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La
india heroica
Los
hijos del sol y la luna
TUT 69
Disculpa pero
estamos tratando de ponernos al día
De la conquista de la india por los arios salió una de las más brillantes
civilizaciones que ha conocido la tierra. El Gangueés y sus afluentes vieron
nacer grandes imperios e inmensas capital, como ayodhya, Hastinapura e
Indrapechta. Las narraciones épicas del Mahâbhàrata, y la cosmogonía popular de
los purânas, que encierran las más viejas tradiciones de la india, hablan con
admiración de la opulencia real, de la grandeza heroica y del espíritu
caballeresco de esos tiempos remotos. Nadie más orgulloso, pero tampoco más
noble, que uno de esos reyes arios de la India, en pie sobre su carro de
guerra, ejerciendo su mando sobre ejércitos de elefantes, de caballos y de
soldados. Un sacerdote védico consagra así a su rey ante la multitud reunida:
“te he traído ante nosotros. Todo el pueblo te espera. El cielo es firme; la tierra
es firme; esas montañas firmes; que el rey de las familias sea firme también”. En
un código de leyes posterior, el Manava - Dharma-Sastra, se lee: ”Esos amos del
mundo que, ardientes para deshacerse unos a otros, despliegan su vigoren la
batalla sin jamás volver la cara, suben, después de su muerte, directamente al
cielo”. De hecho, se llaman descendientes de los dioses, se creen sus rivales y
se preparan a serlo. La obediencia filial, el valor militar con un sentimiento
de protección generosa hacia todos, de ahí el ideal del hombre. En cuando a la
mujer, la epopeya india, humilde sierva de los brahmanes, no nos la muestra más
que bajo los rasgos de la esposa fiel. Ni la Grecia ni los pueblos del norte
han imaginado en sus poemas esposas tan delicadas, tan nobles, tan exaltadas
como la apasionada Sitâ o la tierna Damayanti.
Lo que la epopeya india no nos dice es el misterio profundo de las mezclas de razas y la lenta incubación de las ideas religiosas que trajeron los cambios profundos en la organización social de la India Védica. Los arios, conquistadores de raza pura, se encontraban en presencia de razas muy mezcladas y muy inferiores, en que el tipo amarillo y rojo se cruzaban, sobre un fondo negro, en matices múltiples. La civilización india nos aparece así como una formidable montaña, llevando en su base una rara melaniana, mestizos a sus lados y los arios puros en le vértice. La separación de castas no era rigurosa en la época primitiva y grandes mezclas tuvieron lugar entre aquellos pueblos. La pureza de la raza conquistadora se altero de más en más con los siglos; pero hasta nuestros días se nota el predominio del tipo ario en las clases elevadas y del tipo melaniano en las clases inferiores. De los bajos fondos turbios de la sociedad india se elevó siempre, como las miasmas de la maleza mezclados de olor de las fieras, un vapor ardiente de pasiones, una mezcla de languidez y de ferocidad. La sangre negra excesiva ha dado a la india su color especial. Ella ha afinado y afeminado a la raza. Lo maravilloso es que, a pesar de estas mezclas, las ideas dominantes de la raza blanca hayan podido mantenerse en el vértice de aquella civilización, a través de tantas y complicadas revoluciones.
He aquí, bien definida, la base étnica de la india: por una parte,
el genio de la raza blanca con su sentido moral y sus sublimes aspiraciones
¿Van a triunfar los bajos
instintos? ¿Las potencias de las tinieblas, representadas en la epopeya india
por los Rakshasas negros, van a vencer a los Devas luminosos? ¿Va a aplastar la
tiranía a los escogidos, bajo su carro de guerra, y el ciclón de las malas
pasiones destruirá el altar védico, extinguirá el fuego sagrado de los
antepasados?
No: la india no hace más que
comenzar su evolución religiosa. Ella va a desplegar su genio metafísico y
organizador en la institución del brahmanismo. Los sacerdotes que utilizaban
los reyes y los jefes con el nombre de purohitas (dedicados al sacrificio del
fuego), habían ya llegado a ser sus consejeros y sus ministros. Tenían grandes
riquezas; pero no hubieran podido dar a su casta esa autoridad soberana, esa
posición inacatable por encima del poder real mismo, sin el auxilio de otra clase
de hombres que personifican el espíritu de la India en lo que tiene de más
original y de más profundo.
Estos son los sabios y puros
anacoretas.
Desde tiempo inmemorial,
esos ascetas habitaban ermitas en el fondo de las selvas. En las orillas de los
ríos o en las montañas, cerca de los lagos sagrados. Se les veía tan pronto
solos como en asambleas o cofradías, pero siempre unidos en un mismo espíritu.
Se reconoce en ellos a los reyes espirituales, los amos verdaderos de la India.
Herederos de los antiguos Arios, de los Rishis, sólo ellos poseían la
interpretación secreta de los Vedas. En ellos vivía el genio del ascetismo, de
la ciencia oculta, de los poderes trascendentes. Para alcanzar esta ciencia y
este poder, desafían todo: hambre, él frió, el sol abrasador, el horror de las
malezas. Sin defensa, en su cabaña de madera, viven de oración y meditación.
Con la voz, la mirada, llaman o alejan a las serpientes, apaciguan a los leones
y a los tigres. ¡ Dichosas las gentes que obtienen su bendición, pues tendrán a
los Devas por amigos! Desdichado quien los maltrate o los mate: su maldición,
dicen los poetas, persigue al culpable hasta su tercera encarnación. Los reyes
tiemblan ante sus amenazas y, cosa curiosa, esos ascetas causan temor a los
mismos dioses. En el Ràmàyana, Viçvamitra, un rey que sé a hecho ascetas,
adquiere tal poder por sus austeridades y sus meditaciones, que los dioses
tiemblan por su propia existencia. Entonces Indra le enviá a la más encantadora
de las Apsaras que van a bañarse al lago, ante la choza del santo. El anacoreta
es seducido por la ninfa celeste: un héroe nace de su unión, y, por algunos
millares de años, la existencia del Universo queda garantizada. Bajo estas
exageraciones poéticas, se adivina el poder real y superior de los anacoretas
de la raza blanca, que con adivinación profunda y voluntad intensa gobiernan el
alma tempestuosa y pasional de la India desde el fondo de sus selvas.
Del seno de la cofradía de
los anacoretas debía salir la revolución sacerdotal, que hizo de la India la
más formidable de las teocracias. La victoria del poder espiritual sobre el
poder temporal, el anacoreta sobre el Rey, de donde nació la potencia del
brahmanismo, fue conseguida por un reformador de primer orden. Reconciliando
los dos genios en lucha, el de la raza blanca y de la raza negra, los cultos
solares y los cultos lunares, ese hombre divino fue el verdadero creador de la
religión nacional de la India. Además, por su doctrina, ese potente genio lanzó
al mundo una idea nueva de un alcance inmenso: la del Verbo divino, o de la
divinidad encarnada y manifestada en el hombre. Este primer Mesías, este
hermano mayor de los hijos de Dios, fue Krishna.
La leyenda tiene como interés capital el que resume y dramatiza
toda la doctrina brahmánica, aunque ha quedado como esparcida y flotante en la
tradición, por razón de que la fuerza plástica falta absolutamente en el genio
indio. La narración confusa y mística del Vishnu Puràna contiene, sin embargo,
datos históricos sobre Krishna, de un carácter individual y saliente. Por otra
parte. El Bhagavad Gìta, ese maravilloso fragmento interpolado en el gran poema
DEL Mahâbhàrata, y que los brahmanes consideran como uno de sus libros más
agrados, contiene en toda su pureza la doctrina que se le atribuye. Leyendo esos
dos libros, la figura del gran iniciador religioso de la India, se me ha
aparecido con la persuasión de los seres vivos. Contare, pues la historia de
Brizna, extrayendo mis materiales de esas dos abundantes fuentes, de las que
una representa la tradición popular y la otra la de los iniciados.
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