El insulto “hijoputa” es tan versátil como
desconocido. Tal como le sucede a “gilipollas”, de tanto ser usado en
casi toda situación, llega al punto de terminar lexicalizado. Por decirlo en
lengua vernácula: acaba por no decir lo que, a primera vista, sería de esperar
que dijese, incluso llegando al extremo de no decir nada en absoluto. No creo
que “hijoputa” e “hijo de puta” sean exactamente lo mismo; al menos no en todas
las ocasiones. Sugiero echar la vista atrás, hasta al tan a menudo repelente
Siglo de Oro, época en que, pienso, este insulto y los de su mismo campo
semántico (todos los relacionados con la fidelidad conyugal y la condición de
hijo legítimo) se incorporaron definitivamente en la lengua castellana, en la
época en que quien no pudiera probar ser “hijo de algo” era automáticamente
sospechoso de ser “hijo de conversos”, aunque también lo sería si insistiera en
probarlo. Pienso que al convertirse en central esta cuestión incluso y sobre
todo para quienes más deberían ser indiferentes a cuestiones de privilegio,
honra, pureza y raza, no quedaría prójimo a quien no se pudiera acusar de haber
heredado de la indignidad de sus padres, del tipo que fuera, pero siempre
hipócritamente vinculada, conforme al prejuicio vigente, a la inmoralidad y los
infames comercios. Así habría pasado “hideputa” a ser epíteto de uso corriente,
y así hasta que el uso continuado y el abuso de esta palabra la lexicalizaron;
y esto se ve perfectamente cuando desaparece la preposición “de”, como en el caso:
“anda, hijoputa, arranca de una vez”; y cuando, al debilitarse sílabas
de los componentes del compuesto, se hace evidente que ya no es reconocido como
tal, como en: “no seas joputa y pásame el destornillador”, y en el de la
mayor lexicalización posible: “ven acá, joputo”. Usos hasta inocuos en
que se manifiesta una progresiva negación de la “hijoputez” como
cualidad derivada de la condición de los progenitores, y por lo tanto su
reconocimiento como característica exclusiva, no transmisible, de individuo o
individuos determinados. Pero la saña con que a veces se profiere este
calificativo, me hace pensar que existe la posibilidad de que un concepto
hubiese hallado en este vocablo casi vacío un lugar perfecto donde instalarse;
y tal concepto no sería otro que el de persona para quien todos los demás seres
de la Creación no son más que amasijos de carne picada de los que disponer a
placer sin ningún miramiento, la noción de canalla para quien ni una sola vida
humana tiene una pizca de importancia, la imagen de la extrema abyección: la de
quien por dos céntimos chulearía a su propia madre (o incluso incurriría en
incesto para ahorrárselos él mismo: no en vano el insulto estadounidense
análogo es “motherfucker”). Creo que es con este significado -paradójico
al tratarse de un adjetivo tachado de especialmente denigratorio para la
condición femenina- con el que más oigo proferir en los últimos meses este
adjetivo. Espero que la lectura de estas líneas no haya resultado especialmente
ofensiva para quienes repugnen tanto la grosería como la jerga lingüística. No
era tal mi propósito, y sí lanzar desde aquí la sugerencia de que se contemple
esta acepción en próximas ediciones del DRAE, el Casares y el María Moliner.
Los ejemplos de uso incluidos podrían, incluso, ser alusivos a las presentes
circunstancias, pues así su poder gráfico y capacidad ilustrativa se
mantendrían durante muchos años.

¿“Paremos esta guerra”?
Primero: parece inadecuado el uso de la palabra
“guerra” en referencia a lo que está pasando. Una guerra susceptible de un
frenazo en seco no puede tener mucho de tal. Hablando de la Guerra Civil
española o de las guerras mundiales, resulta inconcebible la idea de una
detención, de que fuera posible recoger los trastos e irse a casa.
Más: el sujeto de la oración. “Nosotros” no podemos
parar lo que demonios sea esto -llamémoslo enorme acto de terrorismo de estado-
ni tampoco, me parece, el gobierno español podría hacer nada por detenerlo ni
aun queriendo. (“Nosotros” lo único que podemos hacer al respecto es exigir a
los señores del gobierno que desaparezcan.)
El acierto, lo que pone todo en evidencia, es la
elección del verbo “parar”. El único que puede “parar” esta “guerra” es el
gobierno estadounidense. Que sea el único sujeto posible de esta oración lo
dice todo acerca de lo que vemos. El ejército estadounidense habría podido
estarse quieto, no estaba constreñido de modo alguno a actuar, podría aun ahora
subir a sus aviones y dejar de asesinar y destruir. Una catástrofe como la
Guerra Civil fue, para vergüenza eterna de todos, obra colectiva, y algo que
puesto en marcha sólo podía acabar con el aplastamiento de un bando por el
otro. En este caso, hay unos responsables con nombres y apellidos (y marcas
registradas): los componentes del ejército estadounidense, sus líderes y sus
patrocinadores. Cabecillas y propietarios exclusivos de la banda armada
Shock&Awe. Todos los derechos registrados. Por si había alguna duda, el
gobierno estadounidense aseguró no reconocer ninguna instancia superior a él
-salvo “Dios y la Historia”, claro.
El gobierno estadounidense sólo responde ante sí. No
necesitaba consenso ni permiso, y no sé hasta qué punto necesitaba que nadie se
subiera a su carro. La prensa internacional y la propaganda oficial de la Casa
Blanca dan la misma importancia al papel de España en esta masacre: cero. Los
“denonados esfuerzos diplomáticos” de Aznar, no fueron más que un patético
paripé para salvar la cara ante sí mismo, para olvidar los malos ratos que
supongo debió pasar durante sus conversaciones en la cumbre, al comprobar que
sólo se le requería para que prestase su más pasiva complicidad en acciones
terroristas, y para nada, nada más.