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MARCIAL ROCAMORA La paternal, un barrio
porteño como muchos. Arboladas calles, casas bajas, bucólicas tardecitas de verano donde se despuntaba un vicio ya perdido, entre las hambrientas fauces de la modernidad; la siesta. Había de todo en el barrio, era como
un país, no hacía falta salir de él; estaba el cine, la pizzería, el bar, el club donde uno jugaba al fútbol, al billar, a las cartas, iba a los bailes, y si se destacaba en alguna de estas actividades, la fama de
bailarín, el cartel de guapo, los laureles de deportista, difícilmente atravesaba los límites del barrio. Uno se lucía entre los amigos, los muchachos de la barra y, por supuesto, las minas, con eso era suficiente. No
había necesidad de mayor trascendencia. Luego, licenciosa y pausadamente comenzaron a aparecer los psicólogos, las ideas feministas, la necesidad de crecer económica e intelectualmente, ya no había tiempo para la
siesta, el centro quedaba lejos, había que mudarse, hacer nuevos amigos, que en el barrio se quedaran los viejos, ellos ya estaban acostumbrados, uno tenía que progresar. La paternal, como tantos otros barrios porteños,
perdió sus principales características. La gente apenas se conoce, ya no se saluda cordialmente varias veces al encontrarse en el trajinar diario, se dan poca pelota. Por supuesto, el muchacho que hoy habita en la
paternal, es diferente de aquel mítico ser de antaño; es ansioso, superficial, vanidoso. Ya no necesita una fama que lo preceda, que lo identifique, que lo valore entre sus pares, no le hace falta. Hoy nos honra con su
presencia uno de estos subproductos; con el típico andar que en época de celo tienen los osos pardos de pie plano que habitan el noroeste de Carolina del Norte, se desliza torpemente hasta el escenario, la recia figura
de galán pornográfico de... Marcial Rocamora, un muchacho de barrio.ROSITA DUVAL Cuando me levanté a Rosita Duval, si bien nunca me faltó la labia típica de muchacho porteño ganador,
y mi pinta de delicado rufián melancólico, fue una carta decisiva. A pesar de esto, tuve que recurrir a la invalorable ayuda de... un montacargas. Rosita era gordita, como dicen las señoras maduras cuando atraviesan
vertiginosamente la barrera de los 80 kg. Le mostré un choripan, y como ví que me seguía, me la llevé para la pieza. Con el tiempo le fui tomando cariño, era callada, cuando le preguntaba algo contestaba con monosílabos
o frases incoherentes. Esta lloviendo Rosita ¿no querés ir al cine? Verde, te dije que me gusta verde, si no es verde no quiero, contestaba. Durante mucho tiempo, una duda me carcomía las entrañas, ¿qué fatídico drama
le habrá ocurrido para ser tan taciturna, tan esquiva? Habrá sufrido mucho? Un halo de misterio envolvía su pasado, era impenetrable ¿Rosita, tuviste un mal de amores, algún ser querido te abandonó? Le preguntaba
intrigado. De grasa, a mí me gustan de grasa las medialunas, contestaba. Era inútil, ya cansado, prácticamente resignado a no volver a insistir sobre el tema fue cuando tuve la revelación, en un instante lo comprendí
todo ¡Rosita Duval no había tenido un pasado tortuoso, ni había sido abandonada a su suerte por sus seres queridos, ni era introvertida, tímida o recelosa, no era despistada, ni desmedida, ni incoherente! Rosita
Duval...era tonta. Fue un duro golpe. Siempre he sido un hombre acostumbrado a los reveses de la vida y lentamente fui saliendo con la ayuda de mis amigos y vecinos del barrio. Quizás debido a su modesta
condición de indigente, Rosita Duval se había acostumbrado a una dieta extremadamente rica en carbohidratos; papa hervida, puré de papa, papa rellena con puré, ñoquis de papa y los domingos papas fritas o bombas de papa.
Cuando comenzó a incorporar proteínas le fue paulatinamente cambiando el humor y el estado físico. Estaba visiblemente alegre, se pasaba cantando la mayor parte del día, lo que le aumentaba enormemente el apetito y
el grosor de sus caderas; ya no encontraba donde sentarse. Así lentamente, se fue perfilando su apodo, que luego, se transformara en mito, el seudónimo con el que todos la conocemos y hoy se presenta ante ustedes
"Rosita la culona". TITO DEL RIO Fue distinguido, en forma personal, recibiendo de las manos del doctor Samuel Condon el mencionado reconocimiento por la calidad de su labor a lo
largo de los años en el rubro "El Forro de Oro", honroso galardón que guarda celosamente junto a la alada estatuilla, en fina imitación plástico, que recibiera luego de ganar el 2° concurso de cantores afixionados.
Siempre se destacó en la actividad en que se desempeñara, tanto laboral como en el ejercicio de la vida misma. Buen hijo, mejor amigo y excepcional amante, su legendaria fama atravesó el planeta. Hay quien dice que no
respetó pelo ni marca, pero que, a la hora de elegir, su exquisito refinamiento lo inclinaba... hacia las antigüedades. En su "rincón de los recuerdos", como él llama cariñosamente, pueden encontrarse objetos de todo
tipo; prótesis dentales en finísimos metales preciosos con incendiarias dedicatorias: Tito, me saqué los dientes para chuparte mejor", finísimas prendas íntimas de tamaño XXXXXXXL, como aquel exquisito corsé que llevaba
primorosamente bordado en el anverso y reverso respectivamente de su parte inferior la inquietante leyenda "hoy por ti mañana por mí". Tito del Río, un romántico decadente, pasó momentos de angustia y soledad por su
manía de conservar en actividad formas de seducción del siglo pasado. Habiéndole dado cita a una señorita en los bosques de palermo "para dar un paso" según lo manifestó, creyendo impresionarla, alquiló un jaquet,
galera y bastón y la esperó ansioso. Al llegar la joven, que no podía creer lo que veía, quiso la mala suerte que un pájaro de regular tamaño se posara sobre la galera obsequiándole una inmunda deyección que no sólo
provocó la veloz huida de la joven, sino que encima tuvo que pagar un considerable sobreprecio por la limpieza de la galera. Su exagerada manía de acompañar con velas sus encuentros amorosos despertó en sus vecinos la
inquietud de que se estuviesen realizando ritos satánicos y sacrificios humanos en su domicilio. Denunciado y encarcelado injustamente, Tito del Río resolvió, en la soledad de su celda, dedicarse al canto, actividad
que, como todas las que emprende, lo enfrentan una vez más con el éxito. ¡TITO DEL RIO! TIRIFILO Uno siempre espera verlo bajar de un carruaje, arrastrado por un tiro de cuatro
caballos negros de la más pura sangre Hackney de tiro liviano, un elegante palafrenero de restallante látigo los va conduciendo por un serpenteante camino de tierra colorada, entre un bosquecillo de almendros hasta
llegar a la casa. Al bajar del carruaje ayudado por un sirviente de librea, nos deslumbra con su presencia: corta levita gris entallada al cuerpo, ajustados pantalones crema que se pierden dentro de un par de
relucientes botas negras, camisa con jabot y puños de encaje, minúscula galerita negra y, en su mano derecha, una corta fusta bajo el brazo, resabio de antiguos símbolos de mando. Tez intensamente pálida, cabello
negrísimo, largas y curvadas pestañas y sobre el labio superior, un incipiente bigotito, semejante al deambular errático que tienen las pequeñas hormigas coloradas del noroeste argentino cuando vagan angustiadas por la
falta de comida. ¿Está Selva? Pregunta con un hilito de voz, destruyendo en un instante la burbuja que lo transportaba directamente del siglo 18 hasta nuestros días. Era el Tirifilo. |