Hay un libro (que no es de ciencia ficción,
ojo) que está dando que hablar últimamente. Se trata de “Como
una novela“, de Daniel Pennac, y trata (con bastante humor) sobre los derechos
del lector.
Según el autor, los derechos imprescindibles
del lector serían los siguientes:
1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltarnos las páginas.
3. El derecho a no terminar un libro.
4. El derecho a releer.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
6. El derecho al bovarismo (enfermedad
de transmisión textual). (*)
7. El derecho a leer en cualquier sitio.
8. El derecho a hojear.
9. El derecho a leer en voz alta.
10. El derecho a callarnos.
Hay una aparente contradicción en
publicar semejante decálogo en forma de libro, sobre todo si uno de
los derechos es, precisamente, el de no leer.
Ahora, éste derecho (expresado con
menor fortuna en nuestro medio) tiene su trampa: generalmente, quienes afirman
que leer no te hace mejor o que no es necesario leer para ser culto, son
personas que leen o han leído mucho (Daniel Pennac es profesor de
literatura). Digamos, son lo que son gracias a la lectura. En cambio, alguien
que carece de la experiencia de leer difícilmente puede formarse un
juicio acertado sobre la necesidad o no de leer. Con todo el respeto a su
cultura, sigue siendo un analfabeto. Eso creo.
Ahora, ¿hay algo de rescatable en
el decálogo? ¿Tiene algo que ver con la ciencia ficción?
Yo diría que sí. De un lado, reconoce que la relación
primaria entre el lector y el libro (lo que incluye al autor y al género)
es una relación íntima, personal, basada en el gusto y la afinidad.
No hay esa idea platónico-fascista del libro “de lectura obligatoria”,
libro imposible por demás, que por fuerza debe gustarle a todo el
mundo. Si la relación básica lector-libro es una de amor, pues
no se puede amar a todo el mundo. Desde un punto de vista cristiano se supone
que sí, pero se trata de otro tipo de amor.
De modo que quienes hemos leído ciencia
ficción (y fantasía, y terror) por años no hemos hecho
otra cosa que ejercer nuestro derecho de lector (utilizando la terminología
de Pennac) a leer cualquier cosa, lejos de la opinión dominante que
pretende imponer lo que no es otra cosa que el gusto de otros, ayudándose
en un aparato que vaya uno a saber por qué razones busca uniformizar
(o mediocrizar) las mentes de todos. Nos guste o no, no hay libros o géneros
absolutos. Trascendentales sí, por el impacto histórico que
pudieran tener, pero jamás engendradores de un deber ser que solo
ha logrado alejar al lector del libro: nadie disfruta cuando lee por obligación.
Anda, ¿que no has leído a Fulano?
No, pero tú tampoco has leído a Mengano. Touché
.
Daniel Salvo
(*) Vivir lo que uno lee.