El sadismo como acción comunicativa
Hay que aceptar como punto de partida que, incluso aplicada a torturadores convictos y confesos, o a seres del calibre de Goebbels o Hitler, Rumsfeld o Bush, Franco o Pinochet, la tortura es injustificable. Por algo, como recuerda Ferlosio, la considera Dante la esencia del Infierno: no puede haber nada peor; no debería ser concebible nada peor: “más allá de su siniestro aspecto de culpa personal está el terrible potencial del mal anónimo que asoma en ella, como una bocanada del Infierno” (La hija de la guerra y la madre de la patria, pág.121). Mal anónimo porque la vejación infligida trasciende las personalidades de torturado y torturador, yendo el daño causado por éste más allá del directamente ocasionado a su víctima. Algo de esto han debido sospechar desde siempre los torturadores: eso explicaría la práctica sistemática y masiva de torturas gratuitas en innumerables regímenes, a modo de instrumento con que echar premeditadamente sobre un colectivo una carga duradera de vergüenza y culpabilidad, ya fueran supervivientes o verdugos, y no para “mantener o elevar la moral de los soldados”, del mismo modo que los secuestros y desapariciones más que para beneficiar económicamente a unos pocos sirven sobre todo para hipotecar una sociedad de un modo mucho más intenso y grave de lo que puedan hacer tropas y policías, siendo la otra finalidad meramente accesoria, aunque en cierto modo más fácil de soportar. Ante las fotos de Abu Ghraib uno se pregunta si dan testimonio de un intento de crear un trauma de estas características en los pueblos de Oriente Medio o si son algo más. Cuesta profundizar en un tema como éste, con conocimientos insuficientes, sospechando de estar guiando por un interés morboso, pero hay una obligación impuesta por el hecho de haber visto estas imágenes, dándoles crédito, escandalizándonos y comentándolas –una obligación que se desprende del hecho de haberlas leído, interpretado. En primer lugar, si es apropiado aplicar el término “tortura” en la acepción dada por las convenciones internacionales (esto es, “acto por el que se inflige intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión”, según dice la Convención contra la Tortura) cuando no existe la menor presunción de que la víctima posea información alguna o cuando no le sería posible comunicársela a su inquisidor incluso en el caso de que la poseyera. De acuerdo con la legalidad internacional, en un porcentaje elevadísimo de los casos no se podría hablar de tortura, tratándose de gente detenida al azar y que muy probablemente no hable inglés. Y será prejuicio, pero cuesta creer que aquí, los jóvenes, estén torturando en árabe. Si no hablamos aquí de tortura, ¿de qué lo hacemos, si no cabe nada peor? Recordemos que la Declaración de los Derechos Humanos no está tan dirigida a la educación y orientación de particulares como al establecimiento de premisas con las que se ha de comprometer todo Estado que se quiera considerar legítimo. La finalidad de la definición de tortura a la que nos hemos remitido es poner freno al monopolio de la violencia encomendado a las fuerzas ejecutivas estatales, a sus excesos de celo sea cual sea su excusa –incluso si se trata de razones de fuerza mayor, estado de emergencia. No está para sugerir que se tipifique como crimen algo que fácilmente ya esté perseguido en cualquier lugar del mundo, en caso de autores individuales, sino para obligar a los Estados a vigilar que sus profesionales no apliquen excesivamente su discrecionalidad; está porque la misma construcción Estatal entraña el peligro –o acaso la inevitabilidad- de que profesionales, civiles y el público en general vean razonable la tortura a determinadas personas en determinadas circunstancias. No se trata del riesgo de que la maquinaria a veces funcione mal, sino que es una tentación demasiado fuerte querer que funcione demasiado bien. Irónicamente, a pesar de que en la Casa Blanca quieran evitar, de momento, llamar torturas a estos hechos, en ello consiste legalmente su cobertura: el exceso de celo de los reclutas inexpertos, de alguno de sus generales, de algún ministro incluso, pero nada más. Se está convencido de que no serán pocos quienes lo vean justificado y hasta lo aplaudan. Pero ni la negativa a llamar a esto tortura ni el ambiguo aplauso que pueda recibir al tomarla como tal debería engañarnos. Difícilmente será aplicable lo definido por la Convención contra la Tortura a casos como los de Chile o Argentina, o a estos de Irak, Guantánamo, Afganistán y de tantos otros “países amigos” y paraísos judiciales de las que nos vayan llegando fotos en el futuro. Nuestra lengua carece de palabras para describir esta ofensa, la destrucción de un hombre, dice Primo Levi. Y si no hay palabras, ¿cómo va a haber un concepto legal adecuado? Es necesario que repensemos las fotos. Preveo que su importancia será similar a aquellas tomadas en 1945 en los campos de exterminio nazis, sus implicaciones irán mucho más allá de las imágenes del 11 de septiembre. Una interpretación optimista ve aquí la demostración de que actualmente el secreto es imposible, y el sistema tendrá que replantearse sus reglas, y si es imposible que llegue a ser plenamente transparente, al menos ha tomado conciencia de su permeabilidad. Podrá adoptar estrategias de desinformación o manipulación, pero ni aún así podrá estar seguro de llevar siempre la delantera. Ahora sabe que cuenta con un nuevo enemigo, globalizado: la intelección general. Y aunque no quiera hacer caso a las palabras, sabemos que sigue temiendo a las imágenes (no hay fotos auténticas de las torturas efectuadas tropas británicas, pero de alguna manera la falsificación hizo que fueran investigadas). Este será un pobre consuelo, éste y la posibilidad de que Bush se una a Aznar en el retiro, para los muertos y los supervivientes. Recordemos que las fotos de los campos de exterminio fueron tomadas por las tropas aliadas y rusas. Esas fotos espantosas no muestran el horror, sólo lo que quedó en los campos que no destruyeron los alemanes al retirarse. Pues no debería haber quedado testimonio alguno de lo que ocurría en ellos: su objetivo final era fabricar su propia desaparición, que del crimen no quedara rastro. Son fotos hechas a posteriori, que no reflejan la”verdad” tal cual fue. Pero ¿quién podría dudar de su autenticidad? ¿Quién podría falsificar eso? Lo que hace verosímil estas otras fotos son esos detalles obsesivamente familiares, tan grotescos que tampoco pueden estar preparados. Por ejemplo, el puritanismo que oculta genitales mediante pixelado y deja perfectamente visibles heridas sangrantes, contusiones y charcos de sangre en el suelo. Los anuncios de hipotecas, tarjetas bancarias y complejos vacacionales que aparecen en las páginas web de los periódicos que avisan que “¡disponemos de las fotos que los congresistas consideraron demasiado fuertes!”, que con las fotos se mezclen logotipos de importantes empresas sin miedo a que se les asocien connotaciones negativas. La coincidencia de la foto de un detenido con los brazos en cruz, cubierto de una costra de mierda, que supongo se ha secado mientras aguantaba en esa postura, con la polémica acerca de la cristianísima película de Mel Gibson, de tan benéficos efectos a pesar de que la escena de la flagelación sea levemente gratuita. Lo americano que es todo, desde el OK de los pulgares arriba a los ademanes de entrenador con que Rumsfeld anima o echa la bronca a la tropa. No podría ser un montaje todo esto que, remedando a Hannah Arendt, podríamos llamar “la gilipollez del mal”. La idea de que las imágenes de Abu Ghraib son a las del 11-S lo que Hiroshima es a Pearl Harbour. Sorprende que el único rasgo de lucidez sea que a lo largo de las galerías de Abu Ghraib no haya colgadas banderas estadounidenses. Todo esto tiene firma, pero no lleva estampado el sello oficial, del mismo modo que la base de Guantánamo lleva entre paréntesis “Cuba”. Hay que pensar en las fotos: si no es también un crimen haberlas hecho, y que posiblemente el crimen no hubiera sido el mismo sin cámaras. Podríamos aventurar la hipótesis de que estos crímenes fueron realizados para ser divulgados, de forma planificada o confiando en la maligna gilipollez de sus ejecutores. Sus víctimas, utilizadas como vehículo de una tortura dirigida no sólo a los árabes sino al mundo entero. De ser así, las imágenes tomadas constituirían, de por sí, un crimen, en tanta medida como aquel que documentan. Una vejación que sigue teniendo lugar para siempre: nunca dejará de estarse ejecutando. Sea como sea, ya están realizándose escarmientos y chantajes mediante rehenes de cara a los medios, a su difusión propagandística. La víctima sólo cuenta para sus agresores como materia prima para el terrorismo audiovisual, y da igual quién sea, pues para suscitar compasión, acaso entreverada con una morbosa autocomplacencia al ver desplegándose el poder que se siente como propio, tanto dan unos como otros. .....................................
No sé si es Primo Levi o Imre Kertesz quien relata que, en los campos de exterminio nazis, los soldados y demás personal siempre se dirigían a los detenidos berreándoles en alemán, a pesar, o a sabiendas, de que la inmensa mayoría de sus cautivos no lo entendían; cuando a uno le ladraba un nazi a la cara, no sabía si estaba escuchando su condena de muerte, una orden por cuyo incumplimiento sería torturado y asesinado, o si el nazi en cuestión sólo quería reírse a su costa. Hay una escena de “El Pianista” de Polanski, esa película oscarizada en América, en que una judía que se dirige en alemán a los soldados recibe como respuesta un disparo a bocajarro en la frente. El lenguaje parte del supuesto de la común humanidad de los interlocutores y en el reconocimiento, al menos mientras dure la comunicación, de una última e irreductible igualdad. Por ello es el primer lazo a quebrar: para que la víctima reniegue de ser humana, para que su verdugo olvide que por mucho que se esfuerce, sus víctimas siguen siendo humanas, pero también para ocultarse él mismo que, por muy soldado, demócrata, yanqui y libertador e hijo de puta que sea, él es también igual de humano que ellas. Ante las fotos de las torturas estadounidenses me he preguntado si alguno de los “interrogadores” sabría árabe, si alguno de sus jefes se habría molestado en preguntárselo, y si creerían unos y otros que bastarían los ladridos, de los perros y no perros, para que a las víctimas pudieran saber lo que se les pedía, y además a decirlo en inglés. No sé si fue Reagan o Stallone quien respondió, cuando le preguntaron si le apetecía aprender un segundo idioma, que si Dios hablaba en inglés, quién era él para aprender algo más. Propongo el cese de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, la expulsión de sus embajadores y la declaración de personas non gratas para todos sus cónsules, sin olvidarnos del personal militar de sus bases en España. Y eso debería ser sólo el principio.
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