien buscas? __Dijo por fin el
anciano.
__A mi madre.
__Tu madre no esta ya aquí.
__¿Dónde la encontraré?
__Al lado de Aquel que no cambia nunca.
__¿Pero, cómo encontrar a Aquel?
__Busca.
__Y a ti, ¿te volveré a ver?
__Sí; cuando la hija de la serpiente
incite al crimen al hijo del toro entonces me volverás a ver en una aurora de púrpura.
Entonces mataras al toro y aplastaras la cabeza de la serpiente. Hijo de Mahàdeva,
sabé que tú y yo no formamos más que uno solo en aquel. ¡Busca, busca, busca
siempre!
Y el centenario extendió las manos en
signo de bendición. Después se volvió dando algunos pasos bajo los altos
cedros, en dirección del Himavat. De pronto pareció a Krishna que su forma
majestuosa se volvía transparente, después temblorosa, y desapareció en el
brillo de las finas hojas de las ramas, en una vibración luminosa.
Cuando Krishna descendió del Monte Meru, parecía
como transformado. Una energía nueva irradiaba de su ser. Reunió a sus
compañeros y les dijo. “Vamos a luchar contra los toros y las serpientes; vamos
a defender a los buenos y a subyugar a los malvados”.
Con el arco en la mano y la espada al
cinto, Krishna y sus amigos, los hijos de sus pastores, convertidos en
guerreros, comenzaron a batir las selvas luchando contra las bestias feroces. En
el fondo de los bosques, se oían los aullidos de las hienas, los chacales, los
tigres, y los gritos de triunfo de los jóvenes: Krishna mato y domo leones,
hizo guerra a reyes y liberto a tribus oprimidas. Mas la tristeza invadía el
fondo de su corazón. Su alma solo tenia un deseo profundo, misterioso, oculto:
encontrar a su madre y volver a hallar al extraño y sublime anciano. Recordaba sus
palabras “¿No me dijo que me prometió que le vería cuando aplastaste la cabeza
de la serpiente? ¿No me dijo que encontraría a mi madre al lado de Aquel que no
cambia nunca?” pero por mucho que luchaba y vencía, no había vuelto a ver ni al
viejo sublime ni a su madre radiante. Un día oyó hablar de Kalayeni, el rey de
las serpientes, y pidió luchar con el más terrible de sus animales en presencia
del mago negro. Se decía que aquel animal, adiestrado por Kalayeni, había ya
devorado centenares de hombres, y que su mirada helaba de espanto a los más
valientes. Del fondo del templo tenebroso de Kali, Krishna vio salir, a la voz
de Kalayeni, un largo reptil azul verdoso. La serpiente enderezo lentamente su
cuerpo grueso, hincho su cresta rojiza, y sus ojos penetrantes se encendieron
en su cabeza monstruosa, cubierta de conchas relucientes. “esta serpiente, dijo
Kalayeni, sabe muchas cosas, es un demonio poderoso. No se las dirá más que a quien
la mate; ella mata a los vencidos. Te ha visto, te mira, estas en su poder. Solo
te resta adorarla o perecer en una lucha insensata”. A estas palabras, Krishna se
indigno, porque sentía que su corazón era como la punta de un rayo. Miro a la
serpiente y se lanzo sobre ella, cogiéndola por debajo de la cabeza. Hombre y
serpiente rodaron por las escaleras del templo. Pero antes que el reptil se le
hubiese enroscado, Krishna le corto la cabeza con su espada y, desembarazándose
del cuerpo, que se retorcía aun, el joven vencedor levanto, con aire de
triunfo, la cabeza de la serpiente, en su mano izquierda. Aquella cabeza vivía aun;
miraba a Krishna y le dijo: “¿Por qué me has matado, hijo de Mahàdeva? ¿Crees
encontrar la verdad matando a los vivos? ¿Insensato! : no la encontraras más
que agonizando tú mismo. La muerte esta en la vida, la vida esta en la muerte. Teme
a la hija de la serpiente y a la sangre vertida. ¿Guardate! ¿Ten cuidado!”. Hablando
así, la serpiente murió. Krishna dejo caer la cabeza del reptil y se marcho
lleno de horror. Kalayeni dijo: “No puedo nada sobre este hombre: sólo Kali podría
dominarle con un encanto”.
Tras un mes de abluciones y de oración en
la orilla del Gangueés, luego de haberse purificado en la luz del sol y en el
pensamiento de Mahàdeva, Krishna volvió a su país natal, entre los pastores del
monte Meru.
La luna de otoño mostraba sobre los
bosques de cedros su globo resplandeciente; de noche el aire embalsamaba con el
perfume de los lirios silvestres, donde las abejas murmuraban durante el día. Sentado
bajo un gran cedro, al borde de una pradera, Krishna, cansado de los vanos
combates de la tierra, soñaba en combates celestes y en lo infinito del cielo. Cuando
más pensaba en su radiante madre y en el anciano sublime, más sus hazañas juveniles
le parecían despreciables, y más las cosas del cielo se le hacían vivas. Un encanto
consolador, una divina reminiscencia, le inundaban por completo. Un Himno de
reconocimiento a Mahàdeva, subió de su corazón y desbordo las Gopis, las hijas
y las mujeres de los pastores, salieron de sus moradas. Las primeras, al ver a
las mayores de la familia en su camino, volvieron a entrar en seguida, después de
simular que cogían flores. Algunas se aproximaron más, llamando: ¡Krishna!, ¡Krishna!,
y después huyeron avergonzadas. Animándose poco a poco, las mujeres rodearon a Krishna
por grupos, como gacelas tímidas y curiosas encantadas por sus melodías. El, abstraído
en el sueño de los dioses, no las veía. Atraídas más y más por su encanto. Las Gopis
comenzaron a impacientarse de que no se fijara en ellas Nichdali, la hija de
Nanda, con ojos cerrados, había caído en una especie de éxtasis. Su hermana
Saravasti, más atrevida, se deslizo al lado del hijo de Devaki, y le dijo con
voz cariñosa::
__¿¡OH, Krishna! ¿No ves que te
escuchamos y que no podemos dormir en nuestras moradas? Tus melodías nos han
embelesado, ¡OH, héroe adorable!, y henos aquí, encadenadas a tu voz, y no
pudiendo ya vivir sin ti.
__Canta más __dijo una joven__: enseñanos
a modular a nuestras voces.
Una mañana, las Gopis se habían dispersado.
Los timbres de sus instrumentos variados, de sus voces musicales y alegres se habían
perdido a lo lejos Krishna, solo bajo el gran cedro, vio venir a las dos hijas
de Nanda: Sarasvasti y Nichdali, que se sentaron a su lado. Sarasvasti, echando
sus brazos alrededor del cuello de Krishna, y haciendo ruido con sus
brazaletes, le dijo: “Al enseñarnos los cantos y las danzas sagradas, has hecho
de nosotras las más dichosas de las mujeres fieles; pero seremos las más
desdichadas cuando te marches. ¿qué será de nosotras cuando no te veamos más? ¡OH, Krishna!
Sé nuestro esposo: mi
hermana y yo seremos tus mujeres fieles, y nuestros ojos no tendrán el dolor de
perderte”. Mientras Sarasvasti hablaba así, Nichdali cerro los parpados como si
cayera en éxtasis.
__Nichdali, ¿Por qué cierras los ojos?
__pregunto Krishna.
__Está celosa __respondió Sarasvasti riendo__.
No quiere ver mis brazos rodeando tu cuello.
__No __respondió Nichdali ruborizándose__:
cierro los ojos para contemplar tu imagen que está grabada en el fondo de mi
misma Krishna, puedes marchar: no te perderé nunca.
Krishna estaba pensativo. Rechazó sonriendo
los brazos de Sarasvasti, que apasionadamente oprimía su cuello, y mirando alternativamente
a las dos mujeres, pasó sus brazos alrededor de sus talles. Primero posó su
boca sobre los labios de Sarasvasti, luego sobre los ojos de Nichdali. En esos
dos largos besos, el joven Krishna pareció sondear y saborear todas las voluptuosidades
de la tierra. Más, de repente, se estremeció y dijo:
__Eres hermosa, ¡OH Sarasvati!, tu cuyos
labios tienen el perfume del ámbar y de todas las flores; eres amable, ¡OH Nichdali!,
tú cuyos parpados velan profundos ojos y sabes sondear tu propia alma. Os amo a
las dos, pero ¿Cómo voy a ser vuestro esposo, puesto que mi corazón tendría que
dividirse entre ambas?
__¡No amará nunca! __dijo Sarasvasti con
despecho.
__Solo amaré con amor eterno.
__¿Y qué es preciso para que ames así?
__dijo Nichdali con ternura.
Krishna se había levantado, sus ojos
llameaban.
__¿Para amar con amor eterno? __dijo__.
¡Es preciso que la luz del día se extinga, que el rayo caiga en mi corazón, y
que un alma se lance fuera de mi hasta el fondo del cielo!
Mientras hablaba, pareció a las jóvenes que
crecía de un codo. De repente, tuvieron miedo de él, y volvieron a su casa
llorando. Krishna tomó solo el camino del monte Meru. La noche siguiente, las Gopis
se reunieron para sus juegos, pero en vano esperaron a su maestro. Había desaparecido,
no dejando más que una esencia, un perfume de su ser: los cantos y las danzas
sagradas.
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