Podemos
concluir que en la actualidad y bajo el esquema reinante de poder en la V
República —con todo y el proceso constituyente del 99, la aprobación de una
nueva Constitución que incorpora al Poder Ciudadano, la relegitimación de los
poderes públicos que de aquélla se derivaban, más la depuración ocurrida en el
Poder Judicial- y, muy a pesar de la constante prédica anticorrupción encarnada
en la figura del presidente Chávez y de otros personeros del oficialismo, en
Venezuela se mantienen vigentes las condiciones que hacen posible la existencia
de un estado generalizado de corrupción masiva en la administración de la cosa
pública y en las esferas del poder privado, tan crítico como durante los 40 años
precedentes de democracia "puntofijista".
De hecho, el actual gobierno ha establecido políticas sui
géneris para redistribuir riqueza y dar acceso a los fondos públicos mediante
mecanismos poco ortodoxos y claramente excluyentes como: PB 2000, Fondo Único
Social, Círculos Bolivarianos, Escuelas Bolivarianas, Fondos para el Rescate de
Vargas, créditos blandos para militares, bancos (del Pueblo, de la Mujer, de
Financiamiento al Desarrollo y, eventualmente de las Fuerzas Armadas, de
Microfinanzas y Agrícola) al margen de la actividad supervisoria de la
Superintendencia de Bancos. Ello podría estimular la entronización de la
corrupción como una política de Estado deliberada. No sería la primera vez en la
historia que el estímulo a la corrupción se convierta es un estímulo para un
tipo de desarrollo económico y social no igualitario y claramente ficticio en el
mediano y largo plazo.
Las acusaciones y denuncias de irregularidades
administrativas que son formalizadas prácticamente a diario ante o desde los
organismos encargados de investigar -y que las más de las veces son reflejadas
en los medios de comunicación social-; en su inmensa mayoría no llegan a la
etapa de investigación, sanción y, mucho menos, al encarcelamiento de los
responsables. Reina la impunidad.
Existe una marcada tendencia a utilizar señalamientos de
irregularidades contra organizaciones y personas, con la simple finalidad de
desprestigiarlas o liquidarlas política y moralmente. No solamente en casos que
tienen que ver con retaliaciones políticas sino entre factores que responden a
la misma parcialidad ideológica. La lucha de poder, por el poder y por los
beneficios financieros que se desprenden de su usufructo, sigue pasando en
Venezuela por la utilización de la denuncia de corrupción, con o sin fundamento,
como arma de guerra y de supervivencia política, económica y social. Esto no es
distinto de lo que ocurría en la IV República.
La falta de transparencia y el exceso de discrecionalidad son
los factores claves que determinan por qué un venezolano cualquiera debe pagar o
recibir tributo para obtener u ofrecer los servicios más elementales del Estado:
el documento de identidad, la propiedad y la identificación del vehículo, un
cupo en la universidad, una licencia de importación, desaduanar una mercancía o
la oportunidad de incursionar en los negocios, entre otros muchos ejemplos.