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El Comienzo
Aimé Félix
Tschiffely nació en Suiza, pero tras algunos años en Inglaterra, desembarcó
en Argentina, donde se afincó definitivamente.
Dio clases en un colegio de Quilmes (Buenos Aires) hasta que un día decidió
salir a recorrer América: “Hacía años que tenía en la cabeza la idea de este
viaje, y por fin resolví hacer la tentativa”, escribió años más tarde.
Estaba convencido de la fortaleza de los rústicos y nada estilizados
caballos criollos, y quería demostrarlo.
Logró
ponerse en contacto con Emilio Solanet, criador y propulsor del
reconocimiento de la raza. El fue el primero que creyó posible el proyecto
de Tschiffely, para lo que le regaló dos caballos: Mancha y Gato, tenían 15
y 16 años, respectivamente, y un carácter poco amigable. Habían crecido en
la Patagonia, junto a la tribu Liempichun, donde se habían acostumbrado a
las condiciones más hostiles. “Domarlos puso a prueba las facultades de
varios de los mejores domadores... Desde los primeros días advertí una real
diferencia entre sus personalidades. Mancha era un excelente perro guardián:
estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre
alguno, aparte de mí mismo, lo montase... Si los extraños se le acercaban,
hacía una buena advertencia levantando la pata, echando hacia atrás las
orejas y demostrando que estaba listo para morder... Gato era un caballo de
carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando
descubrió que los corcovos y todo su repertorio de aviesos recursos para
arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas
filosóficamente... Mancha dominaba completamente a Gato, que nunca tomaba
represalias”, relata Tschiffely.
Algunas
semanas fueron necesarias para que jinete y montados se prepararan para
semejante travesía, y se fijó el 23 de abril de 1925 como fecha de partida.
Por entonces no había caminos en varios tramos del recorrido, y cuando
existían, no se caracterizaban por su buen estado. Tschiffely tuvo que
resignarse a no llevar carpa, ya que las que se podían conseguir por
aquellos tiempos eran muy pesadas.
En Marcha
El día
señalado partieron desde la Sociedad Rural, en Palermo. El peculiar trío
realizó kilómetros y kilómetros, a través de los cuales su vínculo se fue
haciendo cada vez más fuerte: “Mis dos caballos me querían tanto que nunca
debí atarlos, y hasta cuando dormía en alguna choza solitaria, sencillamente
los dejaba sueltos, seguro de que nuca se alejarían más de algunos metros y
de que me aguardarían en la puerta a la mañana siguiente, cuando me
saludaban con un cordial relincho”.
Dos Años Al Trote
Cruzaron la cordillera por territorio boliviano, llegaron a los 5000 metros
sobre el nivel del mar, surcaron el terrible desierto matacaballo (Perú) y
se enfrentaron a las pestes de las húmedas selvas centroamericanas. Y los
tres resistieron.
En
más de una ocasión, Tschiffely estuvo a punto de renunciar tanto por el como
por Mancha y Gato, pero siempre a tiempo recordó una frase que le había
dicho Solanet al entregarle los caballos: “Si usted resiste, mis pingos no
lo van a dejar”. Y así fue, en las regiones más complicadas los animales no
aflojaron.
Más
de dos años después de haber salido de Buenos Aires, Tschiffely arribó a la
capital de Estados Unidos, donde lo recibieron con pompas y enormes
felicitaciones. Tras unos meses repartidos entre Washington y New York, los
tres amigos se embarcaron a la Argentina. El 20 de diciembre de 1927 pisaron
otra vez suelo porteño, con una multitud que la vitoreaba.
Mancha y Gato
volvieron a sus añoradas pampas, allí murieron en 1947 y 1944,
respectivamente. Tschiffely, en tanto, siguió viajando, por la Patagonia,
por España y por Inglaterra, pero siempre volvió a la Argentina. Falleció en
1954, su último viaje lo realizó 44 años más tarde, cuando sus cenizas
abandonaron el cementerio de Recoleta y fueron sepultadas en el campo que su
amigo Solanet tenía en Ayacucho.
"Allí siguen los tres, imaginando nuevos
itinerarios."
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