LOS TUBOS PNEUMÁTICOS

VANILOQUIOS apéndice 1 SHOCK AND AWE S.A.


“Mira este aparato: hasta ahora debía accionarse a mano, pero a partir de ahora el aparato funciona solo.”

 

“Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh, que, en toda su vida, simplemente se hizo asar una mano y que, por lo demás, no pasó de cortarse la oreja izquierda, en un mundo en que todos los días la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de recién nacido flagelado y enfurecido tal como sale del sexo materno. Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensión de la tierra.” Así escribía Antonin Artaud en 1946 ó 47, recién liberado de un manicomio de una Francia desnazificada. Hay que considerar todo escándalo como una construcción basada en una complicidad cínicamente disimulada entre escandalizador y los que se dejan ver escandalizados, por mucho que malamente simulen un inexistente antagonismo. El escándalo que produjo el artista chino que devoró el cadáver de un bebé no se fundaba más que en su puesta en escena ante las cámaras. Tanto el artista como los voluntariosos constructores de tópicos blindarían a posteriori el acto haciendo ondear su impepinablemente incuestionable trascendencia simbólica. El público, escandalizado pero agradecido receptor de cualquier alegación de que hasta la más rutinaria de sus masturbaciones viene a resultar de alguna forma útil, se traga el argumento que le echen: límites estéticos puestos a prueba, trasgresión de tabúes, experimentación ética, subversión de los límites del arte, blanqueo de capitales, ocasión de consumir canapés y cava en la fiesta de presentación del imprescindible catálogo ilustrado que preserva para la posteridad el evento; todo estará bien mientras cuente con algo por detrás, por miserable y vacuo que sea. Eso habrá de bastar: no habrá peligro de que se cuestione qué puede haber tras esa “lectura profunda” tan poco diferente en su imbecilidad y conformismo de la superficial. Acostumbrados por la tradición a que el artista esté investido, haga lo que haga, de facultades de críticas y oraculares, el público queda en el fondo tranquilo y agradecido por este valiente acto educativo. 

Y toma tranquilamente por metáfora de laboratorio –eso sí, tan atrevida como estéril- lo que viene a ser simplemente la constatación de lo impuesto. Todo lo relacionado con el enaltecimiento, mantenimiento y gestión del cotarro puede pasar por encima de cualquier cosa con tal impunidad que incluso, cuando se le antoja, puede permitirse prescindir de hipocresías y arrojar la verdad a la cara de todos, simplemente porque le viene en gana. No hay más que un oportunista gesto de apología: el gratuito refrendo de lo obligatorio, la imitación literal de los usos consagrados; en fin, que no es precisamente denuncia lo que el famoso artista se trae entre manos, sino la consumación de la identificación con un poder establecido que, como si también él obrara por amor al arte, no aspira a parecer inteligible ni siquiera ante sí mismo. Un evento televisivo que simplemente da fe, de forma demasiado transparente para llamarla simbólica, de lo cotidiano y de la ambigua e indefensa resignación con que nos empujan a aceptarlo. Ni tan siquiera se trata de una advertencia. “Aquí no tenemos por qué disimular nada”: eso es lo que se nos dice. Al mismo tiempo se nos notifica que no por eso se van a caer en desuso los disimulos.

 

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La Iglesia dice: “la Justicia no existe sin perdón.” Pero ese perdón no se destina a los ajusticiados, sino a los ajusticiadores. La Paz encubre y legitima las batallas fundacionales que trajeron el orden cotidiano al mundo. Hoy le corresponde santificar más bien el recurso a la violencia en un futuro inmediato que la santificación de violencias pasadas o presentes. Según Engels, la proletarización general supondría el fin de la era de las guerras, pues las futuras batallas estarían abocadas a ser de una crueldad tan inaudita y de tan incalculables consecuencias –por ejemplo, las derivadas del hecho de dotar de armamento a millones de proletarios cuya causa no sabía de fronteras- que nadie se atrevería a desencadenarlas. Mas las siguientes guerras arrojaron luz sobre esta cuestión: que no haya servido de freno para ningún combatiente tal crueldad y tal incertidumbre es simplemente coherente con lo cotidiano: el horror de la explotación sin trabas, la lujuria del batir récords -de ventas o de balazos por segundo- y (acabando de parafrasear a Benjamin) la abismal discrepancia entre los inmensos medios de la técnica y la ínfima lucidez moral que acompaña a su uso.

Efectivamente, lo más terrible de la guerra es que desde su mirador ya no parece lo mismo esa Paz que quedó tan lejos: resulta ésta aún más sórdida que todas las tormentas de acero. Las acciones de los Estados Unidos de América, como las de todos los demás estados, incluyendo aquellos a quienes la carencia de reconocimiento político no hace en absoluto mejores, se reducen a lo más toscamente simbólico. En ningún caso se puede esperar hallar en ellas más que el chusquero recurso al grito y cachete con que se escarmienta por anticipado y se informa a todos acerca de las verdaderas reglas del juego. Ignoran si hay un sentido más profundo en las representaciones que ponen en escena, pero se encomiendan ciegamente a actuar como si lo hubiese, como si fuera en realidad su verdadera función: llamar por las malas la atención sobre sus malas teatralizaciones, para desorientación del público, que permanece pendiente del desenlace, esperando que le ayude a descifrar el sentido de la obra, o al menos la razón por la cual fue montada.

La libre competencia a todo gas esclaviza de por vida a un competidor gaseoso. No hay un enemigo verdaderamente definido al que odiar sinceramente, sino apenas unos retratos robot animados que, como las acciones que para destruirlo se realizan, hay que tomar con sal y pimienta. El enemigo es secundario: la matanza puede ser continua y sin embargo absoluta, apenas requiere que sobrevivan malvados para justificar la eternización de la causa. Autoritarismo y victoria permanente van de la mano y se alimentan de su autoprovocada crisis; por ello necesitan, más aún que la existencia de alguien peor, un constante autobombo.

No es necesaria la existencia de misiles enemigos para desarrollar escudos antimisiles. La carrera antibalística se realiza contra uno mismo: es una competición industrial sin fin ni finalidad, que por tanto se ve ratificada cada vez que se confirma que los contrincantes son uno mismo. No hiere de veras la denuncia de que Noriega, Sadam, Bin Laden y cualquiera que haya servido de excusa para una matanzas siempre venga a ser un producto de la CIA. Todo lo contrario: bajo el arrepentimiento palpita el orgullo de participar de un poder tal que es tan abrumador en sus errores como en su disposición a corregirlos y en los medios a que recurre al hacer penitencia.

No podemos esperar que las personas despreocupadas del catastrófico efecto que dentro de diez años tendrán sus acciones al más primario y universal nivel biológico –efecto del que no escaparán ni ellos ni sus empresas, por mucho que lo vayan a padecer en una forma cien veces peor personas que les resultan indiferentes- hablen en serio de planes de democratización y estabilización a veinte o cincuenta años vista. Ellos creen en el futuro aún menos que nosotros; ellos carecen de miedo al suicidio tanto como de reparos a arrastrar a alguien con ellos. No hay método en esta exacerbación del dominio. La industria armamentística ha renacido englobando y subsumiendo por fin a todas las demás; asumiendo los recursos y prerrogativas de todas las demás ramas y destilando lo peor de la metodología de cada una. Se aplican, sin más ni más, en grado extremo, los cauces lógicos sin saber ni querer saber adónde conducen. Es un error creer que el camino emprendido por una empresa no vaya a ser recorrido por todas las demás, y que no se convertirá al final en ruta habitual para la más fuerte y la peor de todas ellas, es un error creer que una trampa ocasional no se ha de convertir en modus operandi de pleno derecho. La ética empresarial exige que de todo se haga el máximo uso y el peor de los usos posibles.

Los argumentos ideológicos –tales como conflictos étnicos, choque de culturas, pulsiones primigenias, ansia de progreso, etcétera- son meros pretextos, abiertamente reconocidos. Todos son utilizados de forma intercambiable. La nula disposición a tomar al pie de la letra ninguno de estos postulados capitales pone aún más de manifiesto su carácter de barniz de tópicos, preparado por un laboratorio de pensadores a sueldo. Como aplicando a rajatabla una actualización de la teoría de la superestructura: la ideología como mala secreción de las relaciones sociales. Todos los tópicos, acuñados de buena o mala fe durante toda la modernidad, pueden ser reempleados y una y otra vez vueltos a ordeñar.

En otra esfera de las cosas existe otro producto que tampoco queda jamás obsoleto, a pesar de la necesidad de renovar semanalmente el catálogo de novedades. La vertiginosa producción y expedita venta de armamento bordea el más terminal y gigantesco de los cohechos, del cual podrían considerarse una forma extrema las operaciones militares exclusivamente dirigidas a la puesta de largo del producto. Todo el armamento alguna vez producido se va acumulando, pasando legal o ilegalmente de mano en mano según cada uno renueva su armero conforme a sus posibilidad de mantenerse al tanto de la novedad. Las armas sólo se desechan cuando el combate o el puro desgaste de años las ha dejado inservibles. Mientras un arma conserve en el más mínimo grado su capacidad de hacer valer la vida de uno por la de varios seguirá en circulación.

Los productores de armas –a quienes habría que perseguir y boicotear sin descanso ni apelación- siempre habitan y prosperan a la sombra de los Estados Civiles y de los Estados Mayores. No cuesta imaginar cómo ha sido posible la identificación de las necesidades industriales del sector con el destino de la humanidad. Es tan verosímil que una pequeña élite de fundamentalistas con braguero trame nuestra ruina por miedo a la dichosa globalización como que sea arrase país tras país únicamente para ganar dos puntos en los índices de popularidad de un diminuto condado de Wisconsin.

De habérseles ocurrido a los halcones los inauditos pero increíblemente coherentes móviles que se adjudican en libros y tertulias a sus crímenes, habrían cometido éstos mucho antes. La explicación bien puede devolver la excepción al discurso de la norma, o convertir la excepción en la verdadera norma, declarando que lo considerado normal no es más que ideología. Todas las respuestas presentadas tienen carácter circular, todas y cualquiera valen: es sospechoso que no haya ninguna que no sea plausible. Cualquier explicación es válida, y más cuanto más exagerada y canalla. Entre todas existe una esencial identidad. Cada uno de los asesores militares, patrocinadores y organizadores del evento posee su propia razón y se burla del la ingenua fe que el otro deposita en el Ideal de su elección. El Secretario de Stock de Plagas cree en el Fin de la Historia, la Adjunta de Genocidios Selectivos se pirra por el Imperialismo Benévolo, el Hijo de Su Padre se cree el Espíritu Universal encarnado, y así ad nauseam. Les une la idea del mundo como campo de tiro homogéneo y vacío, como colonia a la que exportar balas y tiritas, como exteriores en que rodar videoclips con extras sin contrato en que rodar spots invitando a la juventud a alistarse en los marines. Tras los bombardeos y antes de la llegada de la infantería pasa demoledora la escuadra de blindados del no-pensamiento todoterreno, los pensadores en vanguardia, allanando el camino a la imbecilidad –del mismo modo que los EUA son la “democracia en vanguardia”, es decir, la que va por delante abriendo camino a las demás. Para confirmar esto con tacto o sin él, con candidez de beata o cínico desparpajo de entrenador de equipo de rugby, en guisa de conservadores revolucionarios o de reaccionarios rancios, se hallan disponibles espuertas y espuertas de pensamiento en los tanques, en los depósitos de combustible. El Poder encuentra preferible manifestarse públicamente mezquino, hipócrita y hasta incompetente, a admitirse infundado, agujero negro, fosa séptica.

 

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Acciones como la matanza de Waco, las cartas con carbunclo, la matanza-liberación de los rehenes del teatro de Moscú, el ataque en que mataron a José Couso, preventivo y en directo –casi tan en hora de máxima audiencia como el derribo de la estatua de Sadam-, acaso el mismo once de septiembre, tienen tanto de eventos televisivos como el campo de prisioneros de Guantánamo y la irreal liberación de Bagdad. No queda claro si lo que se pretende es dejar constancia ritual de la fundación de un Estado -el de Emergencia permanente, que se reserva el derecho de aniquilación-, o si se trata de un trámite reglamentario de los departamentos especializados en este tipo de montajes. Puede esperarse que se los siga dejando operar a sus anchas en tanto no se demuestre que implican más pérdidas que beneficios. Sólo se sabe que the show must go on. A una acción seguirá otra y nadie podrá hacer balance de la eficacia de los “símbolos” y “advertencias” diseminados por el camino, a pesar de toda la muerte y sufrimiento que se haya causado para ello. También en esto vemos brillar deslumbrante la ideología empresarial.

El Terrorismo como evento televisivo por antonomasia, desde el más palmario gesto fundacional de terrorismo de Estado hasta las machadas de los pijos que han sentido el llamado de la patria, se reduce patéticamente a escenificaciones sin más valor que su valor de repetición –de multiplicación en diferentes televisores y en diferentes fechas. Tanto da si estas escenificaciones obedecen a altos imperativos (los planificados por servicios “de inteligencia” oficiales o para-oficiales), están incrustadas (aprovechando algo que se iba a llevar a cabo igualmente) o documentan catástrofes espontáneas (pocas y casi nunca inesperadas). Se acuñan para engrosar las estanterías de las cadenas. Actualmente Leni Riefenstahl habría preparado un maravilloso repertorio de imágenes de guerra pregrabadas con fuego y muerte reales, en un escenario debidamente acondicionado. Tales imágenes serían difundidas a todas las emisoras mundiales que, a pesar de reconocer su evidente origen, no dejarían de emitirlas, con o sin guiños de complicidad, por ser las más bonitas, abundantes y amortizables en futuras ocasiones.

Cuantas más exageraciones pueden ser vertidas acerca de la criminalidad de los métodos de un Estado, más acrecentado resulta el poder de éste y la impunidad con que es capaz de ejercerlo. Cuando el Estado reconoce ser incapaz de gestionar su enorme capacidad de espionaje o los superpoderes que se le atribuyen, fortalece su imagen. “Es cierto, somos capaces de registrar la caída de un alfiler en cualquier lugar del mundo. Que esta vez no hayamos estado allí para recogerlo se debe únicamente a errores humanos.” Cualquier acusación absurda que implique la atribución de nuevas e inéditas capacidades es bienvenida. Hay un viento que viene de sus espaldas que hace que todas las flechas que se le lanzan giren antes de alcanzar su blanco y se unan al enjambre de saetas que continuamente arroja ella. Las muestras de buena voluntad forman parte del arsenal permanente.

La ejecución será chapucera y poco convincente, pero hay que reconocer que se cuenta con todos los medios, con los mejores especialistas. La desproporción entre medios y resultados carece de importancia ante la enormidad del capital desembolsado y del virtuosismo de un equipo que, como el de los Estudios Disney, reúne a la crema de los profesionales mejor pagados de todo el orbe, y que, también como ellos, está por encima del riesgo de contaminarse con lo que hacen –y, por lo tanto, de cuestionársela.

Las superproducciones ideológicas realizadas por los departamentos especializados son más que depuraciones embellecidas de los mensajes, más que propaganda de un solo uso: el Poder también recibe como espectador estos subproductos de los que supuestamente es el autor, y los asume, no como disfraz confeccionado a su medida, sino como verdad objetiva. Del mismo modo el empresario ve confirmada su vocación y su destino con cada informe y estudio saturado de enfermizo proselitismo de la causa empresarial que le presentan sus asesores y delegados. Es una puesta en escena inacabable y universalmente recibida con escepticismo, y en ella no tenemos más remedio que ser al tiempo intérpretes, espectadores y miembros de la clac. Se privilegia la contemplación –atónita o narcisista- de la forma en que se ejerce la dominación, y no hay examen de la dominación en sí. Se asiste con deleite a la Historia en movimiento creyendo que, tal vez entre nuestras propias babas, estamos nadando a favor de ella. Se acata el indiscutible predominio de lo Fáctico sin comprometerse a describir tal cosa. Se siguen uno tras otro los momentos culminantes.

Malamente realizado, cuidadosamente calculado, nos atrapa algún espectáculo con estatua detenida en confuso equilibrio. Quedamos en suspense, atrapados estéticamente, esperando el catártico desenlace, que luego no es tal sino la preparación de más de lo mismo.

 

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La presencia de un poder abrumador, amorfo y absolutamente irresponsable crea retrospectivamente una idea mítica de su propio origen. Suele atribuírsele un venerable pasado, un origen divino. También comparando el grosor de los tallos deducimos qué árbol es el más antiguo y el más fuerte. Del mismo modo establecemos mediante la comparación del grosor de las ramas de cada árbol una jerarquía entre ellas: cuál es descendiente, dependiente o hasta degeneración de cuál otra. La cruda superioridad crea su propia genealogía. A medida para cada circunstancia toma forma una jerarquía natural y de repente secular que favorece al fuerte. El universal predominio estadounidense es aceptado sin matices; las discusiones se reducen a cuestiones de decoro, en ningún caso presenta nadie una verdadera negación de lo inapelable. Aceptamos la marcha del destino, sí, pero guardando las formas, por favor: que alguien se acuerde de prometer que en última instancia se habrá avanzado un paso hacia el Reino, que se jure y perjure que la Historia nos acerca a la Salvación.  Y si desde abajo llegan apelaciones a la razón y el cálculo como si fueran enemigos encarnizados del Poder, son jeremiadas recibidas con satisfacción en los despachos: tranquilos, sólo suplican un poco más de coherencia y eficacia. No hay elección verdadera entre los que simplemente decretan que lo que es casualmente coincide con lo que ha de ser, y los que preparan el terreno para que agradecer a corto plazo que se haya molestado en hacerse aceptable y llevadero. El destino manifiesto es uno para todo el globo; la catástrofe ajena es nuestra cotidianeidad. Somos incapaces de concebir –y de desear- la caída y ruina de los EUA, pero no nos cuesta aceptar la del resto del universo.

“Estar con los que sirven” fue una expresión debida a un error de traducción –seguramente tan mecánica como el cerebro de quien la leyó sin rubor, en uno de esos lapsus en que la mentira dice más que la verdad-; la frase, distribuida en circulares por los funcionarios del Pentágono que la extrajeron de los manuales de autoayuda imperiales, debiera haber sido: “Estar con los merecedores de confianza.” Se tiene claro que la inercia de la marcha de la Historia arrastra a todos: la opción se reduce a nadar a su favor –y presentarlo como acción sufrida y meritoria- o dejarse arrastrar. Los que no permanecen inactivos y agitándose a favor de la corriente fingen estar impulsándola tendrán el privilegio de llegar antes adonde todos acabarán por llegar al fin y al cabo. Cuanto más falta la libertad, más se intenta hacer creer que ésta se ha cedido voluntaria, heroicamente. Se aceptan medallas por cualquier cosa y responsabilidades por ninguna. Si alguna culpa tenemos no es la de habitar Occidente, sino la de hacer de sus intereses y principios los nuestros, la de progresar en alguna dirección, la de creer en el carisma y en los líderes; es decir, creer que se puede elegir ser un poco más o un poco menos libre; esto es, creer que somos libres en absoluto.

De forma característica, la obra del Gobierno de los EUA conoce su secuela y complemento a manos de su sucursal: la universal proclamación de lo deseable y humanitariamente necesaria que es una Europa armada, políticamente unida y autoconsciente. Los gobiernos europeos más aguerridos se emplearon a fondo en esta farsa; con la complicidad de la prensa que, burlándose del crédito que supuestamente otorgaban los pacifistas a instituciones internacionales tan merecidamente execradas en otras ocasiones, daba unánimemente a entender una suerte de consenso universal acerca de su necesidad. Resulta chocante la coincidencia entre los discursos de los presuntos pensadores por cuenta propia y las encíclicas oportunamente producidas por los depósitos de pensamiento. El pragmatismo de los primeros les conduce a presentar una “doble hegemonía” como preferible a una hegemonía singular. Por lo que parece, no caen en la cuenta de que jamás podrá ocurrir que lo bueno para nosotros coincida con lo que sea bueno para hegemonía alguna, de que nosotros somos los de Auschwitz y los de Dresde, los de Nueva York y los de Guantánamo, los de Bagdad y los de Jerusalén.

Es fácil, sin embargo, que por descuido acabemos hablando como cómplices del carnicero, hallando utilidad a lo que acarree, aunque sea involuntaria e indirectamente, un poco de Paz y de Libertad. Pero jamás podrá ocurrir que la felicidad del carnicero no implique la desgracia para su materia prima. Lo que empezó como sociedad de naciones para garantizar el fin de todas las políticas de agresión e invasión dentro del Continente Viejo –que no fuera de él-, acaba, como era de esperar, asumiendo su verdadera vocación militar, de confederación de la que no puede haber salida sin arriesgarse a una fortísima represión. En cada universo sólo puede darse una “unidad de destino en lo universal” cada vez. Por mucho que una unidad afirme que su misión es servir de contrapeso a la otra, no se nos oculta que tal es su afinidad que no dejarían de ser la misma ni aún proponiéndoselo. No ha de ser menos odiosa y digna de todo descrédito que sus ensayos y precursores. Pasarán finalmente por buenas las ambiciones de Napoleón, César y Hitler; sólo serían discutibles sus métodos.

Parece ser que tras la Segunda Guerra Mundial, el triunfalismo, la penuria y la alegría de haberse liberado del fascismo hicieron que los genocidios nazis recibieran mucha menos atención de la que ahora nos parecería normal: no se convirtieron en obsesión y en lugar común hasta los sesenta, como si la repulsa al nazismo fuera tan generalizada que no nadie quisiera detenerse en el estudio de lo más extremo de una abyección de la que todos están sobrada y dolorosamente informados, y que se reconocía ya inherente en el fascismo a nivel de doctrina. Ahora que cincuenta millones de muertos apenas son nada que no puedan producir una plaga de origen desconocido en un mes o las leyes de protección de patentes de medicamentos en un fin de semana, y que el bombardeo de blancos civiles es reconocido como la más conveniente y barata medida de reordenación urbana, es precisamente el Holocausto lo único realmente malo que parece pueda achacarse al fascismo, y que seguramente es reducible a error humano.

 

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Una salida de tono de un teórico de la postmodernidad fue que si ahora hubiese un Auschwitz, habría cámaras retransmitiendo en directo desde el interior de las “duchas”. Debería aterrarnos la sangre fría necesaria para concebir Guantánamo: se trata en realidad la única canallada de Estado que ha conseguido batir el récord nazi, además de la única declaradamente publicitada desde el día de su creación. El único campo de aniquilación fundado para ser mostrado día a día. Guantánamo es un paraíso turístico –pocas zonas hay en el mundo mejores para practicar el submarinismo- a la vez que limbo judicial y base militar permanente. Es la mejor localización en que el Poder puede encontrar para emplazar a hombres sin identidad, nacionalidad ni derechos, desprovistos de habla, visión y comunicación, enjaulados entre palmeras, recibiendo todos los cuidados necesarios para asegurar su más básica supervivencia. Personajes achatados y homogeneizados que, contando cada uno con su propio ejemplar del Corán, ¿quién puede decir que no les falta sólo una televisión para que estén en una situación envidiable? ¿Es esto una amenaza, un espectáculo de venganza para disfrute vicario de los televidentes, o simplemente una forma de informarnos rápidamente de la poca distancia que hoy media entre las cosas tal como son y las cosas tal como hemos de conformarnos que sean? A todos nos tienen ahí metidos. ¿Por qué siempre vuelve a la cabeza la imagen de los campos de exterminio nazis? El margen del papanatismo humano parece estrechísimo: si el siglo XX fue un movimiento ondulatorio cuya amplitud estaba limitada por arriba y por abajo por la idea de Auschwitz, el siglo XXI zumba encerrado en un estrecho tubo de ensayo cuyas paredes son las escasamente variadas lecturas que se pueden hacer de una instalación llamada Guantánamo.

¿Por qué es tan difícil reaccionar ante esto? Debemos tener un límite a partir del cual seguir asumiendo lo abominable nos añadiría a su lista de víctimas. No podemos dejarnos llevar a la postración por lo que bien pudiera ser ficticio, por lo que pudiera haber ocurrido hace meses, por lo que incluso puede ser un simulacro antepuesto a otro aún peor. ¿Acaso deberíamos estar pendientes de no dejar sin condena todo lo que se lo merezca, ejerciendo la buena fe con el mando a distancia u obteniendo información de páginas web honestas. Nos da la sensación de que postrados estaremos picando el anzuelo, mientras que abandonando la pasividad para censurar de forma enérgica podemos estar haciendo más eficaz lo que puede ser una cortina de humo.

 

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Había una vez una remota islita tercermundista que se alegraba de carecer por completo de recursos naturales, interés geopolítico, de haber pasado desapercibida al olfato de los perros de presa de la Historia. Salvo el ocasional monzón y la proximidad de alguna que otra prueba de armas nucleares, nada tenía que temer del exterior. Mas un día sus habitantes descubrieron en sí una utilidad a la que no escapaba ningún ser viviente: pues precisamente por serlo servían para ser blanco de las bombas y luego de la ayuda humanitaria. “Así que no sólo el cambio climático, sino también esto, es la globalización”, maldecían en su último suspiro, que los reporteros tradujeron como piadosas invocaciones a algún ingenuo dios pagano. Por decreto nada queda al margen: el reparto que adscribe distintos papeles, distintos beneficios suprime cualquier diferencia efectiva. Todo el terreno –geográfico o viviente- está parcelado para la explotación del mismo cultivo. Visto a la distancia adecuada, todo resulta un tejido regular y homogéneo. Todo accidente que discuta esta planificación industrial -sea acto de resistencia o catástrofe provocada por la actividad explotadora misma- es diligentemente corregido. Hasta ahora estuvieron los profesores de Historia a cargo de bautizar las medidas correctoras, pero la confusión a que han venido induciendo nombres tan pintorescos pero poco útiles como “Guerra de Secesión”, “Guerra Civil Española”, “Retorno a la Tierra Prometida”, etcétera, han llevado a confiar en adelante esa tarea a otras manos.

Hay una maldición china: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Hay una manida frase reaccionaria: “vosotros teníais que pasar por lo que hemos pasado nosotros, entonces sabríais lo que es bueno”. Ya tenemos ocasión de ver, y por primera vez en directo –con cortes publicitarios y todo-, la tramoya que hay detrás de la verdad. La verdadera misión de todo dirigente es guiar, bandera en alto, a la materia prima hacia el matadero que gestionan sus amos. El caos controlado, el terrorismo, el chivatazo y la extorsión son los mejores amigos del Poder; en modo alguno su negación, subversión o ausencia. La anarquía con que meten miedo es precisamente la situación más propicia para que se enriquezcan y fortifiquen los amantes del Orden y la Paz. Los abogados del equilibrio y la estabilidad y de los valores eternos disfrutan al cada vez que vuelve a aflorar la violencia que subyace a sus discretos placeres. El proceso de reconstrucción de Irak será reescritura de la misma vieja historia: la renormalización de lo que nunca fue normal, el falso retorno al único estado civilizado aceptable; confiar al más fuerte el monopolio de la violencia cuando, tras un breve periodo de esta anarquía, la gente reconozca lo poco digna de confianza que es ella misma “cuando se la deja sin barreras” –y no porque tenga nada que ver que esta gente haya sido diezmada y reducida a la miseria o el hecho de que existan muchas más armas y cuentas pendientes que alimentos. La lista de “revoluciones conservadoras” supera ya con mucho a la de las otras, que ya nadie sabe cómo clasificar.

El fantasma de una terrible amenaza siempre ha servido para acallar toda discrepancia, así como para instaurar la represión “provisional” en aras de la supervivencia básica del estado de las cosas. La defensa del bien común suele coincidir es tales casos con el provecho de quienes se aprestan a defenderlo, y lo cierto es que las medidas de excepción que toman son bien poco excepcionales. La aparición del enemigo universal deja a todos los enemigos de la humanidad sentados a la misma mesa, buenos chicos, esta vez unidos por algo más grande que los pactos entre sus servicios secretos o que la profunda simpatía gremial que entre ellos se da. A la luz del Gran Enemigo, resplandece nuestro Gran Hermano como sumo protector del pueblo, como si por una vez pudiera ser bueno para algo.   La cara del Terrorismo es doble y su mejor baza es el hacer creer que hay que tomar postura poniéndose a uno de sus lados para estar a salvo y en contra del otro. Al Estado, su némesis le otorga el rol de guardián de las libertades que puede limitar aquellas de las que se puede hacer mal uso. La admiración y placer vicario soterrados que sienten los individuos ante la violencia terrorista, son bien recogidas por el Estado, quien carece de rival a la hora de aplicar castigos indiscriminados. Sus espectadores, por aterrados que se confiesen ante el espectáculo dado por una u otra de las caras, se envanecerán del espectáculo de una potencia que sentirán como propia, bendiciéndolo por mucho que a veces hayan de sufrirla alguna vez en sus propias carnes. Los EUA e Israel son los ejemplos más claros de esta doble disposición a sentirse víctima del Terrorismo y a la vez regodearse en él interna y externamente. En su mundo maniqueo, “asesinar” no es una palabra tabú.

La acción de los EUA no sólo les da alas a ellos: también abre camino para todos los demás. No creo que su cúpula tenga reparo en empecinarse en una espiral de competencia y empobrecimiento con la excusa de hacer microscópico el riesgo de que aparezca un rival capaz de pagarle con su misma moneda, y aboque al resto del planeta a estar a tan abismal distancia por detrás en lo económico como en lo militar. Acaso la única esperanza que pueda haber de un mundo en que quede un resquicio de libertad y un rincón a salvo de dictadores, esté ligada a que, de alguna forma, el Gobierno de los EUA y todas sus sucursales se disuelvan sin dejar rastro y desaparezcan de la faz de la tierra antes de que sea demasiado tarde.

 


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