(Modo de empleo.)
No se descubre al hombre invisible bisturí en mano, ni volándole el cerebro de un tiro. Para que se nos revele su forma en el momento en que interesa saberla hay que arrojarle harina, el tintero, el cubo de pintura, nuestras sábanas.
(No hay obras, sólo reproducciones.)
Resulta justo que la infografía a saco acapare para ella, sin reservas, la pista central: a un Arte en el cual las obras no son más que la pobre y accidental sombra de una idea agazapada en el cerebro del artista, sucede un Arte cuya verdadera esencia reside en un disco duro, del cual podría desaparecer sin dejar rastro, y cuyas materializaciones sólo valen su coste en papel satinado y cartuchos de tinta, y apenas son un indicio de cualquier verdad que pueda contener la obra en sí misma. Mirar con el ceño fruncido el CD-Rom que la conserva es tan inútil como quedarse mirando la sucesión a lo largo de la pared de los lomos de carísimos catálogos.
(La mirada diabética.)
Procede la emisión de reflexiones que no desentonen sobre abstracciones, formalismos, hechos perceptivos..
Lo analizado queda transfigurado —y su observación directa se pasa por alto, indigna de un análisis fuera de registro, salido de tono—: la visión exigente resulta un método de evitarse la visión por completo, a la vez que se salvaguarda de cualquier acusación de obviarla o disfrazarla. No es lo mismo describir el redil que hablar de las glorias y miserias de la vida del rebaño.
La pública discusión, o admiración, indiferencia, desprecio o desesperación, deposita capa tras capa de barniz sobre las obras hasta un grosor prácticamente impenetrable.
(Le dessin trouvé.)
En los auspicios del muro la comunicación tiene una eficacia que pone en evidencia todo el aparato romántico de un Arte que sólo parece funcionar a condición de que se corran ciertos riesgos sin amortización aparente. La falta de intermediarios no evita que un grafitero sienta todo el peso de la Pinacoteca Nacional al enfrentarse a la tapia.
(Cenotafio.)
Los artistas resucitan, el Arte no. Lo más inquietante de quienes convirtieron su vida en monumento, para poder seguir siendo eternamente ellos —ése fue el encargo que hizo la Religión al Arte y que ha llegado intacto hasta nuestros días— es que sufrieran en ocasiones la experiencia de asistir a sus propias exposiciones póstumas o que tuvieran el privilegio de escuchar o leer la noticia de su muerte.
Del mismo modo es imposible evitar el desvanecimiento del aura de ciertas momias tras los reflejos, las huellas y el polvo que se acumulan en las gruesas láminas de metacrilato que las protegen.
(Bienaventurados los ciegos.)
Admitiendo que las imágenes son siempre tramposas, que las palabras son un producto tan social, arbitrario y de conveniencia como nuestro presidente del gobierno, el Arte siempre miente, y lo meramente industrial, el No-Arte, no tiene por qué disculparse de que asimismo también mienta siempre.
La visión de lo externo puede ser estimulada, educada, forjada. Es la vida quien imita al Arte. El mundo ha de regirse por patrones estéticos. La realidad de lo Real ni siquiera se discute: directamente se admite su papel secundario: de mero SOPORTE contingente. La Realidad es aquello sobre lo que pinta el gran hombre para deleite del connossieur.
(Política cultural.)
Donde fueres, ve lo que vieren. La iniciativa estatal ha de repartirse con las empresas la obra de artistización del mundo. Está en juego el patrón con el que ha de coincidir nuestra visión del mundo.
Ante el Arte o la justicia internacional conviene aparecer, o al menos parecer, un utopista. Los obsoletos aspavientos de estas instituciones ingenuas y déspotas nos dejan expuestos a una misma providencia si juzgamos sus logros en función de las promesas y no de sus buenas intenciones.
(Libertad, igualdad, funambulismo.)
Ese árbol puede ser sustituido por cualquier otro árbol; a ese bordillo triturado por las grúas y camiones al edificar en el solar puede encontrársele un idéntico sustituto —a menos que sea único. Sólo lo artístico —histórico, testimonial, censado— es único: la obra de arte ni siquiera puede ser sustituida por otra.
En contraste con la afirmación de que en el infinito todo se repite, y que todo es comparable, lo hecho por el artista no podría ser hecho por nadie más en todo el universo. La ausencia de su obra dejaría un hueco irreemplazable. Ni siquiera es reducible a otras realidades —es decir, a dinero—; sólo los filisteos se atreven a mensurarla.
De igual manera, de no haber llegado a nacer el artista, existiría un gran vacío en la cultura correspondiente; el hueco por él dejado no podría llenarlo ninguna otra persona.
La autoría supone creación. La producción en cadena no supone coautoría, y cuanto más dé un operario que cualquier otro, más pertenece el producto al dueño de la herramienta. Sólo es susceptible de ser propiedad intelectual lo que es creado, no engendrado. Paradójicamente, el artista más moderno es el artista de sí mismo, quien pinta con su biografía, y se trataría de un ideal de obrero moderno, propulsado por el consumo de su propio tiempo. Como en el caso de la industria pornográfica a cargo de mujeres, su contenido de libertad, y lo que permite presentarse como superior a la alienación común y corriente, es que el explotado, presuntamente, coincide con el beneficiario.
¡Se le ve la mano!
Eso creo que fue lo que dijo Ingres de Manet. Cuesta ahora concebir un artista al que no se le vean la mano de pintar y la de pedir, los pies, las gónadas y el estómago.
Toda prueba es poca para demostrar la existencia de un autor. Aparte de esto, lo que se espera de él se ajusta a lo que tiene que producir cualquiera en el rol que le ha tocado: que esté y diga ser durante determinado tiempo.
(Cara de otro.)
El "lector" de las obras acecha las pruebas de la existencia de determinada realidad objetiva: atento a que delegados y especialistas definan y establezcan "lo intersubjetivo".
Al menos que definan, para el común uso, otra zona de la Realidad, como hace todo buen especialista en su campo. Que dejen claro de que hay quien tenga claro todo lo concerniente a ese tema; que entre todos estén cubiertos todos los flancos.
Todo campo de conocimiento siempre ha de disponer de sus propios especialistas. La información vírica significa el triunfo de la visión científica del mundo, de la visión Realista de la Realidad: siempre hay alguien para hablar de cualquier cosa, con rigor, sin rigor: lo que hay es aquello de lo que alguien puede ganarse la vida hablando. No existe lo desconocido, sólo lo NO BABEADO.
Ojo al examinar aquellas acciones en las que no haría gran diferencia que el actor fuera un autómata en lugar de un hombre. El artista se siente constreñido: ambiciona un dominio más amplio. Todo buen especialista siempre sueña con "ampliar sus actividades."
Las personas de superior sensibilidad deben proveernos de pruebas de que no chapoteamos, sino navegamos por un medio firme, fértil abono, el más inmejorable, el más mejor de los lodos posibles.
(Libertad de exposición.)
Sin libertad de exposición no existen Arte ni libertad alguna. El desarrollo de un circuito de salas en que mostrar las obras es imprescindible para que haya algo que mostrar en ellas. La iniciativa estatal, los galeristas, y las fundaciones culturales de bancos y demás industrias cargan sobre sus hombros el peso de la Cultura plástica de la nación. Cuando se dijo “Libertad de expresión” quería decirse “Libertad de recepción”. Tan claro como que la libertad para elegir médico es la liberalización de la enfermedad.
Pensemos además que una vez desarrollado el circuito, tiene que haber Arte con que llenarlo.
(La realidad es la imitación de su propia fotografía.)
La presente etapa del proceso digestivo consiste en la reducción del mundo a imagen de sí mismo, y sobre todo a ejemplares artísticos mediante los que se justifique la existencia de todo lo demás. Ya sea como paso previo o como expiación y tributo. Ningún urinario está a salvo de poder ser transustanciado en obra de arte, sin siquiera tener que volcarlo, firmarlo y arrastrarlo fuera del retrete.
(Un consejo.)
Estudiad despiadadamente todas las biografías de Rimbaud que se os pongan a tiro, pero ni siquiera como si fueran bonitas novelas, sino más bien como documentos del escritorio de Pinochet: ni una palabra es verdadera, ni una sola ha sido escrita a la ligera.
No es necesario que el genio objeto de nuestra veneración lo haga todo bien. Al contrario, mientras más fracase, más será su vida de fracaso su verdadera obra maestra. Y, por consiguiente, más se parecerá a Dios, y particularmente, mientras más caro lo pague, a Jesucristo.
Ni es demasiado verosímil que alguien pueda pintar óleos de 2 x 3 metros o más, de casi 150 kg, embalarlos y mandarlos a su marchante luchando contra su timidez y víctima de un gran desgarro. Incluso a él debe costarle creérselo.
(Contar los muertos.)
Si tienes tiempo, recrea los cuadros perdidos durante cada guerra. Todas esas obras desaparecidas, eliminadas de una memoria que ya no pertenece a este mundo. Porque es otro.
¿Cuántos cuadros de sacristía habrán sido quemados sin que nadie los eche de menos? ¿Cuántas obras se quemaron en la Guerra Civil, cuántas habrá que quemar en la próxima, acaso todas? En la próxima razzia de imágenes religiosas y demás símbolos de inhumanidad, quizá el arte contemporáneo cuente en su defensa con haber producido las piezas menos dañinas —no porque se pueda disculpar su contenido en cinismo, sino por su inefectividad real.
Párate a pensar qué puede significar el escándalo y sorpresa que, triviales e instantáneos como un acto reflejo, expresa la voz del contribuyente cuando, al oír que lo han robado, se entera de que hay determinados cuadros de valor capital para la patria que no están encerrados en museo alguno.
(El que dice la primera cantidad es el que pierde..)
Es tan fácil reducir a cero el valor estético de una obra cualquiera como el económico: ambos son de quita y pon, subordinados a su valor de mercado.
Respecto a su valor expositivo, posiblemente pudieran iluminarnos tanto las empresas que aseguran el transporte y vigilancia de las obras durante sus viajes por el mundo como lo hiciera en su momento el amigo Walter. Es de prever que exista una fórmula para calcular con rigor el incremento del valor de una obra según el número de museos en que haya estado expuesta y el prestigio de los mismos.
En los museos sabemos que se llevan a cabo expurgaciones similares a las de las bibliotecas. El espacio en un museo puede ser mucho más valioso que lo que lo ocupa: las obras pueden ir pasando de un infierno a otro —por todo un concierto de infiernos—: los donativos, los sobrantes, lo expulsado de los catálogos oficiales de obras reconocidas, las obras sin valor histórico o que pudieran ir en detrimento de la cotización de otras.
(La industria es intransitiva.)
Siendo los media empresas fundamentales para la economía nacional, argüir que de paso podrían intentar ser medios para algo constituye toda una declaración subversiva, incluso una blasfemia, un acto de automarginación tan grave y gratuito como decir delante de niños que las películas de Walt Disney no hay quien las aguante o que los Reyes Magos son los padres.
La palabra tecnocracia ha caído en desuso incluso como insulto. Una vez consumada la identificación de la técnica con el poder, se ha convertido en una tautología demasiado llana para aportar algo a la comunicación. Los tiempos en que se usaba beligerantemente parecen de lo más idílicos. También se observa que ha desaparecido el problema que antes traía tantos quebraderos de cabeza, acerca de la traducción de kultur y weltanschauung. Cultura como usos colectivos y como forma de ver el mundo han sido asumidos por el efecto embudo del término civilización (no hay choque de culturas, sino enter civilizaciones; mejor: entre la civilización y los no suficientemente civilizados). Todo lo que deba hacerse debe ser hecho, y la infinidad del espacio digital nos lo permite. Sólo se conoce lo que se manipula y la manipulación es indispensable para el conocimiento. Se da por supuesto que lo que uno concibe como potencia para otro ya es realidad. El mundo es percibido a lo largo y a lo ancho en cuanto escenario y materia prima para la industrialización. También se puede industrializar anticipadamente el futuro. Pero la falta de un ejemplo convincente por parte de los poderosos desanima un poco.
(Tardofascismo.)
No es extraño que nos sorprendan las manifestaciones de violencia anti industriales del pasado. tendemos a atribuirlas a las injusticias sociales, a una situación de explotación laboral demasiado intolerable. Porque las películas del pasado son incapaces de hacernos sentir como malo, barato e insalobre lo que el público contemporáneo podía interpretar a primera vista sin la menor equivocación.
La ideología, y en último término la moral, siempre llevan retraso respecto a sus circunstancias: es sincera la rápida congoja que asalta a los gobernantes, por ejemplo, al ver a quienes les estorban matarse solos, aunque esto suponga un gran servicio y ahorro.
La economía es lo eterno, pues, ya que todo cambio es mera apariencia, y la cultura humana puede resumirse fácilmente como lo que han ido haciendo los hombres a lo largo de la historia cuando no estaban trabajando.
(Cultura cráter.)
No se colecciona lo único, sino lo disperso en miles de copias diseminadas. Cada nueva pieza añadida a nuestra colección obtiene por fin sentido; el acto se extiende al original y a cada una de sus otras encarnaciones en paradero desconocido. Para coleccionarlas, nuestras piezas han de carecer de valor —o que valgan menos por separado que en conjunto. Que no tengan valor de cambio y sobre todo, que no sean originales: que sigan existiendo copias por ahí dispersas, por favor, coleccionadas o no. Si no, corremos el riesgo de encontrarnos en las manos un mero cúmulo de piezas únicas.
(“El error es único, la verdad es múltiple.”)
Multiplicar es convertir en mercancía. Es más importante hacer y volver a hacer y de tal forma que lo hecho sea repetible, que el fin con que esto se lleva a cabo. El tema crucial de nuestro debate no es la propiedad de los medios de producción, sino la de los medios de reproducción.
Los mass media unidireccionales no eran más que medios de formación de masas; tras su “globalización/democratización” no pasan a ser más que medios de reproducción de masas a manos de ellas mismas.
Para mantener contento al personal hay que procurar que lo hecho en serie parezca diferente, a la vez que todo lo diferente se convierta en repetible, intercambiable y fácilmente sustituible.
Como nada puede ser realmente repetido, nada mejor para poder hacer de nuevo una y otra vez algo, ya sea cosa o acción, que hacerla mal, para tenerla que repetir o sustituir sin poderla comparar con la vieja: nada más idéntico consigo que lo defectuoso, que lo mal hecho.
Para unos, el Arte proviene de la voluntad de matar el tiempo, de consumir unos recursos; para otros, de aplicar energía y esfuerzo para ordenar lo que sin trabajo constante retorna siempre al caos.
“A menudo oímos a alguien hablar de que no comprende el arte contemporáneo, pero que sin embargo ama el arte del pasado. Todo esto se debe a un equívoco fundamental en la relación con el propio arte y podemos estar seguros de que las personas que hablan de este modo no entienden nada del arte pasado ni del arte contemporáneo.”
¿Se ha dado alguna vez que en una fábrica de artículos religiosos alguien se haya puesto a rezar en el almacén, ante una pila, tan alta que roza el techo de uralita, de crucifijos y vírgenes de nácar?
Sabemos que hay tasadores de todo; incluso nos figuramos que los hay para aquello cuya capacidad de venta se nos escapa.
Los objetos vulgares masivos sólo pueden aspirar a la distinción social mediante el aumento espectacular y especulativo de su precio. No hay otros recursos para hacer exclusivo y elitista un producto masivo. Tampoco las élites tienen ninguna otra característica de que echar mano.
¿En qué situación se hallan obras como las Meninas, el Guernica, la Maja Desnuda y demás, cuya expulsión del mercado cultural trastornaría lo mismo o más que su destrucción física? El estado hace una inversión nada despreciable para que estas obras capitales para la autoconciencia cultural se mantengan en cotización.
“Estándar” proviene de “estandarte”, bandera: cada uno desfila tras el banderín que por decreto le representa, y se pretende además que esté de buen grado dispuesto a creer que el icono que decora el trapo alude a los rasgos que constituyen el colectivo en el que se le incluye. El himno compuesto por encargo del gobierno autonómico se pretende tradicional e intemporal desde el día siguiente a su estreno. Los fetiches mostrados a un público perplejo e irónico habrán de volverse sagrados tras las multas, imposiciones, subvenciones y batallas que preparen al efecto quienes los pergeñaron. Violencias contra los escarnecedores y gloria para quienes las ejerzan, violencia contra los cadáveres, cualquiera que haya sido su asesino, al reclamarlos en su beneficio el pendón en el acto de ponerse sobre su ataúd. Hay que barrer a favor de uno todo lo que sirva, hasta que el signo sin significado, mediante la inversión de todo tipo de fondos públicos, consiga la ansiada aura.
El contribuyente anda escindido entre su voluntad de creer, aunque sea en la perentoriedad de las convenciones, y su escepticismo hacia las ruedas de molino con las que ha de comulgar día tras día después de haberlas llevado sobre sus espaldas. Por eso no le ofende realmente la destrucción de obras de arte, museos, monumentos y demás bellezas mientras sea casual, sin mensaje. Preferiría ver arder el Louvre mientras acaricia a unos gatitos recién salvados de las llamas a soportar que se le vayan otras vacaciones haciendo cola desde la madrugada.
El rencor no deja de crecer en el corazón del público. Su dependencia de las eternas superestructuras, torpes máquinas de devorar teologías recompuestas y recocidas y cagar prólogos de catálogo y discursos para oídos sordos, es frágil y voluble. Y no se debe a mérito alguno de este aparato ni de ninguno de sus mecánicos, sino a las circunstancias que lo han creado, que aún lo hacen necesario.
No nos interesa tanto la crítica de teorías y estéticas como discurrir cómo ha llegado a ser que se llame Arte todo lo que puede ser visto, cómo ese concepto domina nuestro pensamiento, y si es que antes no ocurría así.
(Testamento.)
Modernidad y crisis del Arte son sinónimos: percibir esta crisis es percatarse de vivir en la modernidad. La conciencia de vivir en la modernidad y la conciencia de la muerte de lo artístico van de la mano.
Un vivir para escribir el presente, en vez de vivir para la eternidad, o para la fama o la historia, viene marcado por un violento añorar. La nostalgia de lo que echamos de menos sin conocerlo. Porque conocerlo sería lo mismo que tenerlo. Nada se deja añorar mejor que lo que nunca ha existido.
(El Apeles de la modernidad.)
Mucho antes de que Picasso empezase a incluir en sus cuadros una fecha, con conocimiento o no de los problemas que en el futuro pudiese tener abarcar la totalidad de su obra. Aproximadamente en la primera década del siglo veinte, cuando usaba las páginas y cabeceras de los diarios para sus composiciones cubistas, podía advertirse ya en ese detalle que anticipaba, en un mundo en que tiempo y espacio eran magnitudes que tendían inevitablemente a desaparecer, la importancia de firmar con semejante rigor.
Hay que estar pendientes de documentar cada momento de la vida de cualquiera que pudiera resultar un genio, que no se nos escape ningún momento que pudiera resultar crucial: el trauma de Apeles. La aporía de no poder seguir la pista segundo a todo y al tiempo seguirnos la pista a nosotros mismos. ¿Acaso vale la pena hacerlo? Toda la documentación está simultáneamente disponible y constantemente actualizada. Exigiría mil veces más trabajo verificarla que recuperarla. Siendo siempre mejorable ,es siempre sospechosa.
(La levadura de la sociedad.)
Las vanguardias de entreguerras, violentas, politizadas, belicistas, totalitarias, anarquistas, protonazis, ingenuamente estalinistas, fustigadoras, para los niños llevados a ver una exposición son los peldaños que han ido diseñando el mundo, como Franco, el SIDA, 1492, el Mercado Común.. jalones idénticamente inocuos del camino hacia nosotros, o sea: benéficos: sin ellos no estaríamos aquí haciendo lo que hacemos, siendo lo que somos.
(Inutilidad máxima.)
Es paradigmático que para rematar el diseño de las razas de perros sea imprescindible recortarles rabo y orejas de forma predeterminada desde tiempos inmemoriales. Así, la única modificación que no se puede conseguir mediante cruce selectivo ha de acometerse quirúrgicamente, confundiéndola con la exigencia de una voz de lo alto para que el perro-de-raza sea realmente tal, para que su belleza sea al fin perfecta y real.
Si el hombre discurre un sistema de medida ha de poder aplicarlo midiéndolo todo; si escribe una enciclopedia, ésta ha de ser universal; si fabrica trituradoras es para idear el modelo capaz de triturarlo todo.
(Números romanos.)
Se ha conservado el paisaje, el aparato y la jerga; todo lo demás ha cambiado: así que incluso esta conservación es una transformación. No es que no haya nada detrás de la mera apariencia, sino que los restauradores de fachadas cometen graves errores, incapaces de ponerse de acuerdo sobre lo que hay tras ella ni siquiera por conveniencia.
(“Lo que hay que oír.”)
El espectáculo ya es la única condición sine qua non; no se hable más de categorías innatas ni de juicios sintéticos a priori: se ve lo que se sabe que se va a ver, se va a oír lo que se sabe que se va a oír.
Toda la Cultura del mundo centelleando a la vez desde un número infinito de pantallas con veinte líneas de texto cada una.
Que no haya un sólo átomo de Cultura que en este preciso momento no esté latiendo en algún cerebro humano.
“El silencio de Duchamp está sobrevalorado.”
El valor del silencio de Beuys es incalculable.”
(En las cavernas prefabricadas.)
Es la transparencia la cualidad que más apreciamos en mucha de la pintura del pasado: la ausencia de intermediarios, de materia tangible. Meditada, no mediada. Conduce a una desaparición en la que sólo permanece la persona del artista a falta de otros rasgos, de gestos. El artista que no interviene pasa por el espacio sin tocarlo, pisa el suelo sin mancharlo y el tiempo no lo recuerda.
Estamos convencidos de que nuestro entorno es fundamentalmente visual. Y sin embargo, a pesar de lo que pueda engañársenos mediante imágenes, eso no es nada en comparación con la avalancha de mensajes verbales abortivos que acompañan a cada fotograma en una proporción de diez a uno.
El cine no eligió ninguna de las representaciones anteriormente conocidas como inspiración en sus inicios y aún en nuestros días. Esa renuncia es definitiva. La decisión de no filmar libros, cuadros, etc., puede que sea la culpable de que actualmente uno de nuestros escasos compromisos con las imágenes sean ciertas alucinaciones que nos producen las películas.
La vida en un mundo fotográficamente educado: la invasión de la imagen gráfica conlleva otra manera de ver las cosas en que somos testigos y víctimas de la disputa que mantienen lo que se dice real y lo simbólico para hacerse con nuestra experiencia; la confusión entre los plátanos a la venta en la tienda, los del cartel y los que nos ha mandado comprar nuestra madre. Y más adelante, el concepto de plátano que las autoridades competentes intentan hacer distinguir del de banana.
(Heterótropos.)
Debajo de nuestros modernos museos hubo mercados, fábricas, loqueros, hoteles, claustros y otros edificios sobre los que hoy se construye el hogar de las musas. Sólo existe la tradición del respeto a las ruinas desde que hacer una reverencia al pasado sale más a cuenta que reciclar el material y reedificar en el fértil terreno que nuestros predecesores nos han legado. Algo inédito es el proyecto del Guggenheim en la isla de Manhattan, que directamente será erigido sobre las aguas. Queda por ver cuál es la verdadera razón por la que se gana terreno al mar dando la espalda al continente. O prolongándolo.
Sea cual sea la responsabilidad del arquitecto en la tarea de disimular o preservar las huellas, dudo que nadie llegue a vivir lo suficiente para ver qué templos se levantan en su lugar.
(Todo lo que pisa un templo forma parte de la liturgia.)
El 90% de las personas de imaginación inestable a los que la desdicha obliga a adentrarse alguna vez al año en los pasillos de algún edificio público, confiesa sentir una peculiar mezcla de vértigo y júbilo al imaginar que bajo éstos se extiende una red de sótanos, subsótanos y resótanos donde se hacinan toneladas y toneladas de legajos.
A pesar que es un tema que siempre se propone para las tesis doctorales, sigue pendiente el análisis de los sentimientos de los asiduos al Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona ante una red de redes de pasillos, atiborrados de documentación y cajas de zapatos repletas de fotos de Marcel Broodthaers y de las cintas de vídeo con que esa chica de Teruel documenta cada minuto de su vida desde que tenía trece años, caracoleando por debajo de la plaza donde los niños juegan y las madres limpian los mocos y dan de merendar jamón de York a sus criaturas.
(Aprendiendo de lo infame.)
Según los estándares actuales, hace 25 años, cuando por hábito y falta de televisores era raro el adulto que no consumiera 500 páginas de novelas del oeste, espías o amor a la semana, como mínimo, la cultura debía ser altísima, puesto que según los expertos, cualquier porción de Shakespeare abreviado es mejor que ninguna, y constituye una dosis de cultura suficiente para toda una vida.
Quien diga que todo lo que sabe del Guernica lo conoce por la observación pura y directa miente como un bellaco. Poco puede extraerse de un cuadro flanqueado por guardias, al bies y a setenta personas de distancia. Del cuadro, poco de nuevo. Y de lo que lo rodea, nada que no se le convierta en rutina desde la segunda vez.
La existencia de una obra de arte afortunada, es decir, una obra con la que sea una fortuna encontrarse de vez en cuando, echa por tierra, en todas sus encarnaciones, la idea de una justicia divina.
(El hombre estuche.)
El espectador —negativo vivo de una imagen que va buscando sin cesar— va al museo a contemplar imágenes cuyo sentido ya era hurtado a sus destinatarios originales: quedan fuera de su alcance por partida doble.
(El embellecimiento estratégico.)
Desde sus marcos y con el letrerito al lado, a menudo se hace pasar por una exposición de fotografía una serie de fotocopias o impresiones digitales, que también cuestan lo suyo y hacen posible hacer la misma exposición en varias ciudades a la vez; como ojear colectivamente una versión desencuadernada del catálogo y colgada de las paredes para guardar las formas. El fundador del Verdadero Museo de Cuadros Falsos, con su recopilación casera y al óleo de los Greatest Hits de la Pintura, se codeará con Winckelmann et al. en futuras ediciones de los Diccionarios de las Artes.
No es raro que pensemos en el Arte casi exclusivamente como cuadro o escultura. Los museos no admiten obras inmuebles, incluso los frescos han de entrar en los museos convertidos en cuadros, susceptibles de reemplazo, mudanza, reventa..
La única pieza permanente en un museo debe ser su diseño, su arquitectura.. Ni el mayor artista podría osar presentar un proyecto que por concepción afecte fundamentalmente al edificio y que no pueda separarse de él sin destruir ambos.
(Para que nos orientemos.)
Todo esto gira en torno a una misma cuestión: ¿por qué hay tantas gentes dispuestas a agredir con bolígrafos, cortaúñas y sus propios apéndices a una tela pintada hace 300 años con la seriedad con que uno atentaría contra el presidente de los EE.UU., y tan poca que aprovecharía un despiste para llevársela y colgarla de la pared de su comedor?
A los espectáculos deportivos asiste un buen número de personas dispuestas a darse de leña a la primera ocasión. Sin embargo, su número es despreciable al lado de los miles a los que no les importa recibir con tal de invadir el terreno de juego colectivamente, como expresión de sus pasiones.
(Feria de ganado.)
Llevar tatuado a tu patrocinador es un privilegio y un gesto que ha revelado uno de los más pretenciosos logros del mercado: su obra maestra. Es un licor destilado de otras actividades tradicionales como la prostitución y la esclavitud, es un licor que honra la mercancía.
(“Martín Martin, 29 años, arquitecto, Nueva York.”)
La esencia del hombre contemporáneo se encarna en el arquitecto de la única ciudad que existe, positivamente identificado con los únicos valores que puede haber: libertad, iniciativa, heroísmo y demás formas de decir de forma correcta en banquetes y concesiones de premios “agresividad”. El único hombre que puede impunemente dejar huella en el mundo y hacerlo a su imagen y semejanza. Aunque a juzgar por toda la evidencia, a la vista de las casas como cárceles de ladrillos mal apilados esperando el revoco y la pintura, vivimos en plena apoteosis de los sepulcros blanqueados.
Como penúltimos artistas verdaderos, sería más normal ver muertos de sobredosis, antes que a los cantantes, a los urbanistas, desgarrados entre la incongruente normativa y la idiocia disfrazada de economía de las constructoras, y el tirón propinado por el otro lado por el círculo cuyo aplauso buscan y ciertas razones y preferencias personales que resultan inexplicables para los que tienen que hacer su vida en el resultado de tanta componenda, los cuales, incluso, van y a veces se quejan.
Los arquitectos ya no construyen una estructura en que situarnos según nos corresponda: el espacio moderno nos hace pensar que somos iguales. No han de faltar paredones para todos.
No faltan quienes presenten proyectos a miles, de toda especie y mérito, para recuperar antiguas iglesias. Abundancia y variedad que resultan más patentes al notar que la desorientación que se hace gala al edificar iglesias de nueva planta para los barrios residenciales, y sobre todo el poco prestigio y eco que reciben cualesquiera que sean las soluciones que se hayan tomado.
El constructor de ciudades, al ver lo que hace la administración pública con la herramienta que le ha puesto en las manos, no puede menos que lamentarse como hiciera el genio que diseñaba para 007 avanzadas y todopoderosas armas, que Bond desaprovechaba y estropeaba al usarlas de la forma más pueril y frívola.
(Ver es rebobinar.)
Abandonamos la pantalla de la televisión en casa y al salir del portal lo primero que vemos, más allá de los contenedores y los coches, y negando el ruido y el humo, es una apacible mole de sólido hierro y hormigón bañado en óxido, coquetamente varado sobre dos de sus aristas en un rectangulillo de verde césped.
Ver es rebobinar. Repasar fragmentos hacia adelante y hacia atrás de la cinta de vídeo en nuestra nuca y ver reflejado lo que aparece encuadrado en las ventanillas de nuestro coche.
Nuestras ciudades no llevan siendo lo que son desde hace más de 25 años. Y sin embargo se supone que existen desde siempre, y que siempre han sido igual. Como nuestros padres, que podrían hablarnos perfectamente de una vida sin televisión, y sin embargo en sus recuerdos nunca parece muy lejos del lugar que estaba llamada a ocupar.
Nada de lo que creemos ancestral costumbre se remonta más allá de Hiroshima. La burguesía barrió el planeta sin contemplaciones, creando de inmediato la ficción de unas cuantas tradiciones recién desaparecidas que añorar y mantener en hibernación en centros cívicos. tiene más de quince años
(Ciudades museo.)
De día, turistas y compradores de recuerdos; de noche, basura y prostitutas. El uso corriente que se hace del adjetivo “surrealista” no es inadecuado: que reconozcan los profesores que fuman en pipa lo que desgraciadamente el Surrealismo ha tenido de profético a su pesar. Sólo falta que un espontáneo añada a los cuadros de Paul Delvaux la figura de un cochecito limpiador, dando lustre a las aceras justo antes de que se abran los comercios.
(La puta ciudad.)
La gran ciudad como la mayor concentración de cultura nunca vista.. como galería comercial dedicada al arte multimedia.. como Arco global, multiétnico abierto las 24 horas a la misma puerta de tu casa.
Los felices funcionarios admirando el funcionamiento de esta París o Nueva York universal, con Guggenheims y MOMAs como erectos genitales.
Las ciudades son producidas por el departamento de diseño de sus ayuntamientos para que se parezcan a sus aeropuertos, como decorado destinado a público, crítico y selecto, compuesto por viajantes y profesionales liberales, siempre a caballo entre Roma y Ottawa, que quizás decidan tomar una ruta con transbordo en tu ciudad si los pasillos del aeropuerto (o la ciudad adjunta.) están decorados con gusto y buen hacer.
El decorador de espacios públicos es libre para desvariar, errar, cometer delitos sin beneficio para nadie; que por su precio, pretenciosidad y total falta de interés sólo pueden ser auspiciadas por lo público. Gastos de ornamento cultural similares a los que encarga el potentado al decorador de interiores: una obra que realce la inversión en mobiliario hecha en la habitación a la que está destinada. En este caso , quizá valga como orientación considerar el precio de la televisión o del equipo de música que irán enfrente o a un lado de la pieza, y si pretende que su precio de venta supere al de la cubertería, que la haga mayor en superficie que la mesa.
El centro peatonal, trufado de epatantes y relativamente carísimas fruslerías, como un museo al aire libre a la salida de los grandes almacenes, de edificios nuevos recién declarados históricos, debe desviar la atención del resto de barrios trufados de coches y contenedores por igual, al borde de la degradación y marginalidad si no cuentan con filtros de admisión y una garita con guardias privados a la entrada.
(Masoquismo o apología.)
El ejecutivo de la industria cultural lo ve todo en función de sus intereses y escasos conocimientos —y hasta se asombra de que la evidencia le dé la razón. La mixtificación y la ambigüedad no son más que un juego muy inteligente con brillantes precedentes. En él no se puede más que asentir como idiotas y opositar al cargo de comparsa jefe aplicando la misma razón que los amos en cuanto salte la liebre. La Realidad ya está a punto para buscar planes cuasi divinos tras ella. Todo es fungible. Pero porque sólo se acusa la existencia de lo fungible.
(Estimado J***:)
He reparado que en Son Gotleu se ha inaugurado una nueva plaza, decorada con tres objetos de hierro que creo entrarían sin reparos en nuestro listado de estatuas, pues son demasiado grandes para pasar desapercibidas y no sirven para que jueguen los niños. Con esto, nuestro inventario escultórico de la ciudad asciende a 8.514 ejemplares, contando todo tipo de fragmento de mobiliario urbano de gran tamaño y uso olvidado, y desechando todo lo que pudiera servirle a alguien para sentarse, orinar o jugar al real de alto.
(Entropía.)
El espacio urbano discurre en continua transformación, se crea y se destruye, está irremediablemente hipertrofiado.
A pesar de todo el empeño por disimular su única constante, los tecnócratas diseñan sus parques temáticos y proyectan innumerables reformas y, en definitiva, deciden como si se tratase de obeliscos egipcios cuáles son los hitos de nuestras ciudades. Así ocurre que cabinas y autobuses londinenses y toros de Osborne, vigas de madera, etcétera, adquieren legalmente el derecho de declararse elementos urbanos ingobernables. O más bien a cargo de las instancias gubernamentales.
Este privilegio que rápidamente es asumido y que determina nuestro "paisaje popular" es la única esperanza para una generación que ha empleado su adolescencia en ensuciar paredes.
La recalificación general de todo tipo de monumentos y cascos antiguos no es simple gusto por todo: es análoga al hecho de traer columnas y frisos de las naciones conquistadas, colonizadas, vencidas: el gusto por todo tipo de botín de guerra. Se equivocan quienes consideran los museos la encarnación de la analidad típica del capitalismo que atesora sus típicos subproductos. La transmutación de la ciudad en museo demuestra que sea lo que sea que caracteriza al museo puede darse en cualquier otro recinto, o sin recinto, El botín con provecho para todo el mundo es el que permite ser triunfador y a la vez inocente: inocente por conquistar el propio pasado: lavando el pasado de tiranía y explotación contenido en esos palacios, catedrales, cálices y arcos de triunfo.
(No-lugar.)
Si hay algo en los museos con influencia en nuestra manera de ver la calle, no son las obras, sino los museos en sí mismos.
El turista deambula por un paraje ajeno idéntico al que le es propio, como quien da vueltas por un museo, y en el museo es como el cliente de un supermercado, preguntándose por el precio y / o valor de las que le gustan de las mercancías expuestas, y quién es el primo que se compra aquellas otras, o qué curioso que haya quien haga lo de allá, nunca hubiera imaginado su existencia, cuál puede ser su propósito, qué pinta tendrán sus artífices, y, anda, que la de sus destinatarios.
La apoteosis de la escultura pública coincide con la absoluta transformación de cada calle en una u-topía, en un lugar imposible e ininterpretable, en el cual ni transeúnte ni conductor se reconocen a sí mismos.
(Referentes espaciales.)
Las maravillas esparcidas por la ciudad-museo suponen centros, o hitos, ¿de qué? Tanto maravillas en medio del rugiente tráfico como amasijo de hierros junto a una fuente, la organización que proponen del espacio sólo puede servir de recordatorio de que existe remotamente alguien que se hace cargo, y que hay que aceptarlo: no es que sea incomprensible ni que seamos idiotas.
Como en el famoso diálogo que supuestamente mantienen entre sí las obras en los museos, todas las piezas con que el poder ha señalado su existencia por las plazas también parecen mantener una conversación de gallinero, que no se sabe si reservada a objetos públicos o si entran en ella marquesinas, furgonetas y demás.
El espectador que, sea en el museo-palacete, sea en el museo callejero donde ya ha visto atropellar a tres de sus familiares, pone el oído intentando captar esa nunca consumada pero seguramente sublime conversación, lo único que recoge es "¡Vete! ¡Tú no tienes nada que hacer aquí!"
Nota: Sólo puede haber diálogo cuando la diferencia va por delante: diferencia entre las ideas que se encuentran, y entre éstas y las que surgirán de la destrucción causada por su contacto, así como dentro de estas últimas. La misión de las tesis es ser irreconciliables, tanto entre ellas y como con su descendencia y superación. La publicidad anunciando síntesis definitivas siempre va ilustrada por sonrisas de calaveras. Así que eso de que las obras dialogan en los museos no sólo es un tópico vacuo que algún universitario trasvasó de sus apuntes al repertorio de los comisarios.
Siempre la interpretación diferida para otra ocasión que nunca llegará.
“‘Acercar’ las cosas espacial y humanamente es una aspiración tan vehemente en las masas actuales como lo es su tendencia a superar la singularidad de cada hecho apropiándose de su reproducción.”
Por fin se desoculta el hombre, una vez que se ha realizado por completo a sí mismo hasta en el más remoto confín, y ha hecho del mundo Mundo a base de arte y más Arte.
No queda parcela en que no puedan encontrarse sus huellas dactilares —lo que no es desierto ni parque temático es otro retazo de la ciudad de siempre— y la verdadera esencia del hombre, sea la que sea, brillaría doquier mirase quien se atreviera a contemplarla.
Cabe dudar de que no sea la mirada del críticos de esta visión artecentrista que no puede evitar ver los fenómenos como convienen para su confirmación. ¿Es que tampoco él se libra de ver únicamente como ya sabe hacerlo? ¿No será que únicamente se encuentra lo que ya se tiene? Como el que a mirar a través de una lupa se asombra de que el aumento de tamaño le revele que doquiera se mire las cosas están enmarcadas por aros de metal.
(Paisaje con familia de saltimbanquis pobres al fondo.)
No tiene derecho a lamentarse el jurado de los concursos de pintura: no más tiene que reconocer al artista que le han recomendado entre el repertorio abreviado de contemporaneidades serias que le han seleccionado en piadosa criba previa que elimina el peligro de darle el premio a un jubilado de 73 años cuyo cuadro fue colgado del revés.
No, que no se queje: que piense que no hace tanto que hubiera tenido que elegir entre pescadores, pobres, primeras comuniones, niñas enfermitas y demás, en vez de tenerlo que hacer entre objetos que, no por casualidad, le traen recuerdos de las goteras en los muros de su taberna preferida.
¿Hasta qué punto puede decirse que sea Arte algo que en vez de quitar velos no hace sino añadirlos y sacar partido de aumentar la confusión?
(Demográficas.)
“La recepción de obras de arte, múltiplemente admiradas, es un ad plures ire”.Según cálculos apócrifos, en 1949 el número de personas vivas en el planeta alcanzó por fin al de todas las que habían fallecido a lo largo de la historia. La expresión con la que los antiguos romanos aludían al abandono de este mundo, “reunirse con la mayoría”, parece ahora de humor negro. El número de expresiones plásticas también crece exponencialmente a cada instante, ascendiendo a muchas veces todo lo producido anteriormente.
Tal cúmulo de Arte sólo puede albergarse mediante el depósito sucesivo de capa sobre capa, a la vez que nutriéndose de saqueo, tributo y canibalismo constantes. La gruesa capa de carteles que rizada cuelga del muro hasta rozar el suelo, con sus estratos de múltiples colores ,accidentes y formas de rotura, resulta tan interesante vista de través como de frente.
(La barba postiza.)
Curiosamente, no hay consenso entre los fieles para distinguir entre el Jardín del Edén y el Reino de los Cielos. No está claro si la Vida Eterna será disfrutada en un Parque temático donde Adán y Eva serán los guías que nos presentarán a infinidad de animalitos parlanchines, o si habitaremos en la Ciudad de Dios.
Uno supone el poco tirón que tiene la noción de disolverse de una vez para siempre en la conjunta contemplación divina.
Queremos, si es que queremos algo, un lugar para reencontrarnos con los que se nos fueron y, por favor, a Dios, que sólo se le note por lo meritorio del decorado.
(Todas las religiones son buenas si están revueltas.)
Se multiplican los casos de suicidio repentino e inexplicado de libreros. el patrón, sin embargo, casi siempre es el mismo: un escopetazo en la boca, salpicando de sangre y sesos las cada vez más amplias secciones dedicadas al “Esoterismo” y a la “Autoayuda” en sus locales.
Palabras abstractas como felicidad y amor llenan constantemente la boca de personas que no creen en lo ideal ni en lo eterno.
Conceptos en los que nadie cree están más presentes que nunca. Todas las religiones están vivas y bien. No se las puede comparar con lo que eran antes ni les importa. Tampoco les importa una higa que se crea en ellas o no. Basta con que se viva en ellas.
Basta calificar cualquier fenómeno como cultura, incluso dignificándolo al darle carta de identidad (la cultura X.), y pasará a ser otra expresión de La Cultura. Todo adjetivo sustantivado permanece en la clandestinidad mientras no sea inventariado. Una vez determinado el colectivo y se le adscribe unos portavoces —lo que ratifica que el colectivo se compone de unidades afines e intercambiables en su seno y su igualdad dentro de la diferencia respecto a las unidades de los demás colectivos censados— ya pueden comenzar a repartirse subvenciones.
(Extradición.)
Es difícil determinar la denominación de origen de las personas o de sus obras —no hablo de arquitectura—. Goya es un pintor, dicen, representante de la pintura española; según otras versiones es, además, la crónica de la España de su época, de su carácter y dejando volar su imaginación algunos comisarios redactarán para algún cargo público su estrecha vinculación con el río Ebro y la Virgen del Pilar. Podemos seguir especulando con nuestro Miró, nuestro Alonso, nuestro Goya, todos ellos exiliados, todos ellos afrancesados. Hasta Saura, nadie habló de Goya como los franceses, del Goya profundo, no de sus tapices y retratos cortesanos. Sus trabajos aparentemente más comprometidos con la idea de aquella España no son pintorescos por representar comidas o personajes de la nobleza, no son partidarios de ningún bando cuando hablan del horror de la guerra, en definitiva son decepcionantes e inútiles para cualquier pretensión altruista de nuestros protectores políticos culturales.
(Marcapáginas.)
Se da por supuesto que algunas religiones, por hacer su oficio del hablar de comunión y comunidad, tienen por punto de salida y llegada lo común. Asimismo, que nuestra relación con las obras de arte es bidireccional y que, ya que nos engullen y digieren a todos en forma de colectivo, son algo nuestro; tan nuestro como nosotros suyo.
El público cree que el Arte es algo público porque es el público quien paga las obras del Museo del Prado, y la construcción de todos los demás…
(Actualmente se llega a olvidar la existencia de museos de historia, de ciencias naturales.. Habría que inventar nuevos nombres para ellos. Por el otro lado, como en el caso de los festivales de cine, pronto no habrá núcleo de más de 1.000 habitantes desprovisto de museo de arte contemporáneo.)
…Cree que los museos son públicos porque el Arte es público, porque es de todos, es todos.
El verdadero contenido de este pensamiento, bajo el barniz demócrata, es: todos pertenecen al Arte; todos deben quedar englobados por el Arte; todos deben saber (ser conscientes de.) que su verdadera esencia es colectiva: él todo es superior a la suma de las partes —es preferente— y está a buen recaudo.
(Denominación de origen.)
Definir y destilar cada cosa es tan necesario para identificarla como para reproducirla. El vino de cada región es una combinación aprobada de zumos y procesos con nombre propio que han superado determinado examen, adecuándose a características de toda la vida y sin embargo dentro del margen definido al efecto por el correspondiente consejo regulador. Para aspirar a ser la verdadera sangre de la región, todo vino de la comarca habrá de aspirar a equipararse al vino ya definido.
Lo mismo que la solidaridad es susceptible de ser solidaridad sostenible, se prepara una ecología cultural que preserve de forma más o menos artificial y subvencionada los rasgos idiosincrásicos de cada zona mediante subvenciones a los lugareños que se resten a guiar a los turistas por la era del pueblo vestidos con los trajes típicos y hablando el dialecto autóctono. Los ejemplares no autóctonos son los que se arrancan para hacer carreteras.
(Altamira.)
¿No hay en la puerta de tu casa un Jesús del Sagrado Corazón Flamígero o una Virgen con Niño? Reproducciones en latón vendidas a bajo precio, como sustitutos de la acción de bendecir la casa con aspersiones de agua bendita tiempo ha que se dejó de realizar.
Para proteger el Arte y la Historia de aquellos a quienes queremos acercarlos, a la vez que para posibilitar una cercanía más numerosa, se sacan copias de todo: antigüedades, fotos, pinceles, el mono del pintor, las botellas vacías en la mesa de su taller, el mapilla que dejó el genio en su W.C.
No obstante, la vigilancia que reciben estos facsímiles es la misma que la dedicada a los originales.
Sin embargo no es difícil de imaginar que, a largo plazo en el futuro, los miles de réplicas de las Cuevas de Altamira que se vayan haciendo para mantener las originales a salvo de sus visitas, tendrán tanto carácter de antigüedades como las originales, y acaso los especialistas del futuro aprecien que éstas tienen menos interés que aquéllas. Eso es, si existe quien sepa cuáles son tales cuevas originales, o si no fueron destruidas por un error humano, debido al exceso de celo de un empleado que creyó que eran una de las copias, un tanto defectuosa.
La maquinaria presenta unos sitios a conocer para engrasarla correctamente.
.. O en que echar arena para sabotearla. Aunque ¿y cuando es de arena tal maquinaria?
Los artistas aficionados, si se adhieren al estilo de otro, copian, se acomodan. Los serios, en cambio, son influidos por los que se está haciendo EN ESTE MOMENTO en otro punto del mundo; han de ser el altavoz del presente: Un neo inmaterismo minimal puede tener representantes destacados en 300 capitales a la vez sin que nadie copie a nadie.
Quien exija el respeto a su marca registrada admite que su obra pertenece al pasado: al día en que fundó su negocio.
(Estado del Arte.)
"En Valencia me pasé por la exposición de Baselitz, quedé bastante acojonado, y frente a esos murales de brumas de óleo pensé en el futuro de todos estos residuos plásticos, de toda esa enorme contaminación visual que están fomentando algunas instituciones que dentro y fuera del museo se dedican a almacenar estas reliquias que algún día serán consideradas sencillamente ruido, teniendo que ser reguladas, legisladas, poniendo fin algún detector o limitador a la progresión de la producción plástica, cuyos restos serán enviados a terceros mundos por los mismos que gestionan nuestros excedentes.
Imagino a un estudioso de nuestra extraña civilización resignado en su labor de catalogar la interminable lista. Lejos de alumbrar el despropósito de los objetos que poblaron nuestro mundo, aquel funcionario, perdido en la enorme producción que arrojaron a lo largo de los tiempos nuestras muy diversas actividades, se plantea clasificar cada pieza según sus posibles relaciones con su autor. Tras esta primera clasificación -aplicando otros criterios quizás resultase igual-, se abre un umbral para los objetos sin función aparente, sin rastros de su significado, y cuyo único vínculo aparente con su autor es una firma o una declaración de independencia.
(Todos los tiranos intentan hacer olvidar que acaban de llegar.)
Todos los grandes monumentos al gusto homologado tienen que ser lo que en cierto modo eran ya, antes de su apoteosis, para todo el mundo. Por ejemplo, el Centro Pompidou antes era un mercado, y las despejadas zonas cívicas que lo rodean, abarrotadas de artistas de paisano y turistas, eran un barrio popular con una condena pendiente desde los tiempos de Hausmann.
La pintura al óleo constituye la pintura por excelencia, cuando su origen era el de pintura barata, de encargo y encaminada a una comercialización imposible en el caso de la pintura mural y poco rentable en el de las miniaturas de los libros.
Así pues, las primeras excepciones que aparecen en este campo del comercio puro y duro se erigen como patrones intemporales por el que medir la pintura.
Eclosiona una falsa tradición de ortopédica eternidad, empeñada, cómo no, en que no se note lo reciente que es.
"La popularización anterior partía de la erudición de algún profesor reconocido: se creía que la calidad de los conocimientos del excelentísimo e ilustrísimo doctor se convertía, en los alumnos, en cantidad."
Según las teorías tradicionales, cuanto mayor sea la diagonal de un cuadro, a mayor distancia debe ser contemplado.
Los cuadros pastosos e indecorosamente murales contemporáneos no son para ser vistos desde la otra pared de la sala, sino desde detrás del mostrador.
El Negocio y el Arte, después de toda una vida acostándose juntos y ser como una piña dentro del complejo panteón de esta sociedad politeísta, se despiertan un día con un completo extraño —son los últimos en enterarse de que son una misma cosa que no hacía otra cosa que follarse a sí misma.
Nunca había habido tanta iniciativa cultural bien intencionada, nunca una planificación cultural había sido tan total, ni su aplicación tan manifiesta, desde los tiempos de los campos de exterminio.
La presente educación parte del hecho de ser para las masas, de la existencia de las masas: para todo ha de pasar la cantidad como calidad. Se ha de educar por exposición, por apabullamiento.
(Cuantas más balas dispare la ametralladora por segundo, más masa será la masa.)
Nunca la masa había dispuesto de tanto contacto con el Gran Arte. Se pretende que llegue a superar, en cuanto a presencia en el mercado, al infra-arte cotidiano "comercial".
La masa, tras el contacto a mayor número de cosas buenas que de malas, ha de salir mejorada, empapada, de la exposición. (Hablar de lo que es bueno es hablar de lo que es bueno para. Por ejemplo, para que se siga creyendo en la identidad nacional, en el erario iconográfico, simbólico de la patria.) Milenaristas, herejes y luteranos tienen un punto en común: sólo mediante la oración y el contacto directo con las Escrituras es de veras posible acceder al conocimiento. La mediación no sólo es un estorbo: la delegación es una ofensa (la lectura personal es la única forma de iluminación). Ser objetos de una divulgación sin sacerdotes ni castas en un derecho y un deber.
Mas, al igual que al hacer un examen el estudiante atiborrado de insomnio y pastillas vomita y se purga de toda la papilla a duras penas retenida, no deja de ser conveniente tener un ocasional contacto íntimo con las Obras Sagradas.
Al llegar por fin a la sala donde se custodia una de nuestras obras favoritas sentimos ansiedad, envidia, prisas, ganas de orinar.. Parece ser que, al fin y al cabo, lo único que nos perdíamos cuando la admirábamos en un libro era los desconchones, el polvo y los añejos cadáveres de insectos (¿o son mocos? ¿de quién?).
Se hace hermoso volver de Madrid o Bilbao aligerado y sin recordar las obras vistas ni tan sólo aquello que creíamos saber de ellas durante el viaje de ida.
La Cultura es lo que queda una vez se borra, al pasar revista, todo lo que se ha aprendido.
(“La producción misma es el producto.”)
La vida de una empresa aparentemente debe consumir como combustible esfuerzo y sacrificio: alimentándose de una religión en forma de energía: que si el propósito último de cada negocio no fuera ampliar hasta el infinito su dominio, quedaría condenada al estancamiento, a la decadencia, a desaparecer mecánicamente bajo los simples elementos. Siendo así, su deber será pensarse como si le fuera posible extraer infinitos beneficios hasta el fin de los tiempos, y tuviera que actuar en consecuencia.
Para amortizar económica o cívicamente una exposición, tiene que verla el mayor número posible de gente. Como quizá el pueblo se crea que no se pierde nada si no la ve, hay que divulgarla al por mayor. La cultura identificada con educación ha de ser puesta e impuesta al alcance de todos -porque educar es una tarea misional, y ningún plan educativo está completo si se le escurre alguien entre los dedos.
El karma del comisario de exposiciones es divulgar porque sí, aunque no lo sepa del todo ni sea su deber saberlo.
(En cada época se sueña un Imperio.)
Una nación se despierta una centuria predestinada a ser el Nuevo Sacro Imperio y cerrar la Historia con un eterno y sonado fin de fiesta, unificando bajo su dominio común al mundo entero conocido PORQUE SÍ. Para acabar con la barbarie. Para traer el Reino de los Cielos a la Tierra.
El hecho de la exposición por la exposición, como las pruebas de armamento nuclear, sólo puede explicarse a los votantes invocando un provecho, por inverosímil que sea, que les satisfaga, solamente por dar a entender que provecho, por alguna parte, lo hay, por mucho que, como es lógico, no pueda entrarse en más detalles.
(Del empecinamiento del público.)
Del empecinamiento del público, o de la iniciativa de los touroperadores y ministerios que lo arrastran de aquí para allá, saldrá algo bueno, sublime: descubrir lo esencial en lo no esencial, el centro de nuestros intereses en la periferia de la vida ordinaria, que el momento más importante de nuestro año resulte ser la mañana de un domingo de agosto en Madrid.
Aquellos con quienes nos cruzamos al entrar en el museo siempre tienen un semblante aburrido, ligeramente aturdido y con ganas de fumar hasta los que no fuman. Y en todo caso, siempre cansados: como en las plazas, se han eliminado asientos y surtidores de agua. Las medidas de seguridad imponen la incomodidad a todos los que no puedan y quieran pagar constantemente por la menor comodidad.
Y bien, ya que el pueblo por fin tiene acceso al interior del templo, sería preferible que hubiera aun más personal para evitar que nos distraiga con sus erráticos movimientos de rebaño desorientado. ¡Coño!, ¿cómo va uno a arriesgarse a abrir sus sentidos de par en par en a semejante compañía?
Excursiones escolares a museos: niños jugando a imaginarse en un supermercado, otros en su trastero, otros cambiando los canales del televisor..
Entrar en un museo debería imponer un silencio similar al que se siente al llegarse a un confesionario. Todos los otros deberían sentirse un tanto culpables: cada obra de arte es un dedo señalando: ¿por qué no has venido antes?, ¿por qué vienes precisamente ahora?
Alguno con vocación de anacoreta se dirige a la veneración estudiosa de algunas piezas concretas. Se le ve retirado, discretamente conmovido: graba las impresiones en su corazón, para que no puedan jamás ser borradas en su mente.
El mito del museo privado, de la capilla personal; el libro Taschen virtual que llevarse a la isla desierta.
La mayoría, sin embargo, compitiendo por aprovechar los escasos minutos que dedica al importantísimo contacto con el patrimonio de la humanidad, se abalanza indiscriminadamente hacia la orgía visual, a la violación grupal relámpago de El Arte.
(Tapies se retuerce.)
¡Pobre masa, entregada bestialmente a los placeres de la democrática divulgación!
¡Los desdichados, venerando a bulto a todos los ídolos expuestos! ¡Para esto, mejor ignorarlos! ¡Las obras desolladas, irrecuperables para siempre, arrancadas de ellas su magia y su individualidad!
¡Pobre suerte espera a los que comiencen a adorar por la derecha, sin saltarse el orden, que para eso está, y a los quince minutos aceleran y dejan inacabadas sus oraciones, para terminar por huir quizás dejando desatendido lo que más les convenía!
Como guía, casi siempre una muchachita en edad de recibir becas universitarias; en ningún caso un hombre, que de decir ciertas cosas en público resultaría grotesco y hasta poco respetuoso.
Son las palabras de la señorita las que el pueblo ha de creer que en algún rincón de su fuero interno está interpretando —o se prepara para interpretar un día de estos, cuando esté más reposado— de una manera personal, bien distinta a la de los restantes miembros de la excursión.
De cualquier manera, la totalidad de sus reflexiones apenas interferiría más que el zumbido de las moscas y los sismo-higrógrafos en ese tan meritorio diálogo que las piezas de arte mantienen entre sí en su cubil.
(Inmolación ritual.)
Si los objetos, expuestos en sus vitrinas, poseen algún aura, será la de la lejanía impuesta nuestra indiferencia: no podemos impedir que nos impresionen menos que el funcionamiento de nuestro tocadiscos, y toda presencia de lo sagrado tendrá menos que ver con lo divino y lo mortal que con el sacrificio de vidas y enormes sumas de dinero, público y privado.
Uno apenas puede dar crédito a tamaña acumulación de maravillas. Así que este es el aspecto que tienen las cosas hermosas. ¡Qué pena que estén tan viejas, que todo lo bueno pertenezca al pasado! Pero no, este debe ser el mejor de los tiempos, porque ahora a uno le es permitido enriquecer su alma hasta límites antes insospechados, con lo mejor del aquí y del allá, sin apenas alejarse de casa!
Todo está para uno, pero sin él, fuera de él. Todo le pone en contacto con una realidad tan amplia que se le impone, incuestionable, como una condena a cadena perpetua; y tan inaprehensible que nunca podrá empezar a intuir cuáles son los cargos.
Mas no por no poder dudar de lo que está más allá de nuestro alcance vamos a privarnos incluso del derecho a mostrar perplejidad al mirar de frente a un agujero negro.
Así que insistimos en apiñarnos sobre las piezas, mudas, ajadas, feas, birriosas. ¿Cómo va a ser posible que una cosa en una vitrina sea sólo una cosa? ¿Cómo va a poder una pintura, cualquier pintura, ser solamente una pintura? Pero algo sí es cierto: en un estante de nuestro cuarto de estar no quedarían mejor que aquí.
En el fondo no nos disgustaría la destrucción de las obras apiñadas en sus museos.. nos traicionan, ahí, tan concretas, tan vacías.. Quisiéramos reciclar estos envases que sólo contienen nuestra alma.
(El Pueblo es el opio del Pueblo.)
Dado que la Iglesia, demasiado ocupada por la administración de sus asuntos, ha dejado vacante la tradicional plaza de opio del pueblo, es al Arte a quien toca hacer lo imposible por servir de estructura teológica.
Los clásicos y las obras maestras deben combinarse como constelaciones de estrellas allá en lo alto. Sin orientar ni iluminar, pero con una organización más difícil de destruir que de tolerar.
Cada vez que a partir de un nuevo hallazgo de huesos revueltos y lo último en teorías zoológicas se crea un nuevo monstruo, se agrega a todas las otras criaturas ectoplásmicas creadas con los mismos huesos combinados y recombinados una y otra vez, y que, aunque ya refutadas, no paran de cruzar tropezándose el escenario y atravesar la pantalla, proyectando la sombra donde no se debe.
¿Y qué cuando coexisten demasiadas Historias, incluso más que Presentes? Valga el escándalo de las historias autonómicas para uso escolar: ni siquiera se ha dejado a los expertos el trazado de la figura punteada a resultar, y en consecuencia, ni una versión se tiene sola, y no hay funcionario de ayuntamiento que no garrapatee la suya cada vez que escribe un prólogo o manda que se lo escriban; y cómo no van a llevarse las manos a la cabeza los profesionales del diseño y de la formación.
(Aquellos polvos trajeron estos lodos.)
Antes había una o dos historias, que se reescribían periódicamente, desde la nueva perspectiva. Se trataba de redibujar la silueta uniendo los consabidos e inamovibles puntos, con el presente como el último de ellos.
El museo está igualmente pululante de falsedades, herejías, verdades a medias, un tráfago de fantasmas atravesándose en confusión, arrastrando la respectiva bola.
Cada vanguardia implicaba la automática acumulación de todo lo anterior a un recién edificado Museo de Arte Degenerado, salvándose sólo los escasos antepasados acogidos como antecedentes. Con la vanguardia unificada contemporánea, todo es condenado / revisitado / revalorizado / reciclado a la vez. Es imposible saber si una exposición retrospectiva es una muestra de Arte Degenerado para mofa y escarmiento en pellejo ajeno o no.
El punk, a pesar de todos, es el movimiento de música pop más equiparable al arte serio, ya que exprime la mayor parte de su personalidad y peso específico de encerrar todo lo anterior en la exposición itinerante de arte degenerado, y sin hacer distinción entre obras, autores y público.
La barrera entre público y artista es sustituida por la barrera entre artistas creadores y artistas espectadores. La polaridad se invierte mecánicamente, así que todos podemos contemplar la obra de todos desde nueva distancia, pedantesca, que inhibe la comunicación —no por ser crítico uno es menos hombre, ni menos víctima—. El público examina, críticamente apiñado desde distancias imposibles los reflejos de los focos en el grueso metacrilato y en el descascarillado barniz, como artista más o menos potencial. A la solicitud de obras que confirmen su contemporáneo estatus, corresponde la representación no representativa, ni tan real, ni tan novedosa, ni tan experimental.. para que se mire al espejo.
Los augurios acerca de la desaparición del museo, reemplazado por galerías virtuales a domicilio o por salas interactivas de juegos infantiles en versión aburrida, yerran de medio a medio. Está demostrado que, lo mismo que ninguna forma de arte nunca ha sustituido a otra, todo tiene la posibilidad de convivir con lo que sea, y más ahora, cuando puede encontrar un hueco en el supermercado cultural al lado de su antítesis sin que pase nada.
(El modelo azteca.)
Que una autoridad política decida cambiar el uso que se dé a un edificio público únicamente podría servir de indicativo de lo que pasa por la cabeza a esa autoridad, y sólo por casualidad puede tener algo que ver con la salud del uso nuevo ni de la del viejo.
Sólo consideraciones cívico-morales pueden ocultar a un padre de familia que la carísima instalación virtual-interactiva que ocupa la carpa en la plaza mayor de la villa es la versión blanda y sin-sexo-ni-violencia de los juegos que sus niños se conocen al dedillo, y que los niños apenas se interesan por el culturizador montaje porque de momento es más espectacular, rimbombante, ruidoso y efectista que los aparatos en casa o en la sala de juegos de al lado.
En instalaciones, intervenciones y demás se incita a violar, dentro de lo planificado, la burbuja de respeto que por tradición envuelve a todo objeto ensalzado. Dulce transgresión cotidiana y al por mayor: objetos más importantes que las vidas de una cantidad considerable de contribuyentes se pone al alcance de éstos, se mezcla con éstos en las aceras. Todos los viandantes devienen espectadores pasando con sus perros y sus cochecitos de niño entre las obras como el aire mismo. Podrán comprobar así que su distanciamiento frente a los Burgueses de Rodin no estriba en la altura del pedestal, ni en el recinto, ni siquiera en la vigilancia policial.
La novedad suprema retorna al lugar reservado de la tienda donde los productos pueden ser gastados, sobados, probados, revueltos,
Poca diferencia hay entre las intervenciones en el medio, environments y demás espacios diseñados para que el público EXPERIMENTE DISTINTO por el demiurgo de turno, y los espacios de prueba de cada vez más tiendas, donde el mirón puede sobar, probarse y revolver los artilugios en exposición, sin que la extrañeza ni el carácter alienante de los mismos disminuyan un ápice. Quizás los recursos para el extrañamiento con que están no dejaran de resultarle familiares al mirón que casualmente entrase en la tienda huyendo de la galería de al lado.
Quien actualmente entre al museo con la intención de ponerse al día en cuanto a los nuevos récords de estulticia alcanzados por el hombre saldrá decepcionado y escaldado. Por su carácter estático, el museo no acuña la tontería, sólo la recoge.
(Razones para incendiar museos.)
Así, el museo es ese lugar, inédito, imposible de ubicar en la serie de los lugares y de los acontecimientos en que nos situamos cotidianamente: un lugar superior a nuestra propia existencia…
(Aunque, como puede apreciarse en cualquier supermercado de las cadenas especializadas en países de la cola de la Unión Europea, no hay espacio que pueda resistirse indefinidamente a que se dispongan en él efectos de extrañamiento respecto al mundo exterior, así como zonas de alta densidad de significados, suficientes en ambos casos para ponernos al alcance de la mano la verdad y la plenitud y el sentido de la vida. .)
…Y ya han anunciado mentes preclaras que los nuevos museos de arte moderno podrían llegar a ser una especie de templos laicos donde los ciudadanos irían a meditar.
La exposición articula objetos descontextualizados como si fueran instrumentos del culto para su observación nostálgica —a despecho de que sí estuvieran en uso hasta hace tan pocos años que no costaría extraerlos de ella, si alguien estuviera dispuesto; como el latín: lengua muerta, sólo fragmentariamente documentada, pero utilizada hasta anteayer.
Y lo que caiga fuera es lo temporal, las cosas de cada uno; ya se verá que pasa con ellas.
(Buzón de sugerencias.)
La propaganda de los supermercados, a base de repetir, ocasionalmente acaba convenciendo al director de alguno de los centros de ser un representante de los clientes, de que el chiringuito está montado para la protección y el servicio de su derecho a la felicidad, y de paso hacerles felices. Sólo que a tal personaje nunca le falta alguien que le recuerde la cruda realidad del negocio.
A diferencia de los directores de los museos que, con eso de que las actividades culturales tienen trato de subnormal, se creen que ellas mismas son Arte y no parte del protocolo, y claro, pasa lo que pasa.
Las exposiciones, los objetos expuestos, vienen ya montados y organizados de no se sabe dónde, acompañados de albaranes y planos exhaustivos para su riguroso montaje, a veces supervisado por un delegado, por el Comisario, o incluso por el autor mismo.. A montar de acuerdo con las instrucciones y cláusulas contractuales en cuanto distribución, luces, rótulos y listo para servir tan cuidadosamente como la mercancía en una hamburguesería de franquicia.
La misión del museo no es educar. Puede existir sin culturizar a nadie porque es independiente. El museo no necesita a los visitantes y debe ser gobernado ritualmente, sin vistas a la recompensa.
Por algo el museo es estatal. O aspira a serlo. O incluso cuando es privado actúa como si representara a una nación y, por no decir a cuál en concreto, la represente mejor. (Parecerá mentira, pero hubo un tiempo en que aceptar obras de arte abstracto en las pinacotecas nacionales era un tema que se discutía en los hemiciclos y arrastraba a las masas de pro, enarbolando pancartas, a las calles.)
El peor error de Pinochet fue no haber donado un museo repleto de obras de arte precolombino al estado español.
(El bulto en el bolsillo.)
Pero ¿por qué nadie quiere pagar, o pagar completa, la entrada de un museo, siendo con todo más barata que dos cañas y una tapa, cuando el Arte es algo tan IMPORTANTE en nuestras vidas?
Si el Arte es tan importante, también será capaz de conmoverle profunda e irreversiblemente a uno en el rato libre entre dos retrasmisiones deportivas.
La búsqueda de la iluminación y la vivencia artística puede esperar al día en que la entrada sea gratuita.
Todo lo que está contenido en un museo queda transustanciado, todo lo que hay dentro del museo.
Menos el público.
Ni aunque lo encerrasen dentro 15 días sin agua.
Siempre estará a dos pasos por detrás del hombre del tintero, del hombre de los dedos pringosos, del hombre del cúter, de todos aquellos para los que un Rembrandt no debería ser la imagen de la opresión, de la belleza suprapersonal, de lo que puede detener las balas mejor que las razones, o del entramado de mentiras que dispara esas balas.
Se aconseja llevarnos a nuestras visitas a los museos, en el bolsillo, una estilográfica de émbolo o un bocadillo de mejillones: resulta curioso constatar que la tentación es mucho menor de lo que uno creería. Los guardias parecen estar más para evitar que los espontáneos cuelguen sus propios cuadros que para impedir agresiones a los que ya hay. Quizás más que nada para recordar que éstos, parezca lo que parezca, valen mucho.
El museo es una tienda, sí, pero de objetos que nunca estarán a nuestro alcance más que como reproducción fotográfica.
(La moda interior sin costuras.)
Una actividad lúdico-cultural organizada por un concejal con iniciativa. En medio de una calle céntrica, un hombre muestra el método más rentable de hacer reproducciones de un clásico, atravesando de un patadón hasta 23 copias de tienda de regalos de la Mona Lisa. Otro lee palabras sacadas al azar de un sombrero. En un muro escriben por turno lo primero que se les ocurre varios individuos. Aquél presenta las tramas de viejos folletines con actitud de presentador contando noticias de actualidad y, como guinda, el que parece más perturbado declama versos de canciones pop como si fueran grandes odas, con los ojos anegados de lágrimas. Los viandantes buscan un sombrero en el que echar unos durillos. No lo ven. Deducen que se trata entonces de un acto cultural y huyen espantados a sus salitas de ver la televisión.
Cita del gusto de los expertos que gustan de hacerse los interesantes: "El surrealismo se ha reconocido en el espejo negro del anarquismo." Cita que actualmente resulta todo un programa: cruzando cada calle nos salpica el anarquismo aplicado y, desde cada pared, el surrealismo más desfasado nos desafía a vernos a nosotros mismos reflejados en sus brillantes posaderas expuestas.
(Algunos desprecios se deben a la pose: cuando en un casual chispazo nos viene a la mente el verdadero sentido de las enseñanzas de alguno de nuestros profesores, caemos en la cuenta de que no los despreciábamos ni una fracción de lo que se merecían.)
Para que una idea retenga la atención del público debe ser prieta y concisa cuan eslogan, lista para su consumo o rechazo semiautomáticos; debe ser fácil de agarrar y por tanto resignada a no apelar tanto a su contenido como a su forma, su gancho. De este modo, los titulares periodísticos recuren una y otra vez a la evocación de títulos de películas, aunque sean los acuñados por unos malos traductores que, traicionando el contenido original de las películas, les hicieron el mayor favor.
Tomemos como ejemplos actuaciones como intervenciones, environments, instalaciones, happenings, que se ofrecen como formas de arte que involucran activamente al público y que a la vez se hacen imposibles de comercializar. El tufo a reclamo publicitario no tarda en poner en evidencia tanto a un argumento o como al otro. Respecto al primer caso: ya se ha repetido lo suficiente que no hace más que poner al día la barrera que pretende derribar. En cuanto al segundo, es la reaccionaria protesta del genio ultrajado por el espectáculo de una especulación en que se benefician y protagonizan más otros. Y presenta como negativa radical, antimercantilista, su voluntad de no dejar que nadie venda su obra más que él mismo y en persona. Y se asegura de ello personalmente: vendiendo su mismo tiempo, su misma material presencia.
(Paroxismos.)
El artista hace con cada obra una pira, prendida sin remilgos con todo el Arte anterior, para llamar la atención a los dioses; aunque está convencido de que, allá en lo alto, no le han quitado el ojo de encima desde el día en que nació.
La pertenencia a una secta vanguardista no confiere estatus de enemigo, sino de militante que sirve al estado por la vía tortuosa: las vanguardias son las que van desflorando los misterios ante los que debemos inclinarnos el resto.
En la Historia, toda crítica radical es vista como profecía, análisis certero, crónica o apología.. No puede lamentarse que las guías y los profesores no cuenten a los niños su aspecto de repulsa o de llamada a la acción, incluso a la acción idiota, o de llamada idiota. Y daría igual que lo hicieran, porque en el relato histórico el desenlace es lo que cuenta. Lo que pudo haber sido se deja para los fans y para secuelas.
Todas las vanguardias, retrospectivamente, se suponen liberadoras, y tanto ministerios de cultura como sesudos profesores de estética y metafísica deben asimilarlas como pasos adelante del progreso.
París, septiembre de 1939: Fiestas del 150 aniversario de la Revolución Francesa: del conjunto de los discursos pronunciados resulta que sin la Revolución hoy no tendríamos Ciencias, ni Letras, ni Libertad.
Grosz, Mondrian, Marinetti: portavoces del cambio, combustible para el motor histórico, raíces más o menos gruesas del árbol genealógico cuyo tronco es la estética publicitaria que se lleva este año… El artista insoportable se convierte en voz del progreso, del bien del arte, en benefactor de la Humanidad, aunque en realidad se está creando una oposición, hecha a medida, para una plaza vitalicia, de funcionario.
El concepto mismo de vanguardia perpetúa, aplicando un baño de purpurina, la escisión entre guías y seguidores, entre iluminados de 1ª mano e iluminados de 2ª. El artista puntero.. lanzado al descubrimiento y descripción de los futuros mecanismos de opresión.. justificados si durante la décima de segundo que siguió a su creación sonaron como un grito de libertad.
Nueva York, 1858: Lipmar y Rechendorfer patentan simultáneamente su lapicero con goma de borrar en un extremo.
Al escribir sus manifiestos, los grandes vanguardistas debían sentir lo que se siente cada vez que se compone un nuevo currículum en respuesta a un anuncio en la prensa: todos los hechos y experiencias del pasado se reordenan solos para trazar un camino que indudablemente conduce adonde apuntamos:
El arte está en decadencia -¿por qué?
Porque está en decadencia la cultura, el país, la raza, Europa, la religión, el mundo (organizar jerarquía.)
El arte está en decadencia - ¿quién lo regenerará?
¡Nosotros! No tendremos contemplaciones, etc., etc.
Implacables, todos los revolucionarios se declaran tan entregados y arrebatados como sus enemigos - sólo que su causa es la buena.
“Aunque en la Historia del Arte suelen ir pereciendo los teoremas artísticos que se le aplican, las prácticas artísticas no habrían podido existir sin ellos.”
Los artistas fabrican sus monstruos indiferentes a la vida a la que los condenan. A veces ponen en la palestra asuntos que nunca se sabrá de dónde han recogido, con una lucidez que le parece impropia. Y si tales cuestiones son para ellos algo que se puede dejar y retomar de un día para otro, ¿por qué iba a ser diferente para los demás?
Plantear importantes cuestiones sin convencer a nadie de estar en posesión del rigor y la seriedad suficientes para extraer más de ellas que el provecho material inmediato, o como mucho, una subida de escalafón profesional; y que encima esto último se reconozca como algo de por sí de lo más elevado.
Roma, agosto de 1938: Varios profesores de la Universidad, encargados de investigar sobre la raza italiana, que se siente cada vez más aria y más nórdica.
(Y los profesores de universidad se toman muy en serio que todo el mundo acabe convencido de que no se puede ser, en realidad, más radical que el autor o el movimiento de que se ocuparon en sus tesis doctorales.)
El genio reivindica la más extrema libertad, por encima de sociedad y moral, para autoconsumirse en público. Éste, revelado como polillas fascinadas por la llama, no tiene derecho a quedarse al margen, a persistir en su ceguera. Abrasados, quiéranlo o no por esta lumbre, su miseria se hace tan patente como lo necesarios que son en calidad de indigno vulgo para su presunto liberador.
¿No es Dalí, entonces, lo más hermoso, profundo del burgués franquista pesetero meapilas besaanillos lameculos delator? ¿No resulta lógico que ser un vehículo de sublimes ideas pueda llevar a la locura y la extravagancia?
Valladolid, mayo de 2001: 5ª reunión de directores de Museos de la Ciencia y Planetarios: 35 máximos responsables de estos centros, en auge en toda la geografía española, expresan que "parece indiscutible que la sociedad del ocio demanda centros interactivos en los que encontrar respuestas y vivir emociones. Pero sobre todo es el interés científico, apoyado en el nacimiento de nuevas revistas o en estudios de posgrado, lo que ha abierto un debate que resolverá en un plazo muy corto quién va a tomar el liderazgo de la educación."
El artista quiere ser una peste purificadora sobre la faz del mundo, sacar las puertas de sus quicios, ¿para qué? ¿Para expandirse y echar de su trono a Dios? ¿Para conseguir justicia social?
¿Porque desea y reclama para los demás las mismas virtudes y libertades y prebendas que reivindica en él y para él mismo? ¿Porque quiere que al decir, con el pecho desnudo y los cabellos agitados por el viento: quiero libertad, Dios le responda: tú sí que eres libre? ¿Qué quiere que el público haga con su arte?
El problema de los que matan o se exceden movidos por una buena causa no es más que una cuestión de autocontrol. Las ideas, en sí, son todas igualmente buenas; el problema es que cuando se pasan de buenas pueden llevar a los más nerviosos a un cierto descontrol. Ciertos fenómenos, por muy desagradables que sean, desde un punto impersonal, se revelan así como normales, necesarios; en fin, el progreso es el progreso tanto por este lado como por el otro.
Cuando cuenta más la "cantidad" de las buenas intenciones que la naturaleza de éstas, todo es intercambiable. Por eso da igual un rito que otro, con tal de que sea igualmente pesado, y una causa noble monta tanto como la del pasado mes.
Leningrado, julio de 1938: Tres escolares, acusados de robo, son castigados a un año de prisión, con sentencia en suspenso. Serán encarcelados a la primera mala nota.
La propaganda como arte de vanguardia: más meritoria cuanto más extrema, demagógica, total, inescapable —cuanto más provecho saca de combinar lo último en opresión de psiques con las nuevas tecnologías: oblígale a pronunciarse, que reaccione la borregada: el terrorismo de consumo.
La única reflexión que parece posible en torno a las artes es exhortar a su consumo. Por oficio o por proselitismo, se hace propaganda de un producto artístico, arguyendo a su favor lo fácil o positivo que es la identificación personal con él.
La oposición publicidad / propaganda es meramente académica: No hay producto que no contenga ideología, que no aspire a ser codiciado por todo el orbe -eso no tiene nada de informativo, se parece más a una puesta de largo en que se dice a los asistentes que si quieren tirarse a la nena tengan la amabilidad de ponerse en fila.
(“La paja en tu ojo es tu mejor lente de aumento.”)
En el dilema entre teoría de la práctica y práctica de la teoría se parte de considerar el arte como programa de la vida, más grande que la vida a la vez que la auténtica vida misma, y esto obliga al pobre artista a que cada día que se siente ante un plato de pasta tenga que pensar en el color de la salsa, en esa misma salsa sobre sus pantalones, esa mancha expuesta en un papel, reproducida en un catálogo, publicada en la prensa, como decorado del magacín televisivo donde es entrevistado, como motivo de una colección de objetos estampados para campañas publicitarias, juegos olímpicos, entes públicos o privados, etc.
Tales perogrulladas visuales serían el hazmerreír de un niño de 12 años que entrase a los museos libre de profesores y guías. Y no estaría errado, porque son los garabatos, diarios y apuntes escolares de los doce años los ingredientes básicos y garantizados para poder conseguir década tras década obras cuya engañosa simplicidad pueda ser captada hasta por los concejales en las inauguraciones.
El artista suelta su bomba entre aplausos, las lágrimas que ruedan por sus mejillas son sinceras: no puede proferir una mentira que sin habérsela creído él mismo.
Su profunda reflexión sobre cuestiones en las que se pone en juego su existencia misma termina abruptamente cuando se mira el reloj, remata su copa de champán y se esfuma cual Cenicienta a ver el partido en la tele o algo así..
Estar encarcelado por motivos de opinión puede que en ciertas ocasiones haya sido considerado un galardón, pero ciertamente que nunca ha sido garantía de nada. Pocas veces decía nada acerca de la valía del encarcelado, y todo acerca de la vileza y el sentimiento de inferioridad del encarcelador.
“Para nosotros, la mediación no es el mal encarnado, sino la esencia misma de la sociedad civilizada.”
¿Qué mejor hallazgo que un programa vital completo, presentado como movimiento cultural, filosófico, etcétera, que, por ejemplo, de la noche a la mañana te depara un impecable vestuario, un corte de pelo, cool jazz, pipa, cine europeo y, sobre todo, chicas a lo Jean Seberg a puñados?
La falsificación no se aplica sólo a lo barato. Ni el mayor millonario, ni mucho menos un Ministro de Economía, puede estar seguro de lo que está comiendo, pague lo que pague. En general todo se equipara equitativamente a cantidad de trabajo y al consecuente valor económico, en nada distinto a la separación y procesado de las basuras. Y todo cambio que se emprenda estará destinado a conseguir los mayores beneficios que permitan las disposiciones legales vigentes. La empresa, únicamente especializada en la producción de rentabilidad a cambio de casi nada, o de nada si es posible, no tiene a su cargo cuestiones de calidad o salud. Esos campos de especialidad son de la incumbencia del Estado.
Budapest, octubre de 1938: Dos mil enanos, reunidos en congreso, exigen la concesión de un territorio en la llanura húngara, y se sublevan contra la producción artificial de enanos por madres desnaturalizadas
La imagen que de cada clase social es dada, es tan falsa como la que cada una de ellas tiene de sí misma. Cada clase consume lo que asocia a clases superiores a ella. Y aunque cada una reconozca la falsedad de la imagen que de ella se da como reclamo para clases inferiores, cree ingenuamente que la imagen especialmente destinada a ella queda al margen de este juego de máscaras.
El artista colabora con las sucesivas élites de buen grado, corre a su encuentro con anteojeras con que pueda mantener su consuetudinaria ceguera (aún no parece haberse aislado científicamente el gen que exime a la cúspide de ver vomitonas en las aceras, pisar cacas de perro, enfermar del pulmón gracias al desarrollo urbanístico) y preservar para unos y para otros la estampa de una existencia de élite libre de consumir productos masificados.
El mecenas se vende al artista con tal de que éste refleje su mezquindad como décadence, su egoísmo como hedonismo, su cortedad de miras como estilo.
Que durante un poco de tiempo parezca no parecer un charcutero mal enriquecido y siempre a punto de rodar cuesta abajo.
Una broncínea niña pija lee ensayos sobre la relación entre budismo y expresionismo abstracto recostada en la terraza de su finca mallorquina con vistas al mar, y siente agitarse en su corazón la riqueza de su vida interior, en vez de la opulencia que ponen criminalmente a su disposición sus papis.
(Actualizando por yuxtaposición.)
El mayor sibaritismo que concibe un niño de seis años, de buenas a primeras, es hacerse un bocadillo de nocilla con chorizo.
Como Internet, la televisión es un proceso, no un fin en sí mismo. Hay tanto que saber acerca de Internet como del mecanismo de los chupetes. La televisión podía haberse aplicado de forma totalmente distinta. Cada técnica hace posible la aparición de nuevos productos, pero la consagración de unos determinados de éstos pone límites a las posibilidades de evolución de dicha técnica a la vez que erradica técnicas anteriores. Que en cierto momento se haga posible preservar mecánicamente imágenes y sonidos no implica producir reproducciones de los mismos para las masas. Sin embargo, la distinción "Arte" / "arte popular" que derrocan la invención de la fotografía y la de la fonografía es sustituida por otra, producto de la comercialización de fotos, cine y grabaciones sonoras. La dicotomía "arte de calidad" / "arte barato" asciende al trono vacante antes que nadie pueda decir "los reyes han muerto, ¡vivan los reyes!" y la dinastía a la que ambos pertenecen se llama "arte para las masas".
Reproducidas masivamente tanto unas como otras, no existe otra diferencia entre hacer Artes Mayores y las Artes Menores que los distintos grados de importancia ética con que el público quiera distinguirlas.
Sería posible localizar la ascensión del arte al panteón de lo ideal en todo momento en que un gremio define la quintaesencia de su producto: como habría de ser libre de las rémoras de lo utilitario, lo contingente y, sobre todo, la mezquindad y fariseísmo de los compradores habituales y de los colegas.
(“Un poco más libre.”)
La cultura especializada como patrimonio inventariado y destilado de colectivos (de raza, de género, de orientación sexual.. minorías (oprimidas.) a las que se tiene el derecho y el deber de pertenecer y encarnar.): leer, escuchar música se convierte en acto de consumo cultural responsable, hacer caso a cualquiera por la calle se convierte en turismo comprometido.
Convertir todo en un ofertario de opciones políticas lleva todo al terreno de los políticos, donde nada queda fuera de control. Cada vez que se defina oficialmente un nuevo colectivo, las reglas de un trato social basado en el eclecticismo —siempre un poco de todo— tendrán que ser revisadas, y vuelta a redactar la lista de relaciones a tener con los demás como quien elige entre obras que el gremio de tasadores ha promulgado intercambiables y de igual valor.
Una división de la humanidad toda en grupillos de consumo, cada cual con su pequeña disculpa escapista, facilita la previsión y planificación a sus necesidades hedonistas, a la par que sus arrebatos rebeldes de consumismo kamikaze reciben la atención y comprensión pública que merecen.
“El país necesita que cese la emigración de talentos científicos y del diseño que, mano a mano, con unos productores concienciados, incluso con el respaldo de subvenciones, consigan sacar el Arte Comercial de su deplorable miseria estética. Este proyecto vendría a suponer algo así como que la Alta Cultura invadiese el espacio que hasta ahora ocupa la cultura de masas, ya que hacerla desaparecer sin más resulta imposible.”
Rechazar una mercancía se convierte en una toma de posición: queda excluido el simple gesto de repulsa: debe ser afirmación del consumo de otra mercancía, posiblemente no muy diferente de la primera. Más ilustrativo que la política al respecto es el caso de la música. Primero: está comúnmente aceptado que todo el mundo ha de consumirla, necesariamente; segundo: en este campo, ninguna toma de postura resulta inocente.
Las relaciones entre personas en la ciudad son como las relaciones entre las personas y las cosas: se mantiene el contacto y se intima voluntaria y selectivamente. Tratar con los demás, al hacerse consciente y TRABAJOSO, conlleva gestionar el tiempo que cada cual merece que se le dedique.
(Los nazis siempre ganaron las guerras.)
¿Creen los creativos publicitarios en la existencia de otros seres vivos? La autoconciencia formal opera ya como autopropaganda de un juego de muñecas rusas con modelos que fingen ser modelos que posan para anunciar una mercancía que no está a la venta y cuyo único valor es autorreferencial, de producto que promociona su propia industria.
El diseñador de propaganda ignora, aparentemente, que para él también atormentan los ingenios propios y los de sus colegas. Es parte de su trabajo, pues, sufrir el fruto de su esfuerzo en carnes propias. Va contra sí mismo tanto como contra sus iguales. No hace diferencia entre carnes de unos y de otros.
Los matarifes pueden llenarse la boca de palabras nobles. Publicitaria o propagandística: es jerga que puede decirse con el corazón en un puño, coreado por sincero llanto, aunque sin que haya que defender más adelante las palabras dichas, ni mucho menos responder de ellas.
La imagen de éxito es la que más se resiste a la tergiversación, la que no admite lecturas múltiples ni complejas por parte de nadie. Se niega a ser interpretada de más formas de las que ella impone. Y las imágenes de más éxito artístico son las que por su extrema ilegibilidad y por su impotencia más se acercan a la publicidad.
(El espectador como perfecto individuo de la masa.)
La constante diarrea de productos abochornantes, saturando, bloqueando los canales, insoportable si no se piensa que, cada uno en su respectiva celda, millones y millones de clones nuestros están soportando lo mismo, en la misma situación, separados todos y unidos por esa fe común.
El espectador, de tener una reacción muy retrógrada ante una película, pasa a una actitud sumamente progresista en su disposición a elevar los anuncios al nivel de arte.
Una persona sola en una sala de cine, siéndole proyectado un gran éxito popular: ¿podría soportar sin hacerse una sola pregunta a sí mismo, el elevadísimo sonido, los rostros gigantescos, la oscuridad a sus espaldas, los millones y millones inmolados a cambio de sus 700 pesetas, sin el escudo que suponen habitualmente los demás espectadores?
La inmensa desproporción entre el protagonismo del cine en la pista central del circo cultural y la escasa retribución que reciben la mayoría de sus artífices debería servir para iluminar acerca de la importancia social que tiene per se tal industria, y no para simular que algunas de sus gamas y manifestaciones son inocentes.
El cine, incluso visto a través de la televisión, no deja de ser el mejor arma del arte para la sumisión a los roles: nos ofrece la oportunidad de identificarnos como posibles actores en mezquinos dramas que permitan atisbar nuestra riqueza interior. Cuya candidez, una vez vislumbrada a media luz e inmortalizada través de sedas, será mejor no arruinar intentando materializar eso de lo que es secundaria.
(Púdica abstracción.)
¡El horror…! ¡El horror…! El que sintió John Ruskin en su noche de bodas, cuando le fue revelado que las mujeres terrenales, a diferencia de las estatuas grecorromanas, tenían el pubis velloso.
Un Papa fue suprimido de la historia, en los tiempos en los que Roma creía en la Historia, no mediante el secreto, sino mediante la suplantación: otro Papa recibió su mismo nombre e identidad, y en vez de ocultarse sus obras se procedió a esparcirlas y falsificarlas de forma que en el futuro fuera posible recordar lo que en ese momento era patente. Sin temer tanto al juicio de la historia, la C.I.A. deja acceso libre a los secretos de cualquier crimen político y complicidad en genocidios: tal iniciativa equivale al acto de contrición, no se piden cuentas y nadie es procesado. Mientras tanto, de los polvorientos ex-archivos de la U.R.S.S. brotan inverosímiles documentos demostrando que toda atrocidad pasada se debió a la personal corrupción de difuntos líderes, indignos de la confianza del pueblo.
Los presidentes, desmarcados de la tradición de los gobernantes de antaño, necesitan un séquito de asesores de imagen para expulsar el más mínimo insulto, y eso con menor eficacia que un niño de cuatro años. Apenas pueden nuestros Le Pen hacer su trabajo sin más ingredientes que los de la ancestral receta: el ajuste de cuentas, los enemigos al acecho, los privilegios y servidumbres de sangre y raza. Y los magos de las finanzas que, según los gráficos, llevan el volante, oyen la misma emisora y ven desde sus yacuzzis el mismo concurso de televisión que la más remota de sus víctimas.
Picasso, a menudo peor que él mismo, tan consciente como Frazetta de que, al fin y al cabo, no habría garabato suyo que no fuera a terminar vendido, subastado y revendido y examinado, publicado y expuesto junto a incontables otros garabatos o reproducciones de garabatos,; que sus mejores momentos convivirían con los peores, reunidos por el azar de las colecciones, valiendo cada una de las cuales como una impotente y patética biografía-a-retales de Picasso. Siendo así que no vale anticiparse preciosísticamente a los puzzles que se formarán en el futuro. Quedando la coherencia de la mirada de cualquier pintor anterior calcinada por la afectación del que se burla de los infinitos clones de sí mismo que desde calendarios y postales se dan de bofetadas por el estatus de Elvis de las bellas artes.
Hasta el más sórdido y universalmente execrado episodio de nuestras experiencias recientes puede aspirar a dejar fetiches materiales que lleguen a justificarlo e incluso, a base de excursiones y visitas guiadas, a rentabilizarlo. Podemos llegar a felicitarnos hasta de poder contar con algo como el Valle de los Caídos.
“El mejor servicio que se le puede hacer al demonio es negar su existencia.”
La expectación creada por la entelequia de moda de los 60, lo que se dio en llamar “cibernética”, no es nada comparada con el éxito de la campaña que convenció instantáneamente al mundo de que informatización y globalización pertenecen a la categoría conceptual de “los hechos consumados”.
El paracientífico futuro prometido por los cibernéticos ha quedado reducido al diseño de prototipos de cazabombarderos asesinos. El diseño de una inteligencia artificial no reveló tener interés alguno. Y más pensando en lo que se llevaba avanzado en artificialización de la inteligencia.
Sin embargo, no puede decirse que se haya desaprovechado la experiencia; más bien no ha habido nada de ella que no haya hecho un buen servicio al presentar como revolución técnica la sumisión absoluta a la economía y la diarrea de datos, si es que alguien sabe distinguirlas.
París, 1810: François-Eugène Vidocq funda la Sûreté: ladrón y escapista temerario, otorga sus servicios a la policía francesa a cambio del perdón judicial. Su filosofía es que para conocer y capturar a los delincuentes es imprescindible serlo uno mismo.
El palimpsesto o el decollage se asumen en la práctica comercial como modus operandi ordinario y garantía de comunicación y efectividad. Cada producto se calca del anterior, introduciendo leves cambios que rara vez suponen mejoras. Podría identificarse cada capa, aunque poco provecho se sacaría de ello,. La caja vacía del periódico se llena sobre escribiendo sobre las 64 páginas del día anterior. ¿No prueba esto la repetición de anuncios y rellenos sin sentido?
Recordemos que la mayoría de los artistas de la modernidad siempre vivieron de la publicidad, la ilustración o la decoración hasta que pudieron dar el salto al mercado artístico. Salto que ahora mismo forma parte de la jornada laboral del artista que, pluriempleado, apenas podría decir en cuál de los dos campos está el dinero, en cuál el Arte, en cuál la inmortalidad.
Hoy ser diseñador parece tarea fácil: basta saber manejar esa herramienta maravillosa que es un Mac y seguir devotamente la estética inane de la forma por la forma, ese fuego fatuo al que tanto diseñador, delante de las naderías y bobadas de David Carson, se ha rendido extasiado.
Los hallazgos de la infografía artística son inmediatamente adaptados al diseño comercial. Y un diseño comercial es inmediatamente ensalzado como ejemplo de las infinitas posibilidades artísticas del medio. Todo nace muerto, perteneciente ya al pasado: no hay creación informática que no haya podido ser ya utilizada en China para vender exitosamente calzoncillos, y viceversa. Los fans y eruditos de la música pop acaban por convertir su hobby en una forma de sacar dinero y se dedican a vender discos o a colaborar en que se incluyan temas de sus héroes como sintonías de anuncios, teleseries y películas. En ambos casos, la divulgación bien intencionada sólo sirve para ir robando más tierra firma de debajo de sus propios pies. El candidato a trabajar en las industrias de la cultura ya está al tanto de los trucos del oficio, ya se ha moldeado cómplice para ser una perfecta réplica y extensión del locutor o disc jockey modelo en cuanto ocupa el asiento. Impartir cursos de formación y mentalización parece propio de las empresas de poco fuste, que pagan sólo en futuro. Las empresas de la cultura cuentan con un personal que les llega previamente seleccionado por sí mismo, cuya intención sincera es que nada cambie en el seno de lo corporativo.
Los que parodiaban el estilo de los tiranos de las ondas estaban preparándose para el día en que se iban a presentar a la selección de la nueva Voz del Destino. Lo que para uno es subversión para ellos era ir profundizando en el estilo de la casa.
Palma de Mallorca, 2000: Se procede al desalojo de indigentes de la obra escultórica urbana que han convertido en su refugio. Ya se había criticado el abandono que sufría esta voluminosa obra de hierro, donada por su autor para la decoración de nuestras calles. La estatua, instalada en el parque sin protección ni vigilancia ninguna, representa, mediante placas metálicas de gran tamaño, los paños de unas murallas, evocando el espacio habitable de la ciudad.
No sólo se teme que todo drama sea ficción realizada con la alegre colaboración, barata, de talentosos becarios: queda la sospecha de que cualquier iniciativa es cómplice, que el cinismo no sólo se debe al hacer doblete. Se trata de una crueldad congénita. Lo de menos es lo que se pone en cuestión; lo realmente relevante, lo que abre las puertas de los ministerios y los suplementos dominicales, es experimentar con nuevas herramientas sobre masas tolerantes, dispuestas a asentir e incluso a pagar. Escéptico, dispuesto a aplicar el mismo rasante a todo, quien desarrolla su invención con la misma indiferencia que el arquitecto o el químico de hamburguesería no tiene nada más fácil que dejar convertir cualquiera de sus invenciones en nuevos trucos de engaño, tortura y aniquilación.
“Es hora de que se diga que la literatura y la vida no son lo mismo”
Haciendo una tajante división entre Arte y ética se hipostatiza la distancia entre conocimiento y toma de posición, entre juicio de valor y comportamiento práctico. El recurso sistemático a palabras evidentemente hueras bien puede ser aplaudido por el público nihilista. Si la masa no ha alcanzado aún tal nivel de desesperación, bastará mantener arqueada una u otra ceja ante el eterno retorno de las modas.
¿Somos la alegría de la huerta, en este campo de concentración amable y confortable, o las víctimas de otro borrón y cuenta nueva?
“Es un deber estatal irrenunciable velar por la percepción y el estado de ánimo de los ciudadanos.”
A favor de los poderosos siempre ha jugado el que de antemano se encontraran indefectiblemente de acuerdo entre ellos sin que les fuera necesario conocerse ni comunicarse, ni siquiera tener que aguantarse reflejados los unos en los otros. No han de preocuparse por la coherencia u oportunidad de las palabras de su común portavoz; ya pueden, mientras tanto, enzarzarse las demás hordas en bizantinas discusiones, escisiones y proclamas.
Una postura politizada como la de éstos les parece a los primeros una gran pérdida de tiempo, y con razón pueden prescindir de ella. Que jamás la echen en falta a sus ojos no es más que la demostración de la gran perogrullada de la economía.
Que repitan los expertos que sólo ha existido, y existirá siempre, un único estado natural del que los demás apenas serían ensayos o sucedáneos: lo que antes, cuando no resultaba tan evidente, se daba en llamar capitalismo, pero que ahora, al no resultar necesario distinguirlo de nada, no merece la pena que tenga nombre, ni tampoco que se diga en qué consiste. Ni tan siquiera profundizar en él más de lo que el hombre del tiempo analiza la atmósfera al elaborar sus partes y pronósticos.
Una advertencia de amigo: a los dueños de la casa les da tanto el criado como el mozo de cuadra. Una cosa es alimentar la idea de que pueden ascender dentro de su propia clase, otra muy distinta permitir más que como sueño húmedo que abriguen la ilusión de ponerse a la altura de los amos. No porque esto sea imposible, sino porque, para mantener el estado de las cosas, sólo es posible ser el nuevo amo eliminando al anterior.
(Bifocales.)
Ante nuestros ojos los demás envejecen pero nosotros inconscientemente seguimos teniendo la misma edad toda la vida. La tarea de la publicidad y el adoctrinamiento es sacar lo inconsciente al nivel funcional, pero sin que llegue a reconocerse como plenamente consciente. Más bien, a modo de gafas que llevar siempre puestas hasta olvidarse de ellas.
Alguna relación ha de tener con la nueva división del Hombre en Edades: una vez que la juventud llega a tocarse con la jubilación anticipada, y se puede dilatar la propia adolescencia hasta los 36 años, resulta que las más recientemente incorporadas unidades sociales de compra y voto aún son individuos en pleno proceso de “formación”, entendida como RECOPILACIÓN DE VIVENCIAS.
Aunque sea extraño preguntarse cuál puede ser su naturaleza, se supone un beneficio derivado de esos fotogénicos instantes, y a menudo nos apoyamos en la supuesta existencia de ese beneficio para demorar la crítica de tales experiencias. Mucho más tarde, ese beneficio quizá sean las estampas verídicas que aliñen alguna novela o pintura hecha en los ratos libres de la jubilación.
La construcción de la propia biografía a base de experiencias dignas de ser recordadas, por las que hay que pasar porque sí, porque hay que probar de todo, es como la adición de cromos a una colección, o asuntos pendientes a tachar en una lista olvidada no se sabe dónde.
Pero esto no es tan grave como reemplazar la experiencia por la vivencia. Incluyendo la experiencia de recordar: las vivencias no se recuerdan: se coleccionan.
(Prendas talares.)
Los teólogos distinguen entre dos clases de religión: la propia, directamente emanada del Señor, y todas las demás, inventadas.
El sincretismo cristiano: la Iglesia, en su expansión, procede metódicamente a asimilar elementos de los mitos paganos o apócrifos, integrándolos en su propio menú. Unos especialistas se ocupan de llevar a cabo con sumo cuidado teológico estas componendas. El acabado del collage es exquisito.
Empero, el degustador distingue, revueltos pero no juntos, individualidades como el Sudario, la Ostia, el Sagrado Corazón, la Santísima Muerte, la Cruz como aspa, la Cruz como tronco, la Cruz como obelisco, la Cruz como cruz, y sobre todo, los miles de únicas Vírgenes Marías, madres todas de un sólo dios. Todas y todos llevando por separado una vida propia.
¡Basta de oraciones al dios muerto Arte! Pues al dialogar con este ente ficticio, como si existiera y fuese a derramar un rayo de blanquísima luz sobre nuestra caja de herramientas, no hacemos más que enviar rezos al vacío, ya sean rosarios, salmos inventados o nos revolquemos apretados por el cilicio sobre las losas de la iglesia.
(Sin esforzarse para lo bueno ni para lo malo.)
Aprovechemos el momento que se nos ofrece vivir para revivir el pasado. Verifiquemos que nada se hizo inocentemente, sin venalidad ni enriquecimiento ni chapucería ni rezos ni crueldad. Verifiquemos que siguen vivas todas las religiones, lo fácil que es organizar linchamientos, imponer himnos, lenguas, fronteras y enviar representantes de la patria a Eurovisión. Verifiquemos lo bien que se ve reflejada cada enemigo en lo que su enemigo dice de él, haciendo el uno al otro bueno.
Ningún país sin matanza, ninguna emigración sin limpieza étnica, ninguna violación en masa de la que no dependan los putos puestos de trabajo de cien mil honrados obreros.
La peor incomprensión que sufre el autor no es aquella hacia su obra, sino la que se experimenta respecto a su actitud una vez se aligeró de ella: porque si ha hecho su trabajo, no puede fingir falsa modestia por su obra y sin embargo no puede reivindicar la paternidad de ella: porque no puede renegar de la excavación hecha en lo peor del pozo negro, y tampoco va a presumir de creador de lo que con espanto de allí ha extraído.