Discursus Interruptus
Sobre la Enseñanza Universitaria y en General, sobre la Formación
La gran utilidad de repasar antiguos apuntes es descubrir que de quien menos podemos confiar es de nosotros mismos. Intuir lo que en realidad acecha tras nuestra presunta cultura. Peores que ignorantes somos: cada palabra proferida ingenuamente por nosotros es un proyectil cargado de condicionamiento. Es la expulsión de las esporas que depositaron en nosotros con un oscuro propósito; tal vez esporas de confusión y destinadas a aumentar la confusión. Acaso seamos nosotros mismos quienes más construyamos de día lo que creemos deshacer de noche.
La educación tiene, además de aburrir, otro cometido de no menor importancia. No, enseñar no, sino hacer que todo suene a algo, conseguir que nada llame la atención. Que los tontos, libres de complejos, de la necesidad de dejar de serlo, triunfen en la vida. Que hasta el más cargado de sospecha acabe convencido de saber bastante de todo. Que todo lo dé por consabido; amputando la capacidad de asombro, vasectomizando la capacidad de conocer. “El paleto perfecto es el que nunca se asombra de nada; ni aun de su propia estupidez”, dijo Juan de Mairena. Lo que ha de hacer el profesor es tener a sus alumnos siempre tan entretenidos que ni sepan dónde están, ni tengan opción de comparar lo que les transmite con lo que ellos puedan traer del exterior. Que siempre queden a un paso por detrás. Sin percibir cuánto va aumentando en ellos la ignorancia según va confundiéndose con la del profesor, la profundidad de la cual es cada vez más sorprendente.
Cuando uno pone el pie en la universidad con la intención de hacerse con un título académico dentro de un plazo prefijado, ha de adoptar un método de trabajo que no puede menos que conducir al escepticismo. O a un cinismo del que no será consciente hasta mucho después de que se haya transformado en una segunda naturaleza para él y sus compañeros. Pues ha de tragárselo todo, dejando para más tarde la verdadera criba, la verdadera formación, y tras cinco o más años de esta práctica, será simplemente un reflejo condicionado tragar lo primero que le sea presentado y luego preguntar, tal vez pensar, incluso. Y qué mejor formación: qué mejor fabricación de profesionales: qué mejor garantía para los patronos, qué mejor habilidad de cara a la consecución de una plaza de trabajo que poder hablar de lo que sea, poder justificar lo que convenga a base de extraviar la razón de los demás en una maraña de datos que remiten a otros, a otros y a otros.
Sí, el universitario será el perfecto especialista. El experto que siempre tendrá la última palabra sobre la parcela de lo humano que haya podido registrar a su nombre. No tiene nada que enseñar sobre ella, pero sí podrá levantar en torno a ella, con su ignorancia, un muro que la aísle del exterior, y asegurando haber llegado antes, reiterará sus derechos de explotación exclusiva, de actuar como el guardia jurado de la finca.
Las universidades ultraexclusivas de pago no suponen en absoluto ninguna alternativa. No se molestan en fingir que su ventaja comparativa es una mayor calidad docente: su fuerte es su supuesta identificación con el mundo laboral; y nada más adecuado que este filisteísmo: precisamente el principal reproche que se hace a la enseñanza, entre los incontables que podrían hacérsele, es su no coincidir exactamente con el mercado. Pues la única finalidad de una educación, la medida de su éxito, es la producción de empleados que pasen directamente de la escuela a una empresa en que hagan lo mismo que en aquélla. Y no hay mejor procedimiento para que este trasvase de una empresa a otra se realice sin sobresaltos que adelantar dinero desde un centro privado: porque el salario consistirá en los intereses producidos por las carísimas tasas de matrícula acumuladas por sus gestores durante esos años. Y será un trabajo tan absolutamente inútil como los estudios que para él preparaban —esa colocación, ese mero estar ahí, figurando. Y eso, al fin y al cabo, qué importa: cuando se nos cae la máscara juvenil reconocemos nuestra disposición a entrar en cualquier negocio que nos reporte dinero simplemente por ponernos enmedio.
La libertad de cátedra es algo cuya existencia sólo sale a la superficie cuando alguien denuncia que se la oprime. Ni en los raros casos en que es más que una mera palabra se escapa del programa didáctico oficial. Ni uno de los temarios, hable de Baudelaire, los Griegos, Marx o la Sífilis, se libra de repetir aún otra vez lo consabido —lo que es común y se repite año tras año sea cual sea la asignatura— para rellenar y mostrar respeto, que es rellenar, que es mostrar respeto.
Así, incluso cuando se aplica un método crítico, nos conformamos con la identificación de clases, crisis e inflaciones, y nos parece que ya hemos hecho nuestra parte regurgitándolas como ingredientes de un impenetrable eterno retorno, el único que puede haber, el idéntico a sí mismo. Uno en que tanto se pierden los rasgos humanos de quienes antaño padecieron tales conflictos como los de los estudiantes, que participan de conflictos en absoluto menores. No son descendientes de Marx sino sobrinos-nietos suyos estos que dan un abrazo de oso a un determinismo económico. Pues era precisamente esta religión de andar por casa lo que estomagaba a Marx, cuya obra completa puede leerse como acto de repulsa e intento de purgarse de lo que traga en una mañana, con total indiferencia y sangre fría, un estudiante de primero de Empresariales.
Pero lo mismo puede decirse del menú de teóricos e historiadores de cualquiera de las Artes. A pesar de lo exotérico y lo abstruso que pueda ser cada discurso particular, se comparte un concepto totalmente positivista, lineal, un ligamento cronológico que todo lo recoge y pone en su sitio: el armazón que cada disciplina forra según su gusto viene recogido de la más manida, y por tanto invisible, narración histórica. Se desconfía de la tradición en todo caso excepto en el del relato que nos ha legado. Sin discusión alguna sobre la Historia se la exprime y reexprime. Permanece la cronología consagrada como la más útil materia prima a la que volver periódicamente, en busca de excepciones, revisiones y redescubrimientos, y reorganizar así sus categorías. Cambian de un año para otro las clasificaciones, e incluso se registra una cierta variación en cuanto a los nombres de los intérpretes, pero se conservan las listas de éxitos, y el orden de las hojas del calendario, y siguen las mismas estampas decorativas ocupando la página contraria.
El mismo material, las mismas casillas que llenar. Cuántas combinaciones son posibles, con cambios nimios en el conjunto, o con cambios rotundos pero igual de trascendentes. Hasta dónde podría llegar el emperramiento en hacer que las víctimas de la Enseñanza aprendan la Historia de Occidente de mil formas. La misma película con diferentes protagonistas, encuadres, doblajes, hasta descubrir “el montaje del director” —aquella versión más parecida al ideal— de vez en cuando. Cambiando o reduciendo escenarios: Europa, Gran Bretaña, la Literatura Española, la Pintura Italiana, la Poesía Etrusca, el Idioma Árabe. Nunca dejando de ser la misma cantinela con el mismo final tramposo, amañado, la misma aplicación de teorías y parámetros nunca justificados ante los alumnos, siempre caídos de lo alto, deus ex machina para mayor comodidad o fácil resolución de los hilos colgantes del programa. La Historia siempre es el hilo conductor sea cual sea la asignatura: una lluvia de datos nunca recordados ni analizados, de coherencia nunca de verdad buscada. Incluso la incoherencia llega a ser ofrecida como prueba de objetividad, antidogmatismo, honradez.
Los autores enumerados en una bibliografía aparecen, a despecho de lo que pudiera descubrirnos un contacto directo con sus obras, una procesión de intercambiables funcionarios del emplomado cerebral, el inventario de armas de una Gestapo de la Cultura. Cuál es la sorpresa de quien inicia un estudio extraacadémico, voluntario, cuando descubre que ni Saussure ni Von Humboldt ni Platón son plúmbeos monstruos. Alguien puede ser “difícil de estudiar” por lo mismo por lo que es más interesante fuera del mundo académico que en él: porque no se agota, porque incluso comprendido a medias, o absolutamente malentendido, acaso reaparezca aquí y allí, en tal escaparate o en tal lectura; porque quien lo leyó sabe que nunca lo conocerá más que a medias, y que cuanto más se acerca a él, más se está separando incluso de lo que una vez creyó haber entendido.
Tal vez lleguemos a sospechar que hay alguien interesado en ocultar las verdaderas cualidades de los autores a cuya sombra se predica; tal vez sea todo este entramado una estrategia para esterilizarlos: escondiéndolos tras caretas con su propia imagen. Pero no: la simple forma de cocinar ya se ocupa de igualar y dejar pegados en lo negro del fondo del cazo todos los ingredientes. Es eso, nada más, lo que posibilita que aparezcan unos y otros mencionados como miembros una misma caterva de portavoces del Amo, como fabricantes de palabras-losa y conceptos-grillete. A ellos debemos, en último término, que el presente sea lo que es, y ¿qué mayor prueba puede haber de que no eran más que unos fachas? Un ejemplo: Wittgenstein. No es que sea difícil de entender, pero si lo que se busca es un aprobado, mejor acudir directamente a las verdaderas fuentes de lo que ha de figurar en los exámenes, y no intentar conciliar la versión oficial —lo que nuestro maestro desea— con lo que pueda desprenderse de nuestro contacto directo. Y no hablemos del caso de Nietzsche: mejor que los alumnos lean cualquier cosa menos al autor si quieren el aprobado.
Y luego seguir construyendo encima de esta superestructura de tonterías, con la esperanza de que, mientras tanto, el verdadero Nietzsche esté siendo devorado por las ratas en un almacén de legajos de algún sótano de Tubinga.
El género del tratado académico es un palimpsesto de textos recogidos de unas u otras autoridades que, verse de lo que verse, consigue anularse a sí mismo. Nadie ha dicho nada que no haya sido dicho antes. Una mala lectura, un error de copia o incluso una falacia que se citen para refutarlas o corregirlas, se verán rejuvenecidas. Al denunciar un concepto como falso se consigue que pase a ser tan de curso legal como el concepto legítimo al que se contrapone. Lo que se execra es tan bien recibido como lo que se vindica. La tesis doctoral lo dice todo en su título: desde su portada anuncia su completa inutilidad y su sumisión a su destino, que no es otro que el de demostrar una cosa a base de apabullar con su despliegue en lo cuantitativo, nunca en lo cualitativo, y del mismo modo que con igual lujo de recursos podría haber demostrado la tesis contraria. Es la producción de lo inútil, el escrito de un mundo endogámico cuyo extremo hermetismo alcanza cotas de Arte. El máximo galardón, el máximo servicio a la humanidad posible, consistirá en figurar citado en un trabajo idéntico, en la transacción de menciones recíprocas en las bibliografías del sector, prueba absoluta de que en el correspondiente microcosmos nuestra existencia ha conseguido provocar el menor eco.
Mas, sin fe, es imposible armonizar el texto y sus comentarios, y cuanto más lo mira uno, más se queda en la oscuridad ojiabierto, con expresión de idiota.
El estudioso con calendario y programa, el académico que busca por dónde acotar el terreno y hacerse con una parcelita, pretende ser absolutamente inclusivo. Que su método un método que sea aplicable a todo a la vez, a pesar de toda heterogeneidad, y que del resultado se desprenda un sumario que sirva de mapa y un orden dirigido a la asimilación garantizada. Para que sea posible cosechar conocimiento de forma casi infusa. Esto es, en el caso de que el objeto de nuestro estudio sea un autor, que sea posible saberlo todo sobre él sin que para ello haya que revivir su vida, sus años, sus problemas y el curso de sus pensamientos, evitando el riesgo de que se convierta en socio o compañero de reflexiones —durante años que hay que tener disponibles para lo que el temario disponga— y ahorrando el contacto con quien puede abocarle a uno a profundizar por sí mismo en algo, obcecándolo, abocándolo al fracaso. Y esto ha de cumplirse en cada partícula de lo que se estudia, cada rastro dejado por el autor tras de sí. El académico ha de encontrar la clave que transforme hasta la menor de sus frases, sea cual sea las circunstancias en que fue dicha, registrada o transmitida, en una nueva expresión del pensamiento que le corresponde. En otra cata en el mismo pozo, de modo que se le entienda tal como ha de ser entendido, en todo punto del temario. Incluso en los casos más patentes de contradicción, o de auto refutación: basta con datar y fijar un punto de inflexión, el paso a una nueva etapa. Mejor aún: toda discordancia, todo lo que chirría con la versión oficial quedará contenida en este nuevo período, convertido en un cómodo cajón de sastre que confirma la lectura consagrada. Lo incomible, lo vergonzante, todo aquello con lo que no se sabía qué hacer queda recogido en un nuevo paquete que no deja de ser una jugosa adición al de siempre.