Encontré
este libro de pura casualidad, en un librería de viejo del Jirón
Camaná, en Lima. Tenía muy buenas referencias de ambos relatos,
sobre todo del segundo, que después fuera convertido en novela por
el autor, con el título de La ciudad y las estrellas.
Cabe advertir que, en ambos relatos, se
nota la época en que fueron escritos, lo cual no es ningún obstáculo
para su disfrute.
El león de Comarre transcurre
en un futuro lejanísimo, donde el medio ambiente ha sido completamente
domesticado por el hombre. Hay muchas cosas qué hacer en la ciudad,
pero eso no impide que el protagonista, Richard Peyton III, sienta deseos
de conocer "otras" cosas. Richard es también algo así como
el último ingeniero, alguien con deseos de crear e inventar, un solitario
en un mundo donde se cree que TODO ha sido ya inventado. En ese ambiente
plácido y seguro, existe sin embargo la leyenda de Comarre, una ciudadela
construida por un antepasado de Richard, rodeada de misterio. Richard decide
ir en su busca. Las leyendas le proporcionan indicios de su ubicación,
cercana a un valle africano. Ahí se encontrará con el león
del título, un animal modificado, descendiente de los leones actuales,
pero de un tamaño mucho mayor y condicionado para mostrar docilidad
ante los humanos. Junto al león, Richard descubrirá la entrada
a Comarre, lugar cuya naturaleza resultará sorprendente para el lector.
Causa cierta gracia la aparición de un robot del modelo más
"clásico" que pueda imaginarse, cuya descripción coincide más
bien con la de un juguete (emite sonidos mediante dos parlantes protegidos
por mallas metálicas).
A la caída de la
noche es el relato que después se convirtió en la novela
"La ciudad y las estrellas". Resumir todas las sorpresas y maravillas
(si, maravillas) de este relato es casi imposible. Capítulo tras capítulo,
ocurre algo interesante y se anuncia que algo aún más interesante
ocurrirá en el siguiente. El protagonista, Alvin de Lorenne, es un
joven inconforme con la vida que lleva en Diaspar, la una ciudad cuyos habitantes
son virtualmente inmortales. De naturaleza curiosa y poco afín al estilo
de vida de los demás ciudadanos de Diaspar, descubrirá una
salida de la misma a otra ciudad cuyo recuerdo había sido prácticamente
olvidada, de nombre Lys. Ambas comparten una leyenda: que hace miles (¿o
millones?) de años, la humanidad llegó a edificar un imperio
en las estrellas, pero un enemigo desconocido, los Invasores, obligó
a la humanidad a retirarse a su planeta de origen, estando prohibidos de adentrarse
en el espacio so pena de despertar otra vez la ira de dichos Invasores. Heredera
de milenios de progreso, la humanidad creó a Diaspar, aparentemente la última ciudad sobre la Tierra,
eterna e imperecedera, llena de artefactos y curiosidades para que sus habitantes
puedan dedicar sus cuasieternas vidas al disfrute y la investigación.
Hasta que aparece Alvin de Lorenne, un verdadero "joven" (el último
ser humano nacido en miles de años), lleno de una gran curiosidad que
lo llevará a estudiar los archivos de Diaspar, en los cuales encontrará
datos sorprendentes acerca de la ciudad, de la Tierra y de lo que posiblemente
hay "afuera"...
Y eso es sólo el principio.
Después surgirán sorpresas y revelaciones que se superan unas
a otras (el descubrimiento de una ciudad habitada por telépatas,
el hallazgo del último servidor de una antiquísima religión,
la revelación acerca de la verdadera naturaleza de los "Invasores")
, hasta llegar a un final que es al mismo tiempo hermoso y conmovedor. Incluso
el lenguaje del libro cambia, para culminar en un párrafo lleno de
poesía y esperanza, algo que un autor contemporáneo difícilmente
podría lograr.
Eso sí, se nota que
el contexto en el que el autor escribió estos relatos era muy distinto
al contemporáneo. La forma en que Alvin se hace amigo de los telépatas,
la facilidad con que descubre la manera de manejar máquinas portentosas
(aunque Clarke soluciona con auténtica genialidad una situación
tan improbable, lo que hace inmortal este relato), lo rápido que
se desencadenan los acontecimientos, pueden parecer ingénuas a un
lector contemporáneo, acaso más mañoso y escéptico.
Pero eso es un signo de los tiempos, que en nada quitan a estos relatos su
valor de auténticas joyas de la ciencia ficción.
Quizá el lado negativo
reside en que nos echa en cara cuánto de ingenuidad hemos perdido.
Daniel Salvo (c) marzo de
2004