“Otra vez te vuelves a mofar de mí, malcriado mercenario, sin embargo no volverás a hacerlo, porque pienso poner fin a tus días de lujuria y corrupción, acepto tu reto, mi fiel grupo de Élite se enfrentará con tu atajo de mal vestidos. ¿Aceptas el combate o te rindes reconociendo así mi manifiesta superioridad?”
Generalmente se dice acepto, o algo parecido, así que comprendo su sorpresa cuando mi puño izquierdo impactó en su estómago dejándole sin aire. El caso es que me había cabreado, y mucho, ya estaba listo para que me despreciara como venía haciendo desde que nos habíamos conocido, pero lo de cambiar el combate personal fue la clásica gota que colmó el vaso. Él cayó al suelo agarrándose los michelines mientras recuperaba el aliento y le dije:
“Estaré más que encantado de patear tu trasero y el de todos tus lameculos de aquí hasta vuestro nauseabundo planeta. Que empiece la pelea de una vez.”
Y ahí empezó la pelea, disparos, tajos de espadas, gente saltando de un lado a otro, y como me suponía, mi enemigo refugiándose detrás de sus oficiales, pero esta vez no se iba a ir de rositas, y me iba a asegurar de ello personalmente. Primero, con unos pocos mensajes telepáticos formamos una cuña cuya punta era el que esto escribe. Nos abrimos paso hacia él a marchas forzadas, mientras sus soldados de élite se hinchaban a lanzarnos estacas de madera muy afiladas y mensajes sentimentales en forma de gases tóxicos de colores. Gracias a nuestra protección, y en el caso de Reptiliis su factor curativo pudimos continuar nuestra ofensiva sin sufrir heridas de gravedad, por eso siempre llevo mi preciada armadura.
Cuando conseguimos romper la última línea de defensa, no sin haber sudado la gota gorda, que los muy desgraciados no cejaban en su resistencia a nuestro avance, nos encontramos con que el pájaro había volado, literalmente, bueno, de hecho vimos como una diminuta nave se perdía en el horizonte. Pero tranquilos muchachos, porque la historia no acabó ahí puesto que mis arañas dispararon a discreción sobre la nave alcanzándola en un costado. Parte del fuselaje estalló y salió una columna de humo negrísimo. Estaba claro que no iba a llegar muy lejos con el aparato en esas condiciones.
Sin dudarlo un instante nos subimos encima de mis tan queridas arañas y nos lanzamos tras él. Tal como me imaginaba nuestro despreciable enemigo se había visto obligado a realizar un aterrizaje de emergencia. Despojado de sus soldados de élite su verdadera personalidad afloró a la superficie, se arrodilló y gimoteó como un bebé recién nacido suplicándome que le perdonara la vida, todo un monumento a la valentía. El problema es que esa miserable estratagema obtuvo resultado, matar a sangre fría no entra dentro de mi repertorio, excepto en ocasiones extremas, y esta no era una de ellas, así que le dimos una buena patada en el culo a ese inútil y lo dejamos irse.
Nos habíamos librado de Roahl K. Wudsenn, pero la situación distaba mucho de estar arreglada. El país estaba sumido en el más absoluto caos, los puros continuaban su invasión y el gobierno estaba ausente, y aunque quisiéramos largarnos dejándoles el muerto no podíamos porque mi teletransporte, como recordaréis, estaba estropeado. Así que lo quisiéramos o no, teníamos que arreglar la situación. Lo primero era enterarse de cómo iban las cosas y eso no iba a ser precisamente coser y cantar. Estábamos a un par de kilómetros de los restos del aeropuerto. En resumen, estábamos en el quinto pino y no teníamos la menor idea de cómo se desarrollaban los acontecimientos en el resto de ese diminuto país.
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