El rey de madura
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Al comienzo de la edad media del Kali-yuga,
hacia el año 3000 antes de nuestra era (según la cronología de los Brahmanes). La
sed del oro y del poder invadido al mundo. Durante varios siglos, dicen los
antiguos sabios. Agni, el fuego celeste que forma el cuerpo glorioso de los
Devas y que purifica el alma de los hombres, había esparcido sobre la tierra
sus efluvios etéreos. Pero el soplo ardiente de Kali, la diosa del Deseo y de
la Muerte, que sale de los abismos de la tierra como ígneo aliento, pasaba
entonces sobre todos los corazones. La justicia había reinado con los nobles
hijos de pandu, los reyes solares que obedecen a la voz de los sabios, y
vencedores perdonaban a los vencidos y les trataban de iguales. Pero después que
los hijos del sol fueron exterminados o arrojados de sus tronos y que sus pocos
descendientes se ocultaban entre los anacoretas, la injusticia, la ambición y
el odio habían dominado. Variables y falsos como el astro nocturno. Cuyo símbolo
adoptaron, los reyes lunares se hacían una guerra sin piedad. Uno de ellos, sin
embargo, había logrado dominar a todos los otros por medio del terror y de
prestigios singulares.
En el norte de la india, a la orilla de
un ancho rió, brillaba una ciudad poderosa. Tenia ella doce pagodas, diez
palacios y cien puertas flanqueadas por tres torres. Multicolores estandarte,
semejantes a serpientes haladas, flotaban sobre sus altos muros. Era la altiva
Madura, inexpugnable como la fortaleza de Indra. Allí reinaba Kansa, de corazón
tortuoso y alma insaciable. El rey no sufría a su lado más que a los esclavos,
no creía poseer más que lo que había sometido, y los que poseía no le parecía
nada al lado de lo que le daba por conquistar. Todos los
Altiva como un antílope y flexible como
una serpiente era la hija del rey mago, la hermosa Nysumba, con sus arracadas
de oro y sus senos de ébano. Su cara parecía una nube sombría matizada por la
luna con reflejos azulados, sus ojos dos relámpagos, su boca ávida, la pulpa de
un fruto rojo con piñones blancos en su interior. Se hubiese dicho que era Kali
misma, la diosa del Deseo. Bien pronto ella reinó como señora en el corazón de
Kansa tenia un palacio lleno de mujeres de todos los colores, pero no escuchaba
más que a Nysumba.
__”Tenga yo un hijo de ti, le dijo él, será mi
heredero. Entonces seré el dueño de la tierra y no temeré a nadie”.
Más Nysumba no-tenia hijos, y su corazón se
irritaba. Envidia ella a las otras mujeres de Kansa, cutos amores habían sido
fecundos; hacia multiplicar a su padre los sacrificios a Kali; pero su seno
continuaba estéril como la arena de su suelo tórrido. Entonces, el rey de
Madura ordenó que se hiciera ante toda la ciudad el gran sacrificio del fuego,
invocado a todos los Devas. Las mujeres de Kansa y el pueblo asistieron con
gran pompa. Prosternados ante el fuego, los sacerdotes invocaron con sus cantos
al gran Vacaruna, Indra, los Açwins y los Marutos. La reina Nysumba se aproximo
y arrojo al fuego un puñado de perfumes con gestos de desafió, pronunciando una
formula mágica en idioma desconocido. El humo se espesó, las llamas subieron en
torbellino, y los sacerdotes espantados, exclamaron:
__”OH, reina. No son los Devas, sino los Rakshasas
quienes han pasado por el fuego. Tu seno, permanecerá estéril”.
Kansas se aproximo al fuego a su vez, y
dijo al sacerdote:
__”Entonces, dime: ¿de cual de mis
mujeres nacerá el dueño del mundo?”
En ese momento, Devaki, la hermana del
rey, se aproximo al fuego. Era una virgen de corazón sencillo y puro, que había
pasado su infancia hilando y tejiendo, y que vivía como en un sueño. Su cuerpo
estaba en la tierra, su alma parecía estar siempre en el cielo. Devaki se
arrodillo humildemente, rogando a los Devas que diesen un hijo a su hermano y a
la hermosa Nysumba. El sacerdote mira alternativamente al fuego y a la virgen. De
repente, exclamo lleno de admiración:
___”¡OH, rey de Madura! Ninguno de tus
hijos será dueño del mundo. Este nacerá en él ceno de tu hermana, que aquí tienes”.
Grande fue la consternación de Kansa y la
cólera de Nysumba al oír estas palabras. Cuando la reina se encontró a solas
con el Rey, le dijo:
“__¡Como! __Respondió Kansa. __¿Voy a
hacer morir a mi hermana? Si los Devas la protegen, su venganza recaerá sobre mí”.
“__Entonces __dijo Nysumba llena de furor__,
que ella reine en mi lugar, y que tu hermana dé al mundo quien te haga perecer vergonzosamente.
Yo no quiero reinar ya con un cobarde que tiene miedo a los Devas, y vuelvo a
casa de mi padre Kalayeni”.
Los ojos de Nysumba lanzaban fuegos
oblicuos, sus collares de oro se agitaban sobre su cuello negro y reluciente. Se
arrojo a la tierra y su hermoso cuerpo se retorció como una serpiente furiosa.
Hansa, ante la amenaza de perderla, y fascinado por una voluptuosidad terrible,
quedo sobrecogido de miedo y de deseo.
“___Bueno__dijo__: Davaki morirá; pero no
me dejes:”
Un relámpago de triunfo brillo en los
ojos de Nynumba, una oleada de sangre enrojeció su carne negra. Se levantó de
un salto, y un abrazo al tirano domado con sus brazos flexibles. Después, rozándole
con su pecho de ébano, del que se exhalaban embriagadores perfumes, y tocándole
con sus labios ardientes, murmuro en voz baja:
“___Ofreceremos un sacrificio a Kali, la
diosa del Deseo y de la muerte, y ella nos dará un hijo que será el dueño del
mundo”.
Aquella misma noche, el purohita, jefe
del sacrificio, vio en sueños al rey Kansa que sacaba la espada contra su
hermana. Enseguida fue a casa de la virgen Devaki, le anuncio que un peligro de
muerte la amenazaba, y le ordeno que huyese sin tardanza al refugio de los
anacoretas. Devaki, instruida por el sacerdote del fuego, disfrazada de
penitente, salio del palacio de Kansa y huyo de la ciudad de Madura sin que
nadie se apercibiera. Por la mañana los soldados buscaron a la hermana del rey
para matarla, pero encontraron su habitación vaciá. El rey interroga a los
guardias de la ciudad, quienes respondieron que las puertas habían estado
cerradas toda la noche. Pero en un sueño, habían visto quebrarse bajo un rayo
de luz, sombrío muros de la fortaleza, y en aquel rayo, una mujer que salía de
la ciudad, Kansa comprendió que una potencia invencible protegía a Devaki. Desde
entonces el miedo entró en su alma y odio a su hermana con un odio mortal.
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