Lágrimas
de luz
Rafael Marín Trechera
Editorial Gigamesh, 2002.
Mis primeros contactos con la
ciencia ficción escrita fueron las novelitas pulp que publicaba Bruguera.
Los autores que más recuerdo fueron Clark Carrados, Curtis Garland,
A. Thorkent, Kellton McYntire, Ralph Barbie, Glenn Parrish. Como tenía
nueve años de edad, y en ese entonces el mundo era ancho y ajeno,
suponía que dichos autores eran, como sus nombres lo sugerían,
estadounidenses o ingleses.
Como (casi) todos sabemos, dicha
suposición es errónea. Clark Carrados se llama en realidad
Luis Gonzáles Lecha, A. Thorkent es Angel Torres Quezada, y de los
otros ya no recuerdo los nombres. De gringos nada: españoles de los
pies a la cabeza. Chapetones pues. De los que desayunan churros y dicen ¡hostias!
¿Y por qué esos
seudónimos tan ánglófilos? Lo más probable es
que las editoriales de esos tiempos, igual que los estudios cinematográficos,
tienen el gran objetivo de VENDER sus productos, y los directivos pensaron
que un autor con nombre supuestamente anglosajón vendería más
libros que uno con nombre hispano. No es una mala idea, ¿ o ustedes
creen que Clark Gable, Cary Grant y demás realmente se llamaban así?
Lo malo de esta práctica
es que, si bien tal vez no lo creó, reforzó un prejuicio: que
los hispanohablantes no podíamos producir ciencia ficción.
Si el autor era español, debía escribir sobre la guerra civil
. Si era sudamericano, sobre el realismo mágico. Pero de ciencia-ficción,
nada.
Lo confieso, yo también
fui víctima de este prejuicio. Cuando en Perú se vendieron
las ediciones de Orbis, ignoré los títulos cuyos autores eran
Rafael Marín Trechera, Gabriel Bermudez Castillo, Domingo Santos,
Manuel de Pedrolo y algún otro que no recuerdo, lo cual ahora lamento
profundamente, por que esa colección no volvió a imprimirse.
Y es que con la internet, vine
a enterarme que los hispanoamericanos también escribían ciencia-ficción,
y muy buena por cierto. También me enteré, mal de muchos consuelo
de tontos, que en otras latitudes (incluida la propia España) el prejuicio
anti autores hispanohablantes seguía existiendo. Y me enteré
también que, gracias a "Lágrimas de luz", el prejuicio que
tan reiteradamente he mencionado estaba en retirada. Bueno, tal vez no únicamente
gracias a la novela en mención, pero creo que es la más destacada
en ese sentido. Al menos, así lo deduzco por lo que he podido leer
en la internet. Si acaso me equivoco, me encantaría que me corrigieran.
Los comentarios que pude leer
respecto a la novela eran mayoritariamente elogiosos. ¿Habría
algún error, algún caso de "amiguismo" como suele suceder en
nuestro medio peruano? La reedición de "Lágrimas de luz" por
la editorial Gigamesh confirmó que no se trataba de un "clásico"
inflado o de una obra del montón, sino de un libro que pertenece ya
al colectivo de los "libros de ciencia ficción", ya sin etiquetas
nacionales. Rafael Marín escribe buena ciencia-ficción, y punto.
Y yo había desdeñado
aquel libro. Y no había forma de conseguirlo (en Perú, las
librerías no venden los libros de Gigamesh). Pero la generosidad de
Rafael no tiene límites, y tuvo a bien enviarme un ejemplar, el cual
me puse a leer en cuanto rompí el sobre de envío.
La novela nos relata los avatares
de un poeta, de un bardo de un futuro tan decadente que ha vuelto a una especie
de medioevo con grandes masas de incultos y harapientos. En dicha sociedad,
los poetas sirven de ayuda (no se sabe si a su pesar) para apuntalar dicho
estado de cosas. El protagonista, Hamlet Evans, aspira a ser poeta con el
fin de escapar de la Tierra y emplearse al servicio de la Corporación,
entidad que mueve los hilos del universo humano del futuro. Evans inicia
su aprendizaje como poeta en el asteroide Monasterio, suerte de colegio
o academia donde aprende técnicas básicas de lenguaje. Al fin,
es enrolado en una nave como poeta oficial (o algo así), y se inicia
su peregrinar de mundo en mundo, ganándose la vida empleando su arte
cantando las hazañas (y ocultando las vilezas) de los poderosos de
turno, ya sean militares o meros ricachones.
El universo de "Lágrimas
de luz" es despiadado. Es interesante, pero no provoca vivir en él.
No hay final felíz, y uno comprende que, ya sea en nuestro planeta
o desperdigada por el universo, la humanidad está condenada a arrastrar
sus vicios y su violencia a la par que su tecnología y su creatividad.
Los viajes espaciales y los ambientes exóticos de diversos mundos,
cada uno con su fauna y sociedades bastante peculiares, nos muestran un
futuro saturado, donde conceptos como libertad y felicidad no existen: sólo
existe la Corporación , el poder por encima de todos, el poder del
cual no se puede escapar, salvo mediante la imaginación y la poesía.
Y eso, sólo para algunos afortunados. Hamlet Evans sabe que sus poemas
hacen más soportable la vida a la gente, pero no la cambia ni le ofrece
esperanzas de un futuro mejor. No se si eso sea un mérito o un demérito
de la novela, pero esa sensación de pesadumbre - que tiene Hamlet
Evans - es tan real, tan vívida, que pareciera que Rafael Marín
realmente hubiera vivid
o en ese futuro.
En cierta manera, "Lágrimas
de luz" me hace recordar a "Dune", que recrea un futuro medieval. Sólo
que la novela de Herbert está escrita desde el punto de vista de los
poderosos, de los que gobiernan, los que, pese a todos sus dramas y tragedias,
tienen la voz cantante en el universo. En cambio, en el universo conocido
de Rafael Marín tenemos la otra cara de la moneda: los buscavidas,
los poetas, las masas sometidas, ignorantes, degradadas. Tiene sentido.
Herbert es americano, y para los americanos la época medieval nos
parece algo romántico y heróico, pues la conocemos más
que nada por las versiones hollywoodenses. Rafael Marín es europeo,
español, heredero de un conocimiento más veráz de lo
que fue el medievo y de lo que significó en la historia. Y tal vez
por eso no se hace ilusiones respecto al futuro, o al menos, respecto a un
futuro renacer de esa forma de vida. Sabe que no hay caballeros en brillante
armadura, sino opresores. No hay sencilla vida campesina, sino servidumbre.
No hay gloriosas batallas, sino el sangriento saldo de guerras sin sentido.
Pero, no vaya a creerse que estamos ante otra novela que se cuelga de la
moda de hacer "literatura malditista", tán fácil de imitar
como de olvidar. Siendo una novela de ciencia-ficción, ambientada
en un futuro distante y en universo más vasto, la tristeza y el pesimismo
que impregnan la obra son producto de la comprensión de la naturaleza
humana y de su posible devenir antes que actitudes acartonadas. Te fregaste,
Hamlet Evans, por que tu visión del futuro es más realista
que muchas supuestas visiones del presente.
Creo que el título de
"Lágrimas de luz" está más que justificado para esta
novela. A un universo así, no le queda otra cosa que llorar.
Daniel Salvo (c) marzo de 2004