LOS TUBOS PNEUMÁTICOS

Guantanamerika

Cartas a los poderes


Un sacerdote fumando opio en Hamburgo. Una calleja adoquinada en que hay excrementos de caballo. Final de trayecto. Esperando el expreso de San Patricio para volver a casa.

No hace falta estar poniendo en cuestión constantemente todo lo que dice nuestro querido presidente. Propongo que intentemos, por mucho que nos cueste, sopesar sus palabras sin admiración ni condescendencia. Como dichas por una persona responsable, y no por un medium o un idiot savant; como dichas por una persona que sabe lo que dice y dice en todo momento lo que quiere decir. Incluso el laconismo que se le reprocha acaso no sea sino su forma de evitar nada que pueda desenfocar la correcta interpretación; para que nadie se vaya por camisas de once varas ni entre en matices. Cuando habla, habla totalmente en serio, y no para ser interpretado, sino entendido. Es que, en estos casos en que se tienen tan claras las cosas, y se ocupa el lugar adecuado para obrar en consecuencia, ser dogmático no es un reproche, sino una constatación. El presidente, a buen seguro, se llena de satisfacción cada vez que oye aplicársele tal adjetivo: está plenamente de acuerdo. Como le satisfacen las peticiones del Papa, y las demandas de todos los manifestantes pro Paz del mundo. Pocas guerras se han hecho en nombre de la Guerra y no de la Paz. Cuanto más se quiere la Paz, más razones hay para guerrear. Así que ellos están plenamente de acuerdo con él y, en consecuencia, él con ellos, así a qué viene tanto llamarle autoritario. A los misioneros, a pacifistas no les gana nadie. Explicarlo todo en términos de ambición, geopolítica, feria de armamentos, petróleo o lucro personal no es más que dar pistas falsas. Todo ello encuentra sobrado apoyo, porque todo eso es parte de lo mismo, de una realidad superior que va más allá. Como sigamos intentando encajarlo todo en las categorías de siempre nos vamos a perder la ocasión de apreciar la ceremonia de investidura de lo que era una ideología, el Democristianismo, en la religión única, eterna y verdadera de este siglo y los que vengan, y en defensa de Cuya sagrada trinidad —Democracia, Economía e Historia— cortará todas las cabezas que haga falta, en defensa de Cuya exclusiva mundial prenderá todas las hogueras necesarias. La guerra santa de la que hablan allá lejos es un triste simulacro; jihad sólo hay una, ésta. De guerra tiene poco, pero seguro que es santa. Tenemos la suerte de que el nuevo apóstol Pablo pontifique y envíe espístolas delante de nuestras narices. Deberíamos aprovechar para tomarle la medida a este credo y saber a qué atenernos, porque el futuro que le espera parece que va a ser largo y glorioso.

El insulto “hijoputa” es tan versátil como desconocido. Tal como le sucede a “gilipollas”, de tanto ser usado en casi toda situación, llega al punto de terminar lexicalizado. Por decirlo en lengua vernácula: acaba por no decir lo que, a primera vista, sería de esperar que dijese, incluso llegando al extremo de no decir nada en absoluto. No creo que “hijoputa” e “hijo de puta” sean exactamente lo mismo; al menos no en todas las ocasiones. Sugiero echar la vista atrás, hasta al tan a menudo repelente Siglo de Oro, época en que, pienso, este insulto y los de su mismo campo semántico (todos los relacionados con la fidelidad conyugal y la condición de hijo legítimo) se incorporaron definitivamente en la lengua castellana, en la época en que quien no pudiera probar ser “hijo de algo” era automáticamente sospechoso de ser “hijo de conversos”, aunque también lo sería si insistiera en probarlo. Pienso que al convertirse en central esta cuestión incluso y sobre todo para quienes más deberían ser indiferentes a cuestiones de privilegio, honra, pureza y raza, no quedaría prójimo a quien no se pudiera acusar de haber heredado de la indignidad de sus padres, del tipo que fuera, pero siempre hipócritamente vinculada, conforme al prejuicio vigente, a la inmoralidad y los infames comercios. Así habría pasado “hideputa” a ser epíteto de uso corriente, y así hasta que el uso continuado y el abuso de esta palabra la lexicalizaron; y esto se ve perfectamente cuando desaparece la preposición “de”, como en el caso: “anda, hijoputa, arranca de una vez”; y cuando, al debilitarse sílabas de los componentes del compuesto, se hace evidente que ya no es reconocido como tal, como en: “no seas joputa y pásame el destornillador”, y en el de la mayor lexicalización posible: “ven acá, joputo”. Usos hasta inocuos en que se manifiesta una progresiva negación de la “hijoputez” como cualidad derivada de la condición de los progenitores, y por lo tanto su reconocimiento como característica exclusiva, no transmisible, de individuo o individuos determinados. Pero la saña con que a veces se profiere este calificativo, me hace pensar que existe la posibilidad de que un concepto hubiese hallado en este vocablo casi vacío un lugar perfecto donde instalarse; y tal concepto no sería otro que el de persona para quien todos los demás seres de la Creación no son más que amasijos de carne picada de los que disponer a placer sin ningún miramiento, la noción de canalla para quien ni una sola vida humana tiene una pizca de importancia, la imagen de la extrema abyección: la de quien por dos céntimos chulearía a su propia madre (o incluso incurriría en incesto para ahorrárselos él mismo: no en vano el insulto estadounidense análogo es “motherfucker”). Creo que es con este significado -paradójico al tratarse de un adjetivo tachado de especialmente denigratorio para la condición femenina- con el que más oigo proferir en los últimos meses este adjetivo. Espero que la lectura de estas líneas no haya resultado especialmente ofensiva para quienes repugnen tanto la grosería como la jerga lingüística. No era tal mi propósito, y sí lanzar desde aquí la sugerencia de que se contemple esta acepción en próximas ediciones del DRAE, el Casares y el María Moliner. Los ejemplos de uso incluidos podrían, incluso, ser alusivos a las presentes circunstancias, pues así su poder gráfico y capacidad ilustrativa se mantendrían durante muchos años.

¿“Paremos esta guerra”?

Primero: parece inadecuado el uso de la palabra “guerra” en referencia a lo que está pasando. Una guerra susceptible de un frenazo en seco no puede tener mucho de tal. Hablando de la Guerra Civil española o de las guerras mundiales, resulta inconcebible la idea de una detención, de que fuera posible recoger los trastos e irse a casa.

Más: el sujeto de la oración. “Nosotros” no podemos parar lo que demonios sea esto -llamémoslo enorme acto de terrorismo de estado- ni tampoco, me parece, el gobierno español podría hacer nada por detenerlo ni aun queriendo. (“Nosotros” lo único que podemos hacer al respecto es exigir a los señores del gobierno que desaparezcan.)

El acierto, lo que pone todo en evidencia, es la elección del verbo “parar”. El único que puede “parar” esta “guerra” es el gobierno estadounidense. Que sea el único sujeto posible de esta oración lo dice todo acerca de lo que vemos. El ejército estadounidense habría podido estarse quieto, no estaba constreñido de modo alguno a actuar, podría aun ahora subir a sus aviones y dejar de asesinar y destruir. Una catástrofe como la Guerra Civil fue, para vergüenza eterna de todos, obra colectiva, y algo que puesto en marcha sólo podía acabar con el aplastamiento de un bando por el otro. En este caso, hay unos responsables con nombres y apellidos (y marcas registradas): los componentes del ejército estadounidense, sus líderes y sus patrocinadores. Cabecillas y propietarios exclusivos de la banda armada Shock&Awe. Todos los derechos registrados. Por si había alguna duda, el gobierno estadounidense aseguró no reconocer ninguna instancia superior a él -salvo “Dios y la Historia”, claro.

El gobierno estadounidense sólo responde ante sí. No necesitaba consenso ni permiso, y no sé hasta qué punto necesitaba que nadie se subiera a su carro. La prensa internacional y la propaganda oficial de la Casa Blanca dan la misma importancia al papel de España en esta masacre: cero. Los “denonados esfuerzos diplomáticos” de Aznar, no fueron más que un patético paripé para salvar la cara ante sí mismo, para olvidar los malos ratos que supongo debió pasar durante sus conversaciones en la cumbre, al comprobar que sólo se le requería para que prestase su más pasiva complicidad en acciones terroristas, y para nada, nada más.

 


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