Tras el colapso
del Grupo Borgward, en 1961, apareció un grupo de ocho
empresarios mexicanos interesados en comprar el equipamiento
completo de la Automobil-und Motorenwerke Carl F. W. Borgward
GmbH, con el fin de iniciar la producción de sus automóviles
en su país.
La compra se formalizó en 1962, tras catalogar casi
44.000 kilos de planos, 34.000 dibujos de ingeniería
y más de siete mil toneladas de maquinaria, herramientas,
guías y muebles, y pagar la suma de 12 millones de
dólares.
La operación, por otra parte, provocó una gran
conmoción en los círculos industriales y burocráticos
de México, ya que señalaba el nacimiento de
la industria automotriz en el país, pues las fábricas
instaladas anteriormente habían sido meramente plantas
de ensamblaje de productos extranjeros.
Además, ninguno de los mexicanos tenía experiencia
alguna en el manejo, la producción y la venta de automóviles,
ni tampoco habían decidido el lugar en el que se levantaría
la nueva fábrica ni de dónde sacarían
la mano de obra necesaria.
Y los problemas eran aún más grandes. En el
mismo año de 1962, el gobierno mexicano había
promulgado una ley que prohibía la importación
de motores y componentes armados para automóviles y
camiones. También exigía que los eventuales
fabricantes usaran un mínimo de 60 por ciento de materiales
fabricados en México en sus vehículos. Más
a pesar de la intención de promover la industria local
con la ley, parece ser que a nadie se le ocurrió incluir
un apartado sobre la exportación de los coches fabricados
en México, con lo que en este punto se había
creado un vacío legal que obligaba a las industrias
a producir exclusivamente para el mercado local, que por ese
entonces no era muy grande.
Los empresarios, a pesar de todo, mantuvieron firme su decisión
de mantener vivo el proyecto. Bajo el nombre de Impulsora
Mexicana Automotriz, continuaron trabajando en el desarmado
de la fábrica de Bremen, al tiempo que se iniciaban
los preparativos para la construcción de una nueva
planta en Monterrey, la segunda ciudad más grande de
México, en un centro industrial al que llegaban dos
carreteras y un ferrocarril, además de contar con fuerza
eléctrica de alto voltaje.
Mientras tanto, se unió al grupo don Gregorio Ramírez,
un magnate de la industria camionera, quien asumió
la presidencia de la ahora denominada FANASA.
En 1963, todo, excepto el viejo edificio Borgward, llegó
por barco y ferrocarril hasta las nuevas instalaciones, aún
no terminadas. No fue sino hasta fines de 1965 que, con ayuda
de técnicos alemanes de Bremen, se completó
el armado de la planta. Inmediatamente se inició un
programa de dos años dirigido al entrenamiento de los
obreros y técnicos.
Finalmente, a fines de 1967, salió de la línea
de montaje el primer Borgward fabricado en México,
seguido de otros 75 al mes siguiente y 100 más un mes
más tarde. Para mayo de 1968, la planta había
fabricando 180 unidades.
Por entonces, los ejecutivos de FANASA calculaban que la producción
se equilibraría para principios de 1969 en alrededor
de 400 o 450 automóviles al mes, para pasar un año
más tarde a la cifra de 1500 coches mensuales. Dado
que el mercado mexicano sólo estaba en condiciones
de absorber unas 5000 unidades por año, era evidente
que si los planes se cumplían pronto sería necesario
abrir un canal de exportación.
Mas los planes estuvieron lejos de cumplirse. Sólo
2267 Borgward 230 (basados en el P100) se produjeron antes
de que la planta cerrara en 1970. El Isabella, previsto para
comenzar a fabricarse en 1969, nunca llegó a la línea
de montaje. |