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Historia de la Música Pop: buena lectura, si no estuviera tan politizada
Historia de la música pop: de Bob Dylan y el folk al Spotify JULIO,
2020. Considérenme anticuado, pero durante el tiempo que fui un devoto
seguidor de la música pop jamás me pasó por la cabeza verla
como una manera ideal para promover políticas "progresistas" por
todo el mundo. Estamos hablando,
en términos personales, de un periodo más o menos de
1972, cuando un pequeño radio de transistores se convirtió
en mi mejor amigo, hasta mediados de 1997 cuando me pareció
que a la música pop se le habían acabado las ideas y dejé
de escuchar los hits del Bil Suena a cliché pero es cierto; la música es el soundtrack de nuestras existencias. Escuchamos los acordes de una canción que estuvo de moda hace décadas y nos traen de vuelta al momento, dónde estábamos y en ocasiones hasta los olores; es increíble el efecto que la música puede tener en la mente humana. La primera novia, el primer beso (y sí, ese momento en el cual entramos al mundo sexosensorial), están todos determinados con una canción de fondo. Y en países como éste donde el español es el idioma oficial, poco o nada importaba la letra de aquéllas canciones, y mucho menos si esas letras hablaban de politiquería. Un vistazo a las listas del Billboard deja en claro que el tema principal de las canciones que han escalado posiciones desde los años 50 tienen como tema principal el amor, ya sea recibido o no correspondido, la mayoría de las veces envueltas con cierto nivel de cursilería. Las canciones con temas antibélicos que comenzaron a grabarse por decenas en los 60, apenas un puñado arañaron esas listas. Lo mismo puede decirse del punk, ese género que los críticos tanto han endiosado, esto pese a que Sid Vicious, por ejemplo, solía portar una camiseta con el símbolo nazi. Asimismo, aquellos artistas que tuvieron un hit politizado rara vez repitieron la hazaña, tal es el caso de "Eve of Destruction" de Barry McGuire. Igualmente tenemos incontables casos de cómo muchos grupos empezaron a decaer una vez que abordaron temas con letras "serias", llámense los australianos Men at Work, los suecos The Cardigans e incluso Michael Jackson cuando asumió poses de gurú y comenzó a regañarnos por estarle causando daño a la tierra. Lo paradójico es que, cuando se escriben libros sobre la historia de la música pop, sus autores se hunden irremediablemente en la politiquería o bien la utilizan como gancho para ir difundiendo sus muy personales ideas. Por ejemplo, se han publicado cientos de libros sobre Bob Dylan --incluso uno de ellos, autoría de un tal Grail Marcus, e está. dedicado enteramente a una sola canción, "Like a Rolling Stone"-- pero no abundan gran cosa en su música, en su estilo. A mí por ejemplo, me encanta esa canción desde que la escuché hace muchos años aunque pasó bastante tiempo para darme cuenta de qué diablos hablaba la letra (y aún sigo dudando de porqué le dieron el Nóbel de Literatura, por cierto). La reciente visita a una librería local hizo que llamara mi atención una edición sobre la música pop, este vez escrita por el periodista británico Peter Doggett. Ya metido en su lectura me entero que ese libro es parte de varios tomos, todos ellos traducidos y difundidos por una editorial española. La edición es magnífica, por cierto, y un poquito cara, aunque lo que si resulta imperdonable es que contenga varios errores de dedo, sobre todo en su última parte, lo cual evidencia la prisa por terminar la traducción y llevarla a impresión. Como indica el título, el libro comienza con el ya referido Dylan. Para dar inicio, Doggett nos dice que al ocurrir el asesinato de Kennedy, "él álbum más vendido en Estados Unidos era In the Wind, obra de un trío llamado Peter, Paul and Mary". Esto es cierto, pero Doggett olvida decirnos que ese disco no tenía un solo sencillo en los Top 100 del Billboard en ese momento y que el disco sería echado de la cima por la conocida Monja Cantarina (la de la inmortal "Dominique"). In The Wind igualmente, es el primer disco de folk comercialmente efectivo, y tal disco las compañías disqueras comenzaban a promoverlo, más que nada por sus letras poéticas rebosantes en metáforas, con "Blowing in the Wind" de Dylan como muestra clara de ello. Pero eso no indicaba necesariamente, como dice Doggett --y a todo toro pasado, claro-- que "se avizoraba una revolución". De hecho y para que ésta se diera --es decir, que la música pop dejara lo que Doggett llama "letras banales" tuvo que darse el rompimiento con los tradicionalistas, en 1964, cuando Dylan cambió la guitarra acústica por la eléctrica tras lo cual se desató la verdadera revolución en la música pop sesentera, no para derruir estructuras sociales, sino en su elemento creativo. En cambio, los tan admirados por Doggett Peter Paul and Mary se negaron rotundamente a dar el brinco eléctrico: para 1967 ya no eran más que una anécdota. Años y páginas más adelante, Doggett menciona "Pop Corn", una canción hiperpegajosa (se puede escuchar aquí) la cual inusitadamente abriría camino a otros géneros, entre ellos todo el tecnopop ochentero de Depeche Mode, Ultravox y muchos más. Yo recuerdo escuchar "Pop Corn" allá en mi infancia alrededor de 1972, pero Doggett la define, entre una manera entre pedante y totalmente irrealista. "'Pop Corn', de Gerhson Kingsley, comercializada por la banda estadounidense Hot Pepper; el gusanillo auditivo más infeccioso atrapado en una ventisca de partes de sintetizador (...) aquél era un guru que podía atraer a los fascisti más autoritarios, la banda sonora de una Metrópoli en la que toda la humanidad estuviera a merced de los ruiditos y burbujeos". Honestamente, cuando la mayoría de nosotros escuchamos "Pop Corn" lo que se nos viene ala mente es la imagen del maíz que estalla y se convierte en deliciosa palomita o rosita. Solo a un crítico de música puede ocurrírsele que ese tema tan divertido y positivo pudiera atraer " a los fascisti más autoritarios". (Este libro, por supuesto, se centra excesivamente en la importancia de la música pop británica, algo que no extraña después de todo). Ciertamente Doggett se enfoca a la versión de 1969, la cual tiene algunas variaciones y fue relativamente famosa en Gran Bretaña ese año; la versión que todos conocemos, la de 1972, fue grabada por Hot Butter. Pero lejos de ser la banda sonora de una humanidad "a merced de ruiditos y burbujeos", esta versión de Kingsley parece ser más una influencia tempranera para Jean Michel Jarre. Su andanada pretenciosa queda totalmente fuera de lugar. Es innegable, por supuesto, que Doggett posee un mundo de información y datos sobre la música pop. El problema es que la mayoría de los lectores no buscamos un mamotreto donde se nos atiborre de cansadas conclusiones políticas. Es como si Doggett, y otros críticos, desprecian la idea que el desarrollo de la música en ese tiempo estaba diseñado como un negocio, y si una mentada de madre vendía y escandalizaba, todas las disqueras iban a incluir una mentada en sus siguientes producciones. Ese concepto subió varios escalones en los setenta cuando a Malcom McLaren se le ocurrió crear los Sex Pistols, no para desatar una revolución mundial --aunque muy convenientemente se pavoneada de ello ante la prensa..-- sino para forrarse él mismo de billetes. De hecho, y algo que el mismo Greil Marcus ha aceptado, la mayoría de los críticos están más que agradecidos con The Sex Pistols por prácticamente haber resucitado esa labor, que ya a mediados de los 70 iba en abierto declive: se había convertido en un trabajo donde críticos, periodistas, fotógrafos y músicos se juntaban con el único objetivo de consumir drogas e intercambiar parejas sexuales. Por supuesto que, cuando Doggett alardea que "más allá de las intenciones de McLaren, ahora el punk era la banda sonora de la disidencia política: un atronador canto de sirena sobre traición e insatisfacción", se abstiene de mencionar, como sus otros colegas, al elefante causante de la crisis económica que tenía hundida a la Gran Bretaña a mediados de los 70. Ese ambiente de "traición e insatisfacción" fue provocado por las políticas impositivas de los laboristas, en el poder desde 1969 y quienes aplicaron draconianos gravámenes de hasta el 95 por ciento a la toda actividad creativa, lo que resultó en un éxodo de músicos y cineastas a otras latitudes. Pero Doggett, obviamente, "olvida" mencionar que la desesperación de muchos jóvenes quienes efectivamente tomaron al punk como forma de protesta a su rabia, lo hacían contra un gobierno controlado por los laboristas. Doggett también pasa por alto el aspecto hormonal fuertemente ligado al auge de la música pop. Los críticos como Doggett sugieren que el factor político es el que mueve a los artistas y a los fans. No precisamente: hace ya tiempo Steven Tyler, el vocalista de Aerosmith, lo advirtió: "quienes dicen que no los mueve el afán de ganar mucho dinero en este negocio no están siendo muy honestos consigo mismos". Por lo que toca a los fans de la música pop, a partir de la adolescencia éstos suelen recurrir al género, primero, como forma de identificación con sus contrapartes, para descubrir canciones que reflejen sus vivencias, o empezar a soñar eróticamente con su cantante favorito/a, o también como forma de capotear el enloquecido ritmo hormonal que ocurre dentro de sus cuerpos. Es el despertar de la sexualidad adolescente, y no la reivindicación social, lo que ha movido por décadas a la música pop. Y si esa rebelión hormonal adolescente viene aderezada con una pincelada de "escándalo" que alarme a los mayores, pues qué mejor. Como lo dijo alguna vez el sociólogo canadiense Andrew Potter, coautor de un libro recomendabilísimo titulado Rebelarse Vende: "Entre más transgresora se convierta una idea, más redituable resulta y más beneficia al desarrollo del capitalismo". Por último, y en lo que quizá sea lo más irritante de este libro, es que en ningún momento, ya sea en su portada o en su sinopsis, se nos advierte que Duggett, más que contarnos la historia de la música pop, en realidad nos quiere administrar un largo examen sociológico-marxista --y como tal, absolutamente pretencioso-- que los amantes de la música pop no necesitamos no solicitamos en lo mínimo. Que se lo haga rollito.
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