Guantanamerika
No sé quien fue el primero que dijo la razón más importante por la que había que acabar con la pena de muerte no era tanto por piedad con los ajusticiados como por la salvación del alma de los verdugos. Siempre ha sido repelente la condición de verdugo: para quienes la asumen es tan evidente su degradación que se ven obligados a cosas tales como mandarse erigir mausoleos y estatuas en vida y obligar a la humanidad entera, si les es posible, a cantar alabanzas al oficio más viejo del mundo, hasta que parezca que la condición de matarife es la mejor a la que se puede aspirar, o al menos evitando que nadie piense de otra cosa. El señor Bush ya era verdugo antes de ser presidente, señor Aznar. Para él, esta campaña que a usted le ha dado ocasión de hacerse tantas fotos a su lado, es una ejecución más. Para la persona a cuyo lado usted se sitúa, aquí no hay más que una aplicación del derecho penal estadounidense, siendo él el juez y el ejecutor. No necesita a nadie más, señor Aznar, no necesita tribunal, porque la sentencia está más que dictada; sólo quiere testigos, médicos y periodistas que miren desde el otro lado de la mampara certificando que la ejecución fue limpia y eficiente — una ejecución como es debido. Que la ley pesa, y si tiene peso, si aplasta, es ley. Debería de sernos tristemente familiar esa concepción de la justicia, después de tantos siglos de infamia en nuestro país. Debería sernos sobradamente familiar la pestilencia de los argumentos a favor del uso justificado de la fuerza, porque es la fuerza la que hace la justicia, y no al revés. El justo es el que gana, es el más fuerte. El que ajusticia es siempre el bueno. No quiero entrar a discutir los argumentos que han dado pie a este ataque, porque no son ellos el punto de partida, sino una excusa. (De hecho, si posteriormente se demostrase cierta sólo la mitad de las acusaciones hechas a Sadam, la actuación de ustedes los señores líderes del mundo libre resultaría altamente difícil de interpretar, y quizás hasta sospechosa.) Su premisa básica es que la “operación” va a ser pan comido, que se va a dejar admirar desde la barrera sin riesgo de mancharse ni de haberse equivocado al apostar. Perdone la comparación, señor Aznar, pero con lo descarada que era la vomitiva propuesta del PNV de referéndum en plan “si nos da la razón, es que todo, se diga lo que se diga, está en orden; si no, no vale”, cómo puede no resultarle familiar su estrategia en pro de un democrático y legítimo consenso a favor del señor Bush mientras éste despliega cientos de miles de soldados, anuncia que la cuenta atrás ha comenzado, distribuye por los medios de comunicación del mundo el avanzadísimo arsenal que tiene (“¡muy pronto disponible para los restantes dictadores del mundo en nuestras tiendas de la CIA!”) y avisa que mejor que se vote lo que le conviene porque de todos modos va a dar igual. Es una obscena parodia de diálogo a la que usted se presta, señor Aznar. Porque cuando ya se tiene escrito de antemano cómo ha de terminar el diálogo no hay tal, y sólo queda regateo. Su estrategia se basa en ponerse del lado del que va a ganar, haciendo en realidad poco más que posar junto al verdugo, como si pudiera escudarle de la infamia sin que a usted le salpique nada. Bien, señor Aznar, si cree usted en la posibilidad de otra justicia, le pido que abandone el lado del verdugo. Pero no solicitándole que se ponga del lado del condenado, sino que haga todo lo posible para que no haya ni uno ni otro.