Los TUBOSURBANICOS



 

1.      El fin de la historia entrevisto por los depositarios de la razón instrumental se figura el imperio de la Ciudad apolínea.

1.1.             Se imagina una extensión infinita de templos a la industria, la cultura y el progreso, tan descentralizada como universalmente incontestable, red cuyos nodos señalan aquí y allá las poco sutiles erecciones de poderosos rascacielos.
El feliz museo multimedia que se nos promete, cruel recuperación de los cadáveres de Debord y Chtcheglov, pone de manifiesto la falta de imaginación de la coral global de funcionarios y profesionales de la cultura, para quienes el campo de lo posible se reduce a lo poco que conocen: aeropuertos, centros comerciales, París, Nueva York.

1.2.             No, la Ciudad no es erecta Torre de Babel. Sus modelos son Ciudad del Este y las favelas;la Ciudad de Dios es un Tel Aviv sin fronteras, una extensión descontrolada de calles estrechas, carreteras e idénticas casas de tres alturas, cegada en alguna parte por un muro al otro lado del cual sabemos que existe la muerte.

1.3.             La Ciudad hembra no sabe de Oriente ni de Occidente. La Ciudad al sol sin obeliscos a la gloria de la economía y el saber.
Pero ¿realmente se trata de la leona que vegeta refrescando la barriga contra la tierra, la treintañera, la sierpe?
La gran Ciudad es una hieródula, con calles rebosantes de mercancías, es la pubescente maquillada que se ofrece sin venderse. Nos vigila con distintas miradas desde el interior de cada escaparate. Como quien encuentra a presentadoras similares al hacer zapping, azafatas en serie según cruza las distintas atracciones de un parque temático.

2.      Todo el planeta parece encaminarse, asincrónicamente pero sin discrepancia, a la ejecución de un mismo proyecto. Sin más capacidad de amenaza que la de añadir más desdicha al mundo.

2.1.            La desolación de la Ciudad como parque de atracciones fuera de temporada: amorfo, sucio, repleto de basura cubierta de logotipos, con las bolsas de plástico suspendidas en el aire, debería ser un escenario ideal para al menos una última farsa cruenta.
Mas una tragedia ambientada en un mundo en el cual el espectador no está seguro de no ir a morir víctima de un arrebato estético-futbolístico ajeno, un envenenamiento retardado por gusanitos, o de una catástrofe nuclear ignota acaecida antes de la concepción de nuestros padres... en fin, dicha tragedia no puede aspirar a ser tomada demasiado en serio.
Y si no se puede hablar de lo serio sólo puede hablarse de lo secundario.

2.2.            Es imposible dar cuenta de todo al mismo tiempo; sin embargo no sería mal recibida una HISTORIA SIMULTÁNEA.
Cada cual podría realizar su propia psicogeografía, pero falta la convicción de que una multiplicación de los investigadores vaya a revertir en la calidad de los resultados. Todo plano y estudio queda inmediatamente obsoleto incluso antes de abandonar la litográfica vulva de las imprentas en suspensión de pagos.
Tal vez sólo se aprecie justamente su valor en un lejano futuro, en calidad de curiosidad de interés documental. Que realice el estado tales estudios, el único susceptible de conservarlos más o menos eficazmente hasta entonces.

2.3.            Cada cual huye hasta que terminen las obras de urbanización que se van sucediendo de forma inevitable, según la expansión de los anillos de desarrollo precisa una drástica transformación de las infraestructuras, por mucho que les pese a porteros y tenderas, gentes capaces de muestras extremas de oposición a estas reformas inevitables y de interés general.

3.      Todo está en la Ciudad porque, en tanto que tejido racional, todo lo que es capaz de contener ha de contenerlo todo, y todo lo que haya de ser se debería encontrar pataleando en ella, así como todo lo que haya sido, para quien sepa verlo. Toda idea humana carga con la semilla totalitaria: No encontrarás ideas inocentes en tus paseos.

3.1.             Hasta el concepto más absurdo tiene poder para convertirse en una metáfora universal. En el instante que el hombre bautiza un nuevo objeto, el nuevo nombre y el nuevo objeto comienzan a suplantar y representar de forma cifrada al resto de los nombres y objetos y objetos y nombres.
Cada sistema de pensamiento, cada teoría y cada aplicación de una técnica son susceptibles de ser aplicadas, y se habrán de aplicar incluso de la forma más manifiestamente errónea, sobre todo objeto al alcance.

3.2.             Téngase en cuenta cómo ha hecho suyos la Ciudad todos los defectos asociados al campo (bichos, malos olores, lluvia, excrementos animales, incendios, sacralización de hortalizas y eriales) en versión mejorada y multiplicada.

4.      Los viles materiales de edificación, la rácana cobertura de hormigón y cemento, disfrazados de piedras seculares, de barrocos adoquinados.

4.1.            Lo que realmente se espera de una educación queda por descuido expuesto en una expresión tan sanguinaria como la de que la Calle es la verdadera escuela de la Vida. Queriendo decir que donde de verdad se aprende; donde de verdad se mama lo auténticamente útil para salir adelante es en la Calle, es decir: ahí afuera, allí con los demás.

4.1.Se admite en primer lugar una especie de total consenso acerca de que lo que hay no es más que la Ciudad, el único lugar donde se concibe el beneficio de la clase que sea, siendo la Ciudad a su vez una selva, y que una soledad como la del artesano en su taller o de alguien que trabaja en lo suyo, o del que está solo en su tractor es incompatible con las experiencias despabiladoras y que curten, que se limitan a los ámbitos en que uno tiene que tragar con tanto como tiene que hacer que le traguen a él.
En el resto de lugares no se está tan expuesto al educativo engranaje jodido/jodedor, formación equivalente a un salir a la luz, a un segundo ser parido, o mejor, a una erosión como aquella en que una estatua es hallada cuando se le quita lo que le sobra, hasta que lo que queda es ella misma.

4.2.            Así que uno es lo que se le permite ser y dentro de lo que le corresponde ser. Y se pretende que, otorgando a esto el rango de proceso impersonal y natural, uno quede tan contento. En última instancia tendrá que honrar, más que a su padre, a sus tiempos, que de verdad le han dado el ser.

5.      En la Ciudad abundan las mansiones carísimas, de precio y mantenimiento inconcebibles. Pero no se ven mansiones señoriales. Aumentan las riquezas, las técnicas, las genialidades y las grandes fortunas que originan. Y sin embargo cada vez es más DISPENDIOSO y precario vivir como un privilegiado.

5.1.            La casa es el refugio inexistente, el paraíso potencial, el work in progress que cada uno va construyendo mediante la libre asociación —el desvarío, la divagación, el capricho— a partir de fragmentos hallados, regalos, compras tontas, promociones que se suceden inacabables... El hogar ideal, entre burgués y rural, medio barroco y medio nipón, con todos sus piezas y todos los complementos de sus piezas y todos los accesorios de sus complementos, nunca es finalizado... Es  otro oscuro apunte de personalidad que se acomete porque su interminabilidad posterga indefinidamente el momento de la reflexión.

5.2.            Provisionalmente nos conformamos con asumir uno u otro aspecto de la decoración modelo —demorando el momento de casar las piezas y extraer el todo en que por fin se revele el supuesto sentido. Como si la misma planificación de las casas no bastara ya para evitarnos el peligro de efectuar alguna de esas miradas totalizadoras.

5.3.            Si uno no pone fin a su vida en casa es porque tampoco la encontraría en ella. Tal vez habría de ir a cazarla a la casa de los otros, a los bares, los cines, la fábrica... Precisamente allí donde siempre pensamos que la verdadera vida estaba ausente.
El coche es la casa impersonal en que nos refugiamos temporalmente. Recorremos la Ciudad en busca de una calle, portal, vivienda, salón comedor, dormitorio más parecidos a nosotros que los nuestros; un lugar donde, nos figuramos, mereceríamos ser amados.

5.4.            Mientras tanto celebramos un matrimonio compensatorio con algo con lo que guardamos aún menos parecido. El coche es la única cápsula en que podemos recorrer la ciudad poniendo un relativo freno a las agresiones, controlando, estorbando la comunicación con los demás. Tanto es el miedo, y tan difícil la observación verdadera, que sólo los del barrio vecino conocen el nuestro, y sólo los turistas contemplan in situ nuestras áreas monumentales.

6.      Desaparece la evidencia de que las ciudades son, más que ninguna otra cosa, enormes cementerios de automóviles.

6.1.            Qué fijación en la aporía: son las nuevas murallas las autovías de circunvalación, las madejas de rotondas y derivaciones. Todo supone un intento de redefinición en el plano quirúrgico, una tentativa de expulsar una parte rechazadas con el pretexto de perfeccionarla.

6.2.            Mas estos cinturones habrán de ser reemplazados cada tantos pocos años, al eclosionar un nuevo estado de ahogo, incubado como solución para el ahogo actual. El atasco empeora en cuanto se emprenden las obras de aplicación de una solución definitiva que nunca es tal, sino tan solo el escenario de los atascos del futuro, aún peores de aquellos que no ha solventado. En realidad, certeramente, los ha superado. La superación es el recurso del progreso para seguir siendo él mismo.

6.3.            El momento en que se tiene el poder político más directo, la mayor capacidad de influir en la corriente de la vida común, es cuando más indistinto e impersonal es nuestro comportamiento: ante el volante. No en vano el automóvil es la verdadera estrella del paisaje urbano y natural, el elemento en torno al cual se organizan todos los demás.
El conductor aislado del mundo en su coche sacudido por el bakalao, el joven en íntima comunión con quienes saturan de música su móvil. Su paso estruendoso apenas es un punto más molesto que el resto de los eventos urbanos. No se trata de un pueril intento de ser el más fastidioso: se pone de manifiesto la voluntad de negar a las violencias que conlleva toda acción en la calle, ejerciéndolas de forma ostentosamente voluntaria, identificado con el agresor para convencerse o bin de que no existe o bien de que está del lado de uno. Las condiciones en las que se desarrolla nuestra vida en común son reconocidas únicamente mediante estos gestos que reniegan de la existencia del próximo.
Repeler el anonimato y el conformismo, ejercer una voluntaria violencia contra uno mismo con la pretensión de bloquear la violencia inevitable y despersonalizada, ornamentándola con símbolos de individualismo a la venta en grandes y pequeños comercios, y en supuestos establecimientos alternativos, todo ello va haciendo más cercano el reino, borrando toda huella. Los antiguos rituales de mutua vigilancia y represión son ocultados, sin eliminarlos, por una espesísima capa de cemento que redefine la relación entre el individuo y la masa como intercambio de opresiones.

6.4.            Todos somos turistas, pasivos consumidores ajenos a las consecuencias de nuestras acciones. ¿Podemos construir espacios aptos para formas de actividad contemplativas, o que permitan manifestaciones públicas no planificadas ni relacionadas con el ocio o el consumo?

6.5.            El uso de automóvil nunca dejará de ser denso. El paseo en auto se trata de un fin en sí mismo que aprovecha cualesquiera vías que permanezcan abiertas. Los aparcamientos no son realizados en auxilio de los residentes: todos los aparcamientos practicados siempre acaban resultando escasos, nunca faltan prospecciones para excavar aparcamientos adicionales en cualquier lugar, por inverosímil e incómodo que sea. Esto no se explica sólo por los intereses privados: se trata de la necesidad de hacer sitio para nuevos vehículos, de facilitar la reinversión económica. La construcción de aparcamientos, en cuanto depósitos de coches nuevos, es condicionada por el ritmo de consumo de vehículos en cuanto mercancía por antonomasia, aquella que lleva a remolque todas las demás (no olvidemos que es el petróleo es la materia prima que protagoniza y tiraniza la economía universal).
No podemos esperar que cese el ritmo de prospección y realización de aparcamientos ni olvidar los efectos que tendrá en el conjunto de la red de tráfico cada vez que uno nuevo sea inagurado. Se podría proponer cómo solución definitiva que se promoviera la llegada a un estado de colapso total de las vías de circulación. En ese momento todo el espacio público quedaría ocupado por los vehículos, perdiendo estos su función principal, aunque ya sujeta a sospecha: reconociéndolos ineficaces para la comodidad personal y el transporte de mercancías, serían abandonados, estimulando otras formas de comportamiento.

7.      Cuando se restaura un edificio ¡oh, milagro! su fecha de construcción se atrasa mágicamente. Se retrocede a un pasado tan incierto como desconocido, a redescubrir entre todos.

7.1.            Un feo edificio de la protección oficial de Franco se convierte en un curioso edificio de los años veinte en un solar que por esa época estaba enmedio del monte, con sólo revocar de ocre la arenisca y decir que se trata de pisos con “mucho carácter”.
Las anodinas ciudades modernas, al convertirse en su escondida encarnación “previa”, convergen de nuevo: los nuevos centros urbanos de toda Europa tendrán en común cierto parentesco imposible con los bloques de hacinamiento de obreros del París del XIX.

7.2.            Simultánea a esta restauración monumental, y encubierta por ella, hallamos la restauración suburbial de la que es víctima la inmensa mayoría de nosotros. Por cada monumento rehecho in situ, se amplía el espacio ocupado por abortos urbanísticos.

7.2.1.      Los barrios matadero se renuevan expansivamente. Su resurrección no consiste en reconstrucción de inmuebles, sino reubicación de masas en emplazamientos nuevos que al poco tiempo se revelan peores que los anteriores, en tanto que éstos se abandonan a las ratas o quizás salgan de nuevo a flote como viviendas de lujo en cascos históricos que lo son desde anteayer.

7.3.            La única acción de la que la Arquitectura responde la restauración de lo oficial y unánimemente admitido como bueno. No se puede inventar ni acuñar nueva bondad (en plazas, residencias, avenidas...). ¿para quién?, ¿para qué? El verdadero destinatario de lo bueno, de lo esforzado, son quienes se plieguen a vivir como turistas en su propia calle.

7.3.1.      La revalorización y recalificación como monumentos y objetos de interés histórico (turístico) no indica una relajación de prejuicios estéticos ni la adopción de unos baremos en absoluto, aún desatinados.

8.      “Es fácil que pase desapercibida una de las causas fundamentales de su belleza: en ninguna de sus espaciosas plazas se ve monumento alguno.”

8.1.            Rara caridad estética es la del PERDÓN CULTURAL, en vías de desaparición: aunque ya no se erijan estatuas a próceres, científicos, generales y demás heroicos líderes de masas, cada alcalde se vuelca sobre su barrio viejo como sobre la guinda de su jurisdicción, que repintada, rehecha y con aparcamiento subterráneo le salvará del olvido. Si cada pintor dominguero desea -indolora- la gloria de Van Gogh, el funcionario sueña con seguir el ejemplo de Hausmann.

8.1.1.      Si es la cultura lo que tenemos entre manos, para acercarla a todos, cualquier sacrificio es poco. Todos los contribuyentes tienen derecho al mismo grado de intimidad con la historia, la voz que les cuenta cómo es y se ha forjado su identidad, narrada de una forma igualitaria, es decir, publicitariamente, eso es: como mercancía.

8.1.2.       La publicidad es un fenómeno que no puede remontarse más atrás de la revolución burguesa, es por tanto indisociable de la sociedad capitalista. Y el epítome de la publicidad es la iconografía yanqui de los 50 y 60, con sus blancas familias impecable y cómodamente uniformadas, su vitalidad motorizada; el modelo más patente —desde el mismo día de su concepción— de exageración descerebrada, infestando las calles con un cinismo tan comparativamente pueril que hoy nos llena de ternura.

8.2.            Del mismo modo que los imperios se trajeron de los escenarios de sus matanzas obeliscos, columnas, mármoles, manuscritos y todo aquello que dignificaba su aventura como empresa en pos de mayor poder, riqueza y valía, y también del mismo modo en que, cuando todo aquello pasó a ser considerado riqueza artística y cultural para enaltecimiento y fruición de los ciudadanos patrios, se necesitó poder decir que uno podía ser inocente de ser vencedor indiscutido e irredento sobre las civilizaciones que produjeron tales maravillas, y se halló cómo decirlo, en fin, de este modo es como los trabajos de restauración son una conquista del propio pasado.

8.3.            Esta campaña de reescritura del legado de tiranía, explotación e indiferencia que transpiran las piedras de catedrales, castillos, casas solariegas, cálices, plazas de ajusticiamiento, arcos de triunfo, murallas, no es una reconquista, una reparación, sino el colmo del insulto, pues además solicita la contribución voluntaria y el aplauso de los herederos de toda esta carga.

8.3.1.      Los muertos están a disposición del vencedor para que periódicamente remueva los esqueletos y haga lo que le plazca con ellos.

9.      Por su parte, el urbanista ansioso de posteridad lamenta que se deje pasar la ocasión de erradicar anarquías, redistribuir parques, abrir fotogénicamente las perspectivas y vías de tráfico.

9.1.            La falta de estructura debe ofender la vista de las aves, una portentosa arma de organización y división desaprovechada; algo en fin tan lamentable como que se deje el armamento de precisión más lujoso y avanzado en manos de un agente de la ley psicópata que dispara al tuntún y levantando tanto humo que incluso se priva de apreciar el espectáculo.

10.  La gloria consiste en un futuro prefabricado pero, todo lo que se construye nace ya como ruina.

10.1.        El régimen hitleriano construía con vistas a las maravillosas ruinas que legaría tras el planificado crepúsculo de su milenio imponente.
Speer y compañía concebían que alguien existiría para contemplarlas con arrobo incluso tras ellos; nosotros, inofensivos peleles como somos, no nos atrevemos a pensar en qué vida les tocaría vivir a unos nietos nuestros.

10.2.        Exclusivamente para ser admirados el día de su estreno nacen nuestros bodrios urbanísticos. Son el millonario atrezzo de un evento a fotografiar, y sólo en ese momento parecen pertenecer al presente. Se da por supuesto que durante el resto de su existencia serán vistos y sufridos, pero nunca observados.

11.  La Ciudad se desarrolla sucesivamente y de fuera adentro y de dentro afuera, dividida en una red concéntrica de campos de exterminio.

11.1.        El examen de plazas, de todo lugar de disfrute gratuito, para uso público, muestra en qué se tiene las actividades comunitarias, privadas, no promovidas.
Toda agrupación espontánea sólo ha de serlo en apariencia, toda reunión non grata ha de ser dispersa aunque sea diciendo por lo bajo “Circulen, circulen”.

11.2.        Cualquier uso que para ellos imaginen los arquitectos está en contradicción con el resto de sus actividades profesionales. ¿Con qué fin ha de diseñarse una plaza?: ¿para albergar arbolitos en cuyos alcorques defequen las mascotas, para descargar carruseles y escenarios en las fiestas organizadas por la municipalidad, o para que, como quien no quiere la cosa, acojan el excedente de automóviles que aparcar cada noche? Para el encuentro son mejores las aceras, a pesar de lo estrechas, y las terrazas de los bares, contenedores verdes desbordando alrededor y todo.

11.3.        Hay que huir de los lugares de reunión planificados por los urbanistas: huelen a lugar de concentración, clasificación y fusilamiento.

12.  En la Ciudad solipsista, en que toda la vida social está coordinada y mediada, la manipulación no es algo de que avergonzarse, sino el ridículo precio ridículo a pagar por los servicios recibidos. Invirtiendo el enfoque crítico obtenemos un espejismo: “el factor universal de separación por lo menos también nos une, mal que pese”.

12.1.        Llegar a casa del trabajo y encender la televisión para ver lo que echan: el sospechoso encadenamiento de retransmisiones deportivas al menos indica que no pasa nada tan grave como para que mañana no vaya a ser otro día, un día más, idéntico a éste. Que todavía no caen las bombas nucleares.
Sin leer el periódico o escuchar la radio es imposible saber si hay fiestas en nuestro barrio. En caso de guerra, deberíamos esperar a estar ante el pelotón de ejecución para adivinar cuál es el bando de los malos.

12.2.        La célula oficial de la sociedad deja de ser la familia y pasa a ser el apartamento que tal vez algún día la contenga. El apartamento convierte en familia todo lo que tiene dentro, en el sentido del aburrimiento y de la repetición inerte de todas las jerarquías, hipotecas y servidumbres.

12.2.1.  Ayudan a esto los intentos de prestidigitación demagógica y presupuestaria dirigidos a promover la ficción de que son así porque más o menos en cada apartamento hay una familia tradicional o moderna.
Lo cierto es que ni de ello podemos estar seguros en absoluto. Desconocemos completamente a nuestros vecinos. Jamás se ha oído hablar de solo caso de comunicación entre personas que pasan el día pared con pared y, cuando se da, se trata de un simulacro celebrado en las secciones de Cartas al Director o como llamadas al Teléfono del Radio Oyente, o al de la policía, reclamada para solucionar taxativamente las más pueriles de las cuestiones.

12.2.2.  Hay quien se tortura en salas de fitness, o en su casa, corriendo hora tras hora hacia el dispensador de refrescos light o cualquiera de los millones de canales del indispensable televisor. La vía ascética para protegerse del desencantamiento, más que del tedio. Parece que toda oportunidad de reflexionar nos arrastraría inevitablemente a reconocer que no podríamos soportar percibir con los sentidos bien abiertos todo aquello por lo que hacemos pasar a los demás.

12.3.        La sucesión de noticias, repetitiva pero secuenciada de forma que impide centrar la atención sobre ninguna de ellas y ponerla en cuestión, es complementaria del chorreo constante de novedades.
Nadie lee la prensa en busca de Verdad, y hasta el más crédulo ya está avisado de que en los media sólo va a hallar, en el mejor de los casos, narraciones incompletas, parciales o simplemente chapuceras.
Nuestra mayor esperanza es que reuniendo fragmentos de diversas fuentes que casualmente hayan escapados a la rutina o a la deshonestidad sistemática y programada, pueda recomponerse una migaja de veracidad imbécil. Hasta hace poco se podía hallar cierta certeza volviendo del revés los mensajes más flagrantemente interesados, pero vista la asimilación de los recursos de las corrientes literarias de vanguardia hecha por los servicios de desinformación de todo el mundo, ni siquiera es recomendable ya esta estrategia.
Un periodista, sin dejar de grabar, romperá sinceramente a llorar ante la visión de una ciudad en ruinas sembrada de cadáveres de niños. Desde casa damos tanto crédito a esas lágrimas como a esa sangre.

12.4.        Hay quienes son capaces de hallar un aspecto positivo a la total invasión de cada plano de nuestra existencia por agentes mediadores.

12.4.1.  En efecto: a pesar de que la reproducción de lo ya de sobras reproducido, no como inversión a producir réditos, sino como especulación de la especulación sobre la especulación ad nauseam, no ayuda precisamente a que la sociedad posmoderna sea más "transparente" ni más informada de sí misma, ni más iluminada, es paradójicamente el relativo "caos" ocasionado donde se hallan nuestras esperanzas de emancipación. (Aquí es socorrido y recomendable soltar la frasecita “Donde crece el peligro, es precisamente donde aparece lo que salva”, como si por pegadiza sirviese para arreglarlo todo.)

12.4.2.  La falta de transparencia, según influyentes politólogos de importantes universidades, con libros de Debord y Adorno sobre la mesa del despacho y de Dale Carnegie en la mesilla de noche, no es un fenómeno que haya que combatir; al contrario: sería el síntoma de un gran cambio de orientación en el que queda implicado todo el ámbito de la existencia: la liberación de las minorías y la creación de un nuevo "estado de ánimo": una experiencia cotidiana con caracteres más fluidos, que adquiere los rasgos de la oscilación, del desarraigo, del juego.
La tokiización del universo sería la mayor de las bendiciones gracias a alguna misteriosa inversión dialéctica en que desaparece la evidencia de las ciudades como, más que ninguna otra cosa, enormes cementerios de automóviles que aún se sacuden, con ridículas calvas en los centros urbanos, esas zonas peatonalizadas (a costa de agravar las penurias de las áreas colindantes) para disfrute de una marea de espectadores de escaparates y obras de arte urbano con las mismas apreturas, cegueras y violencias que si no hubiesen abandonado sus respectivos vehículos.

13.  Arrasar el terreno es la manera más corriente de apropiárnoslo y hacerlo habitable. Asolando la parcela alrededor de nuestra casa conjurábamos malas yerbas, alacranes, serpientes y hormigas y en general toda molestia no consentida. Aplanarla con una densa capa de hormigón, dejando tal vez un par de alcorques para unos arbolitos, o tal vez ni eso, que con un par de cactus en macetas el resultado es pasablemente minimalista y no hay que hacerles caso.

13.1.        Numerar es igualar. Domesticar el mundo es artificializarlo, "hacerlo como nuestra casa", hacerlo como nosotros mismos. Poético. El más liso, agrimensurable, fungible, edificable; el hipostizado en metros cuadrados equiparables a los metros cuadrados de cualquier otro lugar por medio del patrón dinero. Hay que convertir todo solar en solado. A fin de procurarnos un bello jardín, pasamos la motoazada y el rastrillo por nuestra parcelita; por mucho que crezcan las semillas arrojadas ya hemos dado un paso más hacia el aplanamiento, por verde que crezca nuestra parcelita e momento, ya está más cerca del baño de cemento que cuando era un olvidado barrizal plagado de ortigas.

13.2.        Navegar por la Ciudad es la constante reescritura de un mapa, construyendo un itinerario propio a partir de elementos no previamente organizados.” Los marineros oceánicos no trazaban una derrota, esto es, un rumbo prefijado conforme a la posición adscrita al destino en las cartas marinas. Los nativos se orientaban mediante sucesivas y casi inconscientes improvisaciones realizadas a partir de cada punto de referencia que iba apareciendo en el discurrir de su travesía.
Del mismo modo es necesario en las ciudades cuyas calles aún no han sido bautizadas ni sus viviendas inventariadas y numeradas, en beneficio de la administración y el servicio de correos, improvisar cada día un nuevo mapa a partir de las propias experiencias del momento y de las referencias visuales memorizadas o facilitadas, y superponerlo a los de los días anteriores para estudiar el conjunto al trasluz.

13.3.        Los bloques de apartamentos son anónimos, pero bajo la cuadrícula de calles bautizados con un inventario de nombres de conquistador, de conquistado, de frutales o de aperos de labranza, subyacen los nombres de los dueños de las fincas o casas unifamiliares que antes hubo allí, o aquellos con que, por capricho, bautizaron tales lugares.

13.4.        Una Naturaleza Disneyana es la más pervertida de las imágenes de nosotros mismos, porque presenta como si fuera inocente y espiritual la forma en que asimilamos y envilecemos el mundo cuando, en el proceso de descubrirlo, lo ponemos a nuestra altura, y porque pretende que, al confrontar el reflejo de nuestras vilezas, vemos lo verdadero, lo eterno, lo libre, en vez del flujo de agua que sólo tenemos en las manos mientras se nos escapa entre los dedos.
En el estado laico, hasta la creencia más risible es respetada mientras uno se preste a constar en los registros como practicante de ella. El falso panteísmo que admite que las cosas son como son, que todo es como es, retira las pajas del camino para facilitar el paso de la maquinaria pesada de la constructora.

14.  Existe, entre las inmensas galerías peatonales de varias plantas, techo acristalado y monumentales fauces de la Francia decimonónica y las cacofónicas catacumbas de tragaperras y juegos informáticos, un conducto de comunicación directa.

14.1.        Su máxima virtud reside en su clima artificial y en el cerrar de día ni de noche, ofreciendo al constante flujo del público espacios privados, carentes siempre de todo lo animal y vegetal. Un medio totalmente artificializado, hecho en serie y, por lo tanto, totalmente fiable. Como la comida basura, la única adecuada para el consumo en tales interiores, al menos sabemos hasta qué punto es sana y desde dónde malsana, pudiendo descansar de la incertidumbre o dejarla en manos de otros.
Su propósito es ser ciudades en miniatura para que el público demore su visita lo más posible, quizás incluso durante jornadas de insomnio completas. Por lo tanto encontraremos de todo, sabremos que encontraremos todo lo que necesitemos a poco que nos prestemos a dejarnos extraviar o a fingir que nos creemos entregados voluntariamente a la deriva.
El espacio contenido ha de ser intercambiable, del mismo modo que cualquier gran superficie comercial es idéntica esté donde esté, con las mismas campañas, las mismas marcas y la misma forma de colocarlas. Quizás sea como reacción a estos mundos terrenales que la imitación y corrección ofrecida en Disneylandia del mundo real sea un espacio abierto, el agorafóbico parque de atracciones en que a Pinocho le crecieron orejas de burro.

14.2.        Las películas de ciencia-ficción apenas imaginan futuros a cielo descubierto, en espacios de libre tránsito. Ni en las peores distopías se sugieren unos futuribles descendientes de los campos de concentración, lugares que son naturales comparativamente.

14.3.        Cubierta, como un enorme falansterio global, no se podrá permitir la acumulación de suciedad y se dispondrá de brigadas de limpieza que pasarán continuamente sobre sofisticados cochecillos, esterilizándolo todo. Tal vez deje así el gesto de arrojar basura al suelo de ser una pequeña blasfemia, un desafío frívolo a la flotante secreción conjunta llamada autoridad, o el vándalo atrevimiento de quien quiere acelerar la llegada del Apocalipsis. O al menos de una materialista Apocatástasis: la existencia simultánea de todas las mercancías que son, serán y han sido.
No dejará, pues, de haber una alfombra de porquería de 5 cm de grosor y de 5 minutos de antigüedad, pero estará renovada constantemente. Alfombrará las calles lo que adoramos con la dedicación de nuestras vidas; devorado en imperceptible sacrificio desde que se devaluó infinitamente al salir del espacio propicio, o desde que dejó de ser del vendedor, o desde que abandonó su lugar en la exposición con las otras mercancías...
Como en el caso de una obra de arte olvidada por la empresa de transportes a la puerta del museo que pase desapercibida por la turba de paseantes, estos juguetes, latas, periódicos, colchones, sobres, condones, sólo recuperarán su valor de cambio cuando alguien los reintegre al mercado, al precintarlos y atribuirles de nuevo un precio, mejor cuanto más inesperado.

14.4.        Imaginemos la ciudad rapada, igualada apenas a la altura de la mitad del primer piso por un repentino tifón. Sin techos, las ruinas parecen un laberinto. Cuesta distinguir qué era antes interior y qué exterior. Tampoco habría más razón para intentarlo que las ganas de matar el rato. (Hay que imaginar esto con el suelo repleto de cascotes y bajo un suelo casi blanco de tan achicharrado por el sol cayendo a plomo.)
Unas ráfagas de aire africano agitan los rasgones de papel que aún cuelgan de los muros. Estos jirones de carteles y de papel pintado proyectan cambiantes triángulos de sombras violáceas.
En las paredes se confunden los motivos de empapelado con las rotulaciones ilegibles. Se mire por donde se mire, texto mudo salta siempre al encuadre. Apenas se dispone de sensación de profundidad.
Todo lo que en las calles de una ciudad olvidamos que cuelga sobre nuestras cabezas yace por los suelos, así que en éstos se superponen rótulos luminosos, balcones de forja retorcidos, antenas y más antenas, que revelan ahora la variedad formal que insospechadamente había alcanzado su industria. Los cables se extienden, entrecruzan y persiguen... Pero en este museo de las ratas, esta Pompeya nuclear, el paseante puede desarrollar su deriva a salvo de tentaciones interpretativas. Ante la pura maravilla del descubrimiento del entorno por sí mismo, ni se le pasará por la cabeza preguntarse por las adivinanzas y retruécanos que pudieron contener, cuando estaban en pie, estas galerías.

14.5.        No esperemos tanto. Aprovechemos la próxima guerra para refugiarnos en los inmensos almacenes de decoración, muebles y juguetes de los polígonos industriales de las afueras, para beber, fornicar, jugar y hacer barricadas entre los gatos a la luz de millares de velas encendidas y nunca apagadas.

 


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