La virgen Devaki
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Cuando Devaki. Vestida de cortezas de
árbol, que ocultaban su hermosura, entró en las vastas soledades de los bosques
gigantescos, vacilaba, rendida por la fatiga y el hambre. Mas apenas hubo
sentido la sombra de aquellos bosques admirables, gustado los frutos del mango
y respirando la frescura de un manantial, se reanimó como una flor. Al
principio penetro bajo bóvedas enormes, formadas por troncos macizos, cuyas
ramas se replantaban en el suelo y multiplicaban al infinito sus arcadas.
Durante largo tiempo marchó por allí al abrigo del sol, como a través de una
pagoda sombría y sin salida. El zumbido de las abejas, el grito de los pavos
reales en celo, el canto de los kokilas y de mil pájaros, la atraían y animaban
más y más. Los arbolés aparecían más inmensos, la selva más profunda y más
enmarañada. Los troncos se sacudían, los follajes se combaban en cúpulas, en
portadas más y más grandes. A veces Devaki
se deslizaba por verdes senderos, por donde el sol penetraba en
torrentes de luz y donde yacían troncos derribados por la tempestad. A veces
detenía bajo glorietas de mangos y asokas, de las que pendían guirnaldas de
lianas y lluvias de flores. Los gamos y las panteras saltaban en la maleza; con
frecuencia también los bufalos rompían las ramas, o bien una horda de monos
pasaba por follajes, lanzando gritos. Marchó ella así durante todo el día.
Hacia la noche, sobre un bosquecillo de bambúes, advirtió la cabeza inmóvil de
un prudente elefante que miro a la Virgen con aire inteligente y protector, y
levanto su trompa como para saludarla. Entonces el bosque se lleno de luz y
Devaki vio un paisaje lleno de paz profunda, de un encanto celeste y
paradisíaco.
Ante ella se extendía un estanque
sembrado de lotos y nenúfares azules: su reflejo azulado sé abría paso en la
gran selva como otro cielo. Púdicas cigüeñas dormitaban inmóviles en sus
orillas y dos gacelas bebían en sus aguas. Al otro lado se veía, al abrigo de
las palmeras, la ermita de los anacoretas. Una luz rozada y tranquila bañada el
lago, los bosques y la morada de los santos Rishis. En el horizonte, la cima
blanca del monte Meru, dominaba el océano de las selvas. El aliento de un rió
invisible animaba a las plantas, y el estruendo atenuado de una catarata lejana
vagaba en la brisa como una caricia o como una melodía.
Al borde del estanque, Devaki vio una
barca. En pie y a su lado, un hombre de edad madura, un anacoreta, parecía
esperar. Silenciosamente hizo señal a la Virgen de entrar a la barca y cogió
los remos. Mientras la canoa partía, rozando a los nenúfares, Devaki vio nadar
en el estanque a la hembra de un cisne; Con vuelo atrevido un cisne macho
llegado por los aires empezó a describir grandes círculos a su alrededor y
luego sé metió en el agua al lado de su compañera, estremeció su plumaje de
nieve. Al ver esto, Devaki se inmutó profundamente sin saber por qué. Entre
tanto, la barca había tocado la orilla opuesta, y la Virgen de ojos de loto se
encontró ante el rey de los anacoretas: Vasichta.
Sentado sobre una piel de gacela y vestido
con otra de antílope negro tenia el aire venerable de un dios más bien que de
un hombre. Desde la edad de sesenta años sólo se alimentaba de frutos
silvestres. Su cabellera y su barba eran blancas como las cimas del Himavat, su
piel transparente, la mirada de sus ojos vagos vuelta hacia sí por la
meditación. Al ver a Devaki se levantó y la saludó con estas palabras: “Devaki,
hermana del ilustre Kansa, sé bienvenida entre nosotros. Guiada por Mahàdeva,
el maestro supremo, has dejado el mundo de las miserias para venir al de las
delicias. Porque ahora estás al lado de los santos Rishis, dueños de sus
sentidos, dichosos con su destino y deseosos del camino del cielo. Hace largo
tiempo que te esperábamos como la noche a la aurora. Nosotros somos el ojo de
los Devas, fijo sobre el mundo; nosotros que vivimos en lo más, profundo de las
selvas. Los hombres no nos ven, más nosotros vemos a los hombres y seguimos sus
acciones. La edad sombría del deseo, de la sangre y del crimen se cierne sobre
la tierra. Te hemos elegido para la obra de la liberación, y los Devas te han
escogido por mediación nuestra. En el seno de una mujer el rayo del esplendor
divino debe recibir una forma humana”.
En este momento. Los Rishis salían de la
ermita para la oración de la tarde. El viejo Vasichta les ordenó que se
inclinaran hasta la tierra ante Devaki. Así lo hicieron, y Vasichta dijo: “Esta
será nuestra madre, porque de ella nacerá el espíritu que debe regenerarnos”.
Después, volviéndose hacia ella, prosiguió: “Vete, hija mía; los Rishis te
llevaran al estanque vecino donde viven las hermanas penitentes. Vivirás entre
ellas y los misterios se cumplirán”.
Devaki fue a vivir a una ermita rodeada
de lianas, entre mujeres piadosas que alimentan a las gacelas domesticadas,
dedicando su vida a las abluciones y la oración. Tomada ella parte en sus
sacrificios: una mujer de edad madura le daba las instrucciones secretas.
Aquellas penitentes habían recibido la orden de vestirla como una reina, con
telas exquisitas y perfumadas, y dejarla vagar sola en pleno bosque. La selva
llena de perfumes, de voces y de misterios, atraía a la joven. A veces
encontraba cortejos de viejos anacoretas que volvían al rió. Al verla, se
arrodillaban ante ella, y después proseguían su camino. Un día, al lado de una
fuente velada por los lotos rosados, vio a un joven anacoreta que oraba. El se
levanto cuando se aproximaba, lanzo sobre ella una mirada triste y profunda, y
se alejo en silencio. Las figuras graves de los viejos, la imagen de los cisnes
y la mirada del joven anacoreta, eran el tema de los sueños de la Virgen. Cerca
del manantial había un árbol de edad inmemorial y grandes ramas, oía coros que
cantaban: “¡Gloria a ti, Devaki! Vendrá, coronado de luz, ese fluido puro
emanado del gran alma y las estrellas palidecerán ante su esplendor. Vendrá, y
la vida desafiara a la muerte, y que él rejuvenecerá la sangre de todos los
seres. Vendrá, más dulce que la miel y el amrita, más puro que el cordero sin
mancha y la boca de una virgen, y todos los corazones se sentirán transportados
de amor. ¡Gloria, gloria, gloria a ti, Devaki!” ¿Eran los anacoretas? ¿Eran los
Devas quienes cantaban así? A veces, le parecía que una influencia lejana o una
presencia misteriosa, como una mano invisible extendida sobre ella, la obligaba
a dormir. Entonces caía en un sueño profundo, suave, inexplicable, del que
salía confusa y turbada. Se volvía como para buscar a alguien, pero a nadie
veía. Solamente encontraba, a veces, rosas sembradas sobre su lecho de hojas, o
una corona de loto entre sus manos.
Un día, Devaki cayo en un éxtasis más profundo.
Oyó ella una música celeste, como un océano de arpas y de voces divinas. De repente,
el cielo se abrió en abismos de luz. Miles de seres esplendidos la miraban, y en
el fulgor de un rayo deslumbrante, el sol de los soles, Mahàdeva, se le apareció
en forma humana. Iluminada por el Espíritu de los mundos, perdió el conocimiento,
y en el olvido de la tierra, en una felicidad sin limites, concibió al niño divino (43-1).
Cuando siete lunas hubieron descrito sus círculos
mágicos alrededor de la selva sagrada, el jefe de los anacoretas llamo a Devaki.
“La voluntad de los Devas se ha cumplido __dijo__. Has concebido en la pureza del
corazón y en el amor divino. Virgen y madre, te saludamos. Un hijo nacerá de ti,
que será él salvador del mundo. Tu hermano Kansa te busca para matarte, con el tierno
fruto que llevas en tu seno. Es necesario escapar a su persecución. Los hermanos
van a guiarte a las viviendas de los pastores que habitan al pie del monte Meru,
bajo los cedros olorosos, en el aire puro del Himavat. Allí darás a luz tu hijo
divino, y el llamaras Krishna, el consagrado. Que él ignore su origen y el tuyo;
no le hables de ello nunca. Ve sin temor, pues velaremos sobre ti”.
Y Devaki se fue a vivir con los pastores del
monte Meru.
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