Por Valerie Hayne
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Capítulo 1
Louis William Tomlinson llevaba cinco días sin dormir. ¡Cinco días! Y parecía una eternidad. Y él sabía mucho sobre la eternidad no por nada cumpliría 1028 años el mes entrante ¿O eran 1018? Qué importa. Había dejado de contar hacía siglos, y nunca recordaba cuántos años tenía. La edad o cumplir años no es importante para un vampiro inmortal.
Aparentemente inmortal, mejor dicho, porque estaba más que seguro que su dolor lo llevaría a la tumba.
Se había comunicado con su gemelo, Markus (las maravillas de la electrónica), quien no tenía la menor idea de si alguna vez algún vampiro había sufrido de dolor de muelas o peor aún, de que le hubiera dolido algo, "excepto la estaca, hermano" le había dicho el maldito bastardo.
Dos días antes le había llegado un e-mail que decía ¡Ve al dentista! Nada más. Con eso cubría la cuota amorosa de hermano de los últimos doscientos años. ¿Ir al dentista? Santos infiernos, como si fuera fácil. ¿Acaso ningún dentista de la ciudad se había dado cuenta que dar consulta en horario nocturno lo haría rico? Al parecer no. No había encontrado uno desde el mismo instante en que había decidido hacerle caso al bastardo.
Y aquí estaba viajando doscientos kilómetros hacia la playa. Evidentemente los dentistas inteligentes preferían los veranos en la playa. Y trabajaban denodadamente en ser ricos, había marcado veinticinco números antes de conseguir un maldito turno, todos estaban completos. Su dolor de muelas ya estaba trepanando su cerebro, no se haría responsable si terminaba bebiéndose a uno de ellos.
Casi el último de la lista "Harry S. Cox", le había dado uno. 8:45. En punto, había dicho la telefonista.
Y sólo atendían de lunes a viernes. Era hoy u hoy, ni siquiera soportaba imaginar que pasaría el fin de semana con ese espantoso dolor.
Y allí estaba.
Puntual.
Al menos no era el único en este mundo que estaba sufriendo.
Delante de él había al menos tres personas y por sus caras, gestos y posturas, todos afrontando el mismo infierno.
—Estamos retrasados —dijo la enfermera-recepcionista-telefonista, después de darle una mirada de arriba a abajo.
La mirada fue tan intensa o quizás el dolor, no importaba, el asunto es que lo hizo mirarse antes de sentarse. Todo en orden, la bragueta cerrada y los colmillos adentro. Nada para esa mirada.
Así que con nuevos bríos se sentó e intentó sumergirse en una revista de hacía tres años, fantástico, material novedoso.
Los sollozos lo sacaron de la primera página. ¡Santo infierno! ¿El de al lado está llorando? Bueno, si no fuera porque también me mirarían lloraría con mucho gusto. ¡Maldita muela!
El dolor estaba haciendo un hueco en su cerebro, no le quedaba ninguna duda, si es que aún le quedaba algo de cerebro. Había enviado un e-mail a Markus pidiéndole una copia de los "Anales de los Tomlinson" intentando averiguar el porqué del dolor, y el bastardo le había enviado una en latín arcaico. ¡Maldito imbécil insensible! Hacía casi 500 años que sólo hablaba inglés, y antes de eso griego y romano. Con el dolor de muelas que tenía ni siquiera podía leer un simple prospecto en llano, sencillo y simple inglés.
Uno fuera, pensó mirando salir a un tipo con cara de afortunado. Ya no debe dolerle.
Miró la revista. Intentando leer.
¿Robert salió con Tom Ford? Jamás se lo dijo el maldito imbécil; en esa época ligó con él y nunca le dijo que había salido con el afeminado ese. Pero así fue, aquí estaban las fotos, ellos dos acarameladitos en alguna premier. A Robert siempre le gustó figurar.
Bueno, y ¿qué importaba? Robert tenía las mejores piernas del planeta. Las había asegurado en cinco millones de dólares, una extravagancia. Y el muy sinvergüenza se las sabía enredar en el cuello mientras se quejaba en voz alta de no poder asegurarse el culo.
—Demasiado uso —le había dicho él, en esa oportunidad—. Lo tienes algo gastado.
El tonto se había reído.
Robert, era el perfecto molde de un hombre que le gustaba: bajito, él mismo lo era, rubio, con curvas, y con un buena tableta de chocolate. Pero no se quejaba. Aun sabiendo que no era natural, sino producto de horas y horas en el gimnasio, además de esteroides.
¿Por qué se peleó con él? Ya ni se recordaba.... Oh sí, fue por Brad... no, no, fue por Matt. Sí, fue por Matt. ¿En realidad no fue ese año en que los dos lo dejaron al mismo tiempo? Sí, eso había pasado. Mortales tontos. ¿Sí podía con los dos, que les importaba que lo compartieran?
Tenía debilidad por los rubios y en sus mil veintiocho años de edad se había sabido rodear de los mejores. Los únicos días que había vivido célibe en los últimos quinientos años habían sido los últimos cinco días. ¡La maldita muela! Lo estaba matando.
Había intentado todo lo conocido por el hombre, analgésicos, más analgésicos, whisky y hasta se había acercado demasiado insinuante a una pareja tan pegada que parecían un cuerpo con cuatro patas y sin manos, las manos no se veían. El macho era fuerte, tipo camionero de televisión, morrudo, alto y barbudo; el clásico motero de esos que dicen "mírame y te fajo un piña". Si le coqueteaba a la novia, le daría un buen puñetazo, si hasta había practicado como poner la cara y todo, y con suerte le sacaría la maldita muela.
Pero a veces cuando el dolor de muela es muy grande ni los mejores planes salen, el maldito en vez de enojarse como cualquier macho heterosexual de sangre caliente haría si manosean a su mujer, se le había acercado y manoteado la bragueta con una sonrisa asquerosamente excitada. ¡Por los malditos infiernos! ¿Es que ya no quedaban hombres hetero y celosos, digamos normales? La raza humana se iba al tacho, en eso Markus tenía razón.
Uno menos, y van dos... Sale el que entra, luego el llorón y después ¡voy yo!
"Atraparon a Meléndez", Vaya revista vieja, pensó riéndose en voz baja. Vaya si lo recordaba muy bien. Nunca entendió como apareció toda esa droga en su casa y menos como llegó ahí. La periodista que firmaba la nota decía que las autoridades estaban atónitas. No le quedaron ganas de venderle drogas a los niños después de que terminó con él. Otro éxito del Vampiro Enmascarado. Una mueca más en su marca de lucha contra los malditos bastardos que hacen de este mundo un lugar peor. ¿Tres años? Pensé que había pasado más... Esta revista estaría muy buena si el dolor de muelas no lo estuviera matando.
—¿Señor Rollings? ¿Señor Rollings? —la enfermera-recepcionista-telefonista casi le gritó.
—Thomlhinshon —respondió en su media lengua, la muela ya no lo dejaba pronunciar correctamente. ¿Qué culpa tenía que la muela le hubiera afectado el oído? ¡Santo demonios! Si los vampiros somos sanos, ¿cómo vamos a saber que el dolor de muela afecta el oído?
Louis observó a la mujer que lo miraba como si tuviera dos cabezas y no dolor de muelas.
—¿Señor Tomlinson, Tomlinsoooon? —agregó con algo de ironía— ¿Es la primera vez que viene? —preguntó la mujer.
—Prhimerha vhezz —le contestó. Por un segundo Louis sospechó que se había comido la lengua, si no fuera porque no comía, el dolor era tan intenso que ya veía blanco.
—¿Qué? —dijo la mujer y ni siquiera esperó respuesta—, ¿podría llenarme esta ficha?
Louis miró a la mujer. Esperaba que fuera el dolor de muela el que lo hubiera convertido en un vampiro impotente. Hasta hacía cinco días podía decir ¡salta! Y todo hombre a su alrededor preguntaba ¿hasta dónde...? No, mejor decía ¡duerme! Y extendía los brazos para que cayeran en ellos. Ahora esta perfecta imitación de sargento de la Gestapo lo miraba entre sus gafas como si fuera un retrasado mental y no un macho potente, inteligente e inmortal. ¡Maldita muela, qué bajo había caído! Tomó el lápiz y llenó la maldita ficha.
Luego se sentó y esperó moviendo sus piernas enfundadas en denim negro, y con unos converse negros y con estrellitas y caritas felices dibujadas con sharpie, por él mismo. Al parecer hacía ruido porque la sargento le echó otra mirada. ¿Tendría parientes vampiros la mujer? Tenía una mirada muy penetrante. Bien, dejó sus pies quietos y se dispuso a seguir esperando. Cuando vio salir al último cliente se puso de pie.
La sargento simplemente lo miró y entró al consultorio. En la sala de espera no había quedado nadie más... así que pudo seguir moviéndose. El dolor de muelas lo mataría si se quedaba quieto.
Miró los diplomas en la pared. Había como quince o veinte; todos ordenaditos a nombre de Harry Styles Cox. ¿Sería su verdadero apellido o tendría delirios de actor de Hollywood? Tal vez había comprado sus diplomas después de fracasar en América. Quién sabe.
—¡Siguiente!
Louis William Tomlinson casi la golpeó al pasar a su lado.
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