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Blanche fille aux cheveux roux, dont la robe par ses trous laisse voir la pauvreté et la beauté...

 

No hay Derecho. Sólo Justicia. Las masas, criadas en el desprecio a los abogados corruptos y a los oradores de miramientos y sofismas subvencionados, aplauden a cada Charles Bronson que sabe servirse de su propia estupidez e histeria como herramienta con que pulir su lente, como forma de ver a través de las leyes. A este cuerpo de palurdos fascistas, acojonados por enemigos tan terribles como la Constitución, la Declaración de los Derechos Humanos y los efectos de la Globalización en los bancos de su iglesia favorita, debemos esta fiesta. Frente a ellos, Constitución, ONU, globalización y hasta el mismo Papa parecen estar de nuestro lado.

Por una parte, el fascismo liberal desconfía de su propia necesidad de anarquía y expolio burocráticamente controlados, y a la vez que desea impunidad chilla como una beata histérica cuando aboga, con un candor imbécil, por la mano firme y el acojone total. Pues acaso no sea del todo inútil estudiar el sentido literal de sus palabras, idióticamente transparentes y verdadera revelación del engaño en que más bien quiere conservarse a sí mismo más que a los débiles, de tan pagado de sí mismo y arropado como se siente.

Por la otra parte, quien vive en la estafa y el engaño siente tanto desprecio hacia los estafados y engañados como hacia sí mismo por depender de ellos. En toda relación hay todo un intercambio en que uno está continuamente forjando al otro y viceversa. Quien pretenda forzar en un solo sentido ese intercambio de reflejos se encontrará con que inexplicablemenet le llueve mierda de todas partes, la suya y la ajena, y resultará incapaz de explicarse por qué. Este desprecio que siente por sí mismo lo socava y obliga a vivir en la apariencia, el dominio permanente, la liberación de prepotencia como fuertes pedos alrededor que lo mantengan suspendido en el aire, sin saber ni sus verdaderos argumentos, cimientos ni cómo amortiguar su caída. La herramienta: la eliminación de puntos de apoyo, tanto a favor como en contra; la elaboración de un discurso oficial en el aire, mantenido por su propia inercia y su capacidad de liberar energía alrededor, como ventosidades, habiendo destruido sus propios soportes y cimientos, incluso de cara a sus propios portavoces y manipuladores. Es una versión oficial que aspira a imponerse por ser la única. Para esto resulta un impedimento hasta el valor documental que conservan incluso las mentiras, peligrosa frente a un imperio que no lo es de lo falso sino de lo indiscutible.

Dice la Iglesia: “la Justicia no existe sin perdón. “ Pero no perdón para los ajusticiados, sino para los ajusticiadores. La paz es un engaño, una excusa. Esa palabra, tradicional encubrimiento y legitimación del contenido bélico del orden cotidiano y de las batallas fundacionales que lo traído al mundo, apela hoy más a las inmediatas violencias futuras que a las del presente o del pasado.


1.                Ni los medios más serviles dejan de mostrar las cifras del negocio, como si estuvieran al tanto del último detalle. Sólo puede decirse que un país colabore en una masacre por afán de lucro en el caso de que se trate de un país atrasado, no menos bárbaro del país que se quiere arrasar. Y así se lo está tratando cuando se le propone semejante negocio. Sin embargo, la contrapartida va siendo menos explícita cuanto más cercanos son lo restantes asociados. Esto no se dice, en este caso se exige remitirse a alianzas, amistad, ¿también a la llamada de la sangre, a la solidaridad de la raza? Tal vez porque ellos no cobran un fijo, sino conforme a objetivos realizados, que es más arriesgado, pero la parte del león cuando todo sale como debe. Y así, cuanto más cercana la nación, más espirituales, más religiosas sus razones. Aunque sea una identidad de intereses petrolíferos y geoestratégicos, cuando no a la afinidad de credos y deidades, que no desmerecen ni se distinguen para nada de la adoración al dinero, al petróleo, a la geoestrategia, a la solidaridad o a al raza o a la cultura occidental de unos y otros. El matiz, y lo que resulta revelador, es lo que procede decir en cada caso, cómo y por qué sería inadecuado precisar cuando todos afirman cínicamente ir a por lo mismo.

2.                Todos tenemos un límite a partir del cual nos aburrimos de asumir la representación de abominables masacres. Por otra parte, también conocemos lo que es el hastío que supone tener que pergeñar frase tras frase ingeniosa y escéptica ante cada charco de sangre entrevisto. En discusión con otros reconquistamos la indiferencia, alcanzando un compromiso entre la realidad de lo visto y nuestra capacidad de razonar sobre ello, pues no podemos dejarnos llevar a la postración por lo que bien pudiera ser ficticio, por lo que pudiera haber ocurrido hace meses antes, por lo que incluso puede ser un simulacro para anteponer al drama real otro verosímil pero blando. También esa postración pudiera ser planificada. Entre broncas más contra nuestra capacidad de acostumbrarnos que contra los demás se diría que queremos dejar una marca indeleble en nuestros pellejos para que evitar que dentro de una semana vuelva a recubrir nuestros ojos, como si hubiera venido arrastrada por una brisa desde el Cielo, un bendito velo de indiferencia, capaz de igualarnos a todos y de dejarnos preparados para ser engañados de nuevo.

3.                Hasta los pacifistas adjudican a los invasores impensadas pero coherentes razones de acuerdo a las cuales, de habérselas ocurrido a los halcones antes, habrían considerado desencadenar la guerra mucho antes. El recurso a la explicación económica es el más totalizador: creer que todo se puede reducir al lenguaje contable de una paraciencia, en un alarde de materialismo con el que ningún marxista habría soñado jamás. desinformación. La verdadera religión es el despilfarro autista de productos, interpretada por una camarilla de omnipotentes imbéciles. Las leyes económicas no son más que el masturbatorio sermón de los canallas, pero en ningún caso la explicación de su comportamiento.
Mas aún seguimos convencidos de que lo que es real es racional y que lo que es racional es real. Lo lógico es siempre, a pesar de la peor de las apariencias, sinónimo de utilizable. Incluso las latas de gusanos escondidas en lo más profundo de nuestras almas, incluso aquellas personas dentro de nuestra persona que nos tememos nunca llegaremos a conocer, y nos alegraremos por ello, las sometemos a este mismo criterio: o bien fantasía de la mente, exabrupto sin sentido, mero desahogo, o bien producto analizable, explicable y, por tanto, explicante, por tanto, útil.
Siempre buscamos una explicación de lo que ocurre, a despecho del riesgo de que tal explicación integre la excepción en el discurso de la norma, y de que ora subvierta lo que entendemos por normal, ora aparezca como confirmación de la necesidad de que las cosas sean lo que parecen haber siempre sido.
No serían más que pequeños accidentes de mal funcionamiento, señales de que no hay error en el sistema, si no que siempre hay un detalle que se puede aún mejorar. No merecen la indignación expresada por Voltaire al saber de la destrucción ocasionada en la Lisboa de 1755 por un terremoto. Al creer que la tiranía o el imperialismo son algo siempre presente en toda coyuntura histórica a la que se pueda volver la vista, aprobamos en tanto que reconocemos necesaria su existencia, igual que la utilidad que tenía en el Edén la mismísima Serpiente. Damos a entender que incluso esto, ya que tiene serpiente, está bien, que es incluso en Edén mismo.

4.                El ataque podría no haber tenido lugar nunca, lo mismo que podría haber cesado tras el primer minuto, la primera hora, el primer día, pues su superioridad y sus resultados estaban totalmente claros para todas esta vez, lo único en que había universal acuerdo. La agresión prosiguió con la confianza de que, como por inercia de su descomunal superioridad, aparecería de por sí lo que le diera justificación; de que a partir de determinado momento, fuera una verdadera presencia palpable la de razón capaz de dar sentido a todo; y a todo ello haciéndolo bueno; y de manera tal que nadie se atreviera a dudar de que tal prueba no estaba allí evidente desde el principio, y siendo tal su crudo poder de convicción que pudieran creer en la misma eternidad de la evidencia incluso quienes en allí la habían dispuesto.
Nunca han sido tema de discusión los medios con que llevar a cabo una venganza... Al menos, no era su capacidad asesina lo que se cuestionaba, sino considerando si su superioridad mecánica y táctica aseguraba la impunidad, la ausencia de riesgo.
La absoluta falta de atención a toda relación entre castigo y castigado revela la justicia como venganza: esto no se castiga en tanto que lo que supone la acción en sí, sino en tanto que acción respecto a nosotros, y eso es lo que no se hace. La justicia no aspira a reparar, ni equilibrar, pero mucho menos a avisar ni crear derecho mediante la amenaza: el Justo es el que aplica la Venganza con total subjetividad, siempre de forma egocéntrica, para su propio deleite.
Los justos han de pagar por los pecadores. Es más: precisamente por ser justos han de pagar.

5.                Es cierto que esta vez parecía verosímil la posibilidad de que la oposición pública tuviera un peso específico capaz de cambiar el prestablecido. ¿Hubiera podido llegar a evitar el conflicto la negativa universal, la paralización total, la rebelión, el motín, la revolución global? ¿Hubiera bastado con la oposición de las personas adecuadas? En las condiciones espectaculares es difícil saber lo que es o no es plausible, estar seguros de que existe una mínima posibilidad de retroalimentación.
Pensamos que esta vez ha existido esa posibilidad, y esto pone al descubierto que, en el caso de llamar a lo presente “Guerra”, es imposible que se corresponda a lo que solía conocerse como tal, y pone al descubierto también no sólo su criminalidad y voluntariedad habituales, sino también la de la razón que hace posibles que actos a tan gran escala sean posibles por la discrecionalidad y el capricho de una minoría, tan impía y terrible en sus empresas exteriores como cobarde y servil a la hora afrontar las estadísticas y las encuestas de su interior.

6.                El ataque se “retardaba” una y otra vez: las demoras podían aprovecharse para ajustes de última hora: mandar otros 100.000 o 200.000 hombres, como si en un programa así fuera posible modificar la cuenta atrás, empezada mucho antes de que nos enterásemos, y luego resultó no ser tal retraso, sino un adelanto de 48 horas, reconocido sin sonrojo, como cuando la fecha de la Creación se computa restando años desde el nacimiento de Jesús, pero trucando la cuenta para que coincida de alguna forma con las fechas simbólicas, para que la colocación de las piedras miliares caiga en 11 de septiembre.
¿Pero a qué tanto fingir que alguien convencía a alguien? ¿Se negociaba algo, aunque fuera en paralelo, por sobreentendidos, con algo, que no estuviera ya decidido? ¿Podrá aparecer alguien que diga que conocía desde el principio lo que ocurría?
No encontramos a nadie capacitado para intervenir y expresar en términos concretos lo que cree que está ocurriendo. Ninguna de las personas en el centro del hecho dispone de medios para comunicarse en un registro inteligible de forma que su mensaje no sea grotesco. Ni siquiera esas personas aseguran estar en el centro de nada. No sorprendería ninguna respuesta. Todo lo que pueda especularse, toda clase de exageración, es verosímil, es bien recibida.

7.                Más que la representación, se muestra la puesta en escena; las cartas ocultas las conocen todos menos los jugadores, que se creen sus propios faroles. Las medias verdades más escandalosas se dejan circular para consuelo de los paletos, como afirmando de cara a unos que todo es mero envoltorio ideológico para consolar a los otros; los de la casa ya sabemos, se dice con un guiño del ojo, que esto no es más que un cínico negocio. Y estos otros mentecatos, ufanos por sentirse astutos cómplices del matón, sonríen y tragan, felices de pisar terreno firme, por muy pringoso de petróleo y mierda que esté.
El poder prefiere parecer canalla e hipócrita a no parecer nada, ni aún el agujero negro, la fosa séptica que es. Debe ofrecer algo que pueda compartirse, algo espiritual: venganza, linchamiento, justicia, proceso histórico, estrategia, invasión, expolio.
La exigencia hipócrita de guardar las formas, al menos delante de los niños, de no mostrar tan descaradamente la lujuria con que el gobernante se entrega al desorden, queda en manos de los burócratas. Estos, para los que razón y justicia son aún compatibles, se encargarán de negar la evidencia de que para el Poder absolutamente todo vale y que no sólo no se molesta en entender sus propios planes, sino que no tiene más reflejos ni cerebro que un bulldozer, y que es a sus empleados a quien corresponde pergeñar el oportuno motivo tras cada acción, a medida de cada momento.

8.                Para estos también queda organizar las rituales manifestaciones de dolor paternal- para figurar que al Estado no le son iguales todas las muertes, que hay categorías en cuanto utilidad y mérito. Las muecas con que los generales/cancilleres/multimillonarios comunican a los muertos de mañana su regocijo: tics codificados de supuestas actitudes espontáneas, no tanto para que el que los realiza comunique lo que siente o quiera hacer creer que siente, como reclamos codificados para anunciar lo que hay que sentir, o hacer creer que se siente, sólo para que los demás lo sientan o hagan creer sentido así, para disfrutar todos si no de la unidad en el sentimiento, sí en la voluntariosa y feliz incitación colectiva al sentimiento. Una obligatoriamente abierta escenificación de la escenificación obligada a la que no cabe negarse sin demostrar una criticable falta de sensibilidad.
Las exequias a las víctimas logran despersonalizarlas aún más. Sean cuales sean sus circunstancias de la muerte de cada uno, en cuanto mártires reciben el mismo tratamiento sacrificial que los transporta a la derecha del padre y da por supuesto que han de engrosar el panteón de santos. Nada más falso y funcional. Es un rito de un rito de un rito. Nadie se lo toma en serio. No se sabe cuál es el destinatario, ni si lo hay.

9.                En el Estado actual, Leni Riefenstahl habría preparado un impresionante repertorio de imágenes de guerra pregrabadas con fuego y muerte reales, en un escenario inidentificado debidamente acondicionado. Tales imágenes serían difundidas a todas las emisoras mundiales que, a pesar de verlas evidentemente lo que son, no dejarían de emitirlas, con o sin advertencia previa, por ser las más bonitas, abundantes y adecuadas a los estándares técnicos internacionales –no es difícil imaginarse el solícito envío de copias en el formato más acorde a los aparatos de que dispone cada emisora-; por ser las más multifuncionales y mejor recibidas y que mejor servicio harán en adelante, en los archivos de la cadena para futuras ocasiones informativas; en fin, por ser las que mejor captan, de todas, la religión del Estado.
 El verdadero acto subversivo sería negarse a acompañar el reportaje de extractos del catálogo de novedades, y no decir esto o lo otro mientras el vehículo sea el mismo, sometido al formato imperativo. Desvergonzado collage de planos que se repiten tanto aquí como allá, tanto entonces como ahora, más que desinformar parece buscar el espacio blando donde floten los productos como entes eternos y de existencia autónoma, ajenos a la modificación de los planes o a los diversos accidentes del terreno. La sucesión de imágenes da fe de un desfile interminable de modelitos mortíferos concediendo instantáneo crédito a su existencia y potencia, mientras que la voz de un avispado locutor proclama su agudeza a la hora de descartar no se sabe cuáles planos promocionales, trucados, suministrados, que no se sabe en qué pueden diferenciarse de lo que sí se muestra, aunque sea con la excusa de tener que estar mostrando algo y siempre más y mejor que los otros. Los hechos que se deciden en la mesa de operaciones son una narración subvencionada y sin objeto de cara a su propia ficción y a unos hipotéticos efectos perceptivos. Desaparece la posibilidad de realizar una épica sobre las guerras modernas: todas acaban igual, es decir, no acaban, tan sólo se pone en escena una ceremonia triunfal multiuso.

10.           Cuantas más exageraciones puedan ser vertidas acerca de la criminalidad de los métodos de un Estado, más acrecentado resulta para él su poder y la impunidad con que puede ejercerlo. Aquí puede estar, y no en las maravillas-a-pesar-de-todo de la Constitución estadounidense, la razón de que el Gobierno yanqui pueda ser calumniado e injuriado en millones de productos, y con tanta mayor seriedad cuanto más americana sea la factura de éstos, pues mayor es el gancho de la desinformación cuanto mayor contenido de veracidad lleva.
Incluso en los casos en que salen a la luz sus secretos, los documentos probatorios de la iniquidad de los anteriores Gobiernos, el Estado sale ganando; y no porque se reconozca al permitir tal desclasificación de secretos sumisión alguna a la Justicia, sino que, a la inversa, la Justicia siempre está de parte de lo que ya se ha hecho, consumado y ratificado y no se va a rectificar en modo alguno.
También cuando se reconoce incapaz de gestionar tanto la información recogida a un coste seguramente comparable al de la acción militar, como los superpoderes que se le atribuyen, el Estado fortalece su imagen, incluso cuando se pone en ridículo con un guiño de complicidad al público. “Es cierto, el Gobierno es capaz de registrar la caída de un alfiler en cualquier lugar del mundo. Que no hayamos estado allí esta vez para recogerlo se debe únicamente a errores humanos.” Que se atengan los restantes alfileres pues, ya que nunca se sabe cuándo van a acudir a recogerlo o no; y tampoco se sabe qué se clasifica como errores humanos a remediar en un breve plazo a fin de incrementar la eficacia. Cualquier acusación absurda que implique la atribución de nuevas e inéditas capacidades es bienvenida; en tal caso cómo no va a ser legítimo quedar como idiotas todas las veces que haga falta.
No hay acto del que no se pueda sospechar que ha sido orquestado entre servicios secretos, ejércitos y los gobiernos de varias naciones, ya sean de los oficiales como de los paralelos. Y esta sospecha sólo granjea más poder para los Poderes, más reforzados cuanto más imposible sea tomarlos en serio y esperar método en sus actos. Cuanto más aparente todo estar en las manos irresponsables de idiotas que además se lo hacen, de alucinados religiosos y de cínicos rijosos, más parecerá la marcha del mundo el producto de unas fuerzas más allá del control humano, y más absurdo parecerá pedir cuentas a quienes, incluso de no ser idiotas, no sabrían darlas.

11.           Del mismo modo que la ejecución de una selección del pelotón de prisioneros –unos tantos al azar, a ojo, o uno de cada cuanta hasta diez- sirve para repartir el castigo preventivamente, de la forma más descarada y funcional, sin preocuparse de si se elimina a los peligrosos o no, las muertes, vistas como cantidad, como porcentaje, son consumadas con orden y rapidez. Lo mismo puede decirse de los bombardeos, repartidos como la sal en un pambolí. Pues corresponde a unos pueblos despersonalizados y enteramente reducidos a blanco estadístico que el tonelaje de explosivos lanzados se corresponda a una cretina distribución estadística del miedo y del castigo. El bombardeo, a la vez que elimina, perpetúa. El juicio es sustituido por un linchamiento simbólico promovido por y para las cámaras y repetido y reactuado mil y una veces. El linchamiento como espectáculo: cuando a mayor crueldad del castigo, más probada queda la vileza del ejecutado, en vez de la del ejecutor, como debiera. La aplicación de la pena de muerte es un fin en sí mismo; nunca faltará alguien que se la merezca: una vez creada la pena la infracción correspondiente aparece por sí sola..
Las guerras no son una onda que desgraciadamente sacuda a intervalos el mundo: se tratan de un proceso lineal cuyo objeto –la Paz Final- no es siquiera tomado en serio. Así pues queda claro que cualquier otra cosa que se diga es una excusa para ejercitar los medios al alcance porque sí, como fin en sí mismos.
Las guerras siempre se tratan del fruto de un trabajo de puesta en escena, de una forma de favorecer su advenimiento. Incluso los que están en su contra trabajan por ella en cuanto aceptan su inminencia, deseando dejar constancia a toda prisa, antes de que llegue el momento, de que su posición era aventajada, de que sabían qué matices faltaba aportar a lo inevitable para que fuera recibido con las reacciones pertinentes, previstas y correctas. No sólo se someten ellos también al destino: son los voceros matizados del destino, pagados para que todas las vías converjan en la misma, la de lo inevitable, y su tarea apenas es más que acolchar la llegada del sentimiento de culpa para que sea menos destructivo.
Hacen la cama a lo inmanente, nos enseñan lo placentero que puede resultar doblarse ante lo eminente.

12.           Nos peleamos por demostrar nuestra capacidad de ponernos en el pellejo de los agresores, lanzándonos a proporcionarles razones y a descifrar todas las que nos parecen que justifican y hacen a su modo lógica, dentro del contexto presente, una intervención criminal. Sólo hay dos platos en la balanza. La identificación con cada muerto yanqui se extiende por el mundo entero, como uno de los pedestales del espectáculo: mientras no mueran ellos no hay muerte; si no arriesgan ellos, no hay riesgo; si no tienen dudas, todo va bien. Percibimos su marcha como inevitable, como expresión de una lógica superior.
Las masacres que nos polarizan a todos son aquellas cuyo final es de conocimiento público. P
or eso nos atrevemos a pensarlas, e incluso a discutirlas.
El apoyo incondicional al poderoso revela que se veía como inevitable no ya este combate, sino cualquier otro también. La plaza de condenado estaba llena e vacío con forma, como un cascarón cada vez más detallado. Sólo faltaba colocar en su interior a la persona indicada. Se estaban “rifando hostias” y era seguro que llegaría el momento en que desapareciera la incógnita.

13.           Como en el cine de artes marciales, uno piensa que la situación ha sido creada para dar pie a una nueva coreografía del viejo número, combinando a los participantes de forma que por un momento parezcamos ante algo interesante y renovado. El guionista procederá a partir de la serie de peleas ya decididas, que de antemano pudieran darse por luchadas, a componer el contexto que proveerá esto de un mínimo sentido, del mismo modo que incluso una película porno precisa de la anécdota, por ritual y microscópica que sea, para poner en marcha el argumento. No es necesario tampoco justificar la razón por la que los malos atacan al protagonista: para eso basta con que se los reconozca como malos, pero sí aclarar las circunstancias que condujeron al protagonista hasta ese callejón de Hong Kong, y en último el móvil último de la acción, ora conseguir un microfilm, ora lavar el honor de la heroína predestinada al héroe.

14.           Los poderosos pueden hablar si rubor de la Paz y de todo su séquito de divinidades menores, mientras desde abajo les llegan apelaciones a la Razón, al derecho y al sentido común como si fueran enemigos encarnizados, y hasta en última instancia victoriosos, sobre el Poder. Los lloros de los inofensivos confirman a los portavoces de éste lo que ya sabían, y los oyen con agrado. Nosotros participamos de la misma fe que vincula razón y necesidad, destino y poder, y no suplicamos más que coherencia y eficacia. Aceptamos el desarrollo de las inmanencias, pero dentro de un orden, por favor: que se nos prometa que después se habrá avanzado un paso más hacia el Reino en la Tierra, que se nos demuestre que la marcha de la Historia nos acerca a la Salvación. Los rezos y llantos a menudo responden a la convocatoria del verdugo, que solicita al público que rece por las almas de los condenados, pero no por respeto a ellos –pues se ha venido para recrearse en su destrucción- sino a Dios, que creó a estos reos que tan mal uso hicieron de la libertad que los prestó. Pues el bando de Dios es siempre el del vencedor.

15.           El científico que despertó al pterodáctilo, el doctor que desafió los límites de la ciencia, el que quiso revivir los cadáveres ya corruptos: en última instancia gozan de la ocasión de mostrar su capacidad de dominar su medio, de imponerse sin escrúpulos sobre la contingencia. Los cataclismos artificiales serán expresiones de la fuerza casi natural del catastrófico, casi sublime, poder de la Razón. No se le pedirá al protagonista cuentas por los desastres que no del todo indirectamente ha provocado: un giro del guión le convertirá en salvador de la humanidad, corrigiendo el error que su osadía le llevó a cometer. La responsabilidad ha recaído íntegramente sobre su creación viviente. En la viñeta final, estampa ritual de contrición, el protagonista jura con no poca vanidad: “¡Nunca más volverá el Hombre a desafiar las leyes de bla bla bla...!”, dejando bien claro que, habiendo comprobado una vez más su capacidad de responder adecuadamente a una invención destructiva con otra más destructiva aún, volverá a hacerlo tantas otras veces como haga falta, como se vea impulsado a hacer... porque ése es el sino del Hombre, el protagonista de la Parábola.
El relato de Frankenstein no se interpreta como una advertencia, sino como profecía. Pues el origen que se presenta es a la vez final. dejándonos el tiempo de enmedio contenido, determinado, con un destino manifiesto. Será el sino del hombre intentar componer en la tierra la materialización del Ideal mediante la aleación de los extractos más nobles, mediante el más perfecto destilado de lo mejor de cada casa, modelo de plasmación material del Reino Celeste, el cual, tarde o temprano, habrá de cubrir la faz de la tierra. Nosotros vemos la implacable lujuria técnica consecuente con la ignorancia y el patriotismo inseminado de los marines.

16.           Pocos golpes y autogolpes y sublevaciones militares se habrán realizado sin apelar a su carácter preventivo, a su intención de atajar en su seno una inminente sublevación. todos los argumentos podrían servir de perfectas confesiones en un juicio que no se piensa tolerar que se celebre -como en una especie de acción subconsciente de descargo o transferencia-, las acusaciones levantadas contra el otro, por fantásticas que sean, tienen menos de invención que de denuncia contra uno mismo, como fruto espontáneo de la propia memoria. Hay un recurso repetido hasta la saciedad: por Napoleón, Primero y Tercero; por Nerón, Hitler, Stalin, Franco: un recurso siempre efectivo, muy bien recibido por lo que favorece el público linchamiento: condenar a otros por los crímenes que uno mismo está pensando cometer.
Quien consigue creerse sus propias acusaciones, quien es víctima de sus propias pesadillas, actúa porque su propia razón, devenida monstruo casi le exige que su atractiva eficacia, su atroz lujo de detalles, sea llevado a la realidad; que se haga justicia a una idea tan tangible en la atmósfera que casi es un espejismo público. Se trata de algo a hacer de todos modos: no podría tolerarse que se realizara chapucera, descontroladamente lo que ya se concibe, por desgraciadamente que sea, como necesario, y que es mejor que sea hecho de una vez, de forma que sirva de algo, descargando su necesidad de que ocurra de las espaldas de los demás.

17.           La ley tiene peso: lo que aplasta, es ley.Es la fuerza la que hace la justicia, y no al revés. El justo es el que gana, es el más fuerte. El que ajusticia es siempre el bueno. El poder, vencedor tarde o temprano, siempre es preferible al desorden: lo que ha de hacer es asumir adecuadamente sus reponsabilidades y componer una nueva normalidad. Tal dicen los editorialistas de los diarios: apologetas del Poder Supremo, siempre; las supuestas diferencias entre los productos que ofertan se reducen a la falaz contraposición entre unos sensatos planes a largo plazo -dictados por el sentido común- y unas pragmáticas medidas de urgencia, siempre más vistosas y populares. El Imperio es el Destino, un poder absoluto de cumplimiento inmanente, que hace trivial toda libertad, toda división.
Más, si este cumplimiento es tan seguro, ¿a qué tanto miedo a la disensión, si la llegada del Reino está tan cercana; a qué tanto miedo al caos si el Poder es tan fuerte? ¿Para qué puede ser tan relevante autorizar democráticamente una masacre? Resulta una prueba de la enorme ceguera reaccionaria de los poderosos, de su relación exclusivamente policial y explotadora con el resto del mundo, que sólo sepan revolverse con rudeza y agresividad incluso contra quienes en el fondo les piden eficacia y seriedad, contra quienes les dan las ideas y la orientación y les dicen qué deberían hacer para que todo siguiera igual pero manteniéndoles contentos e ilusionados; que en el fondo no es tanto, que es de sentido común y será el discurso que se acabará por asumir tarde o temprano. En cuanto alguien habla en esos términos se está poniendo del lado de la Divinidad, sea cual sea el ídolo tras el cual la esconda. Protestar ante la Delegación del Gobierno implica el reconocimiento de que sería de esperar que alguna vez saliese otra cosa de entre esos muros; que invocar, exigir e insultar al Gobierno para que mire abajo implica no sólo que está arriba, sino que se le reconoce capaz de interceder ante los que a su vez tiene sobre él, a poco que quiera y ponga de su parte. ¿O tal vez se les pide algo porque lo exigido es esta vez una negación: que por una vez no se haga, que no se deje hacer, que se priven las más altas instancias, por una vez, de ser lo que son? ¿O a seguir participando en la tramposa dicotomía que impone elegir entre ser socios solidarios con el vencedor o con el vencido, estar con el justo o con el culpable? La oposición a estar otra vez del lado de los fuertes lleva a la petición, absurda pero seria por lo que pone de manifiesto, hecha a los fuertes de que por una vez dejen de ejercer como tales y que se imaginen capaces de no serlo.

18.         No nos lamentaremos por ver hundirse la carrera de ningún profesional de la cosa pública. El partido ganador, concebido desde su propia esencia como empresa, sólo piensa en actuar para su perpetuación y ampliación, y todos sus miembros no son sino trabajadores repartidos en la jerarquía que se desviven por satisfacer al jefe de la empresa. En el seno de los grupos es tan inconcebible la discusión como entre ellos. Cualquiera que levante la voz es expulsado a palos o se le abre un expediente disciplinario. Nadie se plantea hacer llegar su opinión al líder, pero lo cierto es que el líder habla no sólo para no oír: también lo hace para que los demás no se oigan entre ellos. No hay ningún cargo que, en cuanto ha motivado la mudanza familiar y la compra de una nueva vivienda, en cuanto ha dotado de empleo a unos cuantos empleados del hogar, no sea una forma decente de ganarse la vida; una actividad a proteger, legitimar y volver permanente. Se acepta con pleno cinismo que quienes han sido elegidos, una vez en el cargo demuestren absoluta incompetencia y desinterés en lo que no revierta en ellos mismos o en su reelección. Romper el buen rollo es un “acto de vandalismo”.

19.           “Lo único malo de las guerras es perderlas.” En los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el hecho del Exterminio era dejado de lado frente a la crítica a la política imperial fascista y la represión en las diferentes naciones, y la limpieza étnica no suponía la mayor maldad del nazismo, sino la más clara expresión de su degradación política, militar y social. En cambio, desde el presente, parece como si lo único malo del fascismo hubiera sido, aparte de perder la guerra, el asesinato de tantos millones de judíos, gitanos y disidentes. Criticar seriamente a lo que es repugnante del fascismo sin tener en consideración el holocausto queda fuera de lugar, y parece extremista, revolucionario; como si el resto del programa nazi fuera la roca madre sobre la que se han edificado las ideologías de nuestros días.
¿Por qué siempre nos vuelve a la cabeza la imagen de los campos de exterminio nazis, a pesar de todas las posteriormente acuñadas que podrían competir de sobras con ella? El margen humano del papanatismo parece estrechísimo: como si la historia fuera un movimiento ondulatorio de amplitud limitada por Auschwitz por arriba y por abajo, y nosotros zumboneando por el medio de este espacio, estrecho como un tubo, creyéndolo sin embargo infinito y lleno de posibilidades. A partir de Auschwitz apenas existen guerras inteligibles, es decir, que paradójicamente pudieran explicarse mediante lo irracional: pulsiones homicidas, expoliadoras, invasoras. La masacre puede ser efectuada por los países más creyentes del mundo, sin otro objeto que poner en práctica una teoría –seudocientífica, seudofinanciera. Nada interesa del aplastado, así que se convierte en una molestia que tiene que pagar su propia aniquilación.

 


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