| Cómo ser Don Quijote en el siglo XXI | ||
| Isabel Navarro Reynés |
Colegio Luis Vives
2º de Bachillerato
Abrió los ojos perezosamente, habiéndoselos frotado antes, deshaciéndose así de los últimos restos de sueño que quedaban en su embotada mente. Inconscientemente, su mirada se dirigió a la mesa, donde pudo, para su desgracia, ver el enorme libro que reposaba junto al teclado del ordenador, como una mole de letras, un titán de portadas rojas con letras doradas, un Paris de Troya dispuesto a clavarle una flecha en su secreto talón de Aquiles. Con un largo suspiro de asco dio vuelta en la cama, mostrándole así al inanimado libro su desprecio. Infinitas veces había vivido esa escena, siendo consciente de que, cada vez que le daba la espalda al libro, tenía un día menos para trabajar en él, pero . . . ¡era tan pesado...! No se sentía con ganas ni con ánimos de escribir un montón de páginas alabando a uno de los clásicos de la literatura para complacer al profesor y así poderse desentender del tema de una vez por todas; ante todo, no le gustaba decir cosas que no pensaba, pero sabía que en un sistema como el escolar, decir lo contrario de lo que se ha predicado es como dar a entender que no lo has entendido, cuando en realidad con toda seguridad lo has entendido mejor que los mentores.
Con un pequeño esfuerzo mental Álvaro se obligó a recordar qué día era. Un salto, un grito no emitido pero si pensado, ansias de arrancarse la melena cobriza que coronaba su cabeza, ¿cómo podía haber retrasado tanto el trabajo? Era domingo y tenía unas escasas doce horas para hacer el maldito trabajo. ¿Doce horas? ¡Menos! Estaba solo en casa y tenía que recoger los restos que delataban que había un hombre soltero, joven y despreocupado en la casa. En otras palabras, lo que había en la cocina podía ser como mínimo un sucedáneo de residuos tóxicos.
Tras salir del cobijo que le proporcionaban las sábanas, se puso rápidamente una prenda de ropa interior y poniendo en marcha el ordenador se sentó ante la pantalla, observando de nuevo, con rencor, el enorme volumen que reposaba a su derecha. ¡Maldito Cervantes!, pensó una y otra vez, que si aquél manco se hubiera quedado quieto, ahora mismo podría pasar un par de minutos más en la cama y olvidarse del resto del mundo, como le gustaba hacer en los días donde el tedio gobernaba sus horas. Con el clásico pitido, el ordenador arrancó motores y se conectó automáticamente a Internet. Abrió el Messenger, sabiendo más o menos quién estaría conectado. Por mucho que despotricaran los intelectuales sobre la red, para él era una rutina, una herramienta más, demasiado previsible. Nada más conectarse se abrió en la pantalla la ventana que solía recibirle todas las mañanas con su acostumbrado “buenos días” seguido de cientos de exclamaciones, en ocasiones de caras somnolientas construidas con símbolos. Era su amiga Isabel, que desde unos 1500 kilómetros de distancia le recibía en el mar de la red, dispuesta a robarle algunas horas de su tiempo, para hablar de todo o de nada; eso carecía de importancia, la cuestión era hablar. Las respuestas de él eran aceleradas, nerviosas, dejando traslucir su nerviosismo.
Ella le sugirió que podía copiar algún comentario que había en las miles de páginas de Internet. Al fin y al cabo... ¿quién iba a pasarse horas buscando para ver si el comentario era copiado? En principioco aquella parecía una buena idea, rápida, sencilla, sin complicaciones. Pero, ¿de verdad quería hacer eso? Miró de nuevo hacia el gran volumen y se preguntó en qué debía estar pensando Cervantes para escribir aquello. ¿Por qué era tan importante un libro donde sale un viejo loco que no hace más que meter la pata? ¿Qué sentido tenía que fuera acompañado por un escudero si al fin y al cabo no le prestaba ninguna atención? ¿Por qué? No parecía que todo aquél cuestionario le llevara a ninguna parte, sencillamente no veía el sentido. El curso pasado, en el temario de lengua y literatura castellana, lo habían estudiado y hecho repetir como autómatas una y otra vez que El Quijote era un intento de desmitificar las cientos de novelas de caballerías que se habían llegado a escribir, que en algunos capítulos se ensalzaban personajes como el Amadís de Gaula y que reflejaba la forma de ser del pueblo español de la época, que el lenguaje era popular y un largo etc.
¿Era eso lo que debía contar de todo lo que había leído? O, mejor dicho, ¿era eso lo que quería contar? La desesperación se estaba convirtiendo en confusión, tenía preparado el procesador de textos de su ordenador, pero la página seguía en blanco, sólo había usado el teclado para hablar con su inseparable compañera de la red. Así que decidió buscar consejo en ella, quizá podría darle alguna idea, por absurda que fuera, al fin y al cabo, todo surge del caos. No conocía ningún mito que dijera que el principio no fuera el caos, por tanto, ¿por qué no dejarse llevar? No tenía muchas más opciones.
- Estoy totalmente perdido, creo que voy a suicidarme - tecleó con rapidez en la ventana de la conversación. -.
- La esperanza es lo último que se pierde, hombre. Algo se te ocurrirá, no es tan difícil, digo yo . . . -le respondió ella con indiferencia, pues su razonamiento le parecía de lo más lógico y, de todos modos, no era ella quien estaba desesperada por acabar el trabajo -.
- Es que no entiendo, ¿qué mérito tiene ser un viejo manchego que se le derrite el cerebro de tanto leer, se pone una armadura vieja y se va a hacer el loco por España a lomos de un caballo más seco que la mojama y un escudero que sólo sabe decir refranes? -
- ¡No sé, pero ¡anda que no vende! – reía ella intentando aliviar la tensión, aunque sabía que riéndose de aquello no iba a sacar a su amigo del apuro. -.
- Definitivamente, voy a optar por copiarlo, todo es absurdo - escribió Álvaro perdiendo la paciencia -.
- Oye, ¿por qué no intentas escribir que harías tú si fueras El Quijote? A lo mejor te ponen un punto por la originalidad. Quien no arriesga no gana. -
- ¿Te parezco un pirado romántico que lee mucha literatura fantástica? - preguntó con sorna.
- ¿He de responder a eso? -
- No, era una pregunta retórica - respondió mientras entrecerraba los ojos.
Acarició la barbilla, mientras la astucia comenzaba a brillar en sus ojos verdes. Se miró a sí mismo, escasamente vestido y se vio como siempre, Demasiado delgado para su gusto, estaba molesto con su propio cuerpo, odiaba que le preguntaran si era anoréxico y, pensando de pronto en las típicas ilustraciones del hidalgo Alonso Quijano, pensó que quizás tenía bastante que ver con aquél viejo.
Apeló a las clases de filosofía, concretamente a las que tenían que ver con Descartes y pensó que no sería una mala idea utilizar el método cartesiano. No tenía mucho que perder a esas alturas.
Frotándose las sienes intentó olvidar en cierto modo todo lo que ya le habían contado sobre la novela, borrando todas las conclusiones que habían sacado otros por el, tachando las suyas propias, pero no olvidándo lo que había leído de la novela, palabra por palabra en la memoria, sólo la historia. ¿Por qué habría comenzado a leer este personaje? ¿Por tedio? Lo dudaba. En aquella época, si te aburrías te ibas de caza y tema solucionado. ¿Por cultura? No lo sabía... De pronto pensó, ¿por qué leía él? Leer le gustaba, sin más devoraba libros como devora un chiquillo hambriento un plato de su comida favorita. La lectura era un modo de evasión y a él no le gustaba realmente el mundo que le había tocado vivir Seguramente esa debía ser la respuesta. Si se suponía que ahora el mundo estaba en uno de sus momentos de gran evolución y orgullo, ¿cómo debía ser la época que le tocó en suerte al caballero andante? Odiosa y tediosa. sobre todo viviendo en un pueblo triste de la Mancha.
Pensado en ello, supo por dónde empezar. Alonso Quijano era un hombre obligado a ser como todos, que de hecho había pasado más de la mitad de su vida siendo como se esperaba que fuera: obediente a las leyes y la Iglesia. Álvaro tenía dieciocho años recién cumplidos y estaba cansado de que la gente esperara que fuera de una manera o de otra. Era normal que don Quijote a sus años, estuviera más que cansado.
Entonces debió haber sido un hombre aburrido de su mundo, de la mediocridad y la estupidez que le rodeaba, así que decidió irse a vivir a otro mundo sólo que, en realidad, físicamente no podía salir del mundo donde había nacido.
Pero vamos a ver. La idea de Isabel le había gustado, así que decidió olvidarse de tiempos pasados y centrarse en el suyo, convertirse en un nuevo Quijote, en un caballero andante, sólo que sin salir de su habitación. No le hacía demasiada ilusión salir a la calle y que le apedrearan los galeotes o quedarse atrapado en las aspas de un molino, cosa poco probable, por no decir imposible, ¡él no estaba loco! ¿O sí? No, no lo estaba, no podía estarlo. Si estuviera loco no sería consciente de ello, no podría razonar sobre su propia locura.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo, ¿era frío o algo más? Por si acaso acabó de vestirse, evitándose más estremecimientos, ni tiritonas. Toda la ropa que llevaba era negra, aquello no solía gustarle a la gente. No le entraba demasiado en la cabeza que le gustara vestir únicamente de negro. De luto le decían que iba, ¿de luto? Quizá, pero de luto por la inteligencia de la gente que parecían haber dejado de pensar mucho tiempo atrás. Volviendo a su mesa miró la pantalla. Había escrito dos líneas de su trabajo. Estaba a dos líneas menos de acabar, pensó.
Chasqueó la lengua, aparentemente enfadado consigo mismo. Aquél loco también vestía diferente del resto de la gente, con una armadura rota, pero diferente a fin de cuentas. No le acababa de hacer mucha gracia el parecerse tanto al viejo y romántico hidalgo, pero no le quedaba más remedio que meterse en su piel.
Para iniciar el viaje sabía que tenía que procurar un Sancho Panza a su lado. Había leído que viajar sin acompañante no era productivo, cuando uno cae por culpa de un error, siempre necesita alguien que le ayude y disculpe. Precisaba a alguien que fuera muy del pueblo, pero con inteligencia primitiva, instintiva, popular. No se le ocurría nadie, así que pensó que su amiga no era una mala opción. Ella llevaban casi un año hablándole a diario, ¿quién podía aconsejarle mejor?
Para Isabel, Álvaro tenía demasiado buen concepto de ella; creía que era mejor de lo que en realidad era, pero la causa era atribuible a las cosas que tenían. En las relaciones a distancia, se tiende a idealizar a la persona que está al otro lado de la pantalla según nuestras necesidades. Aunque, en cierto modo, no era tan mala escudera. Había pasado toda su vida de pueblo en pueblo, había conocido casi todos los tipos de gente que se pueden conocer y tenía un pasado muy relacionado con el campo y la agricultura. Era irreflexiva, tozuda como una mula, pero fiel como sólo puede serlo un amigo. Definitivamente, no era una mala Sancho, o Sancha en todo caso.
¿Y Dulcinea? ¿Quién podía cumplir el papel de Dulcinea? Chicas conocía a muchas y muy guapas, ¿pero le servirían para idealizarla y hacerlo todo por ella? No estaba muy seguro de si a Don Quijote alguna de ellas le convenía. ¿Pero para qué combatir por una dama? Él quería luchar por sí mismo, así que a falta de una mujer perfecta decidió llamar de ideales a su Dulcinea.
Aparentemente ya tenía todo el equipo que necesitaba llevar consigo, así que se subió al Rocinante de su mente e inició el camino, furtivamente. Nadie sabía de su proyecto excepto su compañera, que permanecía frente a él, en la pantalla, a la espera de que se la necesitara.
Para empezar, sabía que necesitaba confianza, toda la confianza en si mismo, en sus ideas que debía llevar como estandarte, confianza para saber que triunfaría como supo hacerlo Alonso Quijano con su idea fija del triunfo sobre la maldad, alguien que era de tan nobles principios no podía perder, decían los libros, pues ¡allá vamos! Dijo para si.
- ¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Qué digo? - pregunto a su escudera. -.
- Caminante no hay camino, se hace camino al andar - respondió ella solemnemente, volviendo acto seguido a su pequeño mundo de metal. –
- No sé cual es mi camino. –
- La culpa es de la sociedad. Arroja la culpa a la sociedad. Todos lo hacen y venden libros como rosquillas.
Ella tenía parte de razón. Si las cosas eran como eran debía ser porque casi nadie se había tomado la molestia de hacer que cambiaran, el mundo en conjunto no tenía intención de cambiar, era muy cómodo ser como eran, dejarse llevar y pasar por la vida como pasa una hoja volando arrastrada por el viento, como la oveja del rebaño hasta que la llevan al matadero, como uno más, un número, un don nadie. Él, como caballero andante, no podía dejarse llevar, debía luchar contra lo que no era justo, a pesar de que luego recibiera palos por todos lados, ¿qué importaba los golpes si podía ser él mismo, sin cadenas ni ataduras?
Tenía que echarle la culpa a la sociedad, eso estaba claro. Si había rebaño era porque se dejaban llevar por los perros pastores, si las ovejas se rebelaran en masa los perros no podrían contra ellas, aunque posiblemente las ovejas vencedoras se convertirían a su vez en nuevos perros pastores y de nada habría servido la revolución. ¿Qué era lo que hacía que nada cambiara? El poder, eso estaba claro, el poder y el dinero conseguían cambiarlo todo, todos tenemos un precio, o casi todos.
¿Por qué se dejaba vender la gente? Las apariencias, tenían que ser las apariencias. Son estas las que deciden si una persona es buena o mala, si vale la pena relacionarse con ella o no, en definitiva, sólo podía dejar de ser una oveja más del rebaño aquél que conseguía ver más allá de las apariencias, sería la oveja disfrazada, el lobo amenazante que los perros estarían encantados de descuartizar. El problema era que todo era mentira, apariencia, sin embargo el mundo del Quijote también era mentira, no existían todas las cosas que él veía, no había existido jamás el gigante enemigo de la princesa Micomicona, eran botas de vino que, sin embargo, para él era tan real... ¡Estaba loco! No podía pensar que estaba loco, porque eso significaría que él mismo también estaba loco y no era eso lo que sabía de si mismo. Entonces, ¿porqué debía ver don Alonso Quijano cosas que no existían para los demás?
- ¿Por qué nadie entendía a Don Quijote Isabel? Me gustaría saber que piensas tú, yo sólo puedo ver que estaba chiflado.
- A Einsten solo le entendían diez personas y no por eso dejó ser un genio.
Tenía razón, sabía que ella tenía razón y comprendió dónde residía el problema, era una cosa muy sencilla, casi estúpida, un simple problema de lenguaje. Si alguien habla en chino, el que habla en castellano no puede entenderlo si no conoce el chino. Eso era, el problema de la gente era que no se entendía, que cada uno hace prevalecer su punto de vista, pensando que es el más justo, el perfecto, y que nadie más tiene derecho a cuestionarlo.
Einstein fue un genio, eso no lo podía negar. Como tampoco podía negar que lo hubiera sido Sócrates en su tiempo, un genio tan grande que lo habían tenido que matar para que no contagiara su genio a los demás, un lobo disfrazado de oveja dentro del rebaño que había imaginado, sin duda. Pero ¿en qué se diferenciaban la mayoría de los actualmente conocidos como genios, de Sócrates? Todos, con su lenguaje, habían hablado del mundo que les rodeaba. Posiblemente, fuera el lenguaje de nuevo el problema, pero no podía serlo íntegramente, - eso lo sabía, - porque él podía entender a Shakespeare o a Marx. Si leía a Marx lo podía entender porque estaba de acuerdo con él, eso era clave, ¿y, si hubiera leído el “Mein Kampf” de Hitler? ¿Le habría entendido? Era posible, aunque no coincidieran en nada. Ya tenía la respuesta: no podía entender al Quijote porque no pensaba como él, no vivía en su mundo. Si para empezar a querer entenderlo, pensaba que su mundo de caballerías era una estupidez, nunca podría llegar a entrar en el alma del personaje.
-La sociedad esta condenada a no entenderse - escribió lenta y amargamente en la pantalla, sabiendo que lo que decía no tenía vuelta de hoja, se lo acababa de demostrar a sí mismo.
- Yo te entiendo a ti, al menos la mayoría del tiempo y si no, hago un esfuerzo - le respondió la joven escudera mientras se acariciaba la larga melena negra a miles de quilómetros de distancia.
- Pero es diferente, tú me entiendes porque tenemos afinidades, gustos en común, pasamos muchas horas juntos, hay voluntad en ti, que en definitiva es lo que cuenta. No puedo aspirar a que un desconocido me entienda, igual que Don Quijote no pudo aspirar a que lo entendieran, nadie le entendió jamás - finalizó casi sintiéndose triste por ello, como si de pronto creyera que su destino era el mismo.
-
- A Don Quijote le entendió Sancho, eso es posible, pero fue después de un montón de páginas relatando suertes y desventuras, pero te recuerdo que, al final del libro, es Sancho quien pidee que vuelvan a salir en busca de nuevas aventuras. Y, si deseaba volver, sería por algo; creo que al final le entendió mejor de lo que le había entendido nunca, a pesar de que, ahora que lo pienso, yo creo que le debió entender aunque fuera por intuición, si no, no se habría ido con él desde el principio. Primero fue la ambición de servir, pero todo fue cambiando a medida que iba descubriendo el alma del caballero.
- Se fue con él porque le prometió una ínsula, eso no tiene ningún mérito - le respondió Álvaro empezando a enfadarse sin saber exactamente por qué.
-
-Por muchas ínsulas que me prometieran yo no me habría quedado después de un par de desgracias, habría durado una, o dos, pero si no fuera por amor no me habría quedado. Lo digo de verdad.
No te diré que lo de Sancho es sumisión u obediencia, no malinterpretes la palabra amor - empezó a ponerse nerviosa. No sabía por qué el camino que estaba tomando la conversación no le acababa de gustar -. Sólo te digo que se tenían que entender, porque por instinto Sancho llegó a entender que lo que hacía Don Quijote era pasión por la justicia y la verdad, que lo hacía por devoción, y ese sentimiento mueve masas.
¡Eso era! Tenía que ser pasión y, ahora que lo pensaba, Don Quijote rara vez estaba triste, así que eso tenía que significar algo. Si no estás triste es que estás contento (lógica aplastante) y si estás contento es porque algo te hace feliz. Por lo tanto lo que hacía feliz a ese personaje era que hacía lo que quería cuando quería y como quería. Pero, sobre todo, lo hacía con el corazón en la mano, disfrutaba de sus momentos, era un autentico apasionado de su trabajo, por así decirlo. ¿Por eso no era feliz el mundo? ¿Porque nadie podía hacer lo que quería? Debía ser eso pero, por otro lado, tampoco sería bueno que todo el mundo hiciera lo que deseaba hacer, porque entonces los psicópatas irían asesinando por el mundo, los atracadores robando y todo sería un caos social. De hecho, al caballero no le había salido bien casi nada de sus actuaciones, todas sus aventuras acababan teniendo sus huesos quebrantados..
Quedó un momento en silencio físico y mental, abstrayendo su mente como sabía hacer, acariciándose el pelo, sintiendo como pasaban los cabellos entre los dedos, emitiendo finalmente un suspiro que parecía salir de lo mas profundo de sus entrañas. Ahora, más que antes, se sentía un verdadero Quijote del siglo XXI. Bueno, de hecho se sentía de cualquier siglo, porque la historia siempre se repite cuando no se aprende, un hombre o una mujer que intenta vivir según sus ideales y que no hace más que tropezar de frente con los muros que crea la sociedad. Hasta aquí puedes llegar, esto tienes que leer, esto tienes que saber, esto te tienes que poner, esto es lo que manda la ley, esto se hace porque es la costumbre, haz esto, piensa aquello, sé así... ¡Basta ya!
Aquel grito no había sido mental, era real, tan real como que acababa de desgañitarse profiriéndolo. Se acarició el cuello, realmente había desatado toda su furia contenida y lo que más le apetecía era tirar el libro por la ventana y olvidarse de todo. Estaba descubriendo que el que vive como piensa no triunfa, que los ideales no son más que un juguete que se subordinan al dinero y a los que manejan el poder en el mundo. Toda aquella reflexión empezaba a no gustarle.
- La verdad es áspera, duele - escribió ella al saber cómo se sentía - es inevitable; lo único que pasa es que no nos habíamos dado cuenta porque somos jóvenes.
- ¿Porque somos jóvenes? ¿Qué tontería es esa? - replicó sorprendido, tecleando con rapidez sobre el teclado, armando bastante ruido.
- Tú mismo lo has dicho cientos de veces, la mayoría de la gente de nuestra edad no piensa más que en salir de juerga, beber alcohol, fumar y ser felices teniendo mucha ropa de marca y siendo populares, sin aspirar a nada más - comenzó a escribirle, yendo por partes, a medida que las respuestas acudían a su cabeza -. Don Quijote aspiraba a mucho más, aspiraba a crear su propio mundo real, el problema es que quería hacerlo dentro del nuestro.
- ¿Insinúas que, para ser verdadero contigo mismo hay que morir? - preguntó siguiendo la pregunta de varios signos que significaban carcajadas, creyendo que su amiga estaba desvariando como solía hacer.
- ¡No seas tonto! Yo sí que te voy a matar como repitas eso - respondió ella riéndose desde su lejano asiento. – Veamos. Hoy en día sabemos que los móviles producen cáncer, que los microondas producen cáncer y que no comer fruta, el día menos pensado nos va a crear una mutación genética, ¿pero acaso le importa a alguien? No, claro que no. ¿Entiendes lo que te estoy intentando decir? Porque yo creo que estoy empezando a perderme.
- Sí, creo que, en cierto modo, me estás intentando decir que don Quijote era como un adulto en un mundo de adolescentes y que, posiblemente, tú y yo seamos también dos adultos perdidos en el mismo mundo que, a fin de cuentas, no ha cambiado. Mudan los tiempos, pero no la sustancia de la gente – proclamó, seguro de si mismo, tecleando estas palabras con lentitud, midiéndolas mentalmente, sopesando su significado.
- Cuando dices eso... hace que me sienta realmente sola - respondió después de unos momentos, tras sentir que podría echarse a llorar solo de reflexionar sobre ese tema, recodándole muchos de sus miedos y fobias, ante las que tan débil se sentía.
- Me tienes a mí.
- Lo sé.
Empezaba a sentirse un poco como en el final del libro, como si se hiciera anciano por momentos. La conversación que acababan de tener había finalizado de un modo casi romántico, no era lo que pretendían ninguno de los dos, no había esa intención detrás, pero así había sido. De todos modos, a pesar de estar solo en el espacio inmediato, no se sentía soledad en su interior, al menos, aunque fuera de una manera tan extraña y en una relación tan inusual, sabía que podía contar con su escudera.
¿Pero acaso no nacemos y vivimos íntegramente solos? Tal como venimos nos vamos y, a pesar de que a él la muerte no era una idea que le importunase, sabía que a su amiga sí. Ese tema no podía tocarlo realmente con ella. Le había confesado en una ocasión que el mero hecho de pensar en desaparecer de la vida la hacía llorar como un niño pequeño y lo último que le apetecía era eso. Así que, si no podía hablar del tema con ella tendría que hacerlo consigo mismo. Otra cosa más que le hacía llegar a la terrible conclusión de que, a pesar de saber que ella estaba ahí para cualquier cosa, en definitiva estaba solo, como sola estaba ella, como solos estamos todos, lo sepamos o no.
Miró el libro. Ahora se sentía como cuando el caballero manchego decidió hacer penitencia en soledad, desnudo, casi ridículo ante la inmensidad de un mundo que no quería comprenderle. No entendía donde estaba el error, ¿por qué le salían mal las cosas si lo único que hacía era hacer lo que por instinto todos sabemos es bueno? ¿Por qué le tocaba siempre sufrir, sin ánimo de presumir si a fin de cuentas era como Machado, un hombre bueno en todos los sentidos? “Eres tan bueno que pareces tonto Álvaro”, le había dicho Isa en varias ocasiones. Ese creía él que era su defecto y, en realidad, intentó cambiarlo, pero no lo había conseguido, sencillamente porque de verdad era bueno y no podía cambiar algo que era su naturaleza. Quedaba tomarse los palos en las costillas con buen humor, aunque no los entendiera. Por tanto, estaba apaleado y a gusto, como el señor Quijano tras la aventura de liberar a los galeotes.
Toda aquella reflexión tenía que llegar a su fin de un momento a otro, era consciente de ello, pero estaba empezando a cogerle el gusto a esa agridulce sensación de estar un nivel por encima del resto de la gente. No era ser pedante, solamente era ser el Quijote del siglo XXI.
Mirando la pantalla del ordenador donde salía su foto y la de su amiga en la ventana de la conversación, sonrió ampliamente. De repente, sin saber cómo, se sentía a gusto, no quería hacerse más preguntas, a pesar de saber que a partir de ahora no pararía de hacérselas hasta tener todas las respuestas.
Tomando el enorme volumen que integraba en su interior las dos partes de la novela de Cervantes, comenzó a hacer correr las páginas, deteniéndose en algunas de las ilustraciones. Todas eran grabados artesanales, aunque reproducidos en serie, claro está. No le hacían justicia al personaje, lo pintaban como el loco que todos hemos creído que era, como no han dicho que debíamos creer que era.
¿Despotricar contra los libros de caballerías que se habían escrito? Él no lo creía. Lo supo mientras su sonrisa se convertía en una mueca triunfal. Cervantes se había reído de todos ellos en su propia cara y sin saberlo, le habían convertido en un héroe de la literatura, cuando lo único que quiso darles a entender es que su mundo, sus apariencias, sus normas, no valían para nada.
Dejó el libro sobre la mesa. Tenía una larga redacción que escribir y muchas ideas en la cabeza. Quizá le saldrían veinte páginas o cien. Se sentía capaz de escribir hasta que no quedaran mas fuerzas en los dedos.
- Creo que podemos volver a casa amigo Sancho - dijo a Isabel, viendo aparecer las palabras en la ventana, conteniendo una sonrisa, quedando sus gruesos labios tirantes por unos momentos.
- ¿A casa? ¡Ahora soy yo la que quiere salir de nuevo en busca de aventuras! - le respondió jovial, pero a la vez convencida de que era eso lo que quería de verdad.
A miles de quilómetros de distancia ambos sonreían, contentos con su trabajo. No sabían por qué, pero hoy se sentían más adultos. No tenía nada que ver con el hecho de que hubieran cumplido los dieciocho años hacía poco tiempo. Sencillamente, habían crecido sin darse cuenta, en unas horas, en silencio, sin que nadie hubiera asistido al fenómeno de su evolución interior.
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