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Qué día más feliz fue ayer para mí,
pensó Cristóbal mientras se estiraba entre las sábanas. Cuántas cosas vi en el circo: trapecistas vestidos de colores, bailarines, payasos, una pantera, tropeles de elefantes y perros que hacían pruebas.
Como quisiera que fuera ayer otra vez. Tal vez, pensó, pueda encontrarlo. Todavía es temprano y no debe andar muy lejos.
Cristóbal llegó hasta el río.
¿Has visto pasar a ayer? - Le preguntó.
Sí - dijo el río -, hace unas horas pasó.
- ¿En qué dirección iba? Yo lo quiero encontrar.
Con un ademán húmedo el río señaló hacia el oeste.
Caminó Cristóbal hasta llegar a una llanura donde se levantaba un cedro.
- ¿Has visto pasar a ayer?
El árbol se quedó un momento pensativo, luego sacudió todas sus hojas, como revolviendo pensamientos y dijo:
- No recuerdo haberlo visto. ¿Andas en su busca?
Si - dijo Cristóbal - lo quiero encontrar
- Tal vez esté en el bosque, ¿por qué quieres encontrarlo? Mira qué hermoso día hace hoy.
El camino era ancho. Cristóbal le preguntó si había visto a ayer.
- Todos los ayeres pasan por aquí - respondió el camino.
- Quiero encontrar a ayer - dijo el niño impaciente - ¿crees que está en el bosque?
- No podría decirte - dijo el camino dando un lánguido bostezo. ¿Por qué quieres encontrarlo? Todos los ayeres pasan con la misma expresión de fatiga en sus rostros, en cambio hoy es hermoso, cargado de ilusiones. Qué pena me da cuando vuelve a pasar ya hecho ayer.
Cristóbal llegó al bosque y se acostó sobre la hierba que lo recibió amorosa. Sacó de sus bolsillos los mangos y la tortilla que había llevado consigo y se puso a comerlos ávidamente.
Un arroyuelo que pasaba cerca lo invitó cantando, que fuera a beber de sus aguas. Cristóbal corrió hacia él y en el hueco de sus manos bebió hasta quitarse la sed.
Empezaron a caer gotas gruesas. Poco después grandes chorros de se desprendían de las nubes y refrescaban la tierra.
- Qué linda es la lluvia - dijo en voz alta Cristóbal -, dan ganas de brincar.
Llovió por largo rato. Ya parecía que nunca iba a escampar. Cristóbal reía al sentir cómo el agua le resbalaba por la espalda.
- Has visto pasar a ayer en el bosque? - dijo acercándose a una flor de izote que no había visto antes.
La flor no contestó.
Cristóbal volvió a repetir su pregunta.
- No conozco a ayer - dijo por fin -, las manos del agua me acaban de abrir.
Cristóbal se quedó maravillado. Le parecía que nunca había visto una flor. Buscando a ayer se le habían abierto más los ojos.
Al cruzar un arroyo, vio Cristóbal una tortuga cubierta de musgo que caminaba llena de una calma de siglos. La tortuga al verlo, escondió la cabeza.
- No tengas miedo - dijo Cristóbal - solo he venido a preguntarte si has visto a ayer.
- Olvídate de ayer y acepta la belleza de hoy.
- Quiero encontrar a ayer - dijo impaciente.
- Cipote tonto - estiró más el cuello la tortuga - ¿por qué ese afán de encontrar a ayer cuando hoy es más hermoso?
- ¿Has visto a ayer? - preguntó.
- Soy la mosca que sólo vive un día. Hace unas horas nací y ya estoy al final de mi vida. ¿Cómo es ayer? - dijo la mosca.
- Muy bello. Lleno de colores y tropeles de elefantes, pero hoy es más bello aún. Ayer en el circo no pude hablar con los animales y hoy me he hecho amigo tuyo y de la tortuga. Me siento feliz más que ayer.
El cielo empezó a poblarse de estrellas. Cristóbal se sintió aturdido por la infinitud que se abría ante sus ojos. Salí a buscar a ayer y encontré a hoy que es mucho más hermoso, pensó. No quisiera dejarlo escapar.
- Corre y alcánzalo - dijo una voz que se le abrió por dentro.
Cuando vino el alba, lo encontró dormido, apresando a hoy entre sus brazos. |