La foto del dominguero, pudiendo ser multiplicada hasta la saciedad, en incontables formatos y calidades, existe como un solo ejemplar, en constante degeneración. No es una copia única, sino una copia solitaria. En el cine, lo que realmente distingue principiante de aficionado es alcanzar a disponer de varias copias de la película.
Algo se pone de manifiesto si volvemos de las vacaciones frustrados porque nos robaron el estuche de la cámara al embarcar en el avión y hemos perdido hasta el último de los carretes que fueron disparados. Por negación podemos darnos cuenta de que abrigamos soterradamente unas expectativas que dicen mucho más acerca de lo que realmente exigimos de lo que nos atrevemos a reconocer. En un concierto de música de vanguardia se produce un escándalo cuando aparecen como intérpretes, al alzar el telón, las madres de los músicos, quienes dedicarán el tiempo del recital a quemar el caché, ya cobrado, en una barra americana al otro lado de la ciudad.
Demostramos nuestra inadmisible familiaridad con el orden de las cosas. Lo que no es circunscribe la forma de lo que debe ser. En la acera están esparcidas las fichas de manchas del test de Rorscharch. No variamos nuestro paso; las tomamos por simples fotografías. Albergamos en nosotros un archivo de experiencias latentes a la espera de ser vividas. En los suplementos de prensa los científicos hablan de los sentimientos y las sensaciones como algo puramente químico, como procesos similares a los que suceden en un laboratorio fotográfico. Hay conceptos que son como anticuerpos a la espera de su momento. En su interior se halla prefigurado el momento en que todas las miradas estarán centradas en ellos. En el Belén, el Bebé Jesús ya ostenta en sus extremidades los estigmas de la cruz.