C O N T E N I D O

 

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El mítico llamado a concurso, de muy singular repercusión

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LA DOMA DEL CUIS

Apenas comenzó a clarear, Don Sala empezó los preparativos en "El Refucilo", su campito de Mercedes. Despertó a Don Vladimir y al maestro Torito, ya repuesto del accidente con el feroz mastín luciendo su brazo derecho coronado por un manojo de tentáculos de calamar, que ya comenzaban a moverse ejecutando en el aire imaginarios arpegios. El tiempo era inmejorable, un cielo diáfano, transparente, nos preparaba para la fiesta criolla que Don Sala nos reservaba. Hombre de campo a carta cabal, miraba hasta el último detalle de su indumentaria que respondía a los cánones del más riguroso tradicionalismo, del que era celoso guardián. Cubierto de reluciente platería de la cabeza a los pies, la que contrastaba con el fondo negro de su ropa, la imagen de Don Sala era imponente. Aunque algo bajo para su peso, Don Sala poseía la agilidad que da el rudo trabajo campestre. Apartar hacienda, pialar en la yerra, pechar un toro con el caballo para meterlo en la manga y el peligro constante de una rodada del animal a galope tendido, suerte de la que no siempre se salía bien parado, y la más gaucha de todas las proezas a la que poca gente de campo se atrevía, pues allí sí que se medía el coraje, la baquía, el empeño, la resolución, y, porqué no, el desprecio por la vida que da un coraje ilimitado. Me refiero a la doma, arte en el que Don Sala era un fino maestro. Arrebatado como pocos, con un carácter cambiante e irascible a tierno en un instante, cuantas veces por alguna insignificancia cagó de un planazo a un paisano o le hizo un dentro con su filoso puñal, para, luego, arrepentido, coserle la herida con hermosas filigranas propias del artista rural que era. Pero para la doma tenía una paciencia infinita, no había animal que se le resistiera. Aburrido de domar caballos, jineteó todo tipo de bichos; llamas, burros, ovejas, chanchos, ñanduses, chajases, y hasta se le atrevió a una culebra overa que le impedía el paso. Cada día le aumentaba más la manía de querer domar animales difíciles. Domadores hay muchos, pero como Don Sala, difícil. "Yo me le atrevo a cualquier bicho" decía orgulloso y empecinado, agitando el rebenque de argolla cabo de plata y ancha lonja amenazando a un animal imaginario. El pequeño animalito que había llamado la atención del maestro Torito la tarde del accidente con el mastín, seguía atado al diminuto palenque pero esta vez completamente ensillado a la manera tradicional de la pampa; recado de bastos porteño completo: sudadera, caronilla, carona de vaca, matras pampa, carona de tigre, bastos de chorizo, encimera, cincha y sobrepuesto de carpincho, todo sujetado por un primoroso pretal de terciopelo azul con bordados en rojo. Pequeños estribos y estriberas, cabezada, riendas y fiador enteramente chapeados en plata. ¡Qué belleza de animalito! Y con ese recadito, ¡parece un juguete! ¿Qué bicho es ese, Don Sala? Preguntó el maestro Torito rascándose la cabeza con el injerto de calamar y quedando totalmente despeinado en un instante. Don Sala lo miró serenamente a los ojos tomándose su tiempo, pensando quizás, en las miles de hazañas de domador que realizó a lo largo de su vida. ¿Interpretaría el maestro Torito la dimensión de su proeza? ¿O creería, como siempre, ser uno de los protagonistas de una película de Walt Disney? Ese animalito es un cuis, contestó. ¿Un cuis? ¿y para qué lo ensilló? ¡Para domarlo! Contestó Don Sala girando sobre los talones de sus botas,  haciendo en el piso de tierra dos profundos círculos con sus pesadas espuelas nazarenas. Buscaba al mensual, inseparable compañero de aventuras y torpe, haragán y ladrón como su homónimo Sancho Panza. Lo llamó de un grito por su recio nombre de gaucho ¡Robert! ¡Robert! ¡dónde se habrá metido el cristiano! Ya voy patrón, contestó Robert acomodándose la faja sobre las bombachas, mientras salía del precario retrete. ¡Es que la cazuela de mariscos me aflojó un poco la cincha! Dijo mientras trataba de espantar una nube de moscas que lo seguía insistentemente. Vaya y tráigame el animal. Ya es hora de que empiece la doma. Robert, acostumbrado a las excentricidades de Don Sala, revisó despaciosamente su indumentaria. Se ajustó el sombrero por el barbijo, revisó faja y rastra, corrigió las ligas pampas sobre las botas de potro, hizo girar las filosas rodajas de las espuelas y se aprestó para la doma. Había gran expectativa entre el escaso público: el maestro Torito, Don Vladimir Staforinsky que miraba escéptico, y la cocinera, Doña Agriana que se fue acercando sigilosamente. El pequeño animalito tironeaba por el cabestro. ¡Asujételo, Robert! Gritó Don Sala repentinamente, dando un veloz salto y cayendo de lleno sobre el inocente animalito que desapareció bajo la corpulenta humanidad del gaucho. Cuando se disipó la polvadera el cuis parecía una diminuta alfombrita extendida sobre la tierra. Torito y Don Vladimir habían quedado atónitos. Solamente  Agriana la cocinera, contemplaba, embelesada, los restos del cuis transformado en una delgada lámina. En el brillo de sus ojos se podía advertir el milenario sentido de practicidad que identifica al sexo femenino desde el comienzo de los tiempos. ¡Que lindo cuerito para pantuflas! Debe ser de abrigado. ¡Porqué no se jinetea otro cuis y me hace el par, Don Sala!

ADRIAN TRUCCO

La benemérita institución Tango y Truco, entidad sin fines de lucro aparente, funciona prácticamente como uno de los ya desaparecidos clubes de barrio con sus cenas de los lunes, las reuniones de los viernes para discutir con el secretario prácticamente de cualquier tema (el viernes pasado discutió en inglés con un extranjero sin tener el menor conocimiento del idioma), las clases de tango, los campeonatos de truco, y, por supuesto, los concursos de cantores. Todo esto en un ambiente de camaradería, sin sobresaltos, distendidos, cómodos. He podido advertir algunas señoras permitirse conductas ajenas a su habitual comportamiento, por ejemplo: el caso de la célebre escritora y ecónoma Teresita Rechimuzzi de Torres, ir deslizándose imperceptiblemente hacia el costado de la silla reclinándose levemente de costado con la argucia de solicitar fuego, levantarse un instante y aliviarse generosamente de una imprevista indisposición, producto generalmente del dudoso origen del fiambre del buffetero. Esta comodidad nos llena de orgullo y nos hace sentir que estamos en el camino elegido. Hoy debemos alterar levemente estas licencias porque, por primera vez en la historia de Tango y Truco, prometió visitarnos un personaje notable y no queremos se lleve una impresión equívoca. Se trata del prestigioso periodista, sujeto mediático y controvertido polo de opinión, Adrián Retrucco, hermano de Gabriel y primogénito de la familia. Como buen intelectual del interior, odia profundamente... el pasto, los árboles, las hormigas, los cielos diáfanos y sobre todo el oxígeno puro. ¡Lo que daría por vivir en la capital! Comenta desde la ventana del hotel céntrico, aspirando la gris humareda de los caños de escape. Yo con un BMW, un penthouse en Recoleta y 20 luquitas por mes me arreglo, ¡sabés como largo todo y me vengo!

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