Corporación
Nacional Folklórica y Cultural Oreste Plath
Juegos, ejercicios
y armas
araucanos
Cuando llegaron los españoles
a Chile, al hombre araucano le correspondía la organización
social, la marcha de la guerra, la confección de las armas, la pesca,
la caza y la ganadería.
Los araucanos fueron
guerreros extraordinarios frente al conquistador. El indio araucano no
conoció la guerra de conquista. Por lo tanto, nada tiene de extraño
que toda su preparación tendiera al aspecto defensivo y se preparase
agilizándose en los ejercicios, fabricando sus armas y haciéndose
diestro en el manejo de ellas.
Por la razón
de la guerra, se hizo caballista, jugador, de pelota, pilma, chueca, linao,
bogador, hondero, lancero, andarín, corredor; practicaba, en fin,
todo cuanto pudiera mantenerlo en buena disposición muscular, lo
cual procurábale, en parte aquella cualidad tan propia para
imitar movimientos de personas, de animales, aves; gestos y movimientos
que eran la actividad motriz que hacía vigoroso el carácter
de sus danzas.
La mujer tenía
a su cargo el cultivo de la tierra, la cerámica y la atención
del hogar.
La madre enseñaba
a las niñas a tejer, a cultivar los campos, también la cocina
y la fabricación de bebidas fermentadas.
En la niñez,
jugaban a las casitas y a las muñecas.
Las ideas araucanas
sobre la libertad no permitían la existencia de niños flojos
o lerdos, a los cuales sometían a ciertas curaciones y tratamientos.
Los juegos infantiles
estaban orientados a superarlos, cultivarlos físicamente y a hacerlos
fuertes, valientes, aptos para la lucha contra el invasor, el conquistador
armado y preparado.
Entre estos juegos,
se encontraba el Guaillpacatun, que se realizaba entre 20 ó 40 niños,
los que, colocados en fila circular, giraban rápidamente hasta voltearse;
los más fuertes resistían; cuando se cansaban de un lado,
giraban al contrario. Este juego revelaba esfuerzo y empuje. Otro, el Peucoton,
consistía en encerrar a un niño en un círculo de varios
tomados de la mano, para impedir que otros lo rescataran o que se escapara.
Este juego era de los dos sexos y se practicaba también en otras
edades.
Conocían otras
diversiones en las que imitaban los movimientos y pasos de los animales;
entre estos movimientos y actitudes se contaban los que se asemejaban a
los del avestruz.
También se
podría hablar de juegos domésticos como Tretricahue, que
era el andar en zancos; el Trariange, que era el juego de cara amarrada
o vista vendada, y, finalmente, el correr la huaraca o trenza.
El padre araucano
enseñaba a sus hijos juegos de destreza, a horadar piedras, derribar
árboles, a confeccionar canoas, y a practicar ejercicios militares
y el arte guerrero.
En las iniciaciones de hechiceros
o machis, se les enseñaba a los hijos e hijas a curar a hablar en
público y condicionarse para hacer parlamentos y exhortar en la
guerra y en la paz.
Ya mocetones, amansaban
caballos, cabalgaban hacían carreras pedestres, nadaban en los ríos,
participaban en los juegos de chueca y practicaban el uso de las armas:
la honda, el arco, las flechas, la lanza y la macana.
Para los de edad adulta,
existían los juegos de destreza, entre los cuales había uno
que se parecía al ajedrez, comicán; y después estaban
los juegos de agilidad y de azar como la taba, tafan. Con los de azar,
más de una vez arriesgaron sus posiciones o la suerte de sus prisioneros
de guerra.
Todos los juegos estaban
rodeados de aspectos supersticiosos o mágicos, como de gritos de
entusiasmo para la lucha y cantos de celebración en el triunfo.
En los combates, para
animarse, exclamaban: “¡Yafüluguyin piuke conäu!”, que
traducido quiere decir: “¡Arriba, mocetones!”, como quien dice: ¡Firme
el corazón, mocetones!
Janaqueo organizó
grupos de mujeres araucanas, Matadoras, las cuales entonaban cánticos
de victoria o gritos de venganza. Mientras los indios mantenían
sangrientos combates con los conquistadores.
En la paz doméstica,
sus tareas eran melificadas con el canto y sus juegos a la vez exaltados
o celebrados.
De algunos juegos,
ejercicios y armas araucanos, hablaremos en pretérito, debido a
que la práctica de esos juegos y ejercicios gimnásticos corresponde
a una época ya lejana, cuando de ese modo se preparaban y ejercitaban,
contribuyendo, así, al prestigio individual de su salud y fuerza
muscular.
PALIN O PALITUN. — Juego
de chueca.— Este juego requería de 10 a 20 jugadores y más
de una vez alcanzó semanas de duración. También tenía
otras diferencias denominativas, como por ejemplo: Palicatun, que era jugar
sin aportas, por simple ejercicio: y Palican, que era jugar a lo serio.
Los jugadores se precavían
mucho antes de una partida de chueca, a fin de que los contrarios
no les hicieren alguna brujería o manitreo, manipulación
mágica.
Los palos para jugar
a la chueca eran colocados, algunas veces, sobre la tumba o túmulo
de algún gran jugador, para que éste les insuflara sus poderes.
Las mujeres preñadas
no podían permanecer junto a los jugadores.
La mayoría
raspaban uñas de aves de rapiña y se metían un poco
de ese polvo en la piel de un brazo. Creían que, como las aves raptoras
cogían al vuelo a los pajarillos, ellos quedaban aptos para hacer
lo mismo con la bola de juego de chueca.
Para la cancha se
buscaba una pradera, la que se cerraba con pequeños palos que se
enterraban a cortos intervalos en un terreno de cuarenta pies de ancho,
por unos trescientos de largo.
Los jugadores actuaban
desnudos hasta medio cuerpo. El juego era brusco.
La chueca se jugaba
con una pequeña pelota de madera que se golpeaba con palos encorvados
en sus extremos, tratando de llevarla al campo de los contrarios. Los dos
bandos o partidos tenían sus campos en las mitades opuestas de la
cancha y tomaban ubicación en ambos lados de ella los jefes de los
dos partidos, mientras que los otros jugadores se colocaban en posiciones
estratégicas, todos armados de palos. Cuando estaban listos, los
del centro golpeaban sus palos en el aire y comenzaban a luchar para sacar
la pelota del hoyo en que se había colocado y cada uno trataba de
impelerla en dirección al campo contrario. El objeto de los jugadores
era de llevarla por la raya que cerraba el campo opuesto o en defensa de
la de su partido, de echarla fuera de la cancha, lo que se consideraba
un empate y el juego comenzaba de nuevo.
Los jugadores se entendían,
en los momentos de la partida, con los ojos, la cabeza y se indicaban el
lado del ataque o de la defensa.
En la lidia y cuando
golpeaban la pelota se estimulaban en voz alta denominándose asimismo:
“yo soy pierna de león”, “yo soy cuerpo de roble”, “yo soy la cabeza
de perro”. Estos estímulos eran los nombres propios de los jugadores.
Cada punto a favor
de uno y otro de los equipos era marcado en un palo y, el que primero alcanzaba
un número, fijado de antemano, ganaba la partida.
Un juez decidía
la contienda y a la vez guardaba el depósito, lo que se apostara.
Nunca jugaban al crédito.
Los chuequeros tenían
canciones, algunas eran de invitación, otras de provocación
para la lucha y otras de celebración del triunfo.
De las canciones recopiladas
por el padre Félix José de Augusta en “Lecturas Araucanas”,
1934, se destaca la siguiente:
Juguemos, pues, mocetones!
Serás como gavilán,
Del sur traeré para
ti
Buenos palos de chueca.
Traeré diez palos,
Para hacer frente a los
chuequeros.
Entonces dirán que
soy alentado,
Porque tengo buenos mocetones,
Lucharemos otra vez, buenos
mocetones”.
PILLMATUN.— Juego de pelota.—
Es un juego de pelota para el cual los jugadores se colocaban dentro de
una circunferencia. Uno lanzaba la pelota a otro de sus contrarios que
la barajaba con la palma de la mano. Si recibía el golpe en el cuerpo,
quedaba fuera del juego, menos cuando alcanzaba a poner el pie en la raya.
En cronista, Padre
Jesuita Miguel de Olivares, lo describe así: “Se hace poniéndose
en rueda, ocho o diez mozos desnudos de la cintura para arriba y arrojándose
de unos a otros una pelota de madera esponjosa como el corcho: cada uno
procura rebatirla con la palma de la mano o con cuanta fuerza puede, y
herir alguno de la banda contraria: la gala y ventaja del buen jugador
está en hurtar el cuerpo al golpe, pero sin dejar el puesto, por
lo cual es de ver con qué presteza se vuelven y revuelven, se levantan
y bajan, saltan y se echan de espaldas o de bruces y de este modo se hacen
fuertes y ágiles para el furor de la guerra, que es el centro a
que enderezan las líneas de sus cuidados”.
Félix José
de Augusta, lo detalla diciendo que juegan en cueros, sólo vestidos
con calzones, pasando la pelota por debajo del muslo.
Esto significa que
la misma persona lanza la pelota por delante y la coge por detrás,
si pierde, la toma el compañero de adelante o el de atrás.
LINAO.— Es uno de los
juegos de pelota más antiguo entre los araucano y se realizaba con
una bola de algas marítimas. Esta pelota o bola medía por
lo general 14 a 16 pulgadas de circunferencia, y la cancha, que tenía
que ser bien plana, 120 metros de largo por 60 de ancho. Cuando el número
de jugadores que tomaban parte en el juego subía de 60, aumentaban
las dimensiones de la cancha. El juego tenía una duración
de 5 a 6 horas.
Los límites
de la cancha se marcaban con una raya bien visible. Esta tenía en
su centro dos rayas transversales y paralelas a la cancha, distante una
de la otra como cinco metros.
Preparados los contendores,
se distribuían en dos grupos, ocupando cada cual el lado designado.
Los indios más corredores eran colocados adelante, los más
ágiles y diestros en quitar el cuerpo, en el centro, y los más
resistentes y fuertes, atrás, reservándose siempre el puesto
de portero, tecuto, al mocetón más fornido y valeroso.
En bando protegido
por la suerte, designaba a un indio para que, colocándose entre
las dos rayas (zona neutral) lanzara la pelota con la mayor fuerza posible,
oblicuamente arriba y hacia sus partidarios, debiendo en cada caso caer
dentro del terreno neutral.
El juego consistía
en impedir que uno o varios jugadores contrarios con la pelota por la puerta.
Cuando se lanzaba
la pelota al aire, cinco o diez indios de cada bando, entrando a este terreno
se disponían a recibirla en el aire, y aquí era donde los
partidarios y contrarios hacían verdaderos prodigios para apoderarse
de ella.
El que lograba cogerla,
la estrechaba fuertemente entre sus brazos y emprendía veloz carrera
hacia la puerta enemiga, seguido de cerca por casi toda la comparsa; unos
se esforzaban por defender al compañero y, los demás, por
quitarle la pelota.
Cuando un jugador,
después de gran trabajo, lograba encontrarse próximo a penetrar
por la puerta enemiga, el tecuto y sus ayudantes tenían que hacer
esfuerzos para impedir que toda aquella avalancha los atropellara y entrase
por la puerta.
El Linao despertaba
gran interés entre los araucanos, los que recorrían enormes
distancias para asistir a estos partidos.
AWAR CUDEHUE.— Juego
de habas.—
Es semejante al juego de
los dados y se realizaba con ocho habas marcadas o pintadas por un lado
y con diez palitos que servían para contar.
Según Smith,
en “Los Araucanos”, describe este juego así: “Se extiende un poncho
en el suelo y los jugadores se sientan unos frente a otros. Toman las habas
alternadamente, las sacuden en las manos y las arrojan sobre el poncho.
Se cuentan las habas marcadas y ganan los que alcanzan primero a contar
cien puntos.
“Durante el juego,
acarician las habas, las besan, las hablan, las frotan en el suelo y en
sus pechos, gritan y gesticulan, invocando buena suerte para ellos y mala
para sus contendores, con tanta sinceridad como si creyeran que las habas
tuvieran alma”.
Fray Félix
José de Augusta, en “Lecturas Araucanas”, lo presenta más
detalladamente y entrega una canción del juego.
Dice el estudioso
sacerdote: “Se destina un premio que puede ganarse. Juégase con
diez habas blancas que en un lado tienen su color natural y en el otro
están pintadas de color negro.
Existen diez palitos
y cuatro palos grandes, con los cuales se paga cada juego. Cayendo cuatro
negras se paga un palito. Cayendo las diez negras se pagan dos palitos.
Al que tiene ganados
diez chicos, se le cambian por un palo grande.
El que saca los 4
palos grandes, se lleva el premio”.
Y la canción
es:
¡juguemos, pues,
hermano!
Hay plata (.).
Yo también
(..).
¡Pues bien!
Juguemos.
Aquí, pues,
una tirada buena!
Dame una toda negra
(...).
¡Pues bien!
Juego,
Ven (...) a mí.
(.) Tengo plata.
(..) Lo hace decir al adversario.
(...) Lo dice a las habas.
(....) Lo dice al palito
que acaba de ganar, pues ha de pasar a su lado.
Andaremos bien, juego.
Dos palitos! Esto es, pues!
Basta, basta, basta”.
Andaremos bien:
Dame uno grande,
Que se turbe mi hermano:
Dame otro,
Otro grande más.
Favoréceme, pues,
juego.
Si te comen los tordos,
Te cuidaré yo.
Si me va bien, si ganas
plata para mí,
Te agradeceré.
En ti está,
Gáname la plata.
Aún quedan dos.
Otra vez saca para mí
dos grandes.
Ahora pásame mi ganancia,
Terminado está el
juego”.
LLIGHETUN.— Jugar a
los lligues.—
Es este juego semejante
al Awar Cudehue.
Por un anillo levantado
del suelo, se dejaban caer porotos u otros granos, algunos pintados de
negro.
Obtenía mayor
número de punto, el que echaba más negros vueltos para arriba.
Sentábanse
en el suelo para jugar, desnudos hasta la cintura.
A cada tiro de daban
golpes en el pecho, pronunciando algunas palabras de buena suerte, como
“¡hermana, hermana, que vengas, que vengas!”
Andrés Febré
lo denomina Llighe y Llighen y explica que jugar los lligues, es jugar
con unas habas pintadas con carbón.
QUECHUCAN.— Jugar al quechucahue.
— El quechucahue es uno
de los juegos más antiguos. Es un dado de cinco caras, de figura
triangular y con pintas en cada una de ellas, desde una hasta cinco, quechu.
Trabajaron el dado
primero de piedra y sucesivamente de hueso y madera.
Trazan los jugadores
en el suelo dos líneas en cruz, cuyos extremos están unidos
por arcos de círculos. Tanto en éstos como en los brazos
de aquéllas hacen pequeños montones de tierra, en los cuales
plantan unos palillos que llaman retrin.
El dado se deja caer
de alto, y según la pinta que marca, uno de los palillos avanza
de un punto y se come a su paso el mismo número de enemigos.
El que concluye primero
con los palillos de su adversario, gana la partida.
Fuera del interés
pecuniario de este juego, tenía para los indios el de representar
un combate o un malón. Los palillos eran mocetones y la tierra del
centro de la cruz y extremos de sus brazos, rucas de caciques.
Otras variantes parecen
ser las que se describen:
“El juego del Quechu
consiste en un triángulo de palitos que se deja caer desde poca
altura, ganando aquel de los jugadores a quien se le queda parado en el
suelo”.
“Se sirven de un hueso triangular
señalado de diversos puntos; este lo tiran por un aro o cerco sostenido
de dos pies y cae sobre otro círculo señalado de otros puntos,
que notan con tantos, y según el más o menos que componen
unos y otros, esto es, lo que dice el triángulo por la parte superior
y el más inmediato al puesto en que queda, se vence o se pierde”.
TECUN.— Juego de tejos.—
Había tejos de piedras de distintos tamaños y colores: rojo,
negro y blanco.
Algunos tenían
dibujos en los cantos, a manera de adornos. Otros eran de composición
plástica y les incrustaban puntas de flechas de piedra de silex,
aplicaciones que quizá encerraban algún sentido mágico.
LONCOTUM.— Forcejear cogiéndose
de los cabellos.— Este juego consistía en tomarse de los cabellos
y botarse al suelo.
Facilitaba a este
juego la costumbre que tenían los indios de cortarse el cabello
en la corona y dejárselo crecer por los lados, con el propósito
de tomarse con facilidad en sus luchas.
Para el indio era
una afrenta tener el pelo corto y decírselo equivalía a decirle
cobarde.
El desafío
más común entre los muchachos era: “ven a tomarme el pelo
si no tienes miedo”.
Semejante reto nunca
se hacía en vano. Despojados de sus ponchos, los combatientes se
colocaban frente a frente. Cada uno se tomaba del pelo del otro y comenzaba
la lucha. El objeto era torcerle la cabeza al contrario hasta hacerle perder
el equilibrio y dejarlo en el suelo, lo que constituía la victoria.
Cuando uno de los contendientes quedaba derribado se soltaban y se ponían
nuevamente de pie para comenzar la lucha. Continuaban de esta manera hasta
que uno de los dos se daba por vencido.
Algunas veces este
juego se convertía en pelea, tanto entre hombres como entre mujeres,
y con los ánimos enardecidos se arrojaban al suelo y se arrastraban.
En estas ocasiones
se insultaban y juraban. Sus insultos característicos eran: ruin,
pícaro, ladronazo. Juraban ordinariamente por su padre, por su corazón,
por su mujer y por otros seres queridos.
Es curiosos el detalle
de cortarse el cabello en la coronilla y dejárselo crecer por los
lados, si se considera que se defendían de los conquistadores cortándoselo
totalmente, ya que éste desde su caballo lo cogía del cabello
y le daba golpes de maza. De lo que se deriva que este juego comenzó
a realizarse después del cese de la guerra.
RUNGKUN.— Saltos.— Los indios
practicaban el salto como ejercicio de guerra y como deporte. Eran saltadores,
se levantaban del suelo con impulso, se arrojaban de alturas, salvaban
de un salto un espacio, una distancia.
Formidable saltador
era Caupolicán, también era un hércules. El poeta
Alonso de Ercilla y Zuñiga, refiere en una estrofa estas dos cualidades
del gran Toqui:
“Era salido el sol
cuando el enorme
peso de las espaldas despedía,
y un salto dio en lanzándolo
disforme,
mostrando que aún
más ánimo tenía:
el circunstante pueblo en
voz conforme
pronunció la sentencia
y le decía:
Sobre tan firmes hombros
descargamos
El peso y grave carga que
tomamos”.
Caupolicán en
todos los ejercicios, gran maestro, conquistó su cargo de Toqui
General por sus valientes antecedentes y por su competencia deportiva que
se manifestó en la prueba de sostener sobre sus hombros un grueso
tronco de árbol por más tiempo que todos los que lo intentaron.
WAIKITUN.— Pelea con lanza.—
Las lanzas fueron de duros palos aguzados en los extremos y a la vez tostados,
para darle mayor consistencia.
Otras lanzas araucanas
que se conocen, corresponden a la época de la pacificación,
ya que son realizadas con puntas de acero que están colocadas en
colihues y sujetas con una tupida envoltura por medio de un cordón
de cuero.
Estas lanzas se pueden
considerar de guerra, pero hubo otras con las cuales realizaban luchas
deportivas, cuerpo a cuerpo, y también las disparaban a manera de
ejercicio o juego.
Ahí está la
prueba de lanzamiento en la que participaron Orompello, Lepomande, Crino,
Pillolco, Guambo y Mareande, que se describe en La Araucana.
“Estos seis en igual hila
corriendo,
las lanzas por los fieles
igualadas,
a un tiempo las derechas
sacudiendo,
fueron con seis gemidos
arrojadas:
salen las astas con rumor
crujiendo,
de aquella fuerza e ímpetu
llevadas,
rompen el aire, suben hasta
el cielo,
bajando con la misma furia
al suelo.
La de Pillolco fue el asta
primera
Que falta de vigor a tierra
vino;
tras ella la de Guambo,
y la tercera
de Lepomande, y cuarta la
de Crino;
la quinta de Mareande, y
la postrera,
haciendo por más
fuerza más camino,
la de Orompello fue, mozo
pujante,
pasando cinco brazas adelante”.
LEFKAWELLUN.— Carreras a
caballo.
— Los indios cuando conocieron
y comprendieron al caballo aventajaron a los conquistadores en su dominio.
Lautaro, robusto y valiente, arrogante y mandón fue un gran caballista,
además sabía de procedimientos guerreros, de armas, por lo
que es considerado como el primer táctico indio.
Los indios eran buenos jinetes,
parecían formar parte del caballo que montaban, ya fuera con montura
o sin ella.
Guerras, malones y hasta
el mismo matrimonio les daba ocasión para lucir su destreza en el
caballo.
La montura mapuche era sencilla:
una enjalma, varios cueros de oveja y unos pellones. Todo esto sujeto con
una cincha que la dejaban un tanto suelta, para no oprimir a la bestia
y cuidarle la fuerza y el aliento. Esto permitía tener siempre ensillado
al caballo, es decir, pronto para partir.
Con la montura suelta, el
jinete sólo se mantenía por el perfecto equilibrio del cuerpo.
Las riendas eran de cuero
sin curtir, torcido firmemente o de un trenzado ingenioso que algunas veces
solían adornarlo.
Los estribos los usaron
de colihue y este era un triángulo, de tamaño suficiente
para colocar el dedo grande del pie, después los tuvieron de plata.
Daban importancia extraordinaria
a las carreras de caballos a lomo desnudo. Estas carreras en línea
recta, las llamaban lefun.
Tomaban con anterioridad
de la carrera, algunas veces, precauciones mágicas para que
aseguraran el éxito de la partida: le restregaban al caballo pedazos
de pieles de huanaco o plumas de aves de vuelo rápido; se solía
colocar en la raya de salida tierra de cementerio o grasa de león
para que el animal contrario se retrasase. Estaba vedada la presencia de
mujeres preñadas al lado del caballo que corría.
LAZU o LADU.— Lazo.— Los
primeros lazos eran de juncos trenzados, con éstos aseguraron a
los prisioneros de guerra. Posteriormente fueron los de crin y cuero trezado.
Este último lazo
lo sobaban indios viejos. Era una soga de tiras de cuero cruzado, del grosor
del dedo meñique y cuya longitud variaba entre quince y veinte yardas.
Desde niños se ensayaban
a revolear la armada arriba de la cabeza con velocidad considerable, y
con un movimiento de muñeca imprimirle forma circular.
Los indios montados a caballo,
corriendo a escape hacían silbar sus lazos en el aire. Su destreza
en el lazo era admirable; sacaban de os caballos a los conquistadores a
puro lazo.
Actualmente, es maravilloso
ver la facilidad con que eligen cualquier animal, lo separan de sus compañeros
y lo lacean.
LAQUI o LAQUE.— Boleadoras.—
Los indios araucanos eran grandes lanzadores de boleadoras. Tuvieron las
de piedras redondeadas, a las cuales les abrían un surco por donde
pasaban, atándola, una cuerda.
Las boleadoras se componen
de tres bolas de piedra, u otra materia pesada, unidas por sendas huascas
de cuero o ramales de cuerda de un metro cada una, poco más o menos.
Algunas eran con dos bolas
de piedra forradas en cuero y una tercera sin este recubrimiento. Cuando
peleaban, usaban con el enemigo la piedra desnuda.
Los indios lanzaban las
boleadoras después de hacerlas girar sobre la cabeza, empinando
una de ellas que sirve como de manija y alcanzaban una distancia que pasaba
los 70 metros. Esto es valioso si se estima que se servían de ellas
con fines precisos, como enredar y dar caza al animal que perseguían
o al caballo del enemigo que huía.
Los indios las usaron, con
el conquistador, y para la caza, especialmente, del avestruz y del guanaco.
Para éste boleaban otras más pequeñas, que las llamaban
huanaqueras.
Las boleadoras se llevaban
sujetas por una cuerda a la silla del caballo y era un arma apreciada que
figuraba como prenda que se jugaba junto a los cuchillos y ponchos.
Actualmente las usan algunos
labradores de la frontera del sur de Chile.
PELKITUN.— Disparar la flecha.—
La habilidad del indio desplegada en el uso del arco y flecha la conseguía
mediante una constante práctica.
El arco era de “dura madera
del sur” y el tirante fue de nervios y después solía ser
de crines de cola de caballo.
De “lluvias de flechas”
disparadas por los indios con sus arcos hablan los cronistas y Ercilla,
señala en versos la puntería de éstos:
“Y de nervios un arco, hecho
por arte,
con su dorada aljada que
pendía
de un ancho y bien labrado
talabarte,
con dos gruesas hebillas
de taujía,
éste se señaló
y se puso aparte
para aquel que flecha a
puntería,
ganado por destreza el precio
rico,
llevase el papagayo el corvo
pico”.
HUYTRUHUETUN.— Tirar con
la honda.— La honda es una de las armas más primitivas. La honda
que usaron los indios araucanos fue una tira de cuero, o trenza de lana.
La llevaban a la espalda y en la cintura se amarraban un bolsón
con una cantidad de piedras.
Los indios por medio
de la honda sabían tirar con violencia piedras de regular tamaño.
Dicen los cronistas
que un indio hondero, de certera pedrada, arrojó del cabello, hiriendo
en la cabeza, a don García Hurtado de Mendoza, en el ataque al fuerte
de Penco, al amanecer del día 7 de septiembre del año 1557.
LONCOQUILQUIL.— Macana, porra
o maza.— Es un instrumento de guerra y caza con ligeras variantes en su
construcción y forma, determinada por las influencias españolas
en los años de lucha.
Góngora de
Marmolejo, dice: “es tan larga una macana como una lanza jineta, y en el
lugar donde ha de tener el hierro tiene una vuelta de la misma madera gruesa
a manera de codo, el brazo encogido, con estas dan grandes golpes, y porras
tan largas como las macanas, y en el remate traen la porra, que es tan
gruesa como una bola grande de jugar a los bolos”.
Entre algunas macanas
se encuentra la formada por un palo ensartado en una piedra horadada y
redonda, después la porra, garrote corto con una manija que servía
para aporrear a los animales, especialmente, a los caballos de los conquistadores;
y la maza que era de “duro enebro”, similar a la porra.
Los indios dominaron
la maza y se sabe que Pedro de Valdivia, caído prisionero de las
fuerzas de Lautaro en Tucapel, fue condenado a muerte y se le mató
de un mazazo en la cabeza.
Juegos en la época
colonial
y primeros días republicanos.
La celebración
de la llegada de los presidentes y gobernadores rompía la vulgaridad
del Santiago del Nuevo Extremo, con discursos, comidas, Te.Deum, corridas
de toros.
Las grandes fiestas
coloniales eran la de San Juan, Santiago, el Carmen, la Pascua, los chalilones,
el Carnaval. Varias eran de repiques de campanas y una de chayas y voladores;
pero lo que concentraba la vida eran las procesiones y las llamadas procesiones
de “sangre”.
Una gran fiesta era
el Paseo del Estandarte de la “noble y leal” ciudad. Esta consistía
en la formación de una fastuosa comitiva de caballeros montados
en corceles de raza andaluza, que se dirigía a casa del Alférez
Real y de ahí a la Iglesia Catedral y formaban en un desfile, constituyendo
todo una fiesta hermosa y aristocrática.
Un cronista informe
que el 23 de julio de 19605, el Cabildo trató de la forma en que
debía llevarse el estandarte real a la entrada y a la salida de
la Catedral; y se acordó que fuera enhiesto, y no abatido, y que
los alcaldes debían ser las únicas personas que tomaran las
borlas. Esta resolución es característica de la importancia
que entonces se daba a los detalles de la etiqueta.
Así en este
medio, el niño saltaba de las faldas al aula conventual de
los franciscanos o dominicanos y actuaba después en el foro o en
el púlpito, tribunas del saber.
La Colonia era como
un centro desolado y aturdido, aunque se jugara a las cañas, a las
sortijas y alcancías o se ejercitaran en la tauromaquia; se realizaran
en los conventos presentaciones de Autos Sacramentales y después,
en los Salones de Comedia, entre alegorías, se cantara, se representara
y se tocara “caxas y chirimias”.
Los toros y los caballos,
en esos tiempos, hacían la fuerza del espectáculo. Se “mataba
a los bichos” con las mismas reglas y ciencia que en España.
Entre los juegos de
a caballo, estaban las alcancías, el correr cañas, el correr
sortijas. Las alcancías eran unas bolas llenas de flores, cintas,
aguas de olor, polvos perfumados y que se las tiraban corriendo, unos jinetes
a otros, recibiéndolas en un escudo, donde se quebraban; correr
cañas, era una pelea a caballo entre diferentes cuadrillas, usando
cañas por armas. Este juego o ejercicio para ostentar destreza,
fue introducido en España por los árabes con el nombre de
“correr o jugar cañas”; y correr sortijas, era un torneo, un ejercicio
de destreza que consistía en ensartar en la punta de una vara, corriendo
a caballo, una sortija pendiente de una cinta a cierta altura.
El hombre que vivía
bajo el poncho trabajaba en esteras, capachos, frenos, herrajes y era amigo
del cuchillo y de las procesiones.
Las peleas de gallos
se hacían en famosos reñideros donde se hombreaban el marqués
y el pollero, polleros que eran por lo general andaluces y valencianos.
Estos eran las diversiones
de los hombres del Reyno de Chile, del Santiago del Nuevo Extremo.
Un día se habló
de Patria y vino un grupo de hombres al frente de una empresa de redención.
La República era rumor y luz, sellaría una época y
se abriría un destino.
Se cae, se muere en
torno de una enseña y por una patria se va al patíbulo, al
ostracismo.
Se habla de la República
de Chile y de un Santiago de Chile.
Las corridas de toros,
los primeros pasatiempos de los españoles se cambian por las carreras
de a caballo, inclinación de los criollos que comienza a dar vida
a las pampillas, y se hace teatro “con todas las reglas y progresos del
arte”. Y después los títeres dirigidos por el maestro Tapia,
que hizo célebres a sus monos de palo “Don Cristóbal” y “Mamá
Laucha”.
Una mezcla hispano
chilena se nota en los juegos; mezcla hispano indígena e hispano
chilena. Se juega a la chueca, a la taba, a las chapas, juego tan antiguo
que bien se puede afirmar que nació con la moneda Cara y Cruz (alude
a la efigie del anverso y a la cruz que antes se ponía en el reverso);
a los pares y nones; al juego de los bolos; y especialmente, a las apuestas
al color de las pepas de sandía, antes de abrirla. No había
sandía que al ser partida no fuera motivo de una apuesta.
La rayuela, cuyo origen
proviene de España y es invención de un monje preceptor,
tenía gran aceptación aquí. Para confirmar que la
rayuela fue inventada por un monje, se dice que ella abarca toda la vida
del hombre. Su vida en este mundo hasta su muerte, y la entrada al cielo.
El juego a la rayuela,
según creen folkloristas y arqueólogos, es el recuerdo de
una antiquísima práctica adivinatoria.
A este juego, en España,
se le distingue con varios nombres, entre ellos; truquemele, tela, coroza,
truco, pitajuelo, futi, xarranca, monet, trillo, etc.
Los chiquillos de
la calle se entretenían en las acequias, colocando sobre la corriente
de agua, dos astillas de madera o cáscara de sandía, y apostaban
alguna pequeña suma a quién ganaba la carrera, al mismo tiempo
que corrían por la orilla de la acequia, avivando a su “caballito”,
en el que tenían puesto su interés. Tenían otro juego
de conversación sostenida por medio de retruéca nos asonantados,
dichos de vereda a vereda, y que los muchachos iban repitiendo por cuadras
enteras. Algunas de estas farsas populares tenían su raíz
en los sucesos públicos.
Según don Benjamín
Vicuña Mackenna, a poco de Chacabuco cantaban, por ejemplo, los
chiquillos de la calle, en forma dialogada, versos como el siguiente:
Zapato blanco,
La media vera,
La culpa tiene
El ciego Vera.
Zapato blanco,
La media caña,
La culpa tiene
Don Juan Egaña…
Versos que innegablemente
eran una variante de éste que decían los niños de
ayer y repiten los de hoy:
Zapato negro
tan cuchuchito
la culpa tuvo
José Muchito.
Zapato negro
media de lana,
la culpa tuvo
la vieja Juana.
Los “mata perros” se entretenían
en unos asaltos a piedra que se celebraban a ambas bandas del río
Mapocho. Estas guerras de piedras eran siempre los días festivos
en la tarde. Jamás faltaban guerreros de uno y otro lado del río,
entre chimberos y santiaguinos. Y el público las presenciaba desde
el gran paseo de Santiago: el Tajamar.
Los niños “acomodados”
jugaban en el interior de las casas, de los caserones de tres patios y
entre sus juegos estaba el de las escondidas, la gallina ciega, el cordero
sal de mi huerta, el otra esquina por ahí, el pimpín sarafín,
el Ca-ti-ta-ja, el hilo de oro.
Los juegos verdaderamente
oficiales, ya que no se pueden llamar nacionales, eran el de la pelota,
a la manera vizcaína. Este juego de pelotas fue traído a
Chile por vizcaínos. En los tiempos pasados había anfiteatros
como se ven todavía en todas las ciudades vascongadas.
Después los
estudiantes del Instituto tuvieron un patio adecuado para este ejercicio,
al cual llamaron “cancha de pelotas”. Luego, vino el volatín, de
diversas formas y algunos gigantes y se jugaba también en canchas,
lugares donde igualmente se saltaba a la cuerda, al cordel, cuya práctica
de agilidad recomendaba Hipócrates.
Los pasatiempos sociales
consistían en los paseos en carreta, en los juegos de prendas, en
el Ajedrez, las damas, la Lotería, que se jugaban en los salones
y en los cafés, cuyo juego era muy conveniente para los empresarios,
por la razón de que de cada peso de la suma a que ascendía
cada lotería, la casa sacaba un real. Con este sistema, a las pocas
jugadas, el dinero en su casi totalidad pasaba como por encanto al bolsillo
del dueño de casa. Esto justificaba un refrán muy repetido
entonces.
“De enero a enero
la plata es del lotero”.
Los cafés tenían
también su sala de juegos de “cartas”, los naipes que se abrían
en combinaciones que se llamaban la basiga, la malilla, el mediator, el
tonto, el tresillo, que como su nombre lo indica, se juega entre tres.
Y estaban los de vicio, que habían llegado de México: la
banca, el monte, el paró, y la primera.
Entre los juegos de
destreza y habilidad se había contado el truco, que se ejecutaba
en una mes dispuesta a este fin y que después sería el de
billar, juego éste que se introdujo en Chile el año 1912,
viniéndose a usar sólo en 1832 los tacos con suela.
Los salones de baile
eran conocidos como “filarmónicas” y después estaban las
fondas y las chinganas, donde se rendía culto a Tepsícore
y a Baco.
Hay aún otra
época en los juegos: cuando los niños en las “chacotas” de
los recreos en los colegios con internado se “manteaban” con las frazadas.
Cuando en estos patios y en todas partes se jugaba con bolitas de piedra.
De las bolitas se puede afirmar que eran conocidas en la antigüedad.
Las bolitas de piedras o composición hacían las delicias
de los niños y se guardaban en saquitos de género aquellas
“punteras” o las que hacían “quemas” o esas de la “Troya” o el “Choclón”.
Otros juegos eran
correr tras el aro y el columpio y el diábolo, cuyo origen dicen
que es chino o que vino del Africa Central. El diábolo, “el diablo
entre las varillas”, se difundió por todo el mundo y aquí
en Chile pasó divirtiéndonos entre los años 1906 a
1912; pero este juego tiene la particularidad de que aparece y desaparece
de los pueblos.
También se
jugaba al trompo, al emboque, juegos de temporadas como el volantín.
Ahora cabría
hablar de los juegos de hoy, de los juegos organizados en los que pueden
participar de 5 a 40 niños, como El Pillarse, La Capillita, Los
Huevos, El Paco y el Ladrón.
En todos estos juegos
la partida se “cuenta”, y entre las maneras de “contar” hay varias formulas,
como, por ejemplo:
Un bolita,
Una manzana,
Señorita,
Hasta mañana.
Cuando están
cansados, fatigados, o desean concluir, piden “bola” (colora o café).
Los juegos que más
apasionan a los niños en los recreos, son los de carreras, y aquí
está la barra chilena, juego clásico de nuestra juventud.
Entre las carreras existen varias recreativas, y entre ellas está
la de obstáculos, con saltos sucesivos y sorpresas; carrera con
pesos, (los pesos son piedras, trozos de madera); carrera con velas, con
una vela encendida; carrera de las carretillas humanas, que es tomar las
piernas al compañero y hacerlo caminar con las manos; carreras de
ensacados, metidos en sacos desde los pies hasta medio cuerpo; y siguen
la de burro, la de caballitos, la de gallos y la de patos, a la que se
le da este nombre por el modo de andar y de correr de los jugadores. Cada
jugador debe sujetarse a los zapatos una tabla y dando saltos producir
la diversión, con la imitación de las aletas natatorias.
En los campos, los
niños son atraídos por la pelota, el fútbol, que es
muy jugado también por los trabajadores de las haciendas; en los
pueblos chicos, aparece para las Fiestas Patrias, el Chancho, que consiste
en pasar arrastrándose por un tonel suspendido sobre un eje y por
lo tanto gira produciendo la caída del que lo intenta atravesar:
y por la prueba del “sartén tiznao”, en la que hay que despegar
una moneda de la base de este artefacto.
Del juego del volantín;
balompié, llamado fútbol; del trompo, del emboque y de una
diversión conocida por “palo ensebado” y taba, haremos en particular
una reseña histórica y típica.
EL VOLANTÍN.— El barrilete,
lo inventó el general chino llamado Han-Sin unos doscientos años
antes de Cristo.
El juego de la cometa se
conoció en Europa en el siglo XVII.
En cuanto al juego del volantín
entre nosotros, dice, don Benjamín Vicuña Mackenna “que más
que entretenimiento, era una pasión popular, una especie de palenque
público, que tenía por teatro el cielo y los tejados, por
combatientes a todos los caballeros, niños y rotos, la sociedad
entera de Santiago, pues ni los clérigos por poltrones, ni las señoritas
por tímidas, desdeñaban correr a la rondana en los momentos
solemnes de la comisión, ni tomar parte en la febril chañadura.
El volantín tenía
también artífices especiales, y en los últimos años
el que mejor los trabajaba diz que era el chimbero Lillo y el conocido
sangrador Barrera. La gran dificultad de este arte aéreo era
pegar el arco y después la proporción de los tirantes y la
cola. Por esto, cuando un volantín agarraba a una bola de cola y
tirantes. La bola era perdida”.
En otros tiempos se habló
de “grandes comisiones” y los fulanos apostaban gruesas cantidades.
En las competencias se usaba el hilo curado y las estrellas, las
cometas tenían garfios, con vidrio molido, o algún otro ingrediente
para cortar el hilo.
Famosos eran los “chupetes”,
volantines sin cola. En escala menor estaban la “ñecla”, “la cucurucha”,
el “chonchón” y la “cambucha” que eran o siguen siendo los hijos
pobres del volantín.
LA PELOTA.— Balompié.
Este juego se inventó en Lydia, unos 1500 años antes de la
era cristiana. En Egipto fue uno de los juegos preferidos.
De lo que no hay duda, es
de que fue en la Gran Bretaña donde empezó el juego del fútbol.
“Dícese que fue la
ciudad de Derby, en Inglaterra, donde tuvieron lugar por primera vez las
partidas entre romanos y británicos, y llegó el día
que hubo otra partida más enardecida en la que los británicos
echaron a los romanos de la región y para celebrar la victoria “se
entregaron a una orgía futbolística que duró varios
días”.
Tal ardor pusieron los naturales
en “la patada bruta”, que cada partido era un verdadero motín.
Estas contiendas se fueron
convirtiendo en bandos y así, con el transcurso de los años,
se estableció una reñida rivalidad entre los barrios de “Sait
Peter” y “All Saints”, de derby, jugándose un partido anual entre
estas partes de la ciudad hasta 1846, en que tuvieron que ser suspendidos
de orden de la autoridad, pues durante la contienda no quedaba títere
con cabeza ni entre jugadores ni entre espectadores.
Es muy posible que el juego
haya sido desde su origen tal como se conoce hoy. Para hacer más
razonable la práctica del deporte, se inició por entonces
su reglamentación y, con los años, se fueron pulimentando
los detalles de la regla del juego y limitando el número de los
que en él tomaban parte.
A Chile llegó este
juego hace unos cincuenta años y para nosotros ha sido un deporte
“made in Great Britain”, que llena las canchas y los estadios del país
y que ha dejado su léxico, como en todas las lenguas, expresiones
tales como “off”, “side”, “schoot”, “goal” “foul”, “match” y “referree”.
EL TROMPO.— Virgilio habla
de él en la Eneida, Persio nos dice que en su niñez, tuvo
mayor afición al trompo que al estudio.
Nuestros abuelos recuerdan
a grandes fabricantes, entre ellos, los trompos que salían de manos
de José Marcos Ramírez, que a la vez era fabricante de ataúdes.
En Chile, generación
tras generación ha jugado al trompo y ahí están los
de palo blanco, que apenas resistían el “quiñe” manso y los
de madera de naranjo, del “quiñe bravo”, lo mismo que el trompo
“cucarro” y el otro “sedita” que se quedaba dormido en la palma de la mano.
Una buena lienza, “huaraca”,
o soga bastará para hacerlo “cuspe”, cuspito, trompo ligerito.
Entre nosotros el trompo
se vistió de colores, se hizo más chileno, se puso sobre
sus espaldas una mana huasa.
Nuestros poetas le han cantado
también a este juego y entre las adivinanzas chilenas hay varias
que hacen referencia al trompo.
BOLICHE.— Emboque, en Chile,
seguramente se denominó emboque de embocar, entrar por una parte
estrecha.
Boliche es juego de bolos
y lugar donde se ejecuta, pero el Boliche de nuestra preocupación
es el juguete que se compone de un palo terminado en punta por un extremo,
y con una bola sujeta por un cordón al medio del palo y que, lanzaba
al aire, se procura recoger o ensartar en la punta.
La bola o campana, en Chile,
es pintada en bandas que la envuelven cilíndricamente. Los colores
son alegres, vivos.
La época de este
juego no se puede determinar, viene como rachas u oleadas y algunas veces
se encuentra predominando en ciertos pueblos sin alcanzar a llegar a otros
vecinos.
CUCAÑA.— Palo ensebado.
La cucaña tiene su origen en Nápoles, donde era muy común
durante los siglos XVI y XVII, en las fiestas populares. En medio de una
plaza pública se formaba una pequeña montaña artificial
que simbolizaba el Vesubio. Del cráter de aquel falso volcán
salían en erupción salchichones y distintos manjares, especialmente
macarrones que, al desprenderse, se cubrían de queso rallado, dando
la impresión de una montaña cubierta de cenizas. La gente
acudía para apoderarse de aquellos manjares.
La montaña, la cucaña,
se substituyó después por un alto poste del cual pendían
salchichones, aves, etc.
Cuando se convirtió
en un palo alto y derecho, fijo o clavado en el suelo, se le untó
de jabón y otra materia grasa y en su punta o extremidad se colocó
premios en dinero, dulce, pavos y otras cosas para el primero que lograra
alcanzar el objeto en cuestión, trepando hasta él.
En Chile, el palo ensebado
se alza para las Fiestas Patrias, ostentando en su extremo gallinas, botellas
de vino, billetes de cien pesos y la infaltable bandera de la patria.
Por lo general, los primeros
no llegan al extremo. Los últimos alcanzan el éxito. No dejan
de haber “mauleros”, los que se valen de astucias como llevar arena en
los bolsillos. Los asistentes llaman por el nombre al competidor, avivan,
proclaman al futuro triunfador.
LA TABA.— Es un juego antiquísimo,
tanto, que ya los primitivos griegos lo conocían. Es, pues, un juego
de azar precursor de los dados. Las tabas sirvieron también de objeto
adivinatorio.
En América, el juego
de la taba se practica mucho entre los gauchos argentinos, que entre otros
nombres lo designan por el de “tirar al güeso”.
Estudiosos argentinos dicen
que se trata de un juego importado por los conquistadores del Río
de la Plata.
Lo que sí está
bien claro es que el juego y la jugada son dos cosas distintas. Lo cierto
es que la jugada de la taba es Argentina, criolla, y en ningún parte
se juega, como lo hacen los paisanos. Pueda que el juego de la taba sea
genuinamente americano y que se haya conocido desde tiempos muy remotos,
pero el juego de los argentinos es de ellos.
Hay que verlos en el adiestramiento
que precede al tiro de la misma, la manera de agacharse para lanzarla,
las palabras que acompañan a cada tiro, el comentario a la suerte
o al revés.
Lo que parece cierto, también,
es que de la Argentina pasó a Chile y parece que primero lo jugaron
los araucanos que lo llamaban Tafan, y después los hombres de la
Patria Vieja.
Para este juego ordinariamente
se utilizan los huesos de carnero o cordero, pues los del ganado vacuno
(tabones) son demasiado grandes. La taba, presenta cuatro caras, que se
distinguen con los nombres de hoyo, tripa, carne y culo, y se juega tirándola
sencillamente al aire, mientras los dos que hacen la apuesta, cada uno
elige la cara que quiere. El que acierta la posición gana, ya sea
dinero, etc.
Fiestas criollas,
Deportivo-Sociales
Como es sabido, con
don Pedro de Valdivia y sus soldados llegaron 75 caballos entre potros
y yeguas, para los cuales luego se habilitaron sitios para su cuidado y
cría, que en España se llamaban dehesas.
En esos tiempos los
caballos valían tanto como un soldado. Un caballo dos mil pesos
y un soldado de a pie podía conseguirse por la mitad de ese
valor.
En los alrededores
del Santiago del Nuevo Extremo, Valdivia hizo construir un gran cercado
donde colocó a los potros bajo cuidadores, pagados por ciudad. Criar
potros por esos años era una espléndida recomendación
para solicitar cualquier merced ante el Rey. Y es curioso anotar que de
estos cercados para potros se derivó después el nombre de
potreros, de ciertos sitios de nuestros campos.
Así las cosas,
en 1545 ya se encuentran disposiciones y multas para los propietarios que
dejen pastar libremente a los animales, o para los que tomen caballos o
yeguas ajenos. Por ese año, se contaba con un número de cincuenta
yeguas.
Como el aumento del
ganado caballar fuera notorio, se usaron las marcas de fuego, las que se
registraban en un libro del Cabildo.
En 1553, ya hay necesidad
de establecer penas y se dictó una bárbara, como era la de
cortar la mano al indio que apedrearse o flechase a una yegua, medida atroz
que sólo se comprende en vista del enorme valor de los caballos.
En el mes de abril
de aquel mismo año, el Cabildo otorgó un permiso al capitán
Gaspar de Orense, para rifar públicamente un potro, una yegua, un
macho y una mula, en la suma de tres mil pesos.
En octubre de 1556,
el Cabildo dispuso que el día de San Andrés se hiciese un
rodeo en la plaza pública, para contar los animales y examinar las
marcas.
Después, los
caballos llenaron la vida deportiva junto a los toros. Las carreras de
a caballo con apuestas, constituían las delicias de los españoles.
A fines del siglo
XVIII, el licenciado González de Marmolejo establece en Quillota
y Melipilla las primeras crianzas caballares del país. Por lo tanto,
el caballo chileno es de origen mitad morisco y mitad andaluz; pero, indudablemente,
se ha modificado por las costumbres de los jinetes nacionales.
El caballo chileno
es de andar elegante y levantado, apropiado para lucir jinetes en los días
de fiestas.
Este caballo descendiente
de los esforzados andaluces que trajeron los conquistadores, se incorpora
a la vida del país como motor de varias actividades nacionales no
dejando nunca mal a su jinete, ya en la fiesta campera o en la guerra.
La caballería
fue decisiva en el proceso de nuestra Independencia. Los caballos en el
ejército chileno han hecho recorridos inmensos y los soldados han
sabido agradecer su valor. Se cuenta que el comandante don Roberto Souper
tenía un caballo llamado “Pedro José”, con el cual peleó
en el asalto del Morro, en cuyo sitio el comandante fue herido y de muerte.
El comandante, que quería mucho a su caballo, días antes
de morir lo hizo llevar hasta su lecho, lo acarició y se despidió
de él, como quien lo hace de un amigo querido. Con voz conmovida,
le dijo: “Pedro José”, aquí tienes a tu amo que va camino
de la muerte por un solo balazo; tú, con cinco, estás tan
fresco…”.
El huaso, hijo predilecto
del campo chileno, se agiganta montado en su caballo y en la mayoría
de sus fiestas, participa este animal, animándolas heroicamente.
El caballo se complementa con nuestro campesino en faenas y fiestas deportivo-criollas
como el rodeo, topeaduras, domaduras, la trilla a yeguas y las carreras
en pelo.
Como el huaso y el
caballo son igual que un monumento en el paisaje chileno complementamos
este capítulo con una pieza de su arreo, el lazo, tira de cuero
que constituye su arma, más algunos entretenimientos como la caza
del cóndor, la riña de gallos, el gallo descabezado y la
caza de la vicuña.
EL RODEO.— El ganado que
va ser corrido se encierra en corrales cercanos y es llevado a una pista
circular, la que tiene una parte llamada “medialuna”, cuyos cercos están
hechos con madera y ramas de espino, “quinchas”. Portones toscos permiten
la entrada y salida del animal que va a correrse: por lo general, novillaje.
Los jinetes corren a pares, no siendo raro que vaya el patrón y
su capataz o mozo, que se encarga de auxiliarlo o lucirlo en los momentos
culminantes. Un arreador con grito estridente provoca la carrera del vacuno
que busca salida en el semicírculo, mientras el jinete le procura
alcanzar o detener en un punto determinado, señalado con una bandera.
Esta acción tiene el siguiente desarrollo:
Los jinetes, picando
espuelas, cargan sobre un novillo apretándolo en una especie de
tenaza formada por las dos cabalgaduras; así lo sacan casi en vilo
hacía el lado izquierdo de la “medialuna”. El animal trata de escabullirse;
pero los huasos son listos. Hay dos banderolas chilenas que marcan el sitio
(a la izquierda y a la derecha) en que esta carrera debe cesar con la “atajada”
del animal por el jinete y su cabalgadura. Es un instante sensacional,
éste lo estrecha contra la “quincha” y lo empuja hacia el jinete
que va al otro lado, produciéndose la “atajada maestra”.
Contribuyen al brillo
de este torneo los caballos corridos por sus dueños, que defienden
los pendones de la hacienda o fundo al cual pertenecen. Estos animalitos,
rapidísimos, nerviosos, elegantes, asombran por la impresión
de coraje que ofrecen y por la agilidad con que dóciles a la mano
que los guía, acometen y entablan lucha contra el vacuno, que parece
fuera capaz de aplastarlo. Lo dominan y retornan, movimiento graciosamente
sus patas, al sitio en que los corredores, alineados militarmente, esperan
con espíritu deportivo el fallo del jurado.
Ramadas cercanas reúnen
a los patrones dueños de fundos, vecinos, amigos o invitados.
El colorido del paisaje,
las mantas vistosas, los arreos pintorescos hacen de esta justa la fiesta
más pura de los campos chilenos.
TOPEADURAS.— En los meses
de verano son frecuentes las topeaduras, prueba que se realiza sobre una
vara permitiendo a los jinetes probar la destreza y fuerza de los caballos,
para determinar cuál empuja más al otro, a fin de hacerlo
salir de la vara, que es un madero en donde apoyan los pechos los caballos
que topean.
La vara topeadora,
es un palo, generalmente, de eucalipto, de 6 a 10 varas, grueso, liso,
cilíndrico, que se coloca muy firme sobre horcones o postes, a la
altura del pecho del caballo; sirve para topear, o sea ensayar la fuerza
de los animales, echándose el uno sobre el otro, deslizándose
de pecho al ras de la vara.
Se “Tuercen” apuestas
en dinero y se celebra el triunfo con abundante vino o chicha.
DOMADURAS.— En una “medialuna”
o simplemente en un terreno plano y espacioso, van apareciendo los domadores
montados en pelo sobre caballos chúcaros. El caballo lleva un pretal,
del que se sujetan los jinetes, como igualmente de las crines. Los corcovos,
los relinchos y las patadas al aire, al clavarles las espuelas amansadoras,
se repiten con profusión y el domador tendrá que resistir
sobre el lomo o caer o vencer al caballo, hasta que amainado en su furia
se deja guiar, mientras el amansador es aplaudido por la peonada o concurrencia.
LA TRILLA Y YEGUAS.— La trilla
constituye una fiesta que reúne a patrones y obreros. Piños
de yeguas amaestradas pisotean las gavillas de trigo, siendo arreadas por
jinetes que las hacen correr en círculo.
Es el gran torneo
que gira alrededor de una parva, rodeada por un cerco, y ahí los
huasos lucen sus mejores caballos y sus más vistosas mantas. Todos
se juegan la vida junto al montón de trigo. La carrera es vertiginosa
tras las bestias que corren, giran y regirán al grito de ¡”Ah,
yegua…! ¡Ah, yegua…!”
Quince, veinte yeguas
son colocadas en la era, y dos mocetones diestros y bien montados las hacen
dar vueltas alrededor, a los gritos de “¡Ah, yegua…! ¡Ah, yegua…!”
¡A la vuelta, yeguaaa…!”
mientras las yeguas y los caballos corren pisando las gavillas y desgranando
el trigo.
La trilla tiene como
complemento al arpa y la guitarra. Se bailan cuecas, se oyen canciones
chilenas, se toman buenos mostos, los de la última cosecha, o se
comen corderos, y las gallinas y los pollos “pagan el pato”.
CARRERAS EN PELO.— Las carreras
en pelo o a la chilena que tienen por cancha un camino real, o una alameda,
son las que entusiasman más a nuestros campesinos. No hay qué
describir el júbilo de una de estas justas en que el jinete sin
montura, sin espuelas ni brindas, agarrándose solamente de las crines,
llega a la meta.
Cuando hay carreras,
cualquiera que sea la distancia, nadie ese día queda en “las casas”.
Las mujeres, llevadas al anca, presenciarán como en una tribuna
criolla esta fiesta de pura alma nacional.
La carrera a la chilena,
no es un juego de azar, aunque es absolutamente secundario; la carrera
se hace por la carrera misma, por el triunfo del animal y por el placer
que experimenta su dueño.
Los asistentes, los
concurrentes, algunas veces se exaltan y se forman “boches” y se agitan
los rebenques. El fallo está dado, el Juez de la carrera, el Comisario,
dio su “sentencia”.
EL LAZO.— El lazo empleado
por el huaso no defiere mucho del que usaron los indios araucanos. El huaso
lo maneja con destreza, sea para coger el ganado o rescatar animales o
salvar mil obstáculos.
Entre los lazos que
se usan y que se usaban, está el lazo trenzado de cuero. Este lazo
es hecho con una tira de cuero de buey sobado a mano, pero sin curtir.
Hay otros, de cuatro tiras separadas que se trenzan y forman una pieza
compacta.
Uno de los extremos
del lazo es conocido por lazada y el otro por pegual.
El lazo puede tener
diez metros de largo y ser del grosor del dedo meñique. El lazo
enrollado se lleva amarrado a la silla.
Por medio de este
arreo, el huaso sujeta a quince pasos un toro o un caballo a todo correr.
Este arreo lo usaron
también los huasos para tomar prisioneros en la guerra. En la batalla
de Maipú se reunieron los huasos de las vecindades de Quillota,
Rancagua y Aconcagua y contribuyeron al triunfo con sus lazos. Echaron
el lazo a no pocos oficiales españoles. Después, junto al
coronel don Ramón Freire, en una carga contra la artillería
realista, enlazaron piezas de campaña y las arrastraron.
CAZA DEL CONDOR.— Se hacía
un envarado circular pequeño, de unos dos metros, recubierto con
ramas, y en un lugar tenía una puerta misteriosa.
Colocaban en el centro
de esta cerca, un caballo o un burro muertos.
Al olor y ante tan
espléndidas piezas, los cóndores comenzaban a bajar, primeramente
tímidos, desconfiados y luego se posaban sobre las carroñas
cinco, seis, ocho.
Los campesinos los
dejaban que se saciaran, que se hartaran hasta ponerse pesados.
Era entonces cuando
aparecían ellos hasta en grupo de diez. Unos entraban por la puerta
“bruja” y armados de garrotes y cuchillos comenzaban el ataque.
El cóndor,
repleto, necesitando espacio para elevarse, se encontraba acorralado y
moría víctima del garrote, pero no sin antes defenderse.
Los que lograban elevarse
volando, eran cazados a lazo por los campesinos que se habían apostado
fuera de la empalizada.
Esta cacería
se hacía y se hace dado a los enormes perjuicios que causa el cóndor
entre el ganado menor.
RIÑA DE GALLOS.— Los
griegos eran apasionados por ella, lo mismo que los romanos.
Se cuenta que Augusto,
lo mismo que Antonio, eran muy aficionados a la riña de gallos.
Y se dice también que los gallos de Augusto salían siempre
victoriosos en la pelea.
Los griegos obligaban
a los niños a asistir a la riña, a presenciar el espectáculo.
Con eso se perseguía educar a la infancia en el coraje y en el valor.
Se les mostraba, se les hacía ver cómo se podía y
se debía pelear hasta el último momento.
Los “galleros” en
los reñideros, preparan el peso del gallo, los “afirman”, los prueban
en la resistencia y son entendidos en heridas o golpes, por estar éstos
clasificados.
Entre nosotros, este
espectáculo tan criollo, está prohibido, pero no por eso
dejan de haber de vez en cuando riñas.
GALLO DESCABEZADO.— En este
juego debía cortársele con un sable la cabeza a un gallo.
Para esto se enterraba al gallo en un hoyo dejándole tan solo el
cogote afuera. Después de elegía a un hombre del rodel, de
los que formaban el círculo, y se le vendaba la vista, luego se
le daba un par de vueltas para despistarlo, “marearlo”, y comenzaba la
acción de hacerle volar al ave la cabeza de un sablazo. Había
algunos que sin “tanteos”, al primer sablazo lo descabezaban. Otros los
practicaban con palos en ves de sable y la acción se volvía
fuerte, “bestialmente divertida”.
En este juego del
“descabezamiento del gallo” había premios en dinero para quien lo
descabezara.
CAZA DE LA VICUÑA.—
En
las haciendas ubicadas al pie de los Andes, constituyó, en otros
tiempos, una fiesta deportiva de gran agilidad, la caza de la vicuña.
En el invierno, cuando los fríos y la nieve se dejan caer, las vicuñas
abandonan sus madrigueras de las montañas y es entonces cuando las
gentes de las haciendas se reúnen y forman cordón alrededor
de la quebrada en que los animales han sido vistos. Este cordón
lo van estrechando, hasta dejarlas sin salida. Cuando han logrado esto,
los cazadores matan muchas con armas de fuego, otras son cazadas vivas.
Los animales, desesperados, arremeten buscando una salida y atropellan
el cerco humano que los resiste.
Bibliografía
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