Guantanamerika
No todos los tontos son iguales.
Al principio nos reíamos porque pensábamos que daba igual uno que otro, que ya puestos, qué lo mismo daba, a la hora de hacer mal las cosas, un imbécil crónico que un simple tonto. A veces alguno aventuraba que la gravedad de su condición tendría de bueno que le impediría obrar con verdadera mala fe. Con esta seguridad de que nada importaba y de que, visto que no pintábamos nada, tampoco había en juego nada más que diferentes formas de pasar el rato, nos lavamos las manos, o reímos cínicamente, o nos dedicamos a hacer la ola y a corear y aplaudir cada vez que el patán subía al escenario a hacer el ridículo. Supongo que a los generales que se levantaron en el 36 también les sorprendió descubrir toda la ponzoña que había en el más gris y estulto de todos ellos, cuando se hizo evidente que lo imbécil no quitaba lo canalla, ni lo corto lo ambicioso. Comparación, además, que viene sola a la cabeza, pues, dado que el trono supremo está firmemente ocupado por el mayor payaso jamás visto, a buen seguro que el honor que ocupa el inmediato segundo lugar en la escala de logros personales de nuestro payasete no es sino la poltrona de Caudillo. Le basta conjurarla como mal menor o como salida obligada a partir de determinado momento; como si fuera un movimiento que le ha impuesto hacer la marcha de la partida, otro paso que le fue históricamente necesario dar, y que ya contará con quien lo legitime o exculpe con argumentos a medida. Enternece ver hasta qué punto cree en su propia carencia de malicia según escapa pasito a pasito hacia adelante, cagándola una y otra vez, agravando la situación hasta que parezca lo más natural que se mande a hacer puñetas tablero, fichas y contrincante. Sí, hijito, e incluso dándote un autogolpe te ahorras tener que responder ante todos los que no crean que tu congénita imbecilidad te excusa de todo lo que has hecho. Tal vez cuentes con tus colegas, ¡pobres cretinos de condición agravada por la adicción a los esteroides!, para organizar una rápida dictadura que sea presentable como única forma de evitar la escisión nacional y la revuelta popular. Y si luego eso tampoco te va bien, pues bueno, algo de tiempo sí habrás ganado; al menos el suficiente para montarte un ranchito en que babear el resto de tus días, consolándote con la idea de que la peor parte no te la has llevado tú.