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Capítulo 1


and (i love him)

Por Valerie Hayne


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Capítulo 2


Cuando la puerta se abrió, Harry Styles giró. Vestía de pies a cabeza el uniforme médico de color verde. Acababa de lavarse las manos con alcohol en gel y su rostro estaba casi cubierto por la mascarilla. Se la había bajado pero continuaba en su mandíbula. 

Cuando miró a su paciente gimió. ¡Oh Dios, otro skater! 

Estaba harto de los skater, esos y los chicos punk. A veces venían tan drogados que la anestesia no les hacía efecto, tampoco que la necesitaran, ya ni sentían el dolor, excepto ese punk que le pegó un puñetazo y tuvo que andar con un ojo violeta durante casi un mes. Desde entonces los odiaba. ¡Por Dios, es que todos compraban la ropa en el mismo lugar! El hombre frente a él vestía negro de arriba abajo. 

Apretados pantalones de jean, ¡Dios, debe estar estrangulando espermatozoides, si es que le quedaba alguno vivo! Camiseta negra y camisa de cuadros azul, zapatillas converse, ¡en verano y sin calcetines! No quería ni imaginar los olores cuando se las sacara. Adoptó su expresión más impersonal y profesional y saludó. 

—Buenas noches, ¿qué es lo qué le pasa? 

Además del mal gusto en vestirse. 

Mhe dhuelhe. 

—Le duele ¿qué? 

Unha mhuelha. 

—Bien, veamos, tome asiento y con cuidado, por favor. 

El último con el culo de ese tamaño me rompió la silla. Se armó de paciencia para ver al pequeño hombre poner su enorme culo en su pequeña silla de dentista. La pobre chirrió ostensiblemente. Y el tipo casi se cae. Era una silla normal, no una King Size. 

Seguro que se había puesto silicona, un poco más y termina como una Kardashian. Pobre idiota. 

Subió su mascarilla, se sentó a su lado y se puso sus lentes. 

Qué desperdicio de hombre, pensó Harry, cabello castaño, en todas las direcciones, monstruosas pestañas oscuras y rizadas, de esas que nadie tiene y sólo son efecto del photoshop. Tenía ojos azules, al menos eso parecía, no los abría mucho, y su boca, Harry echó un vistazo dentro, bueno, no me harás rico. Una nariz algo afilada, griega dirían las románticas, y palidez de muerte. Mucha vida nocturna y nada de sol. Lo dicho, un desperdicio. 

Con su pequeña pinza comenzó a tantear el terreno de la boca y cuando tocó el punto neurálgico, el hombre saltó casi hasta el techo. sí, sí ésta es la que le duele. Acercó la luz y se concentró. 

—Bien, ya tenemos algunos datos, tiene una pequeña caries. —Demasiado alcohol, pensó, debe ser que le gusta lo dulce. No lo creo no pareces tener un gramo de sobra a pesar del tamaño. La camiseta negra dejaba ver las marcas impresionantes del ejercicio físico. Debe ser subiendo y bajando de la nevera cervezas. Sin esperar contestación, no la habría porque su paciente tenía la boca abierta, continuó—. ¿La sacamos? 

Al hombre le faltó tiempo para decir sí moviendo su cabeza. 

Harry se dio la vuelta y tomó una jeringa con anestesia. Sin siquiera preguntar giró y se la clavó. El muy cobarde gritó algo. No le entendió qué pero no importaba. 

Dos segundos después la anestesia hizo su efecto. ¡Y qué efecto! 

Por lo pronto el hombre cerró sus ojos y pareció entrar en un profundo trance de placer. Parecía que le habían dado... anestesia después de un intenso dolor; sí, su rostro se veía embelesado... y cuando Harry intentó sacar la muela, él le hizo a un lado la mano, si no tuviera la boca abierta estaría sonriendo estúpidamente. 

—Deje la mano a un costado, —ordenó Harry y sorpresivamente el skater le obedeció. 

Él sabía que no tendría mucho tiempo, tanteó golpeando la muela y cuando el paciente no se movió hizo palanca y la sacó. 

El hombre ni se movió. Parecía dormido... 

—Escupa —le dijo. 

Y él resopló... ¿un ronquido? ¡Estaba dormido! Eso parecía. 

—¡Señor... —le dijo 

Y nada. 

—¡Señor! —le habló más fuerte. 

Y nada. 

Miró la ficha sobre su escritorio —¡Señor Tomlinson! —le gritó. 

Y el ronquido acompasado fue la única respuesta. 

¡Madre Santa! ¿Qué hace uno en estos casos? El hombre seguramente hacía días que no dormía; no podía creer que una simple anestesia local lo hubiera dormido como si le hubiera inyectado una tonelada de droga. 

Salió del consultorio y buscó a su secretaria. 

—Lydia, debes ver esto —le dijo y entró de nuevo a su gabinete. 

La mujer apareció y miró al pequeño hombre roncando en una, por demás precaria, silla de dentista. Su rostro mostraba su sorpresa. 

—¿Está... roncando? 

—Sip —dijo Harry divertido. Jamás le había pasado algo así. Se quitó el gorro y dejó ver unos gruesos rizos oscuros. 

Harry Styles tenía piel pálida (pero no como el señor punk aquí dormido), su cabello era castaño oscuro, casi el color del chocolate y sus ojos eran tan verdes que algunos decían que eran como esmeraldas. Parecía un gitano con esos largos rizos, que además odiaba. Ni siquiera se parecía al lado paterno de su familia, sus medias hermanas y primas eran rubias y bajitas, con curvas y buen trasero. De hecho, las últimas cinco generaciones de su familia, eran rubios de ojos azul hielo. Él había sacado todo de su madre. Era lo que se consideraba el patito feo de la familia. Larguirucho, delgado y más plano que un tabla de picar. Si no fuera porque era el vivo retrato de la tatarabuela Tessa nadie creería que él era un Styles. La tatarabuela Tessa había sido una alemana judía que su tatarabuelo encontró en unas vacaciones y se llevó de regreso a Inglaterra. Sí, no sólo era moreno sino que también, al igual que su antepasado, era alto, muy alto de hecho, más de un metro ochenta y cinco, y no tenía culo y tenía dos piernas izquierdas, era demasiado torpe y eso lo odiaba tanto como odiaba su cabello que parecía con vida propia. 

—¿Y qué hacemos? —preguntó Lydia apurada: —Debo irme. ¡Señor Tomlinson! —gritó Lydia y lo zarandeó. 

La Gestapo tampoco tuvo éxito. 

—¿Llamamos a la policía? —preguntó Lydia. 

—¡No! Por Dios, Lydia. Es un paciente. Lo debe haber afectado la anestesia, nada de policías. 

—¿Y qué hacemos, Harry? Mira la hora que es. 

Harry la miró y luego miró al skater. —Lo dejaremos hasta que despierte. 

Los ojos de Lydia se desorbitaron. —¿Estás seguro? 

No, no lo estaba pero qué otra opción le quedaba. Lydia vivía del otro lado de la ciudad, si no la dejaba ir ni siquiera conseguiría transporte. Su casa estaba apenas unos escalones hacia arriba. 

Podría quedarse vigilándolo hasta que despertara, si despertaba. ¿Y si no lo hacía? De pronto ya no se sintió tan seguro. 

Miró a Lydia que a su vez miraba su reloj de muñeca. Ok, me haré cargo solo. 

—Vete, Lydia. Yo me ocuparé. Esperaré que se despierte y luego le cobraré. 

—¡El doble! —sugirió Lydia e hizo sonreír a Harry. —Me voy, cuídate, tesoro. Te veo el lunes a las 6 de la tarde. Feliz fin de semana 

—Gracias y hasta mañana entonces —dijo Harry y se dejó besar. 

Acompañó a Lydia hasta la puerta y cerró. 

Una de las razones por las que había comprado ese apartamento era porque disponía de todo un semipiso para él solo arriba. La entrada tenía la sala de espera, y su consultorio, más un pequeño baño, una delgada escalera en forma de caracol unía la planta baja con el piso superior. Arriba se encontraba un amplísimo y luminoso living comedor, una pequeña pero funcional cocina, dos amplios dormitorios y una pequeña biblioteca, que a su vez era una enoteca, le encantaban los vinos. Encontrarlos, coleccionarlos, y beberlos. 

Pequeños gustos que se daba de vez en cuando. 

Regresó a su consultorio y miró al pequeño skater roncar a pierna suelta. De pronto le dio risa. Estaba tan acostumbrado al silencio que sentir los fuertes ronquidos del hombre lo hicieron reír. 

Dios, será una anécdota pintoresca. 

De pronto se preguntó qué hacía, podía dejarlo ahí y sentarse... 

¡PLUMM! Sonó el cuerpo cayendo al suelo desde la pequeña camilla. 

Harry se tapó la boca de la impresión. ¡Santo Dios! El golpe había sido descomunal, si el hombre estaba vivo... se acercó y lo miró. Había caído con fuerza al suelo, y de pronto se movió. Harry respiró aliviado. 

Al menos estaba vivo. 

Sí, tan vivo que se dio media vuelta y se acomodó para reiniciar sus ronquidos. El rostro de Harry, se llenó con una sonrisa. Ni un terremoto lograría despertarlo. ¿Qué sustancia habría inhalado o inyectado para que la anestesia le haya dado ese efecto? 

Harry volvió a intentarlo. —¡Señor Tomlinson! 

Los ronquidos siguieron siendo la única respuesta. Harry se sentó y lo miró desde su escritorio. 

No sólo era pequeño, era pequeñito. Y siendo honesto, a pesar de ser un inmundo skater, era con mucho, el hombre más hermoso que jamás hubiera visto. Demasiado pálido, pero igualmente hermoso. Al estilo Gabriel Audry, sólo que tamaño bolsillo. ¿Qué haría con él? 

Por lo pronto decidió subir a buscar una manta y una almohada. Lo dejaría dormir la mona y cuando despertara querría ver qué decía. 

Subió las escaleras ágilmente y bajó una manta tejida y una mullida almohada. 

Se arrodilló al lado del roncador del año e intentó ponerle la almohada bajo la cabeza. La tomó con una mano y la elevó para colocar la almohada, pero el hombre se movió, pareció oler su cuello y sin advertencia alguna lo mordió. 

Dos cosas pasaron por Harry en un segundo, del dolor del pinchazo en su cuello que lo hizo gritar al mayor placer que jamás hubiera sentido. Esos dos sentimientos parecieron recorrerlo de arriba abajo y disolverse en sus testículos al mismo tiempo que su polla se endurecía. 

Cerró sus ojos y se entregó al placer que lo recorría. El hombre lo movió sin soltarlo de lo que fuera que le estaba haciendo, mientras él tenía el mejor orgasmo de su vida. 

—Robert —dijo el hombre y lo acomodó a su lado y lo tapó con la manta. 

¿Robert? ¿Quién es...? Pensó Harry desmayándose hacia el sueño. 


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Capítulo 3

 


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