Por Valerie Hayne
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Capítulo 3
Louis despertó para buscar, como ya era costumbre, al hombre a su lado. Le gustaba el sexo en la madrugada, justo antes de salir el sol. Cuando el sol ya estaba en su esplendor, su cuerpo entraba en un estado de somnolencia no muy fuerte pero que no lo inspiraba a follarse a nadie. Pero las madrugadas, ¡vaya que sí lo hacían!
Así que aún semidormido, extendió su brazo y atrapó al hombre a su lado. Sin abrir los ojos, lo atrajo y algo lo sorprendió: primero, no podía moverse muy cómodo; segundo ¿estaba vestido? ¿Qué hacía vestido en su cama? Abrió sus ojos y confirmó sus sospechas, estaba completamente vestido y por supuesto no estaba en su cama. La única certeza era este castaño pegado a su cuerpo. ¿¡Castaño!?
Jamás en su vida metió un castaño en su cama y este era…. ¡Precioso! Una carita redonda, con una naricita respingada y unos labios perfectos y llenos, y tan gruesos que le daban a su rostro un aire de pucherito caprichoso que no supo por qué pero le fascinó. Su cirujano plástico le debió cobrar una fortuna por esa trompita. Él parecía dormir; tenía la boca abierta y las más largas pestañas que hubiera visto en alguien. Louis lo contempló y se demoró en sus mejillas, se veían sonrosadas. Tenía un pequeño y adorable ronquido. ¿Quién diablos es y cómo lo conseguí?
Y, pensó mirando a su alrededor, ¿dónde estoy? ¿Qué hago tirado en… un consultorio? Un momento, ¿un consultorio? ¿Estoy en el dentista?
Miró hacia arriba desde el suelo y pensó en voz alta.
—Sí, Einstein… estás vestido, en el suelo del consultorio del precioso Harry Styles —se movió con cuidado y se hizo a un lado.
Él ni se despertó. Se levantó y revisó el lugar. No había un alma. Miró su reloj: las cinco de la mañana. Pronto amanecería.
¿Cómo había terminado durmiendo en el suelo de un consultorio? Su doctor dormía despatarrado sobre el suelo, ¿y ahora qué, genio? se preguntó. En el consultorio no había nadie. ¿Por qué debería haber alguien a esta hora? Vio la escalera y subió. Un pequeño apartamento, lleno de plantas, y fotos…. Si, su sádico doctor estaba en varias, y en alguna de ellas rodeado de espléndidas rubias… y con esa melena llena de rizos oscuros no podía más que destacar.
Entró a una habitación y supo que ese era su cuarto, su delicado perfume parecía llenarlo. Bajó rápidamente y lo buscó. Él seguía en la misma posición. Lo levantó y lo subió escaleras arriba. No pesaba nada a pesar de ser más alto que él. Era como un bebé gigante adorable. Y tan malditamente cálido.
Subió con él hasta el cuarto; abrió las mantas con una mano y se dispuso a acostarlo vestido. Dormía profundamente. ¿Era eso normal?
Buscó su cara y ladeó su cuello. Sí, si has sido mordido por un vampiro.
—Mierda —se dijo. Generalmente no mordía a nadie excepto para alimentarse. Pero al parecer con él lo había hecho de otra manera.
¡Demonios! Morder a alguien así equivalía a sexo sin protección.
Markus se reiría hasta el final del universo si se enteraba. La primera regla (no muerdas a nadie y bebas hasta desvanecerlo porque es el primer paso a su transformación) pasó por su cabeza y lo golpeó con un mazo.
Morder a alguien de la manera en que lo había hecho, era un problema, un grave, grave problema. La primera mordida era tan importante como la última, y los vampiros, desde hacía casi dos mil años mordían así sólo en caso de afirmaciones, vida o muerte... o “amor”. Dios, su madre lo mataría, seguramente su padre la ayudaría y el bastardo de Markus probablemente moriría de risa presenciando el filicidio.
Había mor-di-do a su dentista. Estaba frito. Tendría que mantenerle caliente y abrigado en las próximas horas, y si tenía suerte en 24 horas él despertaría con un dolor de cabeza fenomenal y una resaca de magnitudes siderales. Si tenía suerte. Si no la tenía podría morir de un paro cardíaco mientras su cuerpo intentaba metabolizar los antígenos que le había inyectado. En todos sus años, jamás había mordido a nadie. Jamás. Y había pensado que nunca lo haría. Nunca había conocido un hombre que lo atrajera lo suficiente para hacerlo. Y ahora, por un maldito dolor de muela había mordido a un desconocido, castaño, más alto que él y… —le miró de costado— con la boca más besable que hubiera visto jamás.
Esa idea lo puso en movimiento. Lo volvió a levantar y colocarlo en su regazo. ¡Sangriento infierno! Era extraño el contraste entre sus alturas. Su dentista era alto pero delgado y con una pequeñísima curva en las caderas. No era más que extremidades largas. Debía mantenerlo abrigado, así que comenzó a desnudarlo. Bien pensado, genio, es mejor meterlo bajo las mantas ¿y por qué no ponerlo cómodo?
Empezó quitándole esa horrible bata verde que llevaba. —Santo Infierno— gimió al ver su pecho. ¡Por mil demonios! Era delgado y no tenía nada de vello a excepción de una suave línea que conducía hacia-tú-sabes-dónde bajo sus pantalones. Sus pezones eran café claros y más abajo había otras dos manchas que podían pasar como otro par.
Como un niño ante un frasco de golosinas, con la boca haciéndosele agua, llevó sus manos hacia adelante y se detuvo a centímetros de su pecho. No pudo evitar que sus colmillos crecieran, y su hambre lo golpeara con fuerza. Su piel era perfecta, seda pura, suave, tan suave que no pudo evitar dejar pasar el dedo índice que bajó desde su mentón hasta la punta del pezón que simplemente respondió a su toque, endureciéndose ante sus ojos sin siquiera advertirle el efecto que provocaría en su polla. Así como el pezón había crecido asombrosamente ante el suave toque, convirtiéndose en un duro brote, gordo y deseable, lo mismo pasó con su polla, como si estuvieran conectados.
—Louis, estás en problemas —se dijo respirando con dificultad.
Jamás su polla había reaccionado ante una simple mirada, Santo infierno, había visto millones de pezones, y nunca su polla había reaccionado como si tuviera mente propia. Ver crecer e hincharse el pezón fue suficiente. ¡A simple vista! Si él ejercía ese efecto sobre él dormido… ni siquiera quería imaginar qué podría pasarle despierto.
—Louis, estás en muy graves problemas —se repitió.
Luego lo puso sobre la cama y cuando lo dejó, vio la tela de su pantalón moverse. Dios, era exquisito, opulento, sensual y malditamente sexy.
Su polla hizo lo mismo, se movió dentro de sus pantalones provocándole dolor, entonces se la sujetó con la mano derecha.
Apretó su polla y sus huevos, y los movió. Cerró sus ojos mirando el cielo. Cerrar sus ojos no evitó ver esos espléndidos pezones grabados en sus retinas.
—¡Santo infierno! —dijo y lo sintió moverse, abrió sus ojos para mirarlo y lo vio ponerse de costado apretándose el pecho, como si tuviera frío. Eso lo puso en movimiento, debía abrigarlo o esa gloriosa belleza podría pasarlo muy mal y jamás se lo perdonaría. Tomó los pantalones verdes del uniforme y se los quitó. Y junto con ellos, su ropa interior. Lo que dejó ver su hermosa polla. Largas y algo curvadas, así le gustaban las pollas, además de un poco gruesas y la que estaba mirando cubría sus amplios estándares. Sin siquiera preguntarse si podía o no, su pequeña mano se envolvió en su pene abarcándolo por completo, con algo de dificultad. La tomó como había hecho con la suya, pero duplicando su placer, cuando se tocaba a sí mismo era para aliviarse pero tocar esa polla perfecta era puro placer; Y luego movió su mano, de arriba a abajo, sólo para sentir como respondía, endureciéndose más. Pasó uno de sus dedos por la hendidura en la cabeza y después lo soltó, levantó la mano metió ese dedo en su boca, allí supo que jamás olvidaría a ese hombre.
Sabía como a… demonios, no sabía a qué porque jamás había probado una esencia como esa. Se agachó para levantarlo y meterlo bajo las mantas pero no lo hizo. Simplemente se arrodilló en el suelo y llevó su mano entre sus piernas. Introdujo su dedo lleno de saliva en su culo, no sin antes sentir una pequeña restricción, mientras miraba completamente embobado como su dedo era tragado por ese oscuro y estrecho pasaje. Lo sacó y lo metió de nuevo y él gimió. Un delicioso gemido que puso una sonrisa en su cara.
Santo Infierno, era tan sensible… deliciosamente sensible, pensó mientras sus dedos entraban y salían acariciando. Un gemido más fuerte y él moviéndose para abrirse más de piernas lo hizo entrar en razón. Lo soltó con una maldición.
—¡Mierda!
Y lo alzó levantándolo y poniéndolo bajo las mantas. Luego lo abrigó. Cuando lo hizo, lo miró. Sin siquiera darse cuenta llevó el dedo que le había metido hasta su boca y lo chupó.
—¡Mierda! —se repitió. Si no se iba de esa casa, sí que sería vampiro muerto. Sabía exquisito. Su sabor, sus pequeños gemiditos, por Dios, todo era delicioso en él.
De pronto su olor, la suavidad y la tersura de su piel, todo junto lo atacó donde más le dolía: en su polla. Si no liberaba su miembro, se moriría. Bajó la cremallera de los pantalones y su polla irrumpió salvajemente. Enorme, gorda, roja y embotada, apuntando directamente a ese hombre en su cama.
Como siempre, Louis William Tomlinson ni lo pensó: se desnudó y se acomodó a su lado.
Lo primero que le llamó la atención dentro de la cama fue su tamaño, acostumbrado a dormir y follar con hombres de menos de metro setenta, él era enorme pero lucía tierno, como un bebé gigante.
En cuanto se acostó a su lado, él buscó su cuerpo. Se acomodó como una suave y aterciopelada cuchara pequeña. Se pegó tanto a él que de pronto pudo sentir su polla empujando en la raya de su culo. Él tenía el mejor culo que había visto (después del suyo, claro). Precioso, pequeño, duro y suave como todo él… Ni siquiera intentó controlarse. Tomó su polla y la metió por entre su raya. ¡Santos Infiernos!, parecía el lugar perfecto. La movió de arriba abajo por él, y se topó con la roseta. No tuvo ningún remordimiento en buscar y continuar jugando con su pequeño agujero. Mientras, su polla buscaba la entrada. ¡Dios, estaba tan apretado que juraría que jamás nadie había estado allí! Y sus colmillos y su baba cayeron simultáneamente. ¡Pues él sería el primero! Si lo lograba. Por primera vez su entusiasmo decayó.
Debía asegurarse de que lo lograra, esto significaba: mantenerlo caliente y sin beber de él.
¡Cómo si fuera tan fácil! Olía como debían oler los dioses. De pronto estiró sus brazos y lo abrazó, pasó una de sus manos por su pecho y el hombre se acurrucó contra Louis, pegando por completo su espalda a su pecho y su culo contra su polla. Louis gimió, este hombre era perfecto. Había estado tan equivocado durante los últimos mil años. Al diablo con los rubios pequeñitos, quien estaba al lado de él era simplemente perfecto, suave y terso, intenso y tan apetecible.
Apresó con sus dedos su pezón y él volvió a soltar ese gemidito que lo volvía loco. Podía sentir sus testículos llenos; su polla se empujaba ferozmente contra su culo y se moría por follarlo. Y Louis William Tomlinson, ni siquiera lo pensó, rodó con él poniéndole debajo suyo.
No lo folles, no puedes hacerlo, está inconsciente y su organismo está metabolizando los anticuerpos que TU le inyectaste al morderlo.
Ese era su mantra, mientras le acariciaba la espalda, sus manos buscaron su cintura y lo elevó, solo un poquito para poder tener acceso a su culo. Solo iba a frotarse un poco, nada demasiado perverso, no lo iba a forzar, ni mucho menos.
Harry gimió otra vez y Louis aprovechó el momento para mirarle el rostro, sólo para encontrarlo despierto y con una intensa mirada dirigida hacia él. Sus ojos estaban dilatados y tenía las mejillas sonrojadas, la boca abierta dejando escapar gemidos bajos.
—Hazlo —le dijo, y su voz ronca lo sorprendió y mandó su resolución y control a la mierda.
Louis mordió sus labios, sus caninos rasparon su piel, y su instinto quitó todo lugar a la razón, si alguna vez la tuvo, y no pudo evitar, con un gruñido, juntar las mejillas de su culo y se deslizarse por ese pasaje recién creado.
No era perfecto, porque solo tenía como lubricante el presemen, así que dejó que un rastro de saliva resbalara de su boca a su polla y ahora sí, comenzó a moverse.
Harry cerró los ojos y se movió junto con él, acompañándolo con esos pequeños gemidos que sonaban como música para sus oídos.
—¡Sangriento infierno!
Sin control comenzó a empujarse contra él, se vio obligado a sostenerlo, y jamás había sostenido algo más dulce que ese precioso culo debajo suyo. Lo estaba quemando, literalmente, completamente… Sabía que estaba bajo la fiebre del cambio, que probablemente no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando. Sus movimientos eran una cosa instintiva y no evitó el preguntarse cómo sería en su pleno sentido.
Dejó esa interrogante el aire cuando sintió su orgasmo a la vuelta de la esquina. Harry se quedó quieto por un segundo y luego gimió con fuerza, retorciéndose entre sus brazos.
Louis apoyó su cabeza sobre el hombro del hombre y empujó con más fuerza, perdiendo los últimos rastros de control y entregándose al feroz orgasmo que lo azotaba.
Y se sorprendió al sentirse gritar. ¿Gritar? Por los Santos Infiernos, el hombre lo estaba dejando tan seco que estaba seguro que no se pondría duro en un año.
—Oh, Santo Infierno —dijo en su estertor orgiástico.
Cuando dejó de eyacular supo varias cosas: que jamás había tenido un orgasmo como ese, que el sol rayaba el horizonte y que acaba de morder por segunda vez la esplendorosa piel mate del castaño más hermoso que jamás había visto, a pesar de ser un gigante.
—Oh, Santo Infierno —repitió—. ¡Lo mordí! ¡Lo mordí!
Estoy jodido, fue lo último que pensó antes de sucumbir al sueño.
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