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A: El espejo en el espejo
A-1 Mirada y luz
“Las reproducciones son caricaturas, y suele ocurrir que su calidad es
inversamente proporcional a la del original. No he visto nunca una buena imagen
de Las Meninas o del Guernica.”
§ 1.— La palabra, habiendo nacido
sólo para ser ficción, abstracción imaginaria con la que los hombres podrían
repetirse en simulacro sus acciones, devino madre de engaños cuando se la
erigió en decidora de verdades. Del mismo modo, cometemos el error de tomar las
imágenes al pie de la letra, basándonos en que participan de lo que representan,
y más aun en el caso de la fotografía, en que el hecho de la existencia ahí y
entonces de lo representado forma parte de todas y cada una de sus
representaciones.
§ 2.— Los cuadros simbolistas y
modernistas son más populares que los grandes héroes impresionistas: Porque
quedan en catálogo, y sobre todo en las portadas de libros, mucho mejor que en
el original; dan la impresión de ser más atrevidos y evocativos. Cuando los ves
en un museo, pierden la magia insinuada en su reproducción; se descubren como
decoración más o menos conseguida, con un mensaje esotérico más o menos
aburrido. Su valor en el contexto “arte de museo” es mucho menor que el que
tienen en el contexto ‘ilustración’, en el que entra todo lo que se puede
considerar “arte para la reproducción”, y que se encuentra excelentemente
representado en los catálogos de diseñadores, ilustradores y agencias y
directores de arte, así como en las monografías sobre artistas y estilos que
son verdaderos “libros para no leer”. Tales ediciones, caras y sin embargo
populares, en comparación con los verdaderos catálogos de exposiciones, son
como álbumes de cómics sin bocadillos ni argumento.
§ 3.— Hay una reacción artística,
motivada por un deseo de hacer necesario ante todo recurrir directamente al
original, supeditando el resto del programa a este postulado primordial. Hay
que mirar directamente su obra cueste lo que cueste, haciendo que ésta consista
en cuadros que en foto no valgan la pena ser mirados. Muchos no merecen ser
mirados de ninguna forma. Otros simplemente se emperran en hacer cuadros
enormes, matéricos, tridimensionales, o se convierten en creadores de
instalaciones, intervenciones y happenings, con tal de seguir haciendo una obra
insustituible, única, irreproducible por medio alguno. No todos lo hacen por
mantener la figura del artista en un lugar sagrado. Pero tienen que ser, al fin
y al cabo, cuadros no fotografiables. Mucho crédito se da a la noción de que
las reproducciones son caricaturas, y que su calidad es inversamente
proporcional a la del original. Ni Las Meninas ni el Guernica
valen la pena en foto. Si quedar mal en la foto implica que el cuadro es así de
bueno, hay que evitar que el cuadro corra el peligro de salir fotogénico, no se
piense que es un desastre.
§ 4.— Hasta el catálogo de la mejor
exposición, como todo libro ilustrado, es antes que nada una colección de
fotografías. En la mayoría de los casos, de separaciones fotográficas hechas en
la imprenta a partir de fotografías tomadas a lo que se quiere mostrar. Y más
cuando el catálogo versa sobre una exposición de fotografía. ¿O en este caso se
sacan las fotos provisionalmente de sus marcos preservadores para escanearlas?
¿Estaría justificado escanear una pintura, en pro de la calidad, como lo está
en el caso de la ilustración?
—
Los primeros libros ilustrados en serie eran verdaderos álbumes de cromos
en que se pegaban grabados impresos ex profeso, o aquellos que cada uno
quisiera. También hubo un tiempo en que estuvo de moda la colección particular
de obra gráfica, recogida en múltiples carpetas que el señor enseñaba a sus
amigos en el despacho, a media luz; nunca estaban colgados de la pared.
Recibían el mismo respeto que las obras de esas exposiciones tenebrosas de
acuarelas y grabados en que apenas se ve ni torta. Pero creo que la edad dorada
del coleccionismo coincide con la aplicación del obra gráfica al por mayor; es
decir, cuando aparece la prensa ilustrada mediante xilografías en tacos duros
de madera y del mismo e imprimibles al tiempo que el texto. El grabado para el
mercado de coleccionistas burgueses había comenzado a difundir a gran escala
reproducciones de las obras plásticas famosas: adaptaciones al medio de la obra
gráfica de grandes lienzos, etcétera; pero ahora las adaptaciones que se
difunden en los periódicos no se realizan in situ ante el original, sino a
partir de fotos. Cuando se introduce el fotograbado a media tinta, el que
produce placas del mismo material que los tipos de imprenta, la mano humana
apenas interviene, apenas es visible, y puede decirse que la imagen es materialmente
fiel, aunque sea de enésima generación, porque si algo hay enturbiando la obra
del autor, tiene más, al menos a primera vista, de efecto mecánico que de
intervención responsable y voluntaria. Los álbumes de cromos no eran sólo de
grabados: en los álbumes de tipos, de retratos de personajes característicos
que comienza a comprar la gente de la gran ciudad para conocer indirectamente a
sus vecinos, pronto las fotografías comienzan a sustituir a los primorosos
grabados.
—
También, según avanzan al alimón geógrafos, comerciantes y militares, se
van reuniendo por entregas colecciones fotográficas de las últimas vistas
descubiertas y contabilizadas. Casi cualquier burgués puede tener un fragmento
testimonial de las pirámides sin que aparentemente éstas dejen de ser tales,
como sucede cuando la gente se lleva piedras de recuerdo, y puede reunir un
sucedáneo del imperio bastante completo dentro de unas mismas cubiertas. Esto
no era posible antes con el daguerrotipo, que no solo era incompatible con las
imprentas, sino que ni siquiera podía pegarse en la pared, ya que su visionado
dependía de la mano paterna que extraía el delicado recuerdo familiar de su
estuche de terciopelo y que, para deleite y asombro de los ojos de los
vástagos, iba inclinando la reliquia de forma que lo que antes aparecía mate y
vacío era recorrido de lado a otro por un relucir en que se entreveía una parte
en negativo de una imagen y luego, momentáneamente, en positivo, como
prefigurando la oleada eléctrica de los televisores, por la que se finge crear
una imagen donde no hay más que una carrera de electrones, una imagen que en un
mismo instante nunca existe por completo.
—
La fotografía se pasó todo el siglo XIX evolucionando hasta que por fin
pudo convertirse en tinta. Porque durante el XX casi no se ha hecho más que
perfeccionar el proceso ya inventado; ha sido la infoglobalización de marras la
que ha obligado a desarrollar otros totalmente nuevos, y ya veremos en qué
quedamos.
—
Pese a todos los premios y discursos dedicados a asentar la fotografía en
el altar de “Arte del siglo XX”, y pese a todas las fotos amateurs que se tomen
a diario, la mayoría de fotos, como las ilustraciones en general, a cuyo campo
pertenecen, son realizadas con vistas a su reproducción impresa, normalmente a
través de generaciones intermedias de copias, cuyo número depende del mecanismo
que se tenga a bien utilizar en la imprenta. O sea, que se trata de trabajo de
encargo, y se plantea una cuestión: de quién es el original.
§ 5.— A los periodistas,
publicistas, opinioneros, a todo tipo de plumíferos y vendedores de palabras
nadie les discute su autoría, y de algún modo pueden considerarse propietarios
de cualquier cosa que escriban, aunque el disfrute de esta propiedad pueda
estar condicionada. En el fondo, lo que han escrito una vez pueden volverlo a
escribir, parece ser lo que se piensa. Lo que tampoco tendría mucho mérito en
la mayoría de los casos.
—
El patrón pone los recursos materiales, el asalariado la mano de obra.
Todo lo que se produzca dentro queda igualado, da igual a quién se deba: todo
ha de pasar por la supervisión —aunque sea de un igual— para que se lo barnice
con el estilo de la casa y así sea definitivamente anónimo, y nadie
pueda reclamarlo.
—
Recuerdo el caso de los tebeos de Batman y Superman, los únicos en que
siempre ha ido por delante el nombre de los creadores al de la marca o al del
productor. Incluso cuando era evidente que las historietas se realizaban por
entero sin su intervención, siendo obra de un equipo de asalariados, se
conservaba el nombre-fetiche; nunca he sabido si como débil promesa de garantía
o como satisfacción moral de unos derechos de autor que no se piensa satisfacer
materialmente.
—
La práctica habitual en el mundo de los cómics, hasta hace poco, era que
el "trabajo" pasaba a ser propiedad perpetua del patrón, como
comprador de todos los derechos o como dueño de los útiles en un negocio en que
el autor sólo pone la mano de obra. Pero el derecho a la propiedad material de
las páginas se aplicaba en destruirlas en cuanto el tebeo salía de la imprenta,
para que no pudieran ser aprovechadas por otros. Curiosamente, esa costumbre de
destruir los originales a menudo tenía la consecuencia que en posteriores
reediciones se utilizasen ejemplares impresos, del almacén, del rastro o de coleccionistas
(cuando no de la Hemeroteca Nacional), recortándolos y a menudo borrando con
pintura blanca el color para recuperar el dibujo a línea y poder hacer de nuevo
las planchas de blanco y negro. Esto venía a querer convertir en derechos
perpetuos a su favor aquellos de propiedad intelectual a que pudiera aspirar el
autor. Es difícil discernir cuánto de premeditación y cuánto de costumbre había
es esta destrucción; cualquier combinación serviría para componer una perfecta
estampa costumbrista en una novela psicológica protagonizada por Mesié
Capitalismo.
§ 6.— La historiografía
reaccionaria, que confirma y conforma la Realidad, ha de aspirar a la total
identificación con el Logos. Edison, Disney y tantos de los “50 Americanos
Importantes” promovieron en vida el culto a su genio, construyéndolo al tiempo
que sus fortunas, arrinconando a los demás. Las grandes personas llamadas a
encarnar la Historia imponen, incluso sin reparar en ello, el silencio sobre
sus colaboradores, casi a modo de tributo. Edison “inventa” para Estados Unidos
el fonógrafo, el cine, la bombilla; manda registrar a su nombre las patentes de
aparatos disparatados, nunca construidos, pero cuyo concepto intuye que tarde o
temprano será desarrollado, preferentemente por sus empleados.
—
La publicidad previa, el autobombo y la organización paramilitar de la
empresa consiguen que hasta lo no atribuible a ellos les sea atribuido,
simplemente porque los demás no caben en la misma página del libro que ellos.
§ 7.— Pocas cosas hay que hagan
los aficionados, o los subversivos de universidad, que no sea moneda común en
el campo comercial. ¡Estudios enteros de veteranos repintando y remontando
originales que pintaron veinte años antes, a base de tijeras, tipp-ex y
celofán! ¡Fotocopiar historietas antiguas para contar sobre ellas nuevas
aventuras reaprovechando los fondos y todo lo que se pueda! Para los carteles y
anuncios de corridas de toros, son los mismos dibujos de Ballestar los que son
reutilizados, refotocopiados, como un artículo fuera de comercio, de uso común,
pero prácticamente siempre lucrativo.
§ 8.— Nadie sabe lo que pueden
depararnos los nuevos aparatos. El grado de versatilidad y capacidad de los
aparatos evoluciona de forma inversamente proporcional a la preparación de los
operadores, que tienen que ser cada vez más intercambiables. Los retratos de
celebridades hechos por Warhol no hablan de deshumanización y toda la monserga:
se hace una chapuza y se la lleva adonde ha de considerársela una obra de
vanguardia. Lo que hace con las latas o con Marilyn es la imagen de alto
contraste, tosca y mal impresa, típica de las xilografías antiguas o de los
fotograbados de periódico barato, que es el estilo de los retratos casi
icónicos de Marx y Engels, de Lenin, Stalin, Mao, el Che y ese famoso
Jesucristo jipioso.
—
La imagen ideada para su reproducción todoterreno tiene que ver con la
política de la revolución: Mussolini, Mao, Franco, Pinochet y el Che han de ser
reducidos a una imagen pluma apta para fijarla sobre cualquier superficie
mediante unas plantillas de cartón y un spray, donde han de tener el mismo
impacto visual que una esvástica negra.
§ 9.— De los cómics, a menudo lo
más fascinante son los efectos de la tinta, la invisibilidad del trabajo del
entintador, del rotulista, y de los operarios (filmadores, maquetadores,
maquinistas), y sobre todo los fenómenos por los que nos llega testimonio de
sus vidas. Los diseñadores de publicidad compran cd-rom con millares de
imágenes que pueden explotar como quieran ―dentro de ciertos límites morales― durante determinado tiempo. Naturalmente, estos discos
son pirateados, regalados, amontonados, así que estas imágenes, que ya deben
rondar los miles de millones, quedan pululando al alcance de cualquiera que se
tope por ellas. Pero no hay que temer que nadie las utilice para hacer su Une semaine de bonté personal. Ni siquiera hay
motivos para creer que haya peligro de que se anuncien vacaciones en las
Bahamas con las fotos del cd-rom del año pasado.
§ 10.—
La cuestión candente: Casi todas las películas modernas pueden
clasificarse en estadounidenses y no estadounidenses. Parece una distinción
absurda, y seguramente lo es, pero fíjate que todas las películas no
holibudenses que pretendan acceder al mercado internacional han de dar la
impresión de que sus argumentos son universalmente interesantes, mientras que
cualquier producto holibudense, incluso cuando es de calidad, puede permitirse
ser absolutamente hermético, egocéntrico a todos los niveles. Los que producen
este último producto cuentan con que va a ser consumido de cualquier forma; los
otros adoptan un estilo de compromiso no menos neutro y globalizante, a pesar
de los aliños de color local aplicados aquí y allá. El tópico de mostrar a los
habitantes típicos de determinado lugar de forma que fueran fácilmente
reconocibles debe dejar lugar a la imagen respetuosamente destilada de cada
colectivo. Los habitantes típicos han de ser mostrados a sí mismos con un
realismo de corte cada vez más internacional. Cuanto más se iguala todo por
debajo, más distintiva se quiere la superficie. El término ‘standard’ encuentra
su equivalente en su primo ‘estandarte’: cada uno ha de ir desfilando tras el
banderín engalanado por el icono y los colores que por decreto le representan.
Educado nuestro mirar por álbumes de recortes precocinados, puede costarnos
reconocer lo feo que es nuestro vecino y hasta qué punto parece de aquí, y no
de un limbo a medio camino entre aquí y los despachos de la Administración; y
también puede decirse que nos imaginamos a nosotros mismos vistos por los demás
como si correspondiéramos a esos puntos de referencia.
§ 11.—
Mas ¿acaso reclamamos mayor autenticidad, menos oportunismo al determinar
los baremos mínimos de color local obligatorios en la publicidad, dar pistas
para una eventual versión estética o racial de las políticas de homogeneización
y preservación lingüística? ¿Dar ideas de las que luego, al ver aplicadas,
echaríamos pestes? Intentemos que de nosotros no salga jamás una idea que pueda
servir para poner al día el negocio, que nunca acuñemos ninguna crítica a la
mala gestión del cotarro que pueda ser aprovechada para hacerlo más eficiente.
Un artista con ambiciones dice al periódico: “El arte tiene que despertar
nuestra conciencia sobre aquello que está firmemente fuera de nuestro alcance
visual pero que, sin embargo, nos afecta directamente.” Incluso admitiendo que
al Arte le crezcan pies y manos y sea capaz de hacer nada, ¿por qué iba a hacer
precisamente tal cosa, para que el Gobierno se anime a instituir un Ministerio
de Asuntos Invisibles?
“Las mismas personas que soñaban con artistas y los inventaban para
satisfacer una necesidad, una carencia, una insatisfacción por la vía más
fácil, se encargaban también de crear obras de arte capaces de
justificar la existencia de artistas.”
§ 12.—
En muchos ámbitos se hacía costumbre traducir a términos de andar por
casa cualquier cosa que escapara a lo cotidiano, Dios por ejemplo, para
concederle la menor existencia. Quizás se ha producido una inversión similar y
miramos como si fuera arte todo en lo que haya huella humana, aunque sea una
firma y un precio, porque sin ponerlo en esa categoría no lo reconocemos como
arte bueno ni malo. La nostalgia de lo original, el deseo de lo individual
dentro de la masa —ser beneficiario y colaborador de las normas y leyes, mas a
condición de ser el único eximido de ellas, no
por quedar al margen, sino por estar por encima, como el modelo superheroico de
justiciero individualista—: esto es lo que esconde el culto a la personalidad
en general, y la exigencia hecha al artista de exhibicionismo en particular.
“Los datos biográficos del poeta forman parte del poema con una legalidad
similar a la de los títulos de las pinturas o de las piezas musicales.”
“Siempre es la parada lo que exige una explicación, no el movimiento.”
§ 13.—
Reparemos en lo que puede haber tras la compulsión de realizar fotos
domingueras cada vez que asoma un paraje del tipo de lo que antaño se llamaba
“sublime”: cascadas, castillos, ruinas, precipicios, mar… En las vacaciones que
graciosamente nos son concedidas lo primero que se pone de relieve es una
apetencia por lo grandioso, por mucho que sólo se pueda satisfacer a escala
playera o de turismo rural. Como los jubilados que en cuanto cuelgan el mono de
la fábrica van al centro cívico a aprender a ser Van Gogh. ¿Qué se busca, satisfacer
un reflejo condicionado o un simulacro de libertad sin barreras, evidencia de
que, a pesar del tiempo transcurrido, aún no está claro del todo con qué se
supone que tenemos que conformarnos? Lo característico de la foto dominguera
sería que, pudiendo ser multiplicada a la saciedad, sólo existe en una copia.
Eso es lo que la distingue de la foto del profesional: no ser copia única, sino
copia solitaria. Piensa que en el cine lo que realmente separa al aficionado
del que empieza es el número de copias que disponen de su película: conseguir
pasar del primer positivo montado a tener tres copias que presentar a los
certámenes, ése es el logro.
§ 14.—
Algo se pone de manifiesto cuando volvemos frustrados de las vacaciones
porque nos robaron la cámara al bajar del avión y nos hemos quedado sin una
sola foto. Por negación podemos darnos cuenta de que abrigamos soterradamente
unas expectativas que dicen mucho más acerca de lo que realmente exigimos de lo
que nos atrevemos a reconocer. Por ejemplo, en un concierto de música de
vanguardia en que sabes que todo es posible, que todo vale, al que has ido para
ser sorprendido y sacudido, te encuentras que los músicos han dejado a sus
madres a cargo de los instrumentos y las partituras mientras ellos se gastan el
caché en cenar opíparamente en el otro extremo de la ciudad. En un caso como
éste saldría a la luz para cada uno lo que espera en realidad, en privado, de
un concierto de música de vanguardia, por muy de John Cage que sea. Con ello
demostramos nuestro inadmisiblemente certero criterio de exigencia, y que
estamos familiarizados con el necesario orden de las cosas más de lo que
estamos dispuestos a reconocer. “Lo que no es” circunscribe la forma de “lo que
sí debe ser”.
Wittgenstein: “Aunque mi pensamiento se aparte alguna
vez del camino del habla, normalmente corre a lo largo del camino. Si todo va
con normalidad, nadie piensa en el acontecer interno que acompaña al habla.”
“El lenguaje, como muestra cualquier diccionario o enciclopedia, como sale
a la luz cuando es aprendido como lengua extranjera, rodea los objetos con
palabras indefinidas que se remiten unas a otras en círculo. (…) Construir
constelaciones es como centrar palabras alrededor de una cosa…”
§ 15.—
Sería como si albergásemos en nosotros un archivo de experiencias
latentes, a la espera del momento en que ser vividas. Pero esa visión de un
negativo químico para cada una de las sensaciones me parece un equívoco. Es
como computar en el ser humano necesidades afectivas, sexuales, agresivas, que
en mayor o menor grado todo individuo ha recibido de forma innata, así que no
debería de ser responsable de ellos. De esa forma, mantenerse dentro de lo
permitido por la sociedad es una cuestión de autoviolencia que deben hacerse
aquellos en los cuales, por capricho de quien quieras, esas pulsiones se
presentan de forma demasiado intensa y anómala. Por responder con otro símil
biológico, me parece que hay conceptos que son como anticuerpos a la espera de
su momento de gloria, que hereditariamente conocen de antemano cuándo salir a
la palestra y dirigir la atención hacia ellos: moldes dispuestos a acoplarse a
la ocasión en cuanto se presenta, y a concentrar en su interior todo lo que
haya en los alrededores. Es como si te encontraras por la calle unas fichas de
manchas del test de Rorscharch y te creyeras que simplemente son fotografías de
los objetos que tú ves en ella. No se trata de ideales, sino de hábitos, de
categorías, en este caso, de un mundo visualmente educado.
§ 16.—
La evidencia negativa es el acto que pone en evidencia la existencia de
unas expectativas propias definidas y bien precisas; una preexistencia del
molde de las cosas; de las mismas cosas “en negativo. Lo que se da por
supuesto, por evidente, por sobreentendido, se acepta acríticamente, y se
acepta tomarlo tal cual, como fruto de lo imprevisto, como si nuestra actitud
fuera un acto de receptibilidad pura… como si no conociéramos la cosa… o no se
la conociera en todas sus formas. Es la aparición del error lo que saca a la
superficie qué se sabe que no se quiere, qué es lo que debe encajar en esta
exigencia. Cuando algo chirría, cuando se rechaza la mercancía comprada, se
pone de manifiesto que no todo da igual, que algo se pide y se conoce.” O,
mejor aún, como si alguien que quisiera inventar un nuevo deporte admirase
envidioso lo difícil que sería crear ligas, clubes, campeonatos, récords,
merchandising, estadios y todo lo demás. Ya veo que siempre tomamos el producto
por la causa, como si todas las contingencias que hubiesen intervenido hasta su
aparición fuesen como escalas inevitables de un camino hasta la cosa; como si
los fenómenos que centran nuestra atención, prefigurados de alguna manera,
hubiesen esparcido por todas partes sus causas a fin de preparar adecuadamente
el escenario en que presentarse.
§ 17.—
Hay un refrán que siempre se interpreta mal: “el hábito hace al monje”:
no equivale a ese dicho idiota de “la ley de San Andrés, lo que parece, lo es”,
sino que es la versión local del importado “la bata fabrica al enfermo”. O
“hacerle un traje a alguien”, que es cotillear sobre alguien, pero sospecho que
de tal manera que todo lo que se chismorree confirme y agrave lo que de partida
ya se le achacaba. Reunir las pruebas convenientes contra el sentenciado para
que el juicio no nos depare sorpresas: primero la ejecución, luego los
trámites. Volvamos desde este punto de vista al tipo de artistas del que
hablábamos al principio: incluso en sus obras más conseguidas, el toque
azaroso, la dejadez , incluso cuando realizan sus necesidades sobre el lienzo,
todo es una forma de dejar testimonio externa. El arte, en tanto que oficio, ha
de ocultarse siempre: incluso en las obras modernas, en que el que “se vea la
mano” es parte de lo de lo de fuera; el verdadero arte debe seguir acechando
por detrás. Si estas obras, a pesar de todo lo imaginable que se practique en
ellas son recibidas como obras es porque sigue estimándose que se estima de
forma adecuada el concepto actual del arte. Por eso serán como mucho
transgresoras, pero no destructoras. Del mismo modo, Warhol decía que sus pinturas
eran una porquería, que todo daba igual y que sus obras no eran precisamente la
excepción; lo que es más: las había realizado con pinturas baratas. Pero por
mucho que se degraden, mientras sigan reconociéndose como pinturas, seguirán
expuestas, mientras conserven el valor mínimo que impida que dediquen su
porción de museo a otra obra. Es un ejemplo de gamberrada de colegial, de
trasgresión que se acoge muy bien, porque no sólo deja el orden de las cosas
tal como está, sino que sirve para llamar la atención periódicamente sobre
dicho orden. Es de todos modos jocosa, claro, porque finalmente habrá una
persona a quien el cuadro se le deshaga en la mano y tendrá que pagar el pato,
una persona que suponemos poco acostumbrada a pencar con el lado oscuro del
statu quo. Pensándolo bien, no tiene gracia: puede decirse que es el orden normal de las cosas la aplicación constante de
ese mismo truco a nuestra costa, y no a la de un remoto ricachón que nos sirva
de desahogo: todo se ha convertido en una propiedad viciada que compramos a
peso de oro, y en cuento podemos se lo pasamos a otro aún más infeliz que
nosotros, antes de que se deshaga del todo. Es como el lema de ese anuncio tan
ocurrente “Prefiero disculparme a pedir permiso”. Se le habrán secado las meninges
al publicista que perpetró tan original boutade, sin reparar en que no es
más que el código deontológico íntegro del Estado.
§ 18.—
En cuanto encontramos un defecto típico de la etapa de positivado
recordamos algo tan evidente durante los últimos ciento cincuenta años como que
la obtención de una copia fotográfica corriente incluía siempre dos
exposiciones, no una. Y aunque la fotografía digital nos permita reproducir sin
necesidad de una segunda exposición, a causa de las pantallas y las impresoras
también podemos llevarnos grandes sorpresas. En todas las invenciones que no
necesitan positivado, las que van del daguerrotipo a la diapositiva y la
polaroid, la única mediación entre lo acaecido a la emulsión y nuestra vista es
la actuación de unos productos químicos. Todo refinamiento en cuanto a éstos,
así como en cuanto a la elección del tipo de película y de papel, permanece en
el campo de lo técnico, de una alquimia sin encanto, de la que se exige mayor
invisibilidad cuanto mayores son sus posibilidades. Man Ray decía que la
fotografía no era un arte, que una disciplina sólo podía evolucionar si no era
artística. No sé si alguna vez he entendido algo correctamente de lo dicho por
este señor, por Duchamp, por Benjamin, pero para mí que esta vez se refería a
que identificamos un objeto como artístico porque apreciamos en él una perfecta
adecuación entre la cosa y el modo en que llegó a ser, y que por lo tanto no
podía habérsela logrado ni mejor ni peor. Así pues, no puede haber progreso
artístico de ninguna forma; aquello en que se aprecie un progreso hacia la
perfección no es artístico. Lo mecánico no puede ser artístico, y donde se ve
la mano, hay arte, y para los desesperados y nihilistas ése es el criterio a
aplicar como último recurso. Para Ingres, los cuadros de Manet dejaban ver de
forma inadmisible la técnica del pintor, los trucos del oficio, antaño
conservados en secreto dentro del gremio, después decorosamente disimulados en
segunda fila, tiranizando desde la sombra, cuando el oficio ha conseguido ganar
fama de refinado y totalmente cerebral.
“El bucle de la legitimación se cierra perfectamente.”
§ 19.—
Han hecho más por la perspectiva el cine y la fotografía que toda la
pintura renacentista, que toda la tradición europea: con esta educación nadie
recuerda la bifocalidad, la naturaleza brusca y mecánica de esta
representación. La óptica es algo adquirido, que en principio estaba
restringido a las élites —quizás les fue robado—, que pronto se convierte en un
fenómeno, que hace que todo pueda ser considerado un fenómeno en potencia. Como
la polaroid: una imagen cada instante; o el vídeo: nuestra vida como una
película, nuestra casa como un plató. Las representaciones visuales no dejan de
ser una fracción de los símbolos posibles. Los críticos de arte, que supongo son
ejecutivos de la publicidad el resto de su jornada, entusiasmados con el futuro
que entrevén tras la profusión de vallas publicitarias, cine, internet y
globalización porque casualmente el mundo se reorganiza dentro de su campo de
intereses, dentro de lo único para lo que tienen ojos. La antropomorfización
del mundo se resuelve en retinización del mundo. Uno de los motivos para no
perder la esperanza es pensar que aún faltará mucho hasta que se erradique por
completo ese sexto sentido que nos alerta a todos frente a los razonamientos
trucados, que siempre tienen que recurrir a la insistencia y a las autoridades
para vencer el escepticismo. Hasta el peor estudiante de filosofía de
secundaria se huele que no inventó Hegel la táctica de empezar por la conclusión
y hacerse llegar a ella introduciendo las premisas adecuadas y luego intercalar
rellenos y sofismas.
§ 20.—
Gracias a la fotografía, que refrendaría plenamente la concepción del
cosmos como caos de puntos de fuga y conos visuales, el camino abierto por el
realismo renacentista es unánime aceptado, sin reparar un momento en que la
coincidencia entre una perspectiva renacentista y una fotografía realizada con
una lente de 35 a 50 mm no es ninguna coincidencia. Sólo faltaba robarle la
sombra a lo real para convertir un modo concreto de percepción en una evidencia
irrefutable, eterna. A partir de entonces, el antiguo arte egipcio y chino
tiene que ser reexaminado, el arte occidental medieval es un testimonio de
infantilización y decadencia. E incluso hay quienes buscan defectos visuales en
las personas que habían vivido pocos años antes para justificar su forma de
colorear o de pintar, porque la forma de ver científica, ni que decir tiene, es
tan normal, eternas e indiscutibles como las virtudes calvinistas, el capitalismo
y una bien organizada democracia. Y aunque no fuera tan eterna, tanto da,
porque es el ideal hacia el que iban desarrollándose los intentos anteriores, y
más allá del cual no se puede ir.
§ 21.—
Lo mismo que los meridianos trazados por los geógrafos del XIX comenzaron
de improviso a informar de la hora en que viven los habitantes de los países
más alejados —que, aunque tardaran en
enterarse, dejaron de vivir a su hora para comenzar a vivir dos o nueve horas
antes o después de la hora universal GMT—, la perspectiva opera como forma de
reducción, de control. Se sistematiza el espacio y “vacío” no es sinónimo de
inexistencia. Dejamos atrás la discontinuidad antigua, el espacio vacante entre
los cuerpos que, de acuerdo con Panofsky, o era sacro o no era nada; de
cualquier forma no era adecuado para un tratamiento realista. La perspectiva
occidental diferencia entre cuerpos y “medio interpuesto” (el espacio libre que
los separa y por tanto los define). El espacio en que todos nos ubicamos es una
retícula cuyas líneas convergen en el infinito, en uno, dos o tres puntos de
fuga, nunca más. Una situación perfecta para que se pueda jugar temporalmente
con nosotros al ajedrez antes de devolvernos a la nada absoluta de la caja. En
un ordenador podemos hacernos cargo de lo que implica esta ecuménica condición
del universo: ordenado antes de conocerlo, infinitamente extensible, sin
limitación alguna, con el centro en cualquier parte. Existe la convención nada
casual de representar informáticamente el espacio vacío como un damero blanco y
gris. La nada pensable es una retícula infinitamente ampliable en cualquiera de
las cuatro direcciones. Algo aún vacante, que apenas podemos decir que sea,
pudiéndose sin embargo anticipar su ubicación y medidas. Igual que en el
sistema binario podemos definir un objeto mediante la sucesión “1, 0, 0, 0, 0,
1”, y en forma abreviada, “1, 0 x 4, 1”, siendo el 0 cuatro veces repetido la
no señal, ‘no’ cuatro veces. Recuerda que la isla de Manhattan quedó
dividida por calles y avenidas en ángulo recto que se podrían extender hasta el
infinito, y el volumen a ocupar por los rascacielos quedó esculpido en éter
antes de que llegaran a construirse, de forma que no hicieran sombra a casas
que todavía no estaban allí. Los bloques abruptamente cortados por la silueta
de la isla, ya que cuadrícula trazada no tenía en cuenta en absoluto ningún
detalle del mundo exterior, no dan fe con sus formas incómodas y absurdas de lo
absurdo del empeño. Por el contrario, dan fe del poder de la cuadrícula que no
necesita siquiera tener en cuanta la geografía a la hora de decir qué es, en
realidad, lo real.
§ 22.—
¿Qué ocurre con la
perspectiva cuando no hay a mano nada vertical ni horizontal a que asirnos; por
ejemplo, una jungla tropical, sin orden ni concierto, sin hileras que se
pierdan en el horizonte: todo igual de cercano, de tremendo. ¿Cómo buscar el
punto de fuga en una confusión carente de paralelas y ortogonales? La pintura
de paisajes inarticulados, de llanuras y valles sin orden ni concierto, a la
aplastante luz de las tres de la tarde que aniquila toda idea de perspectiva
aérea, ha de luchar por poner una retícula allí donde nada es horizontal, donde
ni siquiera el arar de los bueyes o el paso de las carretas han marcado líneas
de profundidad. Y aun cuando el viento ha moldeado las nubes estirándolas hacia
un mismo lugar de la lejanía, a poco que el paisajista se vuelva tendrá pruebas
de que ese cono visual es tan arbitrario como cualquier otro. Su forma de
operar, por tanto, será atrapar para sí un fragmento de paisaje entre dos
ángulos rectos de cartón. Ese gesto ha de servir como de foto: para aplanar y
para olvidar lo que ha quedado fuera. Igual que el cine nació habiendo superado
ya los parvulitos, la fotografía llegó al mundo casi a punto de graduarse. La Dialéctica de la ilustración describe perfectamente este
proceso autodestructivo de la razón, que después de acabar con todo lo no
científico se mira a sí misma y piensa que quizás ella tampoco sea lo
suficiente científica.
“Todos hemos podido observar que es mucho más fácil captar un cuadro, y
aún más una escultura o una obra arquitectónica, mediante la fotografía que en
la realidad.”
§ 23.—
¿Es
que la
fotografía coincide con la forma de ver el mundo imperante desde el
Renacimiento acá, o es que nuestra visión se ha amoldado a la fotografía? Como
cuando se considera rutinariamente que una foto en blanco y negro es más
objetiva que una en color. ¡Si ni siquiera hay una
relación unívoca entre tonos de gris y los colores del espectro, si todo
depende del tipo de película que se use! Pero a pesar de los pesares sigue su
impresionante desarrollo, sin decadencia conocida hasta ahora, y frente al
predominio de lo retiniano, queda la indiferencia visual: Picasso y Duchamp, y
todos los que se mueven en el espacio definido entre ambos, como articulación
de la alternativa disponible. Piensa en todos esos antiguos retratos de grupo.
En ellos se observa una cierta presencia verdadera, que falta en los retratos
pintados. En ellos lo que menos importa es el arte del realizador, al contrario
que los retratos pintados, en que la mano del autor es la responsable de todo
valor que puedan conservar tales cuadros cuando ya nadie recuerde a los en
ellos retratados. Tales fotos del XIX muestran miradas atónitas, rostros ligeramente
desenfocados, y hasta la actitud más espontánea ha sido transformada en pose.
Se comprende por qué se pensaba que un poco del alma le era robada a uno a cada
foto. Pero ya a mediados del siglo XIX la fotografía, al menos en exteriores,
era prácticamente instantánea: apenas unos segundos de exposición. Tal tensión
podría deberse más bien a que el momento de la foto era especial y había que
meterse dentro de ella. El cuerpo, que no deja de latir, tiene constantemente
una leve vibración. Hay que mirar intensamente al fondo del objetivo y dejar en
él un poco de uno mismo, como atestigua el brillo de los ojos, lo único que no
presenta la menor agitación. La identidad, entonces, es la igualdad con uno
mismo. Con el ideal que uno tiene de sí. En última instancia, ni a nivel físico nos vemos nunca como los demás nos
ven, y el nombre al que atendemos no es nada para nosotros mismos, porque,
fuera de las novelas, nadie utiliza la función apelativa consigo mismo. ¿Qué
pasa con los autorretratos? Figúrate que Goya se hubiera pintado a sí mismo
invertido todas esas veces, mientras que a todos los demás los hubiera pintado
al derecho, aunque es sólo una especulación. Supongo que alguien como Durero
realizaría sus autorretratos en grabado a partir de su reflejo, sabiendo que la
imagen impresa en el papel aparecería rectificada, y no me cuesta imaginármelo
disponiendo un segundo espejo para dibujarse con una técnica directa. Y
Rembrandt solucionando a su manera el problema. Observando la coherencia entre
el Rembrandt de los grabados y el de los óleos, pienso que cuando rascaba una
plancha se dibujaba tal cual se veía reflejado, y que cuando se pintaba al óleo, realizaba una corrección casi automática, para que su reflejo
coincidiese con lo que tantas veces había visto aparecer a partir de sus
grabados.
§ 24.—
En muchas religiones como el judaísmo la representación de la imagen
humana (Dmut) está prohibida no por ser tabú ni mucho menos por miedo
a los rivales, sino porque el hombre ya es la imagen de Dios, su sombra o
silueta (Zelem), y la imagen de segunda generación creada a partir de la
apariencia humana es falsa, reductora de la semejanza espiritual. Protestamos
cuando nos dicen que nosotros somos el de esa foto a los tres años con pañales,
esa grabación magnetofónica tan ridícula, ese perfil en cartulina con papada.
Se tiene en gran estima que el artista consiga el parecido que cada uno cree
que tiene consigo mismo. Hasta la invención de la fotografía, que sólo en parte
soluciona las cosas, sólo podíamos vernos reflejados, en una inversión que nos
es tan extraña como nuestro nombre. Los demás nos ven al derecho, pero cada uno
sólo ve partes de su cuerpo excepto cuando se cruza con escaparates,
superficies pulidas. Y quien nos mira a los ojos al lavarnos los dientes no se parece
en nada a quien aparece en nuestro carnet de identidad.
§ 25.—
La pintura de retratos es sólo uno de los progenitores de la fotografía:
a menudo los instrumentos ópticos luego usados por los fotógrafos no eran
usados por el pintor como la herramienta secreta que dice Hockney, sino como
garantía para el cliente del punto en que su imagen en el cuadro se ajustaba a
su imagen literal, la que podría obtenerse objetivamente calcando su perfil
sobre una proyección. Lo que interesaba es que el pintor conciliase la verdad
física de uno con su verdad psicológica: no sólo el uso de recursos
convencionales más o menos establecidos y el respeto al decoro: también el
rostro y la expresión que se decidirá inmortalizar tenía que captar la esencia
del retratado de una forma objetiva, como establecía la fisiognomía, que daba
garantías de conocer científicamente la psique de las personas por su rostro.
Así que el retratista tenía la responsabilidad de ser más fiel a la Naturaleza
que la Naturaleza misma. Por otra parte, cuanto más precario el modo de
transmisión, más había que prescindir del naturalismo a fin de ser naturales:
así pues, un retrato adaptado a un pequeño grabado será más metafórico y
exagerado que el óleo original, se valdrá de mayor número de alegorías y
convenciones: sólo mediante esta adaptación funcionará como su equivalente en
el nuevo contexto.
§ 26.—
No hay desarrollo técnico que no tenga su correlato en lo estético, no
hay código que no tenga sus normas del decoro (dentro de la superestructura se
apilan, fractalmente, una superestructura tras otra). Por ejemplo, al imponerse
el Realismo, instantáneamente se formula una normativa del decoro —¿por quién,
a partir de qué?, parece eterna— sobre a quién se representa, cómo y por qué.
En esta jerarquía de valores nacida de sí misma vemos reflejada la pugna entre
el progreso técnico y lo que hipócritamente se hace llamar “progreso
espiritual”.
“Por las fotografías y las películas conocemos el efecto de lo moderno
envejecido… [del cual desearíamos] burlarnos y destruirlo cuanto ayer no más
nos embelesaba, como queriendo vengarnos ‘a posteriori’ del hecho de que la
embriaguez de dicho embeleso no fue tal embriaguez.” (Adorno)
§ 27.—
Esos pedantes retratos fotográficos del siglo XIX plagados de nubes,
columnas dóricas o paisajes con perspectiva aérea de baratillo, vienen a
ilustrar algo parecido: todos esos trastos pudieron servir cuando se usaba la
luz natural y los tiempos de exposición eran sumamente prolongados para
disimular los caballetes y mecanos con que mantener la inmovilidad de los
retratados, pero durante ese tiempo, y cuando ya eran mero atrezzo hortera,
aseguraban la dignidad y convencionalidad del retrato. Me da la impresión que
toda esa escenografía barata tiene que ver más que con las convenciones del
retrato neoclásico, con los cuadros vivientes, ese entretenimiento pedante de
los siglos XVIII y XIX, que supongo una derivación de los belenes vivientes de
la Edad Media en su evolución hacia las escenificaciones que realizan en los
centros privados de primaria en Navidades. Niños, mascotas y criados de la
casa, perfectamente disfrazados, posando en una escenografía ad hoc para un perecedero cuadro de época, una versión kitsch y
expurgada de Jacques-Louis David, para admiración de las visitas. Curiosamente,
los partícipes de las orgías del Marqués de Sade tienen cuidado de disponerse
en retablos que ellos llaman “cuadros”. Cada uno de ellos es una variación
estática de un tema central cuyo propósito es mostrar todas las formas de
copulación posibles entre un número dado de personajes en un escenario
determinado.
§ 28.—
Lo que aprecio en los primeros fotógrafos es su sensación de maravilla de
lo que hacen con la realidad las fotos, de lo que pasa con la realidad al
mirarla a través de una foto, igual que lo que decía Man Ray que sucedía al ver
un Veronés o un Vermeer a través del filtro rojo. Hasta el más preparado cuadro
viviente muestra inauditas fusiones y confusiones, las proporciones engañan,
cuesta apreciar las distancias y las sombras parecen más materiales que los
objetos que las proyectan, y los detalles imprevistos o triviales adquieren
estremecedores significados. Unos detalles se rebelan contra una cómoda
transformación, otros que denuncian la existencia del fotógrafo que ha cortado
bruscamente un pedazo de mundo…Cada forma de recortar el mundo sugiere una
forma distinta de desarrollo de las cosas que rebosan por los bordes. Los
cuadros clásicos contenían en sí el mundo, o un mundo: era reconocible un orden
en ellos mismos. En las pinturas hasta Manet, las figuras se disponen de forma
que sean legibles, en composiciones equilibradas, artificiales, simbólicas,
como sobre un escenario que visto desde sus límites ha de dar la sensación de
existencia del todo. La profusión de detalles e índices temporales, por mucho
que fuese convencional y fuese utilizada con toda propiedad, no resultaba
invisible en su época, ni lo será mientras
haya quien la sepa interpretar. Se diga lo que se diga, un Vermeer es tan poco
realista como un fresco románico. Al lado de cualquier vieja gran pintura
realista, hasta la más chapucera instantánea de aficionado destaca con una
sensación de realidad inconfundible, que no descansa en el detallismo ni en
cuestiones sentimentales: el observador acaba perdiéndose, distraído por bordes
que piden ser ampliados una y otra vez sin llegar a dar nunca una impresión de
totalidad; y de esta forma el observador olvida su propósito, como siempre nos
pasa.
§ 29.—
Precisamente uno de los ataques que hacían los detractores de la
fotografía a mediados del siglo XIX era que no dejaba lugar a que la mano de un
intérprete aplicara a la realidad estilización, gusto, correcciones, metáforas
y todo lo que era obligado en las pinturas para ser fieles de verdad la
realidad. Ya sabes que uno de las mayores alabanzas que un filisteo del XIX
podía hacer a una foto era que se necesitaría una lupa para apreciar todos sus
detalles. Un piropo fácil de convertir en reproche: se ve demasiado, y a menudo
hay que intervenir tapando para figurar un poco de decoro. Además, la falta de
color no sólo reducía el mundo a blancos, negros y grises: lo mostraba sucio,
solitario, mortecino; las personas parecen estar ya en la otra vida; todo queda
desencantado. Y algo que me recuerda a las propuestas de ecología imageril que algunos elevan a los ministerios de la Cultura: se
acusa a la fotografía de querer introducir una forma de ver inferior a la
dominante. Una crítica adecuada de ese pensamiento empezaría por desnudar lo
que entiende tal defensor de la pintura y enemigo de la fotografía por formas
de ver el mundo. Quizás de lo que está hablando en realidad es de formas de no
ver; quizás su mismo discurso es la venda que se pone a sí mismo en los ojos
para ocultarse cosas que deberían estarle preocupando más. Sin embargo, lo más
importante de estos tópicos discursos es que su inversión, que no su negación,
también se vuelve tópica. Así fue que desde el mismo día en que alguien se
opuso a la fotografía en nombre de la decencia, una mente no menos fosilizada
comenzó a decir que precisamente aquello que desquiciaba al otro era lo bueno
de la fotografía. Y no sólo fue igualmente aplaudido por ello, sino que hasta
hubo unos pocos fotógrafos que le creyeron; tan engañados como alguien que
creyera ser anarquista por llevar a la práctica todo lo que los políticos de
hace ciento veinte años, para meter miedo a las masas, decían que implicaba el
anarquismo.
§ 30.—
Para Wim Wenders, una fotografía es siempre una imagen doble que muestra,
a primera vista, su tema, pero en un segundo vistazo muestra algo así como la
foto del fotógrafo en acción: cualquier disparo de la cámara conlleva
retroceso, un segundo disparo. Eso es cierto cuando el fotógrafo quiere salir
pese a todo en la foto, cuando está rodando una película inexistente: “iba Wim
Wenders un día amarillo por Arizona…” En fotos de estudio tan preparadas como
las de antaño, podemos pensar que todo ese atrezzo era una forma de amortiguar
ese retroceso. Se ponía al establishment con todos sus tramoyas para
que aguantara el impacto del retroceso, y así se le deshaga el hueso, con tal
que podamos entregarle una foto de su gusto.. Roland Barthes hace la reflexión
opuesta, que se deriva de alguna manera de un pensamiento de Benjamin: en un
buen óleo sólo cuenta la buena maña del autor, mientras que en la fotografía
precisamente es la identidad del autor lo que antes se olvida, Barthes insiste
en esa sensación de realidad inconfundible de la foto a la que ahora te
referías: para él también el fotógrafo desaparece, porque lo que más le
interesa es lo que de todos modos se escapa a sus trucos y habilidades, o que
queda en la foto se haga lo que se haga.
§ 31.—
Esas fotos a medio camino del fotograma hasta hace poco resultaban
inaceptables en el campo de la fotografía artística. La mayoría de las stills en cuanto fotos son pedantes, y que una película cuyos
fotogramas hayan sido todos y cada uno fotografiados más bien como fotos-fotos
posiblemente resulte cargante y vacía, como las películas de Greenaway. Pero en
el caso de las fotografías de Wenders, cuyo parangón desde el otro lado podrían
ser las stills para películas inexistentes de Cindy Sherman, más que en
ir como preñadas de otras fotos, a medio camino del fotograma, juegan del morbo
que dan las tomas falsas y los outtakes; en este caso, de la
sensación de estar penetrando en los entresijos de la preparación de una
película, en la construcción de esos momentos tan inolvidables para todos. Una
foto así no tiene que ser mala; sólo constato que es el directo antecedente de
la estética publicitaria, y aparte de esta circunstancia tiene que ver con ella
por otras múltiples razones. La foto publicitaria lleva por bandera su carencia
de valores estéticos autónomos. Cuente con los santones con los que cuente —Man
Ray de nuevo, Avedon—, no pueden ser interpretadas por sí mismas: por buena que
sea una fotografía de Helmut Newton, si es buena es porque ofrece un producto,
sin ese mensaje, sin esa literatura, se cae. En cuanto se vende como arte esta
estética, se está vendiendo un arte con moraleja que pillar. Y sin embargo ese
mensaje, ese parlamento tan poco invisible como las convenciones
representacionales de los cuadros que antes decíamos, sólo dice: “te vendo
esto, si no lo quieres da igual, pasa a otra cosa”. Existe todo un campo de lo
que podríamos llamar el realismo de laboratorio. Se ha hecho todo lo
posible para eliminar esa sensación de lo real, mediante el artificio o el
despiste. Mira el caso de las imágenes informáticas, de la realidad virtual:
apenas pueden ser percibidas de tanto como tienen, apenas es posible distinguir
de lo accesorio lo fundamental a menos que se mueva. La única razón de ser en
estos fotogramas es lo que de repente salta a primer plano, como el enemigo de
los juegos informáticos al que volar la cabeza. Todo, incluso el azar, está
allí puesto por algo. Mas tal finalidad queda tan infinitamente postergada como
el momento en que opinar sobre ella. Igual que quien ponen tales imágenes en
libertad esperan al día en que se cansen de contar dinero para reflexionar
sobre ellas. El reciclaje de todo lo anterior, el pillaje y la acumulación de
recursos técnicos por pura práctica deportiva me resulta imposible trascender
los elementos ópticos, todos ellos viejos conocidos, codificados, aburridos y
previsibles pero opacos. Y si éstos se benefician de la
tergiversación, los otros se ciñen a un solo sentido de forma que no admiten
interpretación alguna. Estas imágenes abortivas piden nada más que una
interpretación rápida, reducida a una sola respuesta pavloviana. O respondes al
estímulo de la forma deseada por el creador o no respondes en absoluto, que
siga el siguiente anuncio.
§ 32.—
Las imágenes de mayor impacto son las que parecen fotogramas de películas
que parecen anuncios o video clips de dos horas: aquellas que su por su
ilegibilidad, por su asumida y profesional impotencia se presentan de la forma
más contemporizadora como cuidadosamente perfecto mejunje de trucajes que
aparte de vender no quiere nada más. Mira el ilusionismo de las películas de
Mélies: el fin es causar extrañeza y sorpresa mediante los malabarismos del
trucaje, representando lo imposible de tal forma que parezca real, y que eso
sea lo que diga la gente del gallinero: “Parece que esa cabeza recién cortada habla de verdad”. La misma
manipulación honesta realizaba la fotografía, sin llamar la atención sobre la
naturaleza de los trucos en sí mismos más que cuando lo hacía ex profeso… o era
denunciada desde el terreno de las Bellas Artes. Sin confundir ingenuidad
con inocencia, esto me parece lo opuesto a representar lo real de tal forma que
parezca imposible, como logra el virtuosismo técnico al servicio de lo
consabido, y más con las infinitas posibilidades del retoque digital, en que el
retoque llega a hacerse invisible hasta para los retocadores. La Realidad que
se refleja aquí es la de la superioridad, la de lo inalcanzable; y que conlleva
la constante inferioridad de absolutamente todos, en cuanto espectadores que
siempre han de conformarse con pisar calles sin digitalizar ni sonorizar. El
arte mudo es la exaltación y el escaparate de un mundo absurdo, industrializado
y gobernado por la compulsión prefabricada, que hay que acatar porque algunos
de sus productos, segregados con total indiferencia, son reputados como
maravillosos.
“Dado que el producto reduce continuamente el placer que promete como
mercancía a pura y simple promesa, termina por coincidir con la publicidad
misma, de la que tiene necesidad para compensar su propia incapacidad de
procurar un placer efectivo.”
§ 33.—
Los anuncios formalmente más atrevidos, y por tanto más aplaudidos por
ser casi artísticos recurren a la intertextualidad, que supone reconocer por
fin que los receptores están tan afectados por las campañas ajenas como por las
propias y que la competencia no existe: todos los anunciantes son solidarios en
sus intereses. Los anuncios se hacen publicidad entre sí con sus mutuas
alusiones y caricaturas, igual que las regímenes e industrias y organizaciones
opresoras de los signos más diversos: todas las violencias son siempre de
Estado. ¿Y por qué no iba a poder ser autorreferencial la propaganda? Siendo el
símbolo una dimensión tan real como la Realidad misma, ¿por qué no iba a poder
ser representado a su vez por otros símbolos? Sin embargo, no deja de ser lo
que se llama una tendencia: siguen tal cual los anuncios que se pretenden los
únicos, que más que hábito parecen indicar un cierto pudor por parte de las
empresas anunciantes: como si pretendieran que nadie ve los anuncios —que ni
siquiera retienen los suyos, que pasan sin dejar huella—, aunque quizás se
trate de cierta forma de dar a entender que no hay de qué pedirles cuentas.
“En una época como la nuestra, en que la gente es asaltada a diario por
las cosas más monstruosas sin ser capaz de mantenerse al corriente de sus
impresiones, los productos estéticos se convierten en una ruta prescrita de
antemano. Pero todo arte viviente será irracional, primitivo y complejo;
hablará un lenguaje secreto y dejará a su paso documentos no de edificación,
sino de paradoja.”
§ 34.—
La mercancía decepciona como símbolo, como no podía ser de otra forma:
satisfacer, de la forma que fuera, sería como cometer suicidio. Su
supervivencia se confunde con la de su publicidad, con los que está llamada a
hacerse indistinguible. A nadie preocupa su ineficacia: el precio de venta se
corresponde al envase que es anunciado, vacío o no. Lo más curioso del fenómeno
de las intertextualidades publicitarias es que se toma en serio el
merchandising del merchandising y el patrocinio del patrocinio: cualquier
objeto que aparezca en la propaganda puede ser vendido por separado, y en su
propia propaganda estar vendiendo otros productos, y así sucesivamente.
§ 35.—
La acumulación de figuras, tópicos y alusiones cruzadas puede llegar a
que se dé a pensar en una especie de cosmogonía floja, una metafísica del
simulacro, en que el abanico de tópicos conforme una historia, una biblia y una
mitología a la vez. Lo mismo que puede ser posible conciliar todas las
mitologías, como ampliación o relectura de las genealogías más conocidas, todos
los anuncios pueden complementarse y aludirse mutuamente, gracias a la
solidaridad que hay se da entre ellos, al igual que la que hay entre todas las
industrias y entre todas las tiranías y entre todos los terrorismos: siempre
son de Estado.
§ 36.—
La idea de que se ha gestado una cultura independiente, deshistorizada,
libre de moral, se identifica fácilmente con una cultura alternativa,
universal; el planeta y el idioma transnacional el rock, de los jóvenes, de los
hippies o de la aldea global, tanto da, cuando no es más que la asimilación de
que todo lo juvenil es lo que ha nacido sin más visión que el consumo
desenfrenado de imágenes de sí mismo. Lo único cierto es su carácter amoral y
transnacional: pero ni esa forma de alienación es nueva entre las que giran
alrededor del dinero.
“Remedando de un modo sacrílego el sacramento de la penitencia, penitente
y confesor a la vez, se había dado una fácil absolución, o, pero aún, había
sacado de su condenación nuevo pasto para su orgullo.”
“Los sabios que anhelaban descubrir el manantial de la suprema belleza
creyeron hallarlo en la completa armonía del Ser con sus propias intenciones,
de las diversas partes del cuerpo con el total de su persona. Pero dado que
esto significaría la perfección, cosa inaccesible para la humanidad, nuestro
concepto de la belleza en general queda indefinido y se forma en nosotros
gracias a conocimientos aislados que, unidos, y si son ciertos, nos ofrecen la
más alta idea de belleza humana.”
§ 1.— La foto contiene una certeza
absoluta aunque trivial: muestre lo que muestre la foto, se trata de luz
procedente de algo: algo hubo allí, fuera lo que fuera. Se puede dudar de que
los elementos de un bodegón fueran tal como los pintaron, pero sí se está
seguro que los que aparecen en la fotografía jamás hecha existieron. Se hace posible una percepción según entendía Demócrito:
“penetración parcialmente material de sujeto y objeto”. Mas se trata de un
tremendo salto que se da como si fuera lo más normal: de robarle a algo su
sombra para documentar su existencia, algo casi místico que hacemos como si tal
cosa, pasamos a considerar que dicha sombra es tan cierta como lo que la
proyectaba, o incluso más. Adjudicándole valor artístico, podemos incluso decir
que unas botas pintadas por Van Gogh desvelan perfectamente lo que son unas “botas” y que son más Botas que las que llevo puestas. Y a continuación
decimos que con el Arte “reconocemos en un cuadro un aspecto de la realidad que
antes habíamos visto sin ‘conocerlo’, sin darnos cuenta y, abundando en esta
inversión, pensamos que las chimeneas son bonitas si parecen estatuas de
Brancusi y que los dibujos de los niños son maravillosos porque parecen mirós.
Recordemos de nuevo lo que pasa cuando sustituyo lo que hemos dado en llamar,
para entendernos, rojo, por un gris al 90%, que es lo que todo el mundo en una
foto en blanco y negro identifica como un rojo en la realidad, siendo el azul oscuro un gris al 80%, como si
el Azul fuera más claro que el Rojo, cuando un azul puede ser más claro o más
oscuro que un rojo sin que dejen de ser igual de azules o de rojos.
§ 2.— Cuadros como los de Manet
recuerdan constantemente al espectador, que es él quien ve donde no hay más que
colores, manchas, masas amorfizadas, que dispuso con todo cuidado de matar el
menor indicio de volumen, su materialidad; iconos dispuestos para no tener
mensaje propio y por los que acaban resbalando los mensajes ajenos. Otra de las
teorías clásicas de la visión especulaba que ésta consistía en unos rayos de
luz que iban de los ojos del que miraba a cada punto de lo mirado, y volvían
reflejados a su interior cargados de información. La iluminación que relame a Olympia: es frontal, demasiado frontal, como en las estampas
japonesas y chinas. No es la de una ventana ficticia, sino la luz que emana del
espectador. En estos cuadros es dudoso que se evoque otra realidad que la que
sea capaz de leer el espectador, el mirón, cuando halla algo reconocible e
interpretable en lo que ve. Pero a cada uno nos queda un excedente ilegible
diferente, frente al que reaccionamos de diferentes maneras. Si ese excedente
supera nuestras expectativas, volvemos al caso de la evidencia negativa:
pensamos que se nos hace perder arbitrariamente el tiempo, porque de repente
nos hacemos conscientes de estar mirando para nada, como bobos.
§ 3.— Miremos ahora la porción de
anuncios de modas de esta temporada que, en previsible proporción dentro del
repertorio de poses, queda dedicada a siliconadas anoréxicas yacentes,
ofreciéndose todas ombligo, labios y mirada vacía. No faltan fotos que,
modernidad absoluta, no están del todo centradas en la mercancía a la venta.
¿Cómo estamos seguros, entonces, que no nos cuelan, subliminalmente,
pornografía liviana, ni en un momento? No es el número de prendas, sino la luz,
característica y, sobre todo, procedente de dentro del espacio ficticio de la
imagen. La modelo mira a la cámara. Pero en realidad se mira a sí misma. Se ve
a sí misma con el ojo de la cámara. A través del prisma de la fotogenia. Así
sabe que lo está haciendo bien. Y que digan de la "visión interior"
de las estatuas griegas. Los que abrimos el catálogo reconocemos estar, de
repente, mirando al interior de un estudio a través de un cristal que desde
dentro es un espejo, en el que se refleja alguien a quien no le importa que le
miren o no.
§ 4.— Y que quizás consiga un goce
erótico gracias a esta incertidumbre sin preocuparse de que al otro lado le
corresponda o no la indiferencia. Quienes posan por profesión admiten la
posibilidad de ser menos interesantes que sus retratos.
§ 5.— Similar a la luz que la baña
a ella es la que a nosotros nos clava al suelo de nuestro cuarto de baño, una
luz nunca frontal sino también lateral o cenital, y también nos miramos a los
ojos, apenas dejando de mirar nuestro mirar para controlar lo que nos traigamos
entre manos.
§ 6.— Données, de Duchamp: un paisaje animado con un cuerpo despatarrado,
que hay que ver a través de dos agujeros hechos en una puerta recogida por ahí,
es más que un prototipo de instalación. Benjamin describe cómo las primeras
proyecciones de cine intentaban de asimilarse a la exhibición de ciertos
panoramas que eran vistos previo pago a través de dos rendijas, por miedo a que
los clientes mostrasen extrañeza frente al nuevo invento. Naturalmente, para
Duchamp y sus amigos, que se habían criado chapoteando en la basura cultural
burguesa de que se avergonzaba la burguesía, no tenía nada de instalación ni de
busca de la originalidad por la originalidad. Aunque para muchos de sus
contemporáneos, incapaces de identificarla como algo de su infancia y la época
de sus padres, no sería otra cosa. La condensación de una constelación de ideas
incluyendo las primeras proyecciones cinematográficas, a ver por separado a
través de agujeros en un tabique, el Passage des Panoramas, el Museo de Cera de Madame
Toussaud, , el folletín, las vistas estereoscópicas, la Commedia dell’ Arte.
Desde la inmensa lejanía, esta figura deja ver otro vértice: el Grand Guignol,
cuya influencia sobre los siglos XX y el presente, por medio del cine, ha de
ser rastreada.
§ 7.— El Grand Guignol fue uno de
los más carismáticos reclamos turísticos de París durante casi setenta años.
¡Todo el mundo que iba a París a comienzos del siglo XX iba al Grand Guignol,
aunque fuera para conocer de primera mano esa prueba del libertinaje y
degeneración que supongo no han dejado del todo de asociarse con lo francés!
Así lo describe la Encyclopaedia Britannica: “piezas teatrales breves,
de gran violencia, horror y sadismo, que se hicieron populares en los cabarets
de París durante el siglo XIX, especialmente en el Théâtre du Grand Guignol.
Posiblemente tal nombre fue aplicado a estas dramatizaciones de asesinatos,
violaciones, acosos espectrales y suicidio porque sus argumentos eran muy
similares a las representaciones de marionetas protagonizadas por el personaje
de Guignol, que era la marioneta más famosa en la época. Aunque el Grand
Guignol fue exportado a Inglaterra en 1908, siguió siendo una especie teatral
típica de París.” Es decir, no tuvo demasiado éxito en Londres. Sin embargo, en
París estuvo abierto de 1897 a 1962. Lo fundó un funcionario de la policía con
pretensiones artísticas, el espectáculo iba a ser una especie de teatro de
marionetas para adultos, pero pronto se especializó en la simulación de escenas
crueles exageradísimas, cogidas con pinzas de un abyecto argumento de un solo
acto digno del peor folletín.
Baudelaire: “Delicadas, mediocres, o incluso malas,
las pinturas de los techos revestirán una vida pavorosa; los papeles pintados
más groseros que tapizan las paredes de los albergues se ahuecarán con
espléndidos dioramas.”
§ 8.— Daguerre, antes de dedicarse
a lo mismo que Niepce y desarrollar el daguerrotipo, del que antes hemos
hablado, era ya en los años veinte del siglo diecinueve un profesional famoso
por sus dioramas. En el pasaje de los Panoramas, donde se disfrutaba como
espectáculo de numerosos paisajes artificiales —en el fondo, aparatosas
acrobacias del virtuosismo escenográfico emancipadas respecto a actores,
argumento y horario de representación—, sus dioramas fueron temporalmente una
de las más exitosas atracciones. Sus dioramas a tamaño natural eran el giro de
tuerca definitivo a los panoramas: a la clásica combinación de fondos y figuras
planos simulando efectos de profundidad, con perspectiva aérea y trompe d’ oeil , añadía animación milimetrada, efectos de iluminación
cambiante, movimientos mecánicos sincronizados… a fin de hacer de forma
absolutamente artificial algo que pareciera absolutamente verídico, es
decir, natural. Los panoramas consistían en un conjunto de
telones pintados como decorados ilusionistas, bañados por distintos juegos de
luces, que facilitaban el realismo a la vez que servían para la transición
entre un decorado y otro. El realismo de sus elementos aumentaba en razón de su
cercanía al espectador. El visitante penetraba de súbito a un mundo falsificado
que le rodeaba. El diorama era plano y utilizaba telas traslúcidas iluminadas
por detrás. La iluminación misma era parte de la acción del espectáculo, ya que
modificando las luces y según el lado de las telas, pintadas por ambos lados,
que iluminasen, se simulaba el paso del tiempo, el clima, y supongo que alguna
que otra catástrofe. Igual que los panoramistas utilizaban diversos aparatos
para adaptar pinturas naturalistas al tamaño y la curvatura de sus telones,
Daguerre estaba tan pendiente de todo recurso óptico del que poderse valer como
de cualquier nuevo gadget escenográfico imaginable. Este interés fue lo que le
llevó a Niepce y la fotografía.
§ 9.— La fotografía fue inventada
para poder tener proyectores de diapositivas. Para muchos artistas es imposible
trabajar sin una herramienta que bidimensionalice por ellos. Hay quienes serían
incapaces de pensar de verdad en la punta de sus
lapiceros sin sumirse en la locura.
§ 10.—
Benjamin describe asimismo un espectáculo de marionetas llamado “Theatrum
mundi”, que era una evolución berlinesa y mundana de los belenes tradicionales,
que recreaba los movimientos y acciones característicos de la vida cotidiana
del mundo, combinando artilugios mecánicos invisibles y títeres: trenes,
cacerías, calles, mares… deslizándose en filas paralelas que iban apareciendo a
diferentes velocidades ante los espectadores, reapareciendo regularmente en una
combinatoria regulable y siempre revisable. En esta época abundan incluso los
panoramas ambulantes, las tiendas con espectáculos que se van renovando a cada
día de la visita; unas atracciones de feria que hacen posible conocer lugares
pintorescos y los escenarios de los grandes hechos de la época introduciéndose
en ellos. La temática es, como se decía entonces, noble, y los artilugios reciben
nombres seudocientíficos: ciclorama, cosmorama, neurama, cuadro periscópico…
§ 11.—
¿Se reduce todo esto a la
aparición de una enfermedad que impele a mirar todo con los propios ojos,
escoger —mediante un aparato en que lo visto parezca existir sólo para uno mismo—,
y llevárselo puesto? La fotografía estereoscópica lanzada al mercado en 1851,
pretendía poner al alcance de todos “la tercera dimensión, el movimiento” y se
transformó en una gran cadena de venta de fotos de todos los lugares
pintorescos del globo en busca de “la representación completa del mundo
visible”. Durante unas décadas, la fotografía estereoscópica fue la televisión
de los hogares burgueses. Y al igual que los tubos neumáticos, deja de
parecer relevante en cuanto desaparece del mercado de lo trivial —de la superestructura de la superestructura— aunque sea para florecer en
la oscuridad de un campo especializado como el de la cartografía. Y
considerando los telescopios turísticos, que también permiten disfrutar del
paisaje fraccionado y previo pago, ¿cuál de estos inventos precede o sucede a
cuál? El relato de todas estas invenciones es uno de asimilación: todos los
hallazgos se superponen. Niepce, por su parte, inventaba la fotografía para
ampliar el campo de acción de la litografía: que no haya que dibujar más en la
piedra, sino que ésta pueda ser tratada
mecánicamente. Hay una avalancha de inventos hechos por una incierta necesidad
ontológica, por una razón instrumental disparatada que posee a casi cualquier
rentista o jubilado, que se dedica a inventar lo que sea y luego a darlo a
conocer porque sí. E invirtiendo la clásica práctica comercial según la cual
hay que presentar como absoluta novedad lo que día tras día retorna como lo
mismo, estas verdaderas novedades se presentan al público en las ferias bajo
una carpa, intentando hacerse pasar por un viejo conocido. Ha sido muy
importante para la consagración popular del cine que a los Lumière se les
ocurriera que podría dar más beneficios asimilar una proyección cinematográfica
a una función de teatro, con un público reunido presente, que la hallará más
atractiva cuanto más teatrales parezcan las condiciones de proyección. El cine
pasa del rollo de celuloide a la sábana, pero la sábana ha estar colgada sobre
un estrado.
§ 12.—
El afán de culturizar a los que a partir de ahora van pasando de súbditos
a contribuyentes, aunque sin dejar de ser súbditos, conduce a fundar museos
oficiales de copias para que en todas las capitales sea posible disfrutar de
alguna manera de los Greatest Hits del Arte, imitaciones
fiables de las más conocidas, clásicas obras, incluso realizadas por famosos
artistas durante sus estudios en el Louvre o el Ermitage. Del mismo modo, los
carísimos y enormes cuadros que mostraban multitudes y escenas históricas eran
amortizados mediante giras, cobrándose la entrada a la carpa de la exposición
ambulante [como también es de suponer que se haga ahora, y estaría bien
averiguar en qué diferencia puede haber entre los viajes de un Guggenheim a
otro que da una exposición, bien montada, diseñada y empaquetada, y las giras
de los Rolling Stones, sobre todo en cuanto a cachés]. También en el XIX
aparecen museos de cera tan famosos como el de Madame Toussaud, concentrando
panoramas, una versión embalsamada de los cuadros vivientes y el periodismo sensacionalista
—que a su vez está a punto de convertirse en un periodismo ilustrado gracias a
la xilografía a contrafibra— y aun hoy tan apreciados en razón del mérito y el
trabajo que tienen reconstruir tantos detalles, aunque no se sepa si son
verídicos o no.
§ 13.—
Fue la ampliadora lo que hizo posible la multiplicación de las
fotografías. Y a la vez su falsificación. La ampliadora es una evolución de la
linterna mágica desarrollada para visionar los microfilms que se enviaban de un
lado a otro de los numerosos campos de batalla del siglo XIX por medio de
palomas mensajeras. El cuarto oscuro del aficionado es un eslabón perdido
anacrónico entre el laboratorio de Niepce y la tienda de campaña en retaguardia
de mariscales borrachos de patriotismo. En cuanto está al alcance de casi todo el mundo tener retratos a la hora, para que nuestra
efigie siga siendo preciosa hay que hacerla cada vez más grande, tan enmarcable
como un retrato al óleo, o travestir la técnica fotográfica mediante retoques y
texturas de dibujo “de artista”. Pero también permite la invención de tarjetas
de visitas, que multiplican 4, 6 u 8 veces la misma imagen de su titular, que
ahora puede ir repartiendo versiones idénticas, identificativas, de sí mismo,
junto con sus más corteses saludos, a propios y extraños. ¿Cuánto transcurre
desde que el proceso del daguerrotipo de hace propiedad pública hasta que todas
las casas burguesas cuentan con un retrato del señor sentado cinco veces
consigo en la mesa del salón? ¿Y los retratos de difuntos, realizados en su
misma casa, montando allí un laboratorio móvil al estar vetado por motivos de
higiene transportar el difunto al estudio-taller? (Dado que esto suponía muchos
gastos, había que comprometerse a comprar entre 6 y 12 copias, a repartir entre
los vivos excepto la que se introducía en el ataúd del difunto.) ¿Y hasta los
panoramas pictóricos compuestos, montajes de fotos tomadas por separado de
paisajes, aperos, perritos, manantiales y niños disfrazados de pastorcillos,
que aspiran a aventajar a la pintura de género en su propio terreno, el del
virtuosismo y el k.o. técnico que permite lograr sobre los ojos una imagen
enorme, en todos sus puntos igualmente enfocada, sin limitaciones de
profundidad de campo?
“El cine fue inventado porque en nuestro siglo había una imperiosa
necesidad de encontrar un lenguaje que convirtiera las cosas en realmente
visibles. (…) actualmente el camino parte de lo físico, para conseguir a través
de él llegar a lo espiritual.” (Wim Wenders)
“El séptimo arte está congénitamente viciado porque ha sido inventado por
la burguesía para ocultar lo real a las masas.” (Godard)
§ 14.—
Gran parte de las expectativas despertadas por el cine se deberían a su
posibilidad de convertirse en una nueva lengua, y lo mismo sucede en el caso de
la fotografía. Más allá de lo que se pretendía con el esperanto. Hay constancia
de que eran vistos como una capacidad lingüística única del hombre moderno, y
por ello libre de la oscuridad y del peso de la historia… La posibilidad de
comunicase libres de goethes, cervantes, shakespeares, fronteras,
unificaciones, normalizaciones y reales academias… Hubo una minoría que en los
años 20 tenía una visión seria del cine, como arte, o como algo capaz de llegar
a ser arte, se echaron las manos a la cabeza con la llegada del sonoro,
pensando que era el final de todo lo apenas entrevisto. No es que el nivel
medio de las películas sonoras fuera muy superior o muy inferior al de las
películas mudas… pero esos abominaron el cine y se desentendieron de él hasta
el punto de no molestarse jamás en decir si el cine sonoro era o no un digno
sucesor para el mudo.
§ 15.—
Presentar el cine como “el Arte del Siglo XX” es una artimaña comercial.
Los antecedentes del cine son de la más baja estofa y su ascenso comienza
cuando se equipara con el teatro. Pero esto se dice cuando ya nadie va al
teatro y los que van, como en el caso de la ópera, van a aparentar y ya no
saben reconocer una pieza de teatro basura… Cuanto más tiene una película de
teatro basura, más se la alaba; ahora y entonces. Cuanto mayores eran su carga
realista y su lastre literario, más avanzaba el cine por este camino de
redención. En la tan venerada etapa clásica, hasta las películas más
insignificantes estaban basadas en novelas. Olvidados bestsellers o novelas
convertidas en guiones antes de ver una imprenta, pero novelas al fin y al
cabo…
§ 16.—
El cine de Mélies y los primeros ilusionistas es cine de barracón, como
un vodevil irreal, y siempre se usan planos frontales y una puesta en escena de
entendimiento inmediato. En ella prima lo irónico, emparentada con el teatro de
títeres y las caricaturas, la Commedia dell’Arte, las historietas de periódico
más populares. A pesar de representar decorados y actores de verdad, la
tridimensionalidad apenas es un elemento que se use de verdad, al evitarse los
movimientos arriba y abajo del escenario, los escorzos, todo lo que pueda
dificultar la rápida lectura de lo que sucede. La postura es fácil de
interpretar sólo por el perfil que presenta contra el telón decorado. Con el
movimiento de la cámara y el montaje entran en juego unos recursos totalmente
diferentes, que no tienen que ver con la pantomima, la caricatura y la pintura,
ajenos a la tradición fotográfica, como a casi todas las tradiciones artísticas
anteriores: desde que el ojo puede ir hacia adelante y hacia atrás, abrirse o
cerrares y ralentizar o acelerar su mirada, cambia el referente a usar: Los
hallazgos de Griffith y demás son equivalentes a los mecanismos narrativos de
la novela, que en esos mismos años con solo abrir cualquier libro de Proust,
Joyce o Woolf se muestran disecados, desenmascarados, espachurrados. Un paso
dado para poner un arte a la altura de los demás no supone precisamente un
avance. Las películas de terror de la Hammer y la Universal son básicamente
teatrales. El terror moderno nace cuando la falta de recursos técnicos y de
demás tipo, fuerzan a H. G. Lewis y George A. Romero a un paradójico retorno a
Mélies y al Gran Guignol, consciente o no, para sus plagios a Hitchcock. En
ellos cuentan más las escenas aisladas que la suma de las partes; las escenas
de ligazón en la práctica son poco más que relleno para alcanzar a los 60
minutos de metraje. Nadie se librará en adelante de arrastrar un argumento
imbécil.
“El verdadero primer triunfo de la mecánica es el tren, que no casualmente
nació al mismo tiempo que la fotografía. Estar en un tren es como estar en el
cine, mirar por la ventana es como estar haciendo un travelling.”
§ 17.—
El cine mudo es la representación urbana por excelencia: la percepción
sin análisis, la exageración, la narración en potencia, nunca actualizada; una
presencia exacerbada de signos en todos los canales a la vez y en conflicto
mutuo: un mismo logos que indefectiblemente se desdice, se niega a sí mismo.
§ 18.—
La materialidad de toda escena representada en el cine mudo niega cada
instante precedente, dificultando así la narración. Sólo mediante trucos
retóricos se conseguiría construir episodios con estructura de partes y
secuencias: surge una necesidad de tiempos muertos, preposiciones,
copulaciones, expresiones de cortesía y reiteraciones.
§ 19.—
Una película, como una obra de teatro amateur, tiende a ser un cúmulo de
sintagmas nominales inarticulados, sin relación. Aparece como un revoltijo de
libres asociaciones de escenas cuyos sentidos se disparan en todas direcciones
—caminos que se insinúan y son abandonados en el primer atajo— sin evocar la
idea del bosque en su conjunto.
§ 20.—
La base primordial del disfrute de las primeras películas, si hacemos
caso a Panofsky, consistía más que nada en el equívoco placer de observar cosas
que pareciesen moverse, sin tener en cuenta cuáles. La idea de representar
imágenes en movimiento es anterior a la de la fotografía: en ninguna cultura
tecnificada han faltado aparatos de resortes. Hay centenares de aparatos del
XVIII y XIX que juegan con la animación de figuras, sombras, dibujos,
marionetas que documentan este propósito de escribir el
movimiento, que
no es lo mismo que querer mostrar fotografías en
movimiento.
Parece que la cinemanía recurrió a la fotografía porque estaba allí. Una
elección de segundo plato. No se puede hablar de un progreso natural, una
evolución ineludible que nos lleve de Niepce a los Lumière. La fotografía surge
como arte perfecto pero condenado a ser encadenado y subordinado al cine. He
mencionado antes una razón instrumental que impelía a cientos de ciudadanos
anónimos a inventar y patentar majaradas mil con la vana esperanza de hacerse
millonarios y recibir un título nobiliario gracias a una ocurrencia genial que
haga más fácil la vida a la humanidad. Entremezclados con estos piantados
hallamos otros miles consagrados a una idea que polariza sus acciones: la
invención de un aparato que preserve la vida y pueda hacerla repetirse tantas
veces como se desee. Lo mismo que múltiples personas inventaron máquinas de
vapor al mismo tiempo, todos los países cuentan con sus precursores e
inventores del cine. Es posible rastrear durante todo el siglo XIX miles de
aparatejos precursores del cine, que a su vez fueron en su momento
exclusivamente concebidos para ser un paso adelante en el camino hacia el cine.
Todas las
naciones tienen su serie de pioneros dirigiéndose a toda prisa a una misma meta
ignota. Cuando ya se tiene a la vista un año cero, se trata de llenar el tiempo
que queda hasta él. Y el proceso se realiza en la dirección inversa también: el
autor de la Historia Genética de Lo Que
Sea ha
de procurar que la edición de su obra se anticipe a nuevos descubrimientos
arqueológicos que pudieran anular la objetividad celestial de la absoluta
veracidad histórica que pretende.
§ 21.—
Periódicamente aparecen años cero, cualquier acontecimiento es válido
para un intento de marcar el año cero de una nueva era (magno acontecimiento
entonces, a pesar de lo luctuoso que de por sí sea). Su descubridor conseguiría
ingresar en la posteridad al modo de Américo Vespucio. Y también lograría la
gloria material vendiendo el marketing de oficial de la ceremonia inaugural. Ni
en esto supone novedad alguna Fukuyama: desde siempre que ha habido
civilizaciones históricas ha habido con quien contar para declarar a algo histórico a fin de poderlo desterrar al pasado y negarle cualquier
vigencia en el presente. No es una trivialidad para amenizar suplementos decir
que lo histórico es lo acabado, y que vivimos más allá de la Historia, sin
poder intervenir en ella. El Año Cero de una nueva era sin tiempo, sin
historia, no se contaría más medición que los planes de pensiones y los plazos
de caducidad de las opciones de compra de acciones.
—
Para los inquietantes personajes dedicados a la venta de seguridad, es
anatema la idea contraria de que el carácter histórico de algo radicaría
precisamente en lo contrario: estar presente en lo que en este momento ocurre,
que cualquier momento va dejando marcas, y el ya puede ser vivido
históricamente. No sólo habrían de temer en tal caso por la marcha de sus
negocios.
—
Las nuevas eras que se nos ofrecen son siempre de aquellas en que la
Historia por fin se detiene. Presentar el status quo del momento como algo por
encima de todo cambio Reconocerse histórico es reconocerse perecedero, ”precedero” y precedido: igual
que se arrastran los pecados ajenos, se dejan aún más como herencia a los
“hijos queridos.”
—
No pensar en que puede venir tras esto, ni qué pudiera ser. A pesar de
que acabe pasando algo. No acaba el año sin que vuelva a repetirse la grave o
jubilosa ceremonia del Año Cero. La estúpida frase “ la vida sigue igual”
adquiere nuevos matices.
§ 22.—
De nuevo según Panofsky, el cine es “el único arte cuyo desarrollo ha
sido presenciado desde sus mismos comienzos por personas que aún viven”. El
estado de perpetuo presente, mantenido y justificado por la permanente
renovación tecnológica, hace que nos presentemos nuestros tiempos como un
estado eterno. Todas las novedades en cuento
informática y telecomunicaciones son impuestas a lo largo y ancho del mundo en
su conjunto. En vez de irse extendiendo como un cáncer desde un foco, algo tan
secundario como el uso de los teléfonos móviles como walkman se impone en todos
los mercados mundiales por igual, como un sarampión que afectando toda la piel
presenta mayor densidad de erupciones en algunas zonas que en otras. Los
modelos nos son sustituidos por el siguiente eslabón de su cadena evolutiva,
sino que se pasa de golpe al modelo más reciente y avanzado que uno tiene la
oportunidad de conseguir. Unas innovaciones de la mayor importancia para
multitud de personas no significan nada para otras que pueden pasarse toda la
vida pegadas a su televisor de 1985 sin necesidad de ir más allá de aprender a
cambiar de canal con el mando a
distancia. Al
igual que la clase alta inglesa del XVIII se consideraba a sí misma, sin
vacilación, la cumbre de la evolución humana, la encarnación del hombre que
quiso crear Dios, sólo superable por la Venida del Reino, nuestra época se cree
con derecho a juzgar a todas las demás por su patrón. Debajo de cada piedra
salen quince científicos pidiendo financiación para investigar que poseer,
comprar y rendir culto al capitalismo son algo inscrito en los genes humanos. Nuestra
sociedad democrática es la verdadera socialidad, el patrón mediante el cual
evaluar y corregir a las demás. En cuanto desaparezcan las pocas personas aún
capaces de recordar un pasado sin coches, ocio, identidad nacional ni teléfonos
móviles, será imposible demostrar que en casa de los antiguos griegos no
hubiera un aparato que prefiguraba el televisor.
“El hombre ha querido soñar, el sueño gobernará al hombre; pero ese sueño
será, desde luego, hijo de su padre.”
§ 23.—
Hasta la más avanzada cámara digital seguirá utilizando el corte,
dividiendo el tiempo en frames. Desde el primer aparato kinetoscópico se fue
consciente de que para mostrar movimiento han de existir momentos en que NO se
muestre nada. Tiene que haber un vacío, un parpadeo o lo que sea, ya que los
medios de que se dispone hasta el momento se basan todos en la persistencia
retiniana. “Sólo la oscuridad cambia.” O sólo la oscuridad puede hacernos creer
que vemos . Así que la kinetoscopía, desde el principio, ha sido más digital
que analógica, basándose como lo hace en unos y en ceros y no en una recreación
continua paralela a la realidad, como una grabación en audio de casete, por
ejemplo. Todas las cámaras, incluyendo las de vídeo de última generación,
fragmentan cada segundo. En 24 frames, o en 25 las de vídeo en 25. No se trata
de que lo conserven entero aunque dividido, sino que a lo largo de cada segundo
se abren 25 veces durante espacios de centésimas de segundo. Pero ni esa
fracción llega a ser el instante – la materia de la que está hecho el tiempo:
Supongamos un segundo de grabación con una velocidad de obturación de 1/125. Lo
que veríamos sería 25 x 1/125= 1/5 de segundo. Se nos han hurtado 4/5 del
tiempo. Un fotograma con una exposición de 1/5 de segundo no coincidiría con
ninguno de los fotogramas anteriores. Si preparásemos una cámara para tomar 50
fotogramas por segundo, exponiendo a una velocidad de obturación de 1/250, la
porción de tiempo preservada respecto al FLUJO DE LO REAL es la misma: 1/5 de
cada segundo. Y sin embargo, ninguno de los 50 fotogramas, examinado con rigor,
coincidiría con los que tomase una cámara que trabajase como la primera.
§ 24.—
El fotograma no muestra el tiempo que estuvo abierto el obturador, sino
la iluminación que fue recibida. Cuando vemos a un hombre con camisa, no vemos
la camisa tal como puede ser en cada instante absoluto del tiempo, sino el
cúmulo de instantes de su existencia en que la camisa ha tenido que estar
reflejando luz hasta que hemos obtenido una imagen de ella que nos parezca
satisfactoriamente convincente. Con la fotografía “el tiempo de lo representado
se convierte necesariamente en el tiempo de la imagen”. No sería tan
descabellada la teoría clásica, mencionada anteriomente a propósito de la Olympia
de Manet, de que el espectador emite rayos que regresan cargados de
información: Parece como si en ese cuadro por primera vez se retratara con
iluminación de flash, que se retratara la luz del flash propiamente dicha. La
tradición de las artes plásticas imponía hasta entonces que la duración de la
acción representada no tenía que ver con el lapso temporal necesario para
plasmarla: el momento era elegido y concebido como parte del mismo ejercicio de
abstracción, bien inconsciente de puro rutinaria, bien premeditada, que era
consustancial al oficio del retratista. A partir de aquí se convierte en el
ambiguo instante del flash.
§ 25.—
Hay una interpretación teñida de sociología barata de ese cuadro: que es
el espectador, digno burgués, el que hace lo que esta viendo, la mujerzuela que
es su obra. No me interesa. No pienso que los pintores —excepto cuando pintan
por encargo— hagan cuadros para que los vean sólo determinadas personas. O para
que sólo tengan sentido para las personas que incriminen, y a las otras les
resulte incomprensible o las ofenda en vano. Prefiero tomar literalmente esa
teoría: Nuestra luz empapa lo que ve y lo extrae del continuum papilloso que,
de buenas a primeras, es el mundo, y lo trae a la naturaleza, a lo inteligible
(sea lo que sea esto).
"Tras serias reflexiones he llegado
a la conclusión de que en estos cuadros no hay nada que se pueda cambiar, que
se pueden contemplar con cualquier luz y que no se pueden destruir con la
formación de sombras." (John Cage, hablando de Rauschenberg)
§ 26.—
Para el cuadro "legible" clásico, bastaba con una luz más o
menos similar a la necesaria para leer, coser, escribir cartas. No se temía que
la colección de retratos de los antepasados colgada a lo largo del pasillo y la
escalera más oscuros de la mansión se borrasen al apartar la luz del
candelabro. En contrapartida, se entraba en el juego de colocarse en un punto y
a una distancia exactas frente al cuadro en pro de la eficacia de la lectura de
cuadros como los del Renacimiento, igual que se acepta leer un libro a la
distancia y en la posición que nos ha impuesto indirectamente el editor cuando
decidió el tipo y tamaño de letra que iba a valerle para unificar la imagen de
sus colecciones. Por eso, una pintura anamorfósica, el colmo de lo
dictatorial, actualmente tendría más de instalación que de pintura. Porque un
cuadro actual, generalmente muy grande, visto desde cualquier lado y a
cualquier distancia, dice lo mismo en parte que en conjunto, y sea lo que sea
lo que dice, lo que cuenta es su accesibilidad democrática. Razón de más para
que sea crucial la cuestión formal, es decir: la de la forma de presentarlo.
Las demás consideraciones casi serían una recaída en esa distinción que
oficialmente ha sido felizmente superada entre fondo y forma. Cuanto menos
importa la iluminación interior de un cuadro, más importa la exterior, y es
esta cuestión una de las más candentes para comisarios, investigadores,
inversores y demás especialistas. La luz a la que el pueblo ha de ver lo
expuesto para que lo vea de verdad, la luz a la que se le aparece o deja de
aparecer; el dudar de que pueda desaprovechar una magna retrospectiva a causa
de unos fluorescentes de la marca equivocada. ¿Cuál ha de ser la luz, en cada
caso, la que sesudos especialistas presumen había en el Bateau-Lavoir a las
cinco de la tarde del día en que se concluyeron las Demoiselles, la que Rothko
presuntamente tenía en su mente, o el promedio calculado por los investigadores
de lo que podía atravesar las mugrientas vidrieras de su estudio?
§ 27.—
Una serie de fotogramas hace pensar obligatoriamente en lo que se ha
escapado por los intersticios, como una ley, que si es opresiva respecto a las
acciones que penaliza, aún lo es más con las restantes, porque las permite. La
razón por la cual las pinturas cubistas y futuristas pretendieran escapar al
realismo podría ser no habérselo dejado a la fotografía, sino haber entrevisto,
gracias a la mecánica del cine, cuál era el campo a investigar: el tiempo:
reflejar lo que tradicionalmente la pintura concebía ajeno a su oficio, pero
que gracias a sus recursos, puede abordar como el cine nunca podría hacerlo. En
el “Desnudo bajando una escalera”, Duchamp no pinta como superponiendo fotogramas de Muybridge o Marey: el
punto de vista también se mueve: el tiempo transcurre para pintor y modelo. Si
adaptáramos un aparato cinematográfico para registrar analíticamente una
acción, el resultado podría ser muy parecido.
§ 28.—
El sumatorio de todas las horas durante las cuales un producto como el
Space Bag ha estado siendo anunciado en interminables publirreportajes a lo
largo y ancho del mundo durante los últimos meses supera cientos de veces a
todas las de emisión de una pieza tan básica para nuestra cultura como Lo que el viento se llevó. ¿Cómo es posible medir el espacio ocupado por algo como una película?
Multiplicando su duración por el número de ocasiones en que la hayan emitido
cada una de las cadenas del mundo que existan y hayan existido, o multiplicando
su duración por el número de personas que la han visto, o por el número de
veces que ha sido vista, sin tener en cuenta si es la primera o enésima vez, o
contabilizando todo el tiempo que le ha dedicado cada ser humano a lo largo de
su vida, sea viéndola completa o en parte, hablando sobre ella, pensando en
ella, viendo publicidad sobre ella. ¿Es cada segundo un átomo del tejido del Tiempo
que existe igual para todos, o cada segundo de mi vida transcurre
simultáneamente a otros 6.000 millones de segundos, y el tiempo de existencia
de la tierra es la suma de las existencias de cada una de las personas que ha
pisado sobre ella, y nada más antes de eso. ¿Habría que sumar los segundos en
este momento ocupados por la retransmisión de algo? En tal caso, bastaría
contabilizar el número de emisoras que actualmente funcionan las 24 horas del
día hasta en los sitios más insospechados del mundo. ¿O habría que tener en
cuenta también el tiempo enlatado? ¿Sería posible
comprobar cuantas emisoras usan un bucle de duración indefinida, cuánto mienten
las programaciones facilitadas por las emisoras a los periódicos para fingir
una variedad que no existe y, sobre todo, si no se encabalgan las
retransmisiones deportivas, repitiéndolas o haciendo especiales que no tienen
nada especial que contar, para que haya un sector continuo siempre dedicado a
los deportes? Imaginemos que para no demorar más el Juicio Final se prohíba
terminantemente todo tipo de registro audiovisual, y una sola emisora recoja
cada ejemplar de una grabación sonora o visual, lo reproduzca una vez más e
inmediatamente lo reduzca a cenizas: ¿cuánto nos quedaría por esperar?
§ 29.—
El proceso inverso es un caso de desarrollo fractal: dentro de un área
limitada no es posible dibujar una figura geométrica cuyo perímetro podemos
aumentar hasta el infinito. Algún día se
analizará también la existencia de los miles de artistas ignotos que han
documentado sistemáticamente, en su integridad, la primera mitad de su vida,
para hacer exégesis y estudio de ella durante toda la segunda. Ahora es posible
grabar a cada persona, continuamente desde el momento en que nace, por si es
una artista, un artista capital, alguno de los kilómetros de película contendrá
la clave. Preservemos la obra inmaterial: Fotos de Beuys. De todos sus amigos.
De todos los factores contingentes en la producción de una de sus obras
determinada. Estudios y análisis. Estudios sobre la imposibilidad de acceder a
conocimiento suficiente o ninguno a través de las fotos y estudios mencionados.
Nos sería posible reconstruir la vida de un personaje ilustre, como una
estrella de la música, a partir de todas sus grabaciones, de cada centímetro de
soporte que contenga huella suya; y luego de cada mezcla hecha cuando no estaba
grabando, y de las mezclas que no llegó a realizar o que no pudo ni imaginar a
causa de las insuficiencias de la técnica más avanzada de su momento. Y también
como fue percibido y cómo fue acogido cualquier producto de estas operaciones
en cada lugar del mundo. Y, si es posible, las opiniones de cada una de las
personas relevantes afectadas por ellos.
§ 30.—
Para los cálculos anteriores habría que determinar cuál es la duración de
cada película: cuál es la verdadera versión e todas las que circulan. lo mismo
puede aplicarse a sus formatos de proyección, e incluso a los ajustes en
velocidad de proyección. Se supone que muchas películas sólo sobreviven en
versiones defectuosas, no sólo adulteradas por la industria, sino por cualquier
tipo de azares; no siempre hay que achacar a la mala voluntad que algunas
películas mudas sólo sobrevivan en versiones malamente coloreadas e incluso
musicadas con sonido discotequero. La remasterización digital acaba,
presuntamente, con el problema de un original condenado al envejecimiento y el
desgaste. Una buena copia digital contiene, según parece, todo lo del original,
pudiéndose multiplicar ad infinitum en miles e copias
idénticas, con la misma riqueza de información. esto haría posible ya destruir
tantísimos originales que, a menos que cuentan con un museo dispuesto a
conservarlos en una cripta de lujo, podrán ser destruidos para evitar peligros
de incendio y ganar espacio para las novedades. Toda nueva versión, remezcla,
investigación, reconstrucción, se podrá hacer a partir de estos nuevos
originales que, al haber sido realizados con limpieza y restauración, resultan
más fieles que el primigenio, condenado al desgaste. El problema de las
generaciones será cuestión exclusiva del mundo de lo analógico donde, copia a
copia, unos datos se perdían al tiempo que otros, a menudo nada más que polvo y
estática, eran añadidos. Se pretende que creamos que en el corazón de la
industria que remezcla sus productos se produce, una vez ha sido concluido el
máster definitivo, se procede a la destrucción in situ de la antigua grabación
analógica, para que haya constancia y no pueda ponerse en duda el momento de
superación que se ha dado. El original analógico ha dejado de ser el antecesor,
y de repente se convierte en una mala imitación inaceptable. no serían más que
evidencias de un antiguo momento de materialización del verdadero testimonio, al
que sin lugar a dudas hay que irse acercando todo lo posible.
§ 31.—
Un disco de estudio, quizás producto de múltiples sesiones, remezclas,
overdubs y combinaciones de materiales de archivo, que pudiera ser que jamás
haya sido interpretado íntegramente de forma alguna;
una obra original, en todo caso, producida, masterizada, duplicada y fabricada
en masa antes de ser por fin reproducida como objeto, en el espacio, y como
sonido, en el tiempo; ese disco, pues, en comparación con una hipotética
interpretación en directo del mismo tema, aparece como un falso instante que
únicamente sucede cuando si alguien lo coloca en un aparato reproductor y lo
hace sonar durante 4 minutos y 38 segundos que nunca fueron tales.
§ 32.—
Sin embargo nadie se engaña: la razón de la industria es la misma que la
de la publicidad y la de la política: todo puede decirse, nada hay que
demostrar, hay que hacer una piña en todo momento, y nadie puede pedir cuentas
por ello: Hay que obrar siempre como poseídos por la más firme convicción que
el producto que se pone a la venta, lo digital en este caso, es lo más de lo
más, es la cima de la evolución en ese campo, por mucho que simultáneamente no
se deje de investigar en todo tipo de nuevos productos. Así que por mucho que
se hable de tales sublimaciones ceremoniales no dejamos de pensar que algo se
conserva para someterlos a eventuales invenciones revolucionarias pasado mañana
mismo.
§ 33.—
Cada innovación en cuanto productos y técnicas y tratamientos supone una
nueva revisión de lo existente. Las obras de arte capitales para nuestra
identidad, autoestima y economía han de ser restauradas una y otra vez hasta
dejarlas como nuevas cada vez que se pone en el mercado una panacea que otra
vez las dejará como el primer día. Cuantos más éxitos se consiguen en el campo de
la restauración de óleos, más se reduce el
intervalo que pasan entre chequeo y chaqueo Las Meninas, y al final la razón por la
cual las obras de arte han sido sustituidas por imitaciones en los museos y en
las calles no será salvaguardarlas de fanáticos y agentes contaminantes, sino
por razones de comodidad: el público estará más tranquilo sabiendo que tiene
que ver una falsificación oficial porque la importantísima pieza está aislada
del paso del tiempo y preservada de las consecuencias de su propia existencia.
Porque a nadie se le escapa que la aplicación de estos carísimos adelantos
estará primeramente reservada a lo más demandado, a aquello sin lo que no se
podría pasar, y no a piezas anónimas y no merecedoras de semejante desembolso
público permanente.
“Asimismo, la obra de arte siempre va royendo los zancajos a sus
circunstancias, a su sociedad, por mucho que ésta sólo se reconozca en ella con
más retraso todavía.”
§ 34.—
En cuanto el permanente renacimiento tecnológico se constituye como nueva
necesidad ontológica de los iconos culturales, aparece una nueva aporía en al
Arte: no ya la de su contenido, sino la de su técnica. El progreso toma
empinadas veredas e incluso trepa muros que parecían insalvables, los demás
vamos a la zaga por subiendo los escalones que nos vayan edificando. Incluso
cuando pisamos los recién tallados, sabemos que no somos más que los primeros
de los que van por detrás. Y sin embargo el patrimonio cultural, sin atención
al que, en términos absolutos, pudiera ser su mérito, no puede, no debe
envejecer. Mas cada “reedición” de La guerra de las galaxias es más vieja que la
anterior, porque nos hace pensar que todavía ha aumentado más la distancia
entre lo que vemos y lo que en estos momentos sería posible hacer conforme al
actual estado del arte. El casi religioso desembolso de una cantidad
inimaginable de millones no se dedica a hacer que la que una vez fue la
película más cara rodada hasta la fecha vuelva a serlo, sino a acometer de
nuevo la más escandalosamente cara aventura publicitaria jamás imaginada.
§ 35.—
Borrar las huellas. Sea por estrategia, sea por necesidad ontológica: lo
prudente se superpone a lo que admitido por todos como inevitable. Las
novedades expulsan a los ‘clásicos’ de tan sólo dos años de los videoclubs,
aunque los ingresos que sigan dando sean superiores a los producidos por los
que han de ser los nuevos éxitos. Y al mismo tiempo que las cintas de rompe y
rasga del año pasado se almacenan las cintas de obras cimeras de los grandes
maestros el pasado, almacenadas en el mismo trastero, haciéndose tan
inencontrables unas como otras, y sólo los ‘Clásicos Disney’pueden garantizar, con gran sacrificio, su permanencia en
la estantería. Se falsifican películas coloreándolas, haciendo infinitos
remakes o secuelas y creando una jungla tan impenetrable de malas encarnaciones
y falsas pistas. Tan sólo el más erudito y acomodado de los fanáticos puede
localizar la versión idónea de una película de serie B con cuyo mismo argumento
se han grabado otros miles de películas, todas aquejadas de la misma
incertidumbre en cuanto a su doblaje, formato y forma de transposición de un
soporte a otro. Cualquier película estadounidense es susceptible de ser
automáticamente declarada “clásico americano”, aplicando el mérito Disney de
autobombo. Tal declaración traslada a un limbo aparte a todo lo que recibe la
etiqueta: tanto si es ET como Espartaco: todo forma parte de una misma cultura, que es lo mismo
que decir de una misma industria. todo puede ser digno de una retrospectiva o
un homenaje. Del mismo modo los canales digitales consiguen equiparar los
capítulos de las más olvidadas series de televisión de los sesenta con los más
caros fracasos: todas quedan convertidas, independientemente de su contenido e
intencionalidad, en similares instrumentos de inmovilización y tortura.
§ 36.—
Pensemos en que la gente que tiene la ocasión de hartarse a ver grandes
películas en las mejores condiciones, por vivir de las rentas en un piso junto
a las cinemateca de París o Nueva York, o por estar suscritos a los mejore canales
de pago del mundo, no es plausible que resulte mejorada personalmente, ni menos
embrutecida que los que se pegan hartadas similares de tertulias. ¿Sería una
desgracia que todos los canales retransmitieran material de extrema calidad y
nadie lo viera?
“La globalización implica la emergencia de nuevos valores que trascienden
las estructuras estatales.”
§ 37.—
Hay que juzgar al Arte por lo que promete. Música, cine, publicidad,
periodismo: todos solicitan su ascenso a primera división cuando les conviene.
Más sin embargo es lo que puedan tener en toda ocasión de artístico lo que
siempre se les solicita. Todas las ocasiones de retractación y afirmar lo
contrario no son muestras de modestia: la alegación de ser simplemente
disciplinas comerciales no les impide ser tan artísticos como la pintura o la
ilustración o las novelas de Dickens. Es cuestión de escurrir el bulto ante
posibles responsabilidades. Igual que sus adictos aprovechan para escurrir el
bulto ante sí mismos.
B La sombra en el espejo
B1- Cine y perspectiva
“Podéis tragar sin miedo: uno no se muere. (…) ¿Acaso no arriesgáis todos
los días mayores castigos por menores recompensas?”
Hegel: “No es la conciencia la que determina la
vida, sino la vida la que determina la conciencia.”
§ 1.— No engaña a nadie la doblez
que llevan por bandera actores, políticos y publicistas en general: No es
posible ser a la vez máscara e individuo, máscara sobre máscara. Cada uno
escoge su máscara sabiendo que, diga lo que quiera, acabará siendo su verdadera
cara. O hablando más claramente, que engaña tan poco como ponerse calzoncillos
limpios sin quitarse los sucios.
§ 2.— El relato del progreso
natural del cine que se nos quiere vender habitualmente, el feliz a la par que
inevitable avance de la novena faceta artística del espíritu de la historia
universal, con el Hollywood de los 30-40 como cenit, se cuenta como ardua
escalada a una única cumbre, después de la cual todo es bajada, o a lo sumo un
equívoco paseo por las crestas menores de la cordillera. Todo lo marginal al
relato de la primordial ascensión debe ser tomado como pedruscos que se ven
diseminados por una y otra ladera.
§ 3.— Al serle preguntado en una
entrevista de los cincuenta acerca de la televisión, cuyo futuro entonces ya
estaba escrito y bien escrito, Stanley Kubrick observa que para soportar su
competencia el cine no tiene más opción que ser mejor. Es decir, más atrevido,
más sincero, más arte; tanto respecto a los productos televisivos como a los
propios. La contraposición cine/vídeo siempre se resuelve a favor del primero:
parece ser que en el interior del Espectáculo pueden distinguirse categorías.
El cine en TV es “la reproducción de una película”. Se pueden observar, a pesar
de todo, colas inmensas de adolescentes para ver películas que a los tres meses
saldrán a la venta y as los seis serán retransmitidas gratuitamente. Y las
colas son más inmensas cuanta mayor va a ser la posterior difusión doméstica de
esas películas. No hay duda de que se trata en la mayoría de los casos de
películas rodadas para que sean tan eficientes en los dos tipos de pantalla, y
que incluso su propia realización estará determinada por los condicionamientos
de la pantalla casera. Esta sería la revancha de la televisión, cuyas
imposiciones habrán invadido la misma naturaleza de una “forma de arte mayor”. Sin embargo, los componentes no técnicos que se
dice forman parte de la magia del visionado en salas —gigantismo, oscuridad,
rito, volumen, hipnosis, comunión, erotismo, invasión sensorial, modelos de
comportamiento— no han de pasar desapercibidos para los miles de niñatos que
sueltan escandalosas cantidades en taquilla. Más bien, considerando que saben
que el contenido objetivo de la película estará dentro de poco a su alcance,
podría pensarse tales ingredientes tradicionales son lo único que para ellos
cuenta, los únicos que de verdad se entregan a ellos. El objeto de la nostalgia
de los que añoran sus tibias salas de la posguerra sólo mantiene su dignidad
visto como si hubiera desaparecido ya, dado que visto como práctica aún vigente
no nos merecería otra cosa que desprecio. La recepción nunca deja de ser tan
solitaria como la muerte. los demás espectadores sólo nos sirven de eventual
paracaídas.
“Lo que quiere ser pura naturaleza es idéntico a lo puro fabricado.”
§ 4.— La notación musical
posibilitó que la composición llegara a extremas cotas de complejidad y de
abstracción, igual que la separación estanca de la literatura respecto al uso
cotidiano del lenguaje se debe sobre todo a la escritura. Asimismo, las
matemáticas no son descubiertas, pero tampoco inventadas: no son más que un
desarrollo lógico que no hace referencia a nada exterior a él y tiene pleno
sentido en sí mismo. El lenguaje va diseminando descuidadamente conceptos
capaces de cobrar vida propia. Hasta los mismos grafemas, las letras, pueden
aspirar a tener existencia propia y reclamar una porción del Reino de las
Ideas. El intento de destilar la esencia de las cosas a menudo interpone ídolos, tanto personales como colectivos. Cuanto más puro se pretende un
arte, más impura es su práctica: más cargada de mito, retórica y de todo el
lastre de la historia. Simplemente basta una ascesis ingenua para obrar el
engaño y olvidar que tanto tienen, o pueden tener, de espectáculo el cine y la
televisión, llegando a obrar los anuncios mismos como justificación y puente
entre ellos, como “lo mejor de ambos mundos”. Una videoinstalación, simplemente
por el escenario y su sequedad pretende disimular su parentesco con cualquier
otro visionado colectivo de malos programas en la televisión, cuyo análisis y hasta
disfrute es demorado igual que sucede en casa. En el nuevo entorno se desvanece
tanto lo que se pretende mostrar como toda crítica que se pretende suscitar
acerca de la forma de mostrarlo. Ninguna incógnita llega más allá de la
cuestión de su coste, lo organizado de la inauguración, la calidad del cava, de
qué vive éste, de dónde habrá salido, por qué él y no yo… En cualquier sitio
donde haya proyecciones de vídeo, vídeo instalaciones y montajes multimedia, en
el fondo no tenemos más que culto a la tele y majaderos que ganan subvenciones
por ayudar a que se siga olvidando que el único televisor bueno es el televisor
puesto en marcha por alguien que no lo considera un mueble inofensivo. Una
proyección continua, a la que se puede acceder en cualquier momento, sin
principio ni fin, no es más que una versión sublimada del zapping, al que cada
uno elige someterse sabiendo que siempre está allí y podrá volver a él en otro
momento.
§ 5.— ¿Qué es el cine más que la reproducción de un negativo maestro, elaborado
a partir de la copia de una selección de un enorme cúmulo de otros negativos
que comprenden tomas desechadas, tomas aún no trucadas y tomas que quedarán sin
trucar, alternativas, rellenos, comodines, tomas por sonorizar, exteriores
conservados por si acaso? No es una parte despreciable de la inversión que
requiere una película el mero coste material (es decir, no artístico) de este
trabajo de copia, archivo, selección y montaje. Cabría pararse a pensar si un
largometraje del que sólo se haya hecho una copia tiene puede ser llamado cine.
El que sólo exista una copia de muchísimas películas de antaño, y eso cuando
existe, la convierte en mucho más que en una pieza única: su calidad material,
como el de tanto artilugio industrial rescatado de la chatarra, basta para conferirle
un aura que sin tener que entrar en consideraciones de calidad la eleva a los
eternos cazaderos en que reposan las obras de arte. Igual que las vírgenes
románicas que no eran originales cuando fueron hechas.
§ 6.— Dicho sea de paso, ¿se le ha ocurrido a alguien proyectar alguna vez los negativos
originales, ahora que aún hay tiempo?
§ 7.— El carácter industrial del
objeto-cine puede cifrarse en que con el dinero invertido en hacer un número de
copias mínimo para explotar una película, bien podría rodarse otra nueva. Quien
haya empezado rodando un corto podrá recordar que la única copia realizada para presentar en concursos era hasta millares de
veces superior a lo que supuso todo lo demás. Los costes de producción de los
rodajes del aficionado dominguero, carentes incluso de negativo, han venido
incluidos en la compra de su cámara; el mundo, que más que algo que “existe
gratis”, es como las bonificaciones recibidas al contratar una tarifa plana.
§ 8.— La industria se otorga
premios a sí misma, siendo juez y parte de sus acciones, en un acto que
viniendo de cualquiera carente de tan enormes intereses económicos sería
ridículamente cínico y desvergonzado. Como si una cadena de supermercados diera
premios a su mejor fregona malpagada. Opina palmariamente sobre sí misma con
aplauso de todos los demás, que obran como testigos, aunque se creen
protagonistas, y en el fondo no son más que empleados de rompe y rasga. Es
necesario un poco de enaltecimiento del componente más espiritual del oficio,
de lo que en el fondo viene a ser el oficio (cada uno se siente un poco
halagado en cuanto público), o podría llegar a ser si las circunstancias fueran
otras (cada uno siente que podría hacer un poco mejor su papel de público), y
que la guinda en la punta del iceberg esconda al resto, sumergido o no. Pero la
misma crítica podría aplicarse a todo tipo de festivales de cine, que deberían
caer en el mismo desdoro que cualquier votación que convocase la anterior
cadena de supermercados para que esta vez fuesen sus clientes los que eligiesen
su cadena de supermercados favorita porque ¡ya verás que sorpresa cuando se
sepa el resultado! Que el mayor de los descaros resulte más aceptable cuanto
más gigantesca y monopolista sea la industria que se cuelga medallas a sí misma
pone en evidencia que la naturaleza de los monstruos de la industria cultural
es afín con la del Estado.
§ 9.— La forma primitiva de
radiodifusión, antes de la aparición de emisoras estatales, sufragadas por el
Estado, o particulares, sufragadas por los anunciantes, era el pago de un canon
de uso de los receptores: todo quien hubiera comprado un aparato abonaba su
contribución personal. Sin poder averiguar en cuántos países aún rige este
sistema, parece definitivo el triunfo del pago por visionado. La creación de
las propias cadenas, al gusto de cada cual, posiblemente llegando al punto en
que cada uno pueda encadenar programas a su gusto, sin molestos
encabalgamientos. Del mismo modo, también la publicidad vista será de alguna
manera pagada, a fin de que el anunciante no se vea obligado a imponerse al por
mayor, sino que pueda reducir su presencia solamente ante aquellos a quien
pueda interesar lo que ofrece.
§ 10.—
La manipulación es pretender que algo puede ser, de alguna forma, no
político, como si la objetividad fuera la cualidad de existir al margen de las
personas.
“No cometa el error de hablar como si estuviera dando una conferencia,
pues cada uno de sus oyentes, aunque en total sean millones, estará solo.”
§ 11.—
Los medios de formación de masas resultan doblemente masivos en cuanto
son gratuitos, y la concepción del cada miembro el público como personaje
separado ha de ser anulada. El carácter del espectador como miembro de una masa
ignota es reiterado y se abunda en él con la excusa de conocerlo y defender sus
intereses. Así, cada uno oye cosas que no le importan y que le resultarían
odiosas y físicamente insoportables en cuanto tuviera la noción de ser el único
ser sobre la tierra soportándolas. El concepto por el que se abona una
retransmisión de pago no es la retribución de unos servicios que de otro modo
no podrían prolongarse, sino para poder tener la opción de componer nuestro
propio menú entre los elementos comunes, en vez de tener que recibir lo que
viene anónimamente preparado, como hacen todos los demás, que cada vez son
menos. Se produce aquí una nueva aporía: pues el consumo que verdaderamente se
disfruta es el que ha sido precedido de comparación, anticipación y finalmente
una toma de decisión visceral, y el sistema de pago por tarifas planas nos hace
olvidar tarde o temprano que estamos comprando un servicio. Nuestra mentalidad
es que lo que se da por supuesto es gratis. Una vez acostumbrados a
domiciliaciones de diez en vez de unas de ocho, el servicio correspondiente a
ese aumento en el recibo ya parece un derecho y un hecho consumado desde el
principio de los tiempos. Ya que de cualquier manera, todos sabemos que el
mismo hecho de vivir exige la satisfacción de unas tarifas periódicas de vez en
cuando, y que su relación con aquello que supuestamente sufragan parece en
muchos momentos aún más arbitraria. No puede tomarse a la ligera lo que implica
que la idea de renunciar o liberarse de lo innecesario haya sido sustituida por
la noción, cuantificable, de descender por la escala del nivel de vida.
§ 12.—
El lucro difuso: también estar viendo anuncios puede ser una forma de
financiación (viajando por internet, puedes ganar dinero solamente dejando
abiertas tantas banderolas de las que salen por todas partes como soporte el
ordenador). Y asimismo puede resultar lucrativo para otros cosas tan banales y
que se suponen difíciles de computar, no digamos aprovechar, como los instantes
que pasemos visitando páginas de internet a través de remotos servidores,
huéspedes y puntos de conexión por los que pasemos en nuestras búsquedas, cada
vez que se mande un mensaje o se participe en una votación telefónica, se dé
los datos a un periódico, se recoja un periódico gratuito o se reciba una
suscripción de un año a Cosmopolitan por comprar una caja de Starlux. la
financiación es tan confusa y difusa que todo parece dársenos gratis, así como
parecerá de tontos a quienes reciban fáciles y extraños ingresos por estos
canales dejar de hacerlo. ¿Quién costea tanto megabyte,
tanto papel, tanto diseño gráfico, los anunciantes, o acaso la compraventa,
chequeo y especulación con enormes listas de datos de mercado?
“Mientras se ve mis películas se puede hacer muchas más cosas que durante
otras películas.” (Andy Warhol)
§ 13.—
Se pretende que lo que distingue esas películas es simplemente el ser
aburridas, el hecho de venderse irónicamente como películas aburridas, dando a
entender que lo no transgresor, la norma, contra toda evidencia en contra,
fuera no aburrir. Como en una obra de John Cage, supuestamente el
acontecimiento verdadero la proyección de semejantes películas sería la
reacción de los asistentes. Pero ¿es que no es siempre así? En
cualquier película lo normal es que, en efecto, no suceda nada más que la
reacción del público ante el cebo que se le pone: una caracterización
prefabricada, fácil de reconocer y de rellenar, con la que sepa cómo
identificarse, unos cuantos guiños para filmófagos y una aventura psicológica
de admirable calado. También se le reconoce al espectador el derecho a no ver
las películas enteras: que es el que ejerce habitualmente hace en su casa frente
al televisor. ¿Para qué iba hacerlo? Basta con saber de que van todas y cada
una de las cosas que se estén echando, saber que sigue reinando la tranquilidad
en todos los canales. Por lo demás, tanto da.
§ 14.—
Se quiere creer que, pese a toda la evidencia en contra, los niños son
inocentes, blancos, conforme al ideal acuñado en y para ellos por las
industrias Disney. Los niños reciben una educación acorde con lo que a sus
padres les gustaría que en este momento fueran. Los niños siempre están
sufriendo de estar a medio camino entre el sentimentalismo y los deseos
insatisfechos de sus padres. Los padres les dan lo que les gusta que a ellos
les gusta recibir; los adultos no buscan lo que quieren, desean lo que
encuentran, y si los críos disienten, es que no saben lo que quieren ni
aprecian lo que tienen. Lo chocante es que cuando aparecen en la pantalla
odios, muertes y el espectáculo del terror, pensamos que se trata de un caso
concreto de película que contiene unos momentos excepcionales, quizás
inadecuados para una mente infantil, pero sin duda dramáticamente necesarios,
exigidos por el guión. No pensamos que la presencia de tales excepciones tan
crueles con los niños, frente a las que somos tan permisivos en estas películas
y tan reticentes en todas las demás ocasiones, es la norma y el patrón en todas
y cada una de las películas de esta industria. Las películas se regodean en
mostrar la violencia de forma acrítica, opaca. No se trata de que esté mal
mostrar violencias, sino mostrar de forma plana, tópica, los actos, sin reparar
en la carga de violencia que podríamos reconocer tras las acciones más
normales. Se trata de un privilegiar la violencia para ocultar lo violento,
para desanimar a toda crítica y acostumbrarse incluso al dolor, que es a lo que
uno no puede cerrarse. Una famosa película muestra a un famoso actor actuando
de guardaespaldas de una gran estrella de cine que hace de gran estrella de la
música, a la que puede abrir camino entre la multitud de sus fans derribando a
cuatro transeúntes, rompiendo la nariz a quien le hace perder el tiempo y
destruyendo cinco coches y tres escaparates. Ninguno de estos actos requiere la
menor justificación o censura: basta que estén competentemente rodados y se
ajusten al argumento, al solipsismo de los protagonistas, cuyas pasiones son
las únicas que de verdad son contadas y merecen ser tenidas en cuenta. Se trata
de una horrible lección, impartida de la forma más dicharachera y falsamente
intrascendente. El estado de derecho es el estado de la impunidad, donde será a
menudo requerida nuestra complicidad, pero también es posible que en cualquier
momento se nos pida que salgamos a escena en el papel de víctimas.
“Con el cine nos identificamos más rápidamente que con la televisión por
el hecho de que estamos delante de una gran pantalla. lo que cuenta es nuestra
disposición a dejarnos llevar por una historia. La manera en que nos sumergimos
en una sala produce automáticamente cierta identificación. Se produce una
situación parecida cuando se está filmando, se quiera o no. Si mostramos la
violencia de una forma u otra, nos convertimos en coautores de la misma. En un
filme pornográfico, tanto el espectador como el director son coautores de lo
que está ocurriendo. (…) La propia estructura fílmica nos hace coautores de
todo lo que sucede en la pantalla. En mi opinión, para aceptar ser coautor de
un acto violento en el cine hay que saber relacionar este acto con su causa. si
me veo implicado en actos de violencia cuyo origen desconozco, entonces me convierto
en víctima de esa violencia. (…) La gran mayoría de espectadores
cinematográficos son en realidad víctimas…”
§ 15.—
Como las grabaciones hechas en las manifestaciones, que muestran cómo una
persona de paisano es apaleada y arrestada por otras personas de paisano,
mientras el comentarista sigue dando cifras de heridos y detenidos, sin aclarar
si esta escena, repetida una y otra vez, muestra un arresto realizado por
policías camuflados, o por infiltrados, o si se trata de manifestados
reteniendo a un agente provocador. Es la discrepancia de estos hechos, que no
parece fortuita, lo que mayor desasosiego produce en los espectadores. Incluso
si se tratara de agentes de paisano simulando apalear a un compañero, el que la
ve es más víctima que cómplice: todas estas acciones, sorprendentemente
difundidas por canales en otras ocasiones sometidos a un enorme control, como
para nuestra tranquilidad se nos hace saber, serían sobre todo
escenificaciones, tanto da si a cargo de profesionales o amateurs, cuyo
verdadero objetivo somos nosotros, igual que en el caso de los más gratuitos
actos de terrorismo, los haga quien los haga.
§ 16.—
Tal discrepancia llega a ser el fundamento de la acción de las películas.
¡Y luego se habla de no querer ir al cine a sufrir ni a pensar! El verdadero
enemigo de la Sirenita es su padre, causante de todas las desgracias del reino,
y verdadero reflejo del gobierno estadounidense, ya que todos los malvados en
última instancia castigados son producto suyo y sólo hacen el mal porque les
empuja a ello, e incluso les pone como víctima propicia a su hija. Ojalá el
maniqueísmo argumental no fuera más que un recurso idiota para inventarse
aventuras sin romperse la cabeza. Gracias a estos antagonistas, que de puro peores hacen bueno a todos los demás, puede tener lugar un
simulacro de justicia tras el cual se reconstruye el precario equilibrio
inicial. El poder queda como esencialmente bueno, pese y gracias a su carácter
coercitivo. Y sin embargo, bien está lo que bien acaba, y las acciones de
semejante demiurgo no serán analizadas; los verdaderos villanos pagan con su
vida, a los demás les basta con un poco de preocupación y arrepentimiento. Las
canalladas de unos y otros habrán sido positivas, pues sin ellas no hubiera
habido encuentro entre los enamorados; no hay más que decir. Es una verdadera
escuela de la vida.
§ 17.—
Eso hace pensar que los espectadores no buscan “evasión” en la película
de “no pensar”, sino que se renueve su adaptabilidad. Mas eso implicaría que
sus perpetradores tienen unas ciertas nociones… No, son extraños lastres
literarios, sin los que una película puede ser igualmente deplorable. Son
películas de identificación con un protagonista que, dentro del entorno que
sea, es de lo más normal, que está ubicado dentro de su masa; en que todo el
mundo —todas y cada una de las personas de la masa—se considera normal: norma y
mediadas de todas las demás. La negación a opinar —a posicionarse frente a
estas películas— y que éstas gocen de tanta complicidad a la hora de escurrir
el bulto, se esconde tras la invitación a la respuesta psicológica —a hacer
coro a la respuesta preparada y abonada— eximiendo al espectador de, por
ejemplo, el análisis moral sin el que películas como El verdugo o Viridiana parecen postales
experimentales de un remoto pasado.
§ 18.—
El cine llegó a ser capaz de pretenderse real gracias a la iluminación y
rodaje eléctricos, a una reproducción eficiente del sonido, al color, y por fin
pudo presentarse como reflejo y definición de lo que hay. como prueba de que no
hay más que lo que hay que ver. El espectador aprehende la realidad mediante él
y como él quiere que sea la realidad. Y quiere que el cine sea realista. Es
decir, como el cine. Los productos cinematográficos no se originan de un
proceso dialéctico en que intervenga la respuesta de los espectadores. Hay más
probabilidades de que el rock sea una forma de literatura que de que el cine
sea un tipo de lenguaje. No hay diálogo en absoluto en esto, que por ello no
debería ser considerado propiamente como comunicación. Lo más parecido que
podemos encontrar es la discusión entre empresarios y realizadores. Lo más
dinámico que se proyecte en la pantalla es el tira y afloja entre el prejuicio
de los que pagan y la visión del Autor: aquél quiere ver lo último que se ha
visto, y éste quiere mostrar algo acorde a lo que el mundo ofrece a uno que ha
aprendido a verlo todo a través del cine.
§ 19.—
El cine accede a una total libertad de imitar hacer de la vida su tema
conquistando y preservando lo más trivial de aspectos más engañosos,
consagrados acríticamente como lo que hay que ver. Lo más superficial del
trato social es retratado bajo la mejor de las luces y se impone la costumbre
de demorar sine die el análisis de todo tipo.
Una libertad similar a la de las niñas africanas a quienes se protege de
matrimonios concertados, ablación y tener familia numerosa a los 14 años para
que puedan acceder a la adolescencia media de cualquier muchacha europea. La
libertad vista como callejón sin salida. Así es posible hacer un espectáculo de
las vejaciones rituales propias de determinada situación: un cuartel, una
cárcel, una residencia de estudiantes… La supuesta carga de denuncia encubre un
deleite en el espectáculo de la propia impotencia y sumisión: esos abusos han
sido superados, pertenecen al pasado, han sido abolidos, y cuando se los
descubre, se está preparado para identificarlos y censurarlos. Pero, al no
querer opinar sobre ellos, posicionándose personalmente, respondiendo de ellos
ante uno mismo y los demás; al mostrarlos de forma que subraya su belleza
estética y una ocasional utilidad —sólo para forjar el carácter
del héroe, sólo para dar dramatismo y más realce a su conquista final, pero al
fin y al cabo sacando provecho de ellos— se expresa beneplácito acerca de una violencia
útil, y aprobación de las acciones de quienes saben aplicar la violencia de
forma conformadora. Tal abuso —porque usa a su víctima, aunque sea también en
beneficio de ella misma— no puede ser fácilmente conciliada ante los
democráticos votantes y contribuyentes; pero sería un error que caiga en desuso
la eterna violencia fructífera a causa de una situación coyuntural: el fascismo
ha de quedar siempre en la recámara, preparado para hacer su entrada en la
ocasión adecuada. Un oportuno relámpago de fascismo no desdice, sino que
incluso realza: han sido cinco segundos, un bofetón, un despiste, no volverá a
pasar, pero tampoco vino tan mal, ¿a que no?
§ 20.—
Cualquier elemento del abanico social que contemple la teleserie
—octogenario, policía, fregona, presidiario— ha de ver confirmada su normalidad
mediante la identificación con el prota y su camarilla, que ha de ser posible
para todos ellos por muy variadas que sean sus circunstancias. Sin darse cuenta
de sus propias disparidades ni de sus conflictos, ni siquiera de sus
sentimientos de resentimiento y envidia.
§ 21.—
De esta manera, las películas que se presentan como “entretenimiento por
el entretenimiento”, o sea, “arte por el arte”, realmente niegan todo valor
artístico del medio, al anunciar que no hay nada que desvelar, que todo
consiste en contar con más medios que nadie hasta la fecha, y que no hay más
misterio que el de los entresijos monetarios, cuyo soniquete sirviendo de fondo
a la banda sonora debería bastar para mantenernos fascinados. Cualquier película
dedicada a dar gato por liebre, que recurra a la mixtificación como único
recurso narrativo, sí expone y difunde para defenderse —en el mercado— una
moral muy concreta, y casi siempre en franca oposición, además de con su
supuesto escapismo, con cualquier contenido bienintencionado que pretenda
transportar. Y es esa actitud la que cuenta, no las buenas intenciones a que
más o menos sinceramente pueda apelar.
§ 22.—
La fuerza del Amor domina al Mal. Gracias al Amor, todas las aventuras
acaban como comedias, retornando al inicio. Tenemos unas comedias más llenas de
crueldad y violencia que las tragedias, y que como tales comedias han de
regresar a la situación inicial, por injusta que fuera, gracias al Amor. La
historia de amor es el ingrediente que se añade a todo argumento para
convertirlo en un placebo, en una conmoción sin movimiento. Todo producto
ordinario, se venda como se venda, está tranquilo de tener mercado porque sabe
que habrá quien encuentre en él, a pesar de los pesares, una historia de amor.
“Creo que cuando has contemplado las emociones desde cierto punto de
vista, ya no puedes volver a concebirlas como algo real.” (Andy Warhol)
§ 23.—
La caracterización psicológica de los personajes es la justa para una
fácil identificación. Les dota de tanta presencia y funcionalidad en la trama
como sus pertenencias. Es otro de los atributos que los rodea y perfila su
negativo. Cuanto más se les pretende hacer pasar por reciamente construidos,
más se reduce su existencia a un vacío definido por todo aquello que nosotros podamos
ansiar, eróticamente. La psicología del personaje ha sido compuesta como un
bodegón: en su puesta en escena cada plano ha de quedar atestado de objetos
falsos, sin función, un escaparate a la vez que un recurso rutinario para
caracterizar a los personajes a través de lo que poseen. Para consumir un
personaje, dispongamos el espectáculo de lo que consume él. Quizás no deseemos
compartir de veras sus peripecias, pero seguramente sí su decorado.
§ 24.—
La sutileza y detallismo de tal caracterización será evaluada
filisteamente como valor añadido de la película, como una prueba más de
minuciosidad y amor al detalle. Así mantiene su vigencia al idea de la
existencia de las personas normales. Es más, refrenda la
existencia de unos universales —unos elementos constituyentes básicos,
científicos, y con ello queda todo dicho— que, combinados, conforman cada YO, y
cuyo descubrimiento y destilación es por sí mismo interesante, y más si esta
presunta disección psíquica se realiza con mucho arte y oficio. La identificación
con los secundarios, las comparsas carentes de amor, podría sacar a la luz la
subordinación y la opresión de una condición que es insoportable para todos
excepto para los enamorados, identificados sin reservas con la fuerza que los
golpea. El miedo a ser aplastado por las absurdas contorsiones de la burocracia
se considera un hecho más de la vida; un ruido de fondo psicológico, como el
que se tiene a la falsificación, el envenenamiento y el cáncer en cuanto se les
concede rango de catástrofe natural. Para la propaganda, el amor es la única
aventura posible en las condiciones modernas de existencia. Se podría rastrear
el año y mes y día en que los científicos descubrieron de una vez por todas el
crucial papel del sexo en la vida humana, en el comportamiento de cada
individuo, en la composición química de cada contribuyente. Cuesta imaginarse
una época en que el magreo —físico o sentimental— no fuera el interés humano
número uno.
§ 25.—
Son pocas las películas ambiciosas que sean tan explícitas mostrando
coitos dentro del matrimonio como fuera de él. Mucho menos son las que se
molestan en hacer el menor hueco narrativo para la intimidad sexual de los
larga y satisfactoriamente emparejados: una vez esa búsqueda ha concluido, ya
han concluido todas, ya es imposible la carga dramática. El interés radica en
la búsqueda del coito exótico que se desarrolla en un decorado de anuncio de
perfume, a modo de zanahoria que uno se coloca voluntariamente a un palmo de la
nariz para ir tirando. No pueden hacerse películas que dejen siempre la miel en
los labios acerca de lo algo para lo que mejor es citarse ante la puerta del
cine, o que puede apañarse en el mismo patio de butacas.
§ 26.—
El problema es que los doblajes españoles son demasiado buenos: uno se
acostumbra a no echar de menos todo lo que puede estar siéndole robado, toda la
información que puede contener una banda sonora grabada en directo. En el
diálogo entre los protagonistas desaparece todo lo que podía darnos pistas
acerca del lugar en que se encuentran y la distancia que los separa.
Identificamos a los actores principalmente por sus rostros, pues sus voces son
demasiado familiares para nosotros, y también nos hablan desde anuncios y
telediarios. Todos los héroes de los cincuenta y sesenta son el mismo con
diferentes caretas. Y hay tanta variación en su forma de actuar de cuando lleva
una careta a cuando lleva otra como la que hay entre distintas películas con la
misma. O al menos, si la hay, queda reservada a los pedantes.
B-2 Glorias y miserias de la
Razón Visual
“Siegfried Kracauer hablaba del cine como redención de la realidad física,
comprendiendo la ternura que el cine puede mostrar respecto a la realidad. (…)
La cámara, situada ante la realidad, debe preservar la fugaz apariencia de las
cosas. El mundo fluye constantemente, todo desaparece y las personas han de
estar en permanente estado de alerta si quieren ver alguna cosa. El cine redime
la realidad cuando la atrapa y memorializa los elementos que componen el reino
de lo visible.” (Wim Wenders)
§ 27.—
Man Ray decía: “Los peores films que yo he visto, esos que me arrastran a
un profundo sueño, contienen siempre cinco minutos maravillosos, mientras que
los mejores films, esos que nos llegan cubiertos de alabanzas, no tienen más
allá de cinco minutos convincentes.”
§ 28.—
El propósito de Walt Disney era recuperar una tradición centroeuropea que
nadie recuerda. Porque nunca existió. Nunca así, al menos. Da igual, lo cierto
es que divulgó eficazmente arquetipos y mitos de la cultura europea. Y aunque
sea falso que fueran mitos o arquetipos en absoluto, ha de bastarles la
coartada divulgadora. Puede argüirse que se trata de los ingredientes de
siempre, remezclados y parsimoniosamente combinados por el equipo de guionistas
hasta llegar a la receta del pastel de este año —prácticamente idéntico al del año anterior, confeccionado con los
ingredientes de siempre—, un estilo de cocina presuntamente derivado de la
tradición oral centroeuropea. Para esto ayuda promover una visión equivoca de
la misma. ¡Tanta gente para tan poca cosa! Este trabajo en equipo, invisible en
el producto final, debe justificarse en que lleva mucho tiempo probar todas las
combinaciones posibles con los tópicos seleccionados y hacer un estudio de
marketing confrontado con lo planificado para el mercado en el año en cuestión.
Tal desproporción entre medios y fines se presenta filisteamente como un mérito
añadido más. La afirmación de que ya es una verdadera demostración de
genialidad el gestionar una gran empresa que produzca creaciones estéticas de
envergadura deviene una auténtica ideología destinada a justificar la basura
que deliberadamente se produce.
§ 29.—
La aprobación incondicional que se promueve de películas que siempre nos
llegan en las peores condiciones, como monumentos animados a la mercantilización
ciega y autodestructiva evoca la actitud que, según tú, se busca que nos
inspiren las figuras del Poder a las que antes te has referido: no se presta
atención a que los clásicos a adorar se divulguen en copias todavía masacradas
por la censura, con cualquier tipo de adaptación criminal del formato de
pantalla, coloreadas, e incluso cuando la copia es por azar aceptable,
descubrimos que el clásico casi siempre muestra un desenlace trucado, añadido o
falsificado mediante una música o una moralina de última hora. Que teóricamente
sirvieron en su momento como camuflaje, pero que en la práctica han venido
funcionando como métodos para desanimar a cualquier interpretación. De nuevo un
disfraz que deviene uniforme: el público queda convencido que la historia no
contiene nada que no sepa ya. La alabanza ciega “¡Qué grande es el cine!” opera como sermón reaccionario que insta a
aceptar cualquier cosa que se nos presente como un hecho incuestionable. El
descuido con el que se presentan estos hitos de la cultura de masas pone en
evidencia la rutina de un discurso que justifica el maltrato presente con el
maltrato pasado.
—
De la lucha contra la mediocridad puede hacerse una carrera tan
provechosa como mediocre.
“El novelista habrá cumplido honradamente su tarea cuando, a través de una
fiel pintura de auténticas relaciones sociales, haya destruido la
representación convencional de la naturaleza de estas relaciones, destruido el
optimismo del mundo burgués y obligado al lector a dudar de la perennidad del orden
existente, aun cuando no nos proponga directamente una conclusión, aun cuando
no tome claramente partido.” (Emer, citado por Luis Buñuel)
§ 30.—
El ojo no tiene memoria. La lacónica y nunca embellecedora mirada de
Buñuel va aislando escenas nimias sin un contenido concreto, sin lección que
compartir o refutar: se trata de enseñar al ojo a pensar. Se concibe la mirada como
una herramienta, como una herramienta dialéctica.
§ 31.—
Como característica del cine surrealista podría valer el no enseñar a
hacer casi nada, el evitar cualquier ocasión de describir los procesos más
elementales. Es inherente a cualquier película narrativa una carga documental,
un elemento descriptivo que muy difícilmente podría evitarse sin dejar la
película en la oscuridad más absoluta. Así, hasta la cinta más infame puede
enseñarnos algo sobre el funcionamiento de un teléfono, la forma de afeitarse
con navaja, el mecanismo de una escopeta. Sin embargo, como los objetos del
rastro, las acciones y usos olvidados aparecen desfigurados por el tiempo,
cubiertos de orín, sin que sirvan más que para desencadenar hipótesis. Del
mismo modo nos es difícil estar seguros de cuándo una película antigua nos
describe unas condiciones de vida sórdidas, ya que hasta la más mísera de las
casas mostradas lo que se nos muestra resulta envidiable en comparación con uno
de nuestros vecindarios.
§ 32.—
La carga de descripción y enseñanza empírica inevitable en las películas
es reemplazada de modo análogo por demostraciones poco fiables acerca de lo más
básico de las leyes procesales, el uso de armas, los fenómenos naturales, la
vida de los animales; de todos aquellos saberes elementales escamoteados o
trucados a sabiendas. El nihilismo industrial impone que a veces no haya quien
se libre de tenerse que hacer pasar por tonto, en alguna ocasión, para la más
cómoda gestión del negocio.
§ 33.—
Se aprecia, en general, en el campo más amplio de películas para toda la
familia, que más bien podríamos llamar ‘películas que se pueden emitir en
cualquier horario’, una falsificación premeditada de lo que anteriormente
componía el valor objetivo incluso de la más vil producción: toda la carga
documenta. Aparte de los anacronismos a los que se da entrada alegremente en la
continua grabación de remakes y nuevas adaptaciones de todo tipo de clásicos mil
veces adaptados, se observa que, ya sea por adecuarse a lo políticamente
correcto, ya sea para ahorrarse cualquier tipo de investigación y consulta, en
las películas de época, personas de toda raza,
estado y extracción están perfectamente integradas, vestidas, educadas y
alimentadas, excepto en aquellos casos aislados que impongan las necesidades
dramáticas. Estoy seguro de que sería posible determinar la existencia de un
género cinematográfico que podríamos llamar “cine de autoayuda”: no sería de
extrañar que llevase largo tiempo formando un elevado porcentaje de lo que se
difunde a diario.
§ 34.—
Adorno y Horkheimer desestiman el término “cultura de masas” (o
masificada) a favor de “industria cultural”, que les parecía menos recuperable,
menos apologético. Todo lo contrario: olvidando el origen del término, éste,
como el de sociedad del espectáculo, puede integrarse a la
científica jerga de los especialistas. Yuxtaponer cultura a masas o a industria ya no tiene nada de
oxímoron. “Las industrias de la cultura son aquellas cuya principal actividad
es trabajar con bienes simbólicos, bienes cuyo principal valor económico deriva
de su valor cultural”, dice un adulto cargado de títulos en un congreso de
hombres adultos y cargados de títulos, sin que nadie se escandalice ni sonroje,
ni siquiera los títulos. Una vez leído esto en la prensa, podemos asegurar que
nacido ha un nuevo campo de la Cultura. Todo está preparado, incluso, para la
fundación de un nuevo ministerio: el de Culturas Industriales.
“En cierto modo tengo que ser una persona muy moderna dado el efecto tan
extraordinariamente benéfico que el cine me produce. no puedo imaginarme mejor
descanso del espíritu para mí que una película americana. Lo que veo y la
música me producen una sensación de dicha, quizá en un sentido infantil,
pero no por ello menos fuerte. En general, como he pensado y dicho a menudo, el
cine es algo muy parecido al sueño y las ideas freudianas son susceptibles de
aplicarse inmediatamente a él.” (L. Wittgenstein, Movimientos del pensar, p.31)
§ 35.—
¿Se trata de que ciertos
elementos freudianos resultan más evidentes de lo normal en las películas
Disney, o que éstas se hacen en laboratorio a partir de un repertorio de
situaciones recopilado conforme a su freudianidad? (xenofobia, desviación
sexual, represión, edipismo/electrismo, represión erótica, histeria, miedo a lo
genital, analidad, etc.). Se puede relacionar con la pornografía cualquier tipo
de espectáculo. Quizás en Disney es de lo más evidente, pero en general,
podemos decir que la necesidad ontológica de hacerlo todo igual y a la vez
superior a todo lo anterior, que cada película sea mejor y más impactante que
todas las demás, y que cada escena sea más fuerte que todas las restantes, y
cada plano el más potente… Es como las revistas porno, prometiendo como parte
del juego que se van a estar constantemente superándose en algo en que todo
queda dicho desde la primera foto y lo único que quedaría por mostrar sería
cosa de cirugía.
§ 36.—
Al poner toda la carne en el asador constantemente, sus limitaciones
quedan en evidencia: al estar en la cúspide siempre, cada minuto hace sombra,
anula y hace reiterativos a los restantes —tanto dentro como fuera de la obra.
Es evidente que debido a esta necesidad de dar a todos los planos una igualdad
de oportunidades —sobre todo de cara al espectador zapeante, desprejuiciado—,
es imposible que la obra disponga de articulación. Mejor para ella cuanto menos
articulada esté. Las escenas de transición siempre serán relleno
despectivamente filmado, un residuo y una imposición de que se hace a sí misma
una industria siempre éticamente por detrás de su amoralidad. Esta inflación
imposibilitará su crecimiento indefinido. El contacto con la realidad se
produce a trompicones, durante espacios cada vez más breves.
§ 37.—
Si es cierto que “en la vida moderna, las películas son lo que la mayoría
de las otras formas de arte han dejado de ser, no un adorno sino una
necesidad.”, ¿para qué debe cuestionarse qué pide el público, si va a ir sea
como sea? Estas molestias banales parecen el caso de Disney: ¿no sería más
rentable en todos los aspectos (dentro de lo que cabe) dejarse de ingredientes
falsamente populacheros dado que, si al público en el fondo no le interesan, y
en el fondo tampoco interesa lo que interese o no al público, sólo pueden ser
introducidos por expreso deseo de los gerentes de la empresa, y cuesta creer
que para ellos la expresión de tales contenidos, a su propio coste, sea una
necesidad ética? Pero parece ser que “cuanto más miserable y ramplón es el
libreto, más grandiosa y solemne la partitura” es el lema que cifra todo el
modus operandi de cualquier industria audiovisual norteamericana que quiera
hacer productos todoterreno: el ornamento con todo tipo de moralina y tópico
deleznable, mejor cuanto más indefendibles desde cualquier punto de vista
responsable sean. No se trata de una “suspensión de la incredulidad” sino de
una “suspensión de la responsabilidad”.
§ 38.—
¿No sería mejor que no fueran
más que un show puramente retiniano, a lo Mélies, a lo prestidigitador, una
caricatura que nada dice, un divertimento de personas responsables: que evitan
transmitir más testimonio ético que el que la obra pueda contener como producto
material de su época y circunstancias? Aunque este enfoque no deja de tener su
propia carga ética, al menos es más honrado. El escapismo prometido, ni tan
inocente ni liviano, tiene más de promesa que de hecho. Es una excusa para que
el espectador baje las defensas ante la industria y ante sí mismo, para poder
asumir tal “mirada irresponsable”, y a la vez un cebo: se le garantiza una
ocasión para ello, y que además es de gran mérito. Entonces, ¿no entra en
contradicción con tal mensaje? ¿Es un ingrediente bien escondido por el
artífice, o parte del reclamo? ¿A qué se debe la combinación de cristianismo,
terror, melodrama, sadismo, hipocresía de burgués de hace 200 años, Frank
Capra, kitsch, y no sé cuántos otros referentes? Y me refiero a cuando alguien
habla de usar referentes quiere decir selección y amalgama premeditadas para un
fin bien concreto. El contenido educativo de las películas de Disney es
ininterpretable. Más allá del nihilismo de Lewis Carroll, llega a un enredo de
moralinas que se pisan la cola, imposibles de organizar. Hitchcock recurría al
McGuffin, ciertas pelis de terror a un onirismo en el que todo valía. Estas
otras películas, a superponer capas de adoctrinamiento familiares pero
contradictorias. Porque los que articulan estos mensajes, con todo el cinismo y
un torpe sentido industrial del cálculo, que es del que quiero hablar, son
absolutamente indiferentes a ellos, y se sienten perfectamente capaces de
combinarlos como convenga.
§ 39.—
Cuanto más cruel es Hitchcok, más se transparenta en él un contenido
místico-religioso. Su validez salva y justifica todo el conjunto al que no deja
de pertenecer. Incluso la excepción es cómplice de la regla, si la confirma. No
sería de temer un futuro en que para quienes no hayan vivido el apogeo de los
grandes peliculones, incluso las raras avis hayan caído en el descrédito,
revueltas con las más anónimas y grises mercaderías. Pero nadie se espera los
productos típicos de esa época vayan a lucir con luz propia.
“El anuncio televisivo se nos antoja adecuado para relacionar nuestro
ámbito de estudio con la realidad que los anuncios configuran en el imaginario
del individuo posmoderno (...): las narraciones publicitarias trascienden sus
condiciones comerciales y sociales para incorporarse activamente a nuestras
vivencias personales. Esta incorporación es muy natural, ya que los mitos
reactivados por la televisión son persuasivos por naturaleza.
‘La realidad sonrosada’ es una
mirada tan lúcida como frívola sobre el recurso hecho por la publicidad a la
función poética como recreación constante de la personalidad. En efecto, el
anuncio no es sólo un dispensador de mágicas promesas que nos sugieren la
inmortalidad. También nos provee de los recursos necesarios para afrontar la
continua construcción de una identidad poliédrica, necesariamente compleja en
un mundo a su vez cada vez más complejo que nos propone múltiples realidades en
sus proyecciones imaginarias.”
§ 40.—
Para repetir el mantra “qué grande es el cine” se organiza el coro,
distinguiéndose los antiexégetas de los falsos peritos. Los primeros se
encargan de ocultar hasta el más palmario caso de desvirtuación a base de decirlo
todo para callar lo más evidente, identificando aquello digno de la atención de
un crítico como lo único que merece que se la preste atención; el segundo obra
de falso tasador conchabado con el vendedor que quiere hacer pasar su mercancía
por mucho más de lo que vale. Las palabras de los llamados críticos de cine más
bien parece una apología simplista de los anuncios. Aplicadas a un objeto que
no favoreciese tan fácil simpatía, esas apelaciones a la nostalgia y al mito,
esas excusas esotéricas y tal erudición barata, quedarían en evidencia como
rutina vacía. Como falsa crítica blanda que se nutre de regurgitar sus propios
tópicos. En todo caso van llevando por delante, como escudo, que a ellos no se
les puede pedir cuentas por lo que dicen. Que tampoco ellos están dispuestos a
responder de lo que hacen. De modo análogo, amparados por el halo de escritor
oscuro y estrafalario, los traductores poco serios realizan estropicios
incalificables de los poemas de Rimbaud: todo vale: se haga lo que se haga, se
va a quedar impune. Olvidan que lo primero es tomar lo que se está leyendo al
pie de la letra.
§ 41.—
Olvidan que los proyectos y memorias son redactados por los profesionales
del espectáculo para uso interno, y que fuera de la célula de administrativos
que han de echar un breve pero terrible vistazo a las justificaciones del más
mínimo gasto y de la más ridícula inversión. Los más extraños análisis son los
dedicados a convencer a directivos y supervisores, no a los clientes. No es a
ellos a quienes hay que satisfacer en primer lugar, sino a los consejos de
administración.
§ 42.—
En los sistemas estéticos, la materia y el dominio del Arte es, sin
discusión, la Belleza, llámese Verdad, Dios, Espíritu o Ideal, fuera lo que
fuera, y costase lo que costase descifrarla. Mas en el arte de la modernidad no
hay más belleza que la fealdad y sólo estando terminalmente condenada puede
aspirar a lo sublime; de lo contrario se queda como un reclamo, tan bello para
anuncia un perfume como para contenerlo. El Arte verdadero bien puede permitirse
no ser bonito: sólo de forma secundaria puede ser agradable, y eso por
accidente. El ser bonitos y agradables es consustancial de la ilustración, los
cuadros de restaurante y la música para ascensores. El Arte no debe hablar ni
al corazón ni al intelecto: su diálogo lo celebra con instancias superiores.
Aunque, vista con la lejanía suficiente, puede adquirir connotaciones
sentimentaloides, mercantiles, hasta una obra de Malevitch.
“Cuando se eliminan esas ingratas
contradicciones, las cuestiones referentes a la naturaleza de las cosas no habrán sido respondidas, pero nuestras
mentes, dejando atrás todo engorro, dejarán de hacerse preguntas que no hacen
al caso.”
(Hertz, citado por Wittgenstein)
§ 1.— Lo mismo que la palabra
tiene el potencial de decir lo cierto sobre las cosas, deberíamos imaginar la
posibilidad de usar la imagen sin cinismo, sin acatar la resignación como el
estado natural de las cosas.
§ 2.— La dificultad de distinguir
los fenómenos de sus causas se ha visto agravada por la licuefacción de toda
lógica que podría servirnos para determinar la relación causa-efecto de forma
concluyente: nos resulta imposible estar seguros de no estar creando el
concepto de una causa inductivamente a partir de unos cuantos efectos que nos
han llamado la atención como podrían haberlo hecho cualesquiera otros. Tanto la
argumentación como los argumentos mismos son admitidos como nuestros. Nuestro
intento de descripción crítica de un proceso de estetización universal, en que
todo lo referente a la vida en común ha de ser administrado y atendido tan solo
con miras a su ‘aspecto’, y del cual la construcción de un espectáculo
global sería tan solo un síntoma, podría verse de pronto invertido y resultar que
la espectacularización, la reducción de todo a una imagen falsaria, fuera el
proceso que hubiera determinado la estetización y administración de cualquier
relación que pueda ser falsificada y tratada como mercancía.
§ 3.— Cada signo, la parte de cada
símbolo perceptible por los sentidos, a un significado inseparable, pero ¿a
cuál: al conjurado en el campo de lo público o al concepto privado, al creado
por cada individuo durante su experiencia, durante su privado bautizar? ¿Puede suceder que el símbolo aluda a un concepto convenido de común
acuerdo, el cual, a su vez, tendría un valor ligeramente distinto para cada uno
de nosotros, sin que se caiga en la confusión? La Caída sería tener que
recurrir a una segunda representación interpuesta, necesaria pero que multiplica
el peligro de falso conocimiento. De equivocarnos respecto al objeto al que se
hace referencia: ¿hablamos de mi concepto, del concepto comúnmente aceptado, o
de algo que no es ni tan sólo eso, una mera realidad visual o acústica?
Oscilamos en cada ocasión entre los campos de los signos privados y públicos,
intentamos orientarnos entre bosques de signos que acaban por no dejar ver el
conjunto. No podemos saber qué sabemos y qué no, qué signos vamos difundiendo
con un descuido criminal.
§ 4.— La tarea del artista prescrita por Da Vinci, “contemplar las grietas del muro hasta que vea un mundo alternativo (una
realidad alternativa) que únicamente el arte es capaz de revelar”, por mucho
que delegue atractivas competencias en el artesano no nos ofrece más que una
nueva visión de lo mismo. La forma de la grieta supone un nuevo encuadre, un
nuevo marco o forma de recortar. Hermosa si se quiere, pero que viene a
reiterar de cerca lo ya visto de lejos. No deja de ser una receta mecánica para
disfrutar de una mirada mueva garantizada sin esfuerzo.
§ 5.— Los antiguos grecorromanos
advertían que la profusión de símbolos y augurios en la naturaleza era tal que
podía acabar llevando al que se obcecara en conocer su hado y estar al
corriente de los caprichos de los dioses a cada instante, a la total postración
y a lo que actualmente se conoce como neurosis. “El hombre está petrificado en
el caos de los símbolos y pierde la libertad que los antiguos desconocían. Al
actuar cae bajo el poder de los signos y los oráculos.”
§ 6.— En comparación con pueblos
carentes de tradición escrita, el cerebro occidental parece reservado a lo
trivial, pasajero, privado, al flujo de lo cotidiano: todo lo realmente serio
debe ser registrado, positivado, historiado. (En las películas de
serie negra, es al contrario: lo importante únicamente está en la cabeza del
receptor, porque en términos concretos no se nos dice nada.) El ser humano
carece de capacidad para apreciar matices, en comparación con un animal. Para
nosotros lo natural palidece al lado de lo artificial, que sí sabemos percibir
de mil y una formas, con mil y una sensibilidades. Pero lo natural tampoco
existiría sin que existiera alguien para percibirlo, así que viene a ser
artificial también. Aunque diferente de la otra artificialidad por ser como el
propio ruido de los latidos o del sistema nervioso, el ruido de fondo, los
canales en tarifa plana, la "cama" sobre la que se pinta lo demás.
§ 7.— Un animal está en el mundo
como un vaso de cristal sumergido en un torrente: sólo da momentáneamente forma
a lo que termina por salir de él lo mismo que ha entrado, para dejar paso a más
agua. Tanto da para el vaso lo que contenga en un momento o en otro, pero lo
vemos remolineando torrente abajo. Ésa es la impresión que me dan los gatos que
veo dormitar en equilibrio precario en la barandilla de un balcón del tercer
piso, girando la cabeza en todas direcciones, atravesados por los
acontecimientos, aunque parezca que les entren por una oreja y les salgan por
otra, o por los ojos. Éste era el Edén de Adán y Eva: abandonarse a lo que
había, sin separación entre lo que eran, lo que era el resto de la Creación y
lo que de ella tomaban para formar parte de sí. La Caída viene a narrar el
momento en que se dan cuenta que el Edén nunca fue más que un parche de césped
en un pedregal y que tarde o temprano había de llegar el momento de decidir si
hacerse destripaterrones o irse con unas cuantas bestias en busca de unos
pastos nuevos a cada estación.
§ 8.— El perro se distingue del
humano en no saber dónde termina él, perro, y el resto. Al can tanto le da
comer esto o lo otro, con tal que le apetezca, casi como una medusa o una
palmera, apenas separadas del medio mineral en que viven por la condición de
estar vivas. Imaginemos un perro separado de una de sus propias patas: está por
ver si dejaría de comérsela si se le cruzase en su camino. El hombre no puede
comer un conejo sin prepararlo de alguna forma, sin matarlo, cocinarlo,
desconejizarlo. Un animal podría empezar a devorarlo sin esperar a que haya
dejado de agitarse. Mientras que no conozco casos de antropofagia en que se
haya devorado miembros de personas que se supiese que seguían vivas. Para unos
ojos caninos, no hay juicio ni diferenciación, sólo un tejido ininterrumpido de
experiencia. La inteligencia, el lenguaje es lo que fragmenta ese tejido a la
vez, y la condición humana es no poder conocer sin desvirtuar lo que conoce,
produciéndose una aporía en que nunca puede llegar a conocer lo que quiere,
siempre va un paso por detrás de sí mismo.
§ 9.— El hombre está entre las
imágenes como la olla hundida en el fondo del río, como el vaso sumergido en el
fregadero. Pero es en su propio flujo de imágenes en lo que está sumergido. Yo
no hablo de una Caída producida cuando el hombre comenzó a poner nombre a las
cosas; además, según el Libro del Génesis, Adán ya había puesto nombre a las
cosas de la Creación antes de probar la fruta prohibida, incluso antes de que
Dios creara a una Eva que le invitara a probarlo. Ese primer lenguaje habría
sido un lenguaje no falaz compartido por los humanos
y las cosas: porque el nombre sería parte verdadera de ellos. El nombre de cada
cosa habría sido, entonces, su nombre propio. Un índice, parte sustancial de ella, parte de la palabra divina con que se
creó. El hombre y la mujer, no creados por palabra, sino por aliento, para
poder pronunciar palabras a su vez, con el hálito divino saliendo de su boca,
habrían dicho cada vez que nombraban una cosa aquello mismo en que consistía
enteramente su esencia, la palabra divina que únicamente eran. Al probar el fruto
del Árbol de la Ciencia, o del Bien y el Mal, el lenguaje se convierte en
humano, y se reconoce que crea tanto como reduce y oscurece tanto como muestra.
Es más, que cada palabra más que cargada con la Verdad, lo único que porta es
una Historia de convención, imposición y una u otra forma de normalización. La
Caída se produciría al desaparecer la cualidad de lo divino en el lenguaje de
los humanos.
§ 10.—
Todo el valor de esta historia desaparece en cuanto comenzamos a verla
como alegoría. Los términos de este relato no son un disfraz, no son ruinas de,
sino un túmulo de cascotes elevado para señalar el arquetipo, no mito, que
podría entenderse como Caída. Se trata de que no hablamos en términos
temporales, de una era dorada previa, de que algo ocurrió, y por eso estamos
donde y como estamos: se trata de que en cada una de esas raras veces en que
una idea ciertamente pasa entre nosotros entrevemos ese ideal, siempre igual de
distante de nosotros. Caída hace referencia a una Falla.
§ 11.—
Una última divagación sobre este asunto: el Edén de la narración bíblica
es una construcción retrospectiva, la invención de un suceso a partir de una
pieza de decorado que debe salir en el último plano. Todas las historias
empiezan por el final. Los Angelus Novus ven amontonarse a sus pies
más bien escombros de obra que ruinas. Tenemos el montón de cascotes, los
creemos ruinas de un castillo al que estaba prohibida la entrada por una
guardia de querubines con espadas flamígeras, y nosotros siempre fuera,
patéticamente condenados a pasar el tiempo esperando que nos digan por fin que
entremos a un castillo que, para ti, no es más que unas hueras murallas.
“La totalidad del mundo perceptible, tal como existe para el miembro de la
sociedad burguesa y tal como se encuentra en interacción con aquélla, se
presenta como un conjunto de facticidades; el mundo está ahí, y debe ser
aprehendido. (…) Pero el mismo mundo ya es al mismo tiempo, en la forma en que
existe y subsiste, un producto de la praxis social general. Lo que
percibimos en nuestro entorno, las ciudades, los pueblos, los campos y los
bosques, lleva en sí el sello de la elaboración.” (Horkheimer, TT/TC, p.35)
§ 12.—
Cuando es lo más lógico del mundo que el número de expresiones plásticas
crezca geométricamente a cada instante, superando muchas veces todo lo
producido anteriormente, tal cúmulo de arte sólo pueda albergarse depositándose
capa sobre capa, a la vez que nutriéndose de constante saqueo, tributo y
canibalismo. Hay un término griego de doble filo, como casi todos ellos, y que
consecuentemente viene al pelo: apocatástasis, la restauración
definitiva. En el mundo precristiano significaba nada más que la restauración
total cíclica, la eliminación completa de lo existente y el comienzo de un
nuevo giro de la rueda del eterno retorno. A este concepto se superpone su
versión escatológica: la de subida al Cielo de absolutamente todas las almas
tras el Juicio Final, incluyendo las de paganos, réprobos, condenados, las de
quienes por razón de la fecha de su nacimiento no tuvieron anteriormente ocasión
de ser redimidas, e incluso las de los inquilinos nonatos del Purgatorio o las
almas aún en stock en el Limbo (aunque no creo que estas regiones divinas
hubieran sido descubiertas cuando del concepto en espiral original se disparó
esta escisión, de todos modos me parece adecuada esta puesta al día). Ambas
variantes de este doblete conceptual parecen lo mismo: está por un lado la idea
laica de llegar al inicio de forma natural, como cuando se habla de la
desaparición de los dinosaurios, o de sus fósiles —que sólo son su rastro
grabado en la piedra que los sepultó. Por otra parte, el fundamentalismo
cristiano de la apocatástasis como utopía del retorno calculado que, sin
embargo, tampoco puede renunciar a esos limbos tan incómodos para su fin que no
es otro que convertirse en bucle incansable.
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