LOS TUBOS PNEUMÁTICOS

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El ataque podría no haber tenido lugar nunca, lo mismo que podría haber cesado tras el primer minuto, la primera hora, el primer día, pues su superioridad y sus resultados estaban totalmente claros para todas esta vez, lo único en que había universal acuerdo. Existía una descarada voluntad de agresión, que sigue abdicando de reconocerse agresiva y voluntad, con lo que se convierte en irresponsable ante sí misma. La agresión prosiguió con la confianza de que, como por inercia de su descomunal superioridad, aparecería de por sí lo que le diera justificación, de que llegado un momento, fuera una verdadera presencia la razón dando sentido a todo y a todo haciéndolo bueno, y de manera tal que nadie se atreviera a dudar de que tal prueba no estaba allí evidente desde el principio, y siendo tal su crudo poder de convicción que pudieran creer en la misma eternidad de la evidencia incluso quienes en allí la habían dispuesto.
A favor de esto opera la indelicada sugerencia a los periodistas de que se marchen, pues en cierto modo actúan de escudos humanos –aunque no para la población- frente a la completa transmutación por arte del secreto militar.
Pues a pesar de toda la manipulación y mentira, con todo el colaboracionismo deseado o impuesto, lo poco que dejaban ver ya era demasiado, cuando el arma a utilizar con plena impunidad ha de ser la total supresión de la certeza.. La herramienta: la eliminación de puntos de apoyo, tanto a favor como en contra; la elaboración de un discurso oficial en el aire, mantenido por su propia inercia y su capacidad de liberar energía alrededor, como ventosidades, habiendo destruido sus propios soportes y cimientos, incluso de cara a sus propios portavoces y manipuladores. Es una versión oficial que aspira a imponerse por ser la única. Para esto resulta un impedimento hasta el valor documental que conservan incluso las mentiras, peligrosa frente a un imperio que no lo es de lo falso sino de lo indiscutible.
 No hay Derecho. Sólo Justicia. Las masas, criadas en el desprecio a los abogados corruptos y a los retores con sus miramientos y sofismas subvencionados, aplauden a cada Charles Bronson que sabe servirse de su propia estupidez e histeria como herramienta con que pulir su lente, como forma de ver a través de las leyes. A este cuerpo de palurdos fascistas, acojonados por enemigos tan terribles como la Constitución, la Declaración de los Derechos Humanos y los efectos de la Globalización en los bancos de su iglesia favorita, debemos esta fiesta. Frente a ellos, Constitución, ONU, globalización y hasta el mismo Papa parecen estar de nuestro lado.
Por una parte, el fascismo liberal desconfía de su propia necesidad de anarquía y expolio burocráticamente controlados, y a la vez que desea impunidad chilla como una beata histérica cuando aboga, sin apenas demagogia, por la mano firme y el acojone total. Pues acaso no sea del todo inútil estudiar el sentido literal de sus palabras, idióticamente transparentes y verdadera revelación del engaño en que más bien quiere conservarse a sí mismo más que a los débiles, de tan pagado de sí mismo y arropado como se siente.
 Por la otra parte, todo quien vive en la estafa y el engaño siente tanto desprecio hacia los estafados y engañados como hacia sí mismo por depender de ellos, pues en toda relación, hay todo un intercambio en que uno hace al otro, y en el caso de una relación unívoca, es un intercambio de reflejos, en que toda la vileza achacada vuelve hacia una sola persona. Este desprecio que siente por sí mismo lo socava y obliga a vivir en la apariencia, el dominio permanente, la liberación de prepotencia como fuertes pedos alrededor que lo mantengan suspendido en el aire, sin saber ni sus verdaderos argumentos, cimientos ni cómo amortiguar su caída.


La guerra imperial: Suele revestir la forma de expedición realizada con aplastante superioridad de medios, de materiales, de prestigio, de técnicas y de instituciones. Los imperios se constituyen por la anexión de los territorios, como resultado de una guerra victoriosa. Son el resultado de la disciplina sobre la valentía turbulenta, y de la economía y el método sobre la improvisación y el instinto.[1]

1.    Nunca han sido tema de discusión los medios con que llevar a cabo una venganza... Al menos, no era su capacidad asesina lo que se cuestionaba, sino considerando si su superioridad mecánica y táctica aseguraba la impunidad, la ausencia de riesgo.
 La desventaja es que tanto kill como killer no son palabras del todo malsonantes en EE.UU.; su destino parece ser coreadas en masa, para formar parte del título de miles de hits de megaestadio. Será por la comodidad que permite el uso de este verbo, pero Bush puede permitirse usarlo abiertamente, reduciendo la guerra a un número de asesinatos, y una batalla a una serie menor de ellos, y una guerra bonita a unos cuantos asesinatos selectivos. Términos profesionales que son mejor recibidos que otros más asépticos como supresiones o eliminaciones anticipadas.
La absoluta falta de atención a toda relación entre castigo y castigado revela la justicia como venganza: esto no se castiga en tanto que lo que supone la acción en sí, sino en tanto que acción respecto a nosotros, y eso es lo que no se hace. La justicia no aspira a reparar, ni equilibrar, pero mucho menos a avisar ni crear derecho mediante la amenaza: el Justo es el que aplica la Venganza con total subjetividad, siempre de forma egocéntrica, para su propio deleite.
Los justos han de pagar por los pecadores. Es más: precisamente por ser justos han de pagar.
 
To kill es triunfar. Es un verbo intransitivo. La guerra moderna (pues si no hemos conocido guerras de las otras, ¿por qué no vamos a poder seguir llamándola por este nombre?) no es más que un asunto de cantidad, no de calidad. Como un fusil, el verbo to kill no es bueno ni malo, por lo que parece, sino que depende de quién lo use. Lo de menos es quién esté delante del cañón. La sensiblería, igual que la búsqueda del objeto directo, queda para las almas cándidas del otro lado del charco.

2.    Puede difundirse abiertamente que un país vende a otro su colaboración en una empresa guerrera –nunca mejor dicho-. Ni los medios más serviles dejan de mostrar las cifras del negocio, como si estuvieran al tanto del último detalle. Sólo puede decirse que un país colabore en una masacre por afán de lucro en el caso de que se trate de un país atrasado, no menos bárbaro del país que se quiere arrasar. Y así se lo está tratando cuando se le propone semejante negocio. Sin embargo, la contrapartida va siendo menos explícita cuanto más cercanos son lo restantes asociados. Esto no se dice, en este caso se exige remitirse a alianzas, amistad, ¿también a la llamada de la sangre, a la solidaridad de la raza? Tal vez porque ellos no cobran un fijo, sino conforme a objetivos realizados, que es más arriesgado, pero la parte del león cuando todo sale como debe. Y así, cuanto más cercana la nación, más espirituales, más religiosas sus razones. Aunque sea una identidad de intereses petrolíferos y geoestratégicos, cuando no a la afinidad de credos y deidades, que no desmerecen ni se distinguen para nada de la adoración al dinero, al petróleo, a la geoestrategia, a la solidaridad o a al raza o a la cultura occidental de unos y otros. El matiz, y lo que resulta revelador, es lo que procede decir en cada caso, cómo y por qué sería inadecuado precisar cuando todos afirman cínicamente ir a por lo mismo.

3.    Todos tenemos un límite a partir del cual nos aburrimos de asumir la representación de abominables masacres. Por otra parte, también conocemos lo que es el hastío que supone tener que pergeñar frase tras frase ingeniosa y escéptica ante cada charco de sangre entrevisto. En discusión con otros reconquistamos la indiferencia, alcanzando un compromiso entre la realidad de lo visto y nuestra capacidad de razonar sobre ello, pues no podemos dejarnos llevar a la postración por lo que bien pudiera ser ficticio, por lo que pudiera haber ocurrido hace meses antes, por lo que incluso puede ser un simulacro para anteponer al drama real otro verosímil pero blando. También esa postración pudiera ser planificada. Entre broncas más contra nuestra capacidad de acostumbrarnos que contra los demás se diría que queremos dejar una marca indeleble en nuestros pellejos para que evitar que dentro de una semana vuelva a recubrir nuestros ojos, como si hubiera venido arrastrada por una brisa desde el Cielo, un bendito velo de indiferencia, capaz de igualarnos a todos y de dejarnos preparados para ser engañados de nuevo.

4.    Según la apariencia, lo natural sería una masa no ordenada, tan sólo dispuesta por una economía física –la ley de la mínima energía-, siendo la fuerza de la razón la herramienta destinada a producir orden, luz. Frente a la pura accidentalidad de las cosas extrahumanas, brilla como una liberación de todas sus inmanencias todo lugar donde haya intervenido la mano humana, así como cualquier palabra puesta a una roca o planta o animal. Hasta el más bajo de los productos de la razón implica un universo entero en cuanto símbolo de lenguaje, de unas formas de vida social y de unos usos económicos; todo ello conforme a unas leyes determinadas, a veces tan involuntarias y universales como las que formulan los físicos, en otras ocasiones particulares, fruto de una determinada voluntad, como son las que cifran las relaciones entre los hombres, y que son capaces de hacer, cuando menos, explicables los más lamentables de los sucesos.

5.    Todo lo humano es, hasta cierto punto, inteligible, aceptable por tanto, productor de rentabilidad. ¿Acaso no hemos heredado la carga de las mayores matanzas, abusos, tropelías? ¿No es sabido que se derivan de las más bárbaras lujurias de poder y dinero las sociedades que han compuesto los más bellos poemas?
El recurso a la explicación económica es el más totalizador: creer que todo se puede reducir al lenguaje contable de una paraciencia, en un alarde de materialismo con el que ningún marxista habría soñado jamás.

6.    Participamos de la convicción de que lo que es real es racional y que lo que es racional es real. Lo lógico es siempre, a pesar de la peor de las apariencias, sinónimo de utilizable. Incluso las latas de gusanos escondidas en lo más profundo de nuestras almas, incluso aquellas personas dentro de nuestra persona que nos tememos nunca llegaremos a conocer, y nos alegraremos por ello, las sometemos a este mismo criterio: o bien fantasía de la mente, exabrupto sin sentido, mero desahogo, o bien producto analizable, explicable y, por tanto, explicante, por tanto, útil.
Siempre buscamos una explicación de lo que ocurre, a despecho del riesgo de que tal explicación integre la excepción en el discurso de la norma, y de que ora subvierta lo que entendemos por normal, ora aparezca como confirmación de la necesidad de que las cosas sean lo que parecen haber siempre sido.
 No serían más que pequeños accidentes de mal funcionamiento, señales de que no hay error en el sistema, si no que siempre hay un detalle que se puede aún mejorar. No merecen la indignación expresada por Voltaire al saber de la destrucción ocasionada en la Lisboa de 1755 por un terremoto. Mas, y si en efecto se tratan de fenómenos inevitables coesenciales a las cosas, ¿no es patético expresar nuestra repulsa, en vez de aceptar la necesidad de lo sucedido y arrimar el hombro? Pues, de ser inevitable, habría que aceptarlo, sin pretender intervenir en procesos que, estando más allá de nuestro alcance, se repetirían, pero aún con mayor gravedad.

7.    Al creer que la tiranía o el imperialismo son algo siempre presente en toda coyuntura histórica a la que se pueda volver la vista, aprobamos en tanto que reconocemos necesaria su existencia, igual que la utilidad que tenía en el Edén la mismísima Serpiente. Damos a entender que incluso esto, ya que tiene serpiente, está bien, que es incluso en Edén mismo.

8.    Esta plena confianza en la existencia de leyes desconocidas pero formuladas o formulables en un futuro inminente, por alguien, en alguna parte, que todo deja formulado y previsto, ¿no supone una falta de respeto hacia lo existente, al considerar que basta documentarlo para eliminar la distancia que de ello nos separa? ¿Acaso el desencantamiento del mundo no conlleva dar por supuesto que nada es más de lo que es para nosotros en ese determinado momento, es decir, que apenas hay que preocuparse por aquello para lo que no tengamos una utilidad inmediata? Es un uso constante de la razón como herramienta discriminatoria, en poder hasta de la más embrutecida de las personas. Es más, se diría que una racionalización compulsiva que todo lo ve filisteamente, como materia prima, en vez del supremo avance que se pretende no es más que la regresión a la animalidad de unos rumiantes domésticos.

9.    Esta falta de trascendencia de la existencia humana nos ahorra el cumplimiento de sacrificios a los dioses antes de precipitarnos a la batalla: pues la lucha no se trata de una violencia que también sea trastorno de algún orden mítico y extrahumano, que arriesgara una trasgresión y un castigo divino; se trata, en su lugar, de una operación calculada, de una transacción prevista por expertos con muchos años de antelación. Una en que todos los componentes se han ido acumulando y todos los riesgos se han cuantificado, no sólo en cuanto número de bajas, sino también como factores humanos y morales, y considerandos aún más extraños, como la intención de voto, el apoyo popular o la variación de los índices de audiencia; factores todos tan rigurosamente computados como acientíficamente obtenidos.
En cuanto este cientifismo es aplicado a los seres humanos, dejando de reconocerlos como seres también nacidos de madre, ¿no nos ayuda a verlos como extraños vegetales andantes?
Hasta quienes quieren quedar al margen quedan empapados de esta atmósfera. Nadie es más que unidad inventariada y fungible. Alguien negocia con nosotros desde que nacemos.

10.          Lo moral se ha reducido a una superestructura visible. Es ideología como superstición, como casi concretas miasmas de pensamientos concretos, flotando a la alza o a la baja. Hablar de moral de la masa arranca la sonrisa de los más cínicos agentes de información y desinformación.
 La verdadera religión es el despilfarro autista de productos, interpretada por una camarilla de omnipotentes imbéciles. La ilusión de que el mercado lo rige todo es falaz: el liberalismo no tiene a nadie enfrente con quien dialogar y fijar su comportamiento en un tira y afloja. Las leyes económicas no son más que el masturbatorio sermón de los canallas, pero en ningún caso la explicación de su comportamiento.

11.          “Quien crea que los capitalistas están bien preparados para administrar cada vez más racionalmente la expansión de su felicidad y los variados placeres de su poder adquisitivo, reconocerá [en toda imagen] las cabezas competentes de los hombres de Estado.”[2]

12.          Los gobernantes y los poderosos se tienen los unos a los otros por demasiado ineptos para establecer una verdadera confianza mutua. Así, no se revelan mutuamente en sus reuniones el más mínimo secreto del negocio. Como hombres de altas miras, miras históricas, deseosos de dominio, no podrían pensar de otra manera.

13.          Quisiéramos que esto fuera reducible a un asqueroso, pero rentable, negocio.
 Ya no se trata de que una vida estadounidense valga lo que diez vidas europeas y quizás hasta lo que un millón de vidas no europeas. Se trata de que las vidas son cotizadas en términos mediáticos, en unidades de impacto político, en precio político, en alza o desgaste del apoyo popular o de la imagen pública. Todo es reducible a categorías abstrusas que mezclan la jerga de la bolsa con la de la sociología, la del deporte, la de la publicidad.

14.          Es cierto que esta vez parecía verosímil la posibilidad de que la oposición pública tuviera un peso específico capaz de cambiar el prestablecido.
 ¿Hubiera podido llegar a evitar el conflicto la negativa universal, la paralización total, la rebelión, el motín, la revolución global? ¿Hubiera bastado con la oposición de las personas adecuadas? En las condiciones espectaculares es difícil saber lo que es o no es plausible, estar seguros de que existe una mínima posibilidad de retroalimentación.
Parece en cambio que el sistema no es tan hermético ni desarrollado como pensaba Debord. Los actos del sistema siempre van por delante de la capacidad de éste de comprenderse a sí mismo. Tal vez donde haya la posibilidad de zancadillearle sea en sus dudas acerca de su ser, en su incapacidad de estar a la altura de la impersonalidad de su desarrollo.

15.          Pensamos que esta vez ha existido esa posibilidad, y esto pone al descubierto que, en el caso de llamar a lo presente “Guerra”, es imposible que se corresponda a lo que solía conocerse como tal, y pone al descubierto también no sólo su criminalidad y voluntariedad habituales, sino también la de la razón que hace posibles que actos a tan gran escala sean posibles por la discrecionalidad y el capricho de una minoría, tan impía y terrible en sus empresas exteriores como cobarde y servil a la hora afrontar las estadísticas y las encuestas de su interior.

16.          Un conato de interpretación: Un plan para sumir el planeta, país a país, en continuas destrucciones planificadas, indignas de llamarse enfrentamientos, teniendo como destino conseguir el permanente consumo y renovación de armas; o tal atar a todos en un ciclo de destrucción-reconstrucción-destrucción. En todos los casos, rediseñas el mundo para mantenerlo en perpetua crisis, a medida de unas actividades industriales sin limitación.

17.          La ideología de guerra no supone ninguna novedad respecto a la de paz: la competencia industrial.
No habría más que un despliegue de máquinas en beneficio de la fabricación, desarrollo e invención de otras que las superen, para que, en cuanto hayan sido vendidas, sepan sus compradores de la invención de otras capaces de contrarrestar y vencer a sus inmediatas antecesoras.
La amenaza de la globalización resulta ahora haber sido, en el fondo, hasta un consuelo para nuestras imaginaciones, a la vista de los oponentes que habría resultado tener en su seno. Resulta que no faltan los que opinan que el nazismo simpático es una herejía, una desviación de su riguroso fundamentalismo religioso.
¿Acaso esto es un 18 Brumario de los lobbies ultrafascistas yanquis? ¿Un autogolpe para casar inseparablemente al Gobierno con la industria militar, en un pacto de autoconsumo permanente, aún más intenso que el desarrollado durante el siglo XX, a la busca constante de incentivos para la fabricación, y apañamiento de ocasiones para soltar excedentes? Asimismo sería verosímil que la reconstrucción de Iraq estuviera a cargo del bolsillo yanqui, aunque contratado a empresas afines al gobierno yanqui. Aunque esta sucia maniobra, suponemos que mantenida al borde del cohecho, dejaría todo peor aún: como carísimo potlatcht hecho a un solo hombre, pues a toro pasado todos los muertos perecen inocentes, víctimas de las circunstancias que fueron concurriendo a favor de la desgracia, agravadas por las decisiones culposas de un solo hombre. Si hay algún responsable, al final, a la vista de las extensiones cubiertas de tripas y chatarra, no puede menos que ser un megalómano: no puede ser de otra forma.
No se trata de una guerra encaminada a conseguir una en alguna forma lucrativa modalidad de rendición, anexión, invasión, ocupación permanente. Tampoco resulta del todo viable el establecimiento permanente de un gobierno títere. La intervención podrá prolongarse durante años, pero no tiene el propósito de crear un estatus quo, de añadir, tácitamente o no, un nuevo estado a la Unión, cuyos ciudadanos gocen del derecho de libre tránsito por los otros 50 estados, en mayor o menor igualdad. Ni aunque se pudiera, se intentaría una verdadera adhesión o la fundación de un estado satélite.
 Es cierto que todo va encaminado al asesinato de un solo hombre que –convertido él en fantasma o mito- puede proseguir indefinidamente o darse súbitamente por cumplido al llegar al tope del sacrificio de recursos propios al que se está dispuesto, o que se haya dispuesto. Ya podrá volverse a coger el hilo más adelante, cuando convenga. Malo de verdad sólo hay uno, que vivirá para siempre en el misterio y la duda, como Bin Laden y quien envió las cartas con ántrax.
Las razones de una guerra suelen incluirla adquisición o recuperación de objetos en litigio. El imperialismo pretende imponer en ellas una ordenación administrativa –ventajosa pero eficiente- respaldada por una ocupación militar fija. El botín es tanto la tierra como sus ocupantes (mano de obra y mercado al tiempo). Una ocupación imperialista que sea insostenible y limitada a desaparecer antes de comenzar a arrojar dividendos resulta absurda: necesitaría más que una ocupación militar permanente, una agitación continua que convierta la acción de los ocupantes en un mal menor, pero que no permitiría explotar con rentabilidad nada ni justificaría la sangría de fuerzas ocupantes, todas mercenarias, limitadas y no del todo renovables; un enorme ejército de carísimo mantenimiento, durante cuyas acciones no podrían exportarse productos. En un país desarrollado, el Imperio sólo puede triunfar como sustitución camuflada de un orden legítimo por otro, y un expolio disfrazado de compraventa o pago de deudas de guerra. Todo ello es imposible ahora.

18.          Otro consuelo: que todo luego se destape como una necia acción imperialista, de autoventa de armas que tan solo casualmente, por cosas de la coyuntura, habría repercutido en forma de disparos para unas personas que, a cambio de servir de coyuntural blanco, recibe la libertad como compensación.
 Un desparrame técnico puramente religioso, demo-exterminador, que transforma continentes enteros, hipoteca el universo, con tal de crearse mercados, llevando hasta el más ridículo extremo la razón de estado capitalista.
Más que ansia de dominio militar (hybris) sería la compulsión de la secta fundamentalista del liberalismo, división “fabricantes de alta tecnología militar”, histriones temerosos de su propia sombra.

19.          Todo vale mientras el número de víctimas por parte del impulsor de la guerra parezca mínimo, accidental. Que valga como prueba de la exactitud del proceso, de su necesidad histórica: sustituir una impotente y atrasada tiranía, sostenida por la brutalidad, por un régimen tecnificado mantenido mediante la alegre explotación de sus recursos naturales y humanos, evitando tanto desperdicio, convirtiéndolo en expiación.
 Aunque cuando hay bajas tampoco hay que cambiar demasiado el discurso: se trata nada menos que de “Víctimas de la Libertad”... De la Libertad de Mercado, como Mariana Pineda.

20.          Desde que grandes potencias, industrias e imperios, centraron su política en presionar a los demás países mediante la contenida agresión, aumentando sus tropas y capacidad invasora, de forma que el vecino se viera obligado a hipotecarse preparándose para la invasión o a amenazar con convertirse en invasor a su vez, dejaron de bastar las fuerzas defensivas permanentes. Vista la escalada constante, el estado de Paz se basó en un pacto entre canallas en el cual tanto civiles como meros soldados quedaban pendientes de la política, siempre temerosos de despertar convertidos en carne de cañón. Los canallas tramaban entre ellos alianzas de compraventa con la vista puesta en unos conflictos que pudieran hacer cada día más rentables. No puede decirse que para esta diplomacia agresiva sirvan unos planes geoestratégicos claros: no sólo por los factores desconocidos, las variables y la traición. Tampoco hacían falta. Su desenlace había de ser, simplemente.

21.          El ataque se “retardaba” una y otra vez: las demoras podían aprovecharse para ajustes de última hora: mandar otros 100.000 o 200.000 hombres, como si en un programa así fuera posible modificar la cuenta atrás, empezada mucho antes de que nos enterásemos, y luego resultó no ser tal retraso, sino un adelanto de 48 horas, reconocido sin sonrojo, como cuando la fecha de la Creación se computa restando años desde el nacimiento de Jesús, pero trucando la cuenta para que coincida de alguna forma con las fechas simbólicas, la colocación de las piedras miliares, el 11 de septiembre. ¿Pero a qué tanto fingir que alguien convencía a alguien? ¿Se negociaba algo, aunque fuera en paralelo, por sobreentendidos, con algo, que no estuviera ya decidido? ¿Podrá aparecer alguien que diga que conocía desde el principio lo que ocurría?

22.          No encontramos a nadie capacitado para intervenir y expresar en términos concretos lo que cree que está ocurriendo. Ninguna de las personas en el centro del hecho dispone de medios para comunicarse en un registro inteligible de forma que su mensaje no sea grotesco. Ni siquiera esas personas aseguran estar en el centro de nada.

23.          Nada sorprendería ninguna respuesta. El protagonista es el gobierno más tiránico y corrupto jamás visto, que no duda en aprovechar la primera ocasión para excluir cualquier posibilidad de discusión y la división de poderes. Y todo lo que pueda especularse sobre él, todas las exageraciones, son verosímiles y le refuerzan.

24.          .Todo son mentiras salvo los muertos. Se trata de la guerra mediática por antonomasia, la que constantemente ha de mostrar, más que su escenificación, sus cartas ocultas, su razón de estado secreta, como reconociendo que el envoltorio ideológico es mero maquillaje para consolar a los palurdos, pues los espabilados ya saben, se les dice mientras se les guiña un ojo, que esto no es más que un cínico negocio. Y estos otros mentecatos, pagados por la sensación de astucia y complicidad con el matón, sonríen con ínfulas y aceptan lo que se les dice, que, aunque no sea el que se les dice a los mojigatos, hay un contenido y un propósito. El poder prefiere parecer canalla e hipócrita a no parecer nada, ni aún el agujero negro, la fosa séptica que es. Debe ofrecer algo que pueda compartirse, algo espiritual: venganza, linchamiento, justicia, proceso histórico, estrategia, invasión, expolio. La técnica, vista desnuda, en bruto, es la que menos atractivo tiene, por mucho que siempre haya sido inseparable de la violencia.

25.          El equipo usado por los soldados triunfadores es simbólicamente caro. Las cámaras insisten y se recrean en la hipertécnica estética de los soldados del Imperio, cargados con miles de dólares en equipo y entrenamiento. La distancia técnica debe quedar patente aunque sea a costa de la misma eficiencia y propósito de la lucha y de la seguridad de los top models de este grotesco desfile. Erizados de sensores, cámaras, micros, ralentizados por kilos y kilos, la lucha cuerpo es sin duda imposible y el hecho de caer prisionero seguramente supondría una catástrofe nacional. Los restos calcinados de armamento, vehículos, provisiones y supersoldados esparcidos por las cunetas son cada vez más caros y exclusivos pero menos secretos. A su lado, los soldados enemigos son civiles, penosos imitadores , mártires feudales o borrokas, aprendices de terrorista: la desigualdad militar basta pata introducir una diferencia cualitativa entre los combatientes y para hacer injusta la lucha del que se sabe que va a perder: está doblemente condenado por suicida y por rebelde. Es fácil confundir las tropas del ejército tercermundista con civiles o proclamar que se camuflaban entre éstos. Todos los miembros del bando enemigo, combatientes o no, quedan igualados por su impotencia, igualmente sumisos a la bomba y al tiroteo. Su mejor arma contra el Imperio es, en realidad, su capacidad de matarse a sí mismo, puesto que el único valor de estas personas es como número de muertos puestos en tal o en cual columna, y hay que vigilar que no dejemos nosotros de administrar esa muerte: no puede permitirse que esté en sus manos.
Una armadura de lata tecnología, que en contraste con las chilabas y túnicas relumbre como un luminoso en que se lea intermitentemente: ¡Progreso!, ¡Mercado!, ¡Democracia!. El soldado apenas es más que una percha viva para ese vestuario. Es necesario un gran esfuerzo para sacar rendimiento a su cadáver. Aunque nunca será comparable al realizado para armarle.

26.          Es importante mostrar dolor paternal -y un enorme escrúpulo y atención al detalle- para figurar que al Estado no le son iguales todas las muertes, que hay categorías en cuanto utilidad y mérito. Que no parezcan las bajas productos de las propias operaciones, aunque sean éstas las que las han producido; que no se llegue a sospechar que a un gobierno incluso un 11-S le es indiferente, cuando no le viene al dedillo.

27.          Tiene una gran importancia la exteriorización absolutamente convencional. Como los gestos de los entrenadores, las muecas con que Rumsfeld comunicaba su regocijo: tics codificados de supuestas actitudes espontáneas, no tan dirigidas para que el que los realiza comunique lo que siente o quiere hacer creer que siente como reclamos codificados para anunciar lo que hay que sentir, o hacer creer que se siente, sólo para que los demás lo sientan o hagan creer sentido así, para disfrutar todos si no de la unidad en el sentimiento, sí en la voluntariosa y feliz incitación colectiva al sentimiento. Una obligatoriamente abierta escenificación de la escenificación obligada a la que no cabe negarse sin demostrar una criticable falta de sensibilidad hacia las bajas propias.
Sean cuales sean sus circunstancias de la muerte de cada uno, en cuanto mártires reciben el mismo tratamiento sacrificial que los transporta a la derecha del padre y da por supuesto que han de engrosar el panteón de santos. Nada más falso y funcional. Es un rito de un rito de un rito. Nadie se lo toma en serio. No se sabe cuál es el destinatario, ni si lo hay.

28.          Las exequias a las víctimas de la guerra logran despersonalizarlas aún más. Ni la guerra es digna de ser llamada tal, ni la muerte, dada al por mayor como quien saca y mete camiones de producto, es digna de ser llamada muerte.
El luto, como los ritos de embalaje, packaging y mercadotecnia que pretenden suministrar alguna aura al producto, pretende fijar su recuerdo e individualidad, cuajada de honor, mérito, anécdota, historia personalizada... Y cuanto más detalle aporta, más se escapa la realidad del difunto: su carácter vivo, efímero. Pues nada más cierto que todo el rito, a pesar de lo que se haya propuesto, sigue revelándose como la consabida farsa alienante de presentar al muerto como mártir cuya sangre abona la tierra patria y cuya alma ha emigrado al plano de los ideales absolutos de rigor.
Al fin y al cabo, un muerto sólo significa algo para sus allegados, y eso menos cada segundo, y más rápido desaparece entre tantos flashes e ideología. Allí está la tragedia del muerto, indiferente a lo que se dice sobre él, nunca transustanciado a pesare de todos los conjuros y de las más indecentes chorradas: un ser vivo deja de ser y se convierte en mero pasado al cual entierra cada segundo que pasa. Ni siquiera vale como pizarra para que se escriba en ella: a cada instante, su superficie es menor, más vaga y más cerrada.

29.          Al fin y al cabo, ponerse de acuerdo para observar un bien determinado minutaje de contrito silencio no deja de ser tan grotesco y envilecedor como la perspectiva de tener que echar a llorar en el segundo acordado, y no antes ni después, todos, a partir del mismo segundo y durante el mismo plazo; y eso cuando el luto, el duelo y el llanto sólo han de ser sinceros si escapan a toda intención -por buena que ésta sea-, a todo control, a toda invitación o sugestión, a todo uso político, aunque sea el de exteriorización voluntaria.

30.          Mas un minuto de silencio puede también ser lo opuesto a un hipócrita acatamiento o a la piadosa aceptación de la Desgracia, reciclada en buena ocasión para hacer penitencia con poco esfuerza, o para aprender en carne ajena a valorar lo que se tiene. Lo de un silencio llorón y de contrición puede ser el silencio de la razón articulada de quienes se involucran en su comunidad pero negando el recurso a una identificación por la vía sentimental, de todos con todos, que no deja de ser una vía presentable de masificación.
 Este silencio, como represión de toda afirmación particular que empuja al agua a ir al molino de cualquier instancia particular, expresa un común no-mensaje, que refrenda la presencia de cada uno, la total carencia de delegación. En este caso, pues, el silencio afirma que toda argumentación, toda remisión a las circunstancias, supondría una justificación.

31.          Ni en la Segunda Guerra Mundial era tan patente como en las actuales matanzas el carácter absolutamente inicuo de las muertes civiles. Pues antaño las ciudades podrían considerarse focos administrativos, centros industriales, puntos de concentración y formación de nuevos contrincantes, fábricas en las que en una noche bastaría para repoblar todo un ejército diezmado. Pero en los países destruidos, donde no hay esfuerzo común de guerra en que participar, ¿puede deberse a algo que no sea la lujuria esta búsqueda premeditada de la Guerra Total, cuando los ejércitos no son más que figurantes de grotescas farsas?
Tanto la población no combatiente, carne para una máquina desconocida, como las milicias, que no son más que comparsas, son encaminadas mediante una mezcla de coacción y engaño al matadero ritual que se pugna porque disimule al otro. Expuestos a la indiferencia del cálculo, serán sucesivamente rehenes, coartadas, muertos, mutilados, objetos de compasión, bocas que alimentar, estorbos, mártires, héroes; un ondulante censo de almas benditas en todo caso, exentas de virtud o culpa, a despecho de lo que pudieran haber sido sus vidas hasta entonces; benditos todos desde lo alto con la amnistía que los bombardeos distribuyen equitativamente a buenos y malos desde lo alto, como las indulgencias que eran concedidas por los papas a los que marchaban en Cruzadas a Tierra Santa.
No es tan horrible la muerte que sirve para algo, aunque tan sólo sea para que el asesinado acceda antes de lo previsto al Cielo, ahorrándose parte de los sufrimientos y tentaciones de los que se compone la vida.

32.          Condenando una desproporción se da el visto bueno a lo que, sin dejar de ser manifestación del mismo fenómeno, podría decirse proporcionado. Toda explicación desde el punto de vista organizado, y más si es aquella fallada y dictaminada por un partido- no deja de ser una apología y una explotación.
Sólo podemos preguntarnos cuánto tiempo llevaba el plan preparándose y si alguna vez llegarán a conocerse todas sus consecuencias, más allá del inventario de sus causas y beneficios.

33.          No, no hay beneficio para nadie, o si lo hay, si aparece la excusa de una necesidad de equilibrar precios o sacar de alguna crisis alguna empresa, se anuncia cínicamente, y alguna calderilla es repartida entre los filisteos, tal vez también extraída de los fondos públicos en concepto de gastos militares. Si hubiera un beneficio verdadero, sería secreto, incomprensible, únicamente verosímil para los más altos expertos de la geoeconomía: una inversión con vistas al aplauso histórico, un movimiento de adoración a una deidad secreta, un Jabulón únicamente existente para una capilla de escogidos y para los demás, según su grado de iniciación, amparada por una serie de deidades más convencionales, como en un juego de muñecas rusas: el Deber, la Venganza, la Publicidad, el Mercado, la Inversión, la Marcha de las Cosas, el Modo de Vida Americano, el Bienestar de la Humanidad, y así ad nauseam. Y sin excluir que dentro de la capilla más remotamente haya otras aún más exclusivas que se reserven el conocimiento de todavía otra identidad secreta de su dios idiota.

34.          Una acción religiosa tal no necesita ayuda de nadie: se basta a sí misma. El desarrollo técnico no necesita argumentos. Tal vez los menos convertidos necesiten la promesa de un pago generoso, pero no faltan quienes ofrezcan su alianza por amor sincero a la nueva fe, por instinto de monaguillo.
La manifestada voluntad de “estar con los que sirven,” sea la enésima demostración de una abismal imbecilidad, sea humorada del redactor de discursos, es toda una declaración de sinceridad y furioso desinterés. No quiere decir más que lo que dice; no expresa, con toda la buena fe del mundo, más que la mala fe en todo su sórdido esplendor, que no necesita más recompensa que ponerse del lado del matón del colegio mientras éste pega a otros.
Nada más fácil que comprometerse –pretendiendo seriedad y remordimiento- del lado seguro de los vencedores y los verdugos, del mismo modo que la prensa reaccionaria siempre se halla del lado del poder, sea cual sea su argumento y posición ese día. La exigencia hipócrita de guardar al menos las formas ante los niños, de no mostrar tan descaradamente la lujuria con que el gobernante se entrega al desorden, queda en manos de los burócratas. Estos, para los que razón y justicia son aún compatibles, se encargarán de negar la evidencia de que para el Poder absolutamente todo vale y que no sólo no se molesta en entender sus propios planes de dominio y agresión sino que se lanza a cara descubierta, y que es a sus empleados a quien corresponde pergeñar el oportuno motivo tras cada acción, a medida de cada momento.

35.          La incapacidad para soportar el sufrimiento y el sacrificio propios se manifiesta en la disposición a hacer que sea el resto del mundo, sin excepción alguna, quien se sacrifique en lugar de un americano. Todos los demás habitantes de la Tierra son sacrificables en pro del bienestar doméstico. Sólo hay dos platos en la balanza: USA frente al resto de la humanidad, “aliados” incluidos.
La identificación total de la población yanqui con cada uno de sus muertos se extiende por el mundo entero, como uno de los pedestales del espectáculo: mientras no mueran ellos no hay muerte; si no arriesgan ellos, no hay riesgo; si no tienen dudas, todo va bien.
 Nos peleamos por demostrar nuestra capacidad de ponernos en el pellejo de los agresores, lanzándonos a proporcionarles razones y a descifrar todas las que nos parecen que justifican y hacen a su modo lógica, dentro del contexto presente, una intervención criminal.

36.          La posesión de lo que quiera que signifique “capital moral” nunca es aplicable más que a los previamente y en todo caso dotados de una aplastante superioridad técnica y militar, independientemente a esa circunstancia a raíz de la cual comienza a decirse que disponen de tal bien entre sus activos. Es obsceno hablar de superioridad moral como algo objetivo, como un capital de simpatía a invertir con cuidado para favorecerse de una tolerancia incondicionada cuando no de solidarias ayuditas. Otros países no contarían siquiera con el derecho a la mención de esos tópicos pese cualquier cosa que les puedan echar encima.
El argumento moral no esconde más que sumisión siempre debida a un temor perpetuo al castigo del amo iracundo, no obstante todas las capas de hábito e identificación con él que hayamos podido adoptar a su servicio, hasta haber olvidado estar a su servicio. En España, ridículamente, contra toda evidencia, nos creemos, a nuestro pesar o no, parte de EE.UU.; más claro lo tienen Centro y Sudamérica, para las que es y ha sido, por decir algo, “el Hermano Mayor”. Nuestra proyección y simpatía no son de admiración y emulación, sino de negación de uno mismo y desaparición en una figura paternal recibida ambivalentemente. El desprecio general hacia las palabras del amo es hasta placentero de ejercer, da gusto tener la oportunidad de mostrarlo; se trata de un reflejo, conformista y desproporcionado, de lo que se recibe. Al siervo le gustaría creer que el amo se le llevará consigo de vacaciones a la playa, y no que le dejará encerrado en el cuarto de los trastos de la mansión hasta su vuelta. También espera que, de llegar a rebelarse los esclavos, llevará consigo en su huida a sus siervos, en agradecimiento a lo fielmente que utilizamos en su nombre el látigo.

37.          ¿Se debe solamente al cien nuestra automática empatía con los yanquis? Tal vez sería ampliable, se dice, a afinidades culturales. Pero mejor sería hablar de afinidades cultuales: al aceptar unánimemente su imagen como la del inevitable progreso, acatamos y hasta creemos participar de sus ingenuas y crueles victorias. Percibimos su marcha como inevitable, como expresión de una lógica superior –tal vez la de la técnica, acaso la del liberalismo fundamentalista- en que quisiéramos encontrar algún sentido. Y lo mismo podría decirse de los nazis a cargo de la dirección y producción ejecutiva de la masacre: a veces organizan alguna batalla a la antigua para convencerse de que conocen el terreno que pisan, que la batalla es la misma, con armas nuevas.
Tampoco ellos están libres del prejuicio que ha de encontrarle a todo sentido, y en último término, utilidad, fruto y capacidad expiatoria, por tardía, indirecta y postiza que sea.

38.          No conocemos más guerras que éstas: da igual que no sean como las de antaño. Cierto que esta no se diferencia en nada de nuestra Paz. La trampa de dejarse engañar con el uso de la palabra es contemplarla como ellos mismos querrían que fuera: como valientes frentes en avance, como táctica, atrevimiento y sabiduría. Pero ¿quién halla en la palabra esa carga romántica y terrible que pretendería volver a sacar a la luz el uso de la clásica jerga por los militares retirados contratados por las cadenas de televisión, quién, aparte de ellos mismos y de especialistas en la caza de lo sublime y el estudio de lenguas muertas?


Sic fata ferunt

“Era necesario para ver la virtud de Moisés que el pueblo de Moisés estuviera esclavo en Egipto, para conocer la grandeza del ánimo de Ciro que los persas estuvieran subyugados por los medos, y la excelencia de Teseo que los atenienses estuvieran dispersos... Aquí la disposición es absoluta, y no puede haber gran dificultad donde la predisposición es grande. Solamente falta que vuestra casa emule a aquellos que os he puesto como mira. Además de todo eso se ven aquí hechos extraordinarios sin parangón realizados por Dios mismo: el mar se ha abierto, una nube os ha mostrado el camino, ha manado agua de la roca; os ha llovido aquí maná: todo concurre a vuestra grandeza. El resto lo debéis hacer vos. Dios no quiere hacerlo todo para no arrebataros la libertad de la voluntad y la parte de gloria que nos corresponde en la empresa.”[3]

1.                Lichtenberg anotó en alguna parte: “El famoso visionario Swedenborg dice en su obra Doctrina Novae Hierosolymae que el Juicio Final ya sucedió, y tuvo lugar el 9 de enero del año 1757”. La TVE anuncia que las mejores noticias, y todas las noticias, se ven mejor en TVE. Y de fondo, imágenes de tropas en un desierto, aviones, tanques. Como no soy semiólogo quizás me confunda, pero para mí que TVE lo que hace es adelantar que no habrá mejor lugar en que ver la próxima matanza que TVE. Que contará con los mejores planos, muchos de ellos en estreno o en exclusiva a nivel nacional, cedidos directamente por la productora del conflicto. Consecuencia lógica de la amistad y buen trato entre las empresas.

2.                Y es que la guerra ha de suceder. Es necesario que suceda. Tanto como que los triángulos tengan tres lados: algo que ni Dios puede impedir. Prácticamente es como si hubiera sucedido ya, y los homicidios a consumar fueran un simple trámite. (A veces pienso que las víctimas de los atentados de las Torres Iguales fueron las de las guerras que Estados Unidos librará de aquí al fin de los tiempos, cobradas por anticipado. Después dejo de pensar.)
 Los expertos ya saben los miles de toneladas de bombas que se lanzarán, los cientos de miles de muertes que causarán: sólo falta la colaboración pasiva de los civiles iraquíes, para que pongan nombre a cada una de ellas. Incluso estamos todos de acuerdo en que la guerra está ya ganada. Por eso nos atrevemos a pensar en ella, e incluso a discutirla. (Nuestra participación sería impensable, incluso para el Gobierno, si fuéramos a luchar en condiciones comparables a las del enemigo, corriendo un riesgo de pérdidas no similar, pero sí al menos serio.)
Considero al Hijo de su Padre capaz de utilizar sus armas atómicas y químicas si lo necesita para alcanzar el triunfo que le es debido. La Maldad del enemigo y la sangre de los americanos muertos se lo autorizan. En nuestro caso, contaríamos con nuestros dirigentes hallando la forma de tranquilizar nuestra conciencia en lo que se tarda en recibir un fax del despacho de Powell.

3.                Tal como los expertos en marketing explican la génesis de los productos, así surgen las grandes gestas voluntariamente históricas: los profetas del producto afirman que éste no es creado ex nihilo ni presentado al público tal cual, sino que es una suerte de materialización de necesidades y deseos, preexistentes y ciertos, a pesar de que no los perciba ni pueda formular nadie hasta que el industrial con ojo sepa condensarlos en el universo de lo mundano. A partir de lo cual, nada habrá parecido nunca tan obvio ni tan necesario. Se tratará, entonces, nada más que de presentar a la gente incrédula, ¡idiota!, eso que en su fuero interno era una verdadera inmanencia; el genio del mercadotécnico será conseguir que los mortales sepan identificar lo que se les ofrece con lo que llevan en sí mismos. La cuestión se cría a la medida de las circunstancias que la engendraron. “Si existe el problema es que existe ya la solución.” El problema no es más que el producto de una solución que busca su momento de gloria. ¿O acaso se trata de que, por presión de una solución a cuya aplicación no sabemos esperar, buscamos por todas partes el problema al que pueda corresponder aplicarla, y si nos cuesta demasiado hallarlo, le fabricamos uno a medida?

4.                El bombardeo no es un arma más: es la simbólicamente más indicada para un castigo que sea más que eso: un aviso, una amenaza latente. Con Guantánamo, con los cañonazos hechos contra periodistas, con miles de acciones tan construidas y sopesadas en calidad de “eventos televisivos” como lo fueran el 11 de septiembre o los sobres con ántrax para impactar en directo a la máxima audiencia, con todo ello no se pretende dar sino la idea de que no hay medio sucio para quien se fabrica su propia ética con el mismo pragmatismo oportunista con que se moldea su propia ley ad hoc. El castigo del bombardeo es indiscriminado, anónimo; tan distante que ¿quién puede decirse que sea su agente, si la tripulación se mantiene alegremente suspendida entre lo mecánico y lo ideológico? Tómese como una catástrofe natural –si entendemos como natural también todo lo relativo a la natura secunda, a lo transformado. Queda clara la intención de trabajar en una súper legalidad y de no responder ante nadie. Son avisos no diplomáticos pero sí oficiales, de una claridad meridiana para quien los sepa entender.
 En el caso de Iraq, el bombardeo permite un ajusticiamiento virtual que no deja nada para jueces ni testigos, que se supone extravoluntario, cuasidivino. No se ofrecía negociación, se excluía la celebración de un juicio –que no podría realizarse al ser impensable la existencia de una corte adecuada, y al saberse que fuera cual fuera su composición sólo podría ofrecer un veredicto.
El bombardeo, a la vez que elimina, perpetúa. El juicio es sustituido por un linchamiento simbólico promovido por y para las cámaras y repetido y reactuado mil y una veces.

5.                No cuenta lo mismo una sola víctima del terrorismo que la muerte de un centenar de miles de individuos de un colectivo sometido a una limpieza. El terrorismo, en cuanto acto ideológico, injustificado, de opinión, hace parecer un delito menor la eliminación de miles y miles de desafectos, sospechosos y elementos de minorías molestas. El más criminal gobierno reluce más al sufrir un acto tan injustificado de lo que lo descalifican sus miles de atrocidades útiles, pragmáticas.
Sin contabilidad ni exposición televisiva no hay terrorismo; el 11-S, de haber contado únicamente con testigos presenciales, de no haber sido posible verlo en directo, y luego miles y miles de veces más en diferido, habría carecido de valor. Hubiera sido una gamberrada tan absurda que ni habría parecido posible ni realizable; tan vana y transparente que parecería impensable si no contara con el recurso de la grabación presencial en directo.

6.                Será cierto que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Se podrá dudar cuál de ambas es más dañina, pero se suele coincidir en cuál es la menos discreta. Sus herramientas, de cualquier forma, no son especiales, son las mismas del trato cotidiano en el mercado: el regateo, la especulación, la falsificación y la traición.
 Existe guerra desde el momento en que la circunstancia es tal que el tiroteo puede entablarse desde cualquier esquina en cualquier instante. Se vive en guerra, pues, tanto en la línea del frente como en la retaguardia, y lo mismo mucho antes de la comunicación oficial de su estallido como mucho después de que se haya hallado con quién firmar oficialmente el cese de hostilidades.

7.                Si cada época tiene pesadillas con la siguiente, también escribe folletines sobre la anterior. La globalización iba a hacer del capitalismo algo tan absoluto que pareciera que ser el estado natural de la humanidad, y la historia iba a ser reescrita retroactivamente desde la nueva interpretación. La propiedad privada quedaba consagrada como algo innato; podría ratificarse científicamente mediante el estudio del comportamiento de los recién nacidos o, mejor aún, de las bacterias del tifus, pero seguro que eso será innecesario considerando el número de capillas que ya estarán actualmente elevando a dogma la creación del Capitalismo por Dios en el tercer día, junto con los demás seres vivos, y haciendo todo lo posible para que se imponga como asignatura escolar única.
En el siglo XIX no se habría producido la definición de una doctrina adecuada a las condiciones económicas y productivas propias de la sociedad burguesa, sino el descubrimiento de un hecho atemporal que podría rastrearse incluso en las cavernas. Los movimientos históricos no serían producto dialéctico de la lucha de clases, sino la gozosa preparación del imperio yanqui. Este imperio dictado por leyes sobrehumanas, sobrepuesto a los tres reinos de la Naturaleza, debería parecer tan evidente y fuera de cuestión como ellos, de tal modo que el término “imperialista” careciera de sentido, al no poder aportar información sobre nada en absoluto en toda la tierra, y que su uso quedara relegado a expresiones ñoñas de escrúpulo prefabricado de las damas de la alta sociedad. No nos atrevíamos a pensar qué podría ocurrir para que hiciera falta una nueva corrección, cuál sería el tipo de Estado en expansión que pusiera de nuevo en circulación el adjetivo, ni en qué podría consistir ahora su expansión militarizada, cuando todo apunta a que es imposible luchar por un botín sin destruir éste.
Una sociedad de empresa es una sociedad verdaderamente militar para la cual la guerra tiene el sentido de un desarrollo de potencias, de progresión ordenada de sus capacidades.
 También estaba en decadencia la palabra “tecnocracia”, ¿sería por parecer tautológica, porque es impensable ya un kratos que no coincida tal cual con tecnos y viceversa, lo que aún es peor?

8.                “Atención al informarse. Vívese lo más de información: es lo menos lo que vemos; vivimos de fe ajena: es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve; extraordinariamente se oye; raras veces llega en su elemento puro, y menos cuando viene de lejos; siempre trae algo de mixta de los afectos por donde pasa; tiñe de sus colores la pasión cuando toca, ya odiosa, ya favorable; tira siempre a impresionar; gran cuidado con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió. Sea la refleja contraste de lo falto y de lo falso.”[4]

9.                Toda la violencia de la competencia per se se despliega a todo trapo. La industria mediática no es una excepción. Todos los informativos se trufan de insertos promocionales, metraje en stock y planos especialmente dudosos, no para difundirlos subliminalmente, sino con un poco de vergüenza, como poco sutil relleno, que pasa con mayor indiferencia, con las disculpas y las prisas como vaselina. Discordantes a la narración del locutor se suceden los planos de artefactos en funcionamiento, ensalzados ya solo mediante el encuadre y la falta de razón narrativa de su presencia. Con sólo añadir una pareja de rubicundos presentadores, todo maxilar sonriente tendríamos completo el publirreportaje.
 La necesidad de acompañar constantemente las imágenes con voz, y a su vez la voz con imágenes, promueve la urgente creación de bucles cerrados de fragmentos de procedencias mezcladas, repeticiones, refritos de archivo, propaganda, bazofia, e incluso falsa bazofia, falsa propaganda y falsos refritos, en un montaje falsamente improvisado. Y aún así todo tiene valor informativo: no deja de documentar, a su modo, para quien se crea capaz de interpretar el origen y los condicionantes de cada fragmento.
 En el Estado actual, Leni Riefenstahl habría preparado un impresionante repertorio de imágenes de guerra pregrabadas con fuego y muerte reales, en un escenario inidentificado debidamente acondicionado. Tales imágenes serían difundidas a todas las emisoras mundiales que, a pesar de verlas evidentemente lo que son, no dejarían de emitirlas, con o sin advertencia previa, por ser las más bonitas, abundantes y adecuadas a los estándares técnicos internacionales –no es difícil imaginarse el solícito envío de copias en el formato más acorde a los aparatos de que dispone cada emisora-; por ser las más multifuncionales y mejor recibidas y que mejor servicio harán en adelante, en los archivos de la cadena para futuras ocasiones informativas; en fin, por ser las que mejor captan, de todas, la religión del Estado.
 El verdadero acto subversivo sería negarse a acompañar el reportaje de extractos del catálogo de novedades, y no decir esto o lo otro mientras el vehículo sea el mismo, sometido al formato imperativo. Desvergonzado collage de planos que se repiten tanto aquí como allá, tanto entonces como ahora, más que desinformar parece buscar el espacio blando donde floten los productos como entes eternos y de existencia autónoma, ajenos a la modificación de los planes o a los diversos accidentes del terreno. La sucesión de imágenes da fe de un desfile interminable de modelitos mortíferos concediendo instantáneo crédito a su existencia y potencia, mientras que la voz de un avispado locutor proclama su agudeza a la hora de descartar no se sabe cuáles planos promocionales, trucados, suministrados, que no se sabe en qué pueden diferenciarse de lo que sí se muestra, aunque sea con la excusa de tener que estar mostrando algo y siempre más y mejor que los otros. Es obligatoria la superación constante del adversario... y de uno mismo, ya que cada paso adelante que demos abre el camino, al menos en nuestra imaginación y cálculos, a un adversario fantasma, siempre un punto por detrás nuestro, aprovechando todas nuestras innovaciones. Dormirse en los laureles o quedarse detrás de los propios récords implica el riesgo de ir quedando por detrás de los competidores. Este aspecto deportivo parece como cuando se desarrollan armas que no han de tener uso o que sólo sirven como símbolo de prestigio.

10.           La razón instrumental no sabe hasta qué punto se funde con la visión que tiene de sí misma, ni dónde comienza a separarse de ella. Teme a sus propios recursos, y tan pronto hace de la desinformación su método como propugna la vuelta a las vías más tradicionales de la supervisión directa militar, y considera toda información como enemiga, al permitir que cualquiera tenga acceso a una fracción de la información que, dada la inoperancia de quienes tienen acceso a todo, pudiera permitirles una interpretación menos distorsionada y fracturada, no como en un prisma multifacetado, sino como en un espejo roto.

11.           Los hechos que se deciden en la mesa de operaciones son una narración subvencionada y sin objeto de cara a su propia ficción y a unos hipotéticos efectos perceptivos. Construye con gran esfuerzo su propio happy end. Desaparece la posibilidad de realizar una épica sobre las guerras modernas: todas acaban igual, aunque de hecho no acaban jamás. Sólo se pone en escena una ceremonia triunfal, que más como señal que como símbolo se repite en cada ocasión. Sólo a los pijos adolescentes más embrutecidos podría destinarse un relato situado en los actuales escenarios bélicos, y aún a condición de limitarlos al fálico despliegue de armamento escupiendo llamaradas y a violencias de sala de duchas de un gimnasio masculino.
 A favor o en contra, nadie podría identificarse ni ver como protagonistas de nada a los soldados de estas guerras industriales, al borde de la condición de matón de alta tecnología y de patriótico operario de Auschwitz, en todo caso ciego de drogas. Poco les falta a estos para venderse al mejor postor, embrutecidos y fanáticos apóstoles del poder de la maquinaria y la confusión, cronometrados por multitud de reglamentaciones inaplicables dirigidas tan solo a controlar su estupor hormonado y su imbecilidad, acaso congénita, acaso inducida, acaso ambas cosas, pero siempre bien cultivada. Y promocionada. No se ve en ellos más que a los peores mamporreros de la vida cotidiana, gozando de la ocasión de hacer uso de armas a las que de otro modo sólo tendrían acceso en la sala de videojuegos, y que en ningún sitio más se les toleraría apuntar hacia nadie; sin comparación en cuanto a daños, pero apaleandoy disparando con la misma irresponsabilidad institucionalizada, al fin y al cabo, siendo la guerra ni siquiera liberación para ellos, sino todo lo contrario. Y su presunta liberación de terceros, nada más que su forma mecánica y sonámbula de contribuir a extender la mamporrería.

12.           Cuantas más exageraciones puedan ser vertidas acerca de la criminalidad de los métodos de un Estado, más acrecentado resulta para él su poder y la impunidad con que puede ejercerlo. Aquí puede estar, y no en las maravillas-a-pesar-de-todo de la Constitución estadounidense, la razón de que el Gobierno yanqui pueda ser calumniado e injuriado en millones de productos, y con tanta mayor seriedad cuanto más americana sea la factura de éstos, pues mayor es el gancho de la desinformación cuanto mayor contenido de veracidad lleva.
 Incluso en los casos en que salen a la luz sus secretos, los documentos probatorios de la iniquidad de los anteriores Gobiernos, el Estado sale ganando; y no porque se reconozca al permitir tal desclasificación de secretos sumisión alguna a la Justicia, sino que, a la inversa, la Justicia siempre está de parte de lo que ya se ha hecho, consumado y ratificado y no se va a rectificar en modo alguno.

13.           Incluso cuando se reconoce incapaz de gestionar tanto la información recogida a un coste seguramente comparable al de la acción militar, como los superpoderes que se le atribuyen, el Estado fortalece su imagen, incluso cuando se pone en ridículo con un guiño de complicidad al público. “Es cierto, el Gobierno es capaz de registrar la caída de un alfiler en cualquier lugar del mundo. Que no hayamos estado allí esta vez para recogerlo se debe únicamente a errores humanos.” Que se atengan los restantes alfileres pues, ya que nunca se sabe cuándo van a acudir a recogerlo o no; y tampoco se sabe qué se clasifica como errores humanos a remediar en un breve plazo a fin de incrementar la eficacia. Cualquier acusación absurda que implique la atribución de nuevas e inéditas capacidades es bienvenida; en tal caso cómo no va a ser legítimo quedar como idiotas todas las veces que haga falta.

14.           Se puede sospechar que hasta los errores tácticos que eliminan ocasionales aliados mediante el fuego amigo también pueden formar parte de la misma demostración ilimitada, sin contemplaciones ni criterios, de fuerza bruta, como si ésta, por bruta y por exhibicionista, pudiera investirlo TODO de legitimidad. A menos que se trate de advertencias de que aquí no hay verdaderos amigos.
 No hay acto del que no se pueda sospechar que ha sido orquestado entre servicios secretos, ejércitos y los gobiernos de varias naciones, ya sean de los oficiales como de los paralelos. Y esta sospecha sólo granjea más poder para los Poderes, más reforzados cuanto más imposible sea tomarlos en serio y esperar método en sus actos. Cuanto más aparente todo estar en las manos irresponsables de idiotas que además se lo hacen, de alucinados religiosos y de cínicos rijosos, más parecerá la marcha del mundo el producto de unas fuerzas más allá del control humano, y más absurdo parecerá pedir cuentas a quienes, incluso de no ser idiotas, no sabrían darlas.

15.           La sinrazón de la razón se construye retroactivamente: según ésta se abre camino, se le van apareciendo todos los argumentos que pudiera desear tener en justificación no de lo que piensa hacer, sino de lo que ya está haciendo y llega a dar por hecho.
Se compenetra con la razón de la sinrazón de la industria: sus actividades tienen, a su vez, como fin la universalización de su proceso: conseguir que sus productos sean el centro del mundo, lograr que, ya que no todo el capital del mundo puede estar dedicado a comprarlos, al menos gire en torno al resto del proceso.

16.           Podría pensarse que acaso la batalla ya esté en marcha y no estemos viendo nada más que recreaciones. O imágenes verídicas, pero difundidas con semanas de retraso. Tal vez la guerra ya esté ganada y concluida, y Estados Unidos y el Reino Unido ya hayan conseguido lo que se proponían. Y nunca sepamos a ciencia cierta en qué consistía, ni para qué nos mantuvieron distraídos así durante tanto tiempo. Tal vez Estados Unidos comience a suministrar a TVE imágenes de la guerra cuando haya transformado en un bonito plató el campo de batalla, o cuando haya retirado al menos los cuerpos de los que celebraban bodas cuando no debían. Tampoco se descarta que esta sea la primera guerra mundial que no llegue a tener lugar por miedo a las bajadas en las encuestas de popularidad e intenciones de voto (y a las declaraciones de los actores españoles). Debord dejó escrito que vivimos en unos tiempos en que sólo existe lo que muestra el espectáculo, y en cuento deja de mostrarlo, deja de existir. Nada más fácil para evitar el uso, aunque justificado, de armas de destrucción masiva sobre el enemigo, que impedir que las TVEs del mundo no sepan de ellas. Quizás en un plazo indeterminado nos informe el viento del este de lo que estaba pasando ahora. Cuando comience a traernos radiaciones, infecciones o qué sé yo.


Un linchamiento a la busca de un linchado. (Aquí se están rifando ostias)

“La tradición de los oprimidos nos enseña que “el estado de excepción” en que vivimos es la regla. Tenemos que acceder a un concepto de historia conforme a ello. Entonces estará ante nuestros ojos, como tarea nuestra, la producción del verdadero estado de excepción; y con ello mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. Pues éste ve su oportunidad, y no en el menor de los grados, en que sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica.”[5]

“Y como sabía que los rigores pasados le habían generado algún odio, para curar los ánimos de aquellos pueblos y ganárselos plenamente decidió mostrar que, si alguna crueldad se había ejercido, no había provenido de él, sino de la acerba naturaleza de su ministro. Así que, cuando tuvo ocasión, lo hizo llevar una mañana a la plaza de Cesena partido en dos mitades con un pedazo de madera y un cuchillo ensangrentado al lado. La ferocidad del espectáculo hizo que aquellos pueblos permanecieran durante un tiempo satisfechos y estupefactos.”[6]

1.                El linchamiento como espectáculo: cuando a mayor crueldad del castigo, más probada queda la vileza del ejecutado, en vez de la del ejecutor, como debiera.

2.                La aplicación de la pena de muerte es fin en sí mismo, hallar a quien se la merezca, lo que nunca escaseará –una vez creada la pena la infracción correspondiente aparece por sí sola- o fabricárselo.
Es una necesidad en sí misma el enviar las tropas a alguna parte y ocuparlas urgentemente en algo. Del mismo modo que la importancia dada al 11 de septiembre minimizaba toda necesidad que no fuera aplicar el castigo cuanto antes. El mundo estaba pendiente del momento en que se abriera el sobre y se conociera el nombre del desafortunado.
 Para eso son indispensables los individuos universalmente execrables, indignos de compasión y defensa, tan indignos de que nadie saque la cara por ellos que cuando no existen hay inventárselos, y contra los que cualquier uso de la violencia queda justificado, por confuso y sospechoso que sea. Siempre habrá un cínico que alegue que sería lo único malo que no haya hecho, que de todos modos, si no es por ese delito, se merecería castigo similar por cientos de otros, que aunque no se sepa por qué se le ataca, él sí que lo sabe. Y que atacarle a él es mejor que no atacar a nadie.
 Vienen al pelo las doctrinas acerca de lo que se define como fines justos e injustos y medios legítimos e ilegítimos.

3.                ¿Qué sucede cuando se pone en marcha el proceso justiciero?, ¿qué va antes en las prioridades de ajustes y consultas internas del gabinete: la vocación religiosa o la compulsión pistolera?
Da igual el nivel militar del enemigo: es a uno mismo ha quien hay que superar compulsivamente, perseguido por una manía religiosa.

4.                Sólo ante el peligro: la distinción entre sheriff y justiciero. El carisma del pistolero que ha de hacer el bien aunque le traiga la desgracia, aunque se sitúe al margen de toda comunidad. Arroja la placa al suelo despreciando el puesto permanente de guardián del orden: su acción justiciera queda por encima de contexto alguno, necesaria como acción que se agota en sí misma, no por sus resultados. Execra del bienestar por el que presuntamente trabaja; el colectivo simplemente le ha servido parta darle la oportunidad de hacer justicia, y no puede evitar despreciarlo por este timo evidente hasta para él, igual que el timador, mostrándose despectivo con sus clientes, se reconoce preso en una dialéctica en que todo su cinismo se vuelve contra él.
Un país se pone por encima de la ley a la que quiere que se sometan los demás, ley del común mínimo denominador, que no es aplicable al que la enarbola constantemente contra otros, para justificar así sus agresiones. El enemigo político es acusado de desobediencia aunque se afirme su carencia de entidad política, su falta de capacidad para actuar dado que, como se recuerda cuando conviene, su poder se considera viciado de base. Cuando una y otra parte firmaban contratos y pactos, reconociendo ambas con esa acción la capacidad u personalidad del otro ya sólo al poner la firma propia al lado de la del otro, y se acusa de violarlos al mismo al que, por negarle toda capacidad jurídica, no puede haberlos violado, ¿no perciben todas las acusaciones como faltas de otra intención que sentar al otro en el banquillo, que hacer que todos sus actos, por activa o por pasiva, sirvan para justificar la rescisión que por nuestra parte hagamos del pacto?

5.                Se expresa la voluntad de no someterse a los juicios ajenos; sólo a los propios: cuyo resultado ya conocemos. “Que Dios reconozca a los suyos.” Eso, más que aplicable a los pobres nacidos para servir de carne de cañón y de excusa viviente, puede servir para cualquiera que pudiera valer de ejemplo mundial. El ejecutor, por su parte, ya tendrá después tiempo para el arrepentimiento.

6.                Presentarse como implacables tiene el inconveniente de que nadie considera la existencia de un estricto plan tras las operaciones: todo se debe a estúpidas acciones de una senil camarilla de pervertidos con pañales –o de su apóstol encadenado a los mandos de un arma de última generación, hinchado de cables, tetosterona y drogas- hasta el punto que hay que tomarse el desastre natural no como tragedia sino como farsa, igualmente inevitable pero que sonroja cada vez que se repara en su parafernalia retórica.
Cuando el mensajero ya se ha puesto la cota de malla, no puede quitársela hasta después del combate.
 Irresponsabilidad plena, endurecimiento profesional combinado con una personal blandura; irreflexiva, ni siquiera forzada. Las mismas huestes se verán al margen de toda culpa en tanto se ajusten al cumplimiento de instrucciones: se ven a sí mismos como fenómeno.
 La extraña visión del fanático de la muerte que, sin afán propagandístico, sin público, es capaz de abrasar desde su tanque una casa repleta de civiles para seguidamente entrar en ella y rescatar, con riesgo de su vida, a un bebé que deposita con ternura en la cuneta, para luego alejarse carretera abajo, dejándolo morir allí de hambre.
 Aquellos que han vivido años y años considerando que en cualquier momento puede llegar su hora, dependiendo del antojo o del cálculo de una capilla de místicos, no pueden ver más lógica ni grandeza en la aplicación de la Razón imperial que en cualquier designio de un tirano; tal vez acaso vean menos.
Cómo no va a ser lógica la actuación suicida, a la vista de la extraña arbitrariedad y la chapucera metodicidad del otro, cruel y caprichoso. Todo a quien no le preocupe morir, e incluso prefiera hacerlo en sus propios términos, puede realizar un ataque suicida; esto ya no ocurre rarísimas veces.

7.                Todo el mundo se equipa bélicamente y todo el mundo le reprocha eso al otro. Se lo siente como un círculo vicioso y a la vez se lo celebra en desfiles.[7] Las amenazas del terrorismo y las armas químicas sirven como fantasmas con los que establecer la más desenfrenada y fructífera de las competiciones compulsivas.
Cuando una parte hace acopio de armas sabe lo que esa acción tiene de mordaza para los vecinos, al compelerles a hipotecarse para tratar de ponerse a la altura de quien les recrimina que lo hagan. Y éste se beneficia del trato de favor que le da el proveedor común a todos ellos: él cuenta con los cuasi mejores modelos de la gama, vendidos más o menos abiertamente, con una apariencia de legitimidad que vale para que nadie califique de ilegal tal acopio, y sus vecinos compran excedentes bajo cuerda, prohibitivamente, a un mayorista que se guarda las facturas de la venta para airearlas cuando las convenga, pues el acopio hecho obligadamente por estos otros no sólo es su esclavitud sino una amenaza para ellos mismos, al tener que comprar con riesgo de sanción y castigo sumario lo que el que les ha hacho comprarlo obtiene dulce e impunemente.

8.                Las guerras no son una onda que desgraciadamente sacuda a intervalos el mundo: se tratan de un proceso lineal cuyo objeto –la Paz Final- no es ni siquiera tomado en serio. Así pues queda claro que cualquier otra cosa que se diga es una excusa para ejercitar los medios al alcance porque sí, como fin en sí mismos.
Las guerras siempre se tratan del fruto de un trabajo de puesta en escena, de una forma de favorecer su advenimiento. Incluso los que están en su contra trabajan por ella en cuanto aceptan su inminencia, deseando dejar constancia a toda prisa, antes de que llegue el momento, de que su posición era aventajada, de que sabían qué matices faltaba aportar a lo inevitable para que fuera recibido con las reacciones pertinentes, previstas y correctas. No sólo se someten ellos también al destino: son los voceros matizados del destino, pagados para que todas las vías converjan en la misma, la de lo inevitable, y su tarea apenas es más que acolchar la llegada del sentimiento de culpa para que sea menos destructivo.
Hacen la cama a lo inmanente, nos enseñan lo placentero que puede resultar doblarse ante lo eminente.

9.                El apoyo incondicional al poderoso revela que se veía como inevitable no ya este combate, sino cualquier otro también. La plaza de condenado estaba llena e vacío con forma, como un cascarón cada vez más detallado. Sólo faltaba colocar en su interior a la persona indicada. Se estaban “rifando hostias” y era seguro que llegaría el momento en que desapareciera la incógnita. Pero el apoyo y la adhesión ya se los tenía de antemano, fuera quien fuera a resultar el condenado, con pruebas o sin ellas. Basta una llamada telefónica y que un amigo de verdad te dé su palabra de honor a través de su secretaria.)
Tal vez hasta se admita que el razonamiento parte de una base endeble: que el punto de partida –las pruebas de implicación, responsabilidad y voluntad dolosa- no hayan probadas ni mostradas ni recogidas, que no se haya hecho propósito verdadero de justificar por qué razón, entre todos los sospechosos, tuvo que ser ése precisamente.

10.           Pero una vez elegido y se ponen en marcha los siguientes procesos de decisión, el razonamiento avanza sin volver la vista sobre sí mismo más que cuando tropieza con elementos que le sirven para llenar vacíos en los supuestos previos, en vez de esperar hasta que éste contara con una solidez que garantizase que el movimiento era más que un disimulo apurado, una salida para adelante, un complicar la situación hasta alcanzar un estado crítico que imponga la solidaridad con el Gobierno y sus huestes, e inmoralice el resto de consideraciones.
 Se considera antipatriótico e incluso al borde de lo ilegal la negativa a prestar incondicionalmente apoyo moral a las tropas desplazadas al territorio enemigo, como si fuera una cobardía ir liando la madeja cuando ellos ya están jugándose la vida en medio de su propio fuego cruzado. Se trata de una política de hechos consumados: en cuanto las tropas están en el teatro, el show debe continuar, sin contemplaciones ni comentarios hasta que la función haya terminado, y las únicas palabras consentidas al buen hijo de vecino son las plegarias por su victoria. Pero las tropas siempre están actuando en algún lugar, y siempre hay motivos para callar.
Por suerte este efecto piña no ha resultado, de momento, plenamente exportable.

11.           El súper héroe tiene la coartada, frente a los píos intentos policiales de los demás de ser, de ser infalible: no sólo posee los medios para acceder de primera mano y con exclusión de toda duda o ambigüedad a la información que necesita, no sólo puede disponer de la fuerza con que detener al villano con el menor daño para terceros: le encuentra siempre,además, con las manos en la masa, cometiendo otro crimen, cuando no en su guarida, rodeado de pruebas incriminatorias conservadas como trofeos, tramando un nuevo y demente plan. Esto le permite realizar el despliegue de todos sus saltos y golpes de judo, sus saltos y la expeler poderosas emisiones por todos sus órganos. Como en el cine de artes marciales, uno piensa que la situación ha sido creada para dar pie a una nueva coreografía del viejo número, combinando a los participantes de forma que por un momento parezcamos ante algo interesante y renovado. El guionista procederá a partir de la serie de peleas ya decididas, que de antemano pudieran darse por luchadas, a componer el contexto que proveerá esto de un mínimo sentido, del mismo modo que incluso una película porno precisa de la anécdota, por ritual y microscópica que sea, para poner en marcha el argumento. No es necesario tampoco justificar la razón por la que los malos atacan al protagonista: para eso basta con que se los reconozca como malos, pero sí aclarar las circunstancias que condujeron al protagonista hasta ese callejón de Hong Kong, y en último el móvil último de la acción, ora conseguir un microfilm, ora lavar el honor de la heroína predestinada al héroe.
Si donde no hay tribunal al que recurrir hay que remitirse a los fines, en los casos en que ni el fin cuenta, y el medio se basta por sí solo, nadie echa en falta un tribunal.

12.           El móvil es crear la ocasión para un despliegue de lucha que en sí misma tenga su objetivo y destino: la lucha por la lucha. No necesita razón, pero se compenetra perfectamente con todas las actividades industriales que quieran ofrecer su colaboración; nada más adecuado que esta capacidad de coordinación del absurdo con la racionalidad y el cálculo, pues comparten el moverse por la necesidad de su propia expansión ciega cuyo objeto no se deriva de aspirar a algo concreto, sino al mismo hecho de convertirse en expansiones permanentes y necesarias. Cuando todo ha de funcionar histéricamente a pesar de toda contemplación y escrúpulo, podemos decir que nos hallamos ante un hecho religioso aunque su credo no sea expreso para sus fieles, que creen seguir firmes en un imperialismo clásico, cuando sus acciones cada vez llevan más lejos de la tradición el desarrollo de la bacteria elemental fundamentalista.

13.           El héroe es creado como compensación sicológica del votante cornudo y apaleado: la ilusión de que pueda aparecer un poder absoluto infalible, que ordene todo pero sin alterar en lo más mínimo lo sustancial, dedicando su enorme poder tan sólo a una cosmética social.

14.           Una doctrina de la violencia a nivel superheroico: son sus fines lo que confirman la justicia o la injusticia de la fuerza aplicada. Si los fines son justos, obvios y necesarios, se hace gala del derecho natural a la violencia que supuestamente posee cada uno pero que deja que monopolice –por conformidad o indolencia- al Estado.
 La responsabilidad última por la violencia depende de la actitud ética del que la ejerce, y si éste es vil, siempre la ejerce vilmente, ilegítimamente; siempre estará cometiendo algún delito. Esto da la ocasión de estar ejerciendo una violencia legítima para fines injustos y aún así ser bueno. Incluso aunque el fin sea injusto, puede quien hace uso de la violencia ser bueno y noble en tanto no sepa que está cometiendo un error, en cuanto la responsabilidad por el mal ejercicio de la fuerza recaiga sobre otro. Si quien usa la violencia es ontológicamente vil y corrupto, siempre lo hará con fines reprobables. Esto justifica hasta los peores errores del que por carácter y esencia es bueno, en tanto que excluye toda posibilidad de exculpación para el definido como villano. En efecto, incluso cuando el malo hace algo cuyas consecuencias son positivas, es un resultado irónico, a contrapelo o solamente casual con sus intenciones, siempre culposas y torcidas; y es por eso que hasta los servicios prestados a la CIA por el peor de los villanos en vez de exculparle pueden ser usados en su contra, pues si apoyó alguna vez a la causa de los justos fue instrumentalmente en su camino hacia el mal.

15.           Ya dice la Iglesia: “la Justicia no existe sin perdón. “ Pero no perdón para los ajusticiados, sino para los ajusticiadores. Tanto a las víctimas de la justicia como a aquellos inocentes que tuvieron la desgracia de estorbar el ajusticiamiento dedicamos nuestras expresiones de horror, piedad y hasta simpatía. Es todo lo que recibirán de nosotros: y no el menor gesto de ayuda.
Legítimo o ilegítimo son términos que pueden sustituirse, cuando el ejecutante está caracterizado por una esencial bondad, por correcto y equivocado, pues le es inaplicable el término injusto y, consecuentemente, la dicotomía justo / injusto, ya que ni sus yerros pueden ser moralmente execrados y condenados del modo en que lo han de ser todas las acciones del malvado, sin excepción.
 Naturalmente, este argumento ético no tiene aplicación en la vida civil, en que se penan los resultados y las circunstancias, y no se pretende un conocimiento directo del interior del encausado. Pero a mayor nivel sí es posible al tratarse de una narración en que el demiurgo tiene acceso directo a las psiques de los personajes.
Como un superhéroe actúa quien nunca se cuestiona si está usando la violencia de forma proporcionada, más allá de lo absoluta, objetivamente necesario. La absoluta maldad del objeto de la justicia –el castigado- deja fuera de duda la corrección tanto de medios como de fines. Cuando se trata de ejercer la justicia contra malvados absolutos, la oportunidad de hacerse valer como héroe infalible se presenta: al malvado siempre se le sorprende in fraganti: siempre maquinando algo, con lo que si no podemos reprocharle lo que nos puso tras su pista sí podemos usar en su contra cualquier cosa que hayamos encontrado en sus manos. La ventaja que le da su desprecio a la moral y su falta de escrúpulos hacen que el combate, a pesar de las apariencias, se use lo que se use contra él, siempre sea justo cuando no arriesgado, desequilibrado por cualquier sorpresa que pueda el archivillano sacarse la manga; ante esta certeza, nunca se irá el héroe de mano.

16.           El uso de los medios se justifica a sí mismo. La necesidad de su uso se convierte en una urgencia más allá de las fronteras nacionales. La pasión justiciera se crea y alimenta a sí misma y elabora su propio campo de batalla, viéndose identificada en sus propias criaturas. La paz es un engaño, una excusa. Esa palabra, tradicional encubrimiento y legitimación del contenido bélico del orden cotidiano y de las batallas fundacionales que lo traído al mundo, apela hoy más a las inmediatas violencias futuras que a las del presente o del pasado. No existe fin para estos medios; ni se contempla ningún final en los planes de acción.
Realizando y tramando uno tras otro grandes proyectos se mantiene en suspenso siempre el ánimo de propios y extraños, pendientes de un resultado final que nunca acaba de llegar. Estas acciones han de sucederse, además, de tal manera la una a la otra que no dejen respiro entre ellas que pudiera aprovechar el enemigo para proceder con calma. Los súbditos, sabiendo que la pausa puede ser peor que la continuación, quedan presos de la permanente iniciativa belicosa de sus líderes, alienados por la atención continua al espectáculo e indisolublemente unidos entre sí por el miedo al común enemigo, uno al que no puede darse descanso aunque sea a costa de hundirse uno mismo en el sonambulismo. Que este odio sea tan grande es una cárcel y un galardón, pero obliga a proseguir un paso por delante, huyendo hacia adelante, sin que sea jamás asequible la paz prometida.

17.           La llegada de la figura carismática siempre es marcada por violencia. Distinguido por su crueldad y falta de contemplaciones, pero también por su infalibilidad, crea el terror, pero un terror productivo. Se lo garantiza la palabra divina que lo guía. En este sentido, en tanto que pueblo elegido y verdugo teledirigido por poderes sobrenaturales que le dotan de una visión infalible, los ejércitos, cuanto más totales, más religiosos son.


Némesis

El verdadero enemigo siempre es quien insta a movilizarse contra el enemigo: él conjura su némesis para tener contra quien luchar: él moldea en el mundo un enemigo a su altura, a su conveniencia, justo un poco rezagado por detrás de él –para esto viene bien haberlo armado uno mismo. Conocerlo y movilizarlo a él también lo justo para no ser derrotado, lo justo para no quedar inactivo, y para que nunca haya completa culminación: que siempre quede el mercado abierto.

1.                “Cuando no hay ningún estrato superior a la guerra, ésta deja de ser, en cierto modo, algo que se hace para pasar a ser algo a lo que se pertenece.”[8] La guerra como la más crucial y trascendente de las experiencias humanas, lo más humano de puro sobrehumano, incluso algo que cuando se presenta hay que aprovechar; una fuerza más allá de todas las fuerzas reconocidas, de las divinidades racionales: Población, Estrategia, Economía, Geopolítica. No tiene ya nada de juego, por lo tanto no tiene reglas y excluye toda diplomacia; situada más allá de la voluntad –aunque sea la de no hacer-, queda abolida toda responsabilidad para el que triunfa, así como toda legalidad excepto para quien pierde. Del mismo modo que ni siquiera Voltaire puede impugnar los terremotos.
Sin embargo nadie cree en las grandes fuerzas: tan sólo los idiotas, los generales y los estadistas de retrete creen habérseles aparecido alguna vez ante sus ojos Lo Grande. Incluso los economistas y tiburones se descalzan en su casa enmoquetada y en calzoncillos ante la teleserie execran del culto que profesan en los parqués bursátiles.
 Cuanto mayor es el poderío de los EE.UU., menor es la confianza que merecen su inteligencia y su competencia. Como en el caso de los desastres petroleros, cuanto más amplia es la potestad de un poder, con mayor incompetencia y falta de reflexión se conduce.

2.                “No puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas, y donde hay buenas armas siempre hay buenas leyes.” Todas nuestras sociedades se basan en la complicidad entre Razón y Poder, en el reconocimiento de que son inseparables, de que la Razón positiva, la que se quiere la única Razón común y objetiva, es idéntica al Poder. Y mientras, en casi todas las circunstancias cotidianas admitimos que son inversamente proporcionales, mientras que en los medios administrativos, coincidiendo con las culturas de afinidad con lo burocrático y ritual, se es propenso a admitir que siempre van juntas, que todo lo que trabaja, lo hace siempre al servicio de los poderosos. Y no falta para quien esta identificación entre Poder y Razón, entre tiranía y justicia, es una certeza, una identidad consumada, una tautología que no dice nada. Somos nosotros, los civiles que damos por sentado que Razón y Poder son incompatibles y que nunca pueden luchar en el mismo bando, para quienes “razón armada” tiene tanto de oxímoron como “guerra justa”, aquellos que ven en tal identificación un insulto a la moral y a la lógica, identificadas, y esta es la identificación, reflejo de la otra, la que nos pierde y pone de su parte. Pues asumimos que en lo público una identificación entre moral y lógica es posible y, en última instancia, benéfica.
Tan incompleta es una noción como la otra, pues es la parte de la Razón, fosilizada, que compone la ley la que es inseparable del Poder, pero siempre en estado de subordinación, nunca de igualdad, ni mucho menos de precedencia. Hay una parte del logos que nos traiciona y nos ofrece en bandeja a lo que, incluso en el caso ingenuo de que sólo quisiera administrarnos eficientemente, trabajaría por nuestra infantilización por nuestra propia conveniencia. Por eso los poderosos pueden hablar si rubor de Dioses, Necesidades, Fuerzas Telúricas e incluso de la Paz, y hasta de la Pacificación Universal y Duradera, de la Paz Perpetua incluso, mientras que desde abajo se apela a la Razón, al derecho y al sentido común como si fueran enemigos encarnizados de lo otro y, en última instancia, victoriosos sobre el Poder y la fuerza bruta, como se vería demostrado a la llegada del Reino. Así levantan acta de su impotencia frente al convencimiento de los poderosos de saber exactamente dónde están. Los lloros de los inofensivos les confirman lo que ya sabían, y los oyen con agrado, una vez han aprendido a interpretarlos, como oraciones a los mismos dioses a los que los poderosos remiten todos sus actos, a los dioses de los que e l poderoso tiene constantemente llena la boca, tal vez con una fe igual de sincera. Por una vez el tema de sus frases coincide con el mensaje que quiere transmitir, en vez de ir a contrapelo: habla de sumisión, de necesidad y de elegir forzosamente entre el palo y las migajas. Así que el público, por mucho que le reproche las formas, recoge agradecido el mensaje de solidaridad en la sumisión, que en el fondo era el pienso que estaba reclamando que se le arrojara para poder seguir en su condición y no tener que replanteársela demasiado a fondo, y seguir creyendo que es la suya y la voluntaria, y no obligatoria e indiscutible.
 Nosotros participamos de la misma fe que vincula razón y necesidad, destino y poder, y no suplicamos más que coherencia y eficacia. Aceptamos el desarrollo de las inmanencias, pero dentro de un orden, por favor: que se nos prometa que después se habrá avanzado un paso más hacia el Reino en la Tierra, que se nos demuestre que la marcha de la Historia nos acerca a la Salvación. Pero a la vez es evidente que muchos píos están muy a gusto tal como están, con Dios preso, detenido. Y nosotros vamos y pedimos que lo suelten.

3.                El que gana es bueno. El bueno siempre gana. Su razón, bondad, apoyo en lo que debiera ser son lo que le concede la victoria. Es la mano del destino que recupera en el desenlace de las tragedias el equilibrio bañado en un charco de sangre. Aunque cuando no haya obtenido la victoria tenga que aducir que no se trataba de la guerra esta vez, sino de una batalla. Mas el desenlace de la tragedia, para el tirano-protagonista, siempre está en su mente. El desenlace tal vez sea lo que se lleva él consigo al morir, alucinado, y no nada que pueda conocer ninguno de los que quedan vivos, ni sobre el escenario ni en la platea.

4.                La ilusión de que existe una ley es necesaria para que al contratar asesinos a sueldo para la supresión de líderes extranjeros, podamos garantizar que no serán perseguidos. Ser impune ante el Gobierno estadounidense implica serlo ante el 100% de los países civilizados. Pues no se es civilizado –ni se puede aspirar a serlo- si no se tolera e incluso aplaude lo que EE.UU. haga. Conferidos estos poderes, no parece que sea necesario ya más que convocar al congreso para decidir el asesinato de civiles extranjeros. Los asesinos pueden actuar impunemente, sin más resistencia que los guardaespaldas que puede tener el condenado, en adelante considerados meros esbirros, aunque sean funcionarios de carrera. A los esbirros se los quita de enmedio: sólo la muerte del blanco carismático implica ajuste de cuentas, sólo cuando el malvado se despeña en plena pelea se dice “Dios tenga piedad de su alma.” Sólo su muerte es relevante; las otras muertes, aunque se cuenten por cientos de miles, no son expiación suficiente.

5.                Los rezos y llantos a menudo responden a la convocatoria del verdugo, que solicita al público que se rece por las almas de los condenados, pero no por respeto a ellos –pues se ha venido para recrearse en su destrucción- sino a Dios, que creó a estos reos que tan mal uso hicieron de la libertad que los prestó.
Pues el bando de
Dios es siempre el del vencedor. En las ordalías, las justas entre caballeros, la victoria era la confirmación oficial de la justicia de la causa del victorioso. Demostraba quién tenía lo que ahora llamaríamos razón de su parte. La fuerza bruta, la ventaja, eran compatibles con el favor divino.
El acuerdo, la rendición, el armisticio, cuando se estaba a punto de entrar en combate, supone lo mismo que reconocer que la lucha no estaba del todo justificada, que las partes no han llevado a término el fingimiento de estar seguras de que Dios estaba de su lado respectivo y en absoluto de lado del contrincante, y que tal vez de haberse celebrado la pelea se habría cometido una acción no buena.
 Cuando se han movido las fichas hasta el punto más extremo, el contrincante convencido de ser la mano justiciera del Señor no puede reconocerse repentinamente sumido en el error. Aunque no estuviera mal ante los ojos de nadie más que lo hiciera. No, tiene en cambio que tirar adelante hasta que la victoria confirme su superioridad no sólo en cuanto a medios sino en cuanto a fines, dándole la oportunidad de darse la razón, dándole la razón.

6.                Es cierta esa aura que rodea a todo poderoso y símbolo de poder: siempre tienen algo de sobrehumano –ya sea fe, temor, convertidos en algo intangible pero cierto-, un campo magnético visible para la gente sensible a este tipo de realidades.
 “Sólo un tirano puede acabar con un tirano.” La eliminación de un líder, en cuanto éste es cierta concentración de energías más allá de lo humano, supone algo así como una blasfemia, introduce una suerte de desorden en el tejido de lo sobrenatural a menos que el asesino se corone a su vez, reconociendo a menos a efectos rituales haber obrado “como Mano de Algo”, afirmando así su voluntad de respetar el orden general de las cosas, único y necesario, que para los idiotas es tanto como decir que benéfico. De no coronarse, el tiranicida sería un destructor de un orden que ha de pervivir aunque sea en la más detestable de las encarnaciones, siempre preferible al caos; coronándose, reafirma y reactualiza el orden eterno: ha obrado conforme a derecho, tanto da si divino o histórico, lo que viene a demostrar que son coincidentes.

7.                “Bien usadas se pueden llamar estas crueldades que se hacen de una sola vez y que se revelan útiles.”[9]
Tampoco hace tanto que el mundo comenzó a ser tan pequeño y tan sórdido. Antes de la era de los telediarios, cuando aún se era incapaz de penetrar en los entresijos del Gran Juego y los conflictos tribales, ajenos al permanente rosario de catástrofes naturales, siempre enormes, en que las bajas siempre son aún mayores de las estimadas en un primer momento y nunca menores, a pesar de todo se intuía un gran misterio, potencialidades infinitas, lo imprevisto, la oportunidad, acaso la revolución global. Asia aún poseía, modernizadas o no, sus sempiternas y ontológicas tiranías, el Este de Europa era el Occidente de Asia, África dormía como un león al sol; en todos los territorios había tesoros que robar, innumerables palacios, infinitas atrocidades y los más extremos refinamientos mezclados con la más suntuosa barbarie.
 Con un atlas en la mano, un Verne sólo necesitaba yuxtaponer cuatro tipologías narrativas para que apareciera la anécdota de una enorme novela de aventuras por sí sola, como por encanto.
A falta de un planisferio legible y fiable –si es que una característica no excluye a la otra-, si es que alguna de esas cosas es posible, el mapamundi de los inconfesables intereses industriales no parece el borrador de una inagotable serie de aventuras sino, con suerte, un abanico de ofertas turísticas ni demasiado amplio ni variado, en el que es demasiado fácil escoger por equivocación un cementerio o una escombrera en vez de una playa o un parque temático.

8.                El que primero lo huele debajo lo tiene. El primero en llamar ladrones a los demás intenta algo más que desviar la atención: pretende hacer creer que, ya que el robo le escandaliza, ha de ser cosa de sus rivales y que por tanto él no lo cometería, aunque tan sólo fuera por no ser como ellos, por cual debería quedar ontológicamente al margen de toda sospecha. Acusar le exime de la acusación; los tiranos del mundo haciendo piña común contra un común terrorismo no pueden ser terroristas ellos mismos, incluso aunque la misma víspera se lo estuvieses llamando con acritud unos a otros, sin que nadie se molestara en disimular lo que le tocaba, de tan empeñado en demostrar que, fuera lo que fuera el tipo crimen en cuestión, el otro le superaba.

9.                A la frase “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” es fácil responder con un “Pues un, dos, tres, tiremos todos a la vez.” La persecución del fantasma del terrorismo es aún más rentable que las cazas de brujas o la promoción de linchamientos. Todas las personas de bien se ven obligadas a la universal procesión, haciéndose masa tras la fotogénica primera fila de líderes, unidos todos por la misma pancarta, y por la pública confirmación de su estado, a pesar de todo, de líderes autorizados, de representantes inapelables, de managers de las víctimas ajenas y de las propias.

10.           Nos hemos cansado de oír dudar si el fin del comunismo soviético implicaba que el capitalismo dejara de existir como entidad autoconsciente, o si se extendería sobre el planeta entero con la convicción de ser el nuevo estado natural, indiscutiblemente elevado en dogma antropológico gracias a politólogos bulldozer con columna en el New York Times, apóstoles mercenarios del Fin de la Historia.
El capitalismo precisa presentarse como objetivo, como destino. Si no, se trata de un triste desarrollo de la economía. Y si no se va a ninguna parte, si no existe la Historia, ¿cuál es el hábitat del hombre: el seudocambio, el ciclo falso del progreso, el eterno retorno de las mercancías, la producción y consumo de banalidades?
¿Acaso para un hombre civilizado la Historia no ocupa el lugar de la Religión, convencido de que en el fondo, sin el auxilio de un cómodo autoengaño estaría abocado al nihilismo y a la desesperación?, ¿en peligro de volcarse indistintamente sobre la primera cosa que se le ofreciera, cualquiera que fuera y que active en él un resorte? ¿No será mejor, pues, que se tomen medidas para evitar que este nihilismo conduzca a errores peligrosos?
 Mas el laissez faire alcanza súbitamente su techo: los límites de la tolerancia de sus directores. Parece que no falta gente a la que esto último, también llamado Globalización, le pone muy nerviosa, temiendo quedarse sin un ídolo bien definido al que sacrificar. El triunfo universal del capitalismo no es del todo posible este reino imperfecto: ha de resignarse a la evidencia de no poder cubrir con su benéfico manto a todo el planeta; e incluso es bueno que así sea, y osado y casi blasfemo pensar que puede ser de otra forma. Su parcial triunfo, asociado indisolublemente a la civilización occidental: economía y cultura como sinónimos, conforme a la jerga de la encíclica liberal; una identidad para los demás imposible, pero deseable: lo único que pueden desear, lo que tendrán que desear lo quieran o no.

11.           La campaña bélica va identificada con otra de marketing y desinformación, con una verdadera campaña publicitaria. El producto ofertado no será el que parece ser a primera vista. Aunque la insistente repetición en la palabra “libertad” y “paz” hace pensar en que los principales enemigos sean las libertades y las formas de relación que no tengan que ver con la pacificación. En la Guerra Santa en nombre de la Libertad, las primeras bajas –y tan bien recibidas que ello mismo resulta más revelador que irónico o sospechoso- son las libertades mismas.

12.           “Creo que la humanidad comienza a descubrir horrores nuevos que la complacen mucho y con los cuales se siente muy satisfecha y muy bien alimentada.”[10]  La brujería nace cuando las descabelladas invenciones de los cazabrujas son tomados en serio, cuando la teología invertida de los juicios por brujería se organiza y asume una lógica perfectamente especular. Es el sueño de la razón lo que produce la brujería, es el deseo de orden y no el de caos el que induce a llevar a la práctica, cómplices de los inquisidores, las obsesiones de éstos. Vemos que algún horrible capricho divino ha hecho necesario que el bueno cree su propio malvado, que le arme con sus propias armas y así pueda disfrutar de la consecución de una victoria. “Sin duda alguna ,los príncipes se hacen grandes cuando superan las dificultades y los obstáculos que se los oponen.” Para la mentalidad expiatoria, los handicaps son fácilmente presentados como medallas. En el caso de Bush yúnior, lo sospechoso de su elección y su imbecilidad congénita sirve para dar mayor realce a sus logros: que a pesar de ser tan fácilmente criticable y derribable, se haya mantenido a flote y demostrado su verdadera valía, cuando lo tenía todo en contra... incluso a sí mismo.
 Tampoco puede sorprender mucho que en EE.UU. escasee tanto quien se muestre reconcomido por el hecho de que la mitad de las tiranías mundiales, y la mayor parte de las catástrofes ecológicas y económicas subsanables, sean producto suyo. Las denuncias sobre el origen del mal y lo que nos toque de responsabilidad por él son en el fondo medallas disfrazadas de cilicio, una matización que estorba una visión más radical del problema -cuando no una mera forma de ganarse nuestra simpatía reprochándonos nuestro uso de un poder del que carecemos en absoluto- y que simplemente va reformando percepciones, haciendo más presentable –humano- el terrible camino a la victoria y sus sacrificios. Tan humano como lo es errar y tropezar infinitas veces con la misma piedra aunque sea premeditadamente. disimula la naturaleza. El científico que despertó al pterodáctilo, el doctor que desafió los límites de la ciencia, el que quiso revivir los cadáveres ya corruptos: en última instancia gozan de la ocasión de mostrar su capacidad de dominar su medio, de imponerse sin escrúpulos sobre la contingencia. Los cataclismos artificiales serán expresiones de la fuerza casi natural del catastrófico, casi sublime, poder de la Razón. No se le pedirá al protagonista cuentas por los desastres que no del todo indirectamente ha provocado: un giro del guión le convertirá en salvador de la humanidad, corrigiendo el error que su osadía le llevó a cometer. Por esto no es realmente ofensiva la afirmación de que Bin Laden o Sadam son creaciones de la CIA; por eso no hay arrepentimiento verdadero, sino orgullo, y hasta los muertos del 11-S quedan justificados. La responsabilidad ha recaído íntegramente sobre su creación viviente. El siniestro poder de los EE.UU. no sería tan siniestro si por una vez dejara de estar en manos de una cuadrilla de perversos integristas. En la viñeta final, estampa ritual de contrición, el protagonista jura con no poca vanidad: “¡Nunca más volverá el Hombre a desafiar las leyes de bla bla bla...!”, dejando bien claro que, habiendo comprobado una vez más su capacidad de responder adecuadamente a una invención destructiva con otra más destructiva aún, volverá a hacerlo tantas otras veces como haga falta, como se vea impulsado a hacer... porque ése es el sino del Hombre, el protagonista de la Parábola.
 De hecho, toda injerencia fracasada en los designios divinos puede justificarse como el muy americano intento de crear con piezas de aquí y de allá al perfecto espécimen, el Charles Atlas, el Hombre Mundial: el ideal a partir de variopintos destilados de lo más noble, en pro de la reconstrucción del superhombre, ya sea el cuerpo de Cristo o del Capitán América, sito allá en los Cielos.

13.           El relato de Frankenstein no se trata de una advertencia contra los peligros de una “science gone too far”. Al contrario. Como el cuento de Babel, opera como profecía. Pues el origen que se presenta es a la vez final. dejándonos el tiempo de enmedio contenido, determinado, con un destino manifiesto. Será el sino del hombre intentar componer en la tierra la materialización del Ideal mediante la unión de los extractos más nobles, mediante los más perfectos destilados delo divino del Hombre. EE.UU. se ve como la selección de lo mejor de cada casa, modelo de excelencia de la plasmación material del Reino Celeste, el cual, tarde o temprano, habrá de cubrir la faz de la tierra. Es la realización de la Razón hegeliana y el destino de las sociedades humanas.
 Las propias obsesiones cuajan como planes de traición y dominio, y vuelven, en las pesadillas, como ideas que el enemigo quizás ya esté poniendo en práctica. Las culpas revierten como acusaciones: la verdad campa, mana continuamente de la boca de todos los implicados, pero siempre desfigurada, especularmente invertida, tal vez en negativo; siempre irreconocible para sí misma. “Los hechos ideológicos no fueron nunca simples quimeras sino la conciencia deformada de las realidades, y, en cuanto tales, factores reales ejerciendo a su vez una acción real deformante.”[11] En la guerra carnívora todos se politizan, mirando el uno al otro como un algo, como objeto cuya contemplación entraña posicionamiento y juicio, consideración de aprovechamiento. Entraña sentencia: condena o absolución.
 La ideología vivida conlleva vivir en la mentira, en la inversión. Ninguna verdad susceptible de rendir servicio escapa del uso malicioso y mixtificante. Para condenar sirve cualquier prueba, cualquier argumento; falso no, pero sí invertido, desplazado, fuera de sí.
 Irónicamente –o mejor dicho, dialécticamente- los oponentes pueden terminar por moldearse coquetamente conforme a la interesada imagen demónica que de ellos proyecta el enemigo; en ese momento sí que puede decirse que cada uno es la némesis del otro, calcos mutuos perfectos, en que lo que es bueno para uno es lo malo del otro.
Siempre se llega al momento en que los agredidos son presentados como agresores y viceversa.

14.           El más socorrido recurso para alejar la sospecha de ser un carterista cuando se está a punto de ser sorprendido con la zarpa en el bolsillo ajeno es gritar bien alto que nos han robado a nosotros. Para el prevaricador consumado será parte esencial de su negocio escandalizarse periódicamente y aparecer en público presa de la más justificada indignación llamando ladrones a todos los demás; no sólo para distraer de lo que está haciendo: para hacer creer, también, que alguien capaz de tan católicos gestos de escándalo sería incapaz, al menos, de hacer eso mismo.
Pocos golpes y autogolpes y sublevaciones militares se habrán realizado sin apelar a su carácter preventivo, a su intención de atajar en su seno una inminente sublevación. todos los argumentos podrían servir de perfectas confesiones en un juicio que no se piensa tolerar que se celebre -como en una especie de acción subconsciente de descargo o transferencia-, las acusaciones levantadas contra el otro, por fantásticas que sean, tienen menos de invención que de denuncia contra uno mismo, como fruto espontáneo de la propia memoria.
“Cuando el líder se dirige a sus oyentes, su intención no es la de suministrar información racional, sino la de establecer la necesaria relación irracional entre líder y partidarios. La verdad no desempeña papel alguno... Ya que la nación se ve amenazada por fuerzas malignas, solamente mediante la total sumisión al líder y la total identificación con su cruzada pueden salvarse el individuo y la nación.”[12] Hay un recurso repetido hasta la saciedad: por Napoleón, Primero y Tercero; por Nerón, Hitler, Stalin, Franco: un recurso siempre efectivo, muy bien recibido por lo que favorece el público linchamiento: condenar a otros por los crímenes que uno mismo está pensando cometer.

15.           Nosotros vemos la implacable lujuria técnica consecuente con la ignorancia y el patriotismo vacuo de los marines. Los identificamos con la marcha del Poder, del Dominio, y en el fondo confiamos cristianamente en que vaya a alguna parte, con una lógica dialéctica: toda esta cruel actividad, sin verdadera rentabilidad económica, sin verdadera liberación ni nada remotamente parecido a la razón o a un proyecto coherente, por mezquino que sea, no tiene vencedores. Ni siquiera lo son los que toman parte del pasacalles triunfal; no son más que coletazos de la gran bestia.
Como lo inexplicables y ,en último término, suicidas, exterminios nazis, se nos antojan pesadillas de una razón dialéctica: que avanza a base e embestidas contra su irracional negación, producida por su propia paranoia. Pero aún así dando pasas adelante, pese a todo y hasta pese a sí misma.

16.           Quien consigue creerse sus propias acusaciones, quien es víctima de sus propias pesadillas, no actúa “cargado de razón”: se trata que su propia razón, devenida monstruo, casi le exige que su atractiva eficacia, su atroz lujo de detalles, sea llevado a la realidad; que se haga justicia a una idea prácticamente igual de tangible en la atmósfera que casi es un espejismo público. Se trata de algo a hacer de todos modos: no podría tolerarse que se realizara chapucera, descontroladamente lo que ya se concibe, por desgraciadamente que sea, como necesario. Alack Sinner: El hombre que mató a su mujer por llevar a su hija a ver “M, el vampiro de Düsseldorf” ejemplifica la acción del hombre traumatizado por la posibilidad de que algo pueda servir como ejemplo o precedente, y se siente poseído por la responsabilidad de llevar a cabo esa atrocidad, descargando su necesidad de que ocurra de las espaldas de lo demás, tal vez para evitar que ellos carguen sin saber por qué con el correspondiente castigo, acaso porque con ellos como agentes las consecuencias serían peores, tal vez porque se resistieran al castigo al no reconocer la irónica utilidad de su acción.

17.           Los sicópatas estadounidenses, armados hasta los dientes, en inversión de la justificación de la “guerra preventiva”: todos los demás han de estar desarmados, ni uno ha de disponer de una sola de las armas que a nosotros nos sobran.


Qui vote, règne

“Debe, por tanto, un príncipe tener gran cuidado de que no le salga jamás de la boca cosa alguna que no esté llena de las cualidades que acabamos de señalar [clemencia, lealtad, humanidad, integridad y devoción] y ha de parecer, al que lo mira y escucha, todo clemencia, todo fe, todo integridad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria de aparentar que se tiene que esta última cualidad, pues los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos ya que a todos es dado ver, pero palpar a pocos: cada uno ve lo que pareces, pero pocos palpan lo que eres y estos pocos no se atreven a enfrentarse a la opinión de muchos, que además tienen la autoridad del Estado para defenderlos.”[13]

1.    El pacto de circunstancias parte de la premisa de que el aliado siempre se halla en una posición equivocada, hasta tal punto que no hay ni que preocuparse de él: tenemos fe en su perruna lealtad, convencidos de la universal superioridad de nuestros valores y certezas; tarde o temprano sobrevendrá la victoria, en tal forma que nos lo ganará, deslumbrado, y será él quien olvide sus propias ideas para absorbido por las nuestras. Así se nos ahorrará el engorro de tener que traicionarlo, pues ya no tendremos que preocuparnos de anticiparnos a una posible traición por su parte. Al no temer nada de él nos ahorramos tener que considerarlo enemigo. “Un amigo verdadero es el enemigo por el que se teme ser traicionado.”

2.    “Que la gente no se meta donde nadie la llama. Doctores tiene la santa madre Iglesia que os sabrán responder.” La castaña pasa de mano en mano hasta llegar a las instancias superiores, protegidas por el dogma de la infalibilidad –sea el de la seguridad nacional, sea el de la inconmensurable magnitud de los asuntos, fuera del entendimiento de los súbditos- o por ser sólo responsables ante entes que les inspiran tanta admiración como poco temor, tales como son Dios y la Historia. De las altas instancias proviene lo cierto, y los de abajo han de hacer cábalas para que sus razonamientos se ajusten a un final ya dado, como ocurre con la existencia divina, científicamente demostrable incluso para los científicos a los que no les hace falta demostrarla y a los que basta la fe para aceptarla. Por este reflejo tan poco crítico, ningún poder ve en los demás poderes más vicios y delitos que los suyos propios, pues es lo único que se está autorizado a tomar como punto de llegada.

3.    La necesidad de ordenar –solicitada por todos, el corazón en la mano-, admitiendo la violencia y la guerra acallada como algo tanto natural como las peculiaridades del Guadiana. Dictadura y democracia como mero maquillaje, al final son orden forzado y forzoso que se perpetúa, dedicado antes de nada a la creación de las condiciones para su propia preservación y luego consagrarlas mediante leyes, para su conservación automática y que en su defensa sean cómplices, sabiéndolo o no, todos. El Poder no nace de crueles tiranías, de excedentes de fuerza bruta, ni tan siquiera de los beneficios económicos de la invención de la esclavitud; nace en cambio de la aplicación de una violencia metódica –que no de la aplicación metódica de cualquier violencia a una anarquía hobbesiana-, nace de la coerción a fondo perdido. Que además al mirar su obra la encuentre buena, no la concede ningún mérito ni justificación, como tampoco el encontrarla mala, o el no mirarla siquiera, tampoco le supondrían ningún problema de conciencia ni le impedirían repetirse y seguir repitiéndose.
La anarquía controlada es el medio en que nacen y florecen las mafias. El orden natural, tal como se nos vende, es la brutalidad. Civilización es la introducción casi ritual de fuerzas que introduzcan, contra natura, algo de orden, para así encauzar las naturales convulsiones, para que la fuerza bruta no se destruya a sí misma, ni a su obra. Cultura es la simulación de esta o aquella forma de movimiento, la geografía y la historia de la transformación de la violencia en riqueza y nivel de vida.
Asumir es identificarse con el tirano, es estar siempre del lado de todo tirano, para quien todo, bueno o malo, público o privado, ha de ser pagado- Preferiblemente con sangre del pueblo, la más barata. Los súbditos quedan igualados para el poderoso, y éstos aceptan igualarse ante quien sea: la sangre ha de correr, tanto da de quién sea. Todo precisa de su sacrificio: la Razón de Estado es lo primordial, incluido en una época en que hasta los Estados sin Estado se han descargado de la potestad sobre sí mismos, y sin chivo expiatorio no hay penitencia. La voluntad del tirano se confunde con el movimiento de los continentes y la secreta voluntad del pueblo. Todos los pasos adelante, por denostados y execrados que sean a nivel particular, son hitos de un avance del que felicitarse y que ya se documentará, ennobleciéndolos, el pertinente museo o parque temático del futuro cual sea

4.    Si lo que se pretende es conseguir y extender en el tiempo la unaminidad y la concordia, nada es comparable en eficacia a una situación artificial de persecución. La urgencia y la necesidad imponen, en efecto, que las cuestiones “de detalle” sean dejadas de lado, que nadie se desmarque con polémicas y reflexiones que debiliten al conjunto o aumenten el riesgo que ya se corre. No supone autoritarismo entonces la prohibición de las discusiones y el mirar mal toda pluralidad. Toda la culpa recae en última instancia sobre los causantes de la situación. Quien está mandando callar y mira amenazador con un dedo contra los labios a los demás del grupo tal vez sea el mejor de los demócratas o un verdadero libertario.

5.    El argumento del interés de la mayoría se confunde con el capricho de la mayoría.Con dar gusto a lo que quieran los más, que siempre, sin lugar a dudas, en cuanto voz de la masa, será la comodidad y el interés, la irresponsabilidad y la garantía de haberlo dejado todo en buenas manos, tan buenas que se ocupan de que tan poco tengamos que saber que nos libremos hasta del remordimiento.
Se identifica el poder con el brazo armado de la mediocridad, del mínimo común dominador y se le reprocha que no esté dedicado a la ejecución de los deseos de la Mayoría. Es una arma de doble filo ese reprochar al Poder que no haga caso a los deseos del pueblo. Saldrá al paso, con una candidez no del todo impostada, aduciendo conocer perfectamente estos deseos, como volverá a quedar por enésima vez demostrado en cuanto, pasada la polémica, el fútbol vuelva a acaparar el interés.
¿Acaso alguien cree poder mantener una discusión de más alto nivel, en que no tenga que apelar al sentimentalismo y a la piedad a distancia? Es un caso de vacío de argumentos de peso que se presta a ser rellenado por la fe en lo único. El acatamiento de lo evidente, la ilusión de estar eligiendo, cuando sólo se ofrece una cosa, y de que tal elección es libre y meritoria. Elegimos lo necesario, pero también porque casualmente coincidía con lo bueno: era a la vez lo único y lo mejor, y aún así esto basta para hacer que nos creamos mejores que los otros en algunas ocasiones, y cómplices culpables de la mala marcha de las cosas en todas.

6.    Si el Gobierno trabaja para la mayoría, para la masa, bien puede hacer lo que se le antoje mientras prometa salpicar de riqueza al gentío que se agolpa en la plaza, que recibe vitoreante al que desde el balcón distribuye calderilla, y que prometa también que la indignidad también salpicará a todos por igual, incluidos los que no han tenido cabida en la plaza. Porque de toda esta buena gente, ninguno saldrá para disentir cuando llegue el turno de congregarse de nuevo, en esa misma plaza, alrededor de una pira encendida en su centro, cuando llegue el momento de linchar a aquellos cuya maldad sea tan notoria que nadie defenderá el procedimiento sin riesgo a ser él también pasto de las llamas.

7.    El sí a todo, ligando solapadamente la evidencia de los valores incuestionables para la población con la necesidad de la guerra o de lo que toque. Implicando que decir NO a una cosa es decirlo a todas. Que induce una desestabilización en cadena. El Imperio es el Destino, un poder absoluto de cumplimiento inmanente, que hace trivial toda libertad, toda división. El poder, que siempre vence, siempre es preferible al desorden, incapaz de restituir a corto plazo un status quo que, a pesar –o gracias a- todos los sacrificios, componga una nueva normalidad. Los editorialistas de los diarios hacen por ello apología del Poder Supremo, siempre, a pesar de supuestas diferencias de enfoque: planes a largo plazo, dictados por el sentido común, o a corto, siempre más demagógicos y populares.
Más, si este cumplimiento es tan seguro, ¿a qué tanto miedo a la disensión, si la llegada del Reino está tan cercana; a qué tanto miedo al caos si el Poder es tan fuerte; a qué tanto hablar para semanas y meses, cuando se da por hecho que con la solución, nos daremos de narices mañana al despertar, como caída del cielo, como si llevara allí desde siempre? ¿De verdad se trata de inquietud por las conciencias de los inquietos, de compasión hacia los apasionados? ¿Por qué de repente se estima necesario manifestar la adhesión a lo evidente? “Porque hay mucha negación por ahí suelta -ésa es la respuesta automática-, se ha puesto de moda recrearse en la negación.” Pero es arriesgado identificar el NO a la guerra supone un NO al medio ambiente, el empleo, la seguridad, etcétera; pues, identifica asimismo el SÍ a todo con el Sí a la guerra.

8.    “A esto se le llama repartir la culpabilidad, que es una de las técnicas más eficaces a la hora de dotar de cohesión y estabilidad a una sociedad. Algunos mensajes, en un país moderno, hay que transmitirlos, pero por lo bajinis. Sólo los ultraderechistas y tatarabuelos pueden decir abiertamente que o petróleo o nada, que no hay seguridad sin injusticia y que vale ya de joder con la pancarta, que lo vuestro no es más que un ñoño escrúpulo y que en el fondo estamos todos encantados de que todo sea así y que así siga por los siglos de los siglos.”)
 El conservadurismo se podría definir como la transformación del fatalismo en la venta de planes de pensiones; como la convicción de que todo avance se cobra un tributo en dolor y vidas, seguramente calculado de antemano por instancias sobrehumanas, y que más vale pagar sin entrar en detalles.

9.    En nada hay una negatividad más absoluta que en la aceptación cegata de un destino que reduce al ser humano al cero absoluto para enaltecer los burdos conceptos de una ideología que ojalá estuviera pudriéndose con aquél en el Valle de los Caídos. El conformismo oculta el mundo en que se vive; es producto del miedo. Tras el rotundo NO de la gente no sólo hay un NO a la guerra: hay un gran NO a prácticamente TODO. Que se vayan todos,/ que se vayan todos;/ que cuando se hayan ido todos/ podremos irnos nosotros también.


Spanien über alles!

“Un príncipe de nuestros días, al cual no es correcto nombrar aquí, no predica jamás otra cosa que paz y lealtad, pero de la una y de la otra es hostilísimo enemigo y de haber observado la una y la otra, hubiera perdido en más de una ocasión o la reputación o el Estado.”[14]

1.    La antigua maldición “ojalá vivas tiempos interesantes” podría ser actualizada de esta manera: “ojalá conozcas de primera mano a los protagonistas de los libros de Historia.”

2.    Se trabaja por la Paz, y no hay ninguna que valga la pena si no tiene detrás un buen botín de guerra.
”La Paz es peor para las almas que la guerra”, decía un canalla que preferiría que los paganos no llegaran a nacer con tal de ahorrarles el peligro de ir al infierno, y de escandalizar, en vida ,al Señor cometiendo pecados. También hay quienes, si fuera posible materializar el promedio de dolor o muerte de cada fin de semana en las carreteras, por puro exceso de celo cogerían al azar una cantidad equivalente de ciudadanos y en sus laboratorios los someterían a ese mismo dolor o muerte con la idea de que así se ha pagado el necesario tributo periódico, y qué mejor que hacerlo en condiciones óptimas de higiene, discreción y auxilio espiritual, eximiendo así a esa gente del trance de morir solos, desaprovechadamente, y tal vez con una blasfemia en los labios.
 Del mismo modo que la ejecución de una selección del pelotón de prisioneros –unos tantos al azar, a ojo, o uno de cada cuanta hasta diez- sirve para repartir el castigo preventivamente, de la forma más descarada y funcional, sin preocuparse de si se elimina a los peligrosos o no, las muertes, vistas como cantidad, como porcentaje, son consumadas con orden y rapidez. Lo mismo puede decirse de los bombardeos, repartidos como la sal en un pambolí. Pues corresponde a unos pueblos despersonalizados y enteramente reducidos a blanco estadístico que el tonelaje de explosivos lanzados se corresponda a una cretina distribución estadística del miedo y del castigo.

3.    Morir con causa es mejor que morir sin ella: si la causa es justa se va al Cielo, pues en las trincheras, nos han informado algunos santos que vieron por la televisión las mismas guerras que nosotros, no hay tiempo para pecar. Hay quien llega a añadir: “ la guerra mata menos que la paz,” refiriéndose a las enfermedades venéreas, el vicio, la lujuria. No al tráfico ni al envenenamiento industrial ni a los accidentes laborales, como podría pensarse. Como la guerra, eso queda en el campo de los tributos.
Otra frase, el comentario de que el tráfico mata más que el terrorismo: habría querido sacar a la luz la trampa de la indignación, cómplice tanto de lo que condena como de lo que acepta como lo más natural del mundo moderno. Los crímenes carentes de culpable –aunque tal vez solo lo sea porque quienes los cometen no tengan pinta de ello, no desarrollaron rasgos de carne de presidio ya en el útero de su sin duda presidiaria madre- se integran en el orden normal de las cosas, respecto al cual el terrorismo es una aberración, que por lo demás confirma la regla. No hay de qué escandalizarse si todos los fenómenos son el mismo. Pero ¿qué ocurre cuando esta fresa deja de ser una intempestiva, cuando un ejecutivo del Poder la incluye en la nueva edición del manual, dando las gracias al pensador por haber dejado tan bien dicha la idea a la que los propios del gremio tantas y tantas vueltas habían dado con menos lucimiento? Pues de los labios de los que Gobiernan, aunque es de los últimos de los que se esperaría oírla, no es más que una perogrullada de cantidad informativa nula. Para ellos siempre ha dado tanto una muerte como la otra. Aprendieron el primer día a contabilizarlas en sus saldos particulares; ambas son aceptadas como parte del proceso de manejo y gestión de la masa. Ni siquiera era una ingeniosa paradoja, pues, sino una hoja del manual de uso, sólo que leída a trasluz.

4.    No dejamos de estarle haciendo el juego al enemigo al luchar con sus propias armas. Protestar ante la Delegación del Gobierno implica el reconocimiento de que sería de esperar que alguna vez saliese otra cosa de entre esos muros; que invocar, exigir e insultar al Gobierno para que mire abajo implica no sólo que está arriba, sin oque se le reconoce capaz de interceder ante los que a su vez tiene sobre él, a poco que quiera y ponga de su parte.
La elevación de protestas ante las más remotas instancias de justicia internacional implica la fe en que éstas puedan hacer bien alguna vez las cosas. ¿O tal vez se les pide algo porque lo exigido es esta vez una negación: que por una vez no se haga, que no se deje hacer, que se priven las más altas instancias, por una vez, de ser lo que son?
Damos a entender que creemos que ellos saben lo que hacen y que están al corriente de lo que se hace, que no sienten una simpatía natural por toda agitación que haga oportuno arrojar una gruesa capa de aceite para que el movimiento apenas se note en la superficie. ¿Dejar que florezcan 100 flores? Esto es lo que piensan los sectores reaccionarios de todo el mundo. Pero la negación se trata de algo común y no grave, no punible oficialmente; y a la vez se trata de una oposición fundamental: demasiada gente ha expresado su disconformidad con todo cuando se ha quejado de que no se respeten ni las apariencias más elementales porque se deja ver todo lo que hay detrás, y lo que se ve sólo satisface a los tontos. ¿Para qué puede ser tan relevante autorizar democráticamente una masacre? En cuanto alguien habla en esos términos se está poniendo del lado de la Divinidad, sea cual sea el ídolo tras el cual la esconda.

5.    Se actúa, lloronamente, como quien lleva la última cena al condenado, o le ofrece la confesión y los últimos sacramentos, pero acatando la marcha de la justicia y lo inapelable de la condena. La protesta también es más que un cierto intento de salvar la cara. No se trata de estar al lado del verdugo dándole consejos y recomendándole un confesor o un psicoanalista, participando en el rito al fin y al cabo pero de forma que resulte equívoca en la foto. No se trata de distanciarse cómodamente, permitiendo que todo siga como interesa, pero a salvo de un excesivo y contraproducente remordimiento. Se trata también de salvar al verdugo. La oposición a estar del lado de los fuertes una vez más lleva a la petición, absurda pero seria por lo que pone de manifiesto, hecha a los fuertes de que por una vez dejen de ejercer como tales y que, considerando el perdón, decidan, por tanto, comenzar a dejar de serlo. Tenemos entonces la negativa global a seguir participando en la tramposa dicotomía que impone elegir entre ser socios solidarios con el vencedor o con el vencido, estar con el justo o con el culpable.

6.    Hemos picado alegremente el anzuelo en nuestro intento de salvar la cara ante nosotros mismos. Con nuestros cánticos y rezos callejeros no hacemos sino trabajar en pro de la fe; no hacemos otra cosa que dotar de mayor corporeidad al Dios de los Estados, y dar aún más la razón a quienes obran por encargo suyo, ya que su Dios y el nuestro son el mismo y nunca el de los otros, los perdedores.
Hacemos bueno el voto del Congreso de Seguridad, de la ONU, de la CEE y de todas las demás instancias que el resto del tiempo sabemos perfectamente que siempre trabajan en nuestra contra y que no puede esperarse de ellas otra cosa.
Nos hemos apuntado al debate desde la calle, hemos gritado hasta que en la tertulia televisiva han llegado a decir que el griterío penetraba en el plató, y como buenos participantes de tertulia, hemos actuado adecuadamente al papel que se nos acababa de conceder, conformándonos a él de forma espontánea y automática.

7.    Resulta una prueba de la enorme ceguera reaccionaria de los poderosos, de su relación exclusivamente policial y explotadora con el resto del mundo, que sólo sepan revolverse con rudeza y agresividad incluso contra quienes en el fondo les piden eficacia y seriedad, contra quienes les dan las ideas y la orientación y les dicen qué deberían hacer para que todo siguiera igual pero manteniéndoles contentos e ilusionados; que en el fondo no es tanto, que es de sentido común y será el discurso que se acabará por asumir tarde o temprano.

8.   El gobierno estadounidense sabe que no hay autoridad válida sin fuerza amenazando por detrás. Por lo tanto, sólo se reconoce responsable ante la Justicia Divina. Eso sí, se ahorra la blasfemia, poco rentable a pesar de lo justificada que pueda estar, de identificarse con ella: sabe que al final el Papa y todos los papas y todas las instancias de la tierra se pondrán de su parte siguiendo a Dios, que siempre está del lado del más fuerte. Ser el más fuerte siempre es la señal inequívoca de ser el elegido de Dios.
No se dispone de autoridad cuando no se tiene capacidad de castigo, y aquí quien tiene la sartén por el mango es, en todas circunstancias, juez y parte. Por eso no lo ve como una trampa a su favor, sino como un pluriempleo. Así que determinadas acciones –tales como la experimentación y demostración de la eficacia de los nuevos armamentos en oferta- no son oportunismo ni corrupción, sino un justo cobro.

9.   Lo que se pena al castigar el crimen no es el agravio hecho a la víctima –pues el castigo no va a conseguir que se vuelva a la situación en que se estaría si tal agravio nunca hubiese sido hecho-; tampoco es venganza: lo que se pena es el acto antisocial, el desacato a las normas fijadas en una sociedad para que sobreviva tal cual está. No se castiga tanto el daño hecho al particular cuanto el desafío al código. Y no hay código que merezca tanto respeto como la Constitución de los EE.UU. Los derechos observados en ella son los verdaderos Derechos del Hombre: evidentes, incuestionables, innatos, definitorios de lo que es humano y lo que no. El destino humano es dirigirse a un orden social afín al estadounidense, por lo menos en apariencia, y cualquier otro orden es o bien un estado transitorio o bien una aberración a eliminar.
Esto no significa que la humanidad entera goce de los derechos y respaldos legales de que dispone un ciudadano yanqui. Ya vemos que eso no es decir mucho ni en su propia casa. Implica, en cambio, que la realización de las posibilidades humanas apunta a los EE.UU., que el progreso histórico, tanto en lo material como en lo ideológico, tiene como meta a los USA y que allá habrá de detenerse. Todo el mundo queda bajo la jurisdicción del padre y ejemplo.
The world’s vanguard democracy no significa “la vanguardia de la democracia”, sino “la democracia en vanguardia”. Es decir, la que va al frente, la que abre camino a las demás: la que impone a toda democracia que se precie de serlo ir tras ella, siguiendo sus pasos. Se trata de un matiz no carente de importancia, porque es la diferencia entre ser una parte –por importante que sea- y serlo todo.

10.          El gobierno estadounidense sólo responde ante sí. No necesitaba consenso ni permiso, y no sé hasta qué punto necesitaba que nadie se subiera a su carro. La prensa internacional y la propaganda oficial de la Casa Blanca dan la misma importancia al papel de España en esta masacre: cero. Los “denonados esfuerzos diplomáticos” de Aznar, no fueron más que un patético paripé para salvar la cara ante sí mismo, para olvidar los malos ratos que supongo debió pasar durante sus conversaciones en la cumbre, al comprobar que sólo se le requería para que prestase su más pasiva complicidad en acciones terroristas, y para nada, nada más.

11.          “Eso no lo puede hacer usted en Irak... porque allí le mataban.” Ésa es la única diferencia. Pues en ninguno de los casos se deja hablar. No hay más matiz que la pena de muerte. Tanto quien habla como quien le expulsa del acto de aclamación son irresponsables: diga lo que diga uno, haga lo que haga el otro, las consecuencias serán mínimas, absorbidas en el flujo del discurso realista. Las palizas suministradas a los manifestantes son todo un símbolo, igual que la blande represión –represión al fin y al cabo- a cualquiera que levante la voz y agüe la fiesta en que todos comulgan compartiendo su aquiescencia masturbatoriamente. Se trata de violencia menor, pero no despreciable sólo porque cuantitativamente no llame la atención de aquellos que sabrían cómo justificarla de todos modos: será más larvada que claramente amenazante, pero se presenta en la calle de repente como hecho que se basta a sí mismo, a la busca de su oportunidad. Violencia que aparece de repente como necesaria, indiscriminada y convencida de quedar impune: como la de la guerra. Diferencia cuantitativa, pues: si las vidas de los iraquíes no cuentan, aquí tampoco cuenta la voluntad, ni la palabra, y por eso puede dejarse marchar viva a la gente. No porque ley alguna suponga un freno, sino porque no se considera necesario llegar más lejos.

12.          Los contrincantes –siempre “gente con la conciencia extremadamente tranquila”- carecen hasta tal punto de conciencia crítica que sólo ven en el oponente el reflejo de los propios gestos y nada más que eso. Aunque lo que a ellos les oculta su cortedad puede serles tan evidente útil que los demás queden boquiabiertos de asombro, buscándose formas de explicar lo que ocurre: oscuros propósitos, indirectas estrategias; casi da ganas de llamarles la atención y avisarles con pancartas desde la calle de que no desperdicien la oportunidad que se les ofrece, pues eso supondría una ofensa a nuestro sentido de la eficacia, que también es la religión de los que protestan.

13.          El mismo sonambulismo a la hora de decidir: como sin acicate económico directo los considerandos fueran impenetrables. Una doble falta, pueril, de conciencia, tanto a nivel cognoscitivo como ético: pues tanto se evita la ocasión de reflexionar objetivamente sobre la propia acción (a esto ayuda mantenerse uno mismo desinformado) como se antepone, s la duda y el libre examen, la conveniencia táctica y la obediencia interesada. Estas acciones se dejan en manos de otros: de la oposición, de los ciudadanos, de los tertulianos; que se tomen ellos la molestia de indicar lo que está bien o mal, de señalar de qué habría que tener remordimientos, dónde habría que introducir matices para guardar las apariencias.
Presentar leyes viciadas, prohibitivas y represivas hasta el punto que penalizarían toda actividad humana para que sean las objeciones ajenas las que las hagan presentables y las preparen para su aprobación. Leyes que luego quedan, al fin y al cabo, como espadas de Damocles aunque los demás hayan añadido hilos y más hilos de sujeción al primero. Se actúa con el mínimo interés por las consecuencias de lo que se decide y por la coherencia legal básica, aunque sea según el criterio de la más chata funcionalidad- de l oque se promulga. El oponente, sin recursos, sin diálogo, es el que debe hacer el trabajo de oficina proponiendo reformas y matices, indicando dónde choca objetivamente lo que se hace con la ley. ¡Que presente directrices él, que haga, por una vez, crítica constructiva! Que diga él lo que haría si tuviera lo que se le niega. Y se presenta como una acción astuta e inteligente ese “dejar al oponente que nos diga lo que debemos hacer, que nos marque el paso.”

14.          El señor Bush ya era verdugo antes de ser presidente. Para él, esta campaña es una ejecución más, aquí no hay más que una aplicación del derecho penal estadounidense, siendo él el juez y el ejecutor. No necesita a nadie más, no necesita tribunal, porque la sentencia está más que dictada; sólo quiere testigos, médicos y periodistas que miren desde el otro lado de la mampara certificando que la ejecución fue limpia y eficiente — una ejecución como es debido. Que la ley pesa, y si tiene peso, si aplasta, es ley.Es la fuerza la que hace la justicia, y no al revés. El justo es el que gana, es el más fuerte. El que ajusticia es siempre el bueno. No quiero entrar a discutir los argumentos que han dado pie a este ataque, porque no son ellos el punto de partida, sino una excusa.

15.          Cuando nada tiene que temer uno de los que se enfrentan, nada más inteligente que unirse a uno de ellos, pues contribuyes a la ruina de uno con la ayuda de quien le debería salvar si fuera sabio[15] y sin arriesgar nada en absoluto. Es una apuesta ganadora.

16.          (Seamos literales) Cuanto más se quiere la Paz, más razones hay para guerrear. Explicarlo todo en términos de ambición, geopolítica, feria de armamentos, petróleo o lucro personal no es más que dar pistas falsas. Todo ello encuentra sobrado apoyo, porque todo eso es parte de lo mismo, de una realidad superior que va más allá. Como sigamos intentando encajarlo todo en las categorías de siempre nos vamos a perder la ocasión de apreciar la ceremonia de investidura de lo que era una ideología, el Democristianismo, en la religión única, eterna y verdadera de este siglo y los que vengan, y en defensa de Cuya sagrada trinidad —Democracia, Economía e Historia— cortará todas las cabezas que haga falta, en defensa de Cuya exclusiva mundial prenderá todas las hogueras necesarias. La guerra santa de la que hablan allá lejos es un triste simulacro; jihad sólo hay una, ésta. De guerra tiene poco, pero seguro que es santa.

17.           Un Gobierno es legitimado cada vez que alguien —sobre todo si no es un profesional del gobierno— se lo toma en serio y basa su crítica en la premisa de que quienes administran la república son adultos, libres y responsables. Es más: también puede aducirse que quienes usan las herramientas propias de aquellos a quienes critican nunca irán más allá de reforzar a éstos y a sus herramientas, además del servicio que puedan hacerles, de forma más inmediata, dándoles pistas para que sepan las matizaciones que han de introducir en sus acciones para que, como con azúcar, pasen mejor. Pero aquí no hay tiempo para sutilezas, como las de uno sólo de los premiados, que se atrevió a decir que el no decía “no” a la guerra, sino “guerra a la guerra”. Un sofista de esos que cuando, de repente, entran en el debate diciendo “¿y por qué tengo que decirte sí o no? ¿Por qué me obligas a posicionarme en un grupo o en otro, cuando sé perfectamente, como los amos del juego sabéis, que escoja lo que escoja, contigo o contra ti, pierdo?”

18.          Más importante que el momento de libertad protagonizado por los actores, resulta la sacudida que ha dado el poder, que han dado todos los poderes, a este hecho trivial, que en otro tiempo hubiera sido asimilado. “Son así, déjalos, que a costa de darles un poco de manga ancha luego saben entretenernos.” La ideología de lista cerrada se ha extendido hasta el punto que todo rastro de inteligencia crítica ha sido extirpado de cualquier institución en manos de un partido. El autobombo, la autopromoción, no son sólo la actividad fundamental de los organismos públicos de la era del liberalismo integrista: es que tales organismos, cuando están en manos estúpidas, no dan para más. Lo grave es desentonar y llamar la atención, y no corear y aplaudir en juvenil consenso cada linchamiento.

19.          “Las crecientes facilidades de los métodos de gobierno democrático-espectacular y el uso excesivo que se ha hecho de ellos ha entrañado la fulminante atrofia del sentido estratégico entre quienes reinan en estas condiciones.”[16] Un mundo democrático de votación indirecta, embrionaria: conforme a la interpretación que los inversores hagan del dictamen de los expertos sobre las opiniones de una fracción significativa del censo. Se estará gobernado conforme a sondeos, votaciones telefónicas (de pago), mensajes SMS, encuestas en sitios web y sondeos realizados por expertos sobre un reducido pero solvente universo. Además por audímetros que nos indiquen el interés con que se ha recibido la intervención televisiva del Líder. Las leyes podrán ser elaboradas por consulta pública: será tan fácil intervenir desde la comodidad de nuestros hogares en los asuntos políticos que nadie se negará a poner su granito de arena, nadie se molestará en poner impedimentos a su buena voluntad, de lo inmediata que verá la satisfacción vicaria de sus inquietudes.
 La responsabilidad –y la impunidad del gobernante y sus ejecutores- se reparte entre los hogares de gente sin voz ni voto ni compromiso ante sí mismos, gente cuyo derecho político se reduce a la prestación de respaldo a través de incontables mediaciones e interpretaciones, siempre a distancia, sin ocasión de articular su postura ni ante sí misma. Los efectos de sus derechos políticos serán parte del espectáculo enviado a cada ciudadano a diario; y guardarán la misma relación con sus actos –y con los actos que se dice hacer en su nombre- como la muerte vista en directo por televisión de aquellos que encerrados en casa permanecen pegados a la pantalla intentando que en algún canal extranjero se les explique quién y por qué arroja las bombas. Tampoco la percepción de los presuntos conductores de las acciones políticas dispondrá de mayor certeza: también ésta se verá afectada por esta incertidumbre, esta dependencia de un público intangible, idiota e individual y masivamente todopoderoso, de atención volátil y caprichos impredecibles, que necesita que se cebe constantemente su ego mezquino y borrego, a la vez que demanda el permanente halago de su amor propio.
En esta dialéctica sin amo ni esclavo están incrustadas las figuras de miles de profesiones oraculares, las voces de incontables intérpretes de los deseos reprimidos de los anunciantes, la aprensión de los patrocinadores, el descontento de los accionistas; ni uno solo de ellos más a salvo de la ilusión que los demás. La Bolsa de la intención y la psicología barata. No puede hablarse de medios de comunicación ni de información; ni de formación ni de incomunicación siquiera: sólo puede hablarse de medios de mediación.

20.          La democracia consiste en la posibilidad de elegir entre formar parte del Despreciable (ejerciendo la democracia de la aclamación a quien toque, diga lo que diga, sólo porque es nuestro elegido) o engrosar la Mayoría Silenciosa (gente tímida, confiada, sencilla, cuyo voto no emitido pueden sumar sin recato a los suyos los conservadores). ¿Puede llamarse democracia a una situación en que ni los congresistas pueden votar? ¿O presidente democrático a quien, remitiéndose únicamente a Dios y la Historia, deja claro que no es igual ante nadie, que no piensa responder ante los hombres? Las presiones no sólo afectan a otros organismos, a otros países, para influir en su voto: a nivel doméstico, disentir en el menor de los grados supone la brusca interrupción de la carrera política elegida como profesión, y quién sabe qué otras represalias. El partido ganador, concebido desde su propia esencia como empresa, sólo piensa en actuar para su perpetuación y ampliación, todos los miembros nos son sino trabajadores repartidos en la jerarquía que se desviven por satisfacer al jefe de la empresa. No nos lamentaremos por ver hundirse la carrera de ningún profesional de la cosa pública. En ninguna parte se ve otra cosa que caciquismo, que votos individuales con valores dispares: a veces un voto vale más que trece, a veces dos más que doce. La discusión está tan ausente en el seno de cada grupo como entre éstos. Cualquiera que levante la voz es expulsado a palos o se le abre un expediente disciplinario. Nadie se plantea hacer llegar su opinión al líder, pero lo cierto es que el Líder habla no sólo para no oír: también lo hace para que los demás no se oigan entre ellos. No hay ningún cargo que, en cuanto ha motivado la mudanza familiar y la compra de una nueva vivienda, en cuanto ha dotado de empleo a unos cuantos empleados del hogar, no sea una forma decente de ganarse la vida; una actividad a proteger, legitimar y volver permanente.

21.          ¿Qué votaciones hay que no intenten todos que se celebren en condiciones tales que el resultado no pueda ser otro que el prefijado, como en los refrendos de las dictaduras? Y el recurso declarado a las votaciones bajo presión, legitimada cuando la fuerza del que la ejerce es incontestable. A despecho de la concurrencia de circunstancias –o a su premeditada producción- que habrían de quitar toda validez al resultado, éste es aceptado mientras sea natural, el que iba a producirse de todos modos. No siendo consciente de estar respaldado por la coacción, no hay por qué responsabilizarse de ella: no tiene efecto sobre lo que uno hace, no beneficia ni perjudica, convencido como se está de triunfar de todos modos, de que aquellos a quienes afecta esa desdichada circunstancia en el fondo o iban a votar a favor o no iban a aportar nada en absoluto; que su voto era de todos modos nulo incluso cuando se produce en condiciones óptimas.
 Siempre con cuidado de conservar guardado en la manga el as con que impugnar el resultado de la votación que uno mismo ha convocado en el raro caso de que, “por problemas técnicos”, se diera alguna sorpresa, “un error en el sistema de recuento.” Incluso se llega a decir abiertamente que la razón del sorprendente resultado es que ciertas personas han sido tan imbéciles que han votado lo contrario de lo que se proponían, y éstas lo reconocen abiertamente, como servicio al partido: si por una vez han roto la piña no es porque esto sea pensable, es porque son unos redomados gilipollas, sin que esto vaya en detrimento de su fidelidad al partido ni de su capacidad como representantes del pueblo.
 Las listas cerradas suponen la aceptación incondicional de bloques per se –y sobre todo en pro del triunfo indirecto del líder carismático- y a conseguir la mayor masa específica del bloque se subordinan todas las demás consideraciones: se mantienen cerradas durante todo momento de la legislatura, de forma que quien tenga mayoría absoluta o trame pactos eficaces podrá obrar en calidad de dictador de facto, dictador forzado a correr hacia adelante desde el primer momento y a regirse por consideraciones industriales, de inversión con votos e intenciones, si es que quiere perpetuarse; un dictador que actúa con plena irresponsabilidad, que empieza todo de forma que a los que vengan tras él no les quede más remedio que llevar a término sus embrollos.
La gestión como empresa de la nación: que se vea como lo más natural que todas las acciones sean en última instancia, y el motivo transpirando en todas ellas, la siembra en pro de la perpetuación de la propia gestión, exclusivamente orientada al beneficio de sí misma –a veces ni siquiera lucrativo- sin la menor posibilidad de hacer algo que no sirviera. Se acepta con pleno cinismo que quienes han sido elegidos, una vez en el cargo demuestren absoluta incompetencia y desinterés en lo que no revierta en ellos mismos o en su reelección. Como si aparentar haber estado avisado de antemano borrara el ridículo, como si esta vez uno hubiera fingido delante que se dejaba engañar.
¿Qué distingue esto de un dictador con una visión mesiánica de sí mismo? ¿Qué separa del tirano posesor de la fórmula mágica para el equilibrio y la resurrección de la nación del dictador a plazo que se vea como bueno, justo e infalible, y que piense que ningún mal es comparable al que supondría la interrupción de su obra antes de su consumación?

22.          Toda intervención no programada supone una grave violación de una norma a poco de ser ley: toda disonancia es un boicot “totalitario y nazi.” Romper el buen rollo es un “acto de vandalismo” tal que a buen seguro será pronto contemplado en algún código. Todas las infracciones son delitos, todos los delitos son terrorismos, y todo terrorismo es el mismo: toda negación es una, porque toda la afirmación es universal, aceptación plena, mirada alegre y repeinados todos cara al sol del progreso.

23.          “Lo único malo de las guerras es perderlas.” No cuesta imaginar que para muchos de los que ejercen el Dominio lo único malo del fascismo es ser la ideología de los que perdieron. Y que únicamente lamenten del franquismo el que tuviera que terminar. Pero si se reabriera la Historia y l oque se consideraba una guerra perdida se considerase una simple batalla, ¿cuántos no sacarían sus brazaletes, insignias y banderas del cajón, haciendo caso omiso del asesor de imagen, que insiste, en vano, que no conviene comprometerse hasta que no se pise sobre seguro, ya que en tanto da lo mismo ir uniformado de una manera que de otra?


Educar hasta que duela la mano

Quien castiga primero, precavido, estará contento de castigar otra vez, obligado. Primero fue por presciencia, después como justo castigo a quien no supo sacar el adecuado provecho del aviso que en sus carnes le fue aplicado.

1.    La discrecionalidad de la actividad policial confiere una capacidad de actuar de forma preventiva, anticipatoria, anticipada a lo que va a suceder de todos modos, castigando de antemano lo que aún no se ha tipificado como delito pero seguramente lo será, aplicándose siempre sobre los huesos de los que siempre, por su puro estar allí ocasionando esa situación, se han hecho merecedor del castigo. Preventivo: en su acepción anglosajona significaría más bien “abortivo”. Una acción preventiva castiga lo que no llegará a suceder. En castellano, el término hace referencia a una acción anticipatoria: castiga lo que va a suceder y prepara el camino para que cuando suceda, la maquinaria esté a punto.

2.    La actuación policial no es punitiva, pues no hay una falta que bien determinada, enjuiciada, a la que se le aplique el regulado castigo, proporcionado y justificado de cara sobre todo a aquel a quien se le aplica. No, pues no precisa la comisión de esa falta, no necesita que llegue a producirse: improvisa su propia precaución y medida anticipatoria para comodidad de todos y para mayor eficacia del proceso, con un criterio sobre todo funcional, propenso a ver la sociedad como campo de animales necesitados de presión.
La funcionalidad judicial es inseparable del afán de control anticipatorio, burocrático, que anhela la estabilidad social. La funcionalidad social per se siempre amenaza con irse de mano, con llegar a ser un fin en sí misma. Eso de que la gente tenga tantos derechos es un engorro y una merma para la eficacia de las instituciones, que viene a redundar en los bolsillos de los detentadores de tales derechos. Ni siquiera los empleados de tales instituciones debieran tener derecho alguno.

3.    De nuevo, la ocasional corrupción o el puntual abuso de poder quedan cortos como evidencia de la perversidad de la violencia policial: el aparato sólo conoce el inconveniente de ser utilizado inapropiadamente: la maldad no es esencial en él. Sólo hay que cambiar de usuario y usado periódicamente, incluso mediante revoluciones, pero siempre dejando el método intocado.


Limpia, duradera, selectiva

No parece cierto que las religiones se dirijan al proselitismo universal. Sin enemigos no tendrían de dónde sacar fuerzas. Su fe es la certeza de la inutilidad de su misión ecuménica. La eterna competencia mutua las mantendrá en activo indefinidamente, a despecho de la supervivencia de los practicantes. Prueba que no puede haber Paz sin Guerra que la preceda ni sin otra que subyazca bajo ella. Incluso tras veinticinco años de paz había que seguir inventándose conspiraciones, conjuras y enemigos.

“La verdad es que, al término de la Segunda Guerra Mundial, era de dominio público que los avances técnicos en materia de instrumentos de violencia habían hecho inevitable la adopción de las “guerras criminales.” Las distinciones entre soldados y civiles, ejército y población civil, objetivos militares y ciudades abiertas, en que la Convención de La Haya basaba las definiciones de crímenes de guerra había quedado anticuada a causa de aquellos adelantos. En consecuencia se consideró que, en las presentes circunstancias, crímenes de guerra eran solamente aquellos ajenos a todo género de necesidades militares, en los que cabía demostrar la existencia de un deliberado ánimo de actuación inhumana.”[17]

1.    Toda guerra actual es guerra civil. Los malos (los débiles: los que pierden) son terroristas; los buenos (los fuertes, los victoriosos, aquellos a los que toda situación acaba beneficiando en última instancia), aquellos que nunca serán derrotados, actúan como policía.
No hay prueba del algodón que valga a la hora de distinguir malos de buenos. Al final todos tienen cuantas con todos, sea cual sea el bando. Es la situación la que impone situarse con unos y contra los otros. Y hasta se puede actuar con nihilismo anticipatorio, sabiendo que tan malo será al final posicionarse aquí o allá, pero que también permaneciendo al margen se prestará servicio: como blanco de tiro, víctima, o como rehén rescatado por todos, por la gracia de todos.

2.    En cuanto se pierde la iniciativa militar y el peso político (y la autoridad civil) en el propio territorio, se deja de ser defensor y detentador de las instituciones. Se es tan solo una fuerza ocupante y, al final, nada más que un invasor expulsado. Lo cierto es que en cuanto un Gobierno queda deslegitimado, sus partidarios pasan “a la clandestinidad.” Toda resistencia se convierte desde entonces en terrorismo cuando la agresión es pacificación y creación de un nuevo orden. El bando deslegitimado ya no puede resultar un interlocutor válido de vistas a la negociación, carente de autoridad entre amigos y ante el enemigo, quien no reconoce más legalidad permanente que la suya. Para él, toda institución puede convertirse en un organismo terrorista mediante un rápido golpe de pluma.
El cacareado combate honorable resulta imposible desde que la lucha se realiza a diestro y siniestro, alcanzando a amigos y enemigos, contra entelequias, y a distancia e incluso por poderes. ¿Acaso sólo existió el combate decente –“viril”- en el reto con armas iguales y a cara descubierta? La igualdad de condiciones nunca se dio. La técnica siempre ha sido desarrollada para aumentar la distancia entre los combatientes, para asegurar que uno sería capaz de cobrarse la vida de más de uno, para hacer en extremo falso el dicho de que “nadie es más que nadie.”

3.    Todo lo que no sea una noble guerra de frentes puede presentarse al público como terrorismo al por mayor, cuando es la absoluta desigualdad –en que se basa la misma decisión de entrar en guerra- lo que impide la estabilización de las líneas. Éstas tampoco es que nunca hayan sido las depositarias de la legitimidad por las que ahora, como por rebote de un ñoño simbolismo cinematográfico, se las pretende hacer pasar, como si la causa de la batalla quedara esclarecida por la conquista sacrificada de cada palmo de terreno, identificada con la idea romántica de la defensa de un derecho para los que las aguantan y la reivindicación de lo propio para los que avanzan. Siempre fueron, en cambio, posiciones fijadas por el martilleo de las artilleríasy los aviones, donde los hombres perecen y son reemplazados automática, percentualmente, como a causa del roce con una maquinaria en funcionamiento y nada más, sin carga de culpa alguna para nadie, salvo como retórica con que rellenar papeles y sentencias de muerte a los cobardes y los desertores.

4.    El margen humano del papanatismo parece estrechísimo: como si la historia fuera un movimiento ondulatorio de amplitud limitada por Auschwitz por arriba y por abajo, y nosotros zumboneando por el medio de este espacio, estrecho como un tubo, creyéndolo sin embargo infinito y lleno de posibilidades.
¿Por qué siempre nos vuelve a la cabeza la imagen de los campos de exterminio nazis, a pesar de todas las posteriormente acuñadas que podrían competir de sobras con ella? Tal vez porque nunca se verá una expresión más clara de la más extrema abyección concebible: la suma indignidad funcionarial de los verdugos, cuyo celo y amor al trabajo bien hecho y a la obediencia les lleva más allá de las habituales deportaciones y rituales masacres de la historia europea. En lo que esto se aparta de los tradicionales escarmientos colectivos es en que se llegue al punto de pretender que los muertos han de amortizar su propia muerte. No sólo sirven de materia prima para el acto estético sumo de su muerte organizada y burocrática: también han de servir de materia prima para todo lo conducente a su asesinato: cavando sus propias fosas, manejando ellos mismos los hornos, paleando las cenizas, cargando y descargando los vagones, produciendo, ya sea como esclavos o en forma de abono, jabón o mantas, el dinero que compense los gastos incurridos por el Estado en toda la operación. Si habitualmente el escenario, la herramienta, la cárcel, el confesor, la última cena y la guillotina la ponían los asesinos, a partir de Auschwitz se exige una mínima compensación simbólica, por las molestias que la víctima origina al universo. A partir de entonces, la guerra ya no es de expolio e invasión: también puede ser efectuada, por los países más religiosos del mundo, sin otro objeto que manifestar las condiciones lógicas del Dominio. Auschwitz no marca un límite, sino un principio, a partir del cual se asume como parte de la lógica de la explotación –en la que queda subsumida todo lo relacionado con el arte de la guerra, igual que lo ha sido todo conocimiento científico y toda actividad técnica y estética- que los muertos paguen su propia matanza y que nada quede exento de ser reclamado y empleado como botín de guerra por los vencedores.
En los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el hecho del Exterminio era dejado de lado frente a la crítica a la política imperial fascista y la represión en las diferentes naciones, y la limpieza étnica no suponía la mayor maldad del nazismo, sino la más clara expresión de su degradación política, militar y social. En cambio, desde el presente, parece como si lo único malo del fascismo hubiera sido, aparte de perder la guerra, su proyecto Genocida, y una crítica seria a lo que tendría de repugnante el fascismo incluso si no lo hubiese llevado a cabo queda fuera de lugar y parece radical y revolucionaria, como si el resto del programa nazi fuera la roca madre sobre la que se han edificado las ideologías de nuestros días.

5.    La comparación con el nazismo frecuentemente implica el peligro del autoengaño, impidiéndose ver realmente lo característico de las condiciones actuales del dominio y reconocer su esencia y debilidades, con lo que, a cambio de la ilusión de creer deshacer pasadas derrotas, se le hace un gran servicio. El nazismo consiste en el culto universal y constante al Estado, y la hipóstasis de la idea de Nación como absoluta Religión. Algo todavía muy vigente, sobre todo en diversos ámbitos civiles de las democracias, pero bien distinto del grotesco culto totalitario que una peligrosa minoría ultraderechista, de liberalismo fundamentalista, rinde al aparato ejecutivo de una entidad administrativa llamada “Estados Unidos”, sin que daba confundirse el ente geográfico con la deidad político industrial homónima en cuyo altar sacrifican dichos individuos, aunque no todos sean residentes en dicha región. Aunque a veces sean tales sacerdotes los primeros en cometer tal confusión, y abonarla mediante sus asesinatos programados y sus calendarios de actos secuenciales de disuasión interior y exterior. O simplemente a consecuencia de su palurda falta de percepción. O ésta y la simple mala lecha a la vez.
No hay que sobrestimar la imbecilidad. Aunque es cierto que a estas alturas ya deberíamos haber dejado de subestimarla.

6.    Nuestra esperanza es que algún día se desencadene una cruenta revolución en los EE.UU. que, aún por casualidad, desmantele todas sus fuerzas, deje inofensivos internacionalmente a sus nazis. De lo contrario, no parece improbable que todos los demás habitantes del mundo tengan que levantarse en rebelión luddista contra la industria yanqui, aunque sólo sea pos cuestión de mera supervivencia. Sólo que será identificada como Guerra (o Rebeldía) contra los EE.UU.

7.    “La organización imperial, mientras no se descompone por razones internas, funda y sostiene las más duraderas etapas de paz que ha conocido la humanidad. El Imperio romano fue un producto de guerras imperiales.”[18] La guerra de conquista e invasión no era originalmente un proyecto permanente y suicida. albergaba más que un mero encadenamiento de batallas por amor a la sangre, pecaminoso incluso en las Cruzadas medievales. La guerra no ha de ser una total aplicación de la arbitrariedad punitiva, del “todo vale”, sino una captura de riqueza de alguna especie: súbditos, esclavos, territorios, posiciones estratégicas, recursos, riquezas...
En la guerra urbana, es de importancia el diseño urbanístico, el desarrollo industrial, no la orografía; los tanques y aviones todo lo aplanan. El mundo es retícula de carreteras y vías férreas tendida de ciudad a ciudad, controlada por continuos vuelos, de protección o de hostigamiento.

8.    La cruzada exige la rendición incondicional e incondicionada; la purificación y la nueva consagración de los lugares desecrados; el nuevo bautismo de todos –depuración, desnazificación- que ha de establecer el inicio definitivo, el verdadero año cero, de una vez por todas, del Calendario de la Verdad.
El demonizador se obliga a complicar su vida con tal de joder a otro, jura quedarse tuerto para lograr la ceguera ajena. Quien da el paso de demonizar a su enemigo se compromete a no cejar hasta conseguir barrer toda huella de su existencia. Cualquier otra cosa supone un fracaso, una vez se ha convencido a todos y a uno mismo de su enorme maldad esencial y de la ontológica perniociosidad de su existencia.
 No es guerra de ideas ni de territorios, pero tampoco, en puridad, de necesidades políticas, mediáticas ni industriales, ni se trata de tener permanentemente entretenido a medio continente manteniéndolo permanentemente embriscado con el resto del globo. Nadie cree de verdad en los sofismas que buscan alguna utilidad a esta compulsión. Y, para sus protagonistas, es esta ceguera la prueba de su mérito, la garantía de su desinterés y heroísmo como particulares: se trata de un gesto ni siquiera útil a nadie. Ni siquiera es garantía de Salvación para el cruzado que mata: éste puede realizar sus acciones con la garantía de recibir la definitiva recompensa, así que no es lo que le mueve, pues, el egoísmo.
La crueldad y la exaltación son el mayor mérito ya la mejor muestra de civilización: se hace lo que conduce al Paraíso, pero por una vía que a uno le hace indigno de entrar en él: se abren las puertas de la Salvación para el Pueblo, quedando el héroe crucificado en la cuneta, como un Pedro, un Bautista, un Viet Vet alcoholizado.

9.    Hasta los pacifistas adjudican a los invasores impensadas pero coherentes razones de acuerdo a las cuales, de habérselas ocurrido a los halcones antes, habrían considerado desencadenar la guerra mucho antes.
 Si las cruzadas producen algún fruto, éste es uno inmaterial. De tal modo que no es preciso preguntar por él: basta con saber que el párroco lo tiene a buen recaudo, como capital del templo de cara a peregrinos y feligreses. Quiere acabarse con el enemigo de forma que no se le convierta en un mártir. Y sin embargo no puede esperarse de las cruzadas otra cosa que la producción generalizada de mártires – el momento estético congelado, la foto fija de la llegada a la meta: la Ascensión.

10.          La afirmación de unos a costa de la destrucción de otros ignora estúpidamente que supone implicarse en un proceso dialéctico en que se está dando definitiva carta de existencia a lo que se quiere hacer desparecer: lo que se elimina no son lo Otros, sino lo que tiene de ejemplares aislados, lo que en cada uno de ellos se salva de ser cualquier cosa, lo privativo de ellos; se elimina lo que no tienen de Otro –es decir, todo- en beneficio de esta misma entelequia a la que se dota de una realidad permanente, tanto como la que se quiere construir a su costa. Las atrocidades de estos otros las realiza el bando que pretende evitarlas. Las pruebas de la supuesta maldad sin parangón del contrincante se ven a diestro y siniestro, ya sean espejismos, paranoia u objetos dispuestos por los cuerpos de desinformación y propaganda.
 Una cruzada: todos convertidos en masas futboleras que desean que su adversario sea batido hasta que desaparezca, tanto da de qué forma. El afán de hacerle al otro tragarse su camiseta o de pisotear sus colores puede conducir a asimilar al otro con tal de hacerlo desparecer. El objeto son sus símbolos colectivos: los portadores resultan secundarios y hasta instrumentales: ciertamente no hay nada personal contra quien se ataca y no nos importaría, decimos con el corazón en la mano, que estuviera de nuestro lado, pero sólo es que le necesitamos para acabar con sus emblemas mediante la acción de acabar con él. Este contrincante bien podría ser sustituido por actores, extras, mercenarios, al igual que la misma sustitución podría practicarse en el propio bando, incluyendo sus colores, tradición e hinchada; e incluso podría cambiarse también el mismo combate, que no vale tanto como la imagen de sí mismo, que la representación del aplastamiento de la némesis hasta sus últimas consecuencias.

11.          Se excluye la posibilidad de pacto, armisticio, arbitraje, conciliación, rendición, compensación, devolución, regresión a un status quo precedente, o a aceptar uno de compromiso que garantice el fin de las hostilidades como mal menor. No, sólo puede contar la victoria, sea lo que sea ésta. La paz es concebida románticamente –o mejor dicho, cristianamente- como Paraíso en la Tierra, como Ideal de existencia inmaculada. Algo que sólo pueden tener los demás pero que ha de negársenos a nosotros y que ha de negarse por ende a todos nuestros coetáneos. El fin, utópico, estéril, gesto estético que no cree en sí mismo, y que por eso mismo se crece, es la venganza definitiva: la capitulación plena, la purga, la depuración de los malvados, para que en adelante no haya quien pida venganza por nada. Una especie moral de Endlösung. Incluso cuando fuera posible plantear la entrega de todos los criminales de guerra del bando perdedor a fin de evitar la total erradicación de éste, que tan sólo se procuraría su desarmamiento e inhabilitación, admitiendo su carácter no ontológicamente malvado. ¿Qué esperanza de resolución hay cuando es a la totalidad a la que se ha incriminado y convertido en cómplice? ¿O cuando el descrédito del vencedor es tal que nadie fía en su rigor y sí en su sed de sangre? Imposibilitar toda posibilidad de mediación por un tercero, hacer girar aún otra vez la rueda del desagravio agravante, la cadena de las venganzas, la devolución de los castigos injustos o excesivos, de forma que no haya quien se libre de culpa o de motivos para la venganza o de razones para sentirse humillado. Todos los combatientes, siempre sobradamente justificados por las atrocidades de amigos y enemigos, dispondrán de carta blanca. El estallido del conflicto como fundación de un campo de exterminio en que todos son kapos: verdugos y víctimas a la vez, incluso de sí mismos. Tal vez por esto es imperativa la salvación del verdugo.
No sé quien fue el primero que dijo la razón más importante por la que había que acabar con la pena de muerte no era tanto por piedad con los ajusticiados como por la salvación del alma de los verdugos. Siempre ha sido repelente la condición de verdugo: para quienes la asumen es tan evidente su degradación que se ven obligados a cosas tales como mandarse erigir mausoleos y estatuas en vida y obligar a la humanidad entera, si les es posible, a cantar alabanzas al oficio más viejo del mundo, hasta que parezca que la profesión de matarife es la mejor a la que se puede aspirar, o al menos se antoje imposible pensar en otra condición de las cosas.
Para degradar la imagen del antibelicista se le ha intentado presentar como defensor del malvado, de aquel que no merece defensa. El viejo truco del que degrada al abogado defensor del que es llevado al juicio condenado de antemano. Sin embargo, la función del abogado sobre todo empieza y está justificada cuando el acusado resulta pese a todo culpable. Pero si el malvado no tiene quien le defienda será porque es indigno de ser representado por nadie, para que esta suma vileza refleje la suma bondad de quienes lo condenan. Cuanto más convencidos de su bondad estén los jueces, más implacables serán con el detenido, más remisos a dejar que el juicio se celebre en condiciones. El antibelicista se interpone: quiere salvar al verdugo, por la parte que le toca. Más allá de querer calmar la conciencia, se trata de un ejercicio: demostrar que sabemos juzgar en terreno ajeno, sin oportunismo, lo que nos negamos a permitir que suceda en el nuestro. Y lo cierto es que se ha llegado a ver hasta el más barato de los trucos.

12.          No poner nunca la otra mejilla, sino responder siempre, presos de la agresión del otro, que siempre podrá convertir su castigo anticipado en castigo reduplicado: uno de aviso y otro de escarmiento, de forma que el acto del otro que queda enmedio no puede verse más justificado, no puede haberse cometido con mayor carencia de libertad.

13.          Lo que hace inmorales las armas de los otros son su primitivismo y suciedad. Resulta una imagen extraña y anacrónica ver a los soldados hipertécnicos despojándose de sus millonarias armaduras y dejándose los intestinos mezclados en el fango y la metralla como los demás. Es la exactitud de las armas quirúrgicas millonarias y vistosas lo que puede hacer que el uso de las mismas parezca sin más justo u éticamente rentable, tan sólo como característica técnica objetiva suya. La amenaza amparada por modalidades ultramodernas y en permanente perfeccionamiento de gases nerviosos, cepas bacterianas y bombas atómicas de bolsillo resulta discreta y presentable. La calidad científica es una virtud estética absoluta, una prueba desde el punto de vista religioso de la bondad de la causa de quien las produce.

14.          No hay derecho sino Justicia. Pero el ascendiente de la tecnología es difícil de declarar. Es la verdadera religión que se quiere universal. Pero sus apóstoles no están del todo convencidos del Dios al que sirven tan fielmente. Prefieren hablar día y noche del Diablo, y dejarse definir siempre por oposición, a presentar sus propios valores más allá de los tópicos y memeces de rigor en la profesión. Todas las guerras iniciadas por voluntad comercial y militar yanqui se han planificado y realizado pensando en el Mal. Las artimañas del Mal eran las que servían de espejo y guía, pues era, por vía negativa, las que daban forma, ocasión y legitimidad a las que obligatoriamente no podrían ser sino las maniobras de las Fuerzas del Bien. Y el Benévolo iba al campo de batalla en busca de su némesis, de un enemigo a su altura, y no encontraba más que a los campesinos a los que había arruinado pocos años antes. “La voluntad de poderío no puede ejercitarse contra pigmeos ni contra enemigos descuidados, insuficientemente apercibidos o desventajosamente colocados para una gran refriega.”
 El terrorismo, como amenaza espectacular, volátil y siempre apoyada por servicios secretos y voluntarios, ya sean necios o desesperados, siempre servirá de enemigo peor que haga brillar por contraste al peor de los tiranos. Aunque sean una amenaza tan plana y generalizable que cualquiera pueda ser tal, según el lugar en que se encuentre, y para los súbditos del tirano más abyecto éste puede resplandecer como una perla en contraste con los poderes internacionales más pagados de sí mismos.

15.          La guerra industrial implica la movilización total: de todos, entre todos, con palos para todos... menos para EE.UU. y GB, únicas fuerzas que participan de la movilización total a distancia, creyéndose a salvo del peligro en que para ellos es inevitable poner a todos los civiles que no son los suyos. Esa distancia, esta totalidad a distancia es lo que les permite hacer creer que las guerras siguen el modelo clásico: un ejército reclutado (o profesional o privado) de una país que debería enfrentarse con el ejército de otro en el campo del honor. Sus ejércitos siempre están realizando la batalla campal en terreno ajeno, sin riego para los héroes, que reprochan a los habitantes de los pueblos que explotan y arrasan que sean tan cobardes, impotentes, sucios, su condición de combatientes indignos a ellos. Y todo intento de llevar la guerra total a GB y EE.UU. es un acto cobarde y universalmente condenable, prueba de la maldad de sus oponentes: ¿veis que hacemos bien tratándolos como ratas?: al final han demostrado en hora punta y delante de todo el mundo que no son otra cosa.

16.          La ética de la actividad sin objeto que impulsa las empresas se presta a la asociación y fusión con cualquier totalitarismo en un momento dado. Su vocación bacteriana ,de desarrollo infinito, enfermizo y despasionado, sólo topa con los límites que la legislación establece –no para su contención, sino ofreciéndose a servirles de andamiaje- y en cuanto puede los rebasa. Ni consideraciones higiénicas ni ecológicas entran en sus cómputos más que en cuanto pueden ser expresadas como beneficios cuantificables. Como si la “libre competencia” sólo pudiera extraer sus energías a base de desarrollar un esfuerzo absurdo. Su inanidad y falta de egoísmo, avaricia y demás pecados capitales, humanos, salvo el de la lujuria del desarrollo racional sirve de prueba extrema de la lógica e la actividad por la actividad lógica, del acatamiento de un sino y de la sumisión a un destino que se pretende sublime por inescrutable y tan sólo es tan ininteligible como los sanguinarios caprichos de Jehová.

17.          Quien vende el misil modelo V4 ya tiene listo para la distribución el V5, que ofertará en cuanto haya liquidado todo el stock del anterior. Quien fabrica un misil se ocupará de vender el escudo antimisiles o los misiles antimisiles; quien fabrica la enfermedad ya fabricará el remedio. El que hace la ley hace la trampa. Quien solamente hace leyes,¿cuántas trampas se estará preparando?, el que únicamente toma medidas para coartar libertades, ¿cuántas acciones que le interesa dejar impunes estará cometiendo?

18.          Cuanto mayor sea el abismo de calidad que separa cada novedad del ingenio precedente, mayor será el que la distancie del siguiente modelo, ahora mismo preparado para figurar en todos los catálogos ultrasecretos o para pasearse por todos los desiertos demostrando su eficacia y versatilidad. Todo conspira para abreviar –y es una bendición que así sea- la presencia en el mercado del aparato.

19.          Nada puede salir de un despacho aparte de autobombo, autopromoción, propaganda; en definitiva, lo que son los esfuerzos indispensables para seguir cobrando sueldos y pagando gastos, y nada más que ello. El interés del productor siempre es ampliar hasta el infinito su campo, y monopolizarlo, reduciendo el número de competidores hasta que desaparezca el último de ellos. Mas es una fe que se conforma con su valor como gesto y que no se atreve a reconocer su esterilidad. Sin competencia, su existencia carecería de sentido, Recoge de las tradicionales cruzadas la carencia de convicción final, el ver el mérito en el uso del medio, en el intento, y no en su éxito, y ni siquiera en la naturaleza y calidad del medio o del instrumento utilizado.

20.          La batalla contemporánea no puede pretender un final glorioso. Éste nunca existió pero alguna vez supo ser fingido. A nadie se le escapa ya que la batalla nunca está cerrada y ni el más deshonesto sabe pergeñar un guión de película de acción en que haya un verdadero final para la violencia ni se haya estancado el flujo de sangre de forma que quepa decir que en adelante las flores vayan a crecer de una vez para siempre en el terreno acondicionado. Hay juegos de videoconsola que simulan ya terrenos minados sembrados de piernas de niños. La victoria, de haberla, es intangible, de principios, un triunfo ético hecho de verborrea, sonido de platillos pregrabados y minutaje de emisión robado a los torneos de liga. En último término, la guerra no es más que la demolición de unas ruinas apara que puedan construirse nuevos barrios-basura iguales a los de cualquier sitio, y se aproveche para acondicionar aparcamientos, edificar grandes superficies comerciales y ampliar las calzadas y crear inmensas avenidas por las que puedan pasar más cómodamente los tanques en lo sucesivo. Las bases de los militares quedan abandonadas, llenas de maquinaria oxidada y ceniza de la incineración de los planes de asesinatos selectivos y otros gestos ejemplares. Ni siquiera queda un fuego y un montón de calaveras permanentemente a la vista.

21.          La religión a la moderna no cree en el Cielo ni en la Redención; cree en el Aquí como el mejor de los mundos posibles, y en la periódica expiación que legitima este mundo y que supone el precio a pagar por cada uno para ser merecedor de habitarlo. El valor y la utilidad expiatorios de cualquier contingencia justifica ésta. Todo participa de un mismo balance y no hay mal que por bien no venga. Los cráteres de las granadas, una vez cubiertos de césped, servirán para que los niños jueguen, entre risas y sin miedo, mientras no tropiecen con una bomba sin estallar o con una mina olvidada.

22.          Como sucede a la Crucifixión si se le elimina toda carga redentora sustituyéndola por la noción expiatoria, las muertes causadas en el 11-S suponen un óbolo, un pago por adelantado que compromete a todos “los bien nacidos” al imponerles unas incontestables obligaciones. La gran matanza, llena de heroísmo, ejemplaridad y utilidad –pues sirvió para unificar y realzar moralmente a la nación entera, importante cometido- es un sacrificio voluntario de las tristes víctimas. Y curiosamente se hace más hincapié en el carácter de heroísmo pasivo de esto que en el caso de quienes, al menos según se cuenta, decidieron voluntariamente hacer que el avión en que habían sido secuestrados se estrellara en un descampado.
Ser víctima es más que un honor póstumo: se trata de una verdadera acción vital, la víctima que está dispuesta a serlo, activa y afirmativamente. No sólo la instrumentaliza en cuanto un muerto quien se la apunta en su haber como “víctima de la libertad”: también se pretende que su vida sea vista, retrospectivamente, dedicada a la causa por la que ha sido concluida, de forma que los asesinos no sólo han producido una muerte sino una vida entera, dotada de sentido. Pues toda esta vida ha estado, se pretende, dedicada a la movilización total; tal será en adelante la inédita grandeza de su medianía, de su hacer que lo que no tuvo más remedio que hacer. A nadie interesará lo que efectivamente pudiera haber hecho esa persona durante su vida; tampoco lo que mientras vivía la motivó e hizo ser un fenómeno aparte: lo que cuenta y hace especial es lo que tiene de muestra ejemplar. La pertenencia a la consabida masa -consagrada y bendecida en cuanto se hace creer que es voluntaria y pactadas sus condiciones- se presenta como acto beligerante, combativo y heroico, como de ética yanqui de la supervivencia, el seguir adelante, seguir comprando, etcétera. En esto consiste la vida tras la vida de los demás: consagración de la supervivencia, dando sentido a sus “sacrificios” para que “no sean inútiles”, rentabilizándolos al imponerlos como ejemplo de sumisión para unos y apuntarlos como capital moral para otros. Si unos le hicieron un cadáver con que comprar impacto informativo, minutos en los noticiarios internacionales, los otros lo asimilan como militante a la sombra.
Esta voluntariedad, irónicamente, convierte a los asesinos en meros resortes del destino, casi eximiéndolos de culpa –igual que en el caso de quienes crucificaron a Jesús- y ya convertidos en entes despersonalizados, excusas para una acción ya decidida. Sea la ejecución del benéfico sacrificio, sea la de su conveniente, justiciera y fructífera respuesta.

23.          Todos, en tanto que posibles víctimas inocentes de un acto arbitrario de inextricables propósitos, estamos disponibles para la recuperación política, para la reconversión póstuma en otra cifra para el censo de los mártires, en súbditos que lo siguen siendo incluso en el otro mundo, y hasta más útiles estando allí que en éste. La glorificada individualidad de la víctima es borrada del mundo entre loas y elogios mientras que tanto los cabezas del partido asistentes al funeral como los asesinos ganar en personalidad e imagen pública.

24.          Las cifras se intentan dividir entre muertos matados intencionadamente y los matados sin querer. Existe cierta justificación mientras haya al menos una víctima deseada en cada lote de cadáveres. Que en uno de ellos se identifique a un par que fueron matados porque se lo merecían supondrá alegrarse el doble que por el asesinato de uno, y tampoco en este caso se atenderá al cómo ni cuándo ni dónde ni quién de este nuevo homicidio.

25.          En la guerra tecnológica, como en el terrorismo, pero a una escala inmensa, el gasto económico ha de traducirse rentablemente en impacto ideológico. Se trata de una inversión dirigida al rendimiento máximo pero insustancial, que deja de manifiesto que el producto sólo se destina a la reinversión; que el beneficio no es más que materia prima para la nueva producción de sí mismo, sin que apunte a algo ajeno a su ciclo, tan sólo se debe a la lujuria del aprovechamiento a destajo de las ocasiones en que ejercitarse.
Cuentan las cantidades, no los avances estratégicos que pudieran darse –incluso aunque a veces se den y todo. A despecho del fruto producido o dejado de producir, las cosas se hacen porque sí. Nadie es culpable de nada y se participa de la muerte ajena y de la propia con distanciamiento de espectador.

26.          La guerra técnica carece de momentos trascendentes ,de épica, y todo momento simbólico es un burdo montaje teatral que simplemente se acoge por lo que tiene de respiro, de soplo de humanidad y civilización. Los combatientes y los no combatientes son igualmente reificados durante el conflicto. Periódicamente se recupera cierta “humanidad” mediante las exaltaciones comunitarias, los orgasmos colectivos, los eventos orquestados para su disfrute televisivo y vicario aunque se produzcan a la puerta de la propia casa.
No hay heroísmo: tanto da estar como no estar; se trata de lugares de mayor o menor interés dentro de la cadena de trabajo, pero todos tan igualmente desempeñables por unidades intercambiables, aunque sean entrenadas lujosamente para ser obreros especializadísimos, pero aún así sustituibles.
Protagonizar grandes gestas depende del azar y del presupuesto, de la planificación de cara a la galería, además de la chapucería de los ecónomos, que son quienes fijan el calendario de bombardeos y misilazos, según los movimientos de la bolsa y la cuota de pantalla.

27.          Es simultánea (e inseparable) la amenaza de ataques aéreos a civiles y la del uso de armas de destrucción indiscriminada. Así se ha sentido desde 1914. La vida queda mortalmente desfigurada cuando el ataque se produce al por mayor y puede provenir de cualquier lado. ¿Por qué no van a seguir, pues, los civiles, yendo a comprar al mercado? ¿por qué no van a tomar el coche hacia la oficina, cuando no se sabe el día ni la hora? El Dios del que depende nuestro fin es una curva de desparrame de productos en el gráfico confeccionado por el ordenador de un cretino. En la guerra técnica no se pierde solamente la distinción entre militar y civil: también la que pueda haber entre objetivo bélico y comercial, entre asesinato y desgaste del mercado

28.          La masa no siente ni padece; sólo los individuos tienen alma que rendir como es debido. A la masa da igual darle una mala muerte, de frente o a traición, con o sin dolor, con o sin tortura, mediante mercenarios fanáticos o científicos degenerados, mediante bomba, metralla, radiación, peste o aplastamiento. Todos los muertos se igualan, el momento de su tránsito individual no produce documentación. Tampoco el conocimiento de los detalles e cada una de estas muertes conduciría a parte alguna; tal vez únicamente a desarrollar nuevas técnicas, más dolorosas o más eficientes, aunque sólo fuera por el desafío de desarrollar vías para amedrentar aún más y mejor.
”Mucho cuidado; a las masas no las salva nadie; en cambio, siempre se podrá disparar sobre ellas. “ La masa es una invención de las ametralladoras. Los cadáveres son números tachados, aunque pueden llegar a no ser siquiera eso a falta de censo; son obreros dados de baja, materia prima a renovar.
Sí pervive algo de la antigua interpretación obrerista de la guerra. No como lucha de clases, o como estrategia del Estado para contener y mantener unidos a todos sus enemigos bajo la amenaza de un mal mayor y peor que el mayor y peor de todos los Estados. La guerra sigue causando la total reificación de los hombres. ¿Para qué se vive, para qué viven los demás, por qué cuidar de la vida de nadie? ¿Se nace y respira para reventar bajo las máquinas, se salva la vida a alguien para que reviente al fin y al cabo, o para que haga reventar a otros como él?
La gloria, la exaltación, sólo se viven en la divina prostitución de la masa: participando en linchamientos o en el orgasmo colectivo de jalear a la concentración suprema de toda la alienación universal: el líder en quien hallamos terrenalmente sublimada y justificada nuestra reificación. Aquel que nos presenta la razón por la cual está justificada en el presente momento, por la cual resulta una noble dedicación para toda una vida, según la cual es una buena nueva a extender, cristianamente. Esta alienación plena es lo único capaz de lavar. Mediante el sentido y la razón de ser –siempre coincidente con la Razón de Estado- la culpabilidad e indignidad generalizadas de todos y cada uno de los individuos.
Puede ser éste el verdadero sentido de la llamada a la vida en peligro: se confunden la vida cruel, alegre y fresca de Mussolini y los falangistas con la promesa de una dispersión en la masa y los cantos futuristas a la velocidad y el vértigo, y sigue sin saltos la autoinmolación entre los hierros retorcidos de un accidente automovilístico, el vértigo, la alienación al ritmo de la música para acondicionamiento deportivo y la aceptación conformista de los accidentes laborales en enormes fábricas surcadas por los millares de brazos de las máquinas robot que oscilan a un palmo de las cabezas de los obreros de cadena. El señuelo del “vivir peligrosamente” y del disfrute de fama y honor postreros, está la noción de que la guerra es lo normal: la realidad del dominio técnico, sin magia ni fetichismo, sin nada detrás de la apariencia del diseño, la verdad del poder y la fabricación de control y de las condiciones de control.

29.          El soldado en primera bien puede estar tranquilo: está entregado a la acción plural, al colectivo, y al tiempo queda exento de la animalización en que se convierte la lucha por la supervivencia en la retaguardia. Como si lo civil consistiera en dos componentes que, al divorciarse, mostraran al desnudo el área seccionada, y la mitad representada por el obrero / soldado saliera favorecida aunque no deje de ser, al fin y al cabo, lo que ya se era.

30.          Si algo desvelan las guerras es la realidad de que el Derecho no surge de una remota delegación de una supuesta potestad natural –la capacidad de matar- sino de una herencia de indignidades y humillaciones, una carga ni tan espontánea ni tan inocente.
Las patrias se crean cuando la criminalidad de su origen queda enterrada por una nueva vergüenza. Ésta hace creer que la anterior paz era inocente, carente de reclamaciones no atendidas. Ya puede ser esta vergüenza la unión canalla impuesta por la lucha contra un mal mayor, tal vez un desastre exterior y totalmente inesperado; acaso nada más que una reedición actualizada de la vergüenza anterior.

31.          Despreciamos al desgraciado, al abyecto. Se será tal a causa de la formación o de las circunstancias, pero en ninguno de los casos tenemos nosotros nada que ver en absoluto. La culpa salta limpiamente por encima de los mirones: si no recae sobre los objetos de compasión, pasa directamente a instancias superiores a nosotros, tal vez creadas precisamente para depositar las molestias que nos asaltan. Un asesinato verdaderamente inmoral sería el cometido sin provecho para nadie; algo sólo aceptable en los ghettos de la miseria, donde la víctima se nos aparece tan repulsiva e indigna de compasión como el asesino. En todos los demás contextos, necesitamos que dé alguien cuenta del sufrimiento: Dios, la Naturaleza, el Dinero. “Jamás el sentimiento podrá ser tan inhumano como puede llegar a ser la convicción.” Toda explicación, todo razonamiento basado en factores enajenados, implica, a la vez que inocencia, la presunción de su necesidad, y conlleva su justificación y aceptación.
De todo se desprende que sólo hay leves errores humanos, que de concurrir otras circunstancias todo podría instalarse definitivamente en el equilibrio y la tranquilidad, cada uno en su sitio y progreso sin trauma a cada uno según lo que necesite, y que el Cielo sería, al fin, esto mismo, para solaz eterno tanto de opresores como de oprimidos.
En el fondo solamente se producen algunos excesos, que no hacen más que probar lo intensamente cargada de verdad y de justicia que está la causa. En el último momento, como piensan los optimistas, todo, todo resultará haber sido para bien.



[1] Enciclopedia de la guerra, dirigida por José Romero Teixidó, colaboradores: José Romero Serrano y José Luis Calvo Albero, Planeta, 2001, p. 12

[2] Guy Debord, In girum nocte..., p. 23

[3] Maquiavelo, El príncipe, XXVII

[4] Gracián, Oráculo manual y arte de prudencia.

[5] Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia

[6] Maquiavelo, El príncipe, VII

[7] Ernst Jünger, Sobre el dolor.

[8] R.S. Ferlosio, Ensayos y Artículos I, p.302

[9] Maquiavelo

[10] Juan Benet en una entrevista de 1991

[11] Feuerbach

[12] Horkheimer

[13] Maquiavelo, El príncipe, XVIII

[14] Maquiavelo, El príncipe, XVIII

[15] Maquiavelo, El príncipe, XXI

[16] Guy Debord, In girun imus nocte et consumimur igni, p. 58

[17] Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, p. 388

[18] Enciclopedia de la guerra, dirigida por José Romero Teixidó, colaboradores: José Romero Serrano y José Luis Calvo Albero, Planeta, 2001, p. 12

 


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