PRINCIPAL – DANZAS
COLOMBIANAS – CARIBE –ANDINOS
- PACÍFICO -
LLANOS
Comprende: Arauca,
Meta, Vichada, Guaviare, Guainía
Es la danza
que revela con mayor evidencia el ancestro español. Abarca toda la zona de los
Llanos orientales colombianos y los Llanos occidentales venezolanos. El
instrumental que lo acompaña está compuesto por el arpa, el cuatro y las
maracas y en los hatos campesinos por la bandola.
Tanto en canto como en la coreografía los zapateado y
la voz revelan su influencia española. Hay diferentes clases de joropo se
catalogan según el golpe.
Variante del joropo
es una danza de carácter mimético que alude a las costumbres del mono aullador
que vive en las selvas de
Danzas-comparsas típicas carnavaleras de la región de Arauquita que se celebran con motivo de algunas fiestas
religiosas. La música se descompone en dos partes: los cantos y salmodias para
tomar el juramento de oficiante y el toque para danza que se hace con un conjunto
formado por el cuatro, furruco, flauta de carrizo, charrasca violines y
tambores.
Es una especie de joropo lento y cadencioso con letras
generalmente sentimentales que se baila de manera más suave y menos zapateado.
Su música es ejecutada por arpa, cuatro y maracas.
En el llano pervive
la tradición del padrinazgo asumido como compromiso ineludible de protección y
custodia de los ahijados, mantenido, en ocasiones, aún más allá del momento de
la muerte. Cuando mueren los niños, es una costumbre muy enraizada en la
tradición maniseña que sus padrinos ofrezcan bailar
la palma de cabodeaño como ofrenda al ahijado difunto
y último acto de acompañamiento y apoyo a su protegido en su tránsito a la vida
eterna.
La ceremonia empieza depositando en el féretro una palma de esparto trenzado
que se entierra con el niño. En la fecha del cabodeaño,
una palma similar se coloca en un altar adornado con imágenes votivas y
veladoras encendidas e instalado en la sala de la casa. Al son del joropo los
padrinos y dos parejas más bailan sosteniendo la palma entre sus manos. Luego,
precedidos por los músicos, se dirigen bailando hacia la tumba del niño,
regularmente situada en el patio de la casa; en el llano, los niños se
entierran en el solar de la casa paterna. Una vez allí, y acompañados siempre
de la música, los padrinos depositan la palma sobre la tumba y regresan a la
sala del altar donde continúa el baile, ahora con la participación de todos los
convidados. La tradición maniseña nos recuerda la
función de la música como vehículo de la espiritualidad, como elemento
consustancial al rito y la alabanza y, por este camino, ligado a la
comunicación del hombre y la divinidad.